La Maleta

Autor: Mónica Adán Frutos

Ilustrador: Ruan

Género: cuento realista

Este relato es propiedad de Mónica Adán Frutos y sus ilustraciones pertenecen a Ruan. Todos los derechos reservados.

La Maleta

Cuando terminó de hacer la maleta se dio cuenta de que no contenía nada, pero pensó llevarla de todos modos para evitar reproches de sus familiares por no querer quedarse. Sin embargo, apenas terminara la ceremonia, inventaría alguna excusa para poder volver ese mismo día.

Era un viaje largo y había decidido hacerlo en coche. Conducir de noche siempre había sido un placer para ella: carreteras silenciosas y desiertas, un poco de música y un buen rato para pensar en el tipo de cosas de las que uno sólo se acuerda cuando ya no queda en la memoria ninguna otra detrás de la que esconderlas.

Arrancó y calculó la ruta en el GPS. Cinco horas y treinta y siete minutos. Conocía de sobra el camino, pero era para ella un hábito mecánico, como tantos otros de nuestra vida diaria. Salió de la ciudad y, después de un rato conduciendo, empezó a darse cuenta de que, aunque hacía años que no pisaba esos lugares, recordaba cada paisaje con una nitidez casi visionaria. Las fábricas, las gasolineras, los edificios… Todo estaba allí, del mismo modo, aunque sutilmente cubierto por la capa grisácea del tiempo.

Paró a tomarse un café en un área de servicio. La tienda 24 horas era pequeña e incluía una cafetería consistente en una hilera de mesas color mostaza. Detrás del mostrador, un hombre calvo con delantal naranja ordenaba en el estante la prensa del día. Se bebió el café mientras observaba uno de los libros de bolsillo que el dependiente estaba empujando para colocar el Marca. Era un libro de autoayuda, el último lanzamiento de ese escritor que tanto adoraba su madre y que a ella le parecía tan vomitivo.

– ¡Venimos sin libro de instrucciones, mamá! –solía gritarle exasperada cada vez que, después de una pelea, ella se empeñaba en venderle la última receta para descifrar el secreto de la vida.

– Ya hija, pero yo no creo en dios y todo el mundo necesita aferrarse a algo para aguantar la soledad. Al final te das cuenta de que la vida es más terrible de lo que esperabas.

Éste se titulaba “La magia interior”. Lo compró y pagó el café, que no había sido precisamente mágico. Después llenó el depósito y comenzó de nuevo el camino al ritmo de “Don’t think twice”.

“I’m walkin’ down that long, lonesome road, babe. Where I’m bound, I can’t tell…”

Las canciones de Dylan siempre le habían parecido canciones de carretera porque todas ellas tenían el poder de hacerte imaginar que estás atravesando una polvorienta llanura tras la cual queda una vida larga y dura y que, al otro lado del horizonte, aparecerá de un momento a otro la pequeña porción de felicidad por la cual emprendiste el camino. Pero, en este caso, ni su vida había sido especialmente dura, ni lo que le esperaba era precisamente la felicidad.

El día que decidió marcharse de casa no pasó nada digno de mención. Fue un día como cualquier otro, igual de anodino, igual de angustioso e igual de tremendamente triste que todos desde que su padre había muerto y se había quedado sola con su madre. Nunca tuvieron buena relación. Se querían, sí, pero casi nunca en la vida basta con quererse.

Ella se había convertido para su madre en lo único, y esa sensación de responsabilidad de la felicidad y la estabilidad ajena había ejercido un peso demasiado grande en su vida. Se sentía obligada a satisfacer con cada uno de sus actos las continuas demandas de una mujer que se negaba a volver a autoabastecerse. Sus discusiones diarias la llevaron a amenazar muchas veces antes con irse, aunque realmente el enfado era sólo una excusa, ya que llevaba tiempo pensando en viajar fuera para poder encontrar un trabajo mejor e independizarse. Pero siempre acababa por retrasar el momento a causa de los atroces actos de terrorismo emocional con los que su madre solía poner fin a las conversaciones.

– Estoy sola. Sólo te tengo a ti y tú también me abandonas. –Decía mientras colocaba meticulosamente su colección de 135 figuritas de porcelana.

Siempre que estaba nerviosa o se sentía triste, su madre corría al mueble del salón y se afanaba en limpiar cuidadosamente cada estatuilla, dándole después un orden distinto al anterior.

– Así nunca me canso de verlas. Cuando coloco delante las de la última fila tengo la sensación de que son nuevas otra vez y recuerdo cada uno de los maravillosos lugares donde tu padre y yo viajábamos para comprarlas.

Inmediatamente después se echaba a llorar desconsoladamente, como si no hubiera en el mundo persona más desgraciada que ella.

Por eso, el día que decidió marcharse no se despidió de su madre. Sabía que si lo hubiera hecho ni siquiera hubiera llegado a cruzar el umbral de la puerta.

Habían pasado ya cinco horas y estaba amaneciendo. Las vistas eran espectaculares. La autovía había terminado y ahora conducía por una carretera provincial que bordeaba la ladera de una pequeña montaña. A la izquierda serpenteaba un estrecho hilo de agua que ella recordaba como un rio bastante más caudaloso.

A pesar de la estampa, había empezado a sentir una especie de nauseas que le estrujaban el estómago. Volver a un lugar que has abandonado siempre despierta ciertas inseguridades. Pensó si realmente había valido la pena: ella se marchó buscando saciar una sed de nuevas experiencias y segura de que le aportarían la plenitud que no tenía, pero no encontró esa plenitud nunca. Volvía sin ella y eso le pareció la mayor derrota de su vida.

Por fin, tras doblar una curva bastante pronunciada, pudo ver el pueblo en el horizonte. Sus casas dispersas, el pequeño parque y las callejuelas empinadas y estrechas que llegaban hasta su casa. Todo estaba preparado. El coche en la puerta, las flores adornando la entrada y toda la familia reunida.

Ilustración de Ruan

– Hemos estado esperándote para llevarla al funeral. –Dijo su tía. –Sabía que al final vendrías. Todo ha sido tan rápido… Pero seguro que tu madre te está viendo desde algún lugar y estará muy contenta.

– Lo que estará es muy impresionada de que exista tal lugar, tía –respondió. Pero en el fondo de su corazón deseó con todas sus fuerzas que fuera verdad.

Entró en la habitación, la miró y vio en su cara una serenidad mucho mayor de la que le recordaba en vida, cosa que le resultó gratificante. Tal vez, con los años, una de las dos había conseguido mitigar su infelicidad.

Después del entierro volvió a la casa a despedirse de sus familiares. Era tarde y el camino se le había hecho mucho más duro de lo que imaginaba, así que, después de pensarlo, decidió pasar la noche allí.

A la mañana siguiente, antes de marcharse, recogió todos los libros y las figuritas de su madre, los envolvió despacio y los metió uno a uno en la maleta vacía. Se los llevaría. Al fin y al cabo, todo el mundo necesita algo a lo que aferrarse para aguantar la soledad.

Anuncios
Comments
One Response to “La Maleta”
  1. Mariola dice:

    Me ha gustado mucho tu historia, Mónica, y felicito también a Ruan por la magnífica ilustración. Un saludo!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: