Del azul al negro

Autor: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Fernando Halcón

Corrector: Elsa Martínez

Género: Relato

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración correspondiente es propiedad de Fernando Halcón. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Bajo la tierra que sirve de suelo al mar hay enterrado un océano.

Del azul al negro.

Leí en algún libro la historia de aquellos jóvenes. O eso creo. Chico y chica. Él todavía niño y ella ya adolescente. Se divertían jugando en el agua de alguna playa de no sé dónde; tampoco sé a qué jugaban. Lo que sí sé es que el chico, tras golpearse la cabeza contra una roca del fondo, perdió el conocimiento. Un desgraciado y fortuito lance. Entonces su cuerpo liviano comenzó a aflojarse; a hundirse ante la mirada de ella. Atónita y desesperada. Lo hizo muy despacio, tragado por una cadencia tan irreal como inexorable.  Sé también que la chica ya adolescente reaccionó a tiempo y se lanzó bajo las olas decidida a dar con él. Los nervios la atenazaban. Estaba rígida y se movía torpemente bajo el agua. Por eso, en el fondo del mar de aquella playa de no sé dónde, el cuerpo del chico todavía niño le pareció tan pesado como el de un hombre adulto. Iba a necesitar más que un esfuerzo para remontarlo hasta la superficie. Aun así, lo logró. Y lo llevó hasta la arena donde, a salvo de olas y corrientes, trató de reanimarlo. El niño entregó su boca y confió su alma al aliento de ella. Y llegó la tos y volvió la vida. Después de un par de estertores de agua con sal, un torrente de oxígeno alcanzó hasta el último de los alveolos de él. Ella lloró de alegría. Besó aquellas mejillas de niño que recobraban por momentos su color. Él lloró de desconcierto y de miedo ante la certeza de que algo grave había estado a punto de suceder. Se abrazaron en mitad de la sorda quietud que les envolvía. Un silencio sólo roto por el murmullo de las olas. Casi completo. Aún tardarían un tiempo en comprender que, durante su accidentada inmersión, por alguna causa inexplicable, toda la gente en todo el planeta había muerto. A partir de entonces, estarían solos los dos en el mundo.

He olvidado el título del libro y también el nombre de su autor. Pero esta historia ha pasado a ser esencial para mí. Tanto que desde hace tres días o, mejor dicho, dos noches, he decidido no volver a dormir más. Nunca. Sé que a priori esta vigilia autoimpuesta no parece guardar relación alguna con el hilo de la novela. Lo sé. Pero es que hay más. Es también desde hace tres días que el argumento de esa ficción es mi único recuerdo. El resto está en blanco.

Vago por esta ciudad que he olvidado o que quizá ni conozco; pero  ya no me desespero. Tampoco hoy he visto u oído a nadie. A nada que tuviera la vocación del movimiento. Ha sido mi tercer día aquí. Muy parecido a  los dos primeros: solitario; polvoriento. Aunque ciertamente, más tranquilo. Más reposado. Quizá porque ya he asumido esta nueva realidad. Nueva y también única para mí porque es la que conozco. Pánico y desconcierto al principio. Ni siquiera hubo un despertar, un primer instante. De repente, estaba ahí. Arrojado. Deambulando por una gran avenida desierta. Examinaba las calles nerviosamente; andaba escudriñando  a conciencia las esquinas y hasta los rincones de las esquinas, los bajos de los edificios y el espacio íntimo entre los coches quietos y el asfalto seco. Y  sólo un recuerdo en la memoria: dos chavales, un chico aún niño y una niña ya adolecente, descubriendo un mundo aniquilado que se olvidó de aniquilarlos también a ellos; el recuerdo huérfano de una lectura. Y sólo una intuición certera en el alma: ‘no te duermas’. Así se fue quemando el primer día y su correlativa noche y la subsiguiente mañana del segundo día: sin tiempo siquiera de hacerme preguntas. Sólo ocupándome y preocupándome de dar con otras presencias. Preguntándole al vacío si había alguien más allí. Y como sola respuesta el vacío mismo.

La segunda noche experimenté el horror de rendirme al sueño. Conforme el cansancio aumentaba, iba menguando mi conciencia de alarma. Empecé a caminar más despacio, a relajar mis sentidos, a sentirme en exceso relajado. Mi percepción del riesgo se volvió brumosa. Diluida entre bostezos. Terminé por sentarme en el suelo, junto a una cabina de teléfono en la que recosté la espalda. Necesitaba detenerme. Estaba roto. Extenuados el ánimo y la conciencia. Y, poco a poco, me abatió el agotamiento y mis ojos se cerraron. La pesadilla arrancó de inmediato. No podía respirar. Lo intenté con toda mis fuerzas, pero una dificultad insólita me impedía llenar los pulmones de aire, como si estos estuviesen anegados de cemento líquido. Después, el mareo y la náusea. Desperté al límite. De haberse prolongado un segundo más aquella asfixia, habría muerto. Estaba seguro de eso. Abrí cuanto pude boca y pulmones y cogí aire aspirando todo a mi alrededor. Tomé oxígeno y tragué polvo de alquitrán. Sentí lágrimas resbalar por las mejillas, probablemente, fruto del prurito que hacía arder mis ojos. Mi piel estaba seca y el pensamiento algo embotado. Tal y como me había aconsejado la intuición, no me volvería a dormir. Nunca.

Es ya la tercera noche que no duermo y que no sé responder a nada. Quién, qué, por qué. Cómo. Sólo y solo camino. Y oigo algo. Son pasos que me siguen lo que escucho. Sin duda. Pasos de alguien. Alguien al fin. Pero estoy tan reventado como contento, y por eso, de momento, no me giro. Prefiero no saber aún. Temo la desilusión de un espejismo. Andaré un poco más. Un rato sabiendo o creyendo que no estoy solo aquí. La ciudad desierta y los pasos que me siguen todavía siguen tras de mí. Me arrulla el ritmo de sus pisadas. Por primera vez desde que empecé a ser en esta irrealidad, recupero la agradable sensación de estar acompañado. La recuerdo en abstracto; algo es algo. No hay viento ni luna ni hace frío o calor. Sólo es de noche y no tengo sueño. Porque sé que no ando solo sino en compañía de unos pasos que son mi sombra. De repente una voz surge y deja de ser sólo pasos: ‘¡Eh, tú!’. Voz de niño o de niña. Me vuelvo. Es una niña. No es la misma niña de mi recuerdo. No se le parece. No la conozco pero ella me mira con fastidio, igual que lo hace quien guarda un reproche para el pariente o el amigo. ‘Ya era hora’, dice como si le molestase el tiempo que ha invertido en seguirme o el que haya podido pasar buscándome. ‘¿Te conozco?’, le digo yo. La pregunta es estúpida. Sé la respuesta: no la conozco porque no la reconozco ni la recuerdo. Más bien debería haberle preguntado si ella me conoce a mí. ‘Pues claro que no,  idiota. Aquí no conoces a nadie.’ Su seguridad me hiela. Parece que sí me conociera o conociera al menos mi situación o el entorno árido en el que vengo habitando. No es el tipo de ayuda que esperaba encontrar pero  es la ayuda que he encontrado. Me aventuro: ‘¿Sabes quién soy?, ¿tú me conoces a mí?’. Sonríe ahora como la niña que es. ‘Que sí, tonto. Tengo sed. ¿Me compras algo?’.

‘¡Eh!, despierta. No debes dormirte.’ Siento la rigidez fría de la muerte y siento después la vida volver en el último instante. Aspiro, tomo, devoro bocanadas de aire como si acabara de nacer. De nuevo las lágrimas y los ojos irritados. También de nuevo seca la piel y la razón desperezándose. La niña me mira y sonríe como si yo fuera el niño y ella la adulta. ‘¿Mejor?’, pregunta. Afirmo con un movimiento de cabeza. Pero estoy hecho polvo. Me doy cuenta de que habría muerto de no ser por ella. Estamos en la terraza de algún bar. Frente a mí una cerveza helada que nadie ha servido. Ella bebe sin interés un refresco de color imposible. Estamos solos. Le pregunto que qué ciudad es ésta. ‘Cualquiera.’, responde también sin interés ni misticismo. No voy a sacar nada de ella. Da otro traguito. ‘Vamos, bebe. No tenemos toda la noche.’, dice.

–No tengo sed.

No me apetece preguntarle nada más. No es por la ambigüedad de sus respuestas, ni por la poca fe que tengo en lo que una niña friki pueda aclararme sobre mi presencia en este lugar absurdo. No, nada de eso. Es más bien desgana. Desidia. Una suerte de indolencia me impide averiguar nada porque no sabré después qué hacer con ello. Ni al lado de qué ubicarlo. Porque para qué descubrir mi nombre si ni siquiera sé quién soy. Para qué; si aunque averigüe mi edad o estado civil seguiré sin conocer mi color favorito o en qué gasto el tiempo libre o si amo a alguien. Para qué si siempre seguiré incompleto. Son demasiadas las cosas que hay que saber para vivir la propia vida. Me aturde la inmensidad de lo que ignoro. Es más fácil seguir sin identidad. Y es que la identidad se sustenta en los recuerdos. Las vivencias, la nostalgia o el amor; todo son recuerdos. Incluso la esperanza y el deseo se basan en ellos. Sobre ellos calculamos, planeamos y finalmente edificamos las hipótesis sensibles del porvenir. Los recuerdos son las fotografías de verdades y mentiras que nos han atrapado a lo largo de nuestros días. Las retocamos según conveniencia y así certezas y falsedades se adecuan a nuestras necesidades. Éstas, a su vez, son condición sine qua non para estar vivo. La condición de posibilidad de la existencia. Y es que la vida, en definitiva, es un repertorio más o menos ordenado de recuerdos. Un álbum de fotografías retocadas. No sé quién soy ni sé nada, pero eso sí lo sé. He dejado de sentir mi vida en riesgo porque mi vida no es nada que yo quiera. Que yo añore. Porque no la conozco ni la echo de menos ni extraño a nadie en ella. Mi vida es poco más que un azar fisiológico.

–¿Hay algo que quieras saber?

–No.

No quiero. Me basta con saber que debo estar despierto para evitar el sufrimiento. Miro el  asfalto pero presiento su sonrisa condescendiente. Compasiva. ‘¿Cuánto crees que podrás resistir despierto?’. Sabe en qué pienso. ‘¡¿Qué?!’, grito. Estoy harto de este todo. De ella. ‘A ver, sí, explícame una cosa: ¿quién narices se supone que eres, niña?: ¿Un espécimen reducido de Cicerón? ¿Eres acaso el mesías? ¿El que ha de venir?  ¿Me vas a leer la mano o a echarme las cartas a ver qué pasa? ¿O sólo eres una niñita entrometida que ha venido aquí a tocarme…’, respiro profundamente y recuerdo que tiene menos años que yo dedos en las manos, ’…a tocarme la moral?  Bien, dime: ¿quién?’.

–Soy tú. Una parte tuya que no conoces. No tengo conciencia. No sé que existo; coincidimos en eso. Pero sí sé dónde estás tú en realidad.

Siento entonces la ropa pesada y húmeda; y aligerarse el cuerpo. La visión se hace borrosa igual que si estuviese mirando a través de unas lentes inadecuadas. La niña se difumina. La ciudad vacía se disuelve. Yo me desvanezco.

–Ya no puedes más. Tranquilo, esto tenía que llegar.

Mis brazos se mecen. Livianos. Ingrávidos. Los distingo elevarse sobre mi rostro. Con un movimiento suave los devuelvo a su reposo. Balbuceo un ‘por qué’.

–Ahora sí: duérmete. Déjate llevar y hasta resultará agradable. Me refiero al tránsito. Vamos, cierra los ojos, no te opongas. Yo te explico. No han pasado tres días desde que empezaras a vagar por esta ciudad: han sido apenas un par de minutos. No te lo ha parecido porque te estás ahogando. Te mueres. Ya sabes lo que se dice, que es un final dulce; un alivio con que obsequia la privación de oxígeno. Así que duérmete. No temas. Porque en realidad, cuando duermes, despiertas. Cierras tus ojos aquí y los abres en la vida que sí es tuya. La que está extinguiéndose. Tu cuerpo, el  de verdad, está bajo el mar, sentado al volante de un coche que nunca debería haber dejado el asfalto. La asfixia, el fuego en los ojos, los pulmones llenos de líquido, la tirantez de la piel o el embotamiento… Todas las sensaciones que te sacudían al dormirte eran reales. Terribles. Las primeras que provoca el ahogamiento. Y las sentías aquí, bajo el mar. Al poco, tu cerebro ha dejado de recibir oxígeno. Es un tiempo breve el que se resiste, pero suficiente para a alucinar y evadirte. Has moldeado el tiempo a placer. Lo has estirado como si  fuera un chicle y construido este mundo vacío. Y te has ido a él. Supongo que por eso recuerdas ese libro. O quizás recuerdas el libro a causa del mundo sin nadie que has recreado. No puedo saberlo. Sólo sé aquello que tú me permites saber. Ah, por cierto, el recuerdo que conservas se basa es una novela de Manuel de Pedrolo. El título te lo llevarás contigo. Igual que todo lo que no he podido contestar. Te vas con quién eres; con todo ese equipaje, pero sin conocerlo.

Recuerdo caer del azul al negro. Siento el agua inundando las fosas, la garganta, los pulmones y el estómago. Dulcemente me abandono. Me alejo. Frente a mí, caminan un chico todavía niño y una chica ya adolescente. Pasean bajo el mar. Hago un gesto con la mano. Quizá el último. Y saludo.

 Ilustración de Fernando Halcón

Ilustración de Fernando Halcón

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez.

Navàs, 29 de julio de 2011.

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Comments
8 Responses to “Del azul al negro”
  1. Describir unos segundos que parecen horas es angustioso y muy bien conseguido por Miguel Angel, con ilustración muy bonita de Fernando Halcón.

  2. laura vazval dice:

    Fernando, creo que nos leimos el pensamiento.
    !Que casualidad de ideas de composicion de imagen en tu ilustracion y la mia!
    Felicidades, me gusta mucho.
    Laura Vazval

  3. Miguel Ángel, qué bien escribes. Disfruto leyéndote aun cuando el relato sea un tanto siniestro como éste, melancolía e introspección en un mar onírico. Fernando, una imagen muy onírica también, no habla de muerte ni de oscuridad sino de sueños o recuerdos, la paleta de colores me recuerda a algunos cuadros de Chagall. Enhorabuena a los dos, un saludo, S.

  4. tico dice:

    MIGUEL ÁNGEL (en mayúsculas) me ha gustado mucho tu relato, tu estilo de frases cortas hace que el ritmo sea fluido y eso me encanta porque yo me despisto con facilidad y contigo es imposible. Me has arrastrado suavemente y me he sumergido de pleno en tu historia hasta tal punto que ni me acordaba que el tema era bajo el mar, y lo has resuelto magistralmente. Me ha recordado a un montón de películas o series (walking dead, soy leyenda, origen) pero por supuesto no están a la altura de tu relato. Enhorabuena, renacentista.

    Fernando, me gusta mucho tu ilustración, has hecho un gran trabajo tanto por la calidad como por la laboriosidad, felicidades.

  5. Montse Augé dice:

    Miguel Angel, te confieso que me he emocionado leyéndote. Leerte como siempre un placer, ha sido como zambullirse entre tus letras, coger aire y no parar hasta el final. He vuelto a la superficie con ganas de volver a leerte. Me has hecho viajar en el tiempo, el libro de Pedrolo que era lectura obligatoria cuando hacía Bachillerato. Una joya tu relato. Enhorabuena, eres un genio.

    Fernando, tu ilustración es estupenda, me encantan los colores y creo que has conseguido plasmar la parte positiva del relato de Miguel Angel, aunque relata una tragedia nos quedamos al final con una sensación placentera. Enhorabuena a ti también.

  6. Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios, todos habéis realizado un fabuloso trabajo

  7. Miguel Ángel is the fucking master! (y perdón por la expresión)

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