Laberinto

Autora: Montse Augé

Ilustrador: Jesús Prieto Revuelta

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: relato, fantasía

Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Jesús Prieto Revuelta. Quedan reservados todos los derechos de autor.

LABERINTO

Se quedó solo. Resistió, contra aquel ejército enfurecido, ardiente. Presenció cómo desaparecía todo a su alrededor, devorado por un infierno del cual era imposible escapar. Sólo el hombre fue capaz de liberarlo, justo cuando estaba a punto de ser devorado por las llamas. Era irónico: un hombre lo salvaba cuando apenas hacía unos instantes otro hombre ejercía de verdugo de aquel bosque. Sintió como aquel calor insoportable iba cediendo lentamente por el efecto del agua que caía sobre él. La fuerza del agua azotaba sus ramas, algunas de sus hojas cayeron, incapaces de soportar aquellas salvajes sacudidas. Sentía la humedad recorriendo su tronco, empapando la tierra, sus raíces. Podían haber sido sus lágrimas, lágrimas derramadas en memoria de aquellos que habían perecido, que estaban pereciendo, por el insoportable crepitar de las ramas atacadas por el fuego, lágrimas de dolor, de soledad, de impotencia…

***

Una eternidad. Tenía que haber pasado una eternidad. Ese tenía que haber sido el tiempo necesario para que el paisaje que lo rodeaba hubiese vuelto a la vida. Pero el tiempo no logró borrar la imagen de aquél que, erigiéndose en Dios, desafió a la naturaleza, borró todos los colores de aquel maravilloso cuadro en el que se veían árboles majestuosos, flores voluptuosas de colores tan maravillosos como indescriptibles y un manto verde protector de la vida que se ocultaba bajo tierra. La venganza. Había contado también con toda la eternidad para que los recuerdos dolorosos alimentases sus ansias de venganza. Los humanos también se vengaban: había asistido en silencio a las maquinaciones más perversas engendradas por la mente perturbada de algún humano enloquecido por los celos, el dolor, la ambición…Él se erigió en patriarca de aquel bosque renacido en el que convivían la sabiduría de lo antiguo y la frescura de lo nuevo. No fue difícil convencer al resto, bastó con recordarles que aquel incendio podía volver a repetirse, que podrían ser ellos las víctimas y desaparecer sufriendo la agonía de sus antecesores. Todo estaba preparado. Sólo tenían que esperar el momento propicio. Esperar. Ellos no iban a moverse de allí. Los pájaros, mariposas, luciérnagas…también esperaban, sin el bosque ellos tampoco eran nada. Serían soldados en aquella cruzada… a muerte, si era necesario.

***

Cuando asomaron sus cabecitas por la ventana sonrieron. Era un día ideal para una excursión al bosque. Era el primer verano que pasaban conviviendo tan cerca con la naturaleza. Sus padres, amigos de toda la vida, decidieron alquilar aquella casa rural tan estupenda. Era un lugar fantástico para vivir en libertad, sin coches, aire puro, olores nunca antes percibidos y aquel bosque espléndido que veían desde la ventana de sus habitaciones. Los cuatro niños se miraron con la complicidad dibujada en sus ojos: día en plena libertad, los cuatro, en el bosque, mochilas con bocadillos, agua…todo lo indispensable para convertirse en intrépidos exploradores.
– A las siete de vuelta, recordad.

Ellos asintieron, se despidieron y ya no volvieron más la vista atrás, sólo tenían ojos para contemplar la aventura que les esperaba entre aquellos árboles. Emprendieron la marcha por un sendero que poco a poco iba adentrándose en el bosque. Poco a poco también empezaron a notar el cambio de luz. Y también el silencio. Sólo el canto de algún pájaro. Aquel sendero poco a poco se fue estrechado obligándolos a caminar uno detrás de otro, en fila india. El último iba girando la cabeza, no quería confesar que empezaba a sentir algo parecido al miedo. ¡Tonterías! ¿Qué mal podía albergar aquel bosque maravilloso? Estaban tan acostumbrados a los incesantes ruidos de la ciudad que el silencio les podía llegar a impresionar. No era el único impresionado. Sus compañeros pensaban que había demasiado silencio. Y oscuridad. De lejos no parecía tan frondoso. Y poco espacio. Los árboles estaban prácticamente pegados los unos a los otros. Parecía como si les estuviesen marcando el camino:
– ¡Esto es un laberinto!
Las palabras del niño fueron una mezcla de sorpresa y terror. Efectivamente, se habían introducido sin darse cuenta en un laberinto. El bosque los había obligado a seguir el camino marcado por las filas de los árboles, filas siniestramente perfectas.
– ¿Vosotros lo sabíais? ¡Es estupendo! ¿No?
No. No lo era porque aquel laberinto era infinito, era una trampa. Las raíces, asomando furtivamente sobre la tierra, se enredaban en sus pies para hacerlos caer. Las hojas, afiladas e hirientes, intentaban rozar sus cuerpos para lastimarlos. El viento soplaba entonando una tenebrosa melodía, enviándoles ráfagas de un frío sobrecogedor. Aquel laberinto parecía que cada vez iba estrechándose más. Perdieron la noción del tiempo recorriéndolo, intentando escapar del ataque incomprensible pero real de aquella naturaleza que había cobrado vida, desatando su violencia sobre ellos. Intentaron retroceder pero fue inútil. Exhaustos y al borde del llanto se detuvieron derrotados. Se miraban entre ellos, impotentes, con las lágrimas nublándoles la vista. Habían perdido el habla, la ilusión, la esperanza. Estaban atrapados en una cárcel, prisioneros esperando a ser sentenciados. De pronto empezaron a notar como las hojas de los árboles empezaron a moverse al unísono, entonando casi una melodía de misteriosos susurros. Otra vez el silencio. Y a los lejos otra vez murmullo de hojas. La venganza de la naturaleza iba dirigida al hombre. Pero no pensaron en que sus primeras víctimas iban a ser precisamente unos niños, seguramente incapaces todavía de imaginar cualquier atrocidad o maltrato contra ellos. Los árboles más jóvenes no querían seguir. El gran árbol sí. Ése era el diálogo que escuchaban los niños, el susurro de las hojas mecidas por el viento.
Cayó la noche, tenebrosa como nunca, cómplice también en aquella conspiración. Y seguía la lucha entre el sí y el no, todo el bosque intentaba convencer al gran árbol. Éste apenas observaba a los niños aterrorizados, sentados sobre la tierra que intentaba asemejarse a un mullido cojín, apoyándose los unos en los otros, reclinados sobre los árboles del laberinto que intentaban esbozar con sus ramas abrazos maternales. No los observaba porque era sabio y sabía que aquellos inocentes estaban convirtiéndose en cabeza de turco de su venganza. ¿Pero cuántos inocentes sufrieron aquel terrible incendio? ¿Ya nadie lo recordaba? Él sí, nunca lo olvidaría, parecía como si sus raíces hubiesen absorbido aquella agonía y dolor y la hubiesen transmitido para siempre a su tronco, a sus ramas, a sus hojas.

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Pero el bosque era ante todo hermoso, poblado de seres bellísimos. Las luciérnagas, estrellas de aquel frondoso bosque, divertidas y traviesas, aprovechando aquella confusión, se acercaron a los niños. Eran cuatro también y se presentaron ante ellos como un regalo. “Seguidnos”. Así hicieron los niños que, sin darse cuenta y como hipnotizados, llegaron finalmente a un claro del bosque. Allí, las hojas, cómplices en aquella inesperada sublevación, se convirtieron en improvisados lechos que los cobijaron y los cubrieron, consiguiendo que sus ojos se cerraran y se abandonasen al sueño del olvido.
La ofensiva había empezado. Y él lo sabía. Pero no su orgullo que lucharía hasta el final. El resto de los árboles abandonaron filas, deshaciendo aquel laberinto infernal. Era el turno de las más fuertes, las profundas raíces, dueñas de una fuerza infinita, asentadas bajo tierra, inamovibles. Poco a poco desplegaron sus tentáculos sobre la tierra, deslizándose lentamente hasta llegar a él, al gran árbol. Él también había puesto en pie de guerra a sus raíces, pero éstas fueron incapaces de resistir el asalto del resto del bosque, de aquella fuerza renovada y joven, de aquellos brazos que las aprisionaron, a ellas y a todo el árbol, enredándose en su tronco, asfixiándolo…
A la mañana siguiente el sol volvió a brillar con toda su fuerza. Encontraron a los cuatro niños durmiendo plácidamente. Fue imposible penetrar en el bosque durante la noche, toparon con una muralla de árboles indestructible. Todos juntos regresaron. Pero en el fondo del bosque había un enorme y viejo árbol extendido sobre el suelo, arrancado violentamente de sus raíces. Agonizante todavía, observaba desde aquella nueva perspectiva el bosque, su bosque. Era sólo una tregua, alguna de sus raíces resistieron el combate y, escondidas bajo tierra, prometieron cumplir algún día su venganza contra el hombre.

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Comments
16 Responses to “Laberinto”
  1. tico dice:

    Montse, tu relato me ha encantado. Me has metido el miedo en el cuerpo con la descripción de cómo el bosque se convierte en laberinto. Tienes frases muy acertadas.Tu relato parece un cuento infantil, tiene todos los componentes para que lo sea, niños, bosque “encantado”, una excursión veraniega, pero no lo es, todo lo contrario es un drama, es misterioso, es terrorífico y además tiene fondo, yo veo varios mensajes. Estupendo y genial.
    Jesús, tu ilustración es muy buena también, me gusta mucho.

  2. Muy bueno Montse!! Gran idea, la de la venganza de los árboles (tan maltratados), que de algún modo me recordó a la peli “El Incidente” (The Happening). Además aparecen algunos de los grandes temas de toda la vida : la lucha entre el bien y el mal, el laberinto (soy incondicional de Borges), la conciencia (que hace recular a los árboles jóvenes), y el sacrificio final de los más viejos. Y todo muy bien escrito, con tensión narrativa, y un final feliz.
    Confieso que yo tal vez me hubiera “cargado” a algún niño (uno de cuatro no es tanto, no?), pero eso tal vez me lo deba hacer mirar…
    La ilustración calza perfecta con el texto, y transmite la idea de agobio espacial de lo intrincado, y la inocencia de los chavales.
    Enhorabuena a ambos!!

  3. Como pasó en Evolución, después de Laberinto: la reflexión. Sobre el coste de los excesos del hombre sobre la naturaleza.

    Todo el relato es una alegoría de cómo el propio ser humano se cierra caminos. Se pierde en un laberinto que construye él sólo. Lo haces en el relato al convertir el paraíso en un infierno, al incendiar el bosque.

    Las descripciones de la belleza perdida, mutilada por la mano o por la cerilla humanoide, son cuidadas, poéticas y contundentes, y añaden justificación a esa culpa:

    «(…) desafió a la naturaleza, borró todos los colores de aquel maravilloso cuadro en el que se veían árboles majestuosos, flores voluptuosas de colores tan maravillosos como indescriptibles y un manto verde protector de la vida que se ocultaba bajo tierra».

    Y claro, también la conveniencia de una venganza se sostiene después del daño causado.

    Me gusta especialmente la introducción de este segundo párrafo. Dos frases. Un lamento:

    «Una eternidad. Tenía que haber pasado una eternidad».

    La idea de aturdimiento, de reflexión cansada de quien narra se transmite gracias a esa repetición, o a esa ampliación.

    La inocencia es rehén de la personificación de un árbol del bosque. Un árbol autoritario, que se erige juez y ejecutor, vengativo y xenófobo en que claramente se reflejan las debilidades y miserias humanas. Y es el en el resto de árboles de ese bosque de voluntad dirigida y laberíntica, que encuentras (nos das o nos recuerdas) aquellas cualidades de nuestra especie que nos hacen todavía merecer la salvación, tener otra oportunidad más. Porque algunos la merecen. Un haz de esperanza. La mayoría se puede imponer a la minoría impuesta. La mayoría es razonable, es justa.

    En cuanto a la narración, te desplazas con una facilidad asombrosa (y poética) entre el dolor, la venganza la inocencia y la asfixia (llevas al lector de una a otra sin que se dé cuenta). Esta última, me ha gustado especialmente cuando los chavalines, todavía no extraviados en el bosque, sienten el primer miedo:

    «Estaban tan acostumbrados a los incesantes ruidos de la ciudad que el silencio les podía llegar a impresionar».

    Y es que, en verdad, el sonido del silencio da miedo cuando se repara en él.

    [¡Cuidado! esto podría ser un spoiler, así que antes de continuar con el comentario leed el relato]: Moraleja. La amenaza que continúa latente es nuestra propia amenaza, nuestra propia responsabilidad. Es decir, si no queremos cabrear a los árboles más cabrones (con perdón), no lo seamos nosotros. Como siempre, Montse, un placer leerte y pensar después en ello. Me encanta cómo escribes.

    • Montse Augé dice:

      Miguel Angel, tu comentario es como para publicarlo como relato, es genial. Me dejas con la boca abierta. Gracias por tu comentario tan detallado. Me alegra que realmente mi texto os haya transmitido tantas cosas, a ti, a Tico , a Daniel. Esto es lo mejor de escribir, que los demás lo disfruten y que vean algo en tus palabras.Gracias, gracias.Un abrazo

  4. Enhorabuena por tu ilustración, Jesús. El relato de Montse está cargado de instantáneas, pero has elegido una que recoge retrospectivamente lo sucedido.
    Los niños, todavía en esa cárcel de troncos y ramas, son liberados, guiados, llevados a la luz por la luz misma.
    En sus caras la alegría, aunque el último parece todavía algo desconcertado.
    Me encantan los colores, la ambigüedad de esa luz de luciérnagas entre la madera que va abriéndo el paso y una oscuridad que oculta el horror.

    ¡Felicidades por el trabajo!

  5. ¡Montse, qué ganas tenía de volver a leerte, y como no podía ser de otra manera, me ha encantado tu relato! Me encanta lo que cuentas y cómo lo cuentas: La introducción que haces es demoledora; la eterna paciencia del árbol obsesionado con la venganza, terrorífica; ese laberinto que se deshace y esas luciérnagas que iluminan (has creado unas metáforas tan bonitas…), esperanzadores; y ese final, una advertencia que no puede ser desoída. ¡Un fuerte abrazo, guapísima!
    Me ha gustado también muchísimo la ilustración de Jesús, combina a la perfección el ambiente laberíntico y asfixiante, con la inocencia y la curiosidad reflejada en los candorosos rostros infantiles. Me gusta especialmente cómo has dibujado y pintado los retorcidos troncos.
    ¡Felicidades a los dos!

  6. Montse Augé dice:

    ¡Susana! Muchísimas gracias,yo también estaba deseando ver tu ilustración, maravillosa como siempre. Gracias por tus palabras, me alegro que te haya gustado.Un abrazo

  7. Montse tu relato es de los que mete miedo en el cuerpo. Miedo de perderse en ese laberinto vengador (y con toda su razón añado) en el que la naturaleza debería perdernos pues nuestros descuidos y vendettas personales la mayoría de las veces acaban pagándolo los que menos lo merecen. La manera en la que llevas al lector entre las sensaciones y sentimientos es realmente espectacular y como al final nos dejas un resquicio de esperanza es, por decirlo de alguna manera, un alivio. Consigues que lo que en principio es una aventura infantil se torne en una reflexión profunda que todos debemos hacernos sin excepción. Mis más sinceras felicitaciones a un talento tan grande como el tuyo. Una gran historia y un excelente viaje el que nos haces vivir.

    Y a Jesús otorgarle esa parte de la esperanza simbolizada acertadamente con los niños y las luciérnagas. La luz y el futuro. Ninguna ilustración mejor para plasmar. Gran trabajo.

  8. Rosa García dice:

    Montse, tu relato me ha atrapado de principio a fin. Y ya, cuando mis ojos se han iluminado con la ilustración de Jesús, he quedado cautivada por completo.

    Os felicito a ambos por vuestros trabajos. Y, Montse, será un honor trabajar contigo en la última del año.

    Aquí tienes mi e-mail para tu envío: laberinros@gmail.com

    Un abrazo.

  9. Montse Augé dice:

    Muchísimas gracias Rosa. Me alegro muchísimo que te haya gustado y aún más trabajar contigo en esta última convocatoria. Tus trabajos son estupendos. Ya te dejé mi e-mail en el comentario de tu ilustración. Un abrazo.

  10. David Gambero dice:

    Montse tu relato es de los que mete miedo en el cuerpo. Miedo de perderse en ese laberinto vengador (y con toda su razón añado) en el que la naturaleza debería perdernos pues nuestros descuidos y vendettas personales la mayoría de las veces acaban pagándolo los que menos lo merecen. La manera en la que llevas al lector entre las sensaciones y sentimientos es realmente espectacular y como al final nos dejas un resquicio de esperanza es, por decirlo de alguna manera, un alivio. Consigues que lo que en principio es una aventura infantil se torne en una reflexión profunda que todos debemos hacernos sin excepción. Mis más sinceras felicitaciones a un talento tan grande como el tuyo. Una gran historia y un excelente viaje el que nos haces vivir.
    Y a Jesús otorgarle esa parte de la esperanza simbolizada acertadamente con los niños y las luciérnagas. La luz y el futuro. Ninguna ilustración mejor para plasmar. Gran trabajo.

    • Montse Augé dice:

      Tú sí que tienes talento David, vaya relato te ha salido a ti. Muchísimas gracias por tus pala bras y más cuando vienen de alguien tan genial como tú.Un abrazo!!!

  11. Muchas gracias a todos!!
    La verdad es que a mí me ha encantado ilustrar el relato de Montse.Debido a su riqueza tenía varias opciones en cuanto a la imagen a escoger ,pero creo que desde el principio esta fue la preferida…
    Un saludo a todos
    Jesús

  12. chusdiaz dice:

    ¡Buenísimo, Montse! Me encanta tu visión de una naturaleza que no se doblega ante el hombre. Que primero planea su venganza pero que después reflexiona, apuesta por el futuro y protege a los inocentes. Y que, en todo caso, da una lección moral importantísima al hombre. Triunfa el bien, sí… pero ya me gusta ese intrigante guiño final, esa especie de “continuará”. 😉 El estilo, genial: atrapas en las primeras frases y nos mantienes enganchados hasta el final.

    Jesús, muy buena tu ilustración también. Has escogido una de las imágenes que más me gustan del cuento. Tus niños y tus luciérnagas transmiten inocencia y esperanza…

    ¡Felicidades a los dos!

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