Howling Christmas

Autor: David Gambero

Ilustradora: Verónica López

Correctora: Mary Esther Campusano 

Género: Ficción (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

HOWLING CHRISTMAS

Los gritos. Todos en aquella trinchera creían haberse acostumbrado a ellos. A provocarlos. A proferirlos. A ignorarlos. A degradarlos a crueles arrullos de guerra.  Pero estaban equivocados. Cuando, hacía tres noches, el último fusil acalló su canto de muerte y comenzaron aquellos alaridos supieron cuan grave había sido su error. Cuán grande su arrogancia. Cuan sobrecogedor el miedo que todavía podían llegar a sentir.

-¿Por qué no se detienen?

La pregunta la profirió e iba destinado a todos y a ninguno. Pues aquel grito, aquella inenarrable muestra de dolor y desamparo, no había cesado de rasgar el aire de la trinchera, mohíno y pesado, desde hacía tres días exactos. Los mismos que ambos bandos llevaban sin encontrarse. Los mismos que la guerra llevaba respirando una paz inapropiada. Y aquello no podía ni debía ser. Todos eran conscientes de ello pero nadie decía nada. Pensamientos y palabras permanecían sosegados bajo aquel manto de sufrimiento que no cesaba en ningún instante de recordarles que allí fuera, en aquel campo de batalla bañado de barro, sangre y muerte, alguien había sido olvidado. Alguien que, entre lo obstinado y doliente, no hacía más que recordarles a cada uno de los que todavía quedaban atrapados entre las fauces de aquella guerra titánica cuan humano era el destino que les esperaba. Cuan poca gloria había en caer en combate. Cuan poca recompensa había en seguir fiel al valor y el deber. Cuan cruel era el destino.

Por desgracia para Matthew aquello no era ninguna revelación. Él lo había sabido nada más llegar a Ypres. Lo pudo leer claramente en los derrotados y al tiempo afortunados soldados que abandonaban el campo de batalla. Y aunque no cruzaron palabra alguna dejaron que sus miradas hablaran por ellos. Que contasen a aquellos bisoños vástagos de Gran Bretaña lo que les esperaba más allá de aquellos campos yermos de vida. Pero todos los refuerzos estaban entusiasmados con la idea de entrar en combate. De participar enla Gran Guerra.De entrar a formar parte de la historia. Todos menos Matthew. No. Él les miró. Uno por uno. Y aguantó con entereza aquellas miradas de guerra que mezclaban horror y pena. Y allí fue, precisamente, cuando supo que la gloria no estaba en luchar o en perseguir un ideal establecido por otros. No. La gloria estaba en jamás transmitir esa mirada. Que la verdadera victoria que podía conseguir era no abandonar un campo de batalla vacío. Y aún portando en lo más hondo de su ser aquella revelación había cumplido como el que más. Había respirado pólvora. Habría tragado barro. Había sangrado. Había hecho sangrar. Y, hasta ese momento, había sobrevivido con un bagaje militar más que aceptable. Doscientos noventa y ocho metros. Esos eran exactamente los metros que habían ganado. Unos metros que, a esas alturas, nadie sabía quien había ostentado en primer lugar. La sangre derramada era demasiado espesa como para poder distinguir las líneas que yacían bajo ella.

-Lo siento señor –dijo de pronto un joven cabo cuadrándose ante Matthew -.Ninguno de nuestros ojeadores es capaz de dar con él.

La voz temblorosa del joven devolvió a Matthew a un presente exento de silencios. Centenares de ojos habían batido aquel campo de batalla. Pero el resultado siempre había sido el mismo. Fuera, sobre la herida tierra, había demasiados muertos. Demasiada barbarie. Demasiada oscuridad. Demasiado para poder encontrar a alguien.

-Debe estar en algún foso –musitó Matthew lo que todos sabían.

-Debería estar muerto, señor –siguió con las verdades el soldado que se irguió tanto como el cansancio y el pesar le permitían -.Nadie puede sobrevivir tanto ahí fuera.

-Claro…descanse y vuelva a su puesto cabo. –ordenó con voz vacía Matthew.

Ambos intercambiaron un saludo gastado y Matthew volvió a quedarse en aquella soledad rodeada que únicamente podía vivirse en una trinchera. Sobre él un cielo de plata negra se dedicaba a recordarle cuán lejos estaban los días de paz. Cuán lejos estaba el silencio. Entonces, oculta bajo los gritos incesantes, aterrizó a su lado una paloma. El ave, grisácea como el humor del propio Matthew, comenzó a moverse repitiendo los mismos tres pasos una y otra vez. Incluso los animales sentían inquietud al estar en aquel lugar. De mala gana Matthew aferró al pájaro que, manso por entrenamiento, se dejó hacer. En su pata portaba órdenes. Unas de sobras conocías pero que, plasmadas en papel, daban cuerpo a los fantasmas de su alma. No necesitó leer ni la mitad de los engolados, regios y marciales términos que algún general a más de cincuenta yardas del primer casquillo de bala y desde un refugio seguro en el que no se puede escuchar ni el eco de la muerte había plasmado en aquel papel con caligrafía irregular. Una orden de ataque. Su posición, el sector Temperley, llevaba demasiado tiempo inactivo y el flanco derecho donde batallaban su pedazo de guerra las tropas francesas necesitaban urgentemente que les aliviasen la presión alemana. Obvió las palabras derrochadas de ánimo vacío antes de descubrir a qué hora se requerían su arrojo, valor y vidas.

-Al romper el día –repitió en voz alta como dándose el visto bueno.

Había pocos preparativos que hacer antes que la artillería rasgara el alba como preludio de su asalto a las posiciones enemigas. Tal vez los obuses acallaran aquellos gritos. Tal vez los avivaran. Matthew no podía saberlo. Lo único que sabía era que tenía frío. Y que el abrigo que llevaba en ese momento cubierto de barro y excrementos casi a partes iguales no era suyo. Igual que los galones que, como cicatrices extrañas, portaba en su hombro. Pues Matthew, que había llegado allí como uno más, había ido ascendiendo gracias a que otros caían a su alrededor. Por eso ahora mandaba sin mandar. Por eso ahora tenía que decirles a aquellos hombres cuyos corazones y oídos estaban inundados por aquellos bramidos incesantes que a la mañana siguiente tendrían que ser ellos los que gritaran una vez más. Los que lucharan en nombre de aquellos que, aún teniendo vigor y fuerza, sucumbían ante el miedo que ellos usaban de concubinas ocasionales. Tenía que decirles que mañana les tocaba morir por otros. Y lo peor de todo es que tenía que decírselo a sí mismo. Así pues, desfilando como el teniente que no era, fue afrontando uno a uno los rostros adustos, cansados y temerosos de cuántos soldados todavía se mantenían en sus puestos. Veteranos que todavía no se afeitaban, comidos por los gusanos y los pijos, asintieron ante lo esperado. Si tras su paso hubo lágrimas, Matthew no las vio. Si tras un leve apretón de manos estas temblaron, no lo sintió. Lo único que supo es que todos los que moraban aquella trinchera, aquella mala sutura que ellos mismos habían infringido a la tierra y en la cual sufrían y se desangraban, saltarían fuera de aquel parapeto y correrían a enfrentarse al enemigo una vez más. A recorrer esos cientos de metros eternos para, con suerte, quitar eso que trataban de defender. Para matar de la única forma que conocían. Para morir de maneras que desconocían.

-Tienes mal aspecto Vincent –le resaltó a Matthew una voz familiar.

Una sonrisa seca y rota escapó de sus labios al escuchar su nombre con destino al único escocés que permitía que lo nombrase con tal informalidad. Hugo Sullivan. El único con el que había llegado y seguía llamando amigo. Y el único doctor que todavía respiraba en aquel lado de la trinchera.

-Me gusta ir a la moda –respondió este sorprendido que, de todas las cosas que había logrado salvar de sí mismo, una de ellas fuese el humor -¿Qué se te ofrece?

-Se dice por ahí que mañana quieres llenarme la enfermería de heridos –fue directo al asunto -¿Pensabas decírmelo en algún momento?

-Supuse que te darías cuenta en cuanto vieras que faltamos para el desayuno.

-Vais a saltaros más que una comida si salís ahí fuera ahora mismo –contestó este con amargura -.Tus hombres no están preparados para un nuevo asalto.

-Ninguno estábamos preparados para esto cuando llegamos. Y aún así seguimos vivos.

-Si tú llamas a esto vida…-musitó este sacudiéndose una liendre del pelo al tiempo que cambiaba el gesto a uno más adusto -.Te advierto que ahora mismo todos están más dispuestos a morir que a vivir por su graciosa majestad.

-No quiero que mueran, quiero que ganen.

-Colega… me parece que eso va a ser un poco difícil con esos gritos retumbando día y noche en sus cabezas, ¿captas?

Matthew había llegado a donde no quería llegar. A la verdad. Una verdad que había ignorado como había podido. Pero era cierto que aquellos gritos incesantes les estaban cambiando a todos. Que aquella muestra infinita de horror había anulado su capacidad de pensar en la victoria final. O, al menos, en salir de allí enteros. Aquellos gritos sólo habían dejado espacio para los pensamientos más funestos. Unos que hasta Matthew ya no podía obviar y, mucho menos, combatir. Unos a los que había que poner fin.

-No puedo arriesgar hombres por un herido…

-Pues te arriesgas a perder tu preciosa guerra –le dijo el amigo y no el soldado -.Por lo que más quieras: desobedece. Sé que en cuanto los británicos os vestís para la guerra no os cabe en la cabeza ni el miedo ni el sentido común, pero esto va más allá. Quédate aquí hasta que ese desdichado se muera… Y luego haz lo que tenga que hacerse.

Entonces el teniente tomó aquellos pequeños galones que colgaban de su guerrera y que tanto pesaban, se los arrancó con sumo cuidado y se los tendió a su amigo. Este entendió el gesto, aunque no lo aceptó. Aquel símbolo de obligación quedó suspendido entre los dos el tiempo justo en el que las amistades decaen. Y aquella, forjada en el fuego de la guerra, estuvo a punto de quebrarse. Ambos lo supieron mientras escondían sus miradas en diferentes infinitos pues, de haberlas cruzado, hubiese sido el último gesto entre los dos. No lo fue.

-Alguien tiene que hacerlo… -resumió el teniente.

-Sabes que en cuanto pongas un pie fuera de la trinchera eres hombre muerto –gruñó Hugo mientras contenía aliento y rabia con un esfuerzo titánico -.No esperaba eso de ti.

-¿No esperaba que cumpliese con mi deber?

El tiempo de la respuesta se quedó sin esta. En su lugar Hugo hizo lo único que podía hacer. Le arrebató aquella insignia que su amigo había llevado con entereza todos aquellos días y lo apretó en su puño hasta que consiguió sangrar. Mas no sintió la tibieza de su vida al derramarse. Sintió frío. El frío de una soledad que ocuparía el lugar de Matthew cuando este no estuviese y el fuese teniente. Y cuando dejase de serlo.

-Si me matan, matarán a un soldado. No a un oficial.

-Ahí fuera solo buscan matar hombres, no rangos. Tal vez haya lugares donde la guerra sea así de frívola, pero tú y yo sabemos que este no es uno de ellos…

En menos de un minuto ambos habían comprendido completamente de qué iba la guerra. De que iba la vida. De tomar decisiones. De buscar excusas para actuar. Porque entre los vacíos de todas aquellas palabras dichas con pasión medida y verdad sesgada estaba la verdad. Y la verdad seguía gritando sin descanso sobre ellos. Y Matthew iba a tratar de acallar aquellos gritos. A tratar de dar la oportunidad a los suyos de a una batalla y no a una derrota. Al menos así lo entendieron ambos. Al menos así quisieron entenderlo. Hugo entonces rebuscó en su zurrón y sacó un pequeño fardo que le lanzó a su amigo. Esté lo cogió al vuelo. Una sensación extraña, cercana al miedo y la desazón, le recorrió la espalda cuando descubrió lo que tenía entre manos: Una máscara antigás.

-¿Para qué quiero esto? –preguntó el teniente.

-Es que eres demasiado guapo y no quiero que te disparen a la cara –repuso este con una mueca cercana a la sonrisa -.Y ahora en serio. La porquería que nos lanzaron los alemanes la otra vez puede que esté todavía rezumando ahí fuera. Además si no ven que eres un hijo dela GranBretañaigual se lo piensan dos veces antes de pegarte un tiro.

-Si lanzan una bengala y me ven ahí fuera seré pasto de los francotiradores…

-Si lanzan una bengala tírate al primer agujero que veas y espera a que devolvamos el fuego. Sé que es poco caballeroso disparar de noche, pero los escoceses nunca hemos sido demasiado considerados… o seguiríamos siendo ingleses.

La sonrisa de complicidad de Matthew se perdió al instante dentro de la asfixiante máscara antigás. Atrapado dentro de aquel pedazo de piel y filtros de aire todo se hacía más difícil. Respirar. Pensar. Ser humano incluso. Matthew dejó que su amigo se la ajustase correctamente y trato de acostumbrarse a su nueva piel de monstruo. Ya estaba todo lo listo que una persona podía estar para atravesar tierra de nadie en la oscuridad.

-Matthew, ¿sabes qué día es hoy? –preguntó Sullivan de pronto.

Este negó con la cabeza. Había dejado de contar los días desde el primer día. No tenía sentido contar lo que ya no le pertenecía. El escocés entonces hizo un gesto de reproche con la cabeza y le palmeó el hombro ya exento de insignias y responsabilidades.

-Ingleses… -le dijo el médico y le tendió su revólver Webley -.Feliz Navidad.

Sorprendido a partes iguales por el regalo y la fecha el teniente aceptó ambas acabando así las despedidas. Con ayuda del médico y al amparo de la oscuridad Matthew se alzó fuera de la trinchera en un patético espectáculo que, por suerte para la poca dignidad que conservaba, quedó en privado. Cuerpo a tierra dedicó una mirada empañada hacia atrás. Hacia el infierno que dejaba. Pero nada había ya tras de sí. Sólo oscuridad. La trinchera, que sabía estaba justo tras de sí, no estaba. No le importó demasiado. Si llegaba el momento de volver a ella encontraría el camino. Y para ello sólo contaba con su determinación y aquel revólver. Su mano, torpe dentro de un guante más lleno de barro que de carne, lo buscó a tientas dentro de su abrigo. Le quedaban dos balas. Sonrió. Esperaba que le sobrase una. Tal vez la necesitase más adelante para hacerse un último favor. Recorrió los primeros fatigosos metros con cautela. Dejando que sus ojos se acostumbrasen a la penumbra. Pronto comenzó a distinguir siluetas ante sí. Y aunque hubiese deseado quedar ciego ante ellas no dejó de mirarlas mientras los gritos se personificaban en las mudas expresiones de aquellos cuerpos caídos junto a los que caminaba.  La siembra de semanas de combates había sido generosa en muerte. Y ahora, con aquella lenta precaución, Matthew podía contemplarla en toda su inmensidad. Daba gracias a que sus deberes le habían ocultado aquella verdad. Aliados y enemigos se mezclaban en un descanso macabro. La máscara, al final, le resultó útil para encubrir los olores de la muerte que rezumaban a su alrededor. De otra manera habría vomitado. De otra manera les habría envidiado. Pero no. En su mente sólo cabían aquellos alaridos incesantes. Y su necesidad de acallarlos. Pero, por más que avanzaba, no conseguía dar con la procedencia del sufrimiento. Por más que se detenía y aguzaba el oído los gritos parecían venir de todas partes. Y lo que era peor: se iban desvaneciendo a medida que él avanzaba. Con menguada determinación siguió caminando hacia delante con la esperanza de encontrar algo de claridad. Entonces una silueta monstruosa se materializó ante él. Un cuadrado irregular de oscuridad del porte de una choza pequeña se recortaba a escasas yardas de su posición. Alzó el arma hacia ella y se acercó a pasos cautelosos hacia ella. Poco a poco el corpachón herido de un carro de combate británico Mark I coincidió con la silueta. Matthew lo reconoció sin problemas; la propia artillería aliada lo había abatido hacía dos semanas y desde entonces habían utilizado su cobertura para reagruparse en los sucesivos asaltos que se habían llevado a cabo. Hubiese sido de gran ayuda para tomar las trincheras enemigas, pero por desgracia en una guerra tan caótica como aquella el fuego amigo era tan común como el enemigo. Matthew decidió descansar bajo su abrigo, pero para su sorpresa alguien había pensado de igual manera. Sentado sobre el techo del mismo, con una rodilla recogida sobre sí mismo y el rostro alzado hacia un cielo opaco había un hombre. Un soldado. Un enemigo. Instintivamente Matthew alzó su pistola hacia él. Era un blanco fácil. Y un disparo difícil, pues la deflagración atraería toda la atención hacia su posición. Las dudas llevaron a sus pies a tropezar. A hacer ruido. A presentarse.

-No debería estar aquí –dijo de pronto una voz profunda y con acento forzado.

A Matthew no le quedaron dudas de que aquel hombre era alemán. Y aún así su inglés era sorprendentemente digerible.

-No se mueva –le dedicó Matthew de vuelta con una voz distorsionada por la máscara.

-No me he movido en toda la noche soldado –replicó este -.Y creo que he hecho bien en hacerlo. No me hubiese gustado encontrarme con usted ahí fuera. He tenido pesadillas con mejor aspecto que usted.

Lo cierto es que aquello no era complicado. Con la máscara antigás, el cuerpo cubierto de barro y el fantasmagórico brillo plateado del revólver, Matthew se había convertido en un perfecto heraldo de la muerte. Y era eso precisamente lo que evitaba que sucediera entre él y aquel hombre pues, aunque no veía que este fuese armado, un soldado no necesita armas para matar. Sólo intención.

-¿Qué está haciendo aquí fuera? –preguntó el inglés con franca curiosidad.

Como principio de respuesta el desconocido saltó al suelo dejándose ver mejor. Uniforme y rostro curtido le identificaban como alemán. Como a un enemigo. Mas sus ojos, de un verde abatido, le convertían en un igual a Matthew que, aún sintiendo que no había amenaza en ellos, no bajó el arma ni concedió un centímetro más a aquel hombre.

-Puede quitarse eso –le dijo el alemán cuyas palabras comenzaban a paladear el inglés con más suavidad -.El gas se disipó hace días.

-Tendrá que entender que no le crea.

-Ya…claro. Que yo esté aquí fuera sin máscara no le es prueba suficiente.

-¿Lo sería para usted si los papeles estuviesen invertidos?

El soldado asintió varias veces. De pronto los gritos, que se habían tornado en murmullos lastimeros, renovaron su intensidad. Por puro instinto Matthew desvió la mirada un segundo. Al momento supo que había sido un error. Y el cuchillo que se materializó a escasos centímetros de su cuello así se lo confirmó. El alemán se había movido rápido inmovilizándolo. Y él reaccionado lento dejándose atrapar.

-¿Está aquí por los gritos, no es así? –preguntó el alemán cuyo aliento alimentó la máscara antigás de Matthew.

Este, indefenso, asintió con sumo cuidado. De pronto la presión se aflojó y el inglés se vio libre de cuchillo y presa de su enemigo. El alemán alzó entonces ambas manos y, lentamente, guardó el cuchillo de combate en su funda oculta dentro de su guerrera. Matthew se sintió estúpido sujetando todavía el revólver. Aún así no hizo otro tanto. La guardia es una de las cosas que sólo se bajan una vez.

-No volveré a perdonarle la vida una próxima vez inglés –musitó el alemán -.Ahora, ¿qué le parece si deja de esconderse tras su máscara y hablamos de hombre a hombre?

-No somos hombres –le recordó Matthew aunque tiró con saña de la máscara liberándose de su yugo asfixiante con alegría contenida -.No mientras estemos aquí.

-He sido soldado antes que usted hombre, inglés. Y no hay lugares donde sólo se pueda ser uno de los dos. Elija usted lo que quiere ser aquí y ahora.

Desde que había comenzado la guerra era la primera vez que alguien le dejaba elegir algo. Matthew se sintió extraño ante tan difícil y sencillo dilema. Bajó el arma. Decidió ser un hombre. Al menos mientras la situación le permitiese serlo.

-¿Quién es usted? –inquirió paladeando el aire nocturno -¿Y cómo sabe inglés?

-Acaba usted de nombrar las dos únicas cosas que me dio mi madre –contestó el desconocido dejando escapar una sonrisa triste -.Mi nombre es Robert Hass y temo que mis orígenes maternos no difieren demasiado de los suyos. Por desgracia para nuestros caminos el resto de lo que soy me lo dio mi padre.

-¿Su madre se casó con un alemán?

-Nuestras naciones no han estado enfrentadas siempre. Y espero que no lo estén. Algún día me gustaría volver a su isla para poder llevarle flores a su tumba.

-Lo siento…

-No lo lamente. Que yo sepa usted no la mató –siseó Robert con amargura mientras se removía del sitio inquieto -.Además, no necesito su simpatía inglés. Aunque si me vendría muy bien su ayuda. Además de su nombre, si no tiene impedimento.

-Vincent T. Matthew –le concedió al alemán -.Soldado del 56 cuerpo de infantería de su majestad. Ya tiene mi nombre, así que deje de llamarme solamente inglés.

-¿No le gusta serlo o no le gusta como lo digo?

-Ahora mismo un poco de ambas –confesó este incapaz de leer entre las palabras de Robert -¿Así que usted también está aquí para hacer callar los gritos?

El alemán asintió al tiempo que recostaba su espalda sobre el cuerpo metálico del carro de combate. Matthew pudo observarlo mucho mejor entonces. Aquel hombre rezumaba verdadera veteranía. Fácilmente podía separarlos una veintena de años y conflictos y aún así no se sintió demasiado intimidado por este. Lo que de verdad le resultaba extraño es que hubiesen confluido allí con el mismo objetivo. La guerra es un lugar extraño, pero no conoce de coincidencias.

-No es agradable matarse con ese desdichado bramando a los cuatro vientos, ¿no es así?

-Ni sencillo encontrarlo –repuso Matthew dudando aún en si debía enfundar su arma -.Es como si los gritos proviniesen de todas partes…

-No. No es eso. Los gritos provienen de algún lugar. De alguien. Y voy a encontrarlo y hacerle callar –dijo con resolución y algo de crueldad -.Sin embargo ha sido una verdadera suerte que en su bando hubiese alguien tan loco como usted.

-¿Por qué dice eso?

-Porque no me gusta matar a los míos –respondió dejando entrever que era algo que no le resultaba extraño -.Por eso quisiera proponerle un trato…

-¿Quiere que le busquemos y conforme al bando al que sirva le matemos uno u otro?

Por primera vez Matthew supo que la sorpresa tenía cabida en aquel rostro curtido que tenía ante sí. Robert soltó una ronca risotada mientras entornaba su acerada mirada.

-Ahora sé porque no les hemos pasado por encima todavía –reconoció este en lo más parecido a un elogio que le podía conceder -¿Todos los de su trinchera son como usted?

-No. Yo soy de los peores –mintió el orgullo de Matthew por él -.Aún así creo que su idea no es desdeñable. ¿Aceptaría usted una tregua?

Las manos tardaron en alzarse para rubricar aquel pequeño acuerdo. Sin embargo finalmente dos palmas frías se encontraron para forjar un acuerdo cálido. Una pequeña paz en el corazón de la guerra. Aquello era lo último que Matthew hubiese esperado encontrar allí. Y gracias a ello sus esperanzas de encontrar al dueño de los gritos aumentaron varios enteros. Justo en ese momento los aullidos aumentaron su intensidad. Esta vez hasta hacerse ensordecedores. Crueles al oído y al alma. Ambos soldados se miraron. Aquello debía acabar. Y por suerte iba a hacerlo pues aquella vez, además de con dolor, los alaridos venían con una dirección concreta.

-No se separe de mí –dijo Robert mirando al sur de su posición -.Y tenga ese trasto listo.

-¿Es de los que piensa que un animal es más peligroso cuando está herido?

-Soy de los que piensa que cuantas más guerras ves, menos las conoces –contestó este encabezando la marcha -.Y si se tienen fuerzas para gritar, pueden tenerse para disparar.

Matthew se sintió extraño al ver como Robert le daba la espalda con tanta facilidad. Aún así no sintió deseo alguno de aprovechar tal ventaja. Honraría la tregua hasta que tuviese que dejar de hacerlo. Para su desgracia no habían especificado hasta cuándo sería aquello. Caminaron a través del erial de tinieblas a pasos medidos. Aguzando el oído para seguir el rumor de los gritos. No era difícil hacerlo. Lo difícil estaba por venir.

-¿Por qué ha salido sólo con un cuchillo? –venció la curiosidad a Matthew finalmente.

-No esperaba encontrarme con nada que no pudiese lidiar con él –confesó el soldado alemán-.Y hasta ahora así ha sido.

No pudo verla, pero sí sentir su sonrisa maliciosa ante la cual Matthew no se sintió demasiado ofendido. Sin embargo no se arrepentía de haber acudido con un revólver. Odiaba apuñalar a la gente. Todo tardaba demasiado con el acero de por medio. Y en aquella guerra todo duraba demasiado. Especialmente el dolor que trataban de acallar.

-¿De donde era su madre Hass?

-¿Qué más le da? –replicó este cortante –Usted no la conoció, Matthew. Ni yo mismo llegué a conocerla todo lo que me hubiese gustado. Además ¿por qué lo pregunta? ¿Acaso cree que en este lugar puede ganarse mi simpatía con sus preguntas?

-He encontrado amistades en lugares más extraños.

-En un campo de batalla uno se encuentra a sí mismo, no amigos. Si hubiese estado en unos cuantos más lo entendería perfectamente.

-Suena como si usted hubiese estado en unos cuantos.

-Llevo dos décadas distintas matando a hombres distintos por ideales distintos. En un campo de batalla es el único lugar donde sé estar. Fuera de él… sólo se sobrevivir.

Matthew supo que decía la verdad. La mentira no habría cabido en aquellas palabras tan cargadas de dolor. Porque todo lo que aquel hombre decía parecía impregnarse del mismo sufrimiento que llenaba el aire.

-¿Jamás encontró una razón para dejar de pelear?

-Encontré miles de ellas. Pero al final todas se acabaron y me hallé de vuelta en la batalla. Nada perdura tanto como la guerra.

-¿Ni siquiera el amor?

-Especialmente el amor porque cuando este se acaba se torna precisamente en esto –dijo señalando a un muerto cercano -.No me malinterprete Matthew. No estoy en contra de la paz y de los buenos deseos. Casi todo el mundo lucha por conseguirlos y mantenerlos. Y gracias a esos encontramos un lugar en el mundo hombres como yo.

Entonces Robert se detuvo en seco y se giró hacia el inglés que lo encontró cara a cara.

-¿A qué viene todo esto? ¿De qué tiene miedo realmente Matthew?

El teniente sabía que aquel no era el hombre para hablar de tales temas. Pero sabía que no habría nadie más allí que le comprendiera como él. Por eso se confesó.

-Tengo miedo a que matar se convierta en mi única manera de vivir –dijo finalmente.

-Matar es lo único que se vuelve más sencillo de hacer cuanto más lo haces. Y ambos hemos venido a caer en el mayor escenario que el ser humano ha creado para ello. Siento que haya escogido este momento para darse plena cuenta de donde está metido, pero hágame caso: matar no es la única manera que va a tener para vivir a partir de ahora. Sólo será…la más sencilla.

De pronto un ruido extraño les interrumpió arrebatándoles la atención y las palabras. Al momento descubrieron de donde provenía. Y no lo creyeron. Entre las sombras algo similar a un perro se removía entre cadáveres deteniéndose sobre los rostros de estos.

-¿Pero qué coño? –preguntó en un hilo de voz Matthew obviando todos sus modales.

Robert no contestó. Todo su ser estaba concentrado en aquel ser y sus acciones. Agazapados vieron como aquel extraño dogo abría la boca sobre los muertos y al momento un extraño humor negro abandonaba los cuerpos y era absorbido por este. Entonces el animal alzó su hocico al cielo y aulló. Sólo que no fue un aullido lo que profirió. No. Eran gritos. Alaridos humanos de dolor y angustia. Los mismos gritos que habían invadido el cielo esos tres días. Los mismos que ellos habían ido a acallar.

-No puede ser –dijo estupefacto Robert -.Es imposible.

Aquellas palabras sonaban extrañas en boca de aquel hombre. Igual de extrañas que lo que sucedía ante sus ojos y que Matthew no podía más que asistir atónito. Ahora podía verlo mejor. Y no era ningún perro lo que veían. Era un lobo. Uno grande, de pelaje pardo, cuartos traseros enormes y colmillos brillantes y amenazadores como cuchillos. Pero lo más extraño en él eran sus ojos. Aquellos ojos no eran los de un animal. Allí, bajo la imposible luz que les alumbraba, brillaban unos ojos humanos. Entonces el animal dejó de aullar, mas los gritos no dejaron de sonar, y miró directamente a los dos soldados que no tenían para guardarse más que una oscuridad que parecía ser el segundo pelaje del lobo. El animal caminó hasta ellos quedándose a escasos pasos de ambos y gruñó enseñándoles a ambos hombres que el final de sus caminos aguardaban entre aquellas fauces. Y ambos lo supieron. El terror, a veces, habla con palabras claras.

-¿Qué hacemos? –preguntó lo único que podía preguntarse Matthew.

Este sentía su revólver pequeño e inofensivo en su mano. Y lo peor era que, por alguna razón, sabía que hicieran lo que hicieran poco podría detener a aquel ser.

-Yo tengo la carne y usted el revólver inglés –volvió a llamarlo así Robert mientras sacaba su cuchillo -.No falle. No quiero que esa bestia me arrebate lo poco que soy.

El veterano ejerció como tal y con un valor que rozaba lo insensato tomó la iniciativa. Entonces todo sucedió a la velocidad de los sueños. Como si de otro animal se tratase Robert se agazapó ante Matthew. El lobo hizo otro tanto y cuando sus miradas se encontraron ambos saltaron hacia delante. El humano como un animal. El animal como un humano. Fauces y acero se hallaron en el medio. Igual que la sangre. La sacrificada para crear una oportunidad. Y en cuanto esta se presentó Matthew no vaciló. La noche, por fin, se llenó de otro sonido que no fuesen gritos. Y se vació con aquel único disparo. Animal y hombre se separaron. Ambos heridos. Ambos moribundos. Ambos derrotados. Matthew corrió hacia un Robert que yacía desmadejado sobre un charco de su propia sangre. El brazo derecho colgaba inerte a un lado totalmente destrozado en un amasijo de tendones y hueso. Y en su pecho un largo surco indicaba que había recibido de regalo un abrazo poco afectuoso. Robert trataba con todas sus fuerzas de no gritar. De no ceder al lacerante dolor que le sacudía. Y que no era el único que le mortificaba.

-Antes no le habría necesitado inglés –susurró -.Es un incordio hacerse viejo.

-Se hará más viejo…–prometió Matthew mientras evaluaba la herida. El brazo estaba perdido. Quedaba por ver si también lo estaría el hombre.

Matthew dirigió la mirada un poco más allá donde el lobo gemía con aquella voz que no le pertenecía. La bala le había alcanzado en el lomo, atravesándolo de parte a parte. Aún así parecía no haber quebrado lo suficiente pues trataba, infructuosamente, de levantarse una y otra vez descubriendo que únicamente le quedaba voluntad y no fuerzas. El teniente se acercó con cautela a la bestia todavía sin dar crédito a la naturaleza de esta. Allí, tirado sobre el barro y con su sangre manchando la noche, yacía un animal que arrebataba los gritos a los caídos para luego liberarlos. Allí, con aquella mirada que no le pertenecía, aquel ser pedía clemencia. Matthew se sintió tentado a concedérsela. Y lo habría hecho de no ser porque en cada respiración, cada bocanada lastimosa del animal, todavía resonaban los lamentos de los caídos. Igual que en su cabeza. Y aquello debía terminar. Él debía descansar. Alzó el revólver una última vez y dejó que el lobo lo contemplara. Que supiera quién y qué le iba a matar. Y entonces el lobo aulló. Y su voz fueron un centenar de gritos al unísono. Lagrimas que ya creía extintas asaltaron los ojos de Matthew mientras sentía su alma quebrarse por aquellos gritos. Entonces una mano se posó junto a la suya y otro índice aferró el gatillo. Era Robert. Un Robert igual de roto que él. Un Robert que, al igual que él, buscaba un final.

-¡Dispare!

Y lo hizo. Lo hicieron. Y los gritos callaron. La vida se vació de los ojos de aquel extraño animal. Y la noche, una vez más, volvió a ser silenciosa. Volvió a ser noche. Ambos se quedaron mirando al lobo sin saber que decir o que hacer. Como si aquel ser les hubiese arrebatado también la voz igual que hacía con los gritos de los caídos. Hasta que algo inesperado les hizo encontrar las palabras de nuevo.

Schnee… -musitó Robert alzando sin pretenderlo su brazo herido y cediendo al dolor.

Matthew aferró al hombre antes que este cayera al suelo. Lo acomodó tan bien como pudo usando el cuerpo del lobo para ello. Entonces algo frío le rozó el rostro y de pronto supo que significaba aquella palabra en alemán.

-Está nevando… -dijo alzando la mano hacia un cielo que lloraba blancura.

-Entonces también acabó con la nieve…

-¿Qué?

-No lo sabe inglés –respondió con voz cansada Robert -.La tregua de Navidad…

Matthew había oído historias sobre aquello. Cómo un contingente de soldados británicos y alemanes, cansados de batallar, habían rubricado una espontánea tregua por Navidad hacía un año. Pero el teniente siempre lo había creído que no eran más que eso: historias para llamar a la esperanza. Historias de trinchera. Historias huecas.

-¿Sucedió de verdad? –preguntó mientras la luz del alemán menguaba en sus ojos.

-Si ha sucedido hoy… ¿por qué no debiera haber sucedido hace un año? Je… Es cierto que tiene poca fe en sus semejantes inglés.

-Supongo que la misma que tengo en mí mismo –replicó este arrodillándose ante el herido – ¿Tiene idea de qué es esta bestia?

Robert miró de reojo y negó con la cabeza.

-Si hay alguna leyenda sobre lobos que gritan como humanos la desconozco inglés –respondió este -.Tal vez no la hay. Tal vez nunca la haya. Igual tal vez nos hemos intoxicado con los gases y lo hemos imaginado todo. Sea como sea ¿qué más da? ¿Cree que alguien nos creería? Nada tiene sentido aquí fuera. En la guerra todo es verdad y todo es mentira. Pero lo que realmente importa es lo que hemos hecho. Y es que por fin han cesado los gritos. Por fin todo ha acabado… Por fin todo vuelve a ser lo que era.

Matthew entonces se retiró asustado. Lo que decía el moribundo no podía ser. Él todavía escuchaba con los alaridos. Estos no habían cesado…al menos en su cabeza.

-¿Qué le sucede inglés? –preguntó Robert al que le costaba seguir despierto.

-Nada… -mintió aunque su miedo le traicionó -.Venga. Le llevaré con un médico.

-¿De los suyos o de los míos? –inquirió rechazando la mano que le tendía -.Me lleve al que me lleve para uno de los dos será su último viaje…o para ambos. Y ese no quiero que sea mi regalo de Navidad para usted. No después de haber pasado así la Navidad.

Con las pocas fuerzas que le restaban Robert metió la mano dentro de su guerrera y para sorpresa de Matthew extrajo de ella un arrugado paquete de tabaco.

-Felices Pascuas –le deseó tendiéndoselo a su enemigo.

Este lo aceptó mientras el cielo renovaba sus fuerzas por cubrirles con un manto nevado. Al día no le que restaba mucho por aparecer y pronto este tendría la obligación de teñir aquella nieve del color de la guerra. Del mismo que la teñía Robert.

-Siento mucho no tener nada para darle a cambio.

-Podría acabar con mi miseria… –musitó Robert con la mirada fija en el revólver.

Este levantó la mano efectuó un disparo al cielo. Sólo se escuchó un pequeño “clic” que indicaba lo vacío que se encontraba y lo poco que serviría para ese uso. Miró en derredor en busca del cuchillo del alemán, pero este se había esfumado en el forcejeo y si no se lo había tragado la oscuridad lo habría hecho la nieve.

-Lástima… Hubiese sido lo justo –se lamentó el alemán mientras tendía el encendedor a un Matthew que olisqueaba un cigarrillo con nostalgia -¿Me permite una pregunta?

Este asintió mientras se encendía el pitillo. El humo llegó a sus pulmones preñado de sensaciones cálidas de seguridad y buenos tiempos. Aún así los gritos no menguaron. Sólo se hicieron mínimamente tolerables.

-¿Cuál es su rango? –indagó finalmente Robert cada vez más débil -.El verdadero…

-¿Cómo sabe que no soy un simple soldado?

-Igual que sé que todavía sigue escuchando esos gritos –susurró este rebulléndose en su improvisado lecho -.Porque todo lo que hacemos y somos deja una marca en nosotros. Igual que la única parte de su abrigo que no está cubierta por completo de barro…Igual que ese miedo que no ha conseguido sacudirse de la mirada inglés.

Matthew miró hacia el lugar donde había descansado aquel símbolo de lo que era sin ser y rió al percatarse que tenía razón. Robert hizo otro tanto. Sólo que su risa era distinta.

-Teniente –concedió finalmente -.Supongo que soy teniente.

-Teniente…No sabía que les habíamos dejado alguno –dijo Robert gastando sus últimas palabras -.Bien…Disfrute de mi regalo teniente. Es la primera vez que puedo hacer uno como hombre y como soldado…

Y dicho aquello se fue. Todo lo que era aquel hombre se apagó ante Matthew. Al contrario que aquel cigarrillo, que aquel exiguo regalo y que todavía brillaba ante sí. Al igual que esos gritos que todavía resonaban y que temía le persiguieran por toda la eternidad. Aquellos con los que tendría que vivir. Miró al fallecido una vez más pensando en lo mucho que lo había conocido en el poco tiempo que habían compartido y lo desprovisto de recursos que se encontraba para concederle un reposo mejor. Lo único que podía hacer era cerrarle los ojos. Permitir que su descanso fuese plácido. Y así lo hizo. Y fue en ese preciso momento cuando descubrió que Robert se había ido con una sonrisa en el rostro. Una sonrisa dura. De forzada satisfacción. De victoria postrera. Y entonces lo comprendió todo. Aquel simple y doble regalo. Aquella luz que le marcaba en la oscuridad no podía haber sido más indicada. No podía haber recibido mejor y peor regalo. Y todo aquello lo supo antes que un francotirador alemán le alcanzara guiado por el deber y aquella colilla. Antes de caer abatido. Antes de convertirse en uno más con la guerra. Antes que, por fin, se apagasen los gritos junto con todo lo que era y sería. Había sido un buen regalo de Navidad. El único que alguien como Robert podía conceder. El único que Matthew, sin desearlo, había recibido. Un final. Poner un final a algo tan difícil como la guerra. Si. Había sido un buen regalo.

Ilustración de Verónica López

Ilustración de Verónica López

David Gambero 2011

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Comments
8 Responses to “Howling Christmas”
  1. tico dice:

    David como ya te comenté, excelente relato, como todos los tuyos sin exagerar, con un final genial. Todo un honor y un placer. Gracias por la venganza 😉 Un abrazo crack.
    Verónica fantástica tu ilustración, y sabia elección de los colores..

  2. ¡David!¿Para cuándo una novela toda tuya? Este Surcando se te está quedando pequeño…;-)
    Un relato extraordinario, una historia terrible. Me quedo con una frase demoledora: “Tengo miedo de que matar se convierta en mi única manera de vivir”.
    Preciosa ilustración, Verónica, ese bosque al fondo entre tinieblas, el humo del cigarrillo caído… todo muy sugerente, sin mostrar realmente escenas sangrientas ni cadáveres habla de sueños y de muerte.
    Enhorabuena a los dos, Feliz Año Nuevo, un abrazo, S.

  3. Roberto dice:

    ¡Qué imaginación, David! Lo describes con tanto detalle que parece que hubieses hecho la mili durante la Primera Guerra Mundial. Jamás habría podido pensar que el aullador no era humano. Me encantan las historias imprevisibles y sorprendentes. Podía visualizar a la perfección a ese perro-demonio alimentándose de las almas de los caídos. Además odio los finales tipo Hollywood en los que el héroe revive después de morder cianuro, mientras cae al vacío desde el Empire State a una piscina de trinitrotolueno envuelto en llamas. Lo normal es que después de acabar con el bisho, y con el buen rollo que tenía con el alemán caído, el hijo de la pérfida Albión se relaje y piense que todo el monte es orégano, pero lo lógico también es que el enemigo vea la colilla y le descerraje una perdigonada. Me gustó mucho, mucho, mucho.

    Muy buena la ilustración neblinosa. Tiene la luz adecuada para que veamos lo justo y adivinemos el resto.

  4. olgabesoli dice:

    ¡Guau! Menudo relato. Impresionante. Contigo, David, me pasa lo mismo que con Mariola. La forma en que narráis las historias me engancha ya desde un principio y, al final, siempre me dejáis con ganas de más. Así que esperaré con impaciencia vuestros relatos de la próxima convocatoria. Genial y oscura ilustración de Verónica.

  5. Montse Augé dice:

    Fascinante y maravilloso, que capacidad tienes para narrar historias , qué soltura, la verdad es que parece que lo hayas vivido. Y tanto que se te queda pequeño esto, yo he devorado tu relato, me has atrapado desde el principio, has creado unas imágenes del campo de batalla tan reales…. Y la creación de tus personajes fantástica, dos antagonistas frente a frente, el lobo fantasmagórico…Enhorabuena DAvid, me ha gustado muchísimo.(el nombre del inglés….no sé a que me suena…).

    La ilustración de Verónica con esos tonos grises crea el ambiente que transmite el relato de David.Estupenda también.

  6. DAVID, como todos reconocen, eres un escritor de novelas nato.
    Este cuento es una novle corta, sobre la guerra, que siempre es cruel y poco ligada a las emociones del corazón que marcan la Navidad.
    He recordado al leerte el momento en que un cura austriaco compuso el villancico “Noche de Paz” “Stile natch”, en alemán, que después tomaron como pacto de Navidad los ingleses y lo cantaron en su idioma, que es en el que casi siempre lo escuchamos.
    Los pactos entre enemigos son difíciles, pero no nos neguemos a darles la oportunidad de que existan…. aunque solo sea en Navidad.
    Un beso
    Feliz Año

  7. Mariola dice:

    David, había leído tu relato antes de irme de vacaciones y lo he vuelto a releer ahora. Y si la primera vez me fascinó, en esta segunda ya me quitado el sombrero más que respetuosamente.
    De entrada, ese aullido en inglés en el título ya me llamó la atención y al empezar a leer y localizar el periodo histórico, me atrapó al instante porque soy una apasionada de las guerras mundiales. Compones un relato tan terrorífico y consigues que sea casi posible tocar realmente a los personajes por el ambiente en el que los envuelves. Uno se siente en medio de esas trincheras y esa oscuridad donde la existencia es tan frágil pero tan intensa. Los diálogos son extraordinarios y el final es simplemente perfecto, rematado en esa genial ilustración de Verónica, tan gris ya a la vez tan expresiva.
    Mi más sincera admiración. 🙂

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  1. […] Fragmento extraído del relato “Howling Christmas”  para Surcando Ediciona https://surcandoediciona.wordpress.com/2011/12/23/howling-christmas/ […]



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