Ella ha llegado

Autor: Esperanza Tejera Viera

Ilustrador: Daniel Camargo

Género: ralato

Este cuento es propiedad de Esperanza Tejera, y su ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ella ha llegado

La casa cercana mantiene el misterio que la envuelve hace un tiempo. No han visto entrar o salir a ningún ser humano. Quien atrevidamente se acerca, ve unas velas que no se consumen nunca, oscilando en las habitaciones, que iluminan viejos retratos, abandonados a la compañía de flores muertas.

La casa representa la soledad, la rodea un crepúsculo incoloro y moribundo, cuya superficie denota el vacío del cielo, que contribuye a acrecentar esa sensación de invernadero.

Los girasoles pintados en el frente, que se abren al salir el sol y juntan sus pétalos por la tarde, no ayudan a aclarar la situación.

Un cuervo joven con sus ojos azulados y sus plumas color mate desde el pico negro y curvo hasta la larga cola, mira a los paseantes, detenido en la chimenea. Algunos aseguran que es una veleta, porque solo ven que se mueve cuando sopla el viento norte.

Los ladrillos de un rojo berilio, enmarcan el resto de las paredes, como una gigantesca caja de regalos, con un moño en el techo atado con cintas de colores, que nadie se animaría a abrir.

Los secretos que guardan los habitantes de ese lugar, los ignoran los curiosos de alrededor, sin darse cuenta de que, quizás, esas personas simplemente no quieren que descubran su alma. Suman sus propias palabras, dichas en secreto y con maldad, como una victoria colectiva ante el enemigo común.

Un día, sale una pareja tomada de la mano que va rumbo al bosque cercano, lo que da sensación de reflejos negruscos. Unos bancos plantados como árboles chatos salpican el pasto, que se mueve como una barba verde con ganas de crecer.

Es un atardecer que no invita a salir; es invierno y los árboles mezclan tonos de verdes y ramas desnudas. El cielo, de un azul plateado, se convierte de a poco, en una lámina grisácea de zinc recién fundido.

Remolinos de polvo se levantan por el camino. A un costado los sapos cantan sin afinación y el sonido envuelve la atmósfera. Algunas hierbas se calcinan al contacto de los pies de los caminantes y la naturaleza oscurece de repente.

El ojo parpadeante de un avión cruza la tarde.

Muy sorprendidos, las miradas los acompañan, mostrando un interés para el que no tienen una explicación coherente. La distancia viste las figuras de colores que es posible no sean los verdaderos. Ellos ven a la mujer con un largo vestido floreado, sacudido por el movimiento de sus pasos; el hombre, de oscuro, lleva un sombrero de copa que sujeta con su mano derecha.

Hasta el espantapájaros parece caminar empujado por el viento, porque ya no tiene aves para asustar ni salen ruidos por sus retazos.

El reloj de una capilla metida en lo hondo del bosque y que ha sido olvidada por la mayoría, deja caer siete campanadas con un eco que se vuelve dramático. En ese silencioso domingo, los perros no ladran, las máquinas de una vieja fábrica están desconectadas, no se oyen las notas de un cante, los autos descansan para el otro día y la gente se recluye con la sensación de que cerró un ciclo y tiene muy poco que hacer y esperar.

Después, el silencio se quiebra en la apacible tarde de la aldea.

Las casa cercanas, con el resplandor que pinta la cal blanca, se alternan con unos caminos de tierra que se meten entre los árboles sin conocer la mayoría hacia dónde se dirigen.

Se aprecia el contorno del cielo, como una mortaja inesperada, que hace palidecer los objetos más cercanos.

Todas las puertas se cierran, con un quejido cortante como la tapia de un sepulcro y solo quedan los ojos recelosos de los mayores, con rostros atrapados por un súbito temor y las miradas sorprendidas de los niños detrás de las ventanas.

Hombres y mujeres se miran ente sí y ven cómo las arrugas han rayado sus caras. Los cabellos blancos están más sueltos y largos. Los ojos parecen envejecidos, en la forma particular en que fenecen los objetos de los muertos.

A través de los cristales contemplan el aletear de las ramas, que cada vez se tornan más enérgicas, como en una danza de disfraces que les agrega más angustia. En pocos minutos están envueltos en las tinieblas que el viento y la lluvia enredan como serpentinas descontroladas.

Allí nada permanece inmóvil. Las copas de los árboles son sombras en movimiento.

Ahora ya han olvidado a los paseantes, ante la certeza de que algo inusual o talvez extraordinario, está ocurriendo. A cada segundo que pasa se siente más el frío y la furia del temporal, como si un dios enojado quisiera castigar las debilidades de los pecadores, en tan solo un rato.

En ese tiempo ven pasar toda su vida.

Miran hacia un lugar indefinido en medio del bosque, rogando un milagro de que les otorguen el perdón.

Cuando la lluvia cesa, la noche parece meterse cada vez más en el silencio. Solo el rumor del viento recorre la distancia del bosque al poblado al que se suma el canto de los sapos, que ahora parecen crear palabras, en un remolino que deja ver, con una luz llegada no se sabe de dónde, un vestido de flores, seguido por un sombrero de copa que ya tomó distancia de la mano protectora.

Un rato después las ramas de los árboles dejan de gotear; abajo la tierra húmeda resuma una fragancia que se siente desde lejos y sale un brillo que despide luz y risa. Las briznas hacen cosquillas en los dedos y se siente el germinar de la tierra.

El pueblo se despereza ante esa llegada; el corazón les late en el pecho, olvidados de lo que vivieron antes y cada uno revaloriza sus propios sentimientos, con la imagen de que recién nacen a la vida.

Los pájaros  flotan hasta lo más alto de los árboles, donde vuelven a crecer flores en los esbeltos tallos.

Para la gente ya el pasado no existe.

Miran el bosque, que se mueve entre la luz que nace y la sombra que huye, como si fueran pétalos o vidrios que reflejan todo y transforman a los árboles en una alegría viviente.

Las figuras que entraron al bosque ya no están y desde allí, un sinfín de mariposas giran en el cielo, multiplicándose hasta el infinito.

Anuncian así la llegada de la primavera.

Ilustración de Daniel Camargo

Ilustración de Daniel Camargo

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Comments
8 Responses to “Ella ha llegado”
  1. tico dice:

    Esperanza, he disfrutado mucho leyendo este relato, es una delicia leerlo y la ilustración de Daniel es una joya. Una más. Daniel nunca falla.

  2. Me gustó mucho, y mucho más ese final feliz. Empecé a devorar los renglones, me angustié porque imaginaba un desenlace distinto. Hasta que llegó el oasis. ¡Qué alivio! Cariños.
    Preciosa ilustración de Daniel.

  3. Me gustó muchísimo, y mucho más ese final. Empecé a devorar los renglones, angustiada imaginaba un desenlace fatal. Luego, el oasis. ¡Qué alivio! Cariños.

    Preciosa ilustración de Daniel. Felicitaciones a los dos.

  4. Roberto dice:

    No lo había visto hasta hoy, que me he puesto a buscar las ilustraciones del pobre colaborador al que le he tocado en suerte (y eso que juraría haberlos leído todos).

    Es la prosa más poética que he leído en mi vida, porque está un poco distante de mi estilo de lectura, pero he de reconocer que me ha parecido… hermoso (y me preocupa, porque mis gustos son un poco más tenebroides).

    La ilustración es preciosa, Daniel. Intentaré estar a la altura del nuevo reto.

  5. Montse Augé dice:

    Esperanza, tu relato llegó tarde pero que bien que llegó porque es una maravilla, rebosa poesía y belleza, haces que al lector le envuelvan las palabras y se quede prendido del relato. Enhorabuena, es magnífico.

    Daniel, ya te comenté tu ilustración en otra parte, pero te debía aquí el comentario, a ver si el resto de compañeros entran a leer y a disfrutar de tu ilustración. Pues te lo repito, soy fan tuya y de tus estupendos trabajos, y ésta es otra de tus joyas, transmite la misma poesía y belleza que el relato de Esperanza. Enhorabuena a los dos por vuestro espléndido trabajo!!

  6. PALOMA MUÑOZ dice:

    Las descripciones son muy realistas y sin embargo están llenas de poesía o al menos eso me parece a mí. Es un cuento con una prosa cuajada de poesía y la ilustración de Daniel es fantástica. Os felicito a los dos.

  7. Mariola dice:

    Qué bonitas descripciones, Esperanza. Evocadoras y muy líricas. Y la ilustración de Daniel muy acertada! Os felicito!

  8. Esperanza dice:

    Pasan los años de este cuento y me emociono volver a leer las opiniones de ustedes. La ilustración es estupenda. Fue un honor para mi contar con Daniel. Gracias a todos.

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