A medio camino del paraiso

Autor: Olga Besolí

Ilustrador: Pilar Puyana

Corrector: Elsa Martínez

Género: relato ( a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

“Había llegado tan cerca, tan cerca, que por un instante casi había podido husmear el aroma dulce de la tierra prometida, de la costa dorada por el sol, de las tierras fértiles bañadas por la brisa marina.”

A MEDIO CAMINO DEL PARAÍSO

De nuevo aquella vieja historia pasó fugazmente por su cabeza. Todavía no atinaba a recordar con exactitud ni quien se la contó ni cuando. Ni porqué quería aflorar entre la amalgama de sus pensamientos en ese preciso instante. Pero allí estaba, flotando entre sus recuerdos dispares al igual que lo hacían los cuerpos vencidos sobre las aguas. Un cuento. No, una leyenda. Una vieja leyenda sobre una casa. ¿Casa? La imagen se desdibujaba en el interior de su mente aún unos segundos antes de volverse nítida, al igual que hizo el horizonte nocturno momentos antes, al replegarse bajo aquella gran ola rompiente. ¿Casa? No. Él ya no tenía casa. La había vendido. Por un sueño. El mismo que acababa de volcarse con la ruinosa embarcación. Pero eso carecía de importancia ahora. Por fin se sentía aliviado. Ya no le abrasaba aquella quemazón en sus pulmones, ni le herían las punzadas palpitantes de calor en la brecha de su cabeza. El dolor parecía haber ido desalojando su cuerpo poco a poco, sigilosamente, como el huésped que abandona un hotel de noche y a escondidas, dejando únicamente, tras su paso, un pequeño rastro de cosquilleos en las puntas de los dedos: los largos y huesudos de sus manos y los achatados, deformes y curtidos de sus pies descalzos, que ya no se movían. Las convulsiones habían ido cesando paulatinamente. Sus miembros ya no se resistían al vaivén, balanceándose mecidos por el oleaje, pesados e inertes, ausentes de todo arrebato o signo de rebelión. Su cuerpo se había ido relajando mientras él observaba atónito su propia y resignada aceptación de los funestos designios que le deparaba el destino. ¿Destino? No, nunca fue ese su destino, sino el paraíso. Un reino de lujo y porvenir. Un mundo nuevo que le recibiría con las puertas abiertas y donde le esperaba un futuro sin hambrunas. Y un trabajo. Según primo, a ese lado del estrecho llovían más ofertas de trabajo que agua caía del cielo en toda África durante la estación de lluvias. Y abundaba la comida. Y los objetos. Cosas de todo tipo. Útiles y utensilios inservibles; adornos y aparatos. Ropas. Joyas. De todas clases. Todo esperando su llegada.

Había llegado tan cerca, tan cerca, que por un instante casi había podido husmear el aroma dulce de la tierra prometida, de la costa dorada por el sol, de las tierras fértiles bañadas por la brisa marina. Las que se escondían tras aquella espantosa tormenta que tiró su sueño por la borda. Aquellas que no pisaría jamás. “Primo, allí donde yo he estado ganarás tanto dinero que podrás comprar todo lo que quieras, aunque no lo necesites. Y cuando vuelvas aquí serás rico. Como yo.”

Al principio pensó que primo mentía, como otras muchas veces, pero se dejó engatusar por aquellos destellos dorados. “Mírame bien. ¿Ves el reloj que llevo? Pues tengo dos más. Además, dice la hora. Tú no tienes nada. Así que tampoco tienes nada que perder. No sé a qué esperas. Vete.”

La última sequía había evaporado hasta la última gota de agua potable en quince kilómetros a la redonda. Estando los pozos y charcas infestados de podredumbre, convertidos en tierra árida y requemada por el sol, acabando su última y famélica res muerta por deshidratación, todas sus posesiones se habían ido al garete. Por no tener, no le quedaban ya ni soluciones para afrontar los duros meses invernales que se avecinaban. No le quedaba nada. Nada en absoluto. Salvo un techo. El de su casa. Él era dueño de una casa. La que vendió por ese maldito pasaje al paraíso. Pero él no era como primo; nunca lo fue. No quería enriquecerse como él; solo sobrevivir. O como las gentes de esa historia con esos… hombres ricos… viviendo… alejados del paraíso… ¿Por qué no podía recordar los detalles? ¿Por qué tenía la sensación de que algo le unía a ellos? No. Imposible. No se parecían en nada a él. Él no había alcanzado el paraíso. Ni siquiera había llegado a verlo. Él solo compró un hueco en un trozo de madera flotante al que llamaban “patera”. Tiró todo su dinero al adquirir ese minúsculo vacío negro y apestoso en el que apenas cabía, con el dinero que le dieron por malvender su única posesión: su casa. ¿O quizás fuera un castillo? Sí. Ahora creía recordar… eran viejos caserones… eso era… casas como castillos. Por eso no lograba fijar una imagen. Entonces lo supo. Era la razón por la que se deshacían en su cabeza como el barro mojado. Nunca antes había visto un castillo, ni otra construcción semejante. En el pueblo todas las casas estaban hechas de adobe; el único edificio construido con ladrillos era la escuela, recuerdo de los antiguos misioneros, que enseñaban a leer a los niños y a confiar en Dios mientras se morían de hambre o eran reclutados para la guerra. ¿Cómo serían en realidad los castillos? ¿Quién viviría dentro? Intentó fijar sus ojos vidriosos en un punto, para grabar una imagen en sus retinas, pero solo distinguió formas oscuras, bultos humanos agitándose entre brotes de espuma, luchando contra las aguas para evitar ser engullidos, moviendo desesperadamente piernas y brazos. Debatiéndose por ascender a la superficie. Intentando respirar. Boqueando. Muriendo. Nunca antes tuvieron la oportunidad de acercarse a las inmensas aguas marinas. La fascinación se trucó en horror mientras agonizaban engullidos por ellas, ahogándose en su interior, sorprendidos por su sabor salobre que abrasaba las gargantas y escocía en los ojos. Esos ojos desorbitados que reflejaban el pánico en más de un centenar de rostros desencajados. Demasiados hombres para una embarcación tan pequeña, tan frágil, que en cuanto partió mar adentro ya parecía destinada a hundirse bajo las aguas, con todos sus ocupantes, cual Titánic al extremo de la pobreza.

Algunos cuerpos serían encontrados y, aún sin vida, llevados a puerto para que sus restos descansaran sobre el paraíso. Pero otros muchos yacerían perdidos en el fondo marino por siempre, a merced de las corrientes. Solo unos pocos supervivientes, que los aduaneros de la costa podrían contar con los dedos de una mano, serían rescatados y devueltos a su lugar de origen. Deportados, decían. “De regreso al infierno, deberían de haberlo llamado”, pensaba él. “Eso sí, primo, tienes que evitar que te pillen los hombres de la costa. Si logras llegar sin que te vean, lo habrás logrado. Si no, ellos mismos te traerán de vuelta a casa.” ¿Qué casa? Él ya no tenía casa.

Ni falta que le hacía. Para él no existía la opción de vuelta. Solo quedaba alguna oportunidad para aquellos que se agarraban fuertemente a las maderas flotantes; que peleaban por ellas con uñas y dientes. Aquellos que eran capaces de matar por no morir. Él no lo fue. Demasiado débil. El hambre y la sed que arrastraba desde hacía meses hicieron flaquear sus pocas fuerzas. Y no pudo resistirse. Otros lograron arrebatarle el tablón al que se amarraba desesperadamente. Aquel que le hubiese salvado la vida. Se le resbaló de entre las manos cuando sintió el golpe de aquella patada en la cabeza. Inmediatamente notó el hilo de sangre caliente que brotaba y resbalaba sobre su cara, vertiéndose sobre las aguas, formando una mancha oscura. Luego, su visión empezó a nublarse. Entonces fue cuando distinguió claramente que el viaje para él había concluido. Nunca saldría de allí. No llegaría a ninguna parte. Fin del trayecto, a medio camino del paraíso.

Y murió. Lo hizo apaciblemente, yaciendo sumergido e inerte bajo las frías aguas atlánticas. Falleció dentro la calma mortuoria que imperaba unos pocos metros bajo la superficie turbulenta y salpicada por el temporal. Allí donde ya no se sentía el frío, ni el agotamiento, ni la desesperación de no poder sorber una bocanada de aire más. Donde los latidos del corazón se espaciaban y el cuerpo se precipitaba hacia las profundidades que lo reclamaban, ajeno a lo que ocurría por encima de su cabeza, aquel movimiento frenético de esos seres convulsos agitándose en la desesperación que le inspiraban una profunda ternura y compasión, mientras pensaba “no luchéis, dejaros llevar, aquí abajo no se está tan mal”.

Fue extrañamente consciente que ya había fallecido al escuchar el silencio absoluto que se cernía sobre él. El miedo había abandonado por completo su ser. La oscuridad impenetrable lo envolvía mientras seguía su imparable descenso hacia las profundidades marinas. Entonces contempló, quizás con el último hálito de luz que sus retinas captaron remotamente, a su abuelo paterno cuando no era tan viejo, con el primo de chico en su regazo. Y junto a ellos estaba él mismo siendo un niño, casi un bebé, escuchando atentamente como el abuelo les contaba una historia. Un cuento. Era una vieja leyenda de otro continente, situado al norte, al otro lado de un estrecho que separaba dos tierras y dos mares. Y ese continente estaba poblado de grandes señores antiguos que vivían en paraísos de caseríos señoriales. Se vio a sí mismo escuchando aquel relato atentamente, mientras el abuelo explicaba, con todo lujo de detalles, que tal era la riqueza con el que se rodeaban esos hombres en vida, y con las que adornaban sus preciosos hogares, que cuando morían, se negaban a apartarse de ellos, permaneciendo allí hasta el fin de los tiempos; habitando en aquellas casas donde habían vivido cuando aún tenían un hálito de vida, pues ahora eran solo espectros que se aparecían por la noche. Fantasmas.

La luz se disipó en sus retinas y la profundidad penetró en sus ojos. Había logrado recordar. Y ahora, por fin, entendía. Su cuerpo había muerto, pero dentro de él sentía que en su ser anidaba todavía mucha vida. Quizá él era ahora uno de esos espectros. Un fantasma. Así que hizo un pequeño esfuerzo y, a empujones, se desprendió de ese cuerpo muerto que lo envolvía. Al quedar el cuerpo hueco pronto empezó su ascenso hacia la superficie, como una bolsa de plástico vacía. Él se apartó y siguió camino abajo. Hacia la negrura. Hasta tocar el lodo del fondo marino. Y empezó a andar, sumido en una gran sensación de soledad y vacío. ¿Qué iba a hacer ahora sin cuerpo y sin nada? Había vendido su casa. ¿Vagaría, entonces, por toda la eternidad, sin hogar y sin destino, bajo las aguas, a medio camino del paraíso?

Olga Besolí

Anuncios
Comments
9 Responses to “A medio camino del paraiso”
  1. “Nuestras vidas son los ríos
    que van a dar a la mar
    que es el morir;
    allí van los señoríos
    derechos a se acabar
    y consumir…”

    Olga, tu relato me atrapó de principio a fin.

    Muy buena ilustración de Pilar.

    ¡Felicitaciones!

  2. chusdiaz dice:

    Muy bonito, Olga, y muy triste a la vez… Has planteado una visión diferente del mar, que se convierte en una invitación a reflexionar. Felicidades a ti y a Pilar por la ilustración!

  3. Pilar dice:

    Gracias a las dos por vuestros comentarios.

  4. olgabesoli dice:

    Gracias… la verdad es que la ilustración de Pilar es muy buena. Siento mucho que no esté colocada donde debía (ya mandé un mail a la organización a ver si lo arreglaban). De todas formas, ha sido un placer trabajar con ella.

  5. tico dice:

    Olga, maravilloso relato, has descrito las sensaciones del protagonista a la perfección como si tu misma las hubieses vivido, ademas está muy bien escrito.
    Pilar, tu ilustración también me gusta mucho, sobretodo por el color del mar ya que me ha recordado a la sabana africana.

  6. Montse Augé dice:

    Me ha gustado mucho Olga, muy emotivo,hace pensar, haces que te metas dentro del personaje al describir tan bien lo que siente y lo que vive. Todo un homenaje en memoria de tantos sueños que quedaron bajo el mar.

    Pilar, la ilustración transmite tan bien como el texto esas sensaciones, el dolor y la pérdida. Enhorabuena, habéis realizado un trabajo magnífico.
    Un abrazo!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: