Lung

Autor: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustradoras: Lidia Terol y Eider Agüero

Corrección: Federico G. Witt

Género: negro (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Lidia Terol y Eider Agüero. Quedan reservados todos los derechos de autor.
LUNG

Una ejecución muy profesional: sigilo y limpieza.

El único desorden a la vista eran las fichas de mahjong desparramadas por el suelo, aunque nada indicaba que hubiera habido algún forcejeo o lucha. Quizá ni le habían dado tiempo. Era mi vigésimo cumpleaños y yo había ido a recibir a mi padre, quien acababa de arribar tras su travesía de un mes desde Goa.

Nos quedamos paralizados hasta que sentí las manos de mi padre en los hombros. Pude girarme y no sé si su desconocido gesto conmocionado me impresionó más que ver al tío Tejón en medio de aquel charco de sangre. Tal vez sí y por eso el llanto me apretó la garganta al instante.

—Vámonos —oí.

—¿Qué? Pero…

—Ya no podemos hacer nada y él me pidió que actuara así si algún día ocurría esto.

Mi padre habló con la voz rota pero firme y, sin soltarme, me hizo salir de inmediato pidiéndome silencio, y se mantuvo detrás de mí de vuelta al puerto en medio de las sombras de la noche.

El marinero de guardia en el portalón se extrañó de nuestro temprano regreso, pero mi padre sólo le dijo que soltábamos amarras en menos de quince minutos; en veinte estábamos dejando atrás la bahía y en treinta, con todas las órdenes dadas y forzando máquinas, mi padre se permitía salir a la oscuridad de la cubierta, donde derramó unas mudas lágrimas que tampoco pude reconocer. Yo no me había movido de su lado y me asusté aún más porque detrás de esas lágrimas también vi una rabia intensa como nunca. Entonces, tenía tantas ganas de hablar con él que quise pensar que nos vendría bien:

—¿Qué ha pasado? Lo sabes, ¿verdad?

Pero él levantó la mano y luego se restregó los ojos antes de mirarme.

—Entremos. Íbamos a celebrar tu cumpleaños y es lo que haremos.

—Por favor, déjame hablarte, es importante… El tío me contó… —pero él me empujó suavemente hacia dentro.

—Sí, me parece que sé lo que pudo contarte. En realidad supongo que ya era el momento, porque te has hecho suficientemente mayor.

—Hace mucho que soy mayor, pero tú no has querido verlo —respondí con cierto reproche.

—Sí, sí que lo he visto —dijo él, y de repente me pareció que no sólo se sentía triste o furioso sino muy cansado.

Ya no insistí.

Así que nos quisimos distraer con el homenaje al tío. Toda la tripulación, también muy afectada, se unió a la despedida que le dispensamos, envuelta en el aromático incienso ofrecido a la imagen del Buda de ónice del piloto Ming. Después, me felicitaron y brindaron con sake, que, con permiso de mi padre, también me ofrecieron. Yo acepté sólo por deferencia, ya que no me gustaba el alcohol. Sin embargo, esa noche quise entender que a veces se desearan sus estragos para hacer olvidar momentos tan duros o tristes como aquél.

Ya muy tarde, mi padre me acompañó a mi camarote para entregarme su regalo y yo quise sentirme tan expectante como en mi niñez. Me cogió la mano, poniéndome una cajita nacarada con magníficas filigranas que me maravillaron.

—¿A qué esperas? —me conminó.

Así que abrí el cierre. La figura del dragón tallado en jade rojo me asombró: era idéntica al que él llevaba tatuado en el cuello, con los mismos ojos llameantes y boca abierta de lengua bífida y afilados dientes.

—Como sé que ya se te debe de haber ocurrido, pensé que esto te quitaría la idea —dijo—. Ya no puedo prohibirte muchas cosas, aunque quiero creer que nunca lo he hecho, pero no me gustaría nada que te marcases la piel, así que ya no admitiré ninguna discusión sobre ello, ¿de acuerdo?

Creo que ni siquiera pude contestarle, sólo lo miré y él me devolvió otra enorme sonrisa que yo abracé con sincero agradecimiento pero con muchos nervios que él también notó. Cuando me separé, mi gesto fue muy serio.

—¿Por qué nos hemos marchado así? Te he echado mucho de menos y ahora ha pasado esto y…

—Eh, hablaremos mañana, te lo prometo, pero no te preocupes, se ocuparán de Tejón —me respondió—. Quiero que descanses; y también te he echado de menos esta vez, pero ahora tendremos todo el tiempo. Sin embargo, antes debo saber bien lo que ocurre.

—¿Vamos a Hong Kong por eso? ¿Has pensado en Cheng Xian o en los otros Tíos? ¿Crees que han sido ellos?

—No, pero tengo que asegurarme. Cheng Xian es una rata, pero no mata sin razones y además siempre sabe algo.

—Quiero ir contigo.

—Ni hablar. No te moverás de aquí, ¿entendido? Se lo diré a Seng y si se te ocurre darle esquinazo, me enteraré —me advirtió muy seriamente.

Si no hubiera sido por tantas emociones encontradas desde hacía tiempo, sé que me hubiera quejado con enfado, pero vi que su confusión parecía la misma que la mía, que sus ojos de repente me miraban tan distintos… Quise pedirle que se quedara un poco porque pensé que no podría dormir. Él me leyó el pensamiento y en minutos me venció el sueño.

Al amanecer entrábamos en la bahía Victoria y atracábamos en uno de los muelles más retirados. Antes de nada, mi padre supervisó la desestiba del cargamento legal de maderas nobles y especias que traía; el de otras especias no tan legales normalmente lo entregaba en mano a sus socios más exclusivos. Pero yo ya me había decidido a adelantarme por mi cuenta para ver a Cheng Xian.

Me había creído siempre sin miedo a nada de aquella vida de más sombras que luces de mi padre. Hacía tres años que había acabado la educación que quiso darme —mitad oriental y mitad occidental— bajo la tutela del tío Tejón, con quien me había quedado mientras él navegaba varios meses al año. Pero al terminar, le supliqué que me llevara con él, que se me daban bien los números y podría ayudarlo con las cuentas, que hablaba sus mismos idiomas, que quería ser como él. Sin embargo, siempre me había dicho que yo era demasiado especial y debía aspirar a un destino mejor que el de querer parecerme a un capitán apátrida, sin familia ni hogar fijo en ningún sitio, ni más ambiciones que las de sobrevivir traficando en el último confín del mundo con grandezas y miserias a partes iguales, un mundo que además acababa de pasar por una atroz y ya segunda guerra mundial.

Yo también me había enfadado siempre: así que ni a mí ni al tío Tejón, que le había salvado la vida una vez, nos consideraba su familia ni un hogar al que regresaba. De modo que, ante mi desafío, quiso enseñarme ese mundo pero puso como condición que jamás me expusiese a ninguna situación peligrosa o que él no pudiera controlar. Me enseñaría cómo podían ser las cosas para alguien como yo, pero sería durante un tiempo y con el riesgo mínimo. Después yo decidiría, pero si seguía queriendo estar con él, lo haría desde tierra. Me lo hizo prometer bajo una extraña pero gravísima amenaza —que no pude comprender hasta que supe la verdad— sobre el irreparable daño que le causaría y ya no podría soportar si no cumplía lo prometido.

Ahora, entrando en el cargado ambiente de uno de los fumaderos más conocidos del laberinto de Kowloon, me acordé de esa promesa y quise arrepentirme por mi desobediencia. Un rostro anguloso, joven y desconocido, se interpuso en mi camino:

—¿Dónde vas, chico? —me dijo con tono impertinente y colocándose una corbata tan elegante como su traje occidental negro y su impoluta camisa blanca, que desentonaban mucho con la menos que poca categoría del local.

—Quiero saber si está el señor Xian —respondí.

—¿Y quién quiere saberlo?

—El capitán Lung. Vengo de su parte.

—¿Y desde cuándo manda Lung grumetes imberbes como recaderos?

—Desde que el señor Xian tiene porteros remilgados como tú que además no distinguen con quién hablan.

El remilgado guiñó los ojos cuando me vio quitarme la gorra que me sujetaba el largo pelo oscuro recogido dentro. Sin embargo quiso ironizar y lo estropeó del todo:

—Vaya… Pero entonces, ¿desde cuándo usa Lung a sus furcias del puerto disfrazándolas?

Aquel idiota se sorprendió al ver que me encaraba con él:

—Pues esta furcia es su hija y a lo mejor sabe hacerte la misma sonrisa que un día le pusieron a tu jefe por ser otro bocazas.

Entonces se oyó una risa a nuestra espalda. Cheng Xian vestía también con mucha elegancia, pero a la manera más tradicional. Con su característica sonrisa torcida por la cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha desde la oreja, se acercó mirándome.

—¡Vamos, Yi, ya se lo has dejado claro! —dijo en su cantonés especialmente cantarín—. ¡Cuánto tiempo! ¡Sí que has crecido! ¡Pero éste es mi hijo también!

—Entonces le pido disculpas, señor Xian, pero debería enseñarle mejor a dirigirse a desconocidos. Nunca se sabe quién está detrás de una apariencia, ¿verdad?

—¿Estás oyendo, Keung? Una disculpa y un consejo. Parece que tienes las agallas de tu padre, pero ¿dónde está? No me creo que te haya dejado venir sola. —Cheng Xian echó una ojeada alrededor—. Eh, Lung, aparece. Esta flor se te ha hecho demasiado hermosa para que le hayas abierto ya el jardín o la disfraces de mala hierba.

—Pues espero que tu hijo aprenda pronto a distinguirlas bien y no insultarlas, porque todavía no se ha disculpado.

La voz se oyó desde la mesa más apartada de un rincón y mi padre se materializó entre la penumbra. Cheng Xian no borró la sonrisa, Keung siguió inmóvil y yo, aunque al principio fruncí el ceño por la decepción y las consecuencias de mi acción, sé que me alegré de verlo. Mi padre se acercó mirando a Keung, y el joven estirado sin duda entendió de inmediato por qué lo llamaban Lung además de por su tatuaje. Cheng Xian sólo le hizo un brevísimo gesto con las cejas y Keung inclinó la cabeza para musitarme una disculpa igual de breve.

—Bien, todo solucionado. ¿Cómo estás, Lung? —Cheng Xian le tendió la mano.

—Te dije que me enteraría —me dijo más que serio antes de mirar a Cheng Xian y dejarlo con la mano en el aire—. Me parece que sabes que no vengo de visita social.

—Ah, sí, nos hemos enterado. Ha sido una canallada. —Cheng Xian pareció sinceramente compungido—. Pero no creerás que yo…

—Me gustaría asegurarme.

—No, Tejón siempre fue inofensivo y ahora tenemos bastante con nuestra organización. Lo único es que, bueno, sigue sin gustarnos haber vuelto a ver a los tuyos de regreso tras la guerra.

—¿Los míos?

—No me digas que no has visto la Union Jack ondeando de nuevo pero, por favor, sería mejor que habláramos en otro sitio.

—No. Voy a llevarme a Yi, regresaré y hablaremos entonces.

—¡Pero si te lo estoy diciendo, Lung! Los tuyos han vuelto y…

—Hola, Jamie.

A pesar de la escasa luz, pude distinguir perfectamente las aristas de acero que se formaron en el rostro de mi padre al oír aquel saludo en inglés detrás de él. Antes, Cheng Xian acabó la frase:

—… parece que te estaban buscando, aunque creía que no tenías amistades tan importantes. Me he visto en el deber de darles alguna pista.

—Sobre todo si te pagan bien, ¿no?

Mi padre lo dijo sin mirar a Xian y con tono gélido, pero se había girado hacia el hombre que había entrado por la misma puerta que el mafioso. Varios parroquianos se marcharon y otro par de tipos también surgieron de la nada, quedándose apostados al fondo del local. El hombre dio dos pasos.

—Me ha costado dar contigo, Jamie. —Tenía una bonita voz de barítono y un acento exquisito—. Este agujero de Kowloon es un caos, aunque me han dicho que fue una hermosa ciudad amurallada y que su nombre significa nueve dragones. Vaya, veo por qué también te llaman así a ti. Ahora entiendo que no te encontráramos: nadie te conoce por tu nombre.

La suave cadencia salía de una figura alta, de pelo castaño muy corto y ojos color miel, que vestía un traje gris impecable con todo el sello distintivo del servicio diplomático o de inteligencia británicos. La elegancia en sus rasgos le daba la apariencia más distinguida y confiada del mundo. Supe inmediatamente quién era, y él también quién era yo, porque me miró y advertí la vibración de su brillo como un espejo del mío.

—Es ella, ¿verdad? —añadió—. Sí… Es igual que su madre.

Mi padre aún continuó unos segundos más en silencio.

—¿Qué quieres?

—He venido a conocerla y… a pedirte perdón además de darte las gracias.

Entonces mi padre se rió súbitamente, aunque yo noté que era furia contenida. Después musitó:

—Eres un malnacido.

—Señores, señores, por favor —medió Cheng Xian—. Acompáñenme a otro sitio más cómodo. Seguro que tendrán mejores cosas que decirse.

—Cállate y desaparece, Xian —escupió mi padre, para dar un paso hacia atrás y seguir ocultándome con su cuerpo—. Y tú escucha: vamos a darnos la vuelta y nos marcharemos. No me has visto porque estoy muerto y así seguiré. Te encargaste de que no me encontraran, ¿verdad? Así que esto no ha pasado y ella tampoco existe, igual que no existió su madre para ti.

—¿Ni siquiera vas a dejar que te dé una explicación?

—No, pero si has tenido que ver en la muerte de Hu Tejón, sí que no saldrás de aquí.

—Señor Highmore, sé que usted es mi verdadero padre, pero yo soy hija de James Bates y, sobre todo, soy hija del capitán Lung.

Lo dije con tanta firmeza que me sorprendí; y, pese a que entendí lo peligrosa que era la situación en la que estábamos, había recuperado toda la confianza.

Anthony Highmore se acercó más. A James Bates le palpitó su nombre y dijo:

—Ya lo has oído. Todos somos otros, pero siempre podremos ser peores. No quieras saberlo aquí, porque este agujero es mi terreno.

—Sí, posiblemente, pero no tienes nada y nada te queda allí.

—Por eso tampoco perderé nada.

—Ella tampoco es tuya.

Los ojos del hombre centellearon pero fui yo la que se interpuso entre ambos.

—Márchese, señor Highmore, no le haga más daño o se lo haré yo a usted. —Entonces me entristecí profundamente y añadí—: Una vez fueron amigos, ¿verdad?

Los mejores.

Recién cumplidos los diecinueve. Recién acabada la Primera Guerra Mundial que no les alcanzó. Distintas clases sociales pero vocaciones parejas, y después de la cruenta contienda lo que más se necesitaba eran hombres.

Los Highmore tenían un comodoro en el Almirantazgo; los Bates menos nombre y dos hijos, que se quedaron en uno cuando el menor murió de unas fiebres antes de cumplir los diez. El mar fue el destino común para los primogénitos. Anthony David Highmore necesitaba disciplina, pero tenía dotes innatas de mando y mucha ambición. James Thomas Bates siempre había respirado sal, aunque también quería ser el marino en el que no logró convertirse su padre. A James le tocó la estrecha litera de abajo en el camarote de Anthony.

Sólo dos años y se juraron amistad eterna. Compartieron guardias y noches de galernas; vieron el Atlántico, el Pacífico, el Mediterráneo y el Índico, y terminaron formación en el mar de China. El tráfico de opio seguía siendo intenso y difícil de controlar, y la marina británica vendía la zona como el mejor destino para los mejores hombres. Anthony no había imaginado medrar tan lejos, pero pensó que el mérito sería mayor. James simplemente quedó fascinado por lo que vio desde el pico Victoria la primera vez que tocaron Hong Kong. Así que se quedaron. Anthony como primer oficial y James como piloto de uno de los buques vigía del tránsito en la bahía. Y ambos, como el resto de los hombres que la miraron y escucharon, cayeron atrapados en la seda, la voz y la piel nacarada de la bellísima Mai Ling, la más famosa cantante de ópera de la ciudad en aquellos últimos años veinte.

James se dio cuenta de que sólo podría permitirse soñar con ella, ya que su entorno la había blindado para los occidentales, y mucho más para los británicos que gobernaban. Por eso nunca supo bien cómo Anthony consiguió acercarse a ella. También se había dado cuenta ya desde hacía tiempo de que la ambición de su amigo lo sobrepasaba, y Anthony había empezado a hacer valer su nombre y su mando de una manera que no le gustó. Decírselo claramente un día fue la primera desavenencia. Ver que al poco tiempo Anthony lograba toda la atención de Mai Ling borrando el blindaje con ingentes sumas de un dinero de dudoso color, las aumentó. Hasta aquel final de verano.

Anthony empezó a pedir permisos con demasiadas excusas que James supo pero que eligió tapar. Así hasta un día en que Anthony apareció pletórico, más que feliz, y James no tuvo que preguntar nada, sólo se sintió profundamente mal por los detalles que Anthony quiso contarle en una muestra de traición a una caballerosidad de la que tanta gala había hecho. Sin embargo, James también se obligó a pensar que su malestar sólo eran celos y decidió olvidarse.

De modo que en los meses que pasaron, y con el acuerdo tácito de no inmiscuirse en las vidas de cada cual, todo pareció ir bien. James se acostumbró a aquellas ausencias de Anthony y mató las punzadas que le producía pensar en Mai Ling o averiguar otros negocios que descubrió de su amigo. Hong Kong ofrecía más que bellas mujeres de toda condición u otros entretenimientos, y se planteó que quizás aquello no estaba tan lejos y que había negocios lucrativos para marinos de cualquier parte que tuvieran buen olfato y pudieran hacerse un hueco. La Armada era generosa, pero nunca se sabía, y a su familia ya no le iba a faltar de nada. Sólo quedaba cumplir con aquel servicio y después podría decidirse.

Entonces, una noche, Anthony regresó furioso: tenía que quedarse embarazada, otra más, era otra más, estúpida y pretenciosa pidiendo que entendiera. ¡Que entendiera qué! Él no podía permitirse eso, no lo haría, y se lo había dicho. Así que se había acabado. Nunca había pensado en no retornar a Inglaterra y desde luego no podría hacerlo con ella, y aún menos embarazada, su familia no lo aceptaría bajo ningún concepto.

James se había sorprendido de su propia y ridícula ingenuidad al preguntarle si entonces es que nunca se había enamorado de Mai Ling, pero le sorprendió más que Anthony le contestara que si él se había enamorado alguna vez de las mujeres que también se había buscado. James se había quedado mudo y, a partir de ese momento, la brecha se fue abriendo más. La noche que se transformó en abismo fue la penúltima antes del regreso por la llegada de la flota de reemplazo.

A James le había sido imposible ver a Mai Ling por más que lo intentara varias veces mediante todos los cauces y aunque ella fuera consciente de sus tentativas. También había querido pensar que Anthony podría reconsiderar su actitud. Sin embargo, esa noche, ya muy frustrado, decepcionado y molesto con su amigo, al terminar su guardia e irse a tomar la última copa al local donde se juntaba la mayor parte de la autoridad británica portuaria, terminó de enfurecerse al ver a Anthony en algo que podía considerarse más que una conversación con una de las muchachas que habitualmente frecuentaban a los oficiales.

James no dijo nada pero, de vuelta al barco, todos los reproches que le hizo terminaron en su intención de informar de aquel comportamiento, de lo que pasaba con Mai Ling y de ese dinero que sabía que estaba moviendo sin permiso de nadie. Anthony por fin reveló su verdadera cara de la manera más clara y repentina: sin haber pronunciado una palabra, sacó su arma y disparó. James apenas notó el roce de la primera bala en el cuello, y con la segunda no le dio tiempo más que de caerse hacia atrás llevándose las manos al costado; la tercera le atravesaba el muslo y lo tiraba al agua cálida y oscura del recóndito muelle. Jamás pudo entender ya por qué no murió.

Entre los cientos de casas flotantes de la bahía de Aberdeen, Hu Tejón distinguió el bulto agarrado a una madera que chocaba con la suya apenas amanecía. Más tarde, él tampoco supo dar razón de cómo aquel hombre podía haber sobrevivido y concluyó que bien podía haber sido porque un panlong se había encargado de él. Además, aquel hombre había abierto los ojos a los nueve días, y durante ese tiempo, y en delirios, fueron nueve palabras las que le dijo. Si eso no fue porque lo había salvado un panlong…

A Hu Tejón lo apodaron así los británicos, no sólo por su físico parecido al del mamífero, sino porque, como él, hacía su vida de noche y tenía las uñas muy largas para tocar el ku cheng. Vivía solo desde que recordaba, pescando y trapicheando aquí y allá con unos y otros, ¿qué importaba?, y nunca había necesitado de nadie más, ni de una mujer, porque ¿para qué una sola si había tantas?

Así que aquel contratiempo le produjo una gran desazón. El hombre era joven y occidental, probablemente otro bastardo inglés borracho que se había caído al agua, pero al descubrirle las heridas las cosas cambiaban. Además, su uniforme de oficial de marina no parecía el de ningún borracho, aunque esos eran los peores. Así que se vio en el dilema de ponerse en contacto con ellos o simplemente esperar a que el desenlace fuera el lógico, y después ya vería. Sin embargo, sintió que debía intentar hacer algo por él y cuando vio que pasaban los días y el joven no reaccionaba pero tampoco moría, aceptó que el panlong quizá sabía las razones.

Cuando James recuperó la conciencia, supo dónde estaba y recordó, lo primero que hizo fue darle las gracias a aquel hombrecillo tan peculiar y después le pidió que no informara de nada. El hombre chapurreaba el inglés y lo entendió, pero se vio obligado a insistir en que debería hacerlo o, al menos, llevarlo a un hospital donde pudieran atenderlo bien. James logró convencerlo de que no era nadie y no lo buscarían, y de que él no debía temer nada. En cuanto pudiese, se marcharía y no le causaría más problemas. Respecto a atender sus heridas, no se le ocurría ningún sitio mejor que aquél ni ningún remedio más que los que el hombre hubiera usado, teniendo en cuenta que estaba vivo, e insistió en que le pagaría por haberlo salvado.

Tejón entendió enseguida que la historia era más larga, pero también supo que no le interesaba conocerla, así que aceptó el trato. También decidió que quizás era mejor estar en tierra para curar esas heridas, así que puso rumbo a la cercana isla de Lantau, donde tenía una pequeña casa.

Lo siguiente que ocurrió fue que pasaron dos años, James se asoció con Tejón y transformó su aspecto físico, dejándose crecer la barba y el pelo, queriendo borrar todo lo que pudiera identificarlo con quien había sido, y por medio de Tejón supo que había sido dado oficialmente por desaparecido un año después de aquella noche.

De modo que en realidad todo parecía haber ocurrido según sus planes y decidió que así sería. Sólo lo sintió por sus padres, pero pensó que tal vez algún día… No, ya estaba muerto, no podría volver, y sintió que tampoco quería ni le serviría pensar en venganza, así que sería mejor así. También le había marcado mucho el misterio de haber sobrevivido, y la creencia oriental de Tejón le pareció tan ingenua y a la vez tan fascinante como la que él había sentido una vez por lo inexplicable. De forma que se hizo marcar también por fuera el panlong, aquel dragón de las aguas, en el relieve rugoso del cuello que le había dejado la bala; así tampoco olvidaría que ni uno ni otra habían querido que muriera realmente.

Pero todo cambió cuando Tejón volvió una tarde contando que la cantante Mai Ling agonizaba de unas fiebres en su retiro forzoso tras haber caído en el mayor deshonor cuando se supo de su embarazo y ella se empeñó en tener lo que sería un mestizo bastardo. El colmo fue que además naciera niña.

James llegó a tiempo para que la mujer más hermosa que vio nunca pudiera reconocerlo, se alegrara como jamás pudo creer y le pidiera, aunque no tuviera derecho, que buscara a su hija, ya que se la habían quitado a los pocos meses y, por aquel deshonor, no tenía a nadie más. Sólo unas horas después su suerte tan escasa se apagaba y James maldijo para siempre a todos los hombres empezando por sí mismo.

Cuando dio con la niña en un infame orfanato ni siquiera lo pensó: la sonrisa, el pelo tan oscuro, la piel de su madre y por supuesto sus almendrados ojos. Nada del hijo de perra que la engendró. Tal vez sí había justicia.

La niña tenía dos años y apenas empezaba a articular palabras, pero hubo una que le salió más que clara cuando se lo vio: lung, dragón, y James por fin encontró su nombre.

—Nos vamos, Anthony —dijo mi padre.

—No eres tan distinto a mí —sentenció él—. Deberías haberlo entendido.

—No me puedes matar dos veces.

—Claro que sí, pero no me obligues a ello. Además, tendrías que pensar en ella. Sólo he venido a conocerla, pero podría hacer mucho más, y también por ti. Soy diplomático y tengo inmunidad.

—¿Y todavía puedes ser más canalla?

—Si volvemos a Inglaterra, ella tendría todo lo que quisiera. Me casé, ¿sabes?, pero no he tenido hijos… más hijos.

—Sí, todavía puedes serlo.

—Piénsalo, Jamie. Ahora sí lo tenemos todo. Te estoy pidiendo perdón aunque no me sirva de nada ni ya vuelvas a confiar, pero estoy siendo sincero y quisiera demostrarlo.

—¿De verdad te crees que puedes comprarme? Y ella no te sirvió entonces ni lo hará ahora.

—Ahora ya no me importa.

—Pero a mí sí. Se acabó, Anthony. Nos vamos o tendrás que matarme.

—Entonces sí la dejarás conmigo.

En ese momento un hombre de Highmore se movió y todo ocurrió en segundos. Keung Xian fue rápido como un rayo cuando lanzó el cuchillo que lo alcanzó en el pecho. El compañero sólo pudo girarse sorprendido antes de que alguien le tapara la boca y le clavara otro en la espalda. Anthony Highmore sólo nos miró a nosotros sin moverse ni alterarse, con un gesto como si de repente aceptara que había aparecido allí para cumplir un destino que seguramente llevaba arrastrando desde hacía veinte años. Después sacó un arma de su magnífica chaqueta cruzada y, cogiéndola por el cañón, se la tendió a mi padre.

—Cóbrate entonces, Jamie —dijo, imperturbable.

Pero mi padre tampoco se movió. Simplemente respondió con el mismo cansancio:

—No, Anthony, nunca fui como tú, no lo soy…

El disparo se oyó por detrás y los ojos vacíos de Anthony Highmore se abrieron hasta el infinito antes de caer de espaldas con un ruido seco. Cheng Xian se guardó su pistola en medio segundo para volver a acercarse a nosotros.

—Te dije que no me gustaban los tuyos, Lung. Llévate a Yi y no volváis. Ah, y esto no ha sido por ti sino por ella y Tejón, y por aquella dama que fue Mai Ling.

Yo me cogí de la mano de James Bates, una mano tan caliente como su corazón. Después, ya no me separé de él y en aquel momento supe que también lo quería como al hombre que era porque los dragones con sus ojos sólo podían merecer amor. Pero ésa ya es otra historia que no sé si contaré.

Mariola Díaz-Cano Arévalo.

Marzo 2011

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Comments
8 Responses to “Lung”
  1. Mariola dice:

    Muchísimas gracias a Lidia Terol y a Eider Agüero por sus estupendas ilustraciones. También a Federico G. Witt por su revisión.
    ¡Ha vuelto a ser un placer participar!

  2. Nuria Alvarez dice:

    Enhorabuena a esta autora pues ha demostrado de tener el talento necesario para crear una historia de dragones en un mundo real, con personajes potentes y con sentimientos puros y pasionales.
    Hong Kong, la muerte, la inocencia, la maldad, la bondad, el triunfo, el desarraigo….todo perfectamente aderezado en una historia, que sólo tiene un pero…..querida Mariola “nos sabe a poco”.
    Pero con su destreza eso tiene fácil solución.

    Gracias por tu arte

    • Nuria Alvarez dice:

      Enhorabuena a esta autora pues ha demostrado tener el talento necesario para crear una historia de dragones en un mundo real, con personajes potentes y con sentimientos puros y pasionales.
      Hong Kong, la muerte, la inocencia, la maldad, la bondad, el triunfo, el desarraigo….todo perfectamente aderezado en una historia, que sólo tiene un pero…..querida Mariola “nos sabe a poco”.
      Pero con su destreza eso tiene fácil solución.

      Gracias por tu arte

  3. Mariola dice:

    Muchas gracias, Nuria. Le has echado tanta idea que has repetido el comentario, ¡jajajaja! Nada, que me alegro de que te haya gustado pero ya sabes quién me “enseñó” Hong Kong y quiénes son los “verdaderos dragones”, jejejeje! Y no te preocupes, que si te has quedado con ganas de más, pues igual sigue la historia…
    Un abrazo!

  4. Dovewhite dice:

    Supongo que continuarás con esta historia maravillosa y no nos dejarás a la luna de Valencia ¿no?, Dios y eso que no te gustan los dragones, ¡anda que si te llegan a gustar!.
    Mis felicitaciones por tan original y preciosa historia que en tan poco has desarrollado como un relato magnífico con unos personajes a los que puedes ver, escuchar y sentir.
    Gracias por escribirlo

    • Mariola dice:

      Ay, Dove, qué ilusión leerte otra vez aquí! Muchas gracias por tus palabras. Qué bien que os haya gustado! Sí, sí, no me molan los dragones pero ya sabes, hay dragones y DRAGONES, jajajajaja! Muchas gracias otra vez!

  5. Olga Besolí dice:

    Una historia genial y precioso el dibujo de la chica. Enhorabuena!

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