El Viaje de su Vida

Autor: Carmen Sanjuán

Ilustrador: Gabriel Fabricio Antille

Corrección: Federico G Witt

Género: microrrelato

Este relato es propiedad de Carmen Sanjuán y sus ilustraciones pertenecen a  Gabriel Fabricio Antille. Todos los derechos reservados.

El Viaje de su Vida


Enderezó la espalda, levantó la cabeza y respiró profundo empapándose de la primera hora de la mañana y su libertad mientras se dirigía a la estación cercana. Siempre había viajado en el Mégane pero por una vez quería empezar la aventura desde el principio.

Sacar el billete en el expendedor automático fue fácil, elegir trayecto – el más largo –, también, pero encontrar un asiento disponible y en hora punta iba a ser que no, así que tiró la mochila donde pudo y se sentó apoyándose en la puerta que no solía abrirse.

La primera media hora disfrutó del vaivén del vagón entre las piernas, mientras trataba de adivinar la edad de los pasajeros por la forma de sus zapatos. Siete pares que entraban, otros tantos que salían…, de todos los colores y tamaños, de plataforma, cuadrados, acerados, de aguja, de goma como las deportivas…, no eran tan distintos a los suyos – pensó –, y echó la vista atrás.

Se había preparado a fondo para lo que creyó la cosa más importante de su vida, o al menos hasta la presente circunstancia, y el motivo por el cual había pasado varios meses acumulando sueños y guardando un piquito de los euros que le venían sobrados de tanto en tanto. Luego, la elección minuciosa del vestuario porque no podía ir de cualquier modo. Le daba pánico parecerse a uno de esos extravagantes guiris que solían patear las calles enfundados en larguísimos calcetines negros sobre las chanclas de goma, por muy Same ni Nike que fueran. Y la valija – claro –, que no podía ser ni muy grande, ni muy chica, ni friky, ni cutre, ni en exceso pija, por eso ni la Samsonite de su hermana, ni la vieja Thunder del armario de los trastos pudieron superar a su mochila de siempre, la de tonos verdes de camuflaje que solía llevar en las acampadas; esa que tanto odiaba  Susana, su mejor amiga, porque – decía –, le hacía recordar a un soldadito de expositor como los que guardaba el abuelo tras la vitrina.

Ni siquiera esperó a despedirse. No pudo hacerlo, entre otras cosas porque odiaba las increpancias de última hora, tanto que le hacía sentir que el pensamiento le chorreaba blando y viscoso. Porque era eso, seguro, y no la música del MP3 – como trataban de hacerle creer –, que colgaba de sus orejas de forma permanente para evadir el mundo. Pero el mundo estaba allí, corriendo veloz tras la ventanilla del tren y él, rozándolo con los dedos.

Alguien le cogió del brazo un poco antes de llegar al destino y se dejó hacer bajando juntos al andén casi vacío. Tal vez quisiera certificar el pasaje – pensó –, y lo acompañó a una sala de cubierta metálica e interior acristalado. Tras hacerlo sentar en la única silla existente aquel desconocido se le plantó delante mirándole fijo.

— ¿Algo que decir?

Apretó contra sí la mochila de camuflaje verde y centrando la vista en sus deportivas  supo que allí terminaba todo. Pero mañana sería distinto. Mañana dejaría a todos con el sabor del asombro en los labios. Mañana, sí, cuando contara la gran aventura de sus seis, recién cumplidos, años.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: