¿Quién querría unas piernas?

Autor:Virginia Wollstein

IlustradorJessica Sánchez

Corrector: Mary Esther Campusano

Género: relato

Este cuento es propiedad de Virginia Wollstein, y su ilustración es propiedad de Jessica Sánchez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Quién querría unas piernas?

Penélopez odiaba casi con todas sus fuerzas el brillo de Felipez cuando llegaban los rayos de sol desde la superficie. Y pensar que estaba destinada a estar con él. Si no fuera por esa insignificante circunstancia seguramente no le odiaría, o al menos no tanto. Las ondas que aquel jurel le dedicaba cuando pasaba junto a ella le molestaban casi tanto como las melosas poesías que le recitaba al lado de la anémona naranja que había cerca de su casa.

La pez decidió que aquella tarde iría a su lugar favorito en el mundo, el coral rojo del arrecife. Se podía ver la superficie tan bien que uno juraría que desde ahí el aire fuera transparente, y el agua que respiraba no estaba tan viciada como las de otras playas de arrecife atestadas de turistas. Los niños siempre molestaban con sus cubos de agua dispuestos a capturar cualquier pez desprevenido, un pez que los humanos transformarían en pescado, y esa era la muerte más horrible del mundo, todo ser con aletas podría jurarlo.

Pero el coral rojo era un lugar seguro, al menos hasta que Felipez se acercaba por detrás. Penélopez sabía que aquella tarde no la molestaría. El pez con el cual su madre quería que se casara tenía una clase magistral que impartir en el internado peciférico que se encontraba a aletadas de distancia, así que no había de qué preocuparse.

Había más razones por las cuales ese rincón era su favorito. Algunos días en el momento en que el sol se ponía por el horizonte y las luces naranjas y rosas relampagueaban también bajo el agua. Ese era el momento en que alguien bajaba desde la superficie. Era un ser de tamaño enorme con cuatro aletas de forma extraña y alargada que no le ayudaban para nada a impulsarse en el agua y unos ojos extraños que se quedaban mirándola atentamente.

La primera vez que Penélopez le vio, huyó como una pececilla ante un tiburón, pero se dio cuenta de que no quería comerla ni matarla, ni siquiera molestarla. Solo observaba el arrecife y después la observaba a ella. Su forma de moverse, su forma de acercarse a él…

Durante la últimas semanas se habían visto casi a diario, y la pez ya se acercaba a rodearle y ondearle el agua cuando nadaba cerca. No es como si aquel extraño comprendiera las formas de acercamiento tradicionales de los peces, pero de algún modo ya no era ningún extraño. Ambos habían adquirido su peculiar forma de comunicarse y ella solía llevar al humano de aletas extrañas a arrecifes más escondidos, pero más hermosos. A veces Penélopez tenía miedo de que Felipez apareciera por allí, ya que él tenía un miedo espantoso a todo lo que venía de la superficie. La primera vez que Felipez siguió a su prometida hasta allí y vio a la criatura nadó tan rápido de vuelta que se olvidó hacer las aletadas de cortejo de despedida.

Ella no paraba de preguntarse si aquella tarde llegaría su amigo, pero el tiempo pasaba nadando y nada sucedía.

—¿A quién estás esperado?

Penélopez se dio la vuelta para ver quién hablaba. Eran Cintia y Vela las dos morenas del arrecife. Vela era quien había hablado, con su característica voz fina como el plancton. De hecho sus voces era lo único que tenían diferente, incluso la mancha blanca debajo de su aleta izquierda la tenían repetida. Y por supuesto ambas eran igual de sibilinas, nada de fiar.

—Es broma, sé a quién estás esperando, no hace falta que contestes —prosiguió Cintia.

—Es el monstruos del arrecife —completó Vela.

—No es ningún monstruo y además no estoy esperando a nadie —dijo Penélopez intentando defenderse.

Lo que sí tenía claro la pez es que las morenas sabían algo que ella no sabía. Aún así no les satisfizo su interés y se dedicó a esperar con más intimidad tras una anémona cercana. Cintia y Vela la siguieron y la rodearon.

—Tienes razón en que ya no es un monstruo —dijo Cintia misteriosa.

—Ahora solo se queda a la mitad —completó su hermana.

—¿De qué estáis hablado? —preguntó Penélopez sin poder contenerse.

Las dos alargadas peces se rieron sonoramente dejando escapar una gran cantidad de burbujas hacia el aire.

—Pronto descubrirás qué ha pasado —dijo la primera.

—Ah —dijo Vela levantando la vista mirando detrás de la jurel—, ahí viene tu amigo, pero no seguro que no es tan caballeroso como tu pretendiente. Él no te cantará serenatas para que tengas dulces sueños.

Cuando Penélopez se giró las morenas huyeron y al mismo tiempo descubrió a su amigo, pero diferente. Le habían desaparecido sus extrañas aletas posteriores para tener una cola larga y hermosa, muy escamosa. Aunque la mitad superior de su cuerpo seguía siendo extraña para ella. La pez se acercó a él despacio ¿podría ser de verdad ese su amigo? Definitivamente tenía la misma cara, pero no era el mismo.

—Eres Penélopez, ¿verdad? —dijo amigo con un brillo especial en los ojos y oyéndole por primera vez su voz bajo el mar—. Con este cuerpo te veo diferente, pero sigues siendo la misma.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó la pececilla.

—Tenía ganas de conocerte —y su sonrisa inundó todo el arrecife.

Aquella tarde la pasaron toda juntos. Se dijeron todo lo que no pudieron haber dicho antes. Víctor, que era así como se llamaba el humano, le contó cosas inimaginables de la superficie, y Penélopez por su parte relató algunas de las costumbres marinas. Parecía como si se conocieran de toda la vida, y sin embargo no sabía nada el uno del otro; pero de algún modo había adquirido mucha confianza todo el tiempo que habían estado juntos antes, sin decirse una palabra.

Antes de caer la noche Víctor expresó su deseo de encontrar un sitio donde dormir de aguas más frescas y la jurel le llevó hasta una zona de mayor profundidad que solían frecuentarla peces de mucho mayor tamaño que ella, pero nada comparado con su amigo recién aleteado.

Penélopez no sabía que era lo que se comía arriba en la superficie, pero por suerte se dio cuenta de que Víctor se alimetaba de plancton como ella, así como de pequeñas algas marinas. Cuando ya no quedó un rayo de luz y ambos se hubieron saciado Penélopez volvió a su casa siguiendo el camino que se sabía de memoria.

—¿Tarde llegas, amada mía? —entonó Felipez cantarinamente.

—Felipez —respondió la pez a modo de respuesta. En un momento se puso nerviosa y aleteó fuerte, como queriendo escapar de allí, pero medio paralizada—. ¿Qué tal el día?

—El mío ha ido tal y como yo esperaba. En cambio parece que tú has hecho planes especiales, ¿no?

—Me encontré con Cintia y Vela y me entretuve por el camino —respondió Penélopez sintiéndose un poco estúpida por tener que justificarse. De todas formas no había dicho una sola mentira.

Felipez no dijo más, solo se apartó de camino de su prometida dejándola pasar. Ella fue directa a la cama, aunque aquella noche apenas pudo dormir.

A la mañana siguiente no perdió el tiempo en nada, desayunó tan rauda como una corriente oceánica y nadó hasta donde se encontraba Víctor. Él la sorprendió por detrás y le trajo un ramo de albas de colores. Era el más bonito que había visto nunca. Nadó por entre las algas para darle las gracias y se posó en su mano finalmente, admirando lo que él había llamado “manos”. Eran totalmente fantásticas. Lo que su amigo le había contado que servían para moverse sobre la superficie, los “pies”, no les veía demasiada utilidad, pero las “manos” eran fascinantes.

Felipez apareció por encima del hombro de Víctor como un torbellino.

—¡Felipez! ¿Qué haces aquí? —dijo Penélopez abriendo mucho los ojos.

—Yo también me contré con Cintia y Vela ayer, y me dijeron dónde te encontrabas.

Víctor creyó prudente apartarse de allí y se alejó un poco de la escena. Los dos jureles comenzaron a hablar rápido y enfadados. Víctor se apartó lo suficiente como para que las ondas del sonido en el agua no llegarán a sus oídos mejorados después de la transformación.

Fue nadando hasta el arrecife dónde había conocido a Penélopez. Él también se había encontrado con las morenas, ya las había visto antes, pero no eran ni la mitad de interesantes que su amiga, y una vez que pudo hablar con ellas sus sospechas se confirmaron. De cualquier modo el arrecife desde la perspectiva piscífora era muchísimo más hermoso. Los colores, las formas e incluso los olores eran diferentes, con las gafas de buzo nunca habría conseguido percibir tantos detalles.

Estuvo admirando el paisaje y se le pasó el tiempo volando hasta que se reunió con Penélopez. El medio día había quedado atrás hacía tiempo y había llenado su estómado con algas frescas y plancton. La jurel se acercó a donde estaba Víctor y se quedó en silencio todavía pensando en la pelea que había tenido con Felipez.

¿De verdad será capaz Felipez de hacerme eso?, pensó Penélopez. Seguramente sí sea capaz, le conozco demasiado bien. El medio pez rompió el silencio después de algunos minutos.

—Me encanta ser medio-pez —dijo Víctor—. Uno siente tanta libertad en el mar. Puede ir y hacer lo que uno quiera.

—No existe tanta libertad como a mí me gustaría —comentó Penélopez confesándole por primera vez quién estaba destinado a ser el padre de sus huevos, le habló de Felipez y de su horrible forma de ser y de exhibirse por todas partes—. Mi padre es el jurel rey de nuestro banco, y mi madre no tolera que salga con cualquier pez. En cuanto lleguen las aguas cálidas de la primavera Felipez y yo procrearemos juntos, uno de nuestros pececillos sustituirá a mi padre algún día.

—Suena horrible el no poder elegir tu pareja —respondió Víctor congraciándose con su amiga.

—A menos que… —dijo Penélopez pensando en algo.

—¿A menos que qué?

—A menos que me haga medio humana como tú.

Por un instante su cara se iluminó, quizá por el rayo del sol que se reflejó en sus escamas o quizá por la maravillosa idea que había tenido. Si no era pez cuando llegara la primavera podría librarse de tener que aguantar a Felipez.

—¿Cómo te convertiste en medio pez? —preguntó—. En realidad mi transformación es mucho más fácil, solo tengo que añadirme las manos esas y hacerme un poco más grande, no saldré del medio acuoso.

Ilustración de Jessica Sánchez

Ilustración de Jessica Sánchez

Nadaban a toda velocidad dirigiéndose al otro lado del atolón. Sortearon toda clase de obstáculos, bancos de peces en las zonas de mayor profundidad y corales y anémonas en los lugares donde el arrecife se extendía casi rozando la superficie. Víctor nadaba mucho más rápido que ella, pero en ningún momento quiso invitar a Penélopez a subir a su mano. Esas cosas no las hacían los peces, y ahora que tenía escamas podía entenderlo. Así que le tocaba nadar a su ritmo ligeramente más lento, pero no menos feroz.

—Esta es la roca luna —explicó Víctor al llegar a una roca de forma circular que se elevaba hacia la superficie.

—Ahora que lo pienso —dijo Penélopez— todavía no es luna lleva, ¿habrá algún problema?

—Pues que te convertirás tan solo en medio-humana, es decir medio-pez, como yo. Yo tendría que haber esperado hasta la luna llena para haber sido como tú, pero no podía esperar más.

Estuvieron recogiendo un tipo de algas marinas fosforescentes, Penélopez no lo vio al principio ya que llegaba la luz del sol y le costaba distinguir las algas normales de las luminosas mágicas durante el día, conforme el sol iba bajando podían apreciar mejor los tonos irisados. Víctor los iba cogiendo e iba haciendo un montón encima de una roca.

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Penélopez vio de refilón a Cintia y a Vela, permanecían escondidas tras una roca cubierta de musgo bajo el agua, pero sus colores vivos no podían pasar desapercibidos en ese ambiente. Tardó un tiempo más hasta que Felipez apareció en el jardín de algas con cara de enfadado y gritando a los cuatro mares.

—¡Penélopez!

La jurel se acercó a Felipez molesta por la interrupción.

—Estoy ocupada ahora.

—Creí que había dejado claro que no te quería cerca de ese… —titubeó mirando a Víctor— de ese tritón.

—Resulta que yo no soy de tu propiedad. Ve a procrear jureles con otra pez más interesante que yo, o más estúpida.

Felipez se puso rojo de furia por esa contestación y intentó contenerse sin éxito. Fue nadando hasta embestir a Víctor en su recién estrenada cola. Penélopez se sintió más molesta que enfadada, pero enfocó su ira, tenía un solo objetivo ya que la luna comenzaba a alzarse alta y aunque no llena sí esplendorosa en el cielo.

Nadó con todas sus fuerzas no a salvar a su amigo, sino a saltar a la superficie seca de la roca-luna. Las algas pararon su caída como un almohadón y se metió rápidamente entre ellas aguantando la respiración tanto tiempo como pudo.

El primer minuto fue el peor, pues veía que no podía respirar y sentía una agonía en su interior. Pasó el primer minuto, y luego pasó el segundo, y después de cinco minutos así se dio cuenta que ya no le costaba tanto respirar, ya no le ardían las branquias, sino que metía aire por su boca y la respiraban sus pulmones y poco a poco se dio cuenta de que no utilizaba la boca, sino la nariz.

Penélopez se llevo la mano a su nariz y se extrañó de tener una mano. Estiró dedo a dedo y se dio cuenta de que los veía bien. No veía tan borroso como cuando miraba a la superficie desde debajo del agua.

Ha funcionado, pensó emocionada. Estiró la cola y se impulsó para volver otra vez al mar, tan fresco después de su agonía que sus pulmones y el agua respirada con sus branquias fue la respiración más saludable del mundo. Y todo parecía tan pequeño ahora. O quizá fuera que ahora ella era más grande.

Sus problemas también parecían más pequeño. No hay nada como un cambio de perspectiva, siguió pensando. Durante toda la transformación las cosas no se habían parado abajo. Cintia y Vela retenían a Felipez que se había quedado petrificado al verla como al

—Eres una sirena—dijo en un susurro cuando al fin pudo articular palabra.

—Un monstruo de las profundidades… —dijo Vela.

—Ya hay dos por estos lares —completó Cintia—. Ves, Felipez, nosotras también sabemos rimar.

—No somos monstruos de las profundidades. Mi nombre es Tritón. A partir de ahora me conoceréis así, y a ella la conoceréis por Penélope, pues ya no es un jurel.

El jurel siguió sin moverse mientras observaba cómo Penélopez miraba a su nuevo semejante. Ahora le miraba diferente, le veía diferente. Ahora podía comprenderle mejor. Extendió su mano, estrenando por primera vez el sentido del tacto, y acarició el pelo sedoso de Víctor que dibujaba ondas en el agua. Él extendió su mano para tocar el pelo de ella. Sí ella también tenía pelo, para ser exactos una melena larga y castaña que tan pronto le rozaba los hombros como molestaba a pececillos desprevenidos que se ocultaban en él como si fueran algas.

El primer sireno y la primera sirena se miraron y se vieron diferentes a todos los seres, pero unidos hasta el final.

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Comments
4 Responses to “¿Quién querría unas piernas?”
  1. Jess, que historia tan romántica te ha tocado ilustrar. Lo has logrado muy bien, con su toque de ternura y colorido.
    Un saludo a las dos, a Virginia y a ti
    Conchita

  2. Jess dice:

    Muchas gracias, Conchita.

    Estaba algo estresada porque seguía con un encargo muy pesado y apenas pude dedicarle tiempo, pero al final parece que no está tan mal como yo creía 🙂

    Voy a echarle un vistazo a tu relato. ¡Un abrazo!

  3. tico dice:

    Fantástico tu relato Virginia, me ha encantado, está muy bien escrito. Has creado un universo magnifico con un vocabulario adaptado al medio marino muy acertado.
    Jess tu ilustración también esta muy bien, ese jurel te ha salido perfecto.
    Saludos.

  4. Montse Augé dice:

    Virginia, me ha gustado mucho tu relato, original y ágil. Los personajes son estupendos, muy logrados, has recreado una vida bajo el mar con mucha naturalidad y al mismo tiempo con mucha magia . La historia del humano y la pez (me encanta Penélopez) le da un toque de romanticismo muy especial. Enhorabuena!!!

    Y la ilustración, Jess, magnífica, con el coral rojo, punto de encuentro de los dos amantes.

    Enhorabuena a las dos!!

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