El Paisajista

Ilustrador: Fernando Halcón

Correctora: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género:  fantasía, terror

Este cuento es propiedad de Vicente Mateo Serra, y su ilustración es propiedad de Fernando Halcón. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EL PAISAJISTA
Habiendo vivido en los últimos días una serie de extraños acontecimientos, y con el pleno convencimiento de que ocurrieron, a pesar de que la razón, si es razón lo que mueve los hilos de mi cerebro, me dicta lo contrario; habiendo vivido, como digo, tales acontecimientos y con la incertidumbre de los que aún están por llegar, he decidido dejar por escrito mi historia para que sea el lector quien, tras su lectura, juzgue por sí mismo y extraiga sus propias conclusiones acerca de los hechos acaecidos en este lugar cuyo nombre no revelaré, con el fin de determinar si tales sucesos se encuentran o no más allá de aquello que se conoce como entendimiento del ser humano y del que yo dudo poseer en este momento.
En esos menesteres me hallo, escribiendo con letra gruesa y pulso vibrado esta historia ajena a lo cabal sobre el reverso de un mural inmenso, con el único utensilio del que dispongo para la escritura: una brocha hecha con pelos de castor, algo ruda pero eficaz para esta labor. Escribiendo con el miedo y la convicción de que pronto vendrán a por mí los del pueblo; por eso he de ser breve y acabar mi historia antes de que me encuentren y se me lleven.
La historia comenzó, y digo comenzó pues es preciso establecer un punto de partida, hallándome yo encaramado a lo alto de un olmo, hecho éste que no se debía a una elección propia, ya que de otro modo no se explicaría tal coyuntura. Aquella era una situación insólita para mí, pues jamás me había aupado hasta semejante altura excepto cuando, siendo niño, hacía sonar las campanas del monasterio; pero entonces el bosque distaba mucho de la torre y lo único que se veía desde allí era el trasiego de los monjes, aunque de eso hace ya mucho tiempo y es otra historia. Allí en el bosque, desde ese ángulo inusual, podía disfrutar de aquel paisaje puesto allí al servicio de la belleza. Toda una gama de verdes y amarillos bañaba las hojas de los árboles a mi alrededor vistiéndolas con sus mejores galas cuando el sol las acariciaba. Algunos árboles cercanos al mío se elevaban paralelos hasta mi altura, otros la sobrepasaban más allá lanzando un puente entre la tierra y el cielo, pero mi vista no podía alcanzarlos debido a las molestias de mi cuello.

A gran distancia bajo mis pies, un sendero serpenteaba flanqueado a ambos lados por densos arbustos hasta llegar al pueblo, del que como he dicho antes no revelaré su nombre, y se bifurcaba en otros dos más estrechos. Uno de ellos llegaba hasta un pequeño claro donde discurría el cauce de lo que en otra época fue un río y que deslucía el bosque como un cráter, pues ahora yacía seco y vacío. El otro sendero era más difícil de encontrar. En algún lugar se mostraba y en otros se mantenía oculto bajo la hojarasca, y era necesario seguirlo con la intuición para comprobar que no conducía a ninguna parte, sino que quedaba sepultado por una mole de piedra aparentemente desubicada a la vista del lienzo que pintaba la naturaleza para mí, repleto de tonos y matices de colores aún no explorados por mis ojos.

No se puede describir con palabras, y por tanto no lo haré, los sentimientos y emociones que transmitía el bosque, ambientado por el coro armonioso de multitud de aves ocultas tras la frondosidad de los árboles, que dejaban escapar entre las ramas su lírico cantar, impregnando la zona de un rico surtido de armónicos presentes. Quise cerrar los ojos, como si este hecho potenciase el sentido del oído y encauzase hacia allí, aquel torrente de sonidos melódicos y timbrados que musicaban el lugar. Quise cerrar los ojos para aspirar con más intensidad aún si cabe los aromas de color verde que desprendía aquel ambiente que alteraba los sentidos. Quise cerrar los ojos pero no pude, ya que los párpados se hallaban colapsados por mis ojos lluviosos y precipitados hacia delante, y los reducían a membranas amorfas que no respondían a las órdenes que marcaba mi cerebro; así que no los cerré, pero seguí escuchando, concentrado en los malabares y piruetas musicales que un gorrión parado sobre mi hombro —quizás tratando de entablar una conversación amistosa conmigo— se preguntaba qué clase de animal era yo y me invitaba a compartir su rama y así también su hogar.

Por eso al principio no reparé en ello, y tuvieron que pasar unos segundos para darme cuenta de que aquella mole de piedra desubicada al final del sendero que se mostraba y escondía bajo la hojarasca, hermano gemelo del que iba a parar al río, ambos bifurcados del sendero principal que serpenteaba a gran distancia bajo mis pies y que conducía al pueblo cuyo nombre no revelaré… aquella mole de piedra se había movido. Y no lo hizo una sino varias veces. Y tras ella aparecieron unas manos y después otras, que precedieron los cuerpos de dos figuras imponentes que, sin esfuerzo, retiraron la roca, bajo la cual apareció un foso escavado en el terreno y del que surgió un tercer personaje. Lo único que podía hacer era observarlos y asombrarme ante tales criaturas cuyo aspecto difería de los seres que pueblan las leyendas y canciones del lugar. No eran duendes ni eran trolls, más bien parecían ogros por la fuerza descomunal que poseían, pero no por su aspecto. Caminaron hacia mí con la seguridad de saber lo que buscaban y no les causó impresión verme allí arriba, colgado de una rama, con el rostro lívido, ojos y lengua proyectados hacia delante, gesto grotesco y mueca burlona, producto de la asfixia. Ni siquiera tomaron en cuenta el peso y rigidez de mi cuerpo cuando uno de ellos trepó y cortó la cuerda que me mantenía ingrávido, y los otros dos alzaron mi cuerpo con la ligereza con la que se sostiene una pluma y me transportaron hacia la fosa de la que habían aparecido.

Me preguntaba si serían seres enviados del más allá o entelequias de ultratumba con el encargo piadoso de darme sepultura, una vez desposeído de toda existencia terrenal, y soterrar así los actos más miserables y de más baja moral que cometí en vida; otorgando al fin a mi cuerpo el descanso eterno que merece todo ser que vive o muere bajo el mismo cielo.

Esos eran mis pensamientos conforme nos acercábamos a la fosa mortuoria, pero una vez allí ante ella, pude comprobar que no era como la vi a gran distancia desde lo alto de mi árbol, sino mucho más grande de lo que pensé en un principio, y que no se trataba de una fosa sino de algo más profundo e inquietante. Era una gran abertura de la que descendía una escalera hecha de peldaños construidos sobre el terreno y en cuyas paredes laterales había dos antorchas que apenas iluminaban la entrada, por lo que era difícil adivinar la profundidad de la negrura. Una vez dentro, dos de mis acompañantes cerraron la abertura colocando de nuevo la mole de piedra desubicada en su lugar.

Cogieron las antorchas de la entrada y se pusieron delante y detrás del que me portaba, escoltándonos en el descenso de tal forma que la escalera sólo quedaba iluminada a nuestro paso mientras bajábamos. A veces, la escalera giraba a uno y otro lado, no giros bruscos, sino suaves, y siempre descendiendo.

Llevábamos horas bajando y seguíamos haciéndolo, y por fin llegamos a un espacio más amplio en el que habían tres huecos en la pared donde desembocaban tres escaleras como la nuestra. Fuimos hacia una de ellas y continuamos descendiendo. El escenario se repetía una y otra vez: galerías angostas y húmedas, fruto de la lluvia del exterior que el terreno drenaba y rociaba en los túneles por donde discurrían las escaleras, repletas de peldaños incontables, al final de los cuales siempre hallábamos lo mismo. Y cuanto más descendíamos estos espacios eran más amplios y mayor el número de escaleras que partían de ellos, y también éstas se volvían más anchas, y por ellas corría hasta nosotros una sinfonía de alaridos y quebrantos proveniente de las entrañas de aquel antro. Llegamos a una zona donde la oscuridad no era tan espesa y un fulgor anaranjado, débil aunque lo suficientemente claro para iluminar nuestro paso, nos mostraba el camino, y aquí fue donde mis acompañantes se deshicieron de las antorchas y anduvieron hasta una escalera, y continuamos bajando.

No sé cuánto tiempo transcurrió cuando por fin descendimos hasta lo que supuse sería el nivel inferior, pues ya no volvimos a hacerlo, y la fría temperatura de fuera, que nos siguió en los primeros pasadizos, se templó a mitad de camino y ahora era un sofocante bochorno.

Lo que allí vieron mis ojos me llenó de asombro pues su belleza era tan hipnótica como siniestra. Ante mí se extendía un mar subterráneo, no un mar corriente, sino un mar de lava, como las brasas de una gran hoguera, y su resplandor era tal que refulgía contra las paredes de la caverna; y en ellas se entretejían las sombras de tétricas ramas que no eran sino las raíces de los árboles del exterior plantados del revés formando un espeluznante bosque invertido que dotaba al lugar de un aspecto terrorífico.

También se oía por doquier una pieza macabra compuesta por incisivos y afilados graznidos, capaces de contraer el corazón y helar el aliento. Cuando mis ojos se hicieron a la oscuridad, vi cómo dos hileras de alternas llamaradas formaban un pasaje que nos condujo ante la base de unos gigantescos muros esculpidos en la roca, donde se hallaban incrustados dos inmensos y pesados portones de color negro —cuya altura se perdía en la penumbra—, construidos con algún material duro y brillante similar al basalto. Solamente en su superficie pude ver reflejado a la luz de las tinieblas un sinfín de espectros alados sobrevolando nuestras cabezas, dueños de aquel gorjeo fantasmal, y a nuestro alrededor, figuras difusas que vagaban erráticas en aquella oquedad lúgubre, como espíritus sin cobijo a las puertas del infierno.

Ilustración de Fernando Halcón

Ilustración de Fernando Halcón

Y las puertas del infierno se abrieron y tras ellas surgió una bocanada de fuego cuyas lágrimas ardientes salpicaron mi rostro. Y las llamas se alzaron ante mí desafiantes, prendiendo los resquicios de mi arrojo, y subyugado por su dominio, me dejé arrastrar por ellas. Entonces el fuego penetró en mí y se hizo la sombra en mi interior.
Obviaré relatar lo que allí ocurrió por no contagiar al lector la amargura de mis palabras al describir el escenario de aquella guarida macabra. No hablaré de los seres que allí habitan como aquellos que transportaron mi cuerpo, esos seres y otros muchos como ellos y peores. No mencionaré las serpientes sin cabeza, ni los horrendos engendros de la naturaleza, ni esas formas retorcidas lamiendo sus propias formas. No hablaré de los cuerpos raídos vacíos de espíritu. No lo haré. Sólo diré que al despertar de nuevo en el bosque, pensé haber salido de un sueño y aún hoy lo creo cuando busco y no hallo el surco que la soga dejó en mi cuello. Y por eso me siento un hombre nuevo pero vencido, porque mi alma permanecerá allí prisionera si no cumplo lo prometido.

Han pasado seis días desde aquello y el desánimo me abate. Percibo en mi interior el recuerdo de un acuerdo con lo oscuro, y la resignación por un destino que estoy obligado a cumplir. Y aquí me encuentro, con una brocha hecha con pelos de castor, algo ruda pero eficaz para esta labor, mezclando aceites con pigmentos para formar una pintura, con la idea de plasmar sobre el lienzo de un mural inmenso la pura esencia de la natura y borrar así de un brochazo el bosque que tengo ante mis ojos.

Podría parecer una ilusión o quizás un delirio, pero ya advertí al principio que estos hechos escapaban a toda lógica. Lo cierto es que lo oscuro tenía las siniestras intenciones de sembrar el fuego en la tierra, pero debía hacerlo sin destruir los bosques pues los reservaba para otros fines que no me fueron revelados; y cuando supo de mi oficio, que era el de paisajista, puso a mi alcance un mural maldito que abarcaba más allá de lo que puede alcanzar la vista, con el embrujo de hacer desaparecer cuanto se pintase sobre él. Así pues, yo debía plasmar en aquel lienzo el bosque entero, y cuando acabase con aquél empezar por el siguiente, convirtiendo la tierra en un páramo yermo.

Así fue cómo los designios del destino me convirtieron en un peón al servicio del rey negro, en un soldado sin voluntad en la vastedad de su ejército. Tenía el poder de reclutar a cualquiera que pudiera serme útil, pero preferí no adentrarme en el pueblo y evitar a sus habitantes. No hallaba respuestas para explicar el extraño sortilegio por el que había vuelto a la vida, más aún cuando fueron ellos los que acabaron con ella en lo alto de un árbol al considerar que mis actos eran obra del demonio, aquellos en los que yo y otros como yo conseguimos secar los ríos y transportar su agua hasta el cielo en odres y corambres de cuero.

Viendo la ardua tarea que tenía por delante me puse manos a la obra de inmediato y empecé a pintar, y elegí borrar primero el olmo del que estuve colgado, y desapareció. Después otro árbol y otro y así sucesivamente.
El frío entumecía mis dedos por las noches mientras pintaba con el débil resplandor de una vela para no atraer a las fieras del bosque, pero el anochecer del tercer día trajo consigo a los lobos, que ya habían advertido mi presencia. Sus sobrecogedores aullidos marcaban el ritmo de mis trazos y sus ojos acechantes me asediaban en las infatigables vigilias. Se protegían en la oscuridad, esperando verme desfallecer o prestos a lanzarme su ataque voraz en cualquier instante. Y conforme pasaban las noches notaba su presencia más cerca. Tan amenazante era que los grillos guardaban silencio.

Una de las noches, estando ya tan a su alcance y sintiéndome ser su presa, uno de los lobos rompió el cerco formado por el resplandor de la vela y se presentó ante mí mostrándome sus fauces, pero ocurrió que otro lobo, el que parecía jefe de la manada, se abalanzó con un enorme salto y descargó su cuerpo contra el primero, clavando sus afilados colmillos en el cuello y desgarrando la carne a dentelladas. Pensé que le hacía pagar caro el atrevimiento de intentar ser el primero en probar bocado. Entonces abandonó el cuerpo del que yacía muerto y se me acercó tanto que pude notar en mi piel su aliento, clavó sus ojos en mí y lanzó a la noche el aullido más desgarrador que jamás oí. Cuando ya me tenía a su merced sucedió algo inesperado porque el lobo retrocedió, dio media vuelta y se adentró en el bosque llevándose consigo al resto de la manada.

Esas eran mis noches. Por el día el sol me alentaba a continuar mientras el bosque dejaba de existir con cada una de mis pinceladas. A medida que pintaba, la magia del bosque se evaporaba hasta desaparecer. Era triste ver cómo aquel paisaje de colores y aromas desaparecía abruptamente en un determinado lugar y continuaba en un espacio, tan inquietante por su vacío como por su silencio. La desolación se palpaba allí. Los animales que penetraban en él salían desconcertados y claramente alterados. A cada minuto más cantidad de ellos se reunía en torno a mí, sin saber dónde ir ni qué hacer, pero conocedores de que yo era el culpable.

Casi podría decir que fui obligado por sus miradas acusadoras a adentrarme en esa zona muerta y comprobar por mí mismo el embrujo del lugar. Lo hice, y lo que allí sentí fue la privación de los sentidos. La nada absoluta. Como la presión de algo no definido que embute el cerebro aplastando cualquier ápice de sensibilidad. Un vacío carente de todo.

Me flaquearon las fuerzas pero ni siquiera lo noté. Lo hice cuando regresé al bosque, y me sorprendí dando tumbos mientras corría, porque allí dentro no sé cuándo empecé a hacerlo, ya que no oí el sonido de mis pasos sobre un suelo que mis ojos no vieron. El tiempo pasó imperceptible para mi, y una vez fuera se me vino el mundo encima y fui presa del remordimiento ante el terror de un futuro baldío. Eso es lo que me llevó a escribir esta historia y dejarla plasmada en el reverso de este mural inmenso.

Y mientras escribo veo cómo un manto de nubes va cubriendo el cielo y apaga el sol. Y veo cómo llega la tormenta y desata su ira y arrecia su cólera. Ruge el viento y moja la lluvia, que borra todo mi lienzo. Y los árboles vuelven a su sitio y maldigo al causante de aquello. Y pienso. Pienso en aquél que me devolvió la vida por un pacto. Y pienso en aquel que nunca escuchó mis oraciones. Pienso, y aun así rezo. Y es entonces cuando ocurre, que las nubes que ocultan el cielo se agitan y no lo hacen una sino varias veces, y tras ellas aparece un fulgurante resplandor cuyo haz luminoso me baña por entero y marca el camino a los cuerpos ligeros de tres poderosas figuras aladas que vuelan veloces hasta mí. Parecen estar tocadas de una gracia especial y lo único que puedo hacer cuando me llevan es observar y asombrarme ante tales criaturas cuyo aspecto difiere de los seres que pueblan las leyendas y canciones del lugar.

Vicente Mateo Serra – tico

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Comments
26 Responses to “El Paisajista”
  1. tico dice:

    Muchas gracias por la ilustración Fernando, ha sido un placer formar equipo contigo, y qué decir de la ilustarción ¡¡MONUMENTAL!!
    Mariola, muchísimas gracias por tu correción, espero que no te diese mucho trabajo 😉 hiciste un trabajo muy profesional y he aprendido mucho tanto de las correcciones como de las sugerencias que me hiciste.

  2. Mariola dice:

    Gracias a ti por tus palabras, Tico. Ha sido un placer participar como correctora. Os aseguro que he aprendido yo también con vuestros textos, y me encantará hacerlo de nuevo si surge la oportunidad.
    Fernando no ha podido hacerte una ilustración más acertada a tu inquietante relato. Enhorabuena por tan buen trabajo. 😀

  3. Lo mismo digo, Gracias a ti Tico por tu relato, fue muy inspirador pues relataba las sensaciones de desasosiego e inquietud a la perfección, sólo tuve que transcribir tales sensaciones. Enhorabuena.

    Ha quedado fenomenal. Gracias a los organizadores y maquetadores.
    Saludos!

  4. No tengo demasiadas oportunidades de leer un texto tuyo, Tico. Y cada vez me tienes más enganchado. Desde aquel primer Habitando el círculo, cuyo aliento en el cogote pudo sentir Trece, han sido, si no recuerdo mal, un par de crónicas y otro relato además de éste.
    No sé si me equivoco, pero da la sensación que a lo largo de ese camino has trabajado a fondo tanto la prosa como los temas. La forma y el fondo. Te diría cosas respecto a los hitos que me hacen caer en cuenta de esta evolución, pero aquí mejor me centro en el relato de El paisajista.
    El paisajista es un relato de terror fantástico (fantástico en dos sentidos 😛 ). Has elegido una fórmula narrativa excelente: el narrador en primera persona relata unos hechos acaecidos en un pasado más o menos reciente, convencido ya de su veracidad aunque de manera elástica –permitiéndose regresar a la duda original, a lo alucinante de la experiencia- , de la realidad de sus vivencias, pero sobre todo, decidido, valiente o indolente; es decir: lo cuenta porque dispone de fuerzas suficientes o porque ha tomado ya la distancia necesaria para que no le importe si quien lee le cree o no. Evoca este inicio a algunos relatos de Poe (La verdad sobre el caso Valdemar, por ejemplo) o HP Lovecraft (La decisión de Randolph Carter, por otro ejemplo, los dos relatos son geniales, léelos si no lo has hecho que te van a encantar).

    Y ese narrador enseguida empieza a construir su contexto con cuidadas descripciones. Extraordinariamente cuidadas:

    «Toda una gama de verdes y amarillos bañaba las hojas de los árboles a mi alrededor vistiéndolas con sus mejores galas cuando el sol las acariciaba. Algunos árboles cercanos al mío se elevaban paralelos hasta mi altura, otros la sobrepasaban más allá lanzando un puente entre la tierra y el cielo(…)».

    O, también:

    «Uno de ellos llegaba hasta un pequeño claro donde discurría el cauce de lo que en otra época fue un río y que deslucía el bosque como un cráter, pues ahora yacía seco y vacío. El otro sendero era más difícil de encontrar. En algún lugar se mostraba y en otros se mantenía oculto bajo la hojarasca(…)».

    A través de sus palabras, que son sus ojos, vamos imaginando el lugar al tiempo que avanzamos en la trama. Pero hay un porqué para esas descripciones cuidadas, atentas al detalle. Ya es pasado el meridiano del texto que averiguamos que el narrador es paisajista. Deformación profesional la suya. Un gran trabajo el tuyo, poniéndote ese mono de trabajo.

    Y para este trabajo, utilizas recursos literarios que multiplican el efecto de esas descripciones. Por ejemplo, una figura retórica llamada sinestesia que consiste en intercambiar sentidos y percepciones: escuchar los colores o ver la música, y que a mí me parece difícil de usar pero de resultados muy bonitos:

    «Quise cerrar los ojos para aspirar con más intensidad aún si cabe los aromas de color verde que desprendía aquel ambiente que alteraba los sentidos».

    Precisamente cuando el paisajista afirma que se queda sin palabras para explicar en detalle lo que veía y sentía, huele a verde tú bosque pintado, Tico. O esta otra que me parece que es algún tipo de sinécdoque (no me acuerdo bien):

    «los párpados se hallaban colapsados por mis ojos lluviosos».

    Ya lo miraré, tengo que repasar un poquito la retórica. O tal vez Elsa, Mariola o Montse nos puedan echar un cable. Sea como sea, me gusta, porque lo fácil en la descripción es abusar de la comparación o de la metáfora más sencilla. Estos otros recursos denotan más trabajo, más cuidado.

    El manejo del ritmo así como del tiempo y su percepción también está muy afinado. La narración comienza con el relato en tiempo presente, luego, de un salto, viajamos a seis días después antes. Siempre el tono es de inquietud, de “vais a flipar”. Pero llega un momento en que la tensión narrativa se incremente, presiona el ánimo:

    «Sus sobrecogedores aullidos marcaban el ritmo de mis trazos y sus ojos acechantes me asediaban en las infatigables vigilias. Se protegían en la oscuridad, esperando verme desfallecer o prestos a lanzarme su ataque voraz en cualquier instante. Y conforme pasaban las noches notaba su presencia más cerca. Tan amenazante era que los grillos guardaban silencio».

    Esa tensión concluye en un clímax que no explicaré para no “spoliear” a nadie, y me encanta como encaras la vuelta a esa rutina especial del protagonista. Frase corta, para llevarnos de nuevo al contexto a través de un lamento velado:

    «Eran así mis noches».

    Y sigues contando. La percepción del tiempo alterada, como tiene que ser. El peso específico del mundo real aplastándole cuando regresa. Y el manejo de uno de esos conceptos extremos, absolutos pero también borrosos que a mí tanto me gustan(la nada, el todo, siempre, nunca…):

    «Lo hice, y lo que allí sentí fue la privación de los sentidos. La nada absoluta. Como la presión de algo no definido que embute el cerebro aplastando cualquier ápice de sensibilidad. Un vacío carente de todo»

    Respecto a tu Hades. Tu infierno particular. El miedo y el frío entre el fuego:
    «como espíritus sin cobijo a las puertas del infierno».

    Y también la prosa muy cuidada:

    «Y las puertas del infierno se abrieron y tras ellas surgió una bocanada de fuego cuyas lágrimas ardientes salpicaron mi rostro. Y las llamas se alzaron ante mí desafiantes, prendiendo los resquicios de mi arrojo, y subyugado por su dominio, me dejé arrastrar por ellas. Entonces el fuego penetró en mí y se hizo la sombra en mi interior».

    Tu Hades y su descenso me recuerda al hábitat de los Morlocks de la novela de Wells (y de las pelis), La máquina del tiempo. Y aquí es donde tengo que hablar sobre la ilustración espectacular de Fernando Halcón. El agua es fuego y abrasa, entre rojos y naranjas y se siente el frío con el color negro. Seres y excrecencias de estos. La cantidad de detalles requiere una mirada atenta, sería genial poder ampliarla. Pero, aun así, la puerta del infierno da un miedo tremendo. Felicidades, Fernando. Vuelves a dejarme boquiabierto.

    Y Tico, qué puedo decirte más. Ah, sí. La idea de pintar y despintar bosques me parece muy buena. Pero, claro, había que desarrollarla. Y lo has hecho genial. Felicidades, de verdad.
    Tico, escribe.

    PS. He intentado no mencionar detalles que puedan suponer un spoiler, si lo he hecho y le he chafado algo a alguien, sorry!!

    • Fernando, a pesar de que ya he comentado tu trabajo en el comentario para Tico, quería remarcar que me parece buenísima tu ilustración. Pude comprobar cómo te implicas en el texto, como lo absorbes, lo tamizas y nos lo regalas en una imagen.

      Si el infierno es así, te diría que hasta me gustaría pasar un rato de le eternidad en él para ver la cantidad de detalles con que lo has construido.

      ¡Enhorabuena!

    • tico dice:

      Miguel Ángel muchas gracias primero por tu atenta lectura y tu análisis pormenorizado, y segundo por todo lo bueno que me dices en tu comentario. Me imagino que lo malo te lo guardas 🙂 pero también me gustaría conocerlo aunque ya sabes que este relato quedará como una anécdota en mi vida, siempre es bueno saber los errores que comete uno. Así aprendo, no sólo de lo bueno, que quedará reflejado en todo tu comentario, sino también de los errores, que me mandarás en un email privado, para ocultar mis vergüenzas 😉 ¡Quién sabe si lo de escribir deja de ser una anécdota y pasa a ser una afición!

      En ese email también me gustaría conocer “esos hitos que te hacen caer en la cuenta de mi evolución tanto en la prosa como en el fondo”. Seguro que te equivocas, ya verás jeje.
      Aciertas en el nº de mis textos, pero no en el orden. Las crónicas sí, pero La calle nº13, estaba escrito hace unos años sólo que lo sometí a una pequeña reforma, y es cuando lo leíste.

      Tienes razón en que me fijé en los relatos de Poe, y quise imitarlo (hasta donde mi capacidad me permite, claro está) y en el primer párrafo quise hacer algo similar, me alegro que te dieras cuenta, eso significa que al menos un poco lo hice bien. Precisamente ese relato que Poe no lo he leído, y mira que he leído, pero no tardara en caer y de Lovecraft no he leído absolutamente nada, es una deuda pendiente de hace tiempo.
      En cuanto a las descripciones, sinceramente no había caído que eran tan cuidadas porque el narrador es paisajista, pero mira ya que lo dices, a partir de ahora lo usaré para indicar que esa era mi pretensión 😉 Simplemente quería “adornar” el relato.

      De las figuras retóricas, no es que las busque, bueno algunas sí, pero muchas otras me salen espontáneamente, por eso algunas quedan un poco extrañas. La de “los párpados se hallaban colapsados por mis ojos lluviosos” es una de las pistas que le doy al lector para que adivine por sí solo porque el protagonista se encuentra donde está. Después se dice más explícitamente pero antes de eso puse varias pistas aparte de esa: “hallándome yo encaramado a lo alto de un olmo, hecho éste que no se debía a una elección propia”, “pero mi vista no podía alcanzarlos debido a las molestias de mi cuello.”.

      En cuanto a la “nada”, me hubiera gustado desarrollar más esa parte en un párrafo más, porque daba mucho juego y tal y como está queda un poco pobre.

      Muchas gracias de nuevo, siempre se aprende de ti, tanto en tus textos como en tus comentarios.

    • tico dice:

      Miguel Ángel ¿con lo de los Morlocks te refieres a que te lo imaginas de cartón piedra? jeje en realidad te confundes. Como le decía a Chus yo no he descrito el infierno sino que sólo la entrada. Me quedé a las puertas.

      • Tico, cuando descienden a las cavernas, me ha recordado a cuando el protagonista de La máquina del tiempo se aventura en la morada de los Morlocks. Es decir, lo que me ha recordado a las cavernas de los Morlocks es la antesala del infierno, pero lo he dicho mal 😦
        Menos mal que te quedaste a las puertas, porque si no quién iba a dormir!?

  5. Irene dice:

    Me ha gustado mucho este texto, la narración mantiene la intriga y engancha hasta el final. La ilustración ayuda, aún más, a echar a volar la imaginación.

    Felicidades!

  6. Roberto dice:

    Guau! Un relato digno de Lovecraft… Muy bueno.

    • tico dice:

      Mira has dicho lo mismo que mi perro cuando se lo leí, el fue quien me dio el visto bueno para mandarlo 🙂 Gracias Roberto y te has pasado con lo de lovecraft eh?

  7. ¡Ticooooooo! Qué grande eres, me he quedado boquiabierta. Es un relato maravillosamente infernal, o infernalmente maravilloso, me ha pasado como a Miguel Ángel, me has recordado desde el principio a Edgar Alan Poe. Me ha entusiasmado tu riqueza expresiva, tus descripciones de la bajada al infierno y el infierno personal del paisajista, el tono narrativo que retrotae a los autores del romanticismo, el clímax, las sorpresas (la causa de que el narrador estuviera en lo alto del olmo, por ejemplo), y la idea de ese lienzo “mágico”, y la lluvia salvadora… genial. Felicidades, de verdad. Quiero un libro tuyo YA. Un abrazo, S.
    Fernando, ilustrar este relato era todo un reto, ya sólamente elegir una escena de entre todas las posibles debió de ser complicado, pero lo has resuelto con mucho arte. ¡Enhorabuena!

    • tico dice:

      ¡Susanaaaaaa! pues sí, quise imitar a Poe dentro de mis posibilidades. “Mi riqueza expresiva” se debe a las páginas de sinónimos de internet y del Word jeje. Me alegro mucho que te haya gustado, y si quieres un libro mío yo quiero que lo ilustres tú 🙂
      Tienes razón con la ilustración, está muy bien recreada, yo la tengo en tamaño más grande y se puede apreciar el curro que se ha pegado Fernando con todos esos detalles. Además, yo también hubiera elegido la misma escena.

  8. Montse Augé dice:

    Poe, digo Tico, coincido con mis compañeros: tu relato es una joya, juegas de manera increíble con los recursos literarios.No me digas que soy una exagerada… Yo también quiero un libro tuyo, como Susana. Y la historia es una maravilla, tienes una imaginación…desbordante. De verdad , en serio, he devorado el relato y espero el próximo. Tienes talento de sobras para escribir, ya lo sabíamos pero lo estás confirmando.¡Felicidades!

  9. chusdiaz dice:

    ¡Tico! Me uno al club de los boquiabiertos con este cuento. Es el primer relato tuyo que leo (vale, sí, reconozco que no pude hacer todos los deberes en TBC) y me has dejado francamente sorprendida. Lo he leído de un tirón… ¡Vaya imaginación! Me ha encantado el estilo, esa crónica en primera persona muy a lo Poe, como ya han dicho otros compis. Me ha fascinado el inicio, cómo introduces al protagonista y cómo desvelas cuál es su “estado” real. Y ese final que remite al principio y que no presagia nada bueno me ha dejado bien inquieta… ¡Enhorabuena!

    Y enhorabuena también a ti, Fernando, por tu ilustración. Esa recreación del infierno que describe Tico es de lo más acertada. Inquietante, terrorífica, pero también atractiva…

    • tico dice:

      Hola Chus, muchas gracias, me alegro que te haya gustado, es todo un halago viniendo de gente que escribe tan bien. Aunque te tengo que rectificar algo, y es que Fernando no ha recreado el infierno ya que yo no lo describí. Yo sólo me quedé a las puertas. El interior es cosa de la imaginación del lector. Muchas gracias de nuevo.

      • chusdiaz dice:

        Ay, tienes razón. Tendría que haber dicho la antesala del infierno, para ser más correcta. El infierno es lo que queda tras esa puerta que despierta tanta curiosidad…

  10. Bueno, aquí tengo un problema. No con el texto, que comenzaré diciendo que me ha gustado tanto que es de los que agradablemente he tenido que volver sobre sus letras unas cuantas veces para no perderme nada que los pestañeos me pudiesen quitar, sino con el autor, porque no sólo ya sabía que era un excelente ilustrador, sino que ahora me encuentro con que es un magnífico escritor. Queriendo y sin querer nos metes, casi nos obligas, a habitar la piel de un protagonista que ha vivido y pasado por lo indecible. Nos colgamos de cada árbol y nos sumergimos en la antesala del infierno de una manera que, al menos a un servidor, nos remueve casi todas las partes del cuerpo. Esa belleza terrible. Esa desazón abandonada de quien se sabe preso de un destino que ya no controla se palpan en muchas frases por no decir en casi todas. Esa condena u obligación final de pintar lo que siempre estará vivo y en movimiento. Lo que únicamente será capaz el autor de captar el pasado y jamás el presente es soberbia.
    Ante todo esto y más que me gustaría poder expresar de manera tan acertada como el comentario de Miguel Ángel yo me rindo. Maravilloso trabajo de un grandísimo autor. Felicitaciones Tico. Y muy sinceras. Atreverse contra las letras no es sencillo. Vencerlas como lo has hecho es extraordinario. Gracias por tu relato. Gracias por atreverte.

    Y para Fernando un poco más de lo mismo y mejor. Una ilustración impresionante. Tanto que casi me hubiese gustado que mi indulgente imaginación no hubiese tenido una referencia tan clara, vital y terrorífica del infierno descrito por Tico. La lava está conseguidísima y el fondo consigue que a los que miramos nos cueste encontrar un resquicio de paz donde no debería haberla. Impresionante y mis más sinceras felicitaciones.

  11. David Gambero dice:

    Tras haber tenido que efectuar lo que en mi tierra se llama un “chapú” para que se vean mis comentarios ahí van en tropel.

    Bueno, aquí tengo un problema. No con el texto, que comenzaré diciendo que me ha gustado tanto que es de los que agradablemente he tenido que volver sobre sus letras unas cuantas veces para no perderme nada que los pestañeos me pudiesen quitar, sino con el autor, porque no sólo ya sabía que era un excelente ilustrador, sino que ahora me encuentro con que es un magnífico escritor. Queriendo y sin querer nos metes, casi nos obligas, a habitar la piel de un protagonista que ha vivido y pasado por lo indecible. Nos colgamos de cada árbol y nos sumergimos en la antesala del infierno de una manera que, al menos a un servidor, nos remueve casi todas las partes del cuerpo. Esa belleza terrible. Esa desazón abandonada de quien se sabe preso de un destino que ya no controla se palpan en muchas frases por no decir en casi todas. Esa condena u obligación final de pintar lo que siempre estará vivo y en movimiento. Lo que únicamente será capaz el autor de captar el pasado y jamás el presente es soberbia.
    Ante todo esto y más que me gustaría poder expresar de manera tan acertada como el comentario de Miguel Ángel yo me rindo. Maravilloso trabajo de un grandísimo autor. Felicitaciones Tico. Y muy sinceras. Atreverse contra las letras no es sencillo. Vencerlas como lo has hecho es extraordinario. Gracias por tu relato. Gracias por atreverte.
    Y para Fernando un poco más de lo mismo y mejor. Una ilustración impresionante. Tanto que casi me hubiese gustado que mi indulgente imaginación no hubiese tenido una referencia tan clara, vital y terrorífica del infierno descrito por Tico. La lava está conseguidísima y el fondo consigue que a los que miramos nos cueste encontrar un resquicio de paz donde no debería haberla. Impresionante y mis más sinceras felicitaciones.

  12. PALOMA MUÑOZ dice:

    La verdad es que como dicen los anteriores colegas y a mí me parece tambiñen que hay momentos en los que recuerdas a grandes escritores de relatos de terror, fantasía y misterio. Tu imaginación es portentosa y la ilustración de Fernando Halcón es tan inquetante como la historia. Un saludo.

    • tico dice:

      Hola Paloma, se me había pasado tu comentario, perdona, sólo puedo decirte que muchas gracias y que sí que es verdad que me fijé en Poe pero ni mucho menos llegó a su altura y también tienes razón en que la ilustración de Fernando recrea a la perfección y con todo lujo de detalles lo que yo quise decir en el texto.

  13. Hola a todos, escribo aquí y ahora con la sensación de llegar tarde, muy tarde, después de ver la cantidad de análisis, críticas, observaciones, referencias, intercambios, ….etc, etc,… que tanta gente ha escrito en estas semanas pasadas acerca de este magnífico y escalofriante relato de Tico. Mil gracias por vuestros comentarios en lo que me tocan y respecto a la narración de Tico que es realmente sobresaliente.

    Alababa Miguel Ángel mi implicación en el texto a la hora de ilustrarlo, como lo absorbo, lo tamizo y lo regalo en una imagen. Agradezco ese análisis porque así es, cuando tengo que trabajar a partir del trabajo previo de alguien me implico hasta tal punto que procuro desentrañar antes toda la posible esencia que soy capaz de absorber antes de empezar a trabajar, no hago nada si antes no llevo esa esencia conmigo a mi tablero de dibujo.
    No obstante, el mérito no es sólo mío, incluso diría que ni siquiera es mío, en realidad si el relato contiene la fuerza descriptiva necesaria, la poética emocional sentida requerida y sus “ingredientes” están “bien cocinados” para transmitir las sensaciones buscadas, entonces el ilustrador sólo tiene que leer y escucharse, la magia viene dada. Éste es el caso del relato de Tico. (y el de muchos otros autores de este proyecto de Ediciona).

    Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios. Abrazos!

    • tico dice:

      Gracias Fernando, tú ilustración es tan buena y rica en detalles que se podía haber partido de ella para escribir el relato, la pena es que se vea un poco pequeña y no se aprecie tu trabajo en la medida que le corresponde. Un abrazo.

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