La tierra llover

Autora: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Vicente Mateo Serra

Correctora: Elsa Martínez

Género: relato (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La tierra llover

«Fumamos para ir viviendo, Daniel», grita el señor Forés desde dentro. Daniel se relaja. Mira al cielo un instante. Está nublado. No parece que nadie se vaya a molestar hoy en planear un viaje. Se lo tomará con calma. «Sí, Forés, pero la virtud está en el término medio. Fume usted algo menos y verá que va viviendo también». Se enciende un John Player Special. Forés le ha dicho que están de oferta esta semana. Aspira su humo que debiera ser distinto, más suave. Y no le desagrada. De hecho, lo encuentra parecido. Le relaja. Abre la persiana de la agencia. No entrará todavía. «En cinco minutos», se dice. Enfrente, al otro lado de la carretera, Tessa está ocupada tras el cristal de su boutique. Una clienta se prueba un abrigo de paño. «Afortunada, Tessa. Tiene a quien despachar…», murmura. «Hace meses que no vendo ni un billete de autobús». La clienta de Tessa se queda con el abrigo. Paga con tarjeta. Después, Tessa la acompaña hasta la puerta. Daniel quiere pensar que lo hace para verlo a él, para acercársele un poquito. Para reducir en algún centímetro el abismo que los aleja. Que condena esas dos vidas a los polos del no hay nosotros. Y allí, separadas por seis metros de asfalto y una línea discontinua, sus miradas se traban. Ella sonríe para él. La clienta sonríe para Tessa. Daniel da una calada para sí. Expulsa el humo y le guiña un ojo. Eso hace. Es lo único que sabe hacer con Tessa. Tira el cigarrillo al suelo que rueda por la acera hasta caer sobre el asfalto. Enseguida la diminuta brasa se extingue. Llega el olor a filtro quemado. De repente, un camión atraviesa con estruendo la carretera del pueblo. Apenas dos kilómetros de bisectriz. «Un TIR», piensa por pensar en algo. «Irá hacia el norte», informa al vacío, «no hay donde descargar nada en dirección este», pronuncia en voz alta como si hubiese alguien escuchándole, «y menos aún, algo que este camionazo pueda cargar». Sabe que habla solo. No se ve un alma. Las gentes del pueblo existen en secreto. Incluso la clienta que ha salido hace un instante de la tienda de Tessa ha sido tragada por el desierto de su misma rutina. Tessa está dentro de nuevo. A lo suyo. También lo que ellos comparten existe en secreto: su nada. Una nada que ella no conoce pero sí conoce él. La nada entre ellos y nadie en la calle. «Esto es el culo del mundo». Suavemente, lo grita.

Un desconocido. Una esperanza y un reproche. Luego la espera. Nada más. Confía en que le llamará. Se lo ha asegurado. «¿Qué entenderá este tipo por “un grupo grande”?», se pregunta, «Cinco personas. Quizá veinte…», suspira, «Veinte, ojalá». Se concentra. Hace números. Repasa mentalmente los hoteles, las rutas, los vuelos, las tarifas. Las deudas. Sonríe. Sí. Podría salvarse. Salvar la agencia. De repente la puerta se abre y aparece Renfe. «Esta noche fiestón ¿no tío?», grita. Está en la entrada. Los brazos en cruz. Quieto. Un gesto de mártir le enmascara el rostro. Es un payaso y le gusta serlo. A Renfe le llaman Renfe porque de niño vivía fuera del pueblo. Y venía en Renfe. Así de fácil bautizan los niños. Así de inmediata y simple es la inocente condena a perpetuidad del sobrenombre impuesto. Daniel sonríe y niega al tiempo: «No, tío, espera al menos hasta el viernes». Renfe trabajaba en el aserradero del norte. Ya no. Y ahora, tal vez, tiene demasiado tiempo porque no tiene trabajo porque el aserradero cerró hace seis meses. Y es que el aserradero se vendió a la región como un proyecto sostenible de explotación de los recursos, aunque, a la postre, dicha sostenibilidad jamás se sostuvo. Jamás se procuró. En siete años, las abundantes zonas boscosas adyacentes fueron impunemente arrasadas. Renfe colaboró por algo más de mil euros al mes y una promesa de progreso. Firme. De porvenir asegurado. Y así, yendo y viniendo a diario a lomos de un Caterpillar, fue programado. Dirigido. Renfe, una hormiga soldado. Lo hizo engañado sin percibir –o querer percibir– el engaño. Trabajaba sin cuestionarse. Tampoco hoy lo hace. Tampoco hoy siente que le hayan robado algo más que un puesto. Sigue sin saber. Porque continúa sin hacerse preguntas. En la comodidad de su ceguera, en el confort de su ignorante incapacidad de reacción, sólo sabe que ahora está en paro y que ya no hay bosques. Y es que a Renfe le preocupa muy poco lo que queda más allá de su día de hoy. «Joder, macho. Eres un peñazo», se queja. Daniel levanta los hombros: «Claro, Renfe. Soy un muermo. Un muermo aburrido que casualmente tiene que ocuparse de un negocio, ¿recuerdas? Tal vez tenga algo que ver». «¡Vale, vale! Corta el rollo, vacacioneselenmar. No veo muchos signos de ocupación por aquí, la verdad. Tú sabrás. No nos hagamos mala sangre, tío. ¿Te hace un piti?». Daniel asiente y se levanta de su silla y salen ambos fuera de la agencia. Deja la puerta abierta para poder oír el teléfono. Espera la llamada del hombre anónimo. De esa llamada depende todo. Y fuman. «¿Qué es esta mierda?», se queja Renfe tras la primera calada, «no sabe a nada». «John Player Special», responde Daniel, «está de oferta. A Forés se le ha terminado el Lucky». A Renfe le es igual. No le escucha. Porque le preocupa muy poco lo que queda más allá de su día de hoy. Renfe, anti-empático, insiste: «Venga, Dani, joder… Mira, tío: pillamos el coche, bajamos a la city, un par de copas, un bailoteo y nos retiramos como campeones. Prometido. Nos vendrá bien un poquito de marcha, ¡diablo!… ». Pero tampoco Daniel escucha a Renfe. Tiene fija la atención en el lugar donde apenas una hora antes ha tirado la colilla. Justo allí, en la aridez del alquitrán, un pequeño brote ha roto el asfalto. Y crece. Desafía al cielo y a la lógica pues su tierra y su semilla no son sino dos venenos: alquitrán de boquilla sembrado en alquitrán de carretera. «La vida busca cualquier resquicio para ser. La existencia siempre parece dispuesta a presentar batalla. A cualquier precio. Le basta la mínima oportunidad. Cuando aparece, irrumpe, arrasa, destroza…», reflexiona Daniel. Nunca antes lo había visto de este modo. El concepto de vida siempre le había parecido correlativo al de creación. Pero ahora entiende que ese correlato tiene un coste. Y por más que trata de prestar atención a las palabas de Renfe, sólo puede pensar en que esa vida –la de ese tallo de dos hojitas de apariencia inocente, inocua, incluso frágil– es, en realidad, violencia en estado puro. Entonces, un escalofrío le recorre cada vértebra. Cada poro. «Déjalo, Renfe. El viernes. Salimos el viernes».

Daniel siempre es el primer cliente del estanco. Tampoco hoy es distinto. «Buenos días, Forés», saluda al entrar. «Buenos días, Dani», contesta secamente el estanquero, «¿te ha llamado ya Barrero?». No, Barrero todavía no ha llamado a Daniel. Y si lo ha hecho, Daniel no lo sabe porque aún no ha abierto la agencia. Le dice esto a Forés y le pregunta también que qué es lo que Barrero quería. «Ya te lo contará él. Está hablando con todos nosotros. Uno por uno. Parece que se acerca una tormenta muy fuerte». «Pues sí que debe ser fuerte si nos llama por teléfono para advertirnos de ella», se burla Daniel. «Lo bastante como para pensar en evacuarnos a todos, chaval». A Daniel no le sorprende la propuesta de evacuación de Barrero porque siempre le ha parecido que Barrero se comporta como el sheriff del condado de una película catastrófica. «La gran tormenta, starred by Sheriff Barrero», comenta mordaz. Pero Forés no participa de la broma y Daniel repara entonces en su rostro. Más enjuto. Profundas ojeras ensombrecen su mirada; bajo la piel trasluce un color gris pardo, pálido, enfermo. «¿Estás bien, Forés?» se interesa Daniel. «Sí, tranquilo. Hoy no tengo muy buen cuerpo. Soy muy sensible a los cambios de tiempo y el de hoy parece que va a ser de órdago». Forés sonríe y arranca un leve carraspeo: «¿Lo de siempre?», pregunta; y con la ceja arqueada contempla a Daniel mientras aguarda la segura confirmación de cada día: la entrega de los dos paquetes de tabaco que Daniel se va a meter entre pecho y espalda. Como en una ceremonia carente de emoción y rebosante de rutina, aburrida, consuetudinaria, Daniel asiente y confirma: «Sí, gracias, Forés. Un par de Luckys». Así son sus vidas. Forés busca en la estantería; luego bajo el cristal del mostrador. Pero no hay Lucky allí ni allá. Se extraña. Revuelve un armario. Rebusca en un par de cajas. Se disculpa y le pide un segundo a Daniel. «Y dos», concede éste. Se pierde tras la puerta del almacén unos minutos. Daniel está tranquilo. No hay prisa. No espera tener demasiados clientes hoy. «No. Tampoco hoy». Daniel lo escucha toser. Forés aparece con peor cara que la que llevaba cuando se fue al almacén. Mayor el surco de las ojeras y más grisácea la piel. Apagada y metálica. También así la voz: «Lo siento, Dani, no me queda Lucky. El camión debería haber pasado anteayer. Pensé que tenía más. Pero toma, puedes llevarte éste: John Player Special. Lo han traído hace una hora. Me han asegurado que sabe igual, aunque quizá sea algo más suave… Lo voy a tener de oferta toda la semana; si te gusta, está a buen precio». Forés le entrega tres paquetes de John Player Special por lo que cuestan dos paquetes de Lucky Strike. La tos de Forés crece por momentos. Se asfixia con cada golpe de pecho. Parece el cielo al tronar. «No fumes tanto, Forés, no te va nada bien. Hazme caso». El estanquero ríe mientras Daniel se marcha. Enciende un cigarrillo y entretanto piensa Forés en su paradoja: seguir fumando tabaco para llegar a viejo. A más viejo. La paradoja de Forés. Porque es incapaz de resistirse a fumar mientras su vida se gasta vendiendo, hablando de, sirviendo, en definitiva: tabaco; siempre tabaco; sus días perdidos en un laberinto de cartones y advertencias institucionales. Forés fuma para poder seguir siendo Forés. Su cara viste ahora un color cercano al del musgo. Se siente cansado. La piel del rostro comienza agrietársele. «Fumamos para ir viviendo, Daniel», grita el señor Forés desde dentro.

«Esto es el culo del mundo». Suavemente, lo grita. Mira al cielo. Despejado. «Aquí nunca pasa nada». Levanta la persiana de la agencia. Da las luces y enciende el servidor. En el contestador hay dos mensajes: «Daniel, soy Barrero. Llámame en cuanto llegues. Gracias». Pulsa «2» para borrar. Y siguiente. «Hola, Daniel. Soy yo otra vez. Por favor, llámame. Es importante». Y «2» de nuevo. «Luego le llamo», piensa. «O no», se sincera, pícaro, consigo mismo, y sonríe.
Nada en el correo electrónico. Tampoco spam. El Amazonas es su nuevo reclamo y su nuevo fracaso. Nadie buscó el sol de Punta Cana y nadie busca ahora la aventura amazónica. Porque aquí no hay nadie. Pronto tendrá que cerrar. Para siempre. En el escaparate todavía tiene los «clicks» de famóbil, la palmera, la arena de playa y el papel azul con que maquetó la oferta navideña: «Fin de año en el Caribe por sólo…». No era tanto dinero en realidad. Daniel ha viajado poco. De todos los destinos que trata de vender sólo ha estado en uno: París. Y ha estado solo. Le hubiese gustado ir con Tessa. Tomar un café en un café parisino con Tessa. El atardecer de un beso reflejado en el Sena. De Tessa; de él. Pero ni siquiera se lo propuso. Cada uno en su lado de la carretera. Y entonces repara de nuevo en el contestador: hay un mensaje. No ha escuchado el teléfono sonar. Debería sentirse inquieto, pero no se sorprende, nada le extraña. Se agobia: «Debe ser Barrero». Resignado, empieza a escucharlo. La cinta sólo entrega el sonido de un silencio largo. Incómodo. Luego, irrumpe una voz de hombre. Aguda. Chirriante. A medio formar. Y no. No se trata de Barrero: «Buenos días. Me interesa su producto al Amazonas. Me interesa mucho», empieza diciendo. «En verdad, somos un grupo grande, caballero». Entonces el silencio de nuevo lastrando los segundos. Parece que el hombre hubiera estado pensándose si continuar o no. Daniel se acerca al altavoz como si así pudiese influir en el anónimo cliente. Como si fuese capaz de hacer que éste prosiguiera. De repente, éste prosigue: «Pero no está usted en su puesto. Debería estar. Es un negocio lo que tiene entre manos. Piénselo. Piense en ello. Pero no se preocupe ahora. Yo le llamaré más tarde. Espero que esté usted». Un desconocido. Una esperanza y un reproche. Luego la espera. Nada más.

No queda nadie en el pueblo. Tampoco Tessa. Se pregunta cuándo se ha ido. A dónde. No le ha dicho nada. Sencillamente ya no está. «Yo hice lo mismo cuando fui a París», lamenta. «No somos más que el compañero de la tienda que hay al otro lado de la carretera. Eso significamos el uno para el otro. Esa es la esencia de nuestra complicidad. Sólo que yo la amo». Tal vez soñarla haya sido un error. Un error quererla. Porque querer en silencio no sólo es doloroso sino inútil. «Amor no es más que Roma al revés. Y yo me fui solo a París», se dice con pesar e ironía. Y estupidez. La del que sabe que está solo. Y es que a Tessa sólo ha sabido guiñarle el ojo. De lejos. Estúpidamente. Desde la seguridad de su lado de la carretera. Confiar en que ella acertase a leer en esa mirada a seis metros el deseo de él. Y desearlo también. Sólo ha sabido expulsar humo de Luckys y de John Players y poner cara de póker. Un estúpido juego de seducción amortiguado por la ausencia de indicios. Ni tan siquiera la más leve insinuación jamás en sus palabras. En sus gestos nunca la menor trampa: un roce accidental, un suspiro sobre su piel, un abrazo furtivo y breve y ligero, o una mirada sostenida por un segundo de más hasta llegar a lo inconveniente pero significativo. No sabe cómo ser con Tessa. Cuando hablan, su voz se transforma. Se afila; pierde virilidad, intención y cualquier partícula con núcleo y carga de sexappeal. Parece tonto y dice tonterías. Cosas sin malicia ni brillo ni impacto. Y claro, ella se ha ido. Barrero ha sido la última persona con la que ha hablado. Una llamada breve. Ha preferido no escucharlo. No escuchar sus advertencias. Y aunque éstas se van cumpliendo, a Daniel le trae sin cuidado la tormenta. El cielo se ha oscurecido en pocos minutos. Enciende otro cigarrillo. Ha fumado mucho hoy y se siente cada vez más embotado. «Debe ser este tabaco». Tiene por delante una larga espera, pero ha decidido permanecer ahí. Wood le ha prometido visitarlo antes de que amanezca. Durante la noche, en algún momento. Sobre la mesa están los dosieres de las distintas actividades. Ha llamado ya a algunos hoteles; ha confirmado la posibilidad de fletar más de una avioneta para desplazar hasta la jungla a un grupo numeroso. Y los párpados le pesan. El pensamiento se le enreda. Se disuelven las ideas en un remolino de nadas amazónicas. Entonces, algo comienza a repiquetear sobre el techo. Con fuerza. Rítmicamente. «Llueve…», balbucea cansado. Es una lluvia inusual. Demasiado densa. Querría ir hasta la ventana para contemplar la tormenta o lo que sea que esté cayendo; porque rompe demasiado fuerte para ser sólo lluvia. Pero le cuesta moverse. Esperará. Unos minutos. Y el sueño los vence a él y a la curiosidad.

Entonces, un escalofrío le recorre cada vértebra. Cada poro. «Déjalo, Renfe. El viernes. Salimos el viernes». El teléfono arranca a sonar. A Daniel le parece que lo hace con más intensidad de lo normal. Se apresura y descuelga. «Buenos días. ¿Daniel P.?». Es él. Es su voz. Aguda. Vibrante. Destemplada. Le resulta molesta y antipática. Le resulta irreal. «Sí. Soy yo». «Bien. Me llamo Wood Bush. He llamado esta mañana pero usted no estaba. ¿Dónde estaba?». Daniel se traba. No esperaba esa pregunta. Se contiene. Improvisa. «En verdad, ha llamado usted antes de que abriera. No empiezo hasta las ocho. Seguramente es la agencia de viajes más madrugadora de todo el país». «Precisamente por eso le he llamado: porque tengo cierta premura. Y lo he hecho a las ocho y media, por cierto. También a las nueve menos cuarto. Y usted no estaba. No sé dónde estaba. Ahora ya todas las agencias están abiertas. Dígame, señor P.: ¿por qué debería hacer este negocio precisamente con la suya?». Daniel siente un prurito de soberbia que no puede permitirse. «¡Qué se habrá creído éste! Tendría que mandarlo a la mierda», piensa, «pero me conviene más que él y su grupito se larguen al Amazonas. Respira, Daniel». Y reacciona: «Porque estoy dispuesto a hacer lo que sea con tal de que usted tenga su viaje a punto hoy mismo, señor Bush. Lo que sea». «Bien, Daniel. Eso es exactamente lo que pensaba que usted haría. Y, por supuesto, lo que yo quería escuchar. Por eso he vuelto a llamarle. Ah, y llámeme Wood. Sólo Wood». Daniel cierra el puño; dobla el brazo. Satisfacción silenciosa. Ya es suyo. Ha jugado bien sus cartas «Usted dirá, Wood. Le escucho». «No por teléfono. El trato conmigo le va a cambiar la vida, se lo aseguro. Dará un nuevo sentido a su negocio. Pero he de verle. En este instante estoy viajando. Me dirijo hacia su pueblo. Llegaré durante la noche, en algún momento. Espero que esté usted ahí. No haga como esta mañana. No desaparezca. Sería inconveniente». La noche traerá los cambios. Traerá a Wood. Daniel sostiene el auricular y mira a través del cristal. No se ha dado cuenta de la marcha de Renfe. De pronto, ve a Forés pasar despacio frente al escaparate. Un cigarrillo en la boca. Camina encogido. Los brazos tan resecos que parecen de madera; se adivinan esqueléticas las piernas bajo los pantalones. Parece tener prisa en su lentitud y horror en el rostro. Daniel le saluda con la mano pero Forés no lo advierte. Entonces, Daniel concluye al teléfono: «Descuide, no me moveré». Por supuesto que va a estar ahí. Esperando a Wood.

Unos minutos. Y el sueño los vence a él y a la curiosidad. Después, no sabe cuánto después, despierta. Siente pegajosa la consciencia. Traslúcida. Al rumor de esa lluvia extraña y densa se une el desagradable ulular de una sirena. Entreabre los ojos. Ve mal. El anochecer es rojizo. Del color de la tierra. Se incorpora y por fin se asoma. La vista se aclara y ve entonces la tormenta y su densidad. El horror. Y comprende ahora el porqué del color rojizo de la luz. El color que lo invade todo. Es el color de la tierra. Porque es precisamente tierra lo que está lloviendo. Toneladas de ella cayendo del cielo, negro de noche y rojo de tierra, sepultando los coches, la carretera y las tiendas. Su vida. Contempla la tierra llover. La vista se nubla de nuevo. Duda de la veracidad de lo que le muestran sus sentidos. Ve tierra; escucha tierra; huele tierra. Opaca húmeda y espesa. La toca. Traga saliva. Todo sabe a tierra. Distingue entre la fantasmagórica lluvia el coche patrulla de Barrero. Parcialmente enterrado. Ahogado el motor frente a la agencia. La sirena aullando. En el interior del coche sólo sombras. «Barrero podría estar dentro», piensa. Entonces, junto al coche, una imagen más aterradora que imaginar a Barrero en ese automóvil condenado a sepultura: ve a Forés quieto. Paralizado. Desde el suelo crecen enredaderas en infinita espiral abrazando sus piernas y su tronco y sus brazos. De su boca, insólitamente abierta, brotan grupos de ramas. Desordenadas. Histéricamente finas. Jalonadas de pequeños nudos. No. No puede permitirse dar crédito a sus percepciones. Está dormido y eso que ve, en realidad, tiene que estar soñándolo. Trata de convencerse de ello.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Por supuesto que va a estar ahí. Esperando a Wood. Cualquier señal que Wood quiera enviarle. Por eso contesta de nuevo al teléfono. Pero ahora no es Wood. Es Barrero: «Daniel, ya era hora…». Daniel lo interrumpe: «No pierdas el tiempo, Barrero. Sé lo de la tormenta. No pienso moverme de la agencia. Tengo mucho trabajo y espero a un cliente». «¿Esperas a un cliente, dices? El pueblo va a quedar aislado de aquí a una hora. Nadie va a poder entrar ni salir de él. Daniel, en verdad, el pueblo va a desaparecer. Por lo que más quieras, hazme caso. Lo que se nos viene encima supera todo lo que seas capaz de imaginar». «De acuerdo, Barrero, gracias por la advertencia. Has cumplido». Daniel cuelga. No hay en él el menor rastro de duda. Sabe, cree; piensa que ha decidido lo correcto. Echa una ojeada a la calle. No queda nadie en el pueblo. Tampoco Tessa.

Está dormido y eso que ve, en realidad, tiene que estar soñándolo. Trata de convencerse de ello. Despierta de nuevo cuando la noche ya es negra y rojo el cielo sólo en el recuerdo de un sueño. Se siente bien. Despejado. Recuerda a Wood; todavía ni rastro de él. No hay mensajes en el contestador. Nada en el correo electrónico. Tampoco spam. Siente frío. La puerta de la agencia está abierta. Se acerca para cerrarla. Entonces descubre el horror: No hay asfalto ni tiendas ni carretera. No hay pueblo. Sólo bosque. Está rodeado por árboles, arbustos y vegetación que no conoce. Todo ha crecido de manera violenta. Tras la lluvia de tierra. Tan atroz ha sido su fertilidad, que sobre las copas de los árboles alcanza a distinguir otros árboles arrancados por el empuje incansable de los nuevos. Empuje violento. Consecutivo. Formidable. Recuerda entonces el pequeño brote rompiendo el asfalto. «La vida es violencia en estado puro». Y rememora al momento la pesadilla. La tierra llover. En el lugar en que ha visto a Forés hay ahora un árbol. Triste. Quebradizo. A merced de cualquier soplo. Y otro destrozando el techo del coche de Barrero, allí donde debiera estar el conductor. Robusto. Desafiante. Estatuario. «No puede ser», se dice, «tengo que aplicar la lógica». Y Daniel aplica su lógica formal al sistema imposible en que se ha convertido el pequeño mundo que conformaban la calle y la carretera y las tiendas, y Barrero y Renfe y Forés y Tessa; y concluye que si no lo ha imaginado, si no lo ha soñado como creía, entonces, todo y todos se han transformado en una parte del horror que le encierra. Todos son bosque. El bosque es todo ahora. Y lo entiende. El señor Wood ya le ha visitado. Lo ha hecho durante la noche. En algún momento. Como le prometió. Y, efectivamente, ha sido para cambiarle la vida. Para darle un nuevo sentido a su negocio. Y así, absurdamente, la tierra llovida y él y su agencia en un claro.

El pueblo es sólo una calle; es sólo una carretera. Sólo son cuatro tiendas. El pueblo es poca cosa. Es casi nada. Todavía es temprano. La mayoría de comercios están cerrados. Como lo está el aserradero por falta de materia prima. De bosque. De vida que extinguir para adornar otras vidas. Detiene el camión frente al estanco. Lleva un par de cajas. «Buenos días, le traigo el tabaco». Forés no lo conoce, «Buenos días. ¿Y Frankie?». «No lo sé. Aquí se lo dejo, si es tan amable de firmarme el albarán…». Forés asiente. Firma. No reconoce la marca ni recuerda haber hecho el pedido. «¿Qué tabaco es éste?». «John Player Special. Su sabor es suave, cálido. Si me lo permite, le diré que hay quien lo encuentra sedante. Claro que la casa niega ese efecto. Precisamente ahora lo están promocionando. Para usted es sin coste. Téngalo en oferta esta semana. Verá». Forés no pregunta. «Por eso no hay pedido previo. Es una promoción», piensa. Le basta. No se encuentra demasiado bien hoy. Se siente frágil. «Gracias, lo haré». «Bien, debo seguir mi camino. Voy a ver si la chica de la boutique ha abierto ya. Tengo que entregarle unos abrigos de paño que también están en promoción. Sin coste, por supuesto». De este modo, abandona el estanco. Escucha desde el umbral el timbre del teléfono de Forés. Es Barrero que llama para advertirle de la tormenta inminente. Wood monta en el camión y se dirige hacia la tienda de Tessa. Está satisfecho. Ha salido a tiempo. Tenía que despachar rápido al estanquero y dejar allí el John Player. No se cruzará con Daniel. Tardará todavía una hora en llegar. Daniel siempre es el primer cliente del estanco. Tampoco hoy es distinto.

Anuncios
Comments
21 Responses to “La tierra llover”
  1. Roberto dice:

    Excelente. De verdad. He tenido que leerlo tres veces, y seguro que me quedan cosas por pillar. El señor bosque matorral quiere irse al Amazonas. Un toque simpático que precede a la horrible visita. Me encantan las historias de perdedores (en todos los sentidos, pero sobre todo en el único que importa, el personal) en pueblos acabados. Además, en este caso la venganza es justa por haber esquilmado antes sus recursos. Es curioso que antes todo el mundo quisiera fumar porque lo hacía Bogart, y ahora se empieza a asociar el hábito con los derrotados. Muy bueno.

    • Roberto, muchas gracias por el comentario. Y por las relecturas. En un post, más abajo, aclaro algunos aspectos de la composición del texto que han quedado pendientes y ofrezco una alternativa para su lectura, ya que así está algo incompleto. De todos modos, me encanta cómo lo has entendido. La historia de Daniel es la historia del antihéroe, de la persona que no lo logra pero persiste pero se sigue equivocando. Un pequeño absurdo que es en realidad una vida entera, pero como es la deun perdedor, resulta insignificanrte. Supongo que por ser hijos de nuestro tiempo, no podemos evitar dejarnos salpicar por las esencias del postmodernismo literario. Y de ese poso de lecturas postmodernistas, nace Daniel, un perdedor que ni siquiera escoge ya el tabaco que fuma. Se lo imponen.

      Buenísima tu reflexión sobre el hábito de fumar. Lo cierto es que no lo había pensado al escribirlo (tal vez por ser no fumador), pero tienes toda la razón. Inconscientemente estaba destrás de esa idea.

      De nuevo, las gracias :), y un saludo!

  2. Rafa Mir dice:

    buenísimo el relato, como dice Roberto, tendré que leerlo más veces para captar el montón de matices y detalles, pero me encanta la mezcla de ambiente melancólico, la desazón del perdedor… por no hablar de la estructura como a saltos jugando con el tiempo en flashbacks… como siempre un placer leerte… y preciosa la ilsutración de Vicente que transmite en una imagen la sensación de situacion inexlicable… enhorabuena a ambos.

    • Gracias, Rafa!!

      Me alegra de que te hayas percatado de los flashbacks antes de dejar la lectura por enajenación del autor, jejej… Un poquito más abajo doy una URL donde puedes descargar el texto con algún detallito más que facilita su comprensión.

      Lo de Tico, brutal. Se comió el relato con patatas e hizo esto. Un crack.

      Un abrazo, Rafa!

    • tico dice:

      Muchas gracias Rafa, me alegro que te guste, tiene razón Miguel Ángel, me lo comí con patatas pero yo encantado, tengo el récord de lectura de este texto, más que el propio autor, no digo el número porque asusta.

  3. Da igual que lo leamos diez o quince veces. Da igual que miremos tras cada palabra o que repasemos cada frase. Lo que nos regala Miguel con cada escrito es impresionante y debería ser disfrutado y no analizado. Porque consigue dejarnos a esa distancia imposible de Tessa. Porque nos recuerda el sabor de un cigarrillo ocasional que no hemos pedido pero disfrutado igual. Porque nos hace calzarnos otros zapatos que nos son nuestros. Otros problemas. Otras vidas. Porque lo que Miguel hace es meternos, lo haga o no intencionadamente, en el pellejo de un hombre que no quiere estar en el suyo propio. Nos hace introducirnos, al final, en nosotros mismos. Porque pocos aspiramos a ser quienes somos. Todos queremos ser algo más. Tener un golpe de suerte o, los más aguerridos, fabricársela. Pero al final todos estamos abandonados en nuestro trabajo sin fondo. En nuestro pueblo perdido. En nosotros mismos. Y duele que alguien nos lo recuerde de esa manera tan especial que tiene MIguel. Con suavidad pero con insistencia. Con palabras tejidas en sólido telar. Con maestría. Con literatura de quilates que deberían estar plasmadas, además de en el éter de la red, en más de un libro fabricado con los mismos árboles que finalmente se rebelan contra los protagonistas.

    Un relato impresionante. Duro y a la vez llevadero. Un verdadero regalo. Enhorabuena genio y ante ti me postro.

    Y de Tico poco y mucho puedo decir. Su talento con los pinceles, ya sean tradicionales como virtuales, se compenetran con soltura y personalidad con cualquier autor que le toque en suerte. Y esa virtud le confiere a sus ilustraciones un aura especial. De ser propias y ajenas al mismo tiempo. De no quedar jamás incompletas o carentes de matices. Un maravilloso trabajo y un gran equipo el que ha tocado en suerte en esta convocatoria.

  4. Montse Augé dice:

    Primero de todo voy a hacer campaña en favor de tu relato porque veo que sólo hay dos comentarios y no saben el resto de compañeros de Ediciona lo que se están perdiendo: dos maravillas, el relato y la ilustración. Contigo se me acaban los halagos, eres todo un artista y además se nota que trabajas tus relato, vaya, que te lo curras. Me he quedado enganchada con algunas de tus frases que me gustaría guardar en una cajita y de cuando en cuando abrirla (como la caja de Pandora pero la mía no desataría las furias sino la belleza de las palabras) “También lo que ellos comparten existe en secreto: su nada. Una nada que ella no conoce pero sí conoce él. La nada entre ellos y nadie en la calle. «Esto es el culo del mundo». Suavemente, lo grita.””Le hubiese gustado ir con Tessa. Tomar un café en un café parisino con Tessa. El atardecer de un beso reflejado en el Sena. De Tessa; de él. Pero ni siquiera se lo propuso. Cada uno en su lado de la carretera””Porque querer en silencio no sólo es doloroso sino inútil. «Amor no es más que Roma al revés. Y yo me fui solo a París», se dice con pesar e ironía. Y estupidez. La del que sabe que está solo. ” “Ve tierra; escucha tierra; huele tierra. Opaca húmeda y espesa.”
    Bueno, si sigo escribiendo te vuelvo a copiar tu relato. Tú relato también te hace pensar, hay tantos temas además del de la venganza de la naturaleza, la soledad de esos seres que no saben como comunicarse…Tu prosa es excelente, te ganas al lector desde el principio. Enhorabuena!!

    Y de genio en genio, qué maravilla de ilustración, la instantánea elegida me parece la más acertada, la tonalidad de los colores es increíble, has reflejado a la perfección la exuberancia de la naturaleza en plena rebelión, y la imagen diminuta del hombre entre la majestuosidad de los árboles…Es curioso porque sólo distinguimos la figura humana pero es posible captar ese gesto de incredulidad ante lo que ve, de impotencia, de no entender qué sucede…Me ha gustado también mucho la luminosidad que emana tu ilustración. Ya sabes que yo no soy ninguna experta pero es que me me ha transmitido muchas sensaciones , de verdad.Enhorabuena!!!!

    Por cierto, el nombre de la agencia de viajes me parece muy acertado……

    • Gracias por la campaña, amiga Montse. Más de un político archiconocido me ha escrito preguntándome por ti. Tranquila, que no les he dicho nada jejeje… Pero si ves a unos tipos de retórica sofista que te siguen en lujosos coches blandiendo talones en blanco, ya sabes de dónde ha salido todo :O

      Me encantan las frases que has elegido, describen una parte esencial del carácter de Daniel y nos hacen fabular con la forma de ser de Tessa.

      Pero sobre todo, me encanta lo bonito que es en la forma y en el fondo todo lo que me dices. Y lo que le dices a Tico.

      Un besote!

      PS: Genia tú!!

    • tico dice:

      Muchas gracias Montse, al igual que Miguel Ángel experimentó con su relato yo hice lo mismo con la ilustración. Me alegro que te guste el resultado. Y he de decir, Miguel Ángel ya lo sabe, que tu también has participado en este trabajo ya que el nombre la agencia fue uno de los que tu me sugeriste. Un besote, genia!! 🙂

  5. Bueno, saqué otro ratito para seguir Surcando entre los relatos, y qué maravilla, Miguel Ángel, volver a leerte, y qué distinto del breve pero precioso “Bosque ¿encantado?…” Cómo logras crear un escenario desasosegante, unos personajes creíbles, y avanzas de lo mundano al terror; podría ser un Stephen King, pero no lo es porque tú eres más elegante y poético. Ya estoy deseando leer tu próxima entrega, que acabo de enterarme que puede versar sobre ¿un crimen perfecto por Navidad?
    ¡Ticooooo! Cuando vi esta ilustración en tu blog, me gustó la combinación de tonos rojizos y verdes, ahora he captado otros matices, la exuberancia amenazadora del bosque, y tiene aroma, está impregnada de olor a tierra. ¡Enhorabuena, chicos!

    • Susana!!! Muchas gracias!
      Stephne King no estaría de acuerdo, pero yo, hija mía, yo estoy encantado con lo que me dices. Y aunque sea un pelín demasiado para mí, me lleno los pulmones de aire con ello.

      Respecto al crimen perfecto, es cierto, sí, iba a escribir uno. En realidad ya lo había empezado, pero el relato ha sido asesinado. No hay pistas. 🙂 De repente, un día, surgió una idea nueva y lo mató. Ahora se está desarrollando, King la llamaría: “It” 😛 Así que por ahora, creo que sólo presentaré uno. Y aunque sea de refilón, navideño.

      Muchas gracias y un besote!!

    • tico dice:

      ¡Susanaaaa! Muchas gracias, veo que tú también te has empapado de tierra como nosotros que nos pusimos perdidos. Un besoteeee.

  6. Hola a todos!

    Seguramente, algunos habréis intentado leer el relato y al primer párrafo os habréis dicho: ¡¡a este relato le pasa algo raro!! Pues sí, estáis en lo cierto. En este post os comento por qué y cómo puede leerse de otra manera.

    La tierra llover es un experimento. No es novedoso para la literatura, hay más e infinitamente mejores, pero sí ha sido nuevo para mí. La narración de los hechos a lo largo del texto no se corresponde con su sucesión cronológica natural. En otras palabras, el texto está desordenado (no así la idea, que nació ya desordenada), lleno –como bien apunta Rafa– de flashbacks que balancean el puntero del narrador desde el tiempo presente a un pasado muy reciente y viceversa.

    A cada párrafo existe un salto de tiempo. Muy breve, pero existe. Al no tratarse de una novela (formato en que podríamos identificar cada capítulo con uno de esos saltos), creí necesario dar pistas al lector para que no anduviese tan desconcertado a lo largo de un texto que tampoco es precisamente corto. Así, pues, incluí separadores del tipo: *** entre cada párrafo. Además, utilicé un juego de coincidencias que permitiera establecer mentalmente el orden natural del devenir de la historia para que al leerla se pudiera superar el establecido (y desordenado). De manera que la última frase de cada párrafo (a veces las dos últimas) es la primera del párrafo que le seguiría de manera ordenada.

    Así, por ejemplo, el primer párrafo termina:
    “Una nada que ella no conoce pero sí conoce él. La nada entre ellos y nadie en la calle. «Esto es el culo del mundo». Suavemente, lo grita”.

    Donde estas dos últimas frases son precisamente el principio del párrafo número cuatro (es decir, la acción continúa naturalmente en este párrafo, aunque es posible leer el segundo y el tercero que explican otro momento del puzzle):

    “«Esto es el culo del mundo». Suavemente, lo grita. Mira al cielo. Despejado”.

    Pero aún y así, y aconsejado entre otros por Tico, pensé que sería bueno poner enlaces internos de hipertexto de manera que pudiéramos leer la historia de dos formas:

    1. Linealmente, párrafo tras párrafo y recomponiendo el rompecabezas temporal conforme leíamos.

    2. Desordenadamente, haciendo click sobre cada final de párrafo y siguiendo así el orden cronológico (por ende, natural) de los hechos.

    El caso es que por algunas dificultades existentes en el proceso de la edición del ezine (y también por caprichos de mi versión 2010 de Office que transformó los separadores de *** en unas líneas que los convertían en invisibles), el texto ha quedado sin los separadores de * y sin los enlaces.

    De modo que en los primeros párrafos de su lectura, nada indica que estemos ante una flashback sino más bien ante una incoherencia narrativa. Es por eso, que quiero ofreceros una versión en PDF por si os apetece jugar a la lectura infinita 🙂

    La podéis descargar en: http://www.meddia-project.net/textos/latierrallover.pdf

    Por otro lado, y por motivos parecidos, quería destacar el gran trabajo que ha hecho Tico con ella. Sé que salta a la vista, pero es de justicia remarcar que este texto no basta con leerlo una vez, y una vez leído, hasta yo tengo problemas para saber qué es lo que ha pasado y qué lo que todavía no (pero el narrador sí ha explicado).
    La dificultad de congelar un instante, estamparlo en una imagen y que todo sea perfecto, a eso me refiero. Pues bien, eso ha hecho Tico con un disparo certero, más allá de su acostumbrada genialidad artística.

    Bueno, además dar la enhorabuena a las organizadoras de este ezine y a todos los que habéis participado una vez más. ¡¡¡¡Ha quedado genial!!!!
    Pues eso, y que ¡¡muchas gracias por todos los comentarios!!

    ¡Saludos!

    • tico dice:

      Gracias a ti Miguel Ángel, siempre es una suerte caída del cielo (roja y llovida para más señas) además de un honor ilustrar un texto tuyo y no lo digo de forma gratuita, sino porque soy fan tuyo desde hace… buuff ya ni me acuerdo, hace unos 6 meses y desde entonces te sigo fervientemente ¿tienes blog? Este relato es magnífico y teniendo en cuenta que como dices es un experimento te ha quedado genial. Como me pasó con el de David, habían varias escenas para ilustrar pero tampoco quería desvelar la sorpresa al lector. Con que te haya gustado ya me doy por satisfecho. Un abrazo genio y gracias por ofrecérmelo 😉

    • ¡Que no se me olvide! Gracias a Elsa Martínez, la correctora de nuestro equipo, (el E13) por unos consejos que me vinieron la mar de bien!

  7. David Gambero dice:

    Da igual que lo leamos diez o quince veces. Da igual que miremos tras cada palabra o que repasemos cada frase. Lo que nos regala Miguel con cada escrito es impresionante y debería ser disfrutado y no analizado. Porque consigue dejarnos a esa distancia imposible de Tessa. Porque nos recuerda el sabor de un cigarrillo ocasional que no hemos pedido pero disfrutado igual. Porque nos hace calzarnos otros zapatos que nos son nuestros. Otros problemas. Otras vidas. Porque lo que Miguel hace es meternos, lo haga o no intencionadamente, en el pellejo de un hombre que no quiere estar en el suyo propio. Nos hace introducirnos, al final, en nosotros mismos. Porque pocos aspiramos a ser quienes somos. Todos queremos ser algo más. Tener un golpe de suerte o, los más aguerridos, fabricársela. Pero al final todos estamos abandonados en nuestro trabajo sin fondo. En nuestro pueblo perdido. En nosotros mismos. Y duele que alguien nos lo recuerde de esa manera tan especial que tiene MIguel. Con suavidad pero con insistencia. Con palabras tejidas en sólido telar. Con maestría. Con literatura de quilates que deberían estar plasmadas, además de en el éter de la red, en más de un libro fabricado con los mismos árboles que finalmente se rebelan contra los protagonistas.

    Un relato impresionante. Duro y a la vez llevadero. Un verdadero regalo. Enhorabuena genio y ante ti me postro.

    Y de Tico poco y mucho puedo decir. Su talento con los pinceles, ya sean tradicionales como virtuales, se compenetran con soltura y personalidad con cualquier autor que le toque en suerte. Y esa virtud le confiere a sus ilustraciones un aura especial. De ser propias y ajenas al mismo tiempo. De no quedar jamás incompletas o carentes de matices. Un maravilloso trabajo y un gran equipo el que ha tocado en suerte en esta convocatoria.

    • tico dice:

      Hola David deja de hablarme de usted que me vas a hacer más mayor. Ya tengo bastante con que el otro día un niño me dijo: “Señor ¿puede pasarme la pelota?”
      Gracias por tus comentarios, yo hago lo que puedo con las ilustraciones, y si me tocan un relatos como los que me están tocando en S.E. hago todo lo posible por estar a la altura de sus autores como cuando me tocó contigo ¡qué decir de Miguel Ángel! Quienes aún no os hayan leído no saben lo que se pierden. Y no lo digo sólo por amistad, sino porque de verdad sois grandes. Siempre es una suerte y un reto a la vez colaborar con vosotros. Un abrazo.

  8. Pardiez con el experimento…

  9. Cristina Fernández Luna dice:

    Subscribo todo lo dicho anteriormente. Miguel haces que el lector se meta en el papel del protagonista y nos dejas intrigados hasta el final. ¡Enhorabuena por este relato tan bueno!

  10. Mariola dice:

    Por fin he tenido tiempo para leerme tu relato, Miguel Ángel, aunque me he ido al enlace que pones para leerlo más cómodamente.
    Uff, sólo por la originalidad del experimento ya me quito el sombrero. Me parece todo un ejercicio literario de primera categoría, aunque me haya sido algo difícil de seguir. Supongo que ahí está la clave.Me abstengo de hacerte una crítica más extensa, puesto que ya te las han hecho más que profesionales. Así que, sobre todo, te felicito. Eres un todoterreno: microrrelatos, estas filigranas… y esa riqueza de lenguaje y expresión, que es marca de la casa.
    Pues seguiré estando atenta desde luego.

    Y Tico no ha podido ilustrarte mejor, con esas líneas y colores tan definidos y particulares. Otro todoterreno que se atreve con letras e imágenes. ¡Menudo par! 😀

  11. tico dice:

    Menudo par tengo de atreverme con letras e imágenes no? jaja es broma, gracias Mariola.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: