Mar de luna

Autora: Montse Augé

Ilustrador: Benjamín Llanos

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: relato, fantasía y drama (a partir de 16 años)

Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Benjamín Llanos. Quedan reservados todos los derechos de autor.

MAR DE LUNA

“Cuentan las leyendas de viejos pescadores narradas a orillas del mar, que bajo aquellas aguas se escondían los más increíbles secretos incapaces de ser imaginados por la mente de los hombres. El silencio bajo el mar era tan hermoso como la belleza de las criaturas que lo poblaban. Aquellos privilegiados que lo habían contemplado ya no encontrarían nada igual de bello sobre la faz de la tierra. Pero a medida que la luz pierde su poder e intensidad bajo las aguas, esa belleza es sustituida por algo a la vez inquietante y misterioso: la húmeda oscuridad, tan diferente en altamar, tan aterradora bajo el mar. El silencio, unido a las tinieblas, te engulle, te atrae de una manera inexplicable…es la fuerza del mar, inmensa. Seres monstruosos, de formas caprichosas adaptadas a aquella noche eterna, sirenas en busca de…..”.

 

– ¡Pero abuela! ¿Otra vez? Las sirenas no son monstruos, son bellas y amables, como la de mi cuento.

Luna se levantó corriendo y volvió llevando entre sus manos como un tesoro La sirenita de Hans Christian Andersen. Era lo único que conservaba de su madre. Su abuela Nora la observaba: Luna era su única nieta, desde los tres años le hizo de padre y de madre, ésta desapareció un buen día de sus vidas, las abandonó sin dar ninguna explicación. Realmente su huida se explicaba sola. Y su padre, su hijo, perteneciente a una estirpe sin fin de pescadores, o estaba en altamar o a años luz de Luna, siempre encerrado en sí mismo.

– Cielo, las sirenas, recuerda que ya te lo expliqué, también eran personajes horribles, mitad mujer, mitad ave. Con su hermosa voz atraían a los ilusos pescadores para hacerles naufragar…

De pronto calló. Miró con sus cansados ojos por la ventana. Miró aquel mar inmenso en el que ahora estaba el padre de Luna. Le daba miedo el mar, aquella criatura que mostraba sólo su parte más agradable, el color azul, las olas…pero el resto lo escondía en aquella inmensidad inavastable, oculto a los ojos humanos ¿Cuántos barcos, cuántos pescadores, marineros, permanecían ocultos y encadenados hasta la eternidad en el fondo de aquel abismo de agua? Muchos no volvían. Ella siempre se despedía de su hijo en su casa. Nunca lo acompañaba hasta el barco. Era incapaz de hacerlo desde que sucedió aquello. Sentía que vivía en tierra firme, pero su alma se sumergía continuamente en las profundidades de aquel mar embravecido, la arrastraba contra su voluntad. Tenía miedo. Sí. Miedo de lo que el mar no le dejaba ver. Pero ella sabía lo que escondía. No le hacía falta verlo.

– ¡Abuela! ¿Dónde estás? Fíjate-. Luna le mostraba el dibujo de una sirena-. Ahora dime que las sirenas son unos monstruos, ¿no ves qué hermosa es? No pueden ser malas.

*****

Después de dos semanas sin tener noticias, el barco pesquero del padre de Luna se dio por desaparecido. Ella se resistía a creerlo y cada tarde lo esperaba en la playa. Se sentaba en la arena, muy cerca de la orilla, casi sintiendo el agua acariciando sus pies. Sus ojos se perdían en el horizonte. “Ahora lo veré, ahora…”. Pasaba horas eternas haciendo apuestas consigo misma. Pero no aparecía. Lo más extraño de todo es que el barco desapareció sin dejar rastro, el equipo que estuvo peinando la zona no encontró nada. Parecía que se hubiese hecho invisible.

Aquella noche, después de mirar un rato por la ventana de su habitación, Luna consiguió dormirse. La invadió un dulce y placentero letargo, se sentía ligera como nunca. ¿Dónde estaba? Abrió los ojos y notó que se ahogaba, su boca estaba inundada de agua, no podía respirar. ¡Estaba en el fondo del mar! Del miedo pasó a la sorpresa. Y de la sorpresa a la alegría. ¡Su sueño! Siempre le decía a la abuela Nora que sería buceadora, para ella era lo más parecido a una sirena. Y Nora la miraba siempre aterrorizada y le decía que se quitase esas estupideces de la cabeza. Pero ahora nadie la observaba. ¡Era libre! Consiguió controlar su respiración y empezó a nadar. ¡Parecía una sirena! Su cabellera se movía dentro del agua, al compás de su cuerpo. Se miró las piernas. No. Sus extremidades no se habían transformado en ninguna cola con escamas brillantes. Pero tenía que estar a punto de convertirse en un pez o en sirena, porque si no, ¿cómo estaba consiguiendo respirar tanto rato dentro del agua? En aquel improvisado paseo marino se cruzaba con peces de colores, con algas, anémonas… ¡qué bello era aquello! Era el tesoro del mar, celosamente guardado. De repente le pareció ver un pez enorme entre unas rocas. Cuando estaba a punto de alcanzarlo vio como salía huyendo, sólo pudo ver….una cola enorme de color verde… ¿sería una sirena? Empezó a seguirla. Se adentraba más y más en las profundidades. Cada vez había menos luz. Entonces recordó las historias de su abuela. Pero su curiosidad fue mayor que su miedo y siguió y siguió… Sin saber el motivo se detuvo, dejó de nadar. Apenas veía nada. Empezó a sentir frío. Si nadaba hacia arriba volvería a la superficie. Pero una luz fue acercándose hacia ella. A medida que se acercaba más, Luna descubrió lo que se ocultaba tras ella: era la sirena más hermosa que jamás hubiera podido imaginar, incluso más que la de su cuento. Una larga cabellera dorada, unos ojos azules y una cola preciosa y brillante de color verde. Le tendió la mano. Y Luna se la dio. Nadaron juntas, todavía avanzando más hacia las profundidades, protegidas por la luz que desprendía la sirena. De pronto se detuvo. Le señaló con la mano algo a Luna. Ella siguió con los ojos hacia donde señalaba y descubrió….

– ¡Abuela, abuela…!-. Luna se despertó llorando, presa del pánico. Tenía las ropas y las sábanas bañadas en sudor.

– ¿Qué pasa? Estoy aquí, cálmate…-Nora la abrazó.

– ¡He visto el barco de papá! ¡Está en el fondo del mar!

*****

 

Ni su abuela ni nadie la creyeron. Una pesadilla. ¡Pero tan real! Estaba segura de que ella lo había vivido, no lo había soñado.

Aquella tarde, un extraño e inexplicable impulso hizo que Luna le pidiese a su abuela que le dejase ver una foto de su madre.

– ¿Pero para qué la quieres? Mejor harás olvidándola para siempre, ella ya lo ha hecho contigo.

Pero tanto insistió que al final accedió. Había escondido una fotografía entre las páginas de un libro.

– Toma, pero devuélvela, si tu padre se entera…

Luna la miró, sus miradas se cruzaron, no hicieron falta palabras. Vio como a Nora se le inundaron los ojos de lágrimas. Su padre tampoco volvería. Se sentó cerca de la ventana desde donde siempre contemplaba el mar. Aquella foto, la única imagen que conservaba de su madre; su mente era incapaz de recordar los detalles de aquel rostro, tan lejano ya. Lo que no se había ido nunca fue el recuerdo de sus caricias. Contempló la foto… ¡El corazón le dio un vuelco cuando descubrió que su madre era la sirena de sus sueños! Se levantó precipitadamente, dejando caer la fotografía en el suelo. Empezó a correr hacia la playa. Cuando llegó, se dejó caer exhausta sobre la arena. Su corazón no latía, galopaba como un caballo salvaje. Se sentía cansada, muy cansada. Y confusa, desorientada en su propio mundo, un mundo que había empezado a teñirse de unas sombras inexplicables. Había aceptado todas las pérdidas de su vida, aceptar no era la palabra exacta pero era lo único que había podido hacer con ellas, asumirlas para seguir viviendo. Pero presentía que lo que ahora le estaba sucediendo tenía algún significado especial. Y las respuestas estaban ahí: bajo las aguas azules que ahora se le antojaban grises y frías. Recorrió con la mirada la orilla, dejándose llevar por el vaivén de las olas que danzaban y murmuraban secretos cuando llegaban a la playa. Algo llamó su atención, las olas habían traído algo con ellas: había un objeto sobre la arena. Luna se acercó, curiosa y excitada. Era un reloj. Lo cogió cuidadosamente y por segunda vez en aquella tarde su corazón volvió a duplicar sus latidos: ¡el reloj de su padre! Lo reconocería entre mil. Se lo había regalado ella y había grabado su nombre detrás. Lo giró:”LUNA”. Si se lo contaba a su abuela no se lo creería. “Tú padre se lo debía dejar en casa y tú que eres tan fantasiosa has simulado haberlo encontrado, como si un personaje de uno de esos cuentos tuyos te lo hubiese dejado…”.Ésas serían sus palabras. No, no se lo diría. Sería su secreto, suyo y del mar. Lo escondería en su cajita de música.

Al día siguiente volvió: antes de sentarse ya lo vio. En la arena de nuevo, justo en el sitio en el que siempre se sentaba, junto a las rocas: había un anillo. De su padre. Nunca se lo quitó. Luna lo había sorprendido en más de una ocasión acariciándolo: estaba segura de que echaba de menos a su madre, fue incapaz de odiarla.

Luna regresó de nuevo, segura de volver a encontrar algo más. Había otro anillo, idéntico al de su padre, pero más pequeño. En su interior había grabada una fecha. ¿Qué significaba aquello? Contempló el mar, segura de que bajo aquel manto azul había respuestas a sus preguntas. Corrió hacia su casa.

-¿Pero qué pasa…?- . Nora vio como un torbellino que debía ser su nieta subía las escaleras.

Buscó su caja de música. Cogió el anillo de su padre. Tenía un presentimiento, tenía que comprobar… ¡comprobó que las fechas coincidían! ¡Era el anillo de su madre! ¿Pero entonces…su madre…no se había ido…? ¿Le habían ocultado algo? Algunas lenguas viperinas del pueblo contaban que su madre se había ido con otro hombre, un pescador también. Nunca nadie le explicó nada, ella tampoco preguntó.

Mientras tanto, bajo aquel mar tan cercano a Luna, los barcos fantasmas surcaban el fondo marino, en busca de aventuras, de seres con los que compartir su eterna travesía. Sus lamentos eran respondidos por el silencio, sus ansias de ver por la oscuridad. Alzaban la vista y los ojos de aquellas almas anegados en lágrimas saladas eran incapaces de alcanzar la luz, ni tan siquiera un destello. En la orilla, aquella niña, ajena a esta vida oculta, intentaba buscar una explicación lógica a aquella locura que se estaba desencadenando en su interior. Pero hay cosas que no atienden a la razón: esa era la causa por la cual Luna creía estar viendo en ese momento a su sirena, inmensa sobre el mar. Y ésa era también la causa por que su cuerpo se encogió cuando detrás de ella apareció una ser con unas alas enormes que obligó a la sirena a huir bajo el mar.

Luna ya no volvió a encontrar más objetos en la playa. Decidió que había llegado el momento de hablar con su abuela. No sospechaba que las arrugas que surcaban el rostro de Nora y aquellas eternas ojeras ocultaban algún secreto cuya carga era cada vez más difícil de soportar.

Cuando abrió la puerta comprendió que había llegado tarde: su abuela sostenía entre sus manos la caja de música.

– ¿Qué es esto, Luna?

– ¿Que qué es? Dímelo tú, llegaron a mí, sin más. ¿Tú lo sabes, verdad?

– ¿Pero qué voy a saber yo?- su voz temblaba.

– El anillo de mi madre.

Su abuela suspiró.

– Hoy es la noche de San Lorenzo. Iremos a la playa a ver estrellas fugaces y nos daremos un baño, como siempre. Entonces te lo contaré todo.

Aquel ritual se repetía cada año: era la única vez que conseguía ver a su abuela en el mar. Desde que se fue su madre Luna asistía embelesada a aquel espectáculo estelar, pidiendo siempre el mismo deseo. Pero aquel año fue distinto: sabía que era ya inútil pedirlo. Permanecieron juntas mirando el cielo, pero ajenas a la aparición de cualquier estrella fugaz.

– Vamos- dijo Nora, invitándola a entrar al agua.

Y así, unidas de la mano, empezaron a sumergirse en el agua. Luna notaba como su abuela apretaba cada vez con más fuerza su mano. Sus pies ya casi habían perdido el contacto con la arena. Pero no podía nadar, su abuela se lo impedía. Tampoco podía respirar, también se lo impedía la mano de Nora. Empezó a luchar desesperadamente por deshacerse de aquel abrazo mortal. Las dos, bajo el agua…se iban hundiendo, abrazadas. Volvió a ver aquel ser con alas observándola desde la superficie. Fue lo último que vio. La oscuridad. El frío. Su sueño otra vez. Abrió los ojos. Estaba sola. Otra vez aquella cálida luz. Notó de nuevo una mano bajo la suya. Era ella, su sirena.

A la mañana siguiente encontraron el cuerpo sin vida de Nora en la playa. Se había ahogado y las olas la habían devuelto a la orilla. Pero ni rastro de Luna. La estuvieron buscando incansablemente durante días. Lo único que encontraron fueron dos cadáveres, el de un hombre y una mujer. Días más tarde fueron identificados: la madre de Luna y un pescador. Los dos con signos de violencia. Luna hubiese comprendido entonces que la tristeza que siempre veía en los rostros de su padre y de su abuela era también el peso de la culpa. Nora comprendió que su nieta estaba a punto de descubrir la verdad, no podría soportarlo, no entendía como habían llegado hasta ella aquellos objetos, quién…otra vez la sinrazón. La sirena con alas había estado al acecho desde aquella maldita noche en que el padre de Luna, loco de celos, hundió los dos cuerpos en el fondo del mar. Y Nora también se hundió en vida con ellos, aplastada por el peso insoportable del dolor, de la culpa. Aquel secreto la arrastró también a las profundidades, no hacía falta agua para ahogarla, ella perdió el aliento y las ganas de vivir la noche en la que el mar se convirtió en una tumba. La chantajeaba continuamente, haciéndole ver los cuerpos flotando en el mar, advirtiéndole que seguían allí, que en cualquier momento su secreto sería desvelado. Y así fue. Bastaron unos objetos para advertirle que las profundidades del mar habían decidido que aquellos cuerpos estaban en el lugar equivocado. Nora creyó que el sacrificio de ambas serviría para liberarlas.

Cuentan las leyendas que en las noches de San Lorenzo y en las noches de luna llena, las aguas del mar se reflejan en la luna y si observas bien verás a dos sirenas surcando el fondo del mar, aquel fondo de luz y calor, tan cercano al cielo. Sus largas cabelleras doradas y sus maravillosas colas verdes danzan en el agua, al ritmo incansable de las olas…Finalmente Luna confirmó que las sirenas eran buenas, y que es posible encontrar la felicidad en los lugares menos pensados, bajo el mar. Aunque a veces, cuando alzaba la vista a través de las aguas, sin saber si era un sueño o no, le parecía ver aquel ser alado, amenazante. Entonces volvía a sumergirse hasta lo más profundo de aquel mar, dejándose envolver por la caricia protectora de las aguas azules.

Ilustración de Benjamín Llanos

Ilustración de Benjamín Llanos

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Comments
13 Responses to “Mar de luna”
  1. ¡Enhorabuena, compañeros! Dramática historia, que además contiene magia y ternura. Y gran imagen, pena en el rostro de la sirena, curiosidad y adoración en el de Luna. Besos, S.

  2. Muy bonita tu historia, aun siendo triste, pero está impregnada de misterio y de mar.

  3. tico dice:

    Montse enhorabuena, fantástico tu relato, es una gran historia y muy bien escrita. Me lo he leído dos veces de lo que me ha gustado. El titulo me encanta, los nombres me encantan, el final me encanta. Me quito el sombrero. Escribes muy bien, tienes un blog o algo así donde te pueda seguir? 🙂 Besos novelista.

    Benjamín, enhorabuena a ti también, coincido con Susana, las expresiones están muy acertadas.

  4. chusdiaz dice:

    Qué bonito, Montse! Consigues que provoque en el lector una mezcla de sensaciones: ternura, tristeza, intriga… Y respira magia por todas partes. Enhorabuena! Felicidades también a ti, Benjamin: la ilustración es muy dulce y sugerente. 🙂

  5. Montse Augé dice:

    Muchas gracias a todos, todavía no he podido leer vuestros relatos pero en cuanto pueda lo hago, un beso

  6. Mª Carmen Moreno dice:

    Una historia muy bonita, Montse, aunque muy triste. Y la ilustración, preciosa. Felicidades a las dos.

  7. Mª Carmen Moreno dice:

    A los dos, una errata.

  8. David Gambero dice:

    Soy descendiente de estirpe marinera y lo cierto es que está historia me ha hecho recordar a unas cuantas que me relataba mi abuelo cuando era pequeño. Me ha hecho rememorar viejos y ya casi perdidos recuerdos cosa que te agradezco Montse. Una gran historia cuya emotividad y sentimiento sabes transmitir con maestría acompañada de la magnífica y trabajada ilustración de Benjamín.
    Mis más sinceras felicitaciones a ambos

  9. Mariola dice:

    Hola, Montse, no había leído tu relato hasta ahora. Soy más del campo que las amapolas, pero me encanta el mar y la vida marinera. Me ha gustado mucho tu historia, triste pero hermosa a la vez y, como comenta el personal también, con ese punto mágico. Enhorabuena, y fantástica ilustración también!

  10. Mariola dice:

    Gracias por tu comentario en mi relato, Montse. Sí, hay otras dos entregas anteriores, desde la 2 convocatoria: LUNG y El BÚHO, por si te animas a leerlas si te ha gustado el de CORAL. Deseando ya que llegue noviembre!

  11. PALOMA MUÑOZ dice:

    Montse si lees mi comentario, disculpa por el retraso pero ya sabes el famoso dicho de: “Nunca es tarde si la dicha es buena” y en este caso que es tu fantástico y maravilloso retrato, el refrán da en el clavo cien por cien. Me ha gustado muchísimo, es triste pero tiene ese misterio eterno del mar en cada una de sus frases. Las eternas sirenas dan para mucho en estos relatos y tu historia es preciosa. Te felicito y también felicito al ilustrador que ha hecho un trabajo realmente esplçendido y que es Benjamín del que espero impaciente su ilustración. Un saludo.

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