Una Cruz en el Camino

Autor: Raquel Bonilla

Ilustradores: Jordi Ponce Pérez , Ana Menéndez y Eider Agüero

Corrección: Federico G Witt

Género: relato

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla y sus ilustraciones pertenecen a  Jordi Ponce Pérez, Ana Menéndez y Eider Agüero. Todos los derechos reservados.

Una Cruz en el Camino

Cada día vemos millones de cosas, unas nos llaman la atención y otras pasan por delante de nuestros ojos sin apenas inmutarnos, igual que con las personas, cada día vemos a mucha gente, gente que quizás viva toda nuestra vida a dos manzanas o incluso en la puerta de al lado y nunca sepamos ni su nombre. Cuando vamos a un centro comercial, a un concierto, mucha gente pasa por delante de nuestros ojos, gente con historia, con presente y futuro de las cuales jamás sepamos nadadero hay veces que el destino hace que las personas se encuentren y enlacen momentos de sus vidas.

Este es mi caso, desde que tengo uso de razón y debido a que de muy pequeña fui internada  en un colegio, hice un mismo recorrido dos veces cada semana. El recorrido que separaba mi casa del internado, que hacia los viernes para estar con mi familia y que volvía a hacer los lunes de vuelta a la vida de aquella cárcel adornada. ¿El motivo?, siempre pensé que era porque tenía una familia muy ocupada, pero  con 18 años quizás ya se vean las cosas algo distintas. El recorrido era de una hora en autobús, durante la que contemplaba el mismo paisaje por aquellas cristaleras. Momentos en los que pensaba, reflexionaba o dormida si estaba cansada.

Pero había algo que cada vez que pasaba llamaba mi atención, jamás pasó desapercibido, es una de esas cosas que tenemos delante de nuestras narices y tenemos dos opciones: pasar o detenernos. Mis ojos se detenían cada vez que pasaba.

Era una cruz de piedra a pocos metros de la carretera. Hay cruces de las que sabes el significado, tal vez porque hubo un trágico  accidente o porque es homenaje a alguien. Pero aquella cruz, aquella no era como las demás, siempre que pasaba por ella, no sentía pena si no  una extraña sensación que me producía una gran intriga. Siempre estaba cubierta de flores naturales, lloviese o nevase, hiciese frió o calor, hiciese viento o no y mis ojos siempre se clavaban en esos intensos colores. Y venían a mi cabeza millones de preguntas, ¿que significará?, ¿quien las pondrá?, ¿que habrá detrás de esa cruz? Y cada vez tenía la tentación de parar el autobús y bajar, pero eso era imposible. Uno de esos días en los que pase por allí, me hice una promesa, “cuando sea mayor de edad iré hasta esa cruz y sabré su historia”.

Ilustración de Ana Menendez

Llegue a los 18 años, tome la decisión de independizarme, ya que deje por fin el internado y mis padres seguían tan ocupados como siempre, para ellos soy prácticamente una desconocida, les daría igual que estudiase o me hiciese equilibrista y me fuera de gira con el circo de la ciudad. Eso si de dinero no tengo preocupación pero también he decido independizarme en ese aspecto, no quiero convertirme en gente como mis padres, todo el día preocupados por el dinero los coches y demás lujos, dejando a un lado lo importante. He encontrado un puesto como aprendiz en una oficina donde se dedican ha hacer rótulos y esas cosas que es lo que a mi me gusta. ¿Vivir?, una amiga mía también  decidió independizarse aunque por motivos muy distintos a los míos, y la verdad bastante trágicos que son preferibles no recordar, así que hemos alquilado un piso y vamos a empezar juntas esta aventura. Mi amiga se llama Susana, su novio Javi viene a visitarnos con frecuencia, vemos pelis y comemos palomitas, se han convertido en mi familia. Yo no tengo novio, la vida en el internado la verdad es que me ha reducido a un escaso 0% la posibilidad de encontrarlo. Así que como dice Susana, ya llegará cuando tenga que llegar. La verdad es que mi vida ahora no está nada mal, mi trabajo me gusta mucho, tengo compañeros muy divertidos con los que suelo salir los viernes a tomar unas copas y reírnos un buen rato, y en casa Susana es un gran apoyo y Javi se ha convertido en mi hermano mayor. Mis padres, pues ahí están donde siempre, de vez en cuando nos llamamos para asegurarnos de que sobrevivimos y ya esta, todos tan contentos, o eso parece.

Una de esas noches en las que Susana y yo nos sentamos junto al televisor con nuestro pijama y nos atiborramos a gusanitos, le conté lo de mi promesa con la cruz. La verdad es que no la veo desde que dejé el internado pero nunca he dejado de pensar en ella. A Susana le fascinó y la verdad es que cada día me anima a que cumpla mi promesa, suele decirme que los 18 años tienen un limite y que las promesas hay que cumplirlas, aunque sean con nosotras mismas y tiene razón, las promesas hay que cumplirlas que para eso son promesas, aunque la verdad es que ahora la idea de descubrir la historia de la cruz me asusta un poco, ¿y si encuentro algo que no me gusta? Y ¿si molesto a alguien?, no se.

Javi me dice que no pierdo nada y que ellos están dispuestos a ayudarme.

Por fin decidí cumplir mi promesa, Susana y Javi parecían más ilusionados que yo, pero la verdad es que a mi me temblaba todo el cuerpo.

Llegó el momento y  nos montamos en el Ford Fiesta azul de Javi y rumbo a mi “cruz en el camino”, como suelo llamarla.

Todo seguía como siempre no había cambiado nada del paisaje que yo tanto había observado, llevábamos media hora de camino y ¡ahí estaba ¡seguía como siempre rodeada por hermosas flores frescas. Pero no había ninguna inscripción, nada que pediera decirme la historia de  esa cruz. Decidimos esperar allí un rato para ver si alguien iba a poner esas flores frescas que día tras día adornan la cruz. Javi fue mientras al pueblo cercano a por merienda porque nos crujían las tripas mientras Susana y yo esperábamos sentadas en una enorme piedra cerca de la cruz.

La tarde pasaba y las posibilidades se iban reduciendo, casi caía la noche y hacia un frió que pelaba, era imposible pensar que a esas horas alguien recorriera esa solitaria carretera para poner unas flores. El tiempo nos daba desesperanza pero también incrementaba nuestra intriga. ¿Cuando ponían las flores? Llegadas las once, dejamos el trabajo de investigación y  volvimos para casa, durante el viaje nadie hablamos, cada uno pensaba en lo que podía haber sido y no fue.

Pasaron unos días en los que atareada en mi nuevo trabajo casi olvide mi cruz, pero una de las tantas mañanas en las que llegaba a trabajar, entre en el despacho de Pedro, mi jefe, un chico muy simpático, apenas tiene 25 años y es muy agradable, de esos jefes con los que te gusta trabajar y no pone cara de pimiento cada vez que pides un día de fiesta. Todos los días a primera hora me da un papel con los diseños en los que tengo que trabajar ese día.

Me senté en mi silla y con mi capuchino en la mano empecé a ojear una a una las fotos de las que tenía que hacer diseños. La mayoría son de paisajes o de personas que quieren hacer retoques en sus fotos, pero de repente. ¡ no podía ser¡, ¡ una foto de “mi cruz en el camino ¡ era ella, no había lugar a dudas, la había visto tantas veces que la distinguiría entre un millón.

Corrí hacia la mesa de Pedro.

–          ¿Quien ha traído esta foto?

–          Que te ocurre, Lucia, parece que has visto un fantasma.

–          No, solo es que tengo interés en algo de esta foto. ¿sabes quien la trajo y para que fin?

–          Pues no, lo siento. Cuando llegue esta mañana estaban en un sobre, las habían dejado debajo de la puerta con una nota.

–          ¿Que decía la nota?

–          Nada del otro mundo. La foto sale oscura y quieren que le des un poco de luz. ¿por qué tanto interés?

–          OH ¡nada, nada simple curiosidad.

Pasaron los días y no había noticias de la persona que trajo aquella foto, yo le di luz y la metí en un sobre en el que puse “cruz en el camino”.

Llegó la primavera, y sorprendentemente uno de esos días soleados en los que aunque los pajarillos canten no sobra la chaqueta, recibí una llamada de teléfono de mis padres, era un poco extraño pero me invitaban a comer. Accedí porque no tenía nada que perder y en fin son mis padres.

Sabía que aquella comida tenía algo de interés pero no podía imaginar de qué se trataba hasta que no llegue y la vi.,  Sentada junto a mis padres, su cara me resultaba tan familiar como lejana. Mi cara resultaba fría pero mis ojos querían llorar, en realidad la alegría me embriagaba por dentro, mi familia también tenía cosas buenas.

–          Prima, cuanto tiempo sin verte.

–          ¿De veras eres tú, Telma?

–          Si Lucia soy yo. ¿Han pasado 9 años no?

Me alegre mucho de ver a mi prima y más cuando supe que el motivo de su visita era decirme que venia a estudiar a la ciudad.

Telma, tenia la misma edad que yo, de pequeñas vivíamos juntas y lo compartíamos todo, yo creo que incluso hasta los novios, pero el destino, que en este caso fue la separación de mis tíos, hizo que Telma fuera a ir a parar nada más y nada menos que a Londres. Se fue allí con su madre que rehizo su vida. Su padre, hermano del mío cogió su parte de la herencia y desapareció para siempre.

Desde ese día Telma y yo no volvimos a separarnos, vino a vivir con migo y con Susana y empezó y comenzó su carrera de derecho. Una carrera difícil pero a Telma eso de las leyes le va que ni pintado porque no sabéis lo que le gusta mandar.

Una de las calurosas mañanas de verano en las que fui a trabajar con mucha pereza, porque salir a la calle,  con ese sol pegándote en el rostro, hizo que lo que mas me apeteciese fuese  enfundarme en mi bañador y toalla en mano irme a la piscina, pero las cosas son así, el deber me llamaba como todos los días de lunes a viernes. Al cruzar  una calle vi como una anciana de pintas desaliñadas y con un pañuelo en la cabeza nada apropiada para un día tan caluroso, caía al suelo tras tropezarse con una piedra. Corrí hacia ella y la levante, al darle la mano para ayudarla sentí un escalofrío que nunca antes había sentido, algo me recorrió de punta  a punta de mi cuerpo. Al levantarse y amarrándome la mano con tanta fuerza que creí que acabaría amoratada, fijo sus increíbles ojos negros en mi y con una mirada tan penetrante que casi no me dejaba respirar, me dijo “El camino nunca es fácil, quizás dejes cosas en el y cosas  que te sea difícil olvidar, aunque también deberías saber que hay cosas importantes que recordar. Tienes una meta a la que debes llegar, tortuosa, eso si pero el amor esta cruzando esa meta, no lo olvides. No hay victoria sin lucha”.

Me quedé tan pasmada que no supe reaccionar, me quede ahí paralizada pensando en aquella mujer que soltándome la mano se alejo, sin más palabra. Pensé que estaba loca, evidentemente yo siempre he sido reacia creer en videntes, brujería y todo lo relacionadas con lo que mis incrédulos ojos no puedan ver ni tocar. Pero no me dejó indiferente, estuve todo el día con la mirada de esa anciana clavada en mi mente, recordaba cada una de las palabras que me había dicho y evidentemente no me hacían mucha ilusión porque hablaba de caminos tortuosos y cosas difíciles y…. la vida ya es lo bastante complicada como para complicármela con cuentos e historias. Pero me hablo de lucha y de no darme por vencida y eso me hacia pensar en mi cruz en el camino.

Cuando entre por la puerta de la oficina mire hacia mi mesa y pude comprobar como el sobre no estaba.

–          ¿Pedro, alguien ha cogido un sobre de  mi mesa?

–          Si te refieres a uno que ponía algo de una cruz, si, una anciana que por cierto iba demasiado abrigada ha venido a recogerlo hace tan solo unos instantes.

No podía creerlo tanto tiempo esperando a que alguien entrase por la puerta y me revelase el significado de aquella cruz y se me había esfumado. Por mi cabeza paso el pensamiento de que quizás la anciana que me dijo aquellas enredadas palabras tuviera algo que ver con todo ese asunto.

El reloj parecía haberse parado, la mañana se estaba haciendo tan eterna que casi me faltaba el aliento, pero cuando mi reloj pitó como de costumbre a las 14:00 h, Salí disparada para casa y pidiendo prestadas las llaves de su coche a Telma, me dirigí hacia mi cruz con el propósito de no moverme de allí hasta conocer quien estaba detrás. Porque nunca he pensado en las casualidades y pienso que por algo esa foto llegó a parar a mis manos, quizá estuviese detrás el destino.

Aparque el coche en un lateral de la carretera y al mirar al frente mis ojos quedaron atónitos, allí junto a la cruz se distinguía una silueta, no podía verlo bien por lo que no dude en acercarme, era la silueta de alguien vestido de negro, solo podía verle las espaldas, y el movimiento de sus manos, al acercarme pude comprobar que se trataba de una señora mayor cubierta con un pañuelo que tranquilamente tricotaba junto a la cruz. Al posar mi mano en su hombro no se sobresaltó, dio la sensación de que me esperaba.

–          sabia que vendrías, llevó viendo como tu mirada se clava en la cruz durante muchos años.

–          ¿En serio? Yo nunca la vi. ¿y que significa esa cruz que cuidas con tanto anhelo?

–          Aquí, justo aquí fue la última vez que vi. a Alejandro, era el amor de mi vida y tan solo con 13 años tuvo que marcharse en busca de trabajo para cuidar a su familia. No se a donde, solo que me hizo la promesa de que un día volvería. De eso hace ya más de 70 años pero nunca he dejado de venir y puse la cruz para guiarle y que recordase en que lugar lo esperaría.

Ilustración de Jordi Ponce Pérez

Mi piel se erizó hasta el extremo y mis lágrimas empezaron a recorrerme la cara, aquella mujer anhelaba un amor que ya nunca recobrara y yo había sido testigo, aquella mujer no había dejado de esperar ni un solo día hiciese frío o calor. Durante los dos años siguientes cada vez que tenia fiesta en el trabajo fui a visitar a aquella anciana para que la espera se le hiciese más amena.

Fue un 23 de enero cuando la vida de mi anciana amiga llegó a su fin y dio su último aliento sin perder la esperanza de encontrarse con Alejandro. Le prometí que no dejaría aquella cruz sin flores y eso hice cada vez que pude.

Una de las tardes llegué con mi ramo y sorprendentemente había un chico guapísimo, sentado junto a la cruz, mi corazón empezó a bombear la sangre tan rápido que creí desvanecer.

–          ¿quien eres?

–          OH, perdón, soy Hugo, he venido aquí desde muy lejos para buscar a una señora, quizá tu me puedas ayudar. Se llama Alicia y tendrá unos 80 años. Mi abuelo Alejandro me dio está carta y me dijo que la abriera a su muerte. Murió el pasado 23 de enero. En su interior me indica que venga aquí, que busque a Alicia y que le diga que fue el amor de su vida, que jamás le olvidara y que le disculpe por no poder cumplir su promesa.

Tuve la tranquilidad de que por fin Alicia iba a encontrarse con su amor verdadero Alejandro allí donde quiera que estuviesen. El destino había escrito que los dos se marchasen el mismo día para poder cumplir su promesa.

Todo aquello me sobrepasó, la tristeza se apoderó de mi y tras comunicarle a Hugo, para mi un desconocido, que Alicia también había muerto nos fundimos en un profundo abrazo, lloré sobre su hombro y suspire junto a su oído. Nos despedimos y partimos para nuestro lado, no lo conocía pero tuve la sensación de estar despidiéndome de una parte de mí.

Al llegar a casa Susana y Telma me esperaban con caras muy sonrientes cosa que no entendí hasta entrar al salón y ver a Hugo sentado en el sillón esperando mi llegada. Debió sentir lo mismo que yo porque no dudó en encontrarme y desde ese mismo instante no hemos vuelto a separarnos.

Ilustración de Eider Agüero

Tengo la sensación de por lo menos haber recuperado un trocito de amor que Alicia Anhelo durante tantos y tantos años.

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Comments
4 Responses to “Una Cruz en el Camino”
  1. ¡Es precioso! Y al leerlo, me parecía escuchar “Penélope”…

  2. Repito con Ana Menendez en la terdera convocatoria. Todo un placerrrrrrr

  3. lucia dice:

    Que bonito !! Me ha gustado mucho !! Lo haces genial. Besicos.

  4. saraah dice:

    ños que bello es el texto ^^ y los dibujos ^^

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