Otro Cuento de Hadas

Autor: Chus Díaz

Ilustradores: Ester Salguero, Joseba Morales y Julio Roig

Corrección: Elsa Martínez Gómez

Género: cuento infantil

Este relato es propiedad de Chus Díaz y sus ilustraciones pertenecen a  Ester Salguero, Joseba Morales y Julio Roig. Todos los derechos reservados.

Otro Cuento de Hadas

Dicen que las muchachas que se casan con príncipes azules viven felices e incluso comen perdices. Eso es lo que le ocurrió a Blancanieves; al menos al principio. Después de la boda, la joven fue a vivir a un lujoso palacio con un marido encantador que la adoraba. De acuerdo que la madre del príncipe no la apreciaba demasiado… Pero, con las suegras, ya se sabe.

Blancanieves tuvo una hija. Todos decían que era tan hermosa como su madre, aunque no se parecía demasiado a ella. Si Blancanieves era blanca como la nieve, la niña tenía los ojos azules como el mar y el cabello dorado como los rayos de sol. Siguiendo la tradición familiar, la princesa quiso poner a su hija un nombre que hiciera referencia a su físico. La llamó Marisol.

Las cosas fueron sobre ruedas los diez primeros años; después, todo cambió. El rey enfermó y su hijo, el marido de Blancanieves, tuvo que sustituirle en las funciones reales. Aquello obligaba al príncipe a viajar con frecuencia: cuando no tenía que representar a su padre en visitas oficiales a los reinos vecinos, salía de cacería con sus invitados.

La reina aprovechó aquellas salidas para ir haciéndose, poco a poco, con las riendas del palacio. Cuanto más poder iba ganando, más martirizaba a su odiada nuera. La trataba como un cero a la izquierda. Y Blancanieves no tenía forma de evitarlo; ni siquiera podía buscar consuelo en su marido porque siempre estaba ausente.

Ante semejante panorama, la princesa se fue marchitando como una flor. Se la veía cada vez más triste, comía poco y siempre estaba cansada. Sólo le apetecía estar sola y escuchar las maravillosas historias que el espejo mágico le contaba sobre el mundo exterior. Os parecerá un poco ridículo pasarse el día encerrada hablando con un espejo, pero qué queréis, en aquellos tiempos aún no se había inventado la televisión. Así que ni hablemos de Facebook.

¿Y qué pasaba con Marisol?, preguntaréis. Pues lo cierto es que crecía feliz. Pasaba gran parte del tiempo en el bosque, tratando de distinguir a los pájaros por sus cantos y al resto de animales por sus huellas. A Marisol aquello le gustaba mucho más que coser, tocar el violín o hacer todas esas cosas que su abuela consideraba tan importantes para una princesita.

Uno de sus juegos favoritos era recorrer el palacio furtivamente y esconderse en rincones oscuros para escuchar lo que hablaban los demás. De esa forma había podido oír las historias del espejo mágico y había conocido el apasionante pasado de su madre con su madrastra malvada y los siete enanitos. Y así también, un día, descubrió los terribles planes de la reina. Estad atentos, porque es ahora cuando empieza realmente nuestra historia:

-Haré que encierren a Blancanieves en la torre más alta de palacio. Cuando me haya deshecho de ella, enviaré a Marisol a un internado para niñas ricas. Allí aprenderá a comportarse como una señorita.

Ilustración de Julio Roig

Cuando oyó las palabras de su abuela, Marisol se puso blanca como una sábana de fantasma. ¡Tenía que hacer algo para evitarlo! Resolvió que lo mejor sería avisar a su padre, donde quiera que estuviera en aquel momento. Sin perder tiempo, le escribió una carta y se la envió por paloma mensajera. Aunque temía que la paloma llegase demasiado tarde… Por si las moscas, la niña decidió poner en marcha un plan B: le pediría consejo al espejo mágico. Si a su madre le daba buen resultado, ¿por qué no iba a servirle también a ella?

Marisol aprovechó que Blancanieves dormía para entrar en la sala del espejo y hablarle. Utilizó la fórmula que tantas veces había oído repetir a su madre:

-Espejito, espejito mágico. Perdona que te moleste… Tú que eres tan sabio, ¿podrías decirme cómo ayudar a mi madre? Mi abuela quiere encerrarla en la torre más alta del palacio.

El espejo permaneció en silencio. Probablemente le sorprendió escuchar una voz diferente a la de Blancanieves. Tras unos segundos, carraspeó levemente y empezó a hablar:

-Blancanieves sólo se librará del peligro si recupera la ilusión perdida. Y nadie más que tú puede ayudarle a lograrlo, Marisol. Te advierto que no será fácil: deberás emprender un largo viaje hasta un lugar donde encontrarás lo que tu madre necesita para curarse.

-¿Y dónde está ese lugar, espejito mágico?

-No puedo decírtelo. Cuando llegues allí, sabrás que lo has encontrado.

Muy bien, pues no había tiempo que perder. Estaba decidido: al día siguiente, Marisol abandonaría en secreto el palacio para cumplir su misión.

Como el espejo le había anunciado que el viaje sería largo, pensó que lo mejor sería hacerse con algunas provisiones para el camino y le pidió al cocinero real que le preparara una cesta de picnic. Acostumbrado a las excursiones de la niña, el cocinero le hizo un menú a base de ricos manjares. Marisol llevó la cesta a su habitación y se acostó temprano. Aquella noche soñó con la gran aventura que le esperaba.

En cuanto amaneció, Marisol salió de palacio con mucho sigilo y se adentró en el bosque. Avanzaba sin separarse del camino marcado, con los ojos bien abiertos, al acecho de algún objeto extraño que pudiera servir para curar a su madre.

Ilustración de Joseba Morales

Llevaba ya varias horas andando cuando llegó a una explanada. En el centro había una casita de colores muy vistosos que, cosa curiosa, parecía oler a fresa. Marisol vio a un niño y una niña agachados junto a una de las paredes de la casa. Dedujo que estaban jugando a algo, así que se acercó a ellos sin hacer ruido.

-¿Qué hacéis?

La niña dio un respingo al oír a Marisol, pero el niño reaccionó al instante haciéndola callar.

-¡Shhh! ¡Te va a oír!

En susurros, los niños explicaron a Marisol que la casita estaba hecha de chocolate y caramelo, y que ellos estaban intentando arrancar un trozo de pared sin que la dueña les viera para comérselo.

-Eso no está bien –les recriminó Marisol-. Si coméis demasiados dulces se os estropearán los dientes.

Hansel y Gretel, que así se llamaban los niños, le explicaron que se habían perdido; sus padres les habían abandonado en el bosque y ellos no podían encontrar el camino a casa. Llevaban tiempo sin comer y ya no aguantaban más.

Conmovida por aquella historia, Marisol decidió dar a los dos hermanos la cesta de picnic que le había preparado el cocinero. Estaba claro que la necesitaban más que ella. A cambio, les hizo prometer que no tocarían la casa. Los hermanos aceptaron el trato, y los tres se alejaron de allí alegremente. Ellos no llegaron a enterarse, pero a sus espaldas podían oírse los reniegos de una bruja que, en su casita de chocolate, se lamentaba porque acababa de perder la oportunidad de zamparse dos suculentos niños para cenar.

Cuando llegó el momento de separar sus caminos, Hansel y Gretel insistieron en regalar algo a Marisol como prueba de amistad. Y le dieron lo único que tenían: un montoncito de piedras blancas que una vez les habían servido para encontrar el camino de vuelta a casa. Marisol las aceptó, agradecida.

-¿Será esto el remedio maravilloso que ha de curar a mi madre? –se preguntó. Y las guardó en su bolsillo con tanto cuidado como si se tratase de un tesoro.

Nuestra protagonista siguió su camino en solitario a través del bosque. Tras un rato de marcha, vio algo que le llamó la atención: eran las huellas de un lobo. “Cuidado”, se dijo, “seguro que no anda lejos”. Trató de distinguir al peligroso animal entre la maleza y entonces lo descubrió, agazapado tras un árbol. Estaba espiando a una niña vestida con una capa roja; ella caminaba sin sospechar que el lobo se relamía de gusto sólo de verla.

Marisol no lo pensó dos veces: ¡tenía que ahuyentar al lobo! Como no encontró otra cosa a mano, comenzó a bombardearle con las piedras que guardaba en su bolsillo.

Ilustración de Ester Salguero

-¡Me atacan! –gritó el lobo feroz. Y huyó de allí por patas.

Pasado el peligro, la niña de rojo se acercó a Marisol para darle las gracias. Le comentó que se llamaba Caperucita y que iba a visitar a su abuelita enferma. Le llevaba una cesta con pastelitos, fruta y vino. Sabía que el lobo feroz quería distraerla para llegar a casa de su abuela antes que ella y comérsela. Siempre hacía lo mismo.

Sólo entonces cayó en la cuenta Marisol de que acababa de echar por tierra el remedio maravilloso que podía haber curado a su madre. Había utilizado las piedras que le habían regalado Hansel y Gretel para atacar al lobo… Caperucita la vio tan triste que decidió consolarla compartiendo con ella algo de lo que llevaba en la cesta para su abuela. Lo que le ofreció era un fruto redondo, rojo y con pinta deliciosa.

-¿Qué es? –preguntó Marisol con curiosidad.

-Una manzana. No me digas que nunca habías visto una.

Fue oír aquella palabra y cambiarle a nuestra protagonista el color de la cara.

-¿Una manzana? ¡No pienso comérmela! – Marisol apartó la fruta de un manotazo-. Mi madre dice que las manzanas pueden ser mortales.

-Tu madre es un poco rarita, ¿verdad?

Caperucita animó a Marisol a probar la manzana. Para hacerle perder la desconfianza, ella misma le dio el primer bocado. Marisol la imitó. Y tuvo que reconocer que su madre exageraba: ¡aquella manzana estaba buenísima! Como agradecimiento por haberla librado del lobo, Caperucita le regaló otra pieza para el camino. Marisol la aceptó, halagada.

-¿Será esto el remedio maravilloso que ha de curar a mi madre? –se preguntó. Y la guardó con tanto cuidado como si se tratase de un tesoro.

Poco después, las dos niñas se despidieron y cada una siguió su camino. Marisol avanzó por el bosque durante varias horas más, hasta que llegó la noche y empezó a sentirse demasiado cansada para continuar. Estaba considerando la posibilidad de buscar un rincón acogedor para dormir al raso cuando vio una casita a lo lejos. Se acercó hasta ella, intentó abrir la puerta y comprobó que no estaba cerrada con llave, por lo que entró. Allí encontró una mesa con siete sillitas, siete platitos, siete vasitos… Y, al fondo, siete camitas.

Marisol estaba tan rendida que ni reparó en que los siete platitos estaban llenos de comida. Simplemente dejó su manzana sobre la mesa y se estiró en la primera camita. Se quedó dormida como un tronco al instante. Y durmió hasta que la despertó la siguiente conversación:

-¡No puede ser! ¿Por qué todas las muchachas perdidas tienen que acabar en nuestra casa?

-No traen más que problemas… Les coges cariño y a la mínima desaparecen.

-Tienes razón. ¿Recordáis a Blancanieves? ¡Aún la echo de menos!

Al oír el nombre de su madre, Marisol abrió los ojos y vio a un grupo de hombrecitos de avanzada edad que la observaba con curiosidad. Todos ellos lucían largas barbas blancas y parecían tener una estatura no mucho mayor que la suya. Marisol se quedó atónita.

-¡Sois enanitos! ¡Y sois siete! –exclamó.

-Por lo menos ésta nos ha salido observadora –bromeó uno de los hombrecitos.

Marisol no pudo contener la alegría. ¡Había llegado a su destino! De un salto, se lanzó al cuello del enanito más cercano. Los siete hombrecitos no sabían cómo reaccionar ante aquella muestra de efusividad. Cuando la niña se dio cuenta del asombro de sus anfitriones, les explicó quién era. Los enanitos se alegraron lo indecible al tener noticias de Blancanieves. Pasaron horas recordando viejos tiempos y escuchando las anécdotas de Marisol sobre la nueva vida de su amiga. Tanto hablaron que acabó por entrarles hambre. Aquello hizo que Marisol se acordara de su manzana. Miró hacia donde la había dejado y… ¡se había esfumado!

-¿Dónde está mi manzana?

-Me la he comido. Creí que era un regalo –se disculpó un enanito.

Marisol no podía creerlo: había vuelto a perder el remedio maravilloso que podía curar a su madre. Al verla tan disgustada, los enanitos quisieron saber qué le ocurría. La niña les habló de la enfermedad de Blancanieves y les explicó lo que le había anunciado el espejo mágico. Entonces los siete hombrecitos dijeron a una:

-¡No te preocupes, Marisol! ¡Nosotros prepararemos un remedio para tu madre!

Dicho y hecho. Los enanitos se lanzaron al bosque en busca de las mejores hierbas medicinales para curar a la princesa. Recurriendo a la sabiduría familiar, crearon un brebaje mágico con el que llenaron un recipiente de barro.

Marisol no cabía en sí de gozo. En cuanto el brebaje estuvo acabado, quiso volver a palacio para llevárselo a su madre. Propuso a los enanitos que la acompañaran, pero ellos rechazaron la oferta: no podían abandonar su trabajo en las minas… Así que, tras despedirse de sus nuevos amigos y prometer que volvería a visitarlos, la niña emprendió el regreso a casa.

Viajó tan rápido como pudo; esta vez no se entretuvo con nada ni con nadie en el bosque. Consiguió llegar a palacio en un tiempo récord. Con el corazón a cien por la emoción, subió los escalones de dos en dos para llegar lo antes posible donde estaba su madre. Pero las prisas le jugaron una mala pasada y, ¡ay!, justo cuando iba a alcanzar su destino, Marisol tropezó y cayó de bruces. El recipiente de barro chocó contra el suelo y se rompió en pedazos, echando a perder todo su contenido.

Marisol se puso a llorar tan desconsoladamente que su madre se asustó. La niña, entre sollozos, le contó todo lo que había pasado. Y os resultará extraño, pero cuanto más detalles explicaba Marisol más se le iluminaba la cara a Blancanieves. ¡Estaba sonriendo!

Volver a saber de los siete enanitos y escuchar las aventuras de Marisol hizo que Blancanieves se sintiera mucho mejor. La princesa mejoró sensiblemente en las horas siguientes. Poco después llegó el príncipe, que había emprendido el regreso a palacio en cuanto recibió la carta de la paloma mensajera. Al verlo, Blancanieves se alegró todavía más.

Cuando el príncipe se enteró del malévolo plan de la reina para acabar con Blancanieves y enviar a Marisol a un internado, se enfadó tanto que quiso castigar a su madre. Y la encerró en la torre más alta de palacio.

Puede que a alguno le cueste creerlo, pero esta historia termina como empezó. Porque Blancanieves, su príncipe azul y la pequeña Marisol volvieron a ser felices y comieron perdices. ¿Qué queréis? Así son los cuentos de hadas…

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