Eva, la mujer dragón

Autor: Irene Moreno Jara

Ilustradores: Ernesto Lovera y Ana Salguero

Corrector: Federico G. Witt

Género: Relato fantástico

Este relato es propiedad de Irene Moreno, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Ana Salguero y Ernesto Lovera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eva, la mujer dragón

Dios hizo el mundo en siete días. De ahí los errores que tiene. El Paraíso lo creó en dos horas. De ahí que fuera un desbarajuste. Si nos metemos en la descripción de la creación de los dos seres humanos podemos afirmar que empleó en uno más tiempo que en otro. Y si ya contamos con la presencia de cierto reptil lo que podremos decir es que en su creación Dios no hizo otra cosa que perder el tiempo, o al menos eso pensó Eva durante años.
Cuando Dios hubo creado el mundo volvió al Paraíso y se sentó a la sombra de su última creación, un manzano, para valorar el trabajo realizado. Pensó que, ante tal desbarajuste, estaría bien la presencia de una mente capaz de razonar y de llevar al orden todo lo que Él, por cansancio, había sido incapaz de conseguir. En dos días había creado un Paraíso desordenado y en siete había construido un mundo basado en la nada y que, estaba seguro, no tendría buen final.
Dios estaba cabizbajo, pero sabía que tenía que esforzarse en una última creación, la de un ser que arreglara sus errores. Se levantó, dejó atrás el manzano y comenzó a andar descalzo por la hierba fresca.

—¡Un reptil! —dijo, sorprendido de su propia idea.

El Todopoderoso pensó que un reptil daría vida a tanto espacio solitario y que, gracias a su forma de moverse, identificaría los errores cometidos por Él, desde el más pequeño y escondido hasta el más escurridizo. Así, y como era y es de ideas fijas, creó un reptil, una serpiente larga y verde cuya mirada lo cautivó. Pero hasta esto le salió mal. Dios bautizó a su criatura con el nombre de Luci, pero enseguida la rebeldía brotó de ella y se autonombró Demon. Tras comunicarle esta decisión a su creador, la serpiente se perdió entre la hierba y desapareció. Nunca más fue vista por Dios, así que Este decidió volver al manzano en busca de una idea mejor.

—¡Crearé algo a mi imagen y semejanza! —dijo, pegando un respingo sobre la hierba.

Enseguida se puso a trabajar. Como por arte de magia surgió de entre sus manos un ser al que denominó hombre. Le gustó, lo aceptó y lo bautizó bajo el nombre de Adán. Este no rechistó, a diferencia de Demon, pero pronto vio el Sabelotodo que a ese hombre le haría falta compañía, algo o alguien con quien compartir el inmenso jardín, algo o alguien que le diera valor, fuerza e inteligencia para saber adaptarse a los errores del Paraíso o, en el mejor de los casos, saber corregirlos.

Esta creación le costó más trabajo y concentración. Consiguió unir en su mente el fuego con el coraje, dio volumen a las zonas planas del hombre, hizo curvo lo recto y perfiló con armonía y sutileza cada rincón de lo que llamaría mujer.

Una vez creado dicho ser, al que bautizó con el nombre de Eva, Dios los contempló. Estaba contento y satisfecho de su trabajo, pero en cuanto los vio desenvolverse en la inmensidad del Paraíso supo que algo volvía a estar mal. Sin embargo, esta vez no quiso quedarse para ver las consecuencias y con las mismas suspiró, alzó la mirada al cielo y, como si de una paloma mágica se tratara, ascendió a las Alturas dejando a Adán y Eva en la tierra.
Con el paso del tiempo, las dos criaturas divinas aprendieron a desenvolverse en el mundo que les había tocado vivir. Claro está, cada uno a su forma y modo de entender las cosas a pesar de ser del mismo padre y de la misma madre.
La admiración que Adán sentía por Eva no le era suficiente para ponerse a su altura. Desde el primer momento de soledad que vivieron los dos Adán se mostró como una persona frágil, miedica; inseguro y holgazán vivía a la sombra de Eva. Eso sí, amaba con todas sus fuerzas a su compañera, la cuidaba y mimaba siempre que sus enfermedades constantes se lo permitían, e intentaba halagarla con alguna flor cada vez que ella le reñía por su comportamiento. Eva, en cambio, era una mujer con coraje, valiente e individualista a la que nada le asustaba. Se desenvolvía a la perfección en la inmensidad paradisiaca, siempre estaba buscando ideas con las que mejorar y, aunque a menudo regañaba a Adán por su vagancia, en su interior reconocía que no podría vivir sin él. Había una sola cosa, un único inconveniente, que hacía que Eva no fuera la mujer perfecta: perdía los nervios cada vez que hacía acto de presencia Demon.
Sí, el reptil creado por Dios había desaparecido a los pocos minutos de ser creado y autobautizado, pero en cuanto descubrió que en el Paraíso existían dos seres más volvió a las cercanías del manzano para encontrar el rastro de ambos.
Adán y Eva habían construido su hogar bajo un gran árbol de copa ancha y verde que lucía con majestuosidad cerca de un pequeño lago. Demon pronto los descubrió y empezó a merodear por las cercanías sin dejarse ver. Las dos criaturas humanas supieron de su existencia por el olor a azufre que se respiraba de vez en cuando y, sobre todo, por la serie de altercados que se sucedían sin explicación aparente: destrozos en el huerto, árboles quemados, pajaritos lisiados, peces flotando en el lago… Cuando Demon reptaba por los alrededores Adán y Eva comenzaban a discutir, se planteaban la fuga del Paraíso, sentían vergüenza de ir desnudos y maldecían a su creador por no haberles proporcionado más felicidad. En cuanto la cola de la serpiente desaparecía, el bien y la felicidad volvían  a reinar entre los dos.

Gracias a su inteligencia y poder de observación, Eva fue consciente de todo esto el día que vio a Demon trepar al árbol más alto del Paraíso. Su rapidez, su fuerza y, sobre todo, la mirada que le dedicó, le hicieron pensar que aquella no era una serpiente normal sino que tenía que ser la reencarnación del Mal. Todas las sospechas de Eva se confirmaron cuando vio que el reptil llegaba a lo más alto del árbol, se giraba, le dedicaba la sonrisa más pícara y siniestra que jamás viera nadie, y le enseñaba su lengua: un tridente rojo pasión, pero puntiagudo como el más afilado de los cuchillos.

Eva entendió que tenía que hacer algo para acabar con aquel bicho, pero pronto fue consciente de que ella sola no podría hacerlo desaparecer. Sin embargo, Adán, que se dormía cada noche contemplando la belleza y sabiduría de Eva, sabía que existía algo que inquietaba a su compañera. Por eso, cuando un día fue al manzano a recapacitar sobre su condición de hombre y vio la manzana azul, supo que era un regalo especial para Eva, un presente de parte de aquel hombre vestido de blanco y con barba larga que hacía tiempo lo había mirado con disconformidad y resignación.
Contento por el descubrimiento, el único hombre del Paraíso corrió con la manzana azul en la mano en busca de su compañera. La encontró como siempre: alterada, de un sitio para otro, en busca de alguna pista que la llevara a descubrir la forma de aniquilar a Demon. Cuando vio aparecer a Adán enseguida pensó que una nueva enfermedad acontecía al hombre y con gesto de cansancio paró de inmediato su búsqueda.
—¡Es para ti! — dijo orgulloso el varón—. Es un regalo del hombre de las barbas blancas que subió al cielo, ¡estoy seguro! Es una manzana para ti, tiene el color del pajarito que más te gusta: azul.

Eva era mujer de pocas palabras. Del color de su pajarillo preferido o siendo un regalo del hombre de las barbas, Eva lo que vio en aquella manzana fue un bocado exquisito; y por eso, casi sin dejar a Adán terminar su hipótesis, mordió la fruta con ansia. Lo que vino después debió de ser un milagro divino. Al final Adán llevaba razón: el señor de las barbas blancas estaba detrás de todo.
Cuando el primer bocado de la manzana abultó el blanco y delicado cuello de Eva, el cielo del Paraíso se tiñó de negro. Un fuerte viento sopló por todos los rincones, los pajarillos desaparecieron, las flores agacharon su tallo para no poder ver lo que iba a suceder, los animalitos corrieron despavoridos en busca de un lugar donde esconderse, el lago cercano a la morada de Adán y Eva se enfureció hasta formar altas olas y un fuerte olor a azufre comenzó a reinar en el ambiente. El Mal estaba cerca.
En la hierba comenzó a abrirse un surco, un pasillo de tierra por donde se abrió paso la serpiente verde de cinco metros. Sus ojos, más amarillos que nunca, descubrían lo terrible que sería la batalla; su lengua, en forma de  pinchos ardientes, generaba el silbido de la guerra; y su cola, cascabel inquieto, vibraba al ritmo del tic-tac de la muerte.
A pesar de lo tenebroso de toda esta historia, lo que ocurrió finalmente es que Demon fue sorprendido por las características de su rival, tal y como ocurre en todas las historias que generan expectación. Él estaba acostumbrado a ganarle la batalla al más feroz de los leones, al más todopoderoso de los dioses… A su contrincante la había visto y estudiado desde lejos, desde lo alto del árbol, pero nunca se había enfrentado a ella. A Eva, la mujer dragón.
La manzana azul había hecho de la mujer un nuevo ser. Su melena pelirroja se había conservado intacta, pero su rostro había sufrido una metamorfosis. Ahora su piel era amarillenta y dura, su nariz y boca habían adquirido tintes de hocico, y aunque se mantenía de pie gracias a sus dos piernas, sus brazos habían desaparecido para dejar paso a unas enormes alas que le permitirían despegarse del suelo.
Adán, en cuanto vio que algo extraño le pasaba a la mujer, sintió miedo. Pensó que, tal vez por su culpa, Eva había dejado de ser humana para convertirse en un temido dragón. Corrió y corrió a pesar del cielo negro y el fuerte viento en busca de un lugar seguro, mientras Eva, que no había dejado de visualizarlo en ningún momento, dirigía ahora su mirada a su presa: Demon.

La batalla duró poco.

Antes de dar un paso en vano, Eva practicó con su nueva condición. Intentó gritar para atemorizar a la serpiente, pero en lugar de un rugido lo que salió de su hocico fue una extraña llamarada. De un color rojo intenso, comenzaron a buscar la luz una hilera de corazones. Al salir del calor interno del dragón y tomar contacto con la atmósfera, los corazones se inflaban y comenzaban a flotar en el aire. Cientos… ¡miles de corazones rojos, gordos y mullidos, llenaron el campo de batalla! A Eva le entraba tos de vez en cuando y, por cada agitación que sufría, un vocablo en forma de nube esponjosa se abría paso entre los corazones. AMOR, FELICIDAD, PAZ. La mujer fue consciente de que esas iban a ser sus armas.

Pero Eva pensó que desperdiciar algo tan bonito en matar a un ser rastrero no era justo. Así que por esto, y dando fin a un batalla que nunca debería haber comenzado si Dios hubiera hecho las cosas bien, el ser inteligente hizo uso de su hambre atroz y, aprovechando un giro torpe de Demon, se precipitó sobre él y… ¡ÑAM!, lo engulló enterito.

En ese momento el sol comenzó a brillar, las aguas se calmaron y el fuerte viento guardó silencio. Los animalitos volvieron a campar a sus anchas por todo el Paraíso y las flores empinaron sus tallos para ver a Adán regresar brincando por la hierba.

Todo volvió a la normalidad. En el Paraíso imperó de nuevo la rutina y, aunque a Eva el bocado le provocó pesadez de estómago, vivió orgullosa, por los siglos de los siglos, de saber que sería la única mujer capaz de comerse un plato tan pecaminoso.  O, al menos, eso fue lo que pensó durante años…
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Comments
2 Responses to “Eva, la mujer dragón”
  1. Mariola dice:

    Irene, ya me gustó tu primer relato y este me ha vuelto a encantar. ¡Esto es un Génesis y lo demás historias, jajajaja! ¡Y qué buenísimas ilustraciones! Enhorabuena de nuevo.

  2. Irene dice:

    ¡Muchísimas gracias, Mariola, siempre me alegran tus comentarios!
    Aprovecho también para darle las gracias a mis ilustradores. ¡Nos quedó un gran trabajo, chicos!

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