Coral

Autor: Mariola Díaz-Cano Arévalo.

Ilustradores: Laura Vazval y Julio Roig.

Corrector: Federico G. Witt.

Género: relato (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Laura Vazval y Julio Roig. Quedan reservados todos los derechos de autor.

CORAL

—Sabemos que colaboró con el nazi John Rabe en Nanking.

—Colaboraría con cualquiera que quisiera salvar a gente indefensa de una matanza.

—Entonces no lo niega.

—Es usted muy perspicaz.
—Tenga cuidado con sus ironías, oficial.
—Y usted con su tono acusatorio. Y yo no tengo ningún rango

.
—Es usted un oficial dela Armada Real.
—Ah, sí, es verdad. Es oficial que ese hombre que usted dice que soy lleva desaparecido veinte años, pero lo que yo quiero saber es si este… interrogatorio también es oficial, porque tengo muchas cosas que hacer y ya he perdido demasiado tiempo.
—Todavía debe responder a más preguntas.
—Me parece que no.
—Sí. No niega ninguno de los actos que le he…
—No niego ninguno de los actos de alguien que se llama Lung. Usted se los atribuye a James Thomas Bates, pero yo no puedo probar esa identidad, y ustedes tampoco.
—¿No puede o no quiere?

La pregunta se quedó flotando en el aire durante unos segundos, pero quien la había formulado borraba el gesto desafiante cuando Lung se puso de pie.
—Oiga, uno de sus capitanes más incompetentes me ha perseguido y acosado, obligándonos a mi tripulación y a la suya a meternos en una tormenta que nos ha puesto en gran riesgo a todos. Pero hemos arribado a puerto y he venido aquí voluntariamente para que me estén tratando, como poco, de desertor y criminal. Así que, a no ser que me hagan una acusación formal por algún delito probado contra intereses británicos en esta jodida parte del mundo, no tienen derecho a retenerme. Por lo tanto, me marcho ahora mismo.

Entonces, cuando el capitán Lung iba hacia ella, la puerta del pequeño despacho se abrió.

Un hombre de abundante pelo y espeso bigote cano entró con paso tranquilo pero firme. No era alto, pero sí de constitución fuerte. Las arrugas de la frente y alrededor de los ojos le endurecían la mirada traslúcida, y su uniforme de vicealmirante no denotaba la impresión inmediata de autoridad, sino que la realzaba porque le emanaba innata.

—Gracias, Lawrence. Me ocupo yo. Retírese.

Habló con la vista fija en Lung pero en un tono tal que el subordinado saludó y se marchó sin más.

Un minuto después los dos hombres seguían mirándose. Lung admitió para sí que había tenido mucha suerte sorteando fantasmas durante tanto tiempo, pero que tarde o temprano tendrían que aparecer. El más importante ya lo había hecho, y él también era uno. Ahora, aquél.

—Vaya… Si es usted el hombre que veo, sí que he envejecido. Por favor, siéntese
—dijo con una voz profunda, gastada por órdenes y salitre. Sin embargo, Lung permaneció inmóvil, aunque no evitó sentir el casi olvidado reflejo de cuadrarse. El fantasma sonrió con decepción, pero tampoco se sentó—. Bien, entonces concédame unos minutos para comprobar que de verdad perdimos a aquel joven guardiamarina tan diestro cuya inexplicable desaparición lamenté sinceramente.
—Parece que hoy se empeña todo el mundo en confundirme.
—Pero yo no soy todo el mundo, James. Sé que al menos no ha renegado de su nombre, como me ha contado su encantadora hija Yi Ze.

En un segundo, Lung sintió la sangre palpitándole en las sienes.
—¿La han traído? ¡Les dije que no la…!
—No se altere, por favor. Se ha presentado por voluntad propia y sí que se ha empeñado en hablar con «alguien que no fuera un simple uniforme». Parece que ha heredado su carácter y se la ve más que dispuesta a todo.
—¿Sigue aquí?
—No, se ha marchado. Y me ha rogado que le pida que la disculpe. Intuía que a usted no le iba a gustar su iniciativa, pero creo que será indulgente con ella. ¿Me equivocaré también?

Lung tuvo que suspirar y desvió un momento los ojos hacia el suelo; después los volvió a fijar en su antiguo y muy respetado instructor, el capitán de navío Francis M. Constable.

—Ya he contestado a todo lo que me han preguntado. ¿Qué más quieren?
—¿Qué quiere usted?
—¿A qué se refiere?
—Por sus servicios. Tengo entendido que son caros pero muy eficaces.
—No soy un mercenario y, en cualquier caso, no trabajo para ningún país.
—En su barco ondea la bandera china.
—Estamos en China y mi barco ha tenido grandes daños por culpa de uno de los suyos.

—Sí, me he enterado y me disculpo. Murray es algo impetuoso y poco diplomático, y yo mismo me he ocupado de reconvenirle debidamente, así como de que le sean abonados a usted todos los gastos por las reparaciones necesarias.

Lung se inclinó un poco hacia delante.

—¿Están intentando comprarme?

Esta vez quien suspiró fue Constable, que también se acercó pero dejó de mantener la firmeza en su gesto.

—Estoy intentando comprarle yo. Me gustaría contar con su experiencia en este país para que me ayudara.
—¿La Armadano puede ayudar a sus vicealmirantes?
—Es un asunto personal.
—Pues hay muchos otros como yo que…

—Pero usted tiene una hija. Hace dos meses que desapareció la mía aquí. Por eso he venido.

Lung vio en sus ojos la especial tristeza de la desesperación más absoluta. Cedió un poco.

—¿Y qué hacía aquí su hija?
—Se casó el año pasado. Su marido es arqueólogo y en marzo vinieron con una expedición al este de Shanghai. Sé que es temerario, según están las cosas ahora con esta guerra civil.

—Sí, lo es. ¿Pero está seguro de que han desaparecido? Quizá se hayan desplazado. Las comunicaciones no están nada bien.

—Sé que el ejército rojo pasó por allí y no encontró ningún rastro, tampoco de que hubiera habido algún tipo de… desgracia.
—¿Lo ha denunciado a las autoridades?

—Sí, pero ¿un marino inglés y con esta guerra?
—Constable negó con la cabeza y enseguida añadió—: Llevábamos tiempo sabiendo de usted, pero ha resultado ser bastante esquivo. Y la verdad es que es difícil reconocerlo. El pelo, la barba y ese tatuaje… ¿Qué fue?, ¿una quemadura?

Lung quiso acabar.

—Perdone, pero me temo que no sé en qué podría ayudarle, así que estamos perdiendo el tiempo y ambos lo necesitamos.

Constable lo detuvo dando un paso hacia él.

—Espere. Fueron ustedes la promoción más brillante que formé y, aunque cometí errores, no creí que me considerara una amenaza. ¿Lo fui?, ¿lo soy ahora?

—¿Cómo puedo saberlo? No tengo nada que ver con ustedes.

Entonces Constable se puso frente a él.

—Recuerdo bien sus ojos, y mis recuerdos no me los puede negar. Por eso sólo le pido que me permita darle mi versión de lo que pudo ocurrirle al joven Bates, pero si usted no me la acepta y no está dispuesto a nada, lo comprenderé. Si es verdad que lo perdimos y, sobre todo, lo perdió su familia, yo también se lo aceptaré. Pero si no, déjeme creer que mi hija también está bien y, por supuesto, no ha tenido razones para querer desaparecer.

La mirada de Constable fue tan reveladora que Lung decidió contestar, pero lo hizo en silencio. Sólo echó un vistazo a las paredes que los rodeaban.

—Entiendo —asintió Constable—.

Dígame el sitio y la hora. Yi Ze significa ‘feliz y brillante como una perla’. Me lo puso mi madre. Yi, además, significa otras cosas: ‘alegre’, ‘amable’ y ‘recordar’ o ‘acordarse’. Quizá por eso tengo tan buena memoria, aunque, tristemente, no de ella. El tío Tejón me decía que no pasaba nada, porque sólo tenía que mirarme al espejo para verla; si además lo acompañaba cuando tocaba el ku cheng entonando la última canción que me aprendía, su cara reflejaba que ella nunca se había ido.

No sé por qué conjuré su inexistente recuerdo cuando llegamos a Shanghai. Posiblemente porque mi madre actuó en dos ocasiones en la populosa y cosmopolita ciudad, y su éxito había sido tan enorme que se estuvo hablando de ello durante largo tiempo.

Ella se había emocionado mucho y comentó a menudo que le gustaría ir más e, incluso, que no le importaría vivir allí. Unos años más tarde el capitán Lung me llevó a mí.

Y es que, después de su larga recuperación, de su asociación con el tío Tejón y de encontrarme, el capitán quiso alejarse de Hong Kong, aunque estábamos bien en la casa de Lantau. Muy confuso y profundamente dolido por lo que le había pasado, y por mi madre y por mí, decidió que nos marcháramos.

No era una huida, ya que, supuestamente, él estaba muerto y a mí me habían abandonado. Pero quiso asegurarse por el causante de esa situación: mi padre. Y mientras éste continuara existiendo, el capitán sabía que nunca estaría tranquilo si, al no aparecer el cuerpo de James Bates, en algún momento —y a pesar de su mezquindad y falta de escrúpulos— Anthony Highmore pudiese albergar la duda de esa muerte o interesarse por mí.

Así que durante un tiempo vivimos en Shanghai.

Fue allí donde el capitán se hizo con el Old Oak, de una pequeña flota de mercantes cuya naviera había quebrado en la gran crisis mundial del 29. Los propietarios, americanos, habían tenido que vender —o más bien regalar— más de la mitad de sus barcos, y otros habían quedado inmovilizados en los muelles más alejados del bullicioso puerto. Uno era el Old Oak, y el capitán lo compró con una parte de las primeras ganancias serias que había obtenido con Tejón, pero, sobre todo, con lo conseguido en la primera y única partida de cartas que jugó en su vida.

Fue única porque nadie mejor que él podía saber lo que era tentar a la suerte, así que cuando ganó aquella inmensa suma, también supo que jamás volvería a jugar.

Ilustración de Julio Roig

Ilustración de Julio Roig

También fue allí donde yo comencé a ir a la escuela y conocí a mis primeros amigos. Hasta entonces, el tío Tejón me había enseñado la caligrafía más básica, que para mí era como un juego de dibujos, y luego yo se la enseñaba al capitán, que me la traducía y era con quien hablaba en inglés. Con cinco años recién cumplidos era una niña muy despierta, y el capitán, aunque inseguro todavía de poder —y querer— dejarme sola, sabía que yo necesitaba empezar a ser independiente y, más que nada, relacionarme con otros niños. El tío Tejón se mostró más reacio: que si aún era muy pequeña, que él podía seguir ocupándose… Pero al final entendió que sería lo mejor para mí.

Así que no mucho después de instalarnos, el capitán me llevaba al sitio que pensó que le daba más garantías: la misión de San Miguel, que estaba bajo protectorado francés y llevaban unas monjas de la orden de santa Clara.

La responsable era la hermana Isabelle, una mujer llena de bondad, que entonces tenía unos cuarenta y cinco años y hacía más de veinte que estaba en China. El capitán le dijo que les pagaría aquel favor. Ella al principio se negó: acogían a huérfanos, abandonados y enfermos, la mayoría niños.

No obstante, también tenían casos como el mío, ya que había muchos padres occidentales que, por distintas circunstancias, dejaban allí a sus hijos; incluso —aunque excepcionalmente— alguna pudiente familia china de ideas más abiertas también los llevaba para que tuvieran una educación más amplia. Sin embargo, el capitán insistió y ella terminó cediendo, conmovida por la imagen de aquel marino serio y de exquisitas maneras que, a pesar de su aspecto con la espesa barba y el inquietante tatuaje del cuello, no podía disimular su juventud y ya había sufrido el drama de quedarse solo con una niña tan pequeña y mestiza, con lo que eso suponía.

Así que, mientras el capitán ponía a punto el Old Oak, me dejaba en San Miguel por las mañanas y me recogía por la tarde, y si no él, el tío Tejón. Y en cuanto pudo navegar, no tardó en prestar servicios a San Miguel en forma de excedente especial de los cargamentos, sobre todo cuando eran de telas y alimentos, que empezó a hacer por la bahía y destinos cercanos. Sólo puso una condición a la hermana Isabelle: que, si fuera posible, evitaran imponerme cualquier tipo de creencia religiosa. Él no las tenía y prefería que yo conociera todas las clases de dioses —celestiales y terrenales— sin que me dijeran cuál era mejor o peor. La hermana Isabelle, muy respetuosa, entendió y aceptó.

De modo que, con un padre que siempre solía aparecer con obsequios como golosinas, ropa, comida o medicinas, me salieron amigos de todas partes. Y de entre ellos, sólo Xue, Rong y Huo se convirtieron en los mejores.

A Xue la había encontrado la hermana Lorene en un recóndito callejón dentro de un cesto. Era una niña y había nacido con un pie deforme, una condena segura para ella si no la hubieran recogido. Así que Xue siempre estaba a su lado y era muy tímida. Rong tenía a su madre pero ésta trabajaba día y noche y no podía dejarlo solo en casa.

Y Huo era uno de esos niños de buena familia que recibían clases aparte. Algo mayor, siempre quería ser el líder en todo. Era vehemente e impulsivo, pero también muy generoso y dispuesto a defender al más débil o cualquier causa perdida. Al principio me tuvo indiferencia por ser más pequeña, luego envidia porque sabía inglés, y después consideró que sería más productiva una alianza conmigo que una enemistad. Así que terminamos haciéndonos inseparables.

Pero entonces empezaron a recrudecerse los problemas con los japoneses, hasta que estalló el conflicto abierto.

Si tengo algún recuerdo verdaderamente claro de aquellos días es el de la bahía plagada de buques de guerra apuntando sus cañones a la costa; pero, en especial, de la silueta oscura, tan amenazadora, de los submarinos que de vez en cuando emergían o se hundían silenciosos, como aquellos monstruos marinos de los cuentos del tío Tejón. Que el capitán fuera inglés no suponía ninguna seguridad, pero su rápida negociación con los japoneses le permitió llegar a un acuerdo para trasladar a la población extranjera de Shanghai.

Yo había conocido a algunos niños japoneses, hijos de comerciantes, que de repente un día habían desaparecido. Había visto y oído el desprecio y las burlas hacia ellos; a mí también me las habían dirigido a veces por mi piel blanca. Yo no me sentía distinta a nadie y solía acallarlas respondiendo que la piel era de mi padre y todo lo demás de mi madre, y los dos se habían querido mucho. Me sentía satisfecha, pero sólo mucho más tarde entendí que, en realidad, esa unión era la más abominable.

Sin embargo, cuando más consciente fui de lo mal que estaban las cosas fue al oír discutir como nunca al tío Tejón y al capitán. Fue una noche en el Old Oak, donde volvíamos a estar tras dejar la pequeña casa de la ciudad. Ya me había dormido y me despertaron las voces. El tío Tejón llevaba semanas en las que tan pronto estaba malhumorado como triste, y muchas veces lo sorprendí maldiciendo y con los ojos llenos de más que rabia. Yo pensaba que era porque la mitad de la tripulación se había marchado para luchar, y ellos tenían que hacer el doble de trabajo. Sin embargo, esa noche el tío también quiso irse y se enfrentó con Lung.

Que si él no entendía por qué se combatía ya que aquéllos no eran su país ni su gente; sólo era otro extranjero más haciendo fortuna con lo que era de China, igual que los malditos japoneses y sus abusos y afrentas durante tanto tiempo. Sólo era otro inglés, y bien que se los conocía por piratas y explotadores de cualquier suelo del mundo que pisaran. Lo que ocurriera con los que habitaran allí nunca les había importado. Y tal vez, sólo tal vez, a él podría disculparlo porque había mostrado gotas de buena sangre al haberse encargado de una criatura condenada como yo, pero…

El tío Tejón no acabó y yo, que me había acercado a la puerta entreabierta del puente y no había entendido bien aquella última frase, me quedé inmóvil al asomarme un poco y ver que el capitán solamente daba un paso hacia él. No lo tocó, pero para mí fue como si de pronto se hubiera convertido en un gigante que fuese a levantar la mano para aplastarlo. Después le habló con una voz tan tranquila que me asustó más.

—Te debo la vida y nunca te la quitaré, Tejón, pero vuelve a hablarme así o intenta envenenar a la niña con ese discurso y te juro por esa vida que desearás no haber nacido. Y ahora, si quieres ir a que te maten, adelante. Así ya no te deberé nada.

Ya no los vi discutir más.

Al final, también tuvimos que marcharnos de Shanghai. El capitán ayudó a evacuar San Miguel y fue entonces cuando perdí el contacto con mis amigos, porque Rong ya no estaba y la familia de Huo, cuyo padre era militar, se había ido antes. Sólo Xue se quedó con las monjas, y durante la travesía a lugares más seguros pudimos estar juntas.

El capitán, sin embargo, realizó más viajes a Shanghai para trasladar a refugiados que vinieron de Nanking. Lo hizo después de conocer a dos trabajadores de la fábrica alemana de Siemens con sede allí que habían contado lo que pasaba.

Alemania tenía firmado con Japón un pacto que, supuestamente, protegía a sus ciudadanos. El responsable de la fábrica, John Rabe, había creado un comité internacional y una zona de seguridad para la población civil dentro de la ciudad con la ayuda de más europeos. Rabe, afiliado al partido nacionalsocialista, incluso había apelado al propio Hitler para llamar la atención sobre el conflicto. Sólo ganó tiempo para ir sacando poco a poco a los civiles que pudo. Muchos se quedaron a medio camino de Shanghai pero otros sí lo lograron y también contaron de primera mano el infierno dela Ciudaddel Cielo, un infierno sólo comparable al que más tarde se desató en Europa y sólo superado por la inigualable devastación del Japón al final de la guerra mundial.

El capitán Lung, al que, después de haber burlado a la muerte una vez, no se le pasó por la cabeza volver a conjurarla en ninguna lucha más que en la suya propia, decidió que, al menos, combatiría así en aquélla. Al fin y al cabo, un dragón de esos mares lo había mecido bajo el agua para devolverlo a la vida. Así que el Old Oak, donde por primera vez ondeó la bandera británica, estuvo haciendo travesías entre destructores de la marina imperial japonesa durante buena parte de aquel aciago invierno del 37 y el 38. Después retornó a Lantau, aunque apenas estuvimos un año antes de trasladarnos a la cercana isla de Hainan, a la ciudad de Sanya.

Allí, la presencia japonesa tras la invasión era menor, así que vivimos relativamente tranquilos durante algunos años; yo, incluso, feliz, puesto que para mi enorme sorpresa me encontré de nuevo con Huo. Y es que el coronel Wu, su padre, había perdido un brazo y lo destinaron allí, donde tenían parientes lejanos.

Huo y yo íbamos a una escuela internacional y el capitán supervisaba también mi formación, aunque fue una época en la que estuvo muy ocupado: conoció a João de Gonzalves y… se enamoró, o al menos eso me pareció, porque hasta entonces nunca lo había visto estar mucho tiempo con una mujer. Ella se llamaba Lin Yuan y era enfermera en un hospital. Era simpática y muy guapa, con ojos muy rasgados y boca redonda. A mí me gustaba, y el capitán parecía haberse vuelto tan chiquillo como yo, incluso se afeitó la barba y todavía lo parecía más. Sin embargo siempre tenía tiempo para mí y, así, también me enseñó a nadar bien y a bucear.

Las playas de Sanya y de la vecina bahía de Yalong eran de una arena muy fina y blanca, con aguas transparentes de fondo poco profundo y preciosos arrecifes de coral. Huo y yo íbamos con frecuencia con más amigos, y a veces también venía el capitán, sobre todo cuando éramos pequeños. Apostábamos a ver quién aguantaba más la respiración, distinguía más estrellas o erizos, o contaba más pececillos. Después, al cumplir los catorce años, y coincidiendo con su relación con Yuan, el capitán me dejó una libertad inimaginable para otras chicas de mi edad. De modo que fue una época inolvidable porque dejamos de lado un poco el siempre tenso ambiente que nos rodeaba y la guerra mundial, pero también porque Huo y yo nos hicimos más que amigos.

El primero que lo vio fue el tío Tejón. Yo solía volver a casa para contar que Huo había hecho esto, aquello y lo otro, que me había regalado un collar de coral, que habíamos ido a este sitio o al otro…
—¿Solos?

—No, no, tío, ¿cómo se te ocurre?

El tío asentía con la sonrisa de «a mí no me engañas y lo sabes, pero ten cuidado, porque tu padre se va a enterar y yo no me haré responsable». Por supuesto que el capitán se enteraba, pero le bastaba con mirarme para saber que si de verdad me ocurría algo importante, se lo diría. Y ocurrió.

Fue un beso —el beso— al regresar un atardecer; el regalo por mis dieciséis años; para mí, el mejor de toda de mi vida, pero también el más corto. Al día siguiente, Huo me decía que se marchaban. Los japoneses se rendían aquel final de agosto tras la hecatombe nuclear sufrida y el gobierno reclamaba a todos los jefes militares para controlar su retirada de China. Además, Huo quería seguir los pasos de su padre e iba a alistarse.

No tuve que decir una palabra cuando el capitán me vio al llegar aquella tarde, y su consuelo tampoco las necesitó porque simplemente se pasó la media noche que no pude dejar de llorar con su brazo rodeándome los hombros. Sólo cuando el llanto me agotó le oí decir una única frase.

—Eh… Habrá otros mejores y más bonitos, ya lo verás. Y siempre tendrás los míos, ¿verdad?

Fue mucho más tarde cuando me enteré de que ese mismo día él había roto con Yuan; el fin de la guerra también significaba su vuelta a casa y, como por arte de magia, el capitán se convertía en el extranjero blanco terminantemente prohibido para su familia. Sin embargo, fue él quien se sintió un idiota por ser incapaz de aprender la lección.

Yo ya sólo volví a la playa una vez para nadar hacia los arrecifes, sumergirme y esconder entre ellos el collar de coral. Después le pedía por favor al capitán que me dejara acompañarlo.

Ilustración de Laura Vazval

Ilustración de Laura Vazval

Al verme frente a San Miguel, no pude evitar un sentimiento tan triste como alegre. Shanghai todavía mostraba muchas huellas de la guerra y la misión por poco no había sido totalmente destruida. Pero ahora todo parecía igual, con los mismos sonidos. Aún no había entrado por la puerta principal cuando oí la voz desde detrás.

—¿Yi? ¿Eres tú, Yi? ¡Sí, sí, eres tú!

Los pasos descompensados y el tono de campanilla. La sonrisa de Xue se había hecho grande y luminosa, y creo que a mí me salió igual.

—¡Xue, qué bien estás! ¡Qué guapa!
—¡No, no, tú sí que lo eres! ¿Pero cómo…? ¿Cuándo has llegado? ¿Y tu padre?

—Espera, espera…

Nos quedamos mirándonos de arriba a abajo y por fin nos abrazamos con más risas.

—¡Ven, vamos a que te vea la hermana Isabelle! ¡Qué sorpresa, qué alegría!

Entonces, cuando entraba con ella, me fijé en el hábito que vestía. Sí… ¿qué otro destino si no? Acepté el pensamiento de mala gana. Quizás también me negaba a aprender lecciones. Pero enseguida entendí, al ver a la hermana Isabelle en una silla de ruedas. La hermana Lorene había fallecido de una disentería al regresar tras la guerra y ella había sufrido un accidente, pero habían logrado reconstruir la misión con ayuda de las tropas internacionales.

La hermana Isabelle había envejecido mucho; sin embargo, su mirada canela seguía siendo firme y cálida a la vez. Salimos al porche del patio y hablamos toda la tarde. Me veían tan distinta, tan… mayor…; y yo me reí, pero todas nos admiramos de cómo nos habían cambiado esos años. Se entristecieron mucho al saber del tío Tejón, aunque no les conté la verdad de su final.

—Pero tu padre está bien —dijo la hermana Isabelle.

—Sí, sí. Tendría que haber venido ya, nos íbamos a encontrar aquí. Debe de haberse entretenido —contesté yo, algo preocupada por el retraso del capitán.

—Pues Huo también tarda. ¡Ah, pero si con tantas cosas no te lo hemos dicho! —Xue se dio un golpecito en la frente y yo me quedaba sin aliento—. También regresó y viene muchos días, aunque… —Xue se calló y miró a la hermana Isabelle, como buscando su permiso y a la vez disculpándose. Ésta sólo asintió levemente con la cabeza, pero pude advertir sus mutuas miradas tanto de tristeza como de resignación. Xue continuó, volviendo a sonreír—: Ha cambiado un poco, pero… bueno… también nos habló de lo que tú nos has contado.

Entonces apareció el capitán Lung acompañado del señor Constable, de quien tan grata impresión me había llevado. Xue estuvo a punto de echarse a sus brazos, dándole el mismo recibimiento que a mí, y él también la saludó cariñoso, igual que a la hermana Isabelle. A ambas les conmovió el brillo en los ojos que él les mostró, pero yo aprecié que ya lo traía y también observé el respetuoso segundo plano que adoptaba el señor Constable.

—¿Qué necesita, Isabelle? —preguntó el capitán—. Estaremos aquí un tiempo y creo que podré recuperar algún contacto.

—Quédense a cenar para celebrarlo. Con eso será suficiente por ahora.
—Por favor, déjenme ofrecerme también como intermediario para lo que sea —intervino el señor Constable.
—De verdad, las cosas están mucho mejor.

Pero, por el tono y una nueva mirada cruzada con Xue, tanto el capitán como yo supimos que no era así.

—Ah, hola, buenas tardes… No sabía que…

Wu Huo se paró en el primer escalón del porche y, cuando nos giramos y nos vio, su cara pasó de la sorpresa a la seriedad más inmediata. Yo creí que me quedaba prendida en sus arrebatadores ojos negros y su figura del hombre que estaba empezando a hacerse. Pero entonces también vimos a los dos soldados que lo flanqueaban, todos con el gesto adusto y el uniforme del éjercito rojo. ¿Huo… un comunista? ¿Con un padre como el suyo al que había querido imitar y que había adorado a Chang Kai Chek? Nuestra sorpresa también fue grande.

Y mientras nos observábamos, yo quise verme otra vez sumergiéndome bajo el agua de nuestros corales, pero la sentí fría y turbia. Enseguida le retiré la mirada para buscar la siempre clara del capitán.

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Julio 2011

Anuncios
Comments
14 Responses to “Coral”
  1. Mariola dice:

    Muchísimas gracias a Laura y Julio por sus fabulosas ilustraciones. Parece que el Old Oak es el gran protagonista para los últimos ilustradores que he tenido! Y esos colores y la luz conseguida en la ilustración de Laura son maravillosos!
    Encantada de seguir en esto y a preparar la próxima!

  2. Seira dice:

    Genial mariolita, como siempre, lo vuelves a hacer…… me hechizas con ese poder y ese saber escribir tan rebien.
    las ilustraciones son maravillosas, esa luz del mar de verdad que evoca.
    ayssss que toy como loca con tanto arte.
    muaaccccccc

  3. Mariola qué novela tan estupenda estás hilvanando a capítulos. Hay tantos nombres y tantas cosas que habrá que tomar notas no?
    La ilustración de Laura es tan sutil y luminosa como todas las suyas. Preciosa. Es una creativa nata.

    • Mariola dice:

      Qué me vas a decir de tomar notas, Conchita, jajajajaj! Ya se me pierden! Muchas gracias por tu comentario. Sí, esto va camino de novelilla, vamos a ver cuándo acaba o… dónde corto, jejejejej!

  4. Y el velero de Julio Roig es precioso y muy bien encajado en esas coordenadas..

  5. ¡Qué estupendo trabajo habéis hecho! Mariola, te leí anoche. Es la primera vez leo un texto tuyo. ¡Decirte que me quedé enganchado! A tu prosa tan sólida, a esos diálogos perfectos, la ambioentación -especialmente la del Old Oak-… no recordaba estar leyendo hasta haber terminado. Tremendo.
    Las ilustraciones de Julio y Laura son geniales. ¡¡De verdad, mi enhorabuena a los tres!!

  6. María Paloma Muñoz dice:

    Mariola te envié un correo para comentarte lo mucho que me está gustando tu historia y tus personajes. Una novela ¡ya! con esa historia tan original y estupenda. Te está quedando niquelada la novela del capitán Lung. Besos

  7. tico dice:

    Hola Mariola, me ha gustado mucho tu historia, está muy bien escrita y con un estilo suave que me llevaba hasta el final sin darme cuenta.
    Laura tu ilustración es un maravilla, me encanta el rostro de la chica, el fondo del mar, la minuciosidad de los corales, los reflejos del sol, etc, muy buen trabajo.
    Julio la tuya también está muy bien, me gusta mucho la técnica que has usado. Ese barco te ha salido perfecto.
    Fantástico trabajo.

  8. ¡Qué trío fenomenal!

    Felicitaciones.

  9. Mariola dice:

    Gracias, Tico y Rosina! Encantada de que os guste todo!

  10. Nuria Alvarez dice:

    Enhorabuena Mariola, haces que leer sea uno de los vicios más maravillosos del mundo. Me he quedado enganchada a tus historias. Bravo, bravísimo. Expectante estoy ya a la siguiente entrega.
    Impresionante relato y muy buenas ilustraciones. Gracias por tanto

    • Mariola dice:

      Ay, Nuria, muchas gracias. De verdad que es estupendo que os estén gustando las historias. Yo me lo estoy pasando genial escribiéndolas. Muchos, muchos besossss!

  11. Montse Augé dice:

    Pues yo también me he enganchado a tu historia Mariola. Si no he entendido mal hay unas entregas anteriores no?. Pues habrá que leerlas. Muy bien escrita y una ambientación histórica perfecta. Enhorabuena.

    Enhorabuena también a los ilustradores, estilos diferentes pero que encajan a la perfección con el relato.
    Un trío estupendo!!!FElicidades!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: