El bosque imposible

Autor: David Gambero

Ilustrador: Enric Valenciano

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: ficción (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Enric Valenciano. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Bosque Imposible

Hay dos cosas que suelo saber con certeza nada más levantarme de la cama. Una es cuando me va a bajar la regla. La otra es cuando va a ser un día de mierda. Hoy tuve la impresión de que iba a ser de los segundos provocado por lo primero. Pero me equivoqué. Suerte para mí. Hoy sólo es un día de mierda. Sólo que la mierda no está donde debería estar. Y el puñado de ojos de cordero que siento escarbarme el cogote no lo están haciendo más llevadero.

-¿Hace mucho que lo echáis de menos?

-Lo suficiente como para haber acudido a ti Eve –me contesta el de siempre a mi espalda.

Thomas Conrad. Alias “el de siempre”. No ha parado de dar por saco desde que llegó al bosque. Y por más que he buscado el botón de freno en él no lo he encontrado. Hay gente que simplemente nace sin él. Conrad es un ejemplo vivo de eso. Ahogando un suspiro me doy la vuelta para encontrarme con sorpresa que no soy la princesa del baile pues todos andan mirando hacia el roble que tengo a escasos centímetros de mi cara y que huele a recuerdos amargos, que es como debe oler un roble. No sé que voy a encontrar aquí porque lo único que hay es un tronco indolente tan grueso como una cabina de teléfono e igual de útil en estos días, una tienda de campaña perfectamente ordenada y dos maletas hechas con una pulcritud que bordea el inicio de una enfermedad obsesivo-compulsiva. Ni Colombo sería capaz de sacar una conclusión plausible de esto. Bueno, él era más de atosigar al malo. Y así me siento yo: atosigada por mis deberes. Deberes que recayeron sobre mí cuando alguien, cuyo nombre todavía no conozco por lo que no puedo acordarme de sus muertos más frescos, decidió nombrarme cuidadora permanente de este bosque. Trato de no pensar en eso ahora porque la bilis ya está amenazando con subírseme a la cabeza.

-¿Veredicto? –pronuncia Thomas con voz tan melosa que podría ahogarlo en ella.

Ah, por si se me había olvidado mencionarlo Conrad es abogado. Y todavía ejerce de urraca de la mentira, según tengo entendido. Aquí únicamente ejerce de gilipollas. Y lo hace pro bono

-No hay nada –contesto exactamente lo que hay: nada.

El aire comienza a hacerse mucho más denso y fresco. La noche se nos viene encima. Mala señal. Las cenicientas deberían estar ya en sus casitas. Y yo solita en mi cabaña. Pero esta noche parece que toca estar donde no se debe.

-No… no nos podemos ir sin él –musita con timidez una vocecita de entre el grupo.

Lo peor es que esa herrumbrosa queja parece ser la vox populi del grupo. Sus miraditas de soslayo y sus pequeños murmullos así me lo hacen saber. Respira hondo Eve. Están asustados. Y el miedo les vuelve más idiotas de lo normal.

-Gente, el transporte sale pasado mañana y no va a haber otro hasta el mes que viene –les advierto -.Tal vez Norman haya decidido darse un paseo por el bosque para despejarse las ideas. No hay indicios que le haya sucedido nada malo. Aún así os prometo que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para encontrarle…

Eso tal vez resulte un problema, porque, como constato casi sin querer, tengo las manos pequeñas.

-¿Sabéis qué? –toma de nuevo el mando Thomas. Por mí como si se ahoga en él -.Creo que estamos siendo terriblemente injustos con Eve. Todos sabemos que dentro de sus funciones está el cuidar por nuestro bienestar personal y que ella suele cumplir con bastante eficiencia tal aspecto. Así que ¿qué tal si dejamos que se encargue de encontrar a Norman? Mientras tanto propongo que volvamos a nuestros respectivos árboles y, en el caso que le avistemos, se lo indiquemos a la mayor brevedad a Eve para que así podamos dormir tranquilos, ¿No os parece?

Bonito discurso. Igual es el que tenía que haber esgrimido yo. Sea como sea me trago a regañadientes mis dolidos sentimientos y me deleito mientras la turba se calma, vuelve a su estado de docilidad latente y se marchan con viento fresco a donde les corresponde. Cada uno se interna en el bosque con sus pies descalzos desafiando cada piedra y cada rama traicionera de unos caminos que solo ellos transitan. Todos menos Thomas que, con ademanes de reverendo, despide a los últimos y consternados de sus compañeros. Sin comerlo ni beberlo nos quedamos a solas.

-¿Qué? –le suelto antes siquiera que abra la boca.

-¿Esto ha ocurrido antes?

-Si. Ya he estado cabreada y desconcertada antes –le contesto cortante.

Entonces Thomas se me acerca con una familiaridad que ni se ha ganado ni merece.

-¿Qué demonios está pasando? –vuelve a la carga con un tono casi humano. Seguramente lo practica delante del espejo para resultar plausible.

-¿Aparte de la desaparición de Norman?

-Evidentemente.

Se me detiene a una distancia que me permite olisquear con facilidad su limpio aliento a clorofila. Me relamo sin poder remediarlo ante el frescor de tal fragancia aunque no relajo el gesto. No porque no quiera, sino porque no puedo. La “normalidad” de mi vida hace un buen rato que se tambaleó y ahora está a punto de derrumbarse con Thomas como único testigo.

-Norman vino a verme hace unos días –le explico sabiendo que guardará el secreto por deformación profesional y porque todo lo que cae en su enorme ego no vuelve a ver la luz del sol –.Me dijo que tenía un extraño presentimiento que no le dejaba dormir.

-¿Un presentimiento? ¿De qué clase?

-Ni idea Algo parecido al cambio de estación… sólo que más funesto. Yo le dije que podía estar pasando por un proceso estacional prematuro…

-¿Mes y medio antes del invierno? –veo como tuerce la cabeza un poco mientras se entromete en mis palabras -¿Estás segura que te prepararon bien para este trabajo Eve?

Me dan ganas de echarme a reír en su cara. ¿Prepararme dice? ¿Quién podría estar preparado para esto? O mejor dicho ¿Quién iba siquiera a creer lo que pasa aquí dentro? Hay días que ni yo me lo creo.

-No es infrecuente en ciertas especies vegetales ir aclimatándose prematuramente al cambio de estación –me defiendo con la verdad y un poco de rencor ante su afirmación.

-Tal vez en un abeto o en un acebuche Eve. Pero en un roble… Te digo por experiencia propia que eso no suele suceder.

Mientras sus palabras me detienen aprovecha para sobrepasarme por mi derecha y se detiene a una distancia obscena del roble de Norman. Sin volver más que el cuello le miro para ver como se me hiela la sangre al ver su mano a escasos centímetros del tronco del árbol. Se me corta el desayuno, el almuerzo y la cena de golpe al verlo. Y me lanzo a cortarle yo.

-Tranquila Eve – me detiene y me detengo por la seguridad de sus palabras y, sobre todo, porque poco a poco va bajando la mano – Soy muchas cosas, pero no estúpido ni irrespetuoso. Sé que ninguno de nosotros tiene derecho a tocar el árbol de otro sin su consentimiento.

Aún así su mano sigue demasiado cerca del roble. Y mi vena cava demasiado cerca de estallarme.

-¡Vuelve a tu árbol y quédate en él! –le grito a pleno pulmón -.Y si quieres hacerme un favor no hagas otra cosa que contar los minutos que quedan hasta que te marches de aquí.

Por primera vez desde que lo conozco veo la sombra del miedo abatirse en su rostro. Y lo peor es que en lugar de sentir satisfacción por ello esta me contagia.

-Te recuerdo que somos un bosque, no un grupo de hippies de acampada –me dice mientras me da la espalda -.Y cuando hay algo mal en el bosque nosotros lo sabemos y tú no.

-¿Y que es lo que va mal si se puede saber?

-Tal vez deberías preguntárselo a Norman…si es que aparece -me dice mientras sus ojos brillan como dos esmeraldas recién pulidas -¿Sabías que es de los que más ha avanzado? ¿Sabes que casi han conseguido cortar el lazo con su roble? No. No tienes ni idea porque te importamos un comino Eve. Para ti sería más fácil que tuviésemos números en lugar de nombres. Nunca he sabido por qué estabas aquí. Ni me ha importado mucho. Pero más te vale que te pongas las pilas porque una cosa sí que sé: Nadie desaparece cuando tiene todo lo que el resto deseamos. Al menos no por voluntad propia.

Se marcha dejándome con la sensación de que, o bien había visto muchas películas de detectives o bien tenía más razón que un santo. Sea como sea lo cierto es que tengo un problema entre manos. Y según mi expediente no soy demasiado buena manejándolos. De no ser así no habría acabado aquí ni estaría paladeando el desastre.

Ilustración de Enric Valenciano

Ilustración de Enric Valenciano

En las siete horas siguientes hago desfilar la mayor cantidad de bosque posible ante mis ojos. Camino desde la colina hasta el arroyo. Me pateo hectáreas y hectáreas de bosque envuelta en las sombras de la noche con la única compañía de mi propio miedo y el nombre de Norman permanentemente escapando de mis labios. Pero nada. Tiendas de campaña. Ojos asustadizos y poco más. Al final y casi sin quererlo termino donde este tipo de situaciones me suelen llevar: Al calvero. El único lugar donde el verde no es el dueño y señor. El único lugar donde una persona como Robert podría vivir. Él y su retorcido y dañado eucalipto. Y allí están los dos. Reinando sobre aquel yermo. Uno muriéndose poco a poco de sus heridas. Y el otro matándose a propósito a base de fumar un cigarrillo tras otro.

-¿Que hay de Norman? –me pregunta Robert nada más verme llegar.

-¿Cómo sabes tú lo de Norman? –le digo tratando de no descargar prematuramente sobre él el saco de frustración y mala uva que llevo acumulada.

-El viento habla Eve –me dice mientras sus ojos negros y profundos me invitan a sentarme a su lado.

Me hago espacio entre las nudosas y corrompidas raíces del árbol y me acomodo en el lugar más incómodo dela Tierra.Yahora mismo no querría estar en otro sitio.

-¿Un cigarrillo? –me ofrece el paquete del cual asoman dos pitillos doblados y húmedos.

Tomo uno tratando de obviar el hecho que no he vuelto a fumar desde que llegué aquí. En cuanto el cigarro besa mis labios un aluvión de recuerdos añejos y tristes se descargan con él. Y la llama del mechero de Robert no hace más que alimentarlos.

-Sabes que no está permitido que tengáis elementos peligrosos –le recuerdo tras mi primera calada.

-Cómo si a ti te importase lo más mínimo que le pegase fuego a todo este maldito sitio –se defiende mientras se aparta un mechón de pelo lacio y negro que le cae por delante de la cara -.Además aquí lo único a lo que tengo acceso es a este viejo cabrón.

Le da un golpecito al tronco de su eucalipto y mi mirada se va con él. Jamás había visto a un árbol que hubiese sufrido más y todavía viviese. Aquel eucalipto era una visión de pesadilla. Sus ocho metros de nudoso y enfermo tronco se doblaban quejumbrosamente hacia la derecha merced a la enorme hendidura que le había provocado la caída de un rayo. Sus hojas, las pocas que conservaba, eran del color de la melancolía y el suelo al que se agarraba con desesperación era yermo y seco donde nada en cuarenta metros a la redonda se atrevía a crecer y sobrevivir. Y aún así Robert y su eucalipto seguían vivos. Era un testarudo milagro. Y mi tabla de salvación en más de un momento.

-¿Asustada?

-Acojonada –le confieso sin encontrar un lugar apropiado donde echar la ceniza -¿Y si le ha pasado algo?

-Ya le ha pasado algo Eve. Es un semilla.

-Me refería a algo malo –repongo.

-Claro, estar vinculado de por vida a un puto árbol es una bendición –me lanza con la fuerza de la razón –A ti te quería yo ver teniendo que cuidar de uno de estos de por vida.

Si hubiese tenido que hacerlo estoy más que segura que la hubiese diñado hace años. Igual que a tantos y tantos semillas cuyos padres no sabían que eran o no querían saberlo. Y es que no es sencillo enfrentarte al hecho que un niño recién nacido no nazca con un pan debajo del brazo, sino con una semilla de árbol en la mano. Y que si dicha semilla no se planta ni germina en el primer año de vida del niño este muere irremediablemente. Y que si el niño no está en contacto directo con su árbol cae enfermo hasta que él y su árbol perecen. Murieron muchos hasta que alguien comenzó a hacer las preguntas adecuadas. A mirar un poco más allá de la superstición y la lógica y encontró esa relación entre humano y árbol que hasta me da miedo hacer las matemáticas. Por suerte a veces el destino no hace distinciones entre los ricos y los pobres y un buen día le tocó la china a la hija pequeña de un tal Edward Christopher. Y aquella pequeña habría corrido la misma suerte que el resto de los de su clase si no fuese porque papi tenía dinero suficiente como para comprar milagros. O al menos fabricárselos. Aquel hombre dedicó toda su fortuna a los semillas. A la investigación sobre la relación simbiótica que unía a humano y árbol y, mucho más importante, a construir los Bosques Imposibles. Grandes extensiones de terreno donde daba cobijo a todo semilla y su árbol para que estuvieran a salvo del mundo exterior y del creciente temor que la leyenda de dicha maldición estaba propagando. Dentro sus árboles crecerían de la mejor manera posible: con las mínimas injerencias humanas y sus legítimos dueños siempre podrían ir a visitarlos, o a vivir allí si lo deseaban, hasta que se encontrase una cura para su situación. Si es que dicha cura existía.

-¡Nah! -repongo yo tratando de cambiar de tema -.Yo sería más de esos cabezones que están siempre fuera de los muros del bosque pidiendo libertad para los humanos y chorradas así.

-Bueno, en cierta manera sí que somos prisioneros de estos cachos de madera -me dice mientras le da una patada a una de las raíces del árbol -.Anda que si yo pudiera iba a estar malgastando mi vida aquí.

Pero no podía. Y Robert menos que nadie. El daño que su árbol había soportado también le había afectado a él. Y mientras existían personas que podían estar años sin tener contacto alguno con su árbol, si Robert se separaba de su lado aunque fuesen diez minutos enfermaba mortalmente. Aquel eucalipto le tenía cogido por las pelotas.

-¿Nunca me has contado que le pasó?

-Te he dicho cien veces que le cayó un rayo. ¿O es que no se le nota?

Era evidente que algo había tronchado aquel árbol de una manera brutal. Pero también era evidente que aquel eucalipto tenía más de una cicatriz. Y cada una parecía contar una historia diferente. Había cortes profundos, ramas quebradas y raíces que jamás llegaban a engullir la tierra que le circundaba.

-Un rayo no te convierte en un perfecto amargado.

-Pero ayuda que es un gusto -me dice sin añadir filo a sus palabras. Está siendo amable conmigo. Dios, tengo que parecer hoy más patética que de costumbre -.Además, si quieres preguntarme quien era o qué era antes que aquí el amigo y yo nos convirtiéramos en uña y madera simplemente dilo.

-Yo… es que no venía en tu expediente.

Y era cierto. Cada recién llegado viene con su árbol y sus credenciales para que yo sepa a que atenerme. En muchas se omiten algunos detalles menores sin importancia. En la de Robert sólo estaban escritos su nombre y que no le tocaran la moral. Desde ese día lo cierto es que no había aprendido mucho más de él.

-¿Y no te dice tu aguda mente femenina que si un hombre decide ocultar algo de su pasado es porque tiene mucho de lo que avergonzarse?

-¿Y tú lo tienes?

-Todos lo tenemos Eve. Aunque probablemente de los de aquí tú y yo seamos los que más guardamos en el corazón y menos decimos a los demás. Aunque claro, yo tengo excusa -su nuca aporreó con suavidad el tronco del árbol -¿Cuál es la tuya?

Yo tengo excusas en plural. Aunque más que excusas son pecados. Los suficientes como para saber que ni quitándole diez horas de su tiempo a un sacerdote iba a tener oportunidad de ir al cielo. Aunque trabajando aquí la verdad es que quizás el infierno no me parezca tan mal negocio después de todo. Aún así la mirada de Robert no deja de escudriñarme tras las pequeñas volutas de humo que salen de sus oquedades nasales.

-No soy mujer a la que le guste seguir el camino correcto. Y aún así la vida me brindó dos oportunidades para hacer las cosas bien. Las desperdicié y lo único que conseguí fue este trabajo y más remordimientos de los que nadie puede soportar.

El gesto extraño de la noche me llega de sopetón. De pronto la mano de Robert está sobre la mía apretándomela mientras mi cuerpo olvida como moverse. Yo le miro con una picazón en los ojos preludio a mi derrumbe emocional. Pero él lo impide. Sus dedos me quitan un cigarro que ya se ha tornado ceniza entre mis dedos, lo lanza lejos y me pasa el suyo que todavía tiene dos caladas aprovechables. Desperdicio la primera en la sorpresa. Devoro la segunda en la necesidad.

-Antes era médico. Doctorado en inmunología evolutiva, infectología y un par de cosas más acabadas en “gía” que hasta a mí me cuesta pronunciar. Tenía una vida. Un anillo en el dedo y una mujer a juego que me esperaba todas las noches y me preguntaba que tal me había ido antes de abandonarse a mis encantos y darle al ñaca ñaca hasta quedar exhaustos -me cuenta con un tono que esconde pocas dobleces -.Mi árbol era un tipo enrollado y no ponía trabas a mi felicidad. Pero un día de mierda todo eso se acabó y acabé aquí viviendo de prestado hasta que uno de los dos decida rendirse y llevarse al otro por delante.

-No… tenía ni idea.

-¿Y por qué ibas a tenerla? Tú y yo somos especialistas en mantener a los demás lejos de nosotros. Tal vez no poseas mi refinado sentido de la autodestrucción pasiva-agresiva pero claro, eso te lo da tener que regar tu alma para verla crecer y echar raíces en los lugares más inapropiados.

Me levanto con las piernas convertidas en sendos flanes y la cabeza inflada como un globo. No tengo nada que decirle u ofrecerle a Robert. Igual que a aquel bosque. Y si me apuras al mundo.

-Necesito saber qué hacer -le confieso ese pensamiento atragantado que no me deja respirar -.Necesito confiar en alguien.

-Pues confía en ti misma y procura no decepcionarte -me suelta junto con otra calada de humo -.Se vienen cambios Eve.

-Eres el segundo que me lo dice.

-Pues espero que no necesites a un tercero para creértelo. Norman puede ser el principio o puede ser una puta mierda. Pero el viento ha empezado a cantar y todos los jodidos árboles de este lugar no hacen más que mecerse con su canción. Casi me gustaría poder ayudarte monada, pero mis raíces están tan hundidas en la tierra que no te voy a servir de mucho.

En eso se equivoca. Sí que me sirve de mucho. Hablar ayuda. Y hablar con él más todavía. Cuando el dolor resuena en la misma sintonía es mucho más sencillo abrirse. Más sencillo compartirlo. Más llevadero el soportarlo. Pero de pronto mis flaquezas y sentimientos se espantan cuando un estruendo quiebra la quietud. Mierda. Con todo el lío de Norman he olvidado por completo que hoy llegaba uno nuevo. El enorme helicóptero de transporte abre el amanecer y aparece de pronto recortado sobre el rojo del horizonte.

-Ten los ojos abiertos por si ves algo ¿me haces ese favor?

Robert asiente y me hace un gesto para que me largue. Literalmente, me falta tiempo para hacerlo. Mientras desafío mi forma física y tropiezo contra todo lo tropezable el helicóptero da una pasada que provoca una densa lluvia de hojas. Las aparto a manotazos mientras trato de no perderme en la carrera. Por suerte para mí cavar un socavón de diez metros de profundidad refuerza la memoria de una manera increíble, así que no hay posibilidad de perderme. Llego al lugar donde dos pinsapos robustos y coloridos, un ciprés curtido por el tiempo y un tejo esperan a su compañero. Todos tienen a sus dueños fuera en esos momentos por lo que el novato tendrá un poco de privacidad bastante necesaria para hacer lo más llevadera su estancia aquí. La tercera pasada el helicóptero me vuela el gorro de lana de la cabeza. El piloto está impaciente por soltar su carga que se bambolea peligrosamente sujeta por dos cables de seguridad. No le hago esperar más. Me acerco al agujero, que está tal y como lo dejé hace dos días, y activo las pequeñas cargas lumínicas. Dos bengalas hienden el cielo mientras un pequeño círculo de luces, que me recuerdan a las de navidad, marcan el lugar donde tiene que hacer hoyo en uno. Me aparto y contemplo un espectáculo tan de película que nunca me canso de admirarlo. El helicóptero se detiene en el aire y con suavidad baja la carga que llora hojas por lo traumático del viaje. En lo que tardo en llenarme de tierra abalanzada por un batir de aspas el árbol es depositado en su lugar. Y a la primera. El piloto es condenadamente bueno. Vale. Ahora me queda únicamente que baje al inquilino. Cómo la arboleda en el bosque es tan densa ningún helicóptero puede aterrizar más que en el calvero de Robert. Y cuando lo hacen, porque tampoco es que sea moco de pavo aterrizar sin jugarse el pescuezo entre tanta rama baja, normalmente es para dejarme los víveres del mes. Por supuesto Robert se cobra su propio impuesto revolucionario cuando llego tarde a mi cita con los suministros. Pero ahora no están repartiendo comida y papel higiénico. Ahora lo que me espera es una persona que debería bajar por un cable de seguridad. Pero no baja. En su lugar el helicóptero asciende y se larga a toda mecha por donde ha venido. Me quedo con el amanecer entrándome a bocanadas en la boca que no consigo cerrar. ¿Qué diablos pasa aquí? Entonces un pequeño movimiento me alerta. Allí arriba, acurrucada entre las ramas más altas hay una niña pequeña de no más de ocho años y cuyo pelo negro le cae en cascadas por el rostro cual manto protector. De pronto siento un aguijonazo de ternura al ver su cuerpecito desvalido temblando mitad por el frío mitad por el miedo que tenía que haber pasado al bajar de esa manera.

-¿Estás bien cariño? –digo al tiempo que me percato que no he usado la palabra “cariño” en tres años.

La niña se aparta el cabello del rostro y me enseña su cara de angelito. No puedo más que encuadrarla en la categoría de niña asquerosamente preciosa. Ni mona ni atrayente. No. La jodida es guapa. Lo suficiente como para enternecerme al instante y considerar hasta darle un abrazo nada más bajarla de allí. Porque eso es lo que tengo que hacer. Bajarla de allí.

-Espera ahí. Voy a buscarte –uso mi registro más dulce para tal promesa.

Pero entonces, y para mi enorme sorpresa, la niña deja de temblar, deshace su presa desesperada de la rama y comienza a bajar por ellas como si nada. En menos de quince segundos está en el suelo tirándome una mirada tan cargada de sentimiento que casi me desarbola.

-¿Te encuentras bien?

La niña estira los brazos hacia mí. Ni un rasguño. Su piel de porcelana está inmaculada. Y el resto parece estar en perfecto estado. Un punto para la providencia. Aunque de todos modos no es para tirar cohetes. Ya tendrá aquí tiempo de sobra para hacerse daño.

-¿Es usted la señorita Evelyn? –me pregunta quitándole la voz a una brisa de verano.

-Soy sólo Eve cariño –y ahí estaba otra vez ese “cariño”. El puñetero ha llegado para quedarse -¿Cómo te llamas?

-Jennifer.

-Encantada de conocerte Jennifer –le digo mientras me arrodillo para quedar a su altura -¿Por qué has bajado abrazada a tu árbol? ¿No te han dicho que es peligroso?

-Cuando no estoy con él es cuando corro peligro –me dice con una sonrisa de dientes superiores puros y limpios -.Ginkgo cuida de mí.

-¿Ginkgo? ¿Así se llama tu amiguito?

Se me echa a reír cortando las carcajadas con el dorso de la mano. Me siento un poco estúpida viendo allí a una perfecta Madame Pompadour en miniatura mofándose claramente de mí. Aunque lo hace con una cualidad sorprendentemente no ofensiva.

-Él “es” un ginkgo –aclara.

Perfecto. Un ginkgo. Lo miro de arriba abajo para quedarme con su cara. Tronco cónico de unos siete metros de circunferencia. Unos diez y pico de alto. Ramas gruesas cargadas de hojas verdes en forma de espadañas y cuyos frutos parecen ser niñas resabiadas. Vale. Ahora sé lo que es un ginkgo. Aunque no voy a dormir mejor sabiéndolo. Total aquí dentro hay tantas especies de árboles y de lugares tan diversos que nadie que no disfrute con ellos es capaz de memorizarlos. Y yo no soy una de ellos.

-¿El señor del helicóptero –por no llamarlo irresponsable hijo de su santa madre – te dio unos papeles para mí?

Ella niega con la cabeza. Perfecto. Una indocumentada. ¿Cómo esperan que pueda cuidar de alguien apropiadamente si no me dicen a qué es alérgica o si le gusta jugar con cerillas? Porque por experiencia propia sé que preguntar a un desconocido es el mejor modo de conseguir una mentira plausible. Y lo peor es que los niños tienden a vivir entre ensoñaciones y medias verdades, lo que les convierte en los perfectos individuos para evadir a un detector de mentiras. Así que llegados a este punto confirmo que el día va mejorando poco a poco. Y son las seis de la mañana así que le queda un buen trecho para convertirse en algo memorable. Pero bueno, soy una profesional de lo que sea que yo haga, así que empiezo por lo básico.

-¿Te han explicado tus papis lo que es este sitio? –ella asiente. Bien, el paquete básico parece estar asentado en su cabecita -.Vale. Normalmente los que son como tú suelen preferir quedarse a dormir al pie de sus árboles en tiendas de campaña, pero como eres muy pequeña te quedarás conmigo.

-Estoy acostumbrada a dormir con ginkgo…

-En el jardín de tu casa tal vez. Pero esto es un bosque cariño –ya van tres. Al siguiente juro que me muerdo la lengua. – y es peligroso que te quedes aquí fuera.

-No tengo miedo.

Lo dice tal y como lo siente. O de verdad, o no sabe lo que es el miedo o está loca de remate. Sea como sea esto no es negociable. La combinación niña de ocho años, bosque oscuro y riesgo incipiente de desaparición no es algo que me guste probar. Se lo explico usando otras palabras. Luego las mismas. Luego elevo el tono hasta que al final ella mira su árbol, le asiente y me dice que acepta.

-Sólo voy a estar aquí hasta mañana –me explica finalmente lo que podía haber soltado desde un principio -.Me dijeron que me iría en el siguiente helicóptero con los demás pero que ginkgo estaría mucho mejor aquí ¿Es verdad?

-Ginkgo estará bien. Aquí hay un montón de árboles como él y yo los cuido a todos. Además siempre que quieras podrás venir a visitarlo.

-Pero no será lo mismo –se me queja mientras hace una caída de ojos de las que detienen balas.

-Crecer es básicamente que cada día nunca es igual al anterior Jennifer. Y tú querrás hacerte mayor ya ¿verdad?

Se encoge de hombros. Raro. Yo a su edad lo único que quería era hacerme mayor. Y ahora lo único que quiero es volver a su edad. El reloj siempre avanza en la dirección contraria a nuestros deseos. Que le vamos a hacer. Así es la vida.

-Bueno ¿tienes ganas de desayunar o quieres que te presente al resto?

-¡Quiero ver los árboles!

Lo grita con entusiasmo y de repente se despoja de sus zapatos lanzándolos a los pies de su árbol. Y aunque tengo sueño, estoy molida y probablemente en quince minutos mi estómago empiece a rugirme me pliego a sus deseos. Su inocencia y ganas son algo bastante contagioso y de pronto ya no me pesa tanto el corazón y los problemas no parecen tan acuciantes. Me tiende una mano que no tengo más remedio que agarrar y me preparo para llevarla a recorrer el tour completo del bosque. Mientras la mañana nace y nos calienta con su candor paseamos al tiempo que yo parloteo sobre cada árbol por el que pasamos y sus dueños. Este cedro pertenece a tal y aquel pino a cual. Que si cuando se le van a caer las hojas a este. Que cuanto mide un espécimen adulto de aquel. Tres años de trabajo me han dotado de un montón de datos inútiles que ningún adulto quiere o se esfuerza en escuchar cuando llega aquí. Para ellos es un “donde duermo, cuando comemos y donde están las letrinas más cercanas”. Pero para Jennifer no. Está en la edad de los descubrimientos. Todo a lo que apunta su dedito debe tener un por qué. Yo les doy los que puedo y a veces me invento los que no conozco. Por suerte descubro que es una buena compañía. Sus ojos resplandecen con las cosas más sencillas y cada palabra que sale de su boca está cargada de algo ya casi extinto: educación. Y no soy la única que opina lo mismo. Cada semilla con la que nos cruzamos da la bienvenida a la pequeña con un entusiasmo desmesurado. La abrazan y le presentan a su árbol. El problema es que el reparto de cariño no es equitativo porque mientras ella se lleva el azúcar yo me trago miradas saladas de reproche. Miradas con el nombre de Norman. Algunos me susurran que por qué estoy allí con aquella niña y no buscándolo. Otros que si poner en peligro a aquella criatura me hace feliz. Yo no digo nada. Ellos saben que yo no hago las normas. Que prácticamente no hago nada más que darles a cada uno lo que necesita y ni una pizca más. ¿Qué tu árbol necesita una pequeña poda? Sin problemas. ¿Qué te duele la cabeza y necesitas aspirinas? Toma dos frascos. ¿Qué quieres llorar en el hombro de alguien? Aquí me tienes, pero no esperes palmaditas en la espalda de vuelta. Estoy para lo que estoy. Para ellos igual que para esta niña. Lo que no sé es si a este paso voy a durar mucho. Entonces la memoria me traiciona y pasamos ante el roble de Norman. Y por primera vez en toda la mañana Jennifer se queda clavada ante el árbol.

-¿Qué te pasa? –pregunto tratando de no sonar demasiado preocupada

-El roble está triste –me dice con una voz afilada como un cuchillo.

-Los robles son árboles tristes –trato de huir hacia delante -.Creo que es porque viven demasiado tiempo. Y con los años todo se va apagando excepto la tristeza y la soledad.

Entonces se acerca al imponente tronco del árbol, extiende su manita y planta su palma en él.

-¡Jennifer! –le grito a cuatro metros más atrás de donde debería estar, que es quitándole la mano de allí -¡No puedes tocar un árbol sin permiso de su dueño!

Y sé que lo sabe. Se lo he dicho como unas cinco veces y estoy segura que venía preparada de fábrica. De hecho no ha tocado ningún árbol desde que ha llegado. Por eso me ha pillado de sorpresa que haya hecho eso. Y que siga haciéndolo mostrándome desafiante la espalda. Esto se ha acabado.

-¡Aparta las manos de ahí! –le grito bien alto mientras la cojo de la muñeca y la retiro del árbol.

Cuando lo hago me parece ver un brillo extraño en su mirada. Pero este se apaga tan rápido como las lágrimas acuden a sus ojitos. El llanto. El arma definitiva de un niño. Lástima por ella. Soy inmune.

-Yo… lo siento mucho –gime mientras trata de parar el escape de sentimientos -.Es que quería decirle que todo iba a ir bien.

-La próxima vez usa la boca. Normalmente esta se encuentra a la distancia adecuada de los problemas –le dijo tratando de no enternecerme por su frágil estampa -.Tocar el árbol de un semilla es una falta de respeto muy grande Jennifer.

-¿Soy mala?

Vale, si se va a poner a jugar con golpes por debajo de la cintura voy a tener que usar la artillería. Y conozco al tipo perfecto para ponerla en su sitio. Con un constante y subyacente arrullo de pena la llevo al lugar donde el suelo no es mullido ni el aire puro. Llegamos a los dominios áridos del eucalipto moribundo. Pero entonces algo inesperado sucede. Robert no está solo. Hay una figura más con él. Desde la distancia impido a Jennifer avanzar más y nos refugiamos tras la figura de un olivo. Desde allí las voces llegan amortiguadas pero claras. Dos voces enfrentadas. Dos voces familiares.

-¿Tanto te cuesta firmar? –es lo primero que escucho.

Y del último al que espero que estuviese allí. El último al que querría cruzarme. Thomas.

-Firmar no cuesta nada. Lo que me cuesta es reducir mi pasado a un simple garabato –escucho como contesta un Robert más alterado de la cuenta que ocupa su habitual asiento a los pies de su árbol.

-Esto ya lo habéis hablado muchas veces antes de que vinieras aquí Robert. Y siempre has estado de acuerdo.

-¿En que ya no estábamos juntos? Claro. Ni tiene sentido ni merecía estar ya con ella –contesta Robert mientras le lanza una vaharada de humo directamente a la cara de Thomas que la encaja con entereza -.Pero tú tampoco la mereces. Y no pienso firmar un puto papel hasta que ella misma venga y me lo diga por si misma.

-Te tenía por un gilipollas integral, pero no por un estúpido Robert. Sabes que nadie que no sea un semilla puede entrar aquí.

-¿Lo ha intentado siquiera? –le devuelve él y creo que sin más razón que la desesperación -¿Ha probado a pegar voces desde el otro lado del muro verde a ver si la escuchaba? Mucha gente lo hace y a veces el viento trae mierda desde muy lejos…no hay más que mirarte.

-¿Qué es el muro verde? –me pregunta Jennifer en un susurro que contempla la escena con rostro de no entender nada.

-Todo este bosque está circundado por una enorme muralla de muchos metros de alto que se llama el muro verde –le explico rápido pues no quiero perderme ninguna palabra de lo que están diciendo -.Por eso has tenido que venir en helicóptero.

-¿Es qué estamos encerrados aquí dentro? –vuelve la niña -¿Acaso fuera hay peligro?

-Fuera está el mundo Jennifer. Fuera siempre habrá peligro.

Va a decir algo más pero le hago un gesto para que se calle. En la distancia, Thomas le lanza unos papeles a Robert que ni se inmuta ante la lluvia de hojas blancas. Le devuelve una mirada que, hasta desde mi puesto de espía, reconozco como altamente desafiante.

-Ella ya no te quiere Robert. Acéptalo. Eres un semilla. Uno triste y enfermo cuya única ocupación es hacerse daño a sí mismo y a los demás.

Entonces Robert se levanta, lanza el cigarrillo a un lado y se planta a un suspiro de Thomas que aguanta el envite envarándose hasta el extremo. Pelea de gallos a la vista.

-Parece que eres muy bueno diciendo cosas a la cara abogaducho –le dice con un siseo de serpiente venenosa -¿Por qué no te dejas de tonterías entonces y hablas claro de una puta vez?

-Eres un amargado Robert –comienza Thomas aceptando el reto -.El tipo más retorcido y hecho polvo que he tenido la desgracia de cruzarme. Y créeme que me he cruzado con mucha mierda en mi camino. Has dedicado la mitad de tu vida a hacer daño a todos cuanto alguna vez tuvieron la desgracia de quererte y ahora te has quedado solo. Por eso no me extrañaría que cuando te enteraste de lo de Norman no se te pasaran ideas raras por la cabeza…

-¿insinúas que me he cargado a Norman?

-Insinúo que eres incapaz de soportar que la gente a tu alrededor sea feliz –contesta el abogado agachándose y recogiendo los papeles del suelo -.Por eso no puedes firmar. Porque no puedes volver a ser un ser humano decente. Porque ahora están tan vacío como tu eucalipto. Por eso no crece nada a tu alrededor. Ya solo sabes matar…

-Quítate de mi vista y llévate esa mierda –le dice Robert mientras le da la espalda. No me puedo creer que haya perdido a los puntos.

-No volveré a tener esta conversación contigo Robert.

-No debiste tenerla en primer lugar. Dile a Sarah que espero que sea feliz aunque con un mendrugo como tú lo va a tener complicado –gruñe mientras tiene su mirada fija en su árbol -.Y en cuanto a ti toma las medidas legales que creas oportunas para borrarme de su pasado. Pero no lo voy a hacer por mi propia mano. Para ella existí, y eso ni tú ni nadie puede cambiarlo.

Thomas entonces aprieta los dientes y los puños y se va. Aunque a mitad de camino se detiene con lo que creo la última palabra quemándole en el paladar. Típico de él.

-Por cierto Robert. Te agradecería que controlaras las raíces de tu eucalipto. No quiero volver a tener que desenredarlas del mío nunca más.

-Yo no puedo controlar lo que este viejo bastardo hace –contesta Robert con una sonrisa oscura -¿O acaso puedes hacerlo tú con el tuyo?

-No, pero sí sentir lo que le hace sentir incómodo. Y no me gusta estar incómodo.

-Curioso. Tener todo el día metido por el culo un palo de escoba siempre me ha parecido de lo más desagradable. Ahora lárgate y no vuelvas o la próxima vez descubrirás si soy capaz de cargarme a alguien.

Y extrañamente Thomas dejó las cosas así. Se marcha por el sedero opuesto del calvero y desaparece en la espesura. Ha sido una charla dura de la cual no he pillado ni la mitad, pero aún así ni yo tengo el valor de ir a molestar a Robert en ese estado.

-¡Ya podéis salir las dos de ahí! –chilla entonces Robert.

El corazón se me sube a la boca al sentirme descubierta. Encuentro el porqué. Jennifer está fuera del parapeto del árbol saludando inocentemente a un Robert que ya está encendiéndose otro cigarrillo. Cabizbaja voy a su encuentro siendo lo último que quiero en ese momento. Al parecer Jennifer no parece opinar lo mismo.

-¡Vaya! –exclama la niña nada más llegar ante el eucalipto -.Qué árbol más raro.

-Yo lo veo bastante normal –le contesta Robert como si nada hubiese pasado -¿Y tú quién eres peluche?

-Jennifer –Robert recibe la misma contestación que yo -¿Por qué fuma?

-Porque puedo, quiero y tengo tabaco.

-Pero el tabaco es malo para él.

-Y para mí. Pero a veces los adultos no hacemos lo que es mejor para nosotros mismos, sino lo que necesitamos para sentirnos mejor.

-¿Y por eso fumas? –intervengo yo ahora que parece que el ambiente no es tan gélido.

-¿Qué has escuchado? –me saca de mi error la pregunta cortante de Robert.

-Supongo que casi todo.

Robert desvía su mirada y la planta en la niña que está embelesada en la triste figura del eucalipto. Este se arrodilla a su lado y le susurra algo al oído de la pequeña.

-¿Seguro? –pregunta ella en respuesta.

Él asiente y esta corre y de repente comienza a trepar por el tronco hendido del árbol. No le resulta difícil pues la forma de este casi invita a hacerlo. Sin dejar de mirar de reojo me hace un gesto para que nos apartemos un momento.

-¿Sabes que le acabo de echar un bronca sobre no tocar árboles ajenos y vas tú y la dejas subir al tuyo?

-Entonces estamos empatados por haberme espiado –me dice y me ofrece un cigarrillo. Esta vez no acepto -¿Esa es la nueva?

-Si. Aunque va a ser un visto y no visto. Mañana se va con todo el mundo.

-Mejor. No soporto a los niños. Aunque hoy me ha pillado de buen humor.

-No lo parecías hasta hace un rato.

-Ya quisiera yo verte como reaccionas tú si el amante, barra abogado, de tu ex viniera con toda la jeta del mundo a pedirte que firmases los papeles del divorcio y les dieses tu bendición para que retozasen hasta la eternidad.

Me quedo de piedra cuando las últimas fichas del puzzle caen. Tanto que se me olvida respirar. Hasta que Robert no chasquea los dedos ante mi cara no reacciono. Y aún así me cuesta aterrizar de nuevo en el mundo real.

-¿Thomas?

-Las mujeres tenéis unos gustos raros. La mía parece que le gustan los semillas altamente engreídos. Y es bastante consecuente con ello.

-Por eso soy lesbiana. De una mujer puedes desconfiar. De un hombre debes. –le contesto algo que es verdad aunque las razones no son ni remotamente las mismas.

-Ya decía yo…-musita para sí mientras apura una calada hasta su máximo -.Dime una cosa ¿hay algo nuevo de Norman?

Niego con la cabeza. Jennifer ha ocupado todo mi tiempo y las preguntas que he hecho durante nuestro periplo siempre han obtenido las mismas respuestas. Nada. La cosa había pasado de preocupante a alarmante. Y el siguiente paso empezaba a estar claro en el horizonte.

-Pide ayuda –lo pone en palabras Robert.

-No puedo ponerme en contacto con el exterior a menos que sea una emergencia. Y Norman no lleva ni 48 horas fuera del radar. Además…

Además está el asunto de sentirme y confirmar que soy una inútil. Porque Norman puede aparecer y esto quedar en un susto. O puede que no…

-Norman es importante Eve. Ya sabes cuanto tiempo llevaban experimentando con él. Estaban a punto de cortar su vínculo con su árbol y si le ha sucedido algo vas a pagar el pato tú.

-¿Qué? ¿Cómo sabes tú eso?

-Parece que te has perdido la primera parte de mi conversación con Thomas. Mejor. Ahí apenas me había calentado –me descubre -.Si mañana cuando llegue el helicóptero no ha aparecido activa el protocolo de seguridad. Que los profesionales batan el bosque en su búsqueda. Hay un momento en el que hay que dejar de pretender que se es una cosa y simplemente ser lo que se es Eve.

-¿Y qué eres tú Robert? Siempre te he tenido por una persona que hacía lo que quería. Pero que hacía lo correcto ¿De verdad serías capaz de matar a alguien? -le digo tan rápido que mi autocontrol me presenta una hoja de disculpa un nanosegundo después.

Entonces un grito tras nosotros nos interrumpe. Jennifer se ha caído al suelo y desde allí gime sujetándose el brazo derecho. Robert llega antes que yo y se ocupa de ella. Los viejos hábitos. La examina y aunque tarda tanto y revisa tantas cosas que comienzo a ponerme nerviosa su diagnóstico no es del todo alarmante: clavícula dislocada.

-Te la tengo que volver a poner en tu sitio, pero va a doler –nos advierte a ambas.

Asiento sin esperar intervención por parte una Jennifer a la que la caída parece haberle arrebatado la voz. Con un rápido tirón la clavícula vuelve a su lugar y un nuevo grito sacude el silencio. La pobre casi se desmaya del dolor, pero su mirada no se apaga del todo. Es dura. Pero sólo es una niña pequeña, así que sus reservas deben estar ya bajo mínimos.

-¿Dónde tienes el botiquín? –pregunto a Robert para ir a hacerle un cabestrillo a la niña.

-En la tienda. Caja plateada. Dos ocho cuatro.

Entiendo la última parte cuando veo que la caja tiene una cerradura con combinación. Me quedo de piedra al abrirla pues dentro hay todo tipo de material médico. Y no sólo el habitual porque hay jeringuillas cargadas con todo tipo de etiquetas que van desde la inofensiva insulina a cosas que ni yo reconozco. Sin darle muchas vueltas uno dos vendas, hago el cabestrillo y dejo a Robert que se lo coloque. Extrañamente Jennifer no le mira en todo el proceso. Pareciera que el miedo se había instalado en su mente y todo a su alrededor le resultase peligroso.

-Llévate a tu cabaña, dale analgésicos y que se acueste. Mañana estará mejor –me vaticina Robert y entonces su tono cambia levemente -.Y me gustaría que luego volvieses aquí lo más rápido que puedas…

-¿Pasa algo?

Su rostro me muestra algo que no se leer. Algo que nunca había estado allí pero que consigue quitarme el aliento. Con el corazón encogido me marcho cargando con el menudo cuerpecito de Jennifer. Sólo cuando salimos del calvero se atreve a decir esta boca es mía. Y lo que dice no tiene sentido.

-Me ha tirado…Ese árbol me a tirado al suelo.

Yo quiero decirle que aquello era imposible. Pero de pronto me he quedado sin palabras. Están pasando demasiadas cosas demasiado deprisa. Y es evidente que no estoy preparada para ellas. Cuando dejo a Jennifer en mi cabaña ya hace rato que se ha quedado dormida en mis brazos. A la luz de la bombilla de mi habitación la descubro mucho más pálida y frágil que hace unas horas. No soy capaz de poner cara a unos padres capaces de dejar que una niña tan pequeña se enfrente sola a dejar a su árbol aquí. Las palabras de la fundación han debido de ser más que convincentes. O tal vez no. Por más que miro a Jennifer intentando encontrar en ella algo ordinario no lo consigo. Hasta dormida y herida parece especial. Aunque no sé en qué sentido. La arropo con toda la ternura de la que soy capaz y como el sentido común en un niño es escaso cierro la puerta de casa con llave para que cuando se despierte no se dedique a explorar por su cuenta. Con una caída creo que ya ha tenido más que suficiente. Ahora tengo varios asuntos que resolver y pocas manos con las que manejarlos. Lo cierto es que Robert me inquieta. Nunca le había visto así y lo peor es que tal y como están las cosas que se convierta en un obstáculo antes que en una ayuda no es lo que más me beneficia. Sea como sea a la escuálida luz del día le quedan las horas contadas así que vuelvo a coger la linterna con tanta mala suerte que mi mano encuentra una astilla de madera del soporte antes que el asa y esta se me clava como un mordisco en la piel. Me acuerdo de cuantos antepasados tengan los árboles de manera irrespetuosa mientras me quito el fragmento de madera y chupo la sangre que manda de la herida cual vampiro. Mientras lo hago se me escapa una sonrisa. Estos dos días nada me sale ni me sabe bien. Ni yo misma por lo ácida que me parece mi sangre al rasparme la garganta camino al estómago. Van a dar las diez y mañana está programado que el helicóptero aterrice con las primeras luces y se lleve a la gran mayoría de los semillas hasta su próxima visita, así que me toca volver a hacer recuento y recordarle a cada uno que más les vale estar en el calvero a su hora o se quedan en tierra. Me vuelvo a patear un bosque que a mis ojos se vuelve cada vez más y más sombrío y amenazador. Le perdí el miedo hacía mucho tiempo, pero no el respeto, así que mido mis pasos y cuido que tras cada esquina y cada recodo no haya sorpresa alguna. No la hay. Sólo sombras, pequeños ruidos y mucha, mucha soledad. Todos están más que preparados para la partida. Pronto será navidad y cada uno tiene a una buena bandada de seres queridos esperándoles fuera para celebrarlo con ellos. Suerte que tienen. Yo con que la nieve no me llegue hasta más allá de las rodillas me conformo. Aunque me conformaría con que apareciera Norman. Pero las noticias del fugitivo siguen siendo las mismas: cero. Ni rastro de él. Ya ni trato de calmarlos. No tiene sentido. Gasto suelas y una buena porción de mi tiempo en cumplir con mi deber hasta que en mi lista sólo quedan tres nombres. Y la verdad es que sólo me quisiera cruzar en estos momentos al único al que no puedo encontrar, que es Norman. Así pues tiro una moneda mental y esta cae del lado de Thomas. La conversación con él será corta. Y la verdad es que temo un poco volver a ver a Robert. Dejo atrás sauces, álamos y pinsapos que se mezclan y conviven en un equilibrio imposible mientras me dirijo hasta el corazón del bosque. El verde predomina aquí y el aire es tan fresco y puro que casi intoxica. A plena luz es un lugar magnífico. Un trocito del edén. Eso hasta yo lo puedo ver. Lo que no puedo ver ahora es a Thomas. Su árbol está aquí. Un algarrobo loco enorme, fuerte y sano y a su lado su enorme tienda de campaña. Pero nada más. Con cierto pudor grito su nombre. Mientras resuena entre cortezas y vuelve a mí sin respuesta empiezo a notar que ese idiota me importa. O más bien me importa que no haya desaparecido. Pero no está. Se me encoge el corazón nada más de pensarlo. Busco frenética por todos lados. Mi linterna barre todos los rincones sin éxito. ¿Dónde estás? me repite mi cabeza. No está, me susurra mi alma. Entonces me percato de algo que nunca ha estado ahí. Hay algo rodeando el tronco del algarrobo. Me acerco y descubro como una fina raíz nace a los pies de este y lo envuelve como una amante primeriza. Sigo la línea ascendente hasta el nacimiento de las ramas. De pronto se me cae la linterna. De pronto mi alma estalla en mis pedazos. De pronto comienzo a llorar sin hacer ruido. De pronto descubro un muerto. Allí, colgado de las ramas más altas hay un hombre ahorcado por el mismo árbol.

-Thomas -susurro con el sabor amargo de mis lágrimas corriendo por mis labios.

Porque es él. Sin género de dudas. Muerto. Sus ojos vacíos y sus piernas balanceándose flácidas en una danza macabra. Muerto. La palabra no hace más que repetirse. Y la situación consolidarse.

-¿Sabes como llaman en algunos lugares a los algarrobos? -pregunta una voz a mi espalda con toda la calma del mundo -.El árbol de Judas. Al parecerla Bibliadice que fue en uno como este donde Judas se acabó colgando después de cometer su crimen.

No sé si el mundo se ha puesto en cámara lenta o si soy sólo yo. Lo único que sé es que cuando me giro me encuentro con un Robert calmado, frío y fumador que mira directamente al cadáver con nada más que vacío en la mirada.

-No… no puede ser… -acierta mi boca a decir.

-¿Qué es lo que no puede ser Evelyn? -me pregunta él calmadamente mientras apaga el cigarrillo a la mitad y se lo guarda para más tarde -¿Qué alguien tan egoísta como Thomas se suicide?

-No… ¿Cómo es que estás aquí?

Me sonríe. No comprendo cómo esto le puede resultar divertido. Yo estoy tan acojonada que lo que me extraña es que con el temblor de piernas y lo rota que estoy por dentro no me haya meado ya encima.

-Las raíces -me dice como si aquello lo explicara todo. No lo hace. Y por ello él prosigue -.Hay árboles cuyas raíces pueden extenderse por kilómetros y kilómetros de distancia en busca del sustento necesario para sobrevivir. Y como puedes imaginar hemos necesitado de mucho sustento para sobrevivir. Y el mejor lugar para buscarlo es de donde lo sacan el resto de árboles.

-¿Hemos? -pregunto mientras mi voz agarra una veta de ira que comienza a crecer sobre el desconcierto y el dolor -¿De quién estás hablando?

-De mi eucalipto y de mí, por supuesto.

-Pero tú… ¡Tú dijiste que no podías alejarte de tu árbol!

-Eso es cierto. Es cierto que no me puedo separar de mi árbol -entonces patea el suelo y comprendo. Ahora tampoco está separado de él. Una parte del mismo discurre bajo tierra a pocos metros de nosotros. Y otra muy importante abraza un algarrobo que comienza a secarse tras de mí a toda velocidad -.Y también es cierto que si no me he relacionado con nadie es porque nunca me ha hecho falta. Siempre que he querido una conversación tú ya estabas allí para dármela. De hecho tú has estado siempre allí para proporcionarme lo que necesitaba. Siempre me has cuidado. Lo quisieras o no siempre lo has hecho. Hasta hoy…

-¡Le has matado! -le grito mientras le acuso de lo que me resulta evidente.

-¿Qué? -me pregunta con una muy convincente y bien fingida sorpresa -¿Cómo que le he matado? ¿Cómo sugieres que haya podido colgarle a esa altura?

-¿Entonces por qué estás aquí?

-Había venido a hacer lo correcto…

Entonces mete la mano en su chaqueta y avanza hasta mí. Mi cabeza y mi sentido de auto conservación actúan al unísono y echo a correr. Necesito salir de allí. Necesito un lugar seguro donde refugiarme. Donde todo tenga sentido. O donde todo deje de tenerlo. No lo sé. Corro con el piloto automático y los pulmones pegados en el cielo de la boca. Me tropiezo, caigo, sangro y vuelvo a correr. Sin dirección. Sin esperanza. Nada de esto tiene sentido. El mundo se ha vuelto del revés y se ha olvidado de mandarme un aviso de cuando lo iba a hacer. Entonces recuerdo un nombre. Jennifer. Tengo que ponerla a salvo. Tengo que ponerlos a todos a salvo hasta que llegue el helicóptero. Sí. Cuando llegue todo se arreglará. Les diré lo que ha pasado. Lo que está pasando. Y ellos lo arreglarán. Sólo tengo que correr un poco más. Llego a mi cabaña al límite de mis fuerzas. Rota del cansancio abro la puerta y dentro me está esperando una nueva sorpresa. O más bien no me está esperando porque no hay ni rastro de Jennifer. Lo revuelvo todo pero no la encuentro por ninguna parte. Se me cortan todos los cafés que me he tomado en mi vida. El miedo da paso por fin a la rabia. Y una acida sensación toma posesión de mi cuerpo. Busco algo que me sirva de arma. Poca cosa tengo que resulte fácil y manejable de usar. Descarto la sierra para la poda pero no el machete. Una pistola me vendría cojonuda pero lo más parecido que tengo es una de bengalas. La tomo y me cercioro que esté cargada. Dicen que es peligroso dispararle esto a la cara a alguien. Espero que sea verdad porque si es lo que tengo que hacer lo haré. Salgo de la cabaña y voy en busca del resto de semillas. Fuera una enorme luna llena compite con la luz de mi linterna. Gana con facilidad la competición pero no me importa. Yo no estoy aquí para ganar. Sólo para sobrevivir. Y esa es mi misión. Pero esta noche el mundo parece haber conspirado contra mí pues nadie está en su árbol. No tengo ni idea de donde han podido ir pero al menos no están colgando de sus ramas como Thomas. Cada vez que esa imagen se me pasa por la cabeza mi cuerpo consigue encontrar una pizca más de fuerza para seguir adelante. Mientras grito de desesperación tratando de figurarme donde se han metido todas las semillas del bosque encuentro un rastro a mis pies. Lo sigo con cautela y me lleva hasta el último lugar donde esperaría encontrar a alguien. El roble de Norman. Para mi alivio allí están todos. Rodeando el enorme tronco del árbol y mirando al cielo. Me detengo en seco. No necesito nada más para saber que algo está mal. Miro en derredor buscando la figura ladina de Robert. Pero no hay nada. Sólo un árbol y una veintena de personas a su alrededor cautivadas por la luna y comportándose como si fuesen la secta de los últimos días. Machete en mano irrumpo en el lugar y comienzo a zarandearles a todos. Pero ninguno responde. Todos están como absorbidos por ese cielo de plata que yo ni me atrevo a mirar. Entonces veo el remate del día. Y casi me vuelvo loca del todo. Allí, en el corazón del tronco, está Norman. Y “está” es una forma de decirlo porque parece que él y el tronco se han fundido en uno. Su piel es del color ocre de la madera y sus brazos y piernas están fundidos con el árbol. Es como un grotesco mascarón de proa. Uno que me hace vomitar. Lo hago sin remilgos y casi agradeciendo que la bilis sea tan amarga. Eso la hace mucho más real. Y lo agradezco porque lo que hay a mí alrededor no lo es en absoluto.

-No tengas miedo Eve -dice una voz infantil -.No pasa nada.

Y allí está ella. La pequeña y frágil Jennifer. Sólo que ya no parece tan pequeña. Ni su mirada frágil. Camina hasta mí desde la sombra del árbol con una seguridad que me hace retroceder. Que sea la única que no está prendida de la luna me dice muchas cosas. La forma en la que me sonríe me dice el resto.

-¿Quién coño eres?

En mi vida he amenazado a un niño. Pero tampoco he estado tan acojonada, así que no me importa verme alzar el amenazador filo del cuchillo contra ella. Pero este no parece impresionarla nada.

-Soy yo. La pequeña Jennifer. ¿Quién sino iba a ser?

-Una asesina.

Otra voz nueva interviene. O más bien una voz vieja. Una que ha llenado mis silencios y mitigado mis soledades durante estos tres años. La voz de Robert.

-Vaya… el eucalipto -dice la niña mientras mira de reojo la recién emergida figura de Robert -.Me preguntaba donde estarías. No has acudido a mi llamada.

-¿Ah, pero era para mí también? -le contesta él mientras avanza colocarse justo a espaldas de la niña. -.Creía que era para todos los hijos de la madre tierra.

-Pues claro. Porque eso es lo que eres.

Robert ríe con un deje de nerviosismo en su voz. Tiene el semblante serio. Como si estuviese concentrado en algo. Por un momento nuestras miradas se cruzan. No sé si está intentado decirme que me largue de aquí o que todo va a salir bien. Tal vez ninguna de las dos y sólo sea mi mente tratando de decirme las dos opciones que más me convendrían.

-Mira niña -sigue Robert -.Mis padres se llamaban Mike y Edna. Y el máximo contacto que tuvieron con una planta fue con mi eucalipto y conmigo. Así que si te vas a poner a decir chorradas más te vale que tengas en cuenta que estás a un paso de que te cruce la cara de una buena hostia.

-¿Pegarías a una niña?

-Tú no eres ninguna niña.

Entonces Robert saca un pequeño estilete del bolsillo de su chaqueta y de un rápido ademán se hace un corte en la mano. La levanta en nuestra dirección y lo que mana de ella me deja sin aliento. Porque sangre no es. La sangre no es blanca ni pastosa. Y eso es precisamente lo que sangra su palma.

-Las niñas que se pasan toda su infancia subiendo y bajando de árboles se clavan astillas. Están llenas de pequeñas cicatrices y moratones frescos. Y lo más importante: sangran. Tú no sangraste por ninguna parte cuando te caíste. O lo hiciste pero tus heridas cerraron casi al instante. Sólo que no lo suficientemente rápido para esconderme esto. Además, y para aumentar la charada, te dislocaste un hombro al caer. Sólo que fallaste porque este quedó en un ángulo imposible -me quedo boquiabierta al escuchar aquello -.Y sin embargo te lo pude volver a colocar. Alabo al que te hizo pequeño monstruo, pero debió haber puesto el mismo interés por dentro que por fuera.

Estoy un poco fuera de juego. Aunque es algo lógico viendo lo que estoy viendo. No sé qué hacer si es que hay algo que pueda hacer, así que sigo adoptando el papel de espectadora. Una espectadora que acaricia con obsesión el mango de su machete.

-No puedo creerlo -contesta Jennifer de pronto -.No puedo creer que, de todos mis hijos, hayas sido tú el único que se haya tornado puro. ¿Cómo?

-Que te parta un rayo no te deja demasiadas alternativas monstruo -indica él -.Mi otro yo de madera quedó tan tocado y tan falto de fuerzas que tiró de lo único que tenía a mano: de mí. Así poco a poco fui perdiendo ciertas “cositas” esenciales que te hacen humano y me convertí en lo que sea que soy ahora. No creas que me lo tomé demasiado bien pero al final comprendí que yo hubiese hecho lo mismo para sobrevivir. Así que deje de darle por culo a él, le di todo lo que necesitaba y juntos nos vinimos a este exilio tan bonito a esperar que algún científico diese con la cura. Incluso les di mi sangre… o mi savia o lo que sea que corre por mis venas. Creo que eso hizo avanzar mucho la cosa.

Su mirada fue directa a la desdichada figura de Norman. Un Norman congelado en un grito tan mudo como infinito. Entonces todos los semillas que estaban allí dejaron de otear el cielo y volvieron sus miradas hacia nosotros. Unas miradas tan blancas como la misma luna. Una oleada de escalofríos me recorrió de punta a punta.

-¿Por qué le hiciste eso a Norman? -pregunto yo para probar que todavía tengo voz.

-El vínculo que tenía con su árbol ya casi había sido roto -me dice la niña aunque ni se molesta en mirarme -.Así que vine y lo reforcé. Igual que estoy haciendo con el del resto de mis niños aquí presentes.

-¿Vas a fundirlos a todos con sus árboles? -interviene Robert -Que discreto.

-No pretendo ser discreta. He sido discreta con vosotros demasiado tiempo. Os lo he dado todo sin pedir nada a cambio. Y sin embargo vosotros os habéis dedicado a apuñalarme sin descanso día tras día. Cada paso de vuestra evolución era una piedra más en mi tumba. Y no os percatáis que si yo caigo vosotros lo haréis conmigo. Por eso hago esto. Para que os deis cuenta que vosotros y yo somos lo mismo. Me habéis obligado a comportarme como vosotros para abriros los ojos. Y haré lo necesario para conseguirlo.

Ahora sí que aquello no podía ser. Porque si de verdad aquella niña era quien insinuaba entonces…

-Gaia -musito.

-Ah. Gaia. Veo que todavía hay quien se acuerda de mi nombre. Bueno, de uno de tantos, claro. Quizá si hubiese tenido un nombre perdurable esto no hubiese pasado. Los nombres a menudo vienen asociados a tantas cosas. Y eso es precisamente lo que quiero recuperar. Mi nombre. Y sus consecuencias.

Que la propia madre tierra me esté dando un discurso ecologista completa el cuadro de rarezas en el que me encuentro inmersa en estos momentos. De pronto Robert me hace un gesto casi imperceptible para que me enrolle. No tengo ni idea de que es lo que pretende pero sigue cargando con esa cara de concentración que me tiene escamada.

-Pero hay una cosa que no me explico –digo improvisando sobre la marcha -¿Cuándo le hiciste eso a Norman? Que yo sepa llegaste un día después de que desapareciese.

-Mi ginkgo llegó un día después y me permitió obtener una presencia corpórea que me ha hecho más fuerte. Pero siempre he estado aquí. En este bosque. Porque yo soy parte de él. Y cada uno de estos pequeños árboles son mis retoños. Unos que, sin importar especie o condición, pueden convivir entre ellos sin ningún problema. Eso es algo de lo que vosotros seréis incapaces de hacer. Y el problema es que soy yo la que suele pagar por las consecuencias de vuestros actos.

Tanto tiempo sin nadie que la escuchase parece haber desatado la lengua a Jennifer, Gaia o quien diablos quisiera que fuese. Por desgracia Robert todavía no había acabado y la mano con la que sujeto el machete ya me empieza a sudar de impaciencia y miedo.

-¿Y Thomas? ¿Qué te había hecho él? ¿Por qué lo mataste?

-Porque hay ciertos elementos, como tu desagradable amigo que de repente se ha quedado mudo, que se niegan a escuchar la verdad. Thomas se negó a obedecer. Así que yo me negué a escuchar sus súplicas de piedad mientras le colgaba de su propio árbol –y entonces hizo un gesto y las ramas de los árboles cercanos comienzan a moverse como impulsadas por un viento que no sopla -.Igual que te pasará a ti Eve.

Entonces estas dejan de mecerse y directamente se lanzan hacia mí como brazos de madera. Me defiendo como puedo, lanzando machetazos a discreción, pero no hay manera. Una se me enrosca en la cintura, otra me golpea en la cara dejándome medio grogui y se me escapa el machete de entre los dedos.

-¡Alto! –grita Robert en la lejanía. Las ramas no hacen ni puñetero caso.

-No puedo hacerlo –dice la niña con algo parecido a la tristeza -.Necesito que la gente se haga preguntas cuando vea lo que aquí ha sucedido. No la verdad.

-Es tú última oportunidad –amenaza él -.Suéltala.

Jennifer se echa a reír ante la amenaza. Yo habría hecho lo mismo pero un sabor ocre me ha llenado la boca y mi cabeza parece estar llena de algodones. El golpe del árbol ha sido de los buenos. Cuando se enfríe va a dolerme mucho. Aunque espero no quedar fría del todo. A veces el dolor nos recuerda que estamos vivos. Otras veces simplemente es dolor.

-Tú lo has querido.

De pronto algo extraño sucede. La presión de las ramas que me envuelven se afloja y veo como el semblante de Jennifer cambia por primera vez a algo tan reconocible como el miedo. Se queda muy rígida y su cara de porcelana empieza a ponerse colorada.

-¿Qué estás haciéndome? –le pregunta a Robert que avanza hacia ella despreocupado.

-Estrangulándote… o más bien estrangulando a tu árbol. No es agradable cuando te lo hacen a ti, ¿eh?

-¿Cómo?

Robert me libera del resto de las ramas y si no es por él me hubiese desparramado en el suelo ya que mis piernas parecen haber olvidado como sostenerme. Robert me guiña el ojo aunque su rostro está compungido y perlado en sudor.

-Tu truquito de las ramas es sencillo de reproducir niña. Yo puedo hacerlo con mis raíces. Igual que traté de salvarle la vida a Thomas…aunque llegué tarde.

Entonces por eso había una raíz de eucalipto envolviendo el árbol de Thomas. No quería matarlo con ella. Quería bajarlo. Y seguramente yo lo interrumpí. Gran jugada atontada.

-¿De verdad creías que yo había matado a ese idiota?

-Ahora mismo no creo que puedas culparme en creerme cualquier cosa –le digo en mi defensa -¿Qué diablos habías ido a hacer allí?

Entonces saca una hoja de papel manuscrita. Me la pone delante de la cara. Es un consentimiento escrito a mano para que Thomas actúe en su nombre en cualquier procedimiento legal.

-Ibas a…

-Ahora poco importa lo que iba a hacer. Preocúpate mejor de lo que hay que hacer –me susurra mientras Jennifer comienza a recuperar el color y a moverse con más comodidad -.Prométeme que harás lo que te diga y cuando te lo diga.

-No puedo hacer eso…

-Joder Eve. Pues entonces hazlo. No sé como me las arreglo pero no consigo sacarle una promesa duradera a una mujer.

Eso me hace sonreír. Supongo que de tensión pero se me escapa entre los labios. Entonces él me aprieta la mano fuertemente un segundo y se aleja. Las ramas comienzan nuevamente a moverse pero esta vez no soy yo su objetivo. Es él.

-¿Creías que tus raíces podrían con las mías?

-En absoluto –niega con la cabeza Robert mientras las ramas forman un círculo amenazador a su alrededor, aunque no se cierra -.De hecho no pretendía detenerte. Sino que mi colega se enredara contigo.

-¿Y para qué querías hacer eso?

Con toda la tranquilidad del mundo Robert mete la mano en su bolsillo. Saca su paquete de tabaco, desliza los cigarrillos en su mano y los aplasta en su puño. Me lanza una mirada de reojo que no comprendo. Lo siguiente tampoco lo pillo.

-Como tú bien has dicho a estas alturas soy uno con mi árbol. Y lo que me pase a mí le pasara a él, Así que –y levanta la mano donde  puedo ver un montoncito de cigarrillos aplastados y desmenuzados –Bon apetit.

Y de pronto se los mete todos en la boca y se los traga. Al segundo cae de rodillas agarrándose el estómago. A los dos Jennifer le acompaña. Ambos parecen compartir un dolor inmenso que les arranca un grito al unísono. Corro a prestar ayuda a Robert. Sus labios se han tornado carmesí de su propia sangre. Y descubro que la grotesca mueca que me muestra es lo que debería ser una sonrisa de triunfo.

-¿Qué has hecho? –pregunto yo desesperada -¿Te has envenenado con tabaco?

-No era sólo tabaco –me guiña un ojo y recuerdo las jeringuillas-.Ahora dispárale.

-¿Qué?

Mete la mano temblorosa en la parte trasera de mi pantalón y saca la pistola de bengalas que ya había olvidado que llevaba ahí. Un nuevo acceso de dolor le hace escupir un gran charco de sangre. Aún así no suelta la pistola.

-Es ahora o nunca Eve. Dispárale. Quema a esa zorra y luego tala su árbol.

-¡No puedo hacer eso! ¡No puedo matar a una niña!

-¡No es una niña! –me grita una verdad que niego escuchar -.Es una asesina.

Su temblorosa mano se acerca a la mía y sin pensarlo agarro la pistola. El tacto de Robert y el del arma comparten un frío glacial. Le miro para ver como sus pupilas empiezan a perder el brillo. Como se apaga. Entonces hace algo inesperado. Lleva el arma hacia su propio pecho.

-Dispárame a mí entonces.

-¡No! –bramo mientras lloro como una niña pequeña -.Mi labor aquí es manteneros a salvo…

-Esta es la manera de hacerlo –y me señala al resto de semillas que siguen mirándonos con sus ojos en blanco y sin mover un músculo -.Hay un momento en el que elegir que es lo que se es. Mírame. Yo ya sé lo que soy. Soy el peor camino que puede tomar el ser humano. De hecho apenas me siento humano. Así que por lo que más quieras déjame irme como lo que fui una vez. Déjame ser ahora el que cuide de ti.

Su sangre me distrae. Y la mía. Rojo y blanco. Tan diferentes y sin embargo aquel al que tengo ante mí es el mismo que me ha mantenido cuerda. El mismo que me ha impedido rendirme. El único al que llamé amigo. Por eso mismo no se quién de los dos lo hace. Sólo sé que nuestros dedos están juntos cuando el gatillo se dispara y la bengala se clava en el pecho de Robert. Entonces y sin explicación alguna comienza a arder. Como si su carne fuese madera. No grita pero veo como se debate contra un dolor al que no puede vencer.

-¡Nooooo! –grita Jennifer.

Y ella misma comienza a arder mientras yo contemplo como lo imposible brilla con la intensidad de unas llamas anaranjadas. Todo acaba en minutos. Minutos en los que me vacío por completo. En los que lloro paralizada. En los que revivo lo que es perder a alguien querido. En los que sé que he vuelto a fallar.

Entonces me llevo a los semillas que vuelven en sí al poco tiempo. Ninguno recuerda nada. Suerte que tienen porque cuando el helicóptero aterriza horas después una nueva yo está a los pies de un eucalipto carbonizado esperando impaciente por contar un cuento imposible. Es lo último que me queda por hacer. Luego que hagan lo que les salga de los cojones conmigo. Pero que hagan algo. Porque de ninguna manera voy a permitir que lo que ha pasado aquí sea en vano. Es mi hora de ser valiente. Es mi hora de hacer algo. Y lo pienso hacer. Cueste lo que cueste.

David Gambero 2011

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Comments
9 Responses to “El bosque imposible”
  1. tico dice:

    Hola David, qué imaginación, me ha encantado tu relato, es genial, sin exagerar, como el anterior. Y qué bien hilvanado está todo, como un maestro que es lo que eres. Al principio nos muestras una trama y la vas prolongando hacia el final sin darnos cuenta y uno se olvida de ella porque por el medio nos vas presentando los personajes y sus conflictos. Y uno piensa en la historia, que es muy original, y en los personajes y sus cosas, y uno se pregunta por donde va a salir la cosa, y empieza a hacer hipótesis y luego viene la sorpresa final, que no revelaré, y al final dice, olé, chapó, genial. Gracias por escribir tan bien David, lo he disfrutado mucho.
    Enric, buena ilustración, me gusta mucho esa combinación de colores.

  2. ¡David, enhorabuena! He empezado a leer tu relato y me ha absorbido totalmente y mantenido en vilo hasta el final, me encanta el argumento, la combinación de ecología, misterio, ficción y terror, planteas muchas cosas que dan que pensar. Me ha sorprendido tu protagonista-narradora, ¡ te has metido bajo una piel femenina sin ningún problema ! Has conseguido crear una gran atmósfera, unos personajes definidos y creíbles, que igual inspiran ternura que terror. La ilustración de Enric me ha gustado mucho por su sencillez, y esos tonos cálidos y otoñales. ¡Felicidades a ambos! Un beso, Susana.

  3. Roberto dice:

    Espectacular historia de ciencia ficción, que espero que nunca llegue a convertirse en realidad. Ahora mismo voy a mimar mis plantas por si acaso…

  4. Hola genio 🙂

    Descubrir que las utopías sólo son utopías (utopía: “no lugar”) y ver como de la idea a la práctica siempre hay un desplazamiento que destruye a la primera o que no la deja ser.
    Tu bosque imposible es la utopía de lo heterogéneo, un intento de bosque cosmopolita que los egos de sus obligados habitantes no deja progresar. El que estos sean humanos ligados por una suerte de cordón de plata a sus respectivos árboles asignados de nacimiento, me remite sin querer a dos fuentes. Por un lado, al tipo de castigos con que los dioses de la mitología griega reprendían los comportamientos de humanos o semidioses. De hecho, también estos dioses eran seres de ego inflado y querencias caprichosas. La niña Gaia es una madre naturaleza en esa línea. Y una deidad de carácter infantiloide, de bondad ambigua. Y respecto a esos egos infinitos (donde, si nos ceñimos al de Thompson, todo lo que cae no vuelve a ver la luz del sol) no se alimentan sólo de caprichos sino de esa conciencia de ser distinto. Único. Porque ser «un semilla» es un privilegio friki que sólo regala la diferenciación. El estigma. Éste conlleva el aislamiento y la resignación de tener que convivir con uno mismo y el árbol que te haya tocado: la caja fuerte donde se guarda el alma. Quedar encadenado a él es un destino macabro. Y esas otras características del carácter me recuerdan a los X-Men :X (conciencia de ser distinto, la marca, el estigma, ser único, aceptación de un destino impuesto por esa diferencia…).

    La historia es tremendamente original, David. Pero además, la has narrado como tú sabes hacer tan bien: insuflando a la atmósfera del relato las dosis adecuadas de suspense, humor, mala leche y terror. Adaptando el ritmo y la tensión. Tejiendo diálogos verosímiles en mitad de situaciones increíbles. Ya sabes lo que pienso, David. Tu escritura es siempre una exhibición de poderío. Da la sensación de que vas sobrado de recursos, de que escribes con la misma facilidad con que respiras. Y con esa misma facilidad se leen tus historias.

    Por cierto, me ha gustado mucho la “arbolización” final de Norman, es algo que también ocurre (de manera insinuada: la posibilidad de que haya sido queda abierta) en La tierra llover. Y otro detalle que no sé sí conocías: he buscado en la wiki el ginko, ese árbol que le toca en suerte a la inmadura madre naturaleza, y cuenta que «es el único árbol sin parientes vivos», es decir, se trata de un «fósil viviente». Como anillo al dedo.

    Bueno, David, me ha encantado. Tus fans te saludan 🙂

  5. Enric, tu ilustración es sencilla pero muy desciptiva. Se puede ver el muro que encierra el bosque, el color me sugiere el de un eterno atardecer, una metáfora de las vidas de sus habitantes. Me gusta! Enhorabuena por el trabajo!

    Saludos!

  6. Montse Augé dice:

    David, eres un genio y cada vez nos lo demuestras con tus maravillosos relatos. No lo he leído, lo he devorado y hubiese seguido leyendo más. La historia es estupenda y , como dice Susana, te has metido magistralmente en la piel de una mujer. Alternas lenguaje coloquial con lenguaje culto, humor y drama, pero todo con una naturalidad que la lectura se hace ágil y te engancha desde un primer momento. Aunque hemos coincidido muchos con el tema de la venganza de la naturaleza, tu historia es tremendamente original, digna de ser continuada. El personaje de la madre naturaleza me ha encantado. Y Eve…la verdad es que me he sentido muy identificada con ella, con sus reacciones, con sus cabreos…vaya, se nota que conoces muy bien al género femenino. Pues sólo me queda volver a felicitarte por esta maravilla de relato, y sentirme muy afortunada por poderlo disfrutar.Un abrazo DAvid!!!

    Felicidades también para Enric, has englobado el relato en tu ilustración, ofreciendo una imagen de ese bosque encerrado y con esos colores tan sugerentes. Enhorabuena!!!

  7. olgabesoli dice:

    ¡Lo extenso que es y lo corto que se me ha hecho! ¡Un relato estupendo!

    • tico dice:

      Olga, te recomiendo que leas también el relato de David de la convocatoria anterior porque es tan bueno como éste. Es una joya. Léelo que no te decepcionará.

  8. Mariola dice:

    David, me lo tengo que leer mejor porque ahora lo he hecho demasiado rápido, pero de momento te digo que me parece una historia increíble y fantásticamente contada. No me extenderé en una crítica demasiado profesional porque no las sé hacer. Me guío más por los instintos e impresiones, por lo que me salta a los ojos y me llega dentro. Tu manera de narrar es vertiginosa y cargada de contrastes, así que llama mucho la atención. Desde luego, te sigo.
    Y de Enric qué puedo decir, pues todo lo mejor que para eso sé bien cómo trabaja y la fenomenal ilustración que me hizo a mí.
    Enhorabuena a los dos!

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