Mi deseo

Autor: Anna Morgana Alabau

Ilustradores: Daniel S Limon y Laura Álvarez

Corrección: Clara Sánchez

Género: relato steampunk (a partir de 9 años).

Este relato es propiedad de Anna Morgana Alabau y sus ilustraciones pertenecen a  Daniel S Limon y Laura Álvarez. Todos los derechos reservados.

Mi deseo

Hay una costumbre, allí de donde yo vengo, aunque supongo que aquí también existirá… Cuando eres pequeño, justo antes de dormir, ante la chimenea en los días de invierno, o bajo las estrellas en las noches cálidas de verano, los adultos te cuentan cuentos. Si los escuchas con atención, te imbuyen de la sabiduría que ha de guiar tus pasos por el camino seguro de la vida. Yo, sin embargo, nunca fui un niño comedido, y no es sino ahora que recuerdo aquel cuento que debió haberme prevenido sobre el peligro de lo que se desea.

Desde mi tierna infancia, siempre fui considerado un chico brillante, casi un genio, con un talento infinito para la técnica. Entendía el girar del mundo, el funcionamiento de absolutamente cualquier cosa que ocupase un lugar en la tierra, ya fuera animada o mecánica. Por esa razón, el que mi familia fuera pobre era todo un impedimento para mi avance en el mundo.

Sí, ya sé que aquí no hubiera sido de esta forma, pero, del lugar de donde vengo, todo es mucho más fácil si uno tiene los bolsillos más llenos que el cerebro. Por suerte para mí, sin embargo, mi talento a la hora de desmontar cachivaches y reparar maquinaria me aseguró el sueldo que haría posible mi admisión en la universidad.

No, las universidades de mi hogar no son como las vuestras. Hay… no sé cómo explicarlo, un ambiente distinto, algo que infunde a las vuestras de un aura de conocimiento y búsqueda de la sabiduría que se echa de menos en las de mi tierra. No obstante, fue en la universidad, mientras cursaba el doctorado en física cuántica (lo que vosotros llamáis ciencia espaciotemporal), cuando descubrí lo que un niño que hubiera prestado atención a los cuentos de sus padres habría llamado «lámpara mágica».

Evidentemente, no se trataba de una lámpara, sino de un objeto extraño, una especie de contador de latón con números de un hierro finísimo, que saltaban, al mover una palanca, como los números de uno de nuestros relojes digitales. Pensé que no podía ser una coincidencia. Veréis, en aquel momento estaba elaborando una tesis sobre lo que allí se conoce como literatura de ciencia ficción, y su correlación con el mundo científico real. Se trata de un tipo de literatura, normalmente escrita por grandes científicos de nuestro tiempo, que suelen adelantarse en la concepción de los avances más importantes de la humanidad tal y como nosotros la conocemos.

Sé que suena peculiar… ¿cómo podría hacéroslo entender? ¡Ah! Vosotros tenéis robots, ¿cierto? Máquinas que os obedecen y os facilitan las labores diarias. Sí. Nosotros también los tenemos, pero surgieron antes en las páginas de estos libros de los que hablo, que de las manos de los ingenieros que los construirían, décadas después.

Había una cosa, un concepto en particular, que me obsesionaba en todos los libros que leía y que aparecía incesantemente en las entrevistas a aquellas mentes privilegiadas: ¿cómo sería el futuro? En aquel momento, yo era consciente de que, de todos los conocimientos que se podían adquirir en el mundo, la visión de futuro era el más remoto de todos. Y aun así, no había noche en la que no me acostara soñando, deseando y anhelando poder verlo, aunque fuera por un instante.

Y ahí fue donde a mi prodigioso ingenio se le escapó algo que sabía incluso un niño de cinco años: que en todas las lámparas mágicas habita un genio malvado.

Tras encontrar el curioso objeto, no dejé de darle vueltas a la cabeza sobre qué utilidad podría tener. Sin decir nada a nadie, decidí llevarlo a mi casa, convencido al fin de que era un trasto inútil que alguien me había dejado en el despacho para gastarme una broma. De modo que, no queriendo tirar algo que, aun siendo inútil, me parecía realmente hermoso, decidí colocarlo en una de las paredes de la sala de estar, junto al reloj digital estropeado, que ya estaba en el apartamento cuando me mudé. Se me ocurrió, viendo los números con los que contaba, que podía servirme de calendario, y lo ajusté a la fecha actual.

Al despertarme a la mañana siguiente, tuve el déjà vu más grande que nunca haya sentido. Sólo que no era un déjà vu, sino el mismo día repitiéndose. Lo supe cuando, antes de entrar en el despacho, pude verme a mí mismo haciéndolo, justo delante de mí. Había leído la suficiente ciencia ficción como para saber que es antinatural que uno se encuentre a sí mismo en el pasado, así que me escondí de mi otro yo durante todo el día, hasta que, una vez se hubo dormido, fui hasta el extraño contador y lo descolgué de la pared.

Lo guardé en una caja de zapatos y ésta, bajo mi cama, y no conseguí dormir en toda la noche.

Al día siguiente, tras comprobar que no volvía estar de nuevo en el pasado, me relajé un poco: decidí olvidarme del artefacto y seguir con mi tesis doctoral, pero la idea de que había encontrado algo, una máquina o parte de ésta, que era capaz de viajar en el tiempo llevándome consigo, no podía abandonar mi cabeza. Era todo lo que quería: mi obsesión, la llave de mis sueños, mi vistazo al futuro. Así que empecé a cavilar.

Después de varias semanas, estaba preparado. Pensé que, puesto que tan sólo funcionó al colgarlo cerca del reloj la primera noche, necesitaría algún tipo de mecanismo que midiese el tiempo para realizar el salto, pero quizá el pequeño aparato estropeado que colgaba en la pared desnuda de mi comedor no fuera suficiente. Así que reuní un montón de relojes viejos, todos los que me dieron o prestaron amigos, familiares y conocidos, e hice una especie de cabina con ellos, que instalé en mi comedor. Había dos relojes de pared, casi tan altos como yo, cuatro o cinco cucos y otros tantos despertadores de campana, relojes de bolsillo y de muñeca, y un pequeño reloj-calendario, que pasaba las hojas mecánicamente al dar la segunda vuelta a las doce.

Ilustración de Daniel S Limon

Construí aquello, me refugié en su interior y coloqué el artefacto que había encontrado en una esquina de aquella cabaña del tiempo. Ajusté la fecha al 16 de septiembre de 2083, y así es como acabé aquí.

Lo que jamás me habría imaginado, el genio malvado en el que no se me ocurrió pensar, es que estaba viajando a un futuro, uno de los posibles, que no tenía por qué ser necesariamente el mío.

Como bien sabréis algunos, llegué al mismo sitio en el que se supone que estaría mi apartamento en este futuro; en este espacio y este tiempo. Resultó ser una estación de ferrocarril. Tuve suerte de salir de mi construcción al oír el pitido del convoy, pero la máquina quedó destrozada y, con ella, se desvaneció toda posibilidad de regresar a mi hogar. Ni siquiera pude recuperar la pieza que había sido la clave y el motor de mi viaje.

Sin embargo, ese pensamiento no duró mucho tiempo en mi mente cuando, anonadado, mi mirada se dirigió hacia los cielos de la ciudad que me acogía. Sé que sois plenamente conscientes de cómo es la ciudad donde vivís, pero allí de donde yo vengo, jamás he podido ver nada igual.

Tendido en el andén tras saltar de los raíles del ferrocarril que destrozó mi máquina del tiempo, sentí una inmensa sombra cernerse sobre mí. Algo frío y estremecedor se adueñó de mi corazón. Pensé que, después de todo, había llegado al fin de mis días. No obstante, la inmensa sombra empezó a deslizarse por el suelo, pasando mi figura y la de cuantos esperaban en el andén, lanzándome miradas de sorpresa y disimulo. Fue entonces, la sensación de amenaza disipándose en mi interior, cuando alcé la mirada y pude contemplarlo: el globo dorado, alargado, surcando las nubes como una carabela surca el mar; los motores de cobre y bronce, con sus hélices girando a toda velocidad, dirigiendo a la nave, llena de pasajeros, cuyas caras pálidas y hermosas observaban la ciudad desde las alturas.

Ilustración de Laura Alvarez

«Intuyo que en tu mundo» dijo de repente una voz tras de mí, y mi corazón dio un vuelco al darme cuenta de que podía entender cada una de sus palabras «no hay zepelines, ¿me equivoco?».

Dirigí la mirada hacia la persona que me hablaba, y descubrí a un amable anciano, tocado con un sombrero de ala ancha, que me tendía la mano para ayudar a levantarme del andén. Tomé su ofrecimiento y me puse de pie a su lado. Justo entonces, su mirada verde pareció penetrar en mi mente, porque me preguntó cómo había llegado hasta allí. Yo le relaté mi historia, del mismo modo que os la he contado a vosotros, y hasta vuestra presencia me condujo al acto.

Salimos de la estación de ferrocarril y nos montamos en el tranvía, que también funcionaba a vapor. No podía creer nada de lo que veían mis ojos y, sin embargo, allí estaba, en medio de este mundo imposible, tocando y sintiendo cada una de las partes que lo componen. Debéis entender mi sorpresa: en mi mundo, el carbón y la hulla son medios combustibles insostenibles para el progreso. Un hombre descubrió algo llamado electricidad, y es ése el motor de nuestro avance, a diferencia del vapor y los mecanismos que hacen girar vuestro mundo. Aun así, lo que he visto en vuestra ciudad me maravilla.

Mientras viajábamos hacia la sede del Consejo, el anciano me explicaba lo que debía hacer ante vosotros, cómo debía contaros cada detalle de mi viaje para que pudierais decidir mi suerte con justicia. Durante todo ese tiempo, escuché, pero una pregunta persistía en mi cabeza, una pregunta que se hacía más intensa a cada edificio de bronce y hierro que pasaba el tranvía, a cada estructura forjada de iluminación pública, con mil mecanismos y engranajes que hacían posible crear luz dentro de una pequeña jaula de cristal, a cada automóvil de grandes ruedas, como de velocípedo, que exhalaba vapor mientras traqueteaba por la calle, siguiendo la dirección de nuestro convoy…
«La pieza que encontré, la que me ha traído hasta este futuro, es de este mundo» le dije al anciano, que me miró profundamente bajo el sombrero de ala ancha. «Sin embargo, ¿cómo ha podido saber usted que yo no lo soy?»

«Porque eres tú quien fabricará la pieza en mi laboratorio, dentro de tres años, para poder volver a casa» me respondió.

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Comments
One Response to “Mi deseo”
  1. Recuperando el tiempo perdido y las tareas pendientes, mil perdones por mi retraso en comentar a los dos ilustradores (Daniel y Laura) y a Clara el placer que ha sido trabajar con vosotros. Muchas gracias por vuestro arte, trabajo y esfuerzo. Espero poder volver a colaborar con vosotros pronto, en lo que sea, y que los resultdos sean tan estupendos como los de este proyecto 🙂

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