La Aceitera o el Nuevo Feto

Autor: Begoña Callejón

Ilustradores: José Luis Maqueira y Almudena Cockadoodledoo Yagüe

Corrección: Elsa Martínez Gómez

Género: relato surrealista (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Begoña Callejón y sus ilustraciones pertenecen a  José Luis Maqueira y Almudena Cockadoodledoo Yagüe. Todos los derechos reservados.

La Aceitera o el Nuevo Feto

jose masqueira

Recordar una historia real dentro de un sueño sería dotarlo aún más de realidad. Existen fotografías que no borramos de nuestra mente. Hay quien piensa que lo que no llegamos a vivir se convierte inmediatamente en algo prescindible. Desear es malo para la salud, o al menos eso es lo que le decía su padre cada vez que la veía de niña tumbada sobre la cama pensando en cada uno de los personajes de una novela. ¿Por qué lees tanto? Su padre nunca llegó a entender esto. En ese momento pones la mano en tu pecho y te despiertas.

– La barbilla al pecho. ¿Cómo te encuentras? –

– Ahhhhh…No puedo hablar. Esto es un infierno –

– Venga, vamos, vamos…Tranquila. Ya, ya está aquí… Pronto pasará-

– Ahhhhh… No puedo, no voy a ser capaz, ¡yo no valgo para esto!-

– ¿Pero qué es esto? ¿Qué es esto? ¿Qué es?-

– ¿Un niño?, ¿una niña? Dígamelo doctor, dígamelo. Necesito saberlo. –

– No señora, es una aceitera. Pero pequeña, no se preocupe. –

– Necesito verla.-

– Aquí la tiene, cójala con cuidado puede romperse. –

– ¡Qué pequeña!, ¿tiene algo dentro? –

– Sí, parece aceite, pero de un color… diferente. –

– Túmbese, descanse, nos la llevaremos para estudiarla. –

– No, no pueden quitármela, es mía. –

– Pero señora, usted comprenderá que esto no es lo habitual. –

– Es mía. Es mía. Lárguese y déjenos en paz se lo suplico-

– Bueno, se la dejaremos un rato y después volveremos. Le repito, hay que examinarla. Quizá haya que llevarla a la incubadora aunque claro, el aceite, la forma, puede volcarse. Lo consultaré con mis compañeros. Es algo extraordinario.-

Una vez que el médico y el enfermero -que había permanecido todo el rato callado- se marchan, observas detenidamente toda la habitación de la clínica. Estás sola. Frente a ti hay una ventana bastante amplia. Te levantas como puedes y te acercas a ella. Abres las piernas, te duele tanto. Miras hacia abajo, no hay tanta altura, los bajos tienen esa ventaja, así que saltas. Llevas la aceitera sujeta a un cinturón. Temes que se caiga. Cuando viste que tu barriga comenzaba a crecer sentiste pánico pero con el paso de los días aprendiste a aceptar esa trasformación de tu cuerpo. Él te abandonó pero te dio igual, tú siempre habías conseguido salir airosa de todos los problemas.

Corres, corres, corres tan aprisa como puedes. Estás otra vez en el centro del escenario. Quizá necesites una clave para deslizarte sin ruido. Todavía no le has puesto nombre pero no lo has hecho porque en la ecografía no salía claro si sería niña o niño. No es culpa tuya. Para distraer a la enfermera del jardín le has dicho que estabas paseando, le has preguntado por su familia. Estás sudando. No sabes si lo conseguirás.

¿Cómo voy a permitir que la sangre manche mi pijama? Una inundación de aceite me resulta más interesante pero claro, esto no lo entiende la mayoría de la gente, ¡qué ignorantes! ¿Cómo se atreven a juzgarme de esa manera? ¿Es que sólo se paren seres humanos en este mundo? El doctor quería robármela, posiblemente para sacar el aceite, ese aceite no es para cocinar. Es mío, hijo, hija, qué mas da, ¿es que no lo entienden?, el sexo no importa, lo que importa es que eres madre, que hay alguien más en tu vida, que ya no te sientes sola, abandonada.

La soledad va avanzando, es difícil convertirla en pájaro.

Dejas tu voz en el interior, no quieres compartir tus pensamientos.

En ocasiones nuestro espejismo se queda en la superficie, flotando, como un último grito. La ciudad crea límites. Y, sin embargo, nos precipitamos hacia ella. Llevas un mapa en el bolsillo. Recuerdas cuando dejó de llevarte flores al trabajo, de lo peligroso que es olvidarse de algo cuando no hay ninguna evidencia de que eso fue así.

La sonrisa de tu cara refleja felicidad. Llegas a la estación del tren. Piensas que debes esconder la aceitera para que nadie te la robe, es tan pequeña. Sacas el billete. Observas que el resto de viajeros se ríen de ti, no entiendes por qué, hasta que un niño te señala el pijama azul. Te subes al vagón y vas rápidamente al baño. Te encierras allí para poder mirarla de nuevo. Te asaltan las lágrimas. Una chica joven empieza a golpear la puerta con fuerza, quizá has estado demasiado tiempo encerrada y no te has dado cuenta.

Almudena Cockadoodledoo

– ¡Salga ya maldita lunática! Esto es un tren no el baño de su casa. Necesito entrar. ¿Pero de qué va? Joder, venga ya. Esta tía está loca.

(Silencio).

Una mujer que escucha la conversación se acerca a la chica. Lleva un vestido ajustado. Parece como si fuese la primera vez que lleva zapatos de tacón o quizá simplemente sea el movimiento del vagón que hace que tenga que sujetarse a la barandilla. Mira a la chica, todo en ella en negro, su pelo, sus ojos, su ropa. Lleva los labios pintados de rojo, es lo único que destaca en ella, bueno eso y su mal carácter.

– Tranquilízate, no ves que esa mujer se encuentra mal, posiblemente esté enferma, no puedes hablar así.

– Yo lo único que sé es que quiero entrar.

– Ten calma, ahora saldrá.

– ¡Vaya viaje me espera!

– Señora, ¿se encuentra bien?, ¿necesita ayuda?

– No, no, ahora mismo salgo, no se preocupen estoy bien.

Decides salir pero cuando lo haces la chica te da un empujón para poder entrar y en ese preciso instante, la aceitera se resbala de tus manos y cae al suelo.

Ya no queda nada, sólo cristales en el suelo y el aceite pegado a las suelas de los zapatos.

La gente repite: ¡Qué asco!

– La que ha liado esta mujer. Debería bajarse voy a llamar al revisor ¡esto no se puede consentir! Ensuciar el suelo de esta manera a ver quien pasa ahora por este pasillo sin resbalarse ¡Por Dios!

– Déjenla, a lo mejor está mareada y por eso ha derramado ese bote que lleva.

– Es una aceitera, fíjate bien. ¡Quién viaja hoy en día con una aceitera en la mano!

La señora miró por una de las ventanas, disfrutó por unos segundos de ese paisaje de colores otoñales y poco después le gritó a la chica: “¿Y ahora, qué le digo yo a su padre?” Mientras se tambalea impidiendo que se derrame el aceite.

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Comments
2 Responses to “La Aceitera o el Nuevo Feto”
  1. Mariola dice:

    Originalísimo. ¡Te felicito!

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