Grog Viaja a la Luna

Autor: Virginia Wollstein

Ilustradora: Alicia Moreno

Corrección: Federico G Witt

Género: relato infantil (a partir de 9 años)

Este relato es propiedad de Virginia Wollstein y sus ilustraciones pertenecen a  Alicia Moreno. Todos los derechos reservados.

Grog Viaja a la Luna
—¡Grog, Grog, Grog, Grog! —decía la madre de Grog en tono cansado.

La anterior noche había vuelto a dejar la basura dentro de casa, y toda la vivienda se había llenado de mal olor. Berta había comenzado a sospechar que su hijo no era despistado, sino guarro, pero otra cosa se podía esperar de un ogro. En realidad ella era la rara de la familia. Su padre siempre se lo había dicho: «Berta, no puedes ducharte todos los días, o comenzarán a confundirte con un humano corriente»; y luego, para convencerla, le decía: «Berta, nuestra piel es muy sensible, como la de los elefantes. Tenemos que cuidarla, y el barro es nuestro mejor amigo».

Eso no se lo había enseñado a Grog. Jamás. Lo hacía él mismo por propia iniciativa.

El ogro, por su parte, se sentía raro con su madre. ¿Cómo era posible que le pidiera que se lavara los dientes después de cada comida? ¿Qué podría comer entre horas si no se podía guardar nada? Después de tantos años de soportar a Berta más de lo que cualquier ogro infante aguantaría, lo decidió: lo mejor era salir de casa.

Pero ¿a dónde? Se pasó toda la noche pensando a qué lugar del mundo viajar; ya que de eso dependía su futuro, no era bueno tomar la decisión precipitadamente. Recordó una noche, cuando aún tenía pesadillas que hacían que su madre pudiera dormir todavía menos que él, en la que ella le contaba cuentos para dormir. Uno de ellos hablaba sobre Torak, el pueblo donde vivía el tío de Grog. Entonces, el pequeño ogro preguntó a su madre:

—Mamá, ¿qué está más cerca, Torak o la Luna?

Una pregunta típica de un niño que mira por la ventana en una noche de insomnio. Su madre lo tenía claro:

—Cariño, no seas tonto —dijo con dulzura—. ¿Puedes ver Torak desde aquí?

Y así fue como decidió su destino: la Luna. En el fondo, no estaba tan lejos.

Hacerse con la nave no era tan difícil como parecía, por Dios. Tardó menos de dos meses en construir el habitáculo y solo tres semanas más en dejar a punto los motores. En aquella época, cualquiera podía conseguir la documentación necesaria para construir su propia nave espacial con pasmosa facilidad.

Cuando hubo terminado, abrazó a su madre, tomó su pequeño macuto y despegó en plena noche directo a la Luna. Así, sin más.

Aunque el viaje iba a ser corto, o eso le habían dado a entender, se llevó una manta, pues en plena oscuridad es fácil comenzar a bostezar. Aquella noche Grog no podía prácticamente ni cerrar la boca, de lo cansado que estaba. Se comió un sencillo sándwich de panceta con chorizo que su madre le había envuelto en un plástico tirante y se echó una cabezadita.

Tal fue el sueño que tenía, que al despertar y desperezarse no reconocía dónde estaba. Miraba por la ventana circular de la nave que él mismo había construido y no lograba encontrar la Tierra, perdida en algún punto del cuadrante del que venía. Tampoco se fio mucho de su vista, pues una vez incluso llegó a ver un caracol entrando en la guarida de un zorro. En aquella ocasión se convenció a sí mismo de haber tenido una alucinación, y no volvió a confiar en ese sentido.

Pero al mirar hacia donde se dirigía, lo vio: ahí estaba la Luna. El satélite daba lentas vueltas alrededor de un planeta y estaba parcialmente iluminado por la lejana luz del Sol.

Ilustración de Alicia Moreno

Grog contempló a través de la ventana el espectáculo que durante miles de millones de años se daba en aquella parte del espacio. La Vía Láctea desfilaba ante sus ojos, con sus numerosas estrellas formando la corona real. Así solía llamarlo su madre cuando por las noches le despertaban las pesadillas y el ogro infante miraba por la ventana.

Mientras alunizaba pensaba que no había nada mejor en el mundo, ni fuera de él, que una nave para él solo; un lugar donde no tuviera la oportunidad de tener que tirar la basura fuera. Al contrario: de hecho, cuantas más cosas inservibles y con tendencia a pudrirse se acumulaban en la astronave, más cómodo se sentía. Pero era el momento de salir de su refugio.

El alunizaje no ocasionó ningún problema al piloto, ni mucho menos. Había practicado veinte veces, y falló las veinte, pero eso no era algo que fuera con Grog. Él y su madre sabían que funcionaba mucho mejor bajo presión. Confió en sus predicciones y todo salió bien, aunque no estaba seguro de si iba a ser capaz de repetirlo.

A pisar la tierra, si es que se podía llamar así al suelo de la Luna, el aire fresco y sus anteriores pensamientos le hicieron echar de menos, solo por un segundo, su antiguo hogar. No lo suficiente como para querer volver, de cualquier modo, pero se prometió que en cuanto pudiera le enviaría un mensaje a su madre para asegurarle que estaba perfectamente y que podía saludarle todas las noches que tuvieran luna llena.

Al instante siguiente de sentir la morriña, se instaló en su nuevo hogar. Ahora tenía toda la Luna para él solo y su suciedad. Soltó una carcajada sonora.

Como si la propia nave fuera una tienda de campaña, extendió una lona que hacía las veces de porche y sacó una mesa y una silla de plástico para pasar los ratos de ocio.

Toda la luz que necesitaba la recibía sobre todo del reflejo del planeta orbitado por el satélite donde se había mudado; y menos mal, porque si no gastaría toda la batería de su nave en poco tiempo. Después se preguntó a sí mismo cuándo sería de noche, pues aunque el Sol seguía presente a lo lejos como una esfera la mitad del diámetro que cuando estaba en la Tierra, había otras estrellas presentes y tenía pinta de que en pocas horas tendría demasiada luz.

—Un momento —dijo Grog en voz alta—. Pero si antes no podía ver el planeta Tierra, ¿cómo es que ahora puedo verlo?

El ogro no pudo evitar decirlo casi gritando, a pesar de que no había nadie que le escuchara.

¿Nadie?

Aparecieron unas criaturitas tan pequeñas como un gran roedor, pero con la cara aplastada, el hocico respingón y pelajes de llamativos colores: amarillo mostaza; burdeos, como el vino oriundo de alló e incluso había uno del color azul cálido cómo los mares caribeños. Salían de debajo de la tierra dejando a la luz pequeños orificios escavados por sus graciosas manos.

—Es que esa no es la Tierra —dijo una criaturita de color fucsia.

—Estás en Calipso, ¿no te has dado cuenta? —añadió otra, un poco enfadada.

— ¿Calipso? ¿No estoy en la Luna? —preguntó Grog de nuevo mientras las criaturas daban vueltas alrededor suyo y él intentaba seguirlas sin mucho éxito.

—Claro que sí —espetó la de color azul cian—. En la luna de Júpiter.

—No te enfades con él —dijo la primera que había hablado—. No tiene ni idea de dónde se encuentra, no es culpa suya.

Grog se llevó las manos a la cabeza.¡Madre mía, madre mía!, pensó. He debido de quedarme dormido demasiado tiempo y me he pasado la parada. Discurrió así algún tiempo hasta darse cuenta de que realmente tampoco había mucho cambio. Al fin y al cabo estaba en un satélite y no hacía demasiado frío ni demasiado calor. No podía pedir nada mejor. Lo único que me molesta es que la señal del telecomunicador no tiene tanto alcance. Es decir, que no podría comunicarse con nadie de los que dejaba atrás. Pero tampoco pasa nada: los ogros somos solitarios por naturaleza. Este último pensamiento intentó creérselo con todas sus fuerzas.
Terminó pues de instalarse y se consoló pensando en sus nuevos amigos. No viviría tan solo allí.

No pasó ni una semana cuando las criaturas empezaron a parecerle de todo menos amistosas. Se quejaban con mucha regularidad de su mal olor y de sus basuras, y terminaron por echarle del cráter diciéndole que vivían mucho mejor antes de que él llegara.

Todo fue en vano, pues durante dos meses y medio Grog estuvo de un sitio a otro, pero siempre encontrando nuevas criaturas que se cansaban de la suciedad. Al cabo de algún tiempo, la noticia de un ogro suelto por Calipso corrió como la pólvora y nunca más le permitieron asentarse.

—Yo no soy el extraterrestre aquí; de hecho, soy intraterrestre —rugió la última vez que intentó construir su carpa al lado de la nave espacial.

Grog se dirigía a una criatura de color verde pistacho que ocupaba más espacio que el resto y tenía largos mechones grises colgándole del hocico.

—Para nosotros eres un extralunático y no eres bienvenido. Ve con la otra extralunática, que anda perdida a diecisiete días de aquí.

Todas las criaturas empezaron a saltar de emoción al ver la cara de duda del ogro. Por mucho que ellas le echaran, él era mucho más fuerte y podría acabar con siete a la vez de un solo soplido.

Finalmente, Grog asintió y la vieja criatura le señaló con el dedo hacia dónde tenía que dirigirse. Tenía un poco de miedo de coger la nave, pues podía volver a quedarse dormido y pasar de largo por donde estuviera la otra extralunática. Recogió entonces todo dentro de la nave de forma descuidada y cerró la puerta antes de que la avalancha de basura cayera encima de él y de las criaturitas. Tomó prestada algo de comida, puesto que sabía que no iban a quejarse porque al fin se estaba yendo, y les dejó atrás.
No tuvo que andar más de dos días para ver a lo lejos una figura tan grande como él; era normal que una pequeña criatura de Calipso recorriera esa distancia en diecisiete días, pero el ogro tenía una gran envergadura y sus piernas daban pasos cincuenta veces más largos.

Con andares femeninos ya cansados se le iba acercando poco a poco, así como su olor. Emanaba un delicioso aroma a sucio pantano: seguro que llevaba semanas sin lavarse.

Algo se movió en el estómago de Grog, y no era el hambre. Acababa de terminarse toda la comida que le había quitado al último campamento de criaturas. La mujer que tenía delante era una ogra, pero no una como su madre, limpia y aseada, sino una ogra con carácter.

Estaba conociendo al primer ogro fuera de su familia. De entre todas las criaturas del universo, justo se había encontrado con un ogro en un satélite de Júpiter. Vaya suerte, no haber ido a la Luna como tenía planeado, pensó Grog.

Una vez estuvieron cara a cara, y antes de decir una sola palabra, se miraron y olfatearon durante un rato. Todavía no se atrevía a tocarla, por si era una ilusión, pero sus sentidos decían lo contrario.

—Me llamo Grog, el ogro —se presentó finalmente.

—¿Y a mí qué me importa? —respondió ella con rudeza.

Grog sonrió. Sí, no cabía duda de que era una ogra. Su cara grotesca reflejaba asco y decepción, con unos profundos ojos azules como el mar. El pelo le caía enmarañado en una especie de trenzas o rastas hasta los hombros y era de un castaño bañado en suciedad. Todo en ella era remarcable: sus fuertes brazos, su piel gruesa y brillante por la grasa, e incluso sus pies desnudos manchados por la tierra lunar.

—Tengo prisa, me voy de aquí —continuó ella con rudeza tras el análisis del compañero de raza.

—No, no te vayas —dijo Grog dando media vuelta para seguirla—. Bueno, vete, pero conmigo.

La ogra se paró en seco y le examinó durante unos segundos.

—Eres bastante raro, ¿lo sabías?

—Pues si conocieras a mi madre… —dijo él por lo bajo.

Ella no le escuchó. Continuó su caminar rítmico. Grog la seguía varios metros por detrás.

—¿Adónde vas?

—No te incumbe —dijo la ogra.

—Pero tendrás algún sitio donde ir.

—No, pero lo encontraré.

—Eres muy negativa, ¿verdad? —preguntó Grog, derrotado y medio desesperado por no conseguir llamar su atención.

—No.

Grog sonrió, y ella también sonrió. Después, la ogra le tendió la mano.

—Soy Faura.

Y así entablaron una amistad.
Efectivamente, en aquel momento Faura no tenía ni idea de adónde iba. Había visitado ya otras dos lunas de Júpiter, Io y Europa, pero no conseguía encajar en ningún sitio. Las criaturas de Calipso habían destruido su nave y ahora ni siquiera tenía medios para volar. Era una extralunática sin capacidad para salir de aquel lugar.

Grog no tardó ni medio segundo en ofrecerle su nave. Juntos, viajaron probando como residencia un planeta tras otro. En ningún sitio les querían, pues el hedor que emanaban solo podían soportarlo ellos dos.

Finalmente, encontraron que el mejor espacio para ellos era el propio universo. Su casa era la nave, que fue adaptándose a los nuevos ogritos que nacían y creció multiplicando al menos por cinco su tamaño original. Su hogar era la basura que iban acumulando año tras año. Y cada vez que necesitaban mantenimiento o repostar, aterrizaban en cualquier planeta, satélite o estación espacial que encontraban.

En una ocasión volvieron a Calipso. Al parecer, aún se acordaban de ellos, y fueron tratados tan mal que decidieron vaciar su nave, por primera y única vez, dejando una gran montaña de basura como regalo a las criaturas.

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Comments
2 Responses to “Grog Viaja a la Luna”
  1. Irene dice:

    Me ha gustado mucho tu relato, Virginia. Son de esas lecturas que a medida que vas avanzando vas esbozando una sonrisa. El nombre de los personajes, el ambiente, las descripciones… Todo te transporta a uno de los mundos imaginarios en donde me gustaría a mí vivir. La ilustración de Alicia ayuda a que todo esto sea más fácil.
    ENHORABUENA A LAS DOS!

    • Virginia Wollstein dice:

      Gracias, Irene:
      El nombre de los personajes siempre me gusta elegirlos con mucho cuidado y le dedico gran parte del tiempo de mi “pre-producción”. Me alegro que el relato te guste.
      Un saludo,
      Vir

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