Un Avión y un Gallego Bueniño

Autor: Ana Marí Madrid

Ilustradores: Susana Rosique y Rosa García

Corrección: Elsa Martínez Gómez

Género: relato

Este relato es propiedad de Ana Marí Madrid y sus ilustraciones pertenecen a  Susana Rosique y Rosa García. Todos los derechos reservados.

Un Avión y un Gallego Bueniño


Llovía a mares en la pequeña aldea, de un simple chirimiri se desató una verdadera tempestad. A través de su ventana, Cristian, veía la sacudida de los árboles, por unos segundos se asustó, pero al momento infló su pequeño pecho abrochándose el último botón de su camisa nueva. Sus amigos le llamaban EL GUERRERO DE LA PANTALLA, estaba preparado y dispuesto a completar su examen cardiológico enfrentándose a la ira de la naturaleza, si era preciso. Sus válvulas, demasiado pequeñas para su edad, debían ser operadas cuanto antes. A veces las soñaba como estrechos túneles que le absorbían atrapándolo en su interior, no podía escapar, le comprimían hasta hacerle chiquitito y… desaparecer devorado por sus débiles anticuerpos como una minúscula bacteria. Cuando le entraban los ahogos del asma, imaginaba estar buceando con una botella de oxigeno casi acabada, relajaba su mente con su respiración para que le durase hasta salir a la superficie, siempre conseguía llegar a tiempo, solo tenía que sacar de su bolsillo el inhalador, pero, disfrutaba asustando a sus compañeros mientras se retaba apurando el tiempo. El pequeño guerrero ya no le temía a los viajes que le daban su salud. Se dejaba llevar de la mano de mamá, mentalizado de que no debía alterar los pronósticos del destino, aunque jugara con ellos no los podía cambiar, no podía escapar a la intervención quirúrgica que llevaban meses preparando. El viaje no podía aplazarse.

El camión del primo Suso les acercó a la entrada de la ciudad de los peregrinos, la odisea del gallego bueniño comenzó en el mismo momento en que subió su gran peldaño, enganchándose con el freno de mano. El gran armatoste corrió unos metros derribando el único árbol que había frente a su casa. No hubo daños personales, pero si materiales y un gran susto con algún que otro coscorrón. Nada más llegar ya le esperaban en el taller de reparaciones. Cristian y su madre tenían el tiempo justo, no les quedó más remedio que buscar un taxi que les llevase al aeropuerto de Lavacoa. No fue nada fácil. Era año santo, los peregrinos invadían la ciudad complicando la circulación y el encuentro de taxis, las paradas estaban vacías, no había ninguno disponible. Pero Suso no dejaría a su prima Maruchi y a su pequeño diablillo a las buenas de Dios, con semejante monstruito corrían el riesgo de que el gran ser supremo se lavase las manos.

Al técnico del camión no le importó dejarle las llaves de su pequeña chatarrilla maqueada con piezas sueltas de lo que pillaba. Lo que había sido un Clío parecía un puzzle remendado. Los recogió, desesperados ya, en la acera de la parada de taxis.  Nada más llegar, daban por el interfono, el último aviso a los pasajeros. Empapados de agua, resbalando en su carrera y al borde de la asfixia, Maruchi entregó las reservas y corrieron a la puerta de embarque. La mala suerte no había terminado. Maruchi pasó la puerta de seguridad sin problemas pero Cristian… el escándalo fue total. Se negaba a darle al guardia su navaja de empuñadura de hueso. Desde que se la trajeran los reyes magos para talar sus figurillas de las ramas caídas de los árboles… nunca se separaba de ella. Mamá Maruchi no tuvo más remedio que meterla en su mochila y bajar a facturarla. Casi despegan sin ellos. Por fin subieron al avión, destino Santiago de Compostela-Madrid. Era la primera vez, lo más cerca que había estado de uno de esos bichos con alas fue… cuando un helicóptero aterrizó en el campo de Suso para transportar a una accidentada que sacaron los bomberos del amasijo de hierros del coche que se empotró con la vaca que se le cruzó, contra el muro de la tapia de la finca de Ceferino. No, no pudo despegar por más que se escondió en la pequeña cabina, lo sacaron de los pelos arrastrándolo a su casa. La abuela Blandigna a veces se pasaba al no quitarle los ojos de encima y pillarle en el último momento, ¿qué rabia le daba!  Esta vez era distinto, tenía su asiento reservado; fila C asiento 13. Quién piensa en la mala suerte si ya nació con ella. Era sietemesino en un embarazo tan sorprendente que su madre no se dio cuenta hasta que lo parió. Y es que la menopausia puede llegar a dar sus sorpresas. Cris era… como el gran quijote, con espada en alto para luchar contra… esta vez…los rayos. Nada más sentarse la cortina de agua de su ventanilla y el ligero barullo, casi un susurro convertido en silencio al iniciar el vuelo… lo adormeció, por más que batalló por tener los ojos muy abiertos y sentir esa emoción que le subía como un gusanillo por el estomago, provocándole… la sensación de volar sobre un avión de papel, tan frágil y a la vez… apasionante. Pero su cansancio y el vaivén semejado a una cuna de bebé, le dejaron KO. No habían salido del espacio aéreo gallego cuando unas fuertes turbulencias y el estruendo de un rayo, partió, el cielo en dos. Ni la borrachera de sueño impidió su sobresalto, disparándole el corazón; Estaba solo, al final del pasillo su madre desaparecía con el último pasajero, absorbidos por un remolino de espeso humo. El ala que veía desde su ventana, iluminaba la oscuridad que les envolvía, con su escandaloso fuego. Cristian corrió a engancharse a la saya de su madre. Al instante todo desapareció, cayendo en una dimensión de carreras donde eran dirigidos por mandos. Estaba dentro de uno de sus juegos de la playstation. El era ese guerrero de la pantalla de que tanto presumía. El máximo ganador debía combatir por regresar a la vida. Corría, saltaba, combatía, volaba, conducía, navegaba, siendo perseguido y atacado sin descanso. Esquivaba Balas, monstruos, lanzas, espadas, saltaba de una partida a otra, de un juego a otro, ganando piedras de colores, rubíes, esmeraldas, zafiros, corales, con el oro del ámbar liberaba su propia batalla. Allí no habían desmayos, dolores, ni ataques de asma, era libre, pero como cualquier ser o guerrero espacial, notaba el cansancio. Agotado se dejó caer en cama placentera, sin intuir su peligro. Se sintió sumergido en una nube de algodón de azúcar; -¡que bueno, además de cómoda, dulce y sabrosa. Me protege, me esconde y me acurruca para echar una cabezadilla! …OHOH… ¿y eso que es…?-  Una enorme boca llena de dientes se acercaba a toda velocidad y… se lo zampó sin darle tiempo a ninguna reacción. En su lucha por escapar… un manotazo un saltó y… golpeó la cabeza de una azafata, desparramando la bolsita de nubes de gominolas. Sus esmeraldas, zafiros, rubíes, corales y demás piedrecillas rodaban por el estrecho pasillo. Era el regalo de la compañía a todos los niños por tener un feliz aterrizaje, la joven azafata se  la daba con una de sus más amplias sonrisas y…

Despertó de su pesadilla.

Cristian aterrizó pero su viaje… no terminó. Las aventuras de un gallego bueniño empezaron en cuanto puso un pie en tierra.

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Comments
3 Responses to “Un Avión y un Gallego Bueniño”
  1. Mariola dice:

    Nos hemos puesto de acuerdo con la tierra gallega, jajajajaja!

  2. ¡Compañeras, ha quedado estupendo! Un placer colaborar juntas, espero tengamos más oportunidades de hacerlo. Un abrazo.

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  1. La pagina de tu Blog se ha actualizado…

    [..]Articulo Indexado Correctamente en la Blogosfera de Sysmaya[..]…



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