Jubilación

Autora: Olga Besolí

Ilustrador: Mariana Poggio

Correctora: Elsa Martínez

Género: relato (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de Mariana Poggio. Quedan reservados todos los derechos de autor.

JUBILACIÓN

Vivo en un bosque. Aunque debería decir «habito» pues mi existencia no es exactamente lo que los humanos denominan «vida». Pero soy uno más de los miles de habitantes de los bosques. Concretamente, de uno que antaño fue de los más frondosos y espesos, situado en un lugar al que vuestras gentes llaman Asturias. Para nosotros es Czjentz, que quiere decir «lugar de osos».

Y a mí se me puede ver, o no, todo depende de las voluntades, al lado de una gran encina milenaria. No es que me guste especialmente estar allí, pero en eso consiste mi trabajo. En vigilar. Yo solo cumplo con mi obligación. Vigilar y proteger. Soy el guardián del portal. Aunque solo sea por poco tiempo: van a jubilarme.

No es que me haya vuelto viejo, no. No se trata de eso. A mis ochocientos treinta y seis años de vida (según vuestro cómputo basado en el ciclo solar) estoy en buena forma física y gozo de plenas facultades mentales.

No. Es otra la razón por la que estoy a punto de quedarme sin trabajo. Los constructores van a terminar con él. Curioso nombre ese de constructores, ¿no? cuando lo único que hacen, según mi parecer, es destruir… De hecho, van a echar abajo mi portal, y cuando ya no exista… ¿Qué es un guardián sin puerta? Nada. Un idiota plantado en algún lugar sin sentido y sin nada que hacer. Así que, cuando la luz crepuscular ilumine el cielo del anochecer, y un fulgurante rayo verde indique el fin de mi jornada laboral de hoy, cruzaré el umbral por última vez y, desde el otro lado, con el apoyo de todos los míos, echaré el cierre definitivo.

Ya no habrá más visitas de un lado para el otro. Nuestros mundos quedarán completamente separados. Cada parte del bosque evolucionará de forma totalmente independiente a como lo haga la otra. De hecho, últimamente, ya no se parecían en nada. Nuestra parte se ve cada día más verde y espesa, con árboles altos y fuertes, y una cantidad tan variopinta de especies vegetales que favorecen el crecimiento de la población de animales. Vuestro lado aparece enfermizo, agonizante, porque poco a poco lo habéis ido despojando de toda la vida que contenía.

Primero cayeron los matorrales espinosos, que arrancasteis de los bajos de los árboles y de los senderos que marcaban las pisadas de las bestias, para poder unir las vuestras a las suyas sin temer pincharos y arañaros las piernas. Luego hicisteis desaparecer el sotobosque, dejando los árboles solitarios, como una triste caricatura de lo que allí existía, con sus troncos clavados sobre el suelo como lanzas marchitas donde antes había hierbas, flores y plantas que les daban color, alegría y aroma. Tras esa devastación, aparecieron los troncos de algunos fresnos tachonados con carteles que rezaban «Vía verde», «ruta en bicicleta», «recorrido largo» y otro que es para reírse: «entre todos cuidemos el bosque» ¿Cuidar? ¿A qué llamáis vosotros cuidar?

Pero eso fue solo el principio. Una madrugada descubrí unas marcas pintadas en la base de algunos árboles, unas cruces rosáceas, en todos los troncos que cubrían una zona estrecha, pero tan larga que se extendía cruzando el bosque de punta a punta. Yo no entendí que significaba aquello, hasta que un día todos aquellos árboles desaparecieron, dejando sus tocones cortados a ras del suelo como único testigo mudo de que una vez alzaron sus copas imponentes hacia el cielo en busca de luz. Pero ese no era el fin que les esperaba. Les aguardaba algo todavía peor.

Al poco tiempo, sus raíces muertas fueron sepultadas por una gran y apestosa capa de pasta negruzca que cubría el suelo y a la que llamáis asfalto, que tan pronto como se endureció, empezó a ser recorrida por vuestras maquinarias. Eso fue lo más horrible que he presenciado en mi vida. Lo siento, pero nunca podré acostumbrarme al ruido infernal de vuestros autos. De hace tiempo que no oigo nada con el oído derecho y mi esposa os achaca a vosotros mi pérdida de audición. Dice que es culpa de la exposición continuada a los ruidos infernales de vuestros artilugios durante las últimas décadas. Quizá ella tenga razón.

Pero hay cosas más terribles que esa. Como lo que estáis haciendo ahora, con esas excavadoras amarillas y con esos taladros gigantes. Las atronadoras sierras mecánicas cortan sin parar día tras día, sin respiro ni descanso, acabando con todos los árboles que quedaron en pie. Ni siquiera el viejo castaño y el tilo se han librado de la aniquilación. ¿Qué pretendéis? ¿Arrasar con todo?

Últimamente, cuando el sol del amanecer proyecta la luz violácea que me avisa del inicio de mi turno, y traspaso el portal, lo hago temeroso, pues me horroriza pensar qué será lo siguiente que habrá desaparecido ante mis ojos cuando contemple vuestra parte. Y la respuesta es que todo. Ha ido desapareciendo todo, poco a poco, paulatinamente. Con cada nueva luz del alba, con cada incursión en vuestro mundo, parece que me adentre en un paraje de pesadilla, fantasmagórico, donde los rugidos mecánicos y los chasquidos metálicos han sustituido el graznido de las aves y el ulular del viento sobre las ramas. Donde se oyen incesantes pitidos y bocinazos en vez del galopar de los asturcones y el paso firme de los osos. Donde el olor a gasolina quemada se impone sobre el dulce aroma de la tierra mojada. Donde el suelo aparece estéril, yermo y ralo, muerto, donde antes daba cobijo a multitud de vidas.

Ya ni recuerdo la cantidad de veces que he llorado ante esa visión, aunque lo haga en silencio y a solas. Nunca se lo he contado a nadie, ni siquiera a mi esposa. Jamás lo haré. Sólo un ser me ha visto derramar alguna lágrima, y curiosamente no es uno de los míos sino uno de los vuestros, una persona, un ser humano, una niña que se mueve con soltura por su mundo y también por el mío, única conocedora de nuestra existencia. Los demás no saben ya más de nosotros. Nos ignoran. No quieren vernos.

Ella, mi pequeña amiga, cuando desaparecieron los primeros matorrales, me dijo: «No entristezcas, las personas somos así, siempre queremos cambiar todo». Pero yo eso, en el fondo, ya lo sabía. Ya entonces se podía husmear en el aire que los vientos cambiaban anunciando que el fin estaba por venir, para precipitarse sobre nosotros, después de tantos milenios de respeto mutuo y entendimiento. Pero no puede haber un entendimiento con aquello que no existe, y hace un par de siglos que el ser humano puso todo su empeño en olvidar el hecho de que nosotros también somos reales. Y lo consiguió. Su mayor logro fue dejar de vernos, porque eso depende de las voluntades.

Pero ahora ya no hay casi nada más por ver. Soy el último habitante del bosque que queda y hoy es mi último día aquí. Los duendes que se encargaban de cuidar la vegetación y de fertilizar el suelo fueron los primeros en irse, desapareciendo la misma noche que decidieron huir los animales de tierra. Eso ocurrió tras aquel fatídico día en que el suelo amaneció desnudo y sin hojas. Las hadas emigraron poco después. Se fueron con los pájaros, y las pocas que decidieron quedarse terminaron enloqueciendo por el ruido ensordecedor de los motores o bien murieron asfixiadas por acercarse demasiado al humo que desprenden. Y nosotros, los elfos, somos los últimos seres de la antigüedad que aún habitamos este bosque, aunque, a partir de mañana, nos encerraremos en nuestro lado, a cal y canto, dejando de habitar en el vuestro. Para siempre.

Mañana será el primer día de vuestro futuro a solas y, la verdad, no sé muy bien que os va a deparar. No entiendo muy bien adonde queréis llegar. Y creo que vosotros tampoco. Pero eso es asunto vuestro. Mañana ya no tendré que preocuparme por eso. Estaré disfrutando de mi jubilación, pues hoy es el último día de nuestro tiempo conjunto.

Supe que hoy era el día señalado, la última jornada, tan pronto como traspasé el portal, como vengo haciendo todas las mañanas desde hace seiscientos veintiún años (según vuestros cálculos) y me encontré con un espacio vacío, llano, totalmente arrasado frente a mis ojos. No había árboles. Ninguno. Y donde ayer estaba mi roble de la sombra, con aquellas ramas retorcidas y repletas de hojas que parecían haber sido perfectamente creadas para cobijar la siesta de un elfo, se levantaba un único poste con un enorme cartel que rezaba: «Constructora Lapique. Nueva zona residencial».

Tal fue la impresión que recibí que corrí desesperadamente a refugiarme en mi lado del mundo, asustado y sin aliento. Permanecí unos segundos agachado en el suelo, de rodillas, con las manos tapándome la cara, sin siquiera atreverme a mirar. ¿Y si tanto vacío termina por afectarnos a nosotros? Pero intenté calmar mis miedos y mi corazón desbocado y pronto recuperé la compostura, pues soy un elfo valiente. Miré a mi alrededor y contemplé aliviado cómo todo sigue en su lugar. Mi roble de la sombra permanece allí, majestuoso, tapando los rayos solares y ofreciendo ese gran círculo oscuro sobre el suelo repleto de matorrales, hierbas y hierbajos que solían cubrir antaño su tronco en vuestro mundo, y lo harán para toda la eternidad en el mío, convirtiendo el suelo en un acolchado lecho que invita a echarse a dormir. En mi mundo sobreviven las retamas, los carrascales y los escobones, las diminutas flores silvestres y el nutritivo manto de hojas podridas que fertiliza un suelo que, en los equinoccios, hará crecer las jugosas setas que levantarán sus cabezas y competirán con los múltiples tallos diminutos de las plantas recién nacidas. En el vuestro ya no crecerá nada más. Nunca más.

Pero, como he dicho, soy un valiente y también un ser responsable en mi trabajo. Así que, aunque me disgustó sobremanera, volví a traspasar el umbral en cumplimiento de mi deber, intentando asimilar y comprender por que razón en vuestro mundo solo crece la muerte y la desolación ruidosa. No lo he logrado. Quizás es porque, en los últimos tiempos, entre vosotros y nosotros ya no hay nada en común salvo los tres árboles ancianos que forman el portal: mi querida encina, el viejo olmo y la enorme haya que entrelazan sus ramas para formar ese arco que nos une y separa. Pero mañana ya ni siquiera compartiremos eso. He descubierto que también habéis pintado la cruz rosada sobre sus tres troncos. Sé lo que significa: mañana aparecerán cortados. Y sin ellos no hay portal. Y con él desaparecerá todo contacto posible entre nosotros. Por siempre jamás.

Por eso, en este frío y triste atardecer, sin árboles que me cobijen ni plantas que me arropen, sigo aquí, cumpliendo con el horario de mi última jornada laboral, escondido y agazapado, arriesgándome a que los hombres de las máquinas ensordecedoras me vean, aunque, sinceramente, no creo que eso pueda ocurrir, pues depende de las voluntades, y ellos tienen los cuerpos demasiado ajetreados y la mente demasiado ausente para alojar ninguna.

Pero no sigo aquí solamente por mi valentía y mi gran sentido de la responsabilidad, puesto que se podría decir que mi labor en el día de hoy ya no tiene sentido. No es eso. Todavía me queda algo por hacer. Quiero despedirme de mi única amiga humana, aquella niña que solía venir a visitarme todos los días de niña, y luego más espaciadamente de joven y que, en los últimos tiempos, se ha convertido en una adorable ancianita de cabellos plateados y piel arrugada. Quero verla por última vez y decirle que no es que yo quiera irme para no volver jamás, solo es que los humanos me han jubilado.

Ilustración de Mariana Poggio

Ilustración de Mariana Poggio

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Comments
12 Responses to “Jubilación”
  1. olgabesoli dice:

    Bien, Mariana, ¿Qué tal te parece? ¿A que ha quedado bien? Solo decirte que ha sido un placer trabajar contigo. Y espero que sirva para que repitas experiencia. Un abrazo.

  2. tico dice:

    Olga, me ha gustado mucho tu relato, incita a la reflexión y está muy bien escrito. Me ha gustado especialmente la parte donde hablas de los elfos, duendes y hadas.
    Mariana, tu ilustración es arriesgada, me encanta la idea de la sombra de la anciana como si fuera la niña.

  3. Halley dice:

    Olga, me ha gustado mucho tu relato, incita a la reflexión y está muy bien escrito. Me ha gustado especialmente la parte donde hablas de los elfos, duendes y hadas.
    Mariana, tu ilustración es arriesgada, me encanta la idea de la sombra de la anciana como si fuera la niña.

    +1

  4. Olga, te tengo que felicitar porque de verdad que me has llegado al corazon. La sensibilidad al medio ambiente y al abuso humano deforestando casi toda España está magnificamente representada por ese elfo que de esta parte de Asturias tendrá que acostumbrarse a que lo llamen “trasgu”.
    Las dos hemos casualmente tocado el mismo tema y por eso comprendo tan intimamente la desolacion y tristeza de tu elfo .
    Considero un buen trabajo aquel que te toca la fibra sensible, aquel que te hace vibrar de emoción y consigue remover coonciencias y reflexiones y tu lo has conseguido de pleno.
    Mis trasgos tambien lloran en silencio por la estupidez e iniquidad de algunos humanos.
    Enhorabuena
    Laura Vazvál

  5. chusdiaz dice:

    ¡Qué bonito, Olga, y qué triste a la vez! Una manera muy tierna de intentar hacernos entrar en razón. No sólo nos cargamos los bosques, sino que además acabamos con la magia… Mientras leía imaginaba a tu duende mirándome fijamente, señalándome con un dedo acusador, y casi me han dado ganas de disculparme. Y esa ancianita que parece que va a quedarse más sola a partir de ahora… Como dice Laura, ¡tu cuento llega al corazón!

  6. olgabesoli dice:

    Muchas gracias a todos por vuestros comentarios.

    Y a ti doblemente, Tico, ya que, por lo visto, te han copiado el comentario, y eso tiene mucho mérito, jejejej.

    Un abrazo a todos.

  7. Pilar dice:

    Felicidades a las dos, por vuestros trabajos, bonito relato.

  8. Montse Augé dice:

    Un relato que invita a la reflexión, sin duda. Junto esos personajes llenos de magia logras transmitir esa llamada de alerta ante la catástrofe. Coincido con algún comentario anterior en que la tristeza y la belleza van de la mano.Me ha gustado mucho.

    La ilustración es también muy sugerente, un buen trabajo Mariana!!.

  9. PALOMA MUÑOZ dice:

    Desde luego que a este paso, todos los seres mágicos de los bosques se tendrán que buscar otro sito para vivir. Muy bonito el relato y la ilustración es muy apropiada a lo que Olga cuenta. Felicidades a Mariana y a Olga

  10. Mariana Poggio dice:

    Y YO RECIÉN ME VENGO A ENTERAR DE TODO ESTO!!!
    QUE SORPRESA! MUCHAS GRACIAS A TODOS POR VUESTROS COMENTARIOS, HAN SIDO MUY NUTRITIVOS!
    OLGA, COMPAÑERA, TAMBIÉN HA SIDO UN PLACER! Y SI, ME HA INVITADO A REPETIR LA EXPERIENCIA!

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