El Búho. Una nueva aventura del capitán Lung

Autor: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustradores: Virginia Berrocal y Enric Valenciano

Corrector: Federico G. Witt.

Género: negro (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Virginia Berrocal y Enric Valenciano. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Búho. Una nueva aventura del capitán Lung

El Old Oak estaba al pairo.

El barco tenía nombre de árbol porque lo era, o eso me había contado el capitán, que el alma de todos los barcos era de madera. Pero, en realidad, el Old Oak se llamaba así por un roble muy viejo que había detrás de la casa familiar del capitán, a las afueras de Bristol, y bajo el cual estaba enterrado su hermano menor.

Ilustración Enric Valenciano

Ilustración Enric Valenciano

Pasé la mano por la borda e intenté recrear su memoria en el tacto, pero nunca llegaba a conseguirlo, como tampoco podía imaginarme a los niños Bates encaramándose a él. Quizá porque me parecía imposible que uno de ellos, que en ese momento nadaba y buceaba junto al costado de estribor, lo hubiera sido alguna vez.

Entonces, su voz atronadora me llegó desde el agua.

—¡Yi! ¿Qué haces ahí? ¡Vuelve dentro ahora mismo!

Sí, de niño tenía poco. Yo mostré mi mejor sonrisa mirando primero las grandes nubes al oeste y luego hacia abajo.

—¡Me encuentro bien! ¡Querría ayudar! —pude exclamar con suficiente energía.

—¡Maldita sea! ¡He dicho que te metas dentro ahora mismo, ¿me oyes?!

—Anda, obedece. Tiene un mal día. —Li Ming, el piloto, que estaba anotando lo que el capitán le decía desde el agua, se me había acercado.

—Sí, y ayer, y el día anterior…

—Ya lo sé, pero has estado muy enferma. Sigue preocupado, y esta avería por los bajíos…

—¿Los bajíos? ¡Pero si hemos pasado muchas veces por aquí!

—Había una niebla muy espesa. Hemos rozado un poco.

Me estremecí. No podía ser posible.

—¿Estaba él de guardia?

—Hubiera pasado de todos modos, apenas se veía y…

—¡Ming, vuelve aquí ya! ¡Yi, por Dios que si me haces subir, te arrepentirás!

—Vamos, entra —me apremió Ming—, no lo estropeemos más.

Obedecí, pero para irme a la cubierta superior y salir otra vez. Me asomé con cautela, aunque sabía que no me descubrirían. Al poco, el capitán se acercaba a la escala para subir con cierto esfuerzo. Ming le tendió un albornoz. Entonces la brisa a favor me trajo sus palabras:

—La brecha no es grande, pero no me gusta. Quiero atracar en dos horas.

—Sabes que estamos a más de tres.

—Hoy no. Me da igual si Zhong tiene que quemar máquinas. De todas formas, las reparaciones llevarán tiempo.

—Entonces no necesitamos forzar.

—¡Sí! ¡No voy a desviarme a alta mar con la tormenta que se aproxima, ni a acercarme más a la costa con la marea bajando, ni por supuesto me voy a quedar aquí!

—Sólo pensé que…

—¡No hay nada que pensar, así que da la orden ya!

A Ming se le borró su habitual gesto tranquilo.

—Eh, entiendo que esto te haya enfadado, pero ese tono sobra. Llevamos mucho lamentando esta mala racha, y a mí podrás hablarme como quieras porque nos conocemos, pero los hombres nunca te habían visto así y Yi no se lo merece. Deberías alegrarte de verla recuperada y levantada.

El capitán puso los brazos en jarra:

—El papel de Tejón te viene grande.

—Y a ti el de inglés.

—Resulta que soy inglés.

—Sí, pero si de repente lo conviertes en un problema, te aseguro que podría ser serio; no conmigo, pero sí con los hombres. Saben quién eres porque nunca lo has ocultado, pero tanto sobresalto no les gusta, sobre todo a los que también tienen una historia, y después de un revés como el pasado… Y en cuanto a Yi, ya no es ninguna niña y también lo saben, igual que tú.

—¿Has acabado?

—No, pero me parece que tú sí.

—Da esa orden, y si no estamos atracando en dos horas, yo te aseguro que no tendré ningún problema en dejar en tierra a quien lo desee. Y Yi es asunto exclusivamente mío. ¿Está claro?

—Sí, hace tiempo que está muy claro que es muy tuyo.

Vi que el capitán se quedaba en silencio durante unos segundos. Luego dio un paso, casi encarándose a Ming, y habló con la voz muy ronca:

—¿Vas a decir algo más?

—Ya lo he dicho —Ming no se arredró.

Entonces el capitán se dio la vuelta y echó a andar hacia popa. Ming resopló y también se giró, pero para caminar hacia las escaleras exteriores de proa que conducían al puente. Enseguida el Old Oak se empezó a mover y yo volví a mi camarote, algo nerviosa. Poco después oía los golpes llamando. El capitán tenía los ojos enrojecidos por la sal, y el pelo húmedo le mojaba el cuello del jersey arremangado. Lo noté cansado tras el gesto adusto.

—Perdóname —dijo—. No he debido gritarte antes. ¿Cómo estás?

Me puso una mano en la mejilla, pero enseguida quiso retirarla. Yo se lo impedí reteniéndosela por la muñeca.

—Creo que mejor que tú —contesté.

—Es que no quisiera que recayeses.

—Tú sí que deberías perdonarme por no haberte dejado descansar estas noches.

—No digas tonterías.

Me atreví:

—¿No has cambiado de idea?

—Yi, por favor…

Entonces lo solté y jugué mi última carta:

—He vuelto a soñar con el búho.

El capitán Lung pareció querer dejar de ser mi padre cuando Hong Kong se emborronó en el horizonte quedándose con los sangrientos restos de quien sólo me había engendrado y abandonado. Pero las sospechas de que su sombra podría ser tan poderosa como alargada nos llevaron a pensar que quizá su visita no hubiese sido sólo a título personal y las autoridades británicas también tuvieran información de que James Thomas Bates había vuelto a la vida; así que la desaparición de aquel diplomático y sus escoltas podría propiciar una búsqueda de explicaciones que ni el primer oficial Bates ni el capitán Lung querían dar.

Yo, menos afectada de lo que creí —o eso me pareció—, había querido insistir en que el oficial Bates no tenía que esconder o lavar su nombre y, muy al contrario, se merecería exponer su verdad y recobrar su identidad y, por supuesto, recuperar a su familia. Pero el capitán Lung se empeñó en no querer saber nada. Así que, en un primer momento, decidimos poner agua de por medio, aunque no apresuradamente, y fuimos a Macao, ya que el capitán tenía allí una entrega pendiente que había retrasado por lo ocurrido en Hong Kong.

Era una de esas entregas infrecuentes y especiales que sólo aceptaba si el valor de la mercancía era una verdadera fortuna. El servicio podía ser mucho más gravoso si era más o menos lícito o arriesgado y si el cliente tenía un nombre suficientemente importante o solvente. La tasa todavía podía ser mayor si se trataba de un favor personal. En aquella ocasión, se daban todos los factores más un jugoso adelanto que había cubierto las gestiones en Goa.

João de Gonzalves era un naviero lisboeta con un enorme capital que había convertido en inmenso al trasladarse a aquella parte del mundo. Las razones para abandonar su patria nunca habían estado muy claras, pero eso no le había impedido establecerse en Macao. Y de unos comienzos en los que se asoció con otros compatriotas, pasó a hacerse con el control absoluto de una de las más importantes flotas de cabotaje y buques de mediano calado que se movían por el archipiélago. Sus barcos transportaban todo tipo de productos y tocaban todos los puertos de las costas de China y Filipinas.

Gonzalves conoció al capitán el día que el Old Oak se topó con uno de sus mercantes, que iba a la deriva en el estrecho de Formosa tras una rotura del motor, y lo remolcó hasta Macao. Resultó que Gonzalves iba supervisando esa primera travesía del carguero y su agradecimiento fue tal que le propuso al capitán constituir una sociedad al cincuenta por ciento. Pero Lung declinó la oferta porque tenía una niña de diez años y pasaba largas temporadas en tierra o hacía travesías cortas; no obstante, también se lo agradeció y Gonzalves le insistió en que él no olvidaría la ayuda prestada en aquella complicada situación.

Lo que Lung no olvidó durante los días que disfrutó de la lujosa hospitalidad del naviero fue el inmediato y magistralmente disimulado interés que le prodigó Sabina, la esposa de João. Sólo fueron dos días, pero ese tiempo fue suficiente para que el capitán advirtiera que aquella mujer era tan deslumbrante, inteligente e irresistible como peligrosa, y él hacía mucho tiempo que no quería complicaciones con mujeres, y menos con una así y casada con alguien que te podía ofrecer medio mundo tan rápidamente como borrarte de él.

Sabina de Gonzalves llevaba una intensa vida social en el ambiente más selecto de Macao. El matrimonio no había tenido hijos —ni parecía que los hubiera querido— y ella se dedicaba a las antigüedades regentando personalmente una de las más reputadas tiendas de la rua de Estalagens, con obras de arte y joyas que conseguía en muchas otras partes de China o traía desde Europa. Así que se consideraba orgullosa no sólo de su posición, su clase y su belleza, sino también de haberse hecho un nombre por sí misma y no depender sólo de su marido; pero, sobre todo, de permitirse caprichos especiales.

El capitán Lung supo al instante que se había convertido en uno, de modo que mantuvo las distancias pero le hizo saber que distinguía su juego; y la rechazó con firmeza cuando la última noche ella lo abordó sin ningún reparo. Lo que le pareció más llamativo fue que João no sospechara que existieran aquellos devaneos o que, si conocía a su esposa, los aceptara, como ocurriría con otros que seguramente se producían. Pero no era asunto suyo, así que al día siguiente se marchó llevando consigo el acuerdo con Gonzalves de que tal vez en un futuro sí hicieran negocios.

Así fue, porque durante los diez años siguientes Lung realizó algún que otro transporte para Gonzalves, aunque evitó todo lo posible a Sabina. Pero ella no olvidó el insolente desaire de aquel capitán que no tenía donde caerse muerto.

Cinco meses antes, João se había presentado personalmente en Lantau para ver al capitán.

«Necesito a alguien como tú. Te aseguro que tus honorarios serán más que retribuidos; es más, saldaré completamente la cuenta pendiente por aquel rescate. Además, sé que a veces vas por allí, así que te pido el favor. Estará todo dispuesto para cuando llegues y no tendrás ningún problema, pero prométeme que serás tú, y nadie más, quien lo recoja. Es un regalo para mi mujer: una colección valiosísima que por fin he encontrado en la India».

Coincidió con la travesía a Goa; y desde allí, efectivamente, el capitán no tuvo ningún problema en acercarse al lugar indicado por Gonzalves en la detallada nota que le dio. Regresó con una valija no particularmente grande pero muy pesada y pulcramente precintada, que guardó en su camarote y de la que no habló, porque Joao no le había dicho de qué se trataba ni él lo preguntó. Lo único que no salió bien fue la vuelta, con un temporal imprevisto y varias escalas obligadas por ello.

Tras la travesía arribamos en Macao desde Hong Kong. Durante la misma, aunque el capitán y yo hablamos largo y tendido y supe mucho más de mi historia y la suya, acepté sin duda que mis sentimientos por él ya habían cambiado, y no podía llamarlo padre aunque siguiera considerándolo —y queriéndolo también— como tal. Sé que a él le ocurría igual, pero su desconcierto y su dilema eran mucho mayores.

Quizá por mi especial estado de ánimo, en el que se mezclaban la tristeza por el querido tío Tejón y el miedo pasado en Hong Kong, no me di cuenta de que además empecé a no encontrarme bien. Y esa noche antes de llegar tuve un sueño que, molesta por no poder evitarlo, me produjo un mal presentimiento: un majestuoso búho volaba todo el tiempo sobre mi cabeza y, ya al final, se posó en una rama de un árbol seco y fijó en mí los enormes ojos amarillos. Después ululó tan fuerte que me desperté muy asustada.

Ilustración Virginia Berrocal

Ilustración Virginia Berrocal

Supongo que mi mitad occidental desdeñó la inquietud cuando me tranquilicé, pero en la oriental permaneció rondando el sombrío significado atribuido a aquellas rapaces nocturnas como heraldos de malas noticias, y de la muerte. Haberme criado y hallarme entre marineros —que, occidentales u orientales, son criaturas supersticiosas por naturaleza— no alivió mi desasosiego, pero pronto me despreocupé, ya que hacía años que no pisaba la preciosa ciudad de Macao, con su historia de pasado colonial de españoles, portugueses e ingleses, sus iglesias conviviendo con los templos a la diosa Á Má, sus faros y sus gentes.

Nada más arribar, el capitán Lung me hizo prometer que no desembarcaría sola bajo ningún concepto; me había dejado muy claro que, después de lo de Hong Kong, tardaría algún tiempo no en confiar en mí, sino en volver a lograr ser capaz de quitarme el ojo de encima sabiendo que yo ya debía tener mi vida. Así que me quedé haciendo mis tareas de supervisión y control de la intendencia y los gastos.

El capitán regresó pronto de ver a Joao y quedar con él para entregarle su encargo por la noche, en una invitación a cenar que nos hizo el naviero. Después, pasamos el día en la ciudad y su serio y contenido ánimo pareció suavizarse.

—Vendrás conmigo —me dijo—. Ya sabes desenvolverte de sobra y no tendré que preocuparme. Además, nos irá bien algo de vida social.

Así que con el crepúsculo estábamos frente a la puerta principal de la gran casa de estilo colonial de los Gonzalves. Nos recibió el propio João, y su cara, al mirarme y saludarme tras la presentación del capitán, fue igual que las de la tripulación del Old Oak cuando me vieron vestida para la ocasión.

Lo cierto es que yo tampoco estaba acostumbrada a ese aspecto tan distinto del habitual como uno más de la tripulación. Aquel bonito vestido entallado de seda color azafrán, cuello cerrado y cinturón ceñido lo había comprado esa mañana con el capitán, y su expresión fue la primera que me confirmó que había acertado. Y algo más. Fue el mismo algo que vi en todos y que João de Gonzalves, que me pareció un hombre muy atractivo, unos años mayor que el capitán, de pelo negro con algunas canas, bigote fino y figura estilizada, mostró claramente y con admiración.

—Me parece que tu fortuna es superior a la mía, Lung, porque esta joya no tiene precio— dijo el naviero, acompañándome, galante.

Sin embargo, sé que si me sentía cohibida era por el capitán, por su también diferente apariencia, en la que ya hacía tiempo que yo reparaba tanto, con aquel sobrio traje oscuro y camisa blanca con corbata tostada como su piel, que aprisionaba al dragón de su cuello pero no lo ocultaba. Por él y por otra de sus lecciones: la que buscó cuando apareció Sabina de Gonzalves.

La bellísima mujer de largo pelo castaño, ojos de aguamarina y maravillosamente vestida me intimidó sólo el minuto que tardé en verle la mirada, fría y a la vez sorprendida, que le dedicó al capitán. Su comentario al saludarme tampoco ayudó a que me pareciera simpática:

—Ah, pero no nos habías dicho que tu hija era… de aquí, lo cual es mucho más exótico, desde luego.

El capitán compuso una de aquellas sonrisas que sólo hacía con los labios para responder con unas palabras que me conmovieron:

—No, Yi es única, y mucho más que mi hija.

No obstante, la velada discurrió bien y a los postres João anunció la razón real de aquella cena. Se cumplían veinte años de su matrimonio y, por fin, había conseguido el regalo más deseado por su mujer gracias a nuestra colaboración. Pero como un trato era un trato, no dudó en ser el primero en poner delante del capitán un cheque por un valor tan exorbitante que éste se quedó sin habla durante unos momentos. Era tanto que, aunque no disimuló su perplejidad, en los ojos del capitan apareció un brillo del recelo; un brillo que sólo yo distinguí.

Pero Gonzalves debió intuirlo también y se apresuró a decirnos que aquella cifra no era nada en comparación con lo que había en la valija. Hasta Sabina mostró una genuina incertidumbre cuando, al fin, Lung se la entregó a João y éste disfrutó mucho con la pequeña ceremonia para desembalarla.

El estuche de madera de ébano labrada y cerrojo de plata ya valía de por sí medio viaje, pero cuando Gonzalves lo abrió y retiró el exquisito paño de terciopelo negro, el asombro fue aún mayor, el mío en particular: envueltas en paños idénticos, y dentro de compartimentos a su medida, había unas figuras de unos veinte centímetros de alto. João tomó con delicadeza una de ellas y la destapó. Era de oro macizo, con los perfiles de piedras preciosas y dos fabulosos diamantes como ojos.

Sabina se llevó una mano a la boca para ahogar una exclamación. La mía se quedó atascada, pero me cambió la cara. João se rió diciendo que nuestra impresión estaba más que justificada, y su mujer se le echó a los brazos, pletórica de emoción por aquel maravilloso tesoro que se creía perdido y que él le había conseguido por fin tras tantos años de búsqueda. El capitán, sin embargo, reconoció mi expresión y me preguntó con los ojos. Yo apenas pude devolverle la sonrisa.

Las figuras representaban cuatro[1] búhos.

Sin poder evitarlo, me vino a la mente todo lo que había ocurrido desde que el estuche embarcara en el Old Oak. Aquella aprensión era infantil y rídicula, y sin embargo me sentí incapaz de deshacerme de ella, e incluso me angustió tanto que tuve que sentarme. Me excusé diciendo que seguramente me había sentado mal el vino de la cena, o el licor, al no estar acostumbrada a tomarlos, pero el capitán supo que había algo más y me hizo contárselo cuando salimos un momento al patio de la casa. Insistí en que era una tontería porque la situación me hizo sentir más niña, enrabietándome cuando había querido demostrar todo lo contrario aquella noche, pero él me obligó.

Media hora después nos disculpábamos: era algo tarde, el día había sido ajetreado y el capitán tenía previsto regresar a Lantau la mañana siguiente, lo cual era mentira. Sé que no lo hizo porque hubiera tomado en serio mi sueño, sino por verme tan irracionalmente afectada aunque quisiera parecer despreocupada. No debí de tener mucho éxito y él me conocía bien.

Cuando me despedía de João de Gonzalves, medio oí a Sabina decirle unas enigmáticas palabras al capitán: «Siempre nos has salido muy caro, Lung».

En realidad no era demasiado tarde, pero la noche estaba bastante oscura y el lujoso barrio de los Gonzalves distaba mucho del puerto. Tampoco era la primera vez que caminábamos solos, y yo siempre me sentía segura con el capitán. De modo que, quizá por ir distraídos más que confiados, no oímos los pasos hasta que salieron de la callejuela que cruzábamos ya llegando al puerto.

Eran tres, apenas vimos sus caras y la rapidez de sus movimientos fue tal que al capitán sólo le dio tiempo a hacer frente a uno mientras me decía que corriera. Yo ni siquiera pude pensarlo, porque otro me tapaba la boca, me agarraba los brazos y me tiraba al suelo. El capitán se deshizo de su atacante maldiciendo y gritando que me soltaran, pero su voz se apagó ante el golpe que la tercera sombra le daba con una estaca y lo hacía desplomarse. Y a mí, no sé si fue porque durante mi débil forcejeo también me golpeé con el pavimiento o debido a tantas impresiones seguidas, me venció un súbito mareo.

Cuando desperté estaba en el Old Oak, en mi camarote y con Ming a un lado, mirándome con una cara casi más pálida que la mía pero que sonrió al instante. Ni siquiera tuve que preguntar, porque el capitán Lung apareció en ese momento.

Tenía una venda alrededor de la cabeza y otra en una de las manos. También sonreía, pero sus ojos jamás habían estado tan apagados ni, sobre todo, habían reflejado tanta furia y pena. Se sentó donde estaba Ming y ya no se movió en los siguientes tres días que transcurrieron, o al menos así me pareció a mí en medio de la niebla en la que me sumí a continuación. Y es que ya había enfermado de unas fiebres que no pudieron elegir mejor momento para aparecer.

Sí pude enterarme antes de que el ataque que habíamos sufrido quizá no hubiera sido casual: nos habían robado el cheque y nadie más que los Gonzalves podía haber sabido que lo teníamos; además, el capitán había oído ya millones de veces aquellas últimas palabras de Sabina. Sólo la herida de su cabeza y la más que dolorosa visión de mi cuerpo inconsciente en el suelo lo habían frenado y habían impedido que volviera a la casa al no haber sido capaz de controlar unas sospechas que no podía ver más claras aunque no podría demostrar. Quienes tienen tanto… Ming y los demás quisieron hacerlo por él, pero el capitán les ordenó que pusieran inmediatamente rumbo al norte, y salimos de Macao aquella misma noche.

—No, Yi, esto se ha terminado. No vamos a hablar más de búhos, números o mala suerte. Las cosas pasan y ya está, pero últimamente no han sido nada buenas y no quiero que continúen así para nadie, y mucho menos para ti.

Habíamos bajado al comedor, donde Wang, el cocinero, se había alegrado mucho de verme bien y nos había traído té muy caliente. A esa hora no había nadie más y el capitán se había sentado frente a mí en una de las mesas.

—¿Y crees que dejarme en tierra supone algo bueno para mí?

—Creo que me pediste que te enseñara cómo podía ser esta vida y lo he hecho. Pero te dije que sería durante un tiempo y que no iba a ponerte en ningún riesgo. Pues ya ha transcurrido suficiente tiempo, y desde luego ha habido más que suficiente peligro, así que se acabó.

—¿Por qué estás enfadado conmigo? —pregunté, más triste que molesta.

Él se sorprendió, pero sólo fue un instante antes de bajar la mirada.

—No estoy enfadado contigo, Yi.

—Pues lo parece. Y no lo entiendo. Ahora lo sé todo de ti y resulta que es como si… quisieras deshacerte de mí cuando…

—¡No digas eso!

—¿Ves como estás enfadado? —Saqué el as—: ¿Es por lo que pasó anoche? ¿Fue algo malo? ¿Por qué?

Me arrepentí al instante, porque los ojos se le licuaron. Y mientras, no pude evitar mirarle el dragón y recordar su sabor.

Fue el mismo sueño. El enorme búho impidiéndome moverme con su vuelo en círculos; esta vez me levantó en el aire. Al final también ululó mucho más fuerte, al tiempo que me dejaba caer al vacío, y mi grito debió de oírse en todo el barco. Había sentido un hilo de fiebre cuando me acosté, y el capitán se había vuelto a quedar hasta que me durmiera, pero él también lo hizo. Su sobresalto fue mayor que el mío, pero pudo encender la luz y mi alivio al verlo al lado fue tan grande que me abracé a él de inmediato.

Por supuesto no era nuestro primer abrazo, y sus besos en la frente, que de pequeña siempre me habían calmado otras tantas malas noches, siguieron surtiendo el mismo efecto. Tampoco los míos a su dragón eran nuevos: desde niña, y a causa de las historias del tío Tejón, había creído que aquel panlong tatuado quitaba todos los miedos, ya que había salvado al capitán y todos los dragones eran buenos y sabios. Así que aquella costumbre infantil no había cambiado, pero, en mi confusión y probablemente también en mi deseo, sí lo hizo la forma de mis besos.

El capitán había estrechado el abrazo y me acarició el pelo, para a continuación musitar mi nombre y apartarme despacio. Sus ojos de agua temblaban lo mismo que sus manos. No dijo nada más; yo tampoco. Sólo sonrió y comprobó que me tranquilizaba. Después me volvió a echar suavemente y me tapó. Luego me susurró que cerrara los ojos otra vez y me pasó un dedo sobre los párpados. No sé cómo fue posible, pero me dormí de nuevo.

—No, no fue nada malo, Yi… —contestó.

Entonces Ming apareció por la puerta, apresurado y con el gesto tenso.

—Lung, sube al puente. Tenemos visita y no sé cómo es.

Los dos nos pusimos de pie y en un minuto estábamos allí. Las nubes estaban casi encima y el Old Oak navegaba a toda máquina. El segundo oficial, Tseng Lao, manejaba el timón y dijo:

—Acaban de aparecer por la amura de babor y se han puesto a hacer señales.

El capitán cogió los prismáticos. Reconoció al instante la forma de navegar y ese primer movimiento de aviso. También distinguió la bandera. La Union Jack.

Maldito búho.

Mariola Díaz−Cano Arévalo

Junio 2011

 


[1] En la cultura china y oriental en general, el número cuatro es sinónimo de infortunio porque suena igual que «muerte». (N. de la A. ).

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Comments
10 Responses to “El Búho. Una nueva aventura del capitán Lung”
  1. Mariola dice:

    Muchísimas gracias a Virginia y Enric por sus estupendas ilustraciones. Ha sido un placer que estaré encantada de repetir.

    • Enric dice:

      Gracias a ti tambien Mariola y a Virginia. Por mi repito cuando querais ;). Estupenda ilustracion Virginia! A por la 4a convocatoria! Esto rueda!

  2. chusdiaz dice:

    Una historia fantástica, Mariola, muy ágil! Me quedo con ganas de seguir leyendo…

  3. Irene dice:

    Mariola, me sigue pareciendo increíble la facilidad de narración que tienes. Supongo que esto, al margen o no de Ediciona, buscará terminar en novela, no? Se lo merece con creces y nosotros habremos tenido el placer de haberte leido los primeros 🙂

    Por decirte algo más, la primera frase me ha encantado.

    Felicidades a los tres! Las dos ilustraciones encajan perfectamente con el relato.

  4. Mariola dice:

    Chus, muchas gracias por tus palabras. Y no te preocupes porque podrás seguir leyendo, ;-).

    Irene, muchísimas gracias también. La verdad es que no sé si esto acabará en novela, pero sí que me he propuesto una especie de reto planteando una nueva historia con personajes fijos dependiendo del tema que sale elegido, jejejeje. En fin, supongo que ya lo veréis.

    Me alegro mucho de que os guste, y por supuesto que las ilustraciones están de lo más logradas con el relato.

    • Virginia Berrocal dice:

      Participar como siempre es un placer, felicidades a Mariola por la estupenda historia y a mi compañero en esta convocatoria, Enric, por su estupenda ilustración ^^.
      Un abrazo!

  5. DOVEWHITE dice:

    Me ha gustado mucho el relato Mariola, como ya te comenté en tu correo, los escenarios exóticos y los personajes son magníficos así como la historia. En cuanto a las ilustraciones, son estupendas.
    Espero que las mís te gusten también.
    DoveWhite

  6. Caramba Mariola, tenía ganas de poder leeros, pero tuve problemillas y acabo de llegar a veros.
    Tu historia es como para una pelicula. Dominas el tema de los barcos de maravilla, y su lenguaje. Los viajes contigo se vuelven aventura. Enhorabuena.
    Tambien a tus dos ilustradores. Te han complementado muy bien la historia.
    Saludos
    Conchita

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