Unos ojos de ámbar

Autor: Paloma Muñoz

Ilustradores: Benjamín Llanos y Rafael Mir

Corrección: Elsa Martínez Gómez

Género: cuento

Este cuento es propiedad de Paloma Muñoz, y sus ilustraciones son propiedad de Benjamín Llanos y Rafael Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

UNOS OJOS DE ÁMBAR

Paseaba sola por las calles. Había salido del trabajo. Estaba un poco cansada pero tenía ganas de caminar para ver los escaparates de las tiendas. Todos estaban adornados con motivos navideños.

Había profusión de luces y un estallido de colores que me llenaba de alegría y de ganas de celebrar la navidad con mis seres queridos y mis amigos, pero al no ser especialmente fanática -ni mucho menos- de esas fiestas, lo cierto, es que a lo más que aspiraba, era a cenar tranquilamente y pasarlo bien  en  la agradable compañía de mis familiares y amigos.

Las bolas de colores de los árboles en las calles o plazas, de los paneles de lucecitas de mil y una formas que iban de un extremo a otro de los edificios, los muñequitos de nieve, las figuras tan entrañables y queridas de los Reyes Magos, los envoltorios  de brillantes papeles de colores chillones de las cajas de regalos, los trineos,  Papá Noel, los enanitos del bosque, la nieve, los nacimientos o belenes, en fin, todo lo que se suele exhibir en estas fechas, estaba ante mis ojos.

Si hay algo que me puede agradar en navidad es la certeza de que los niños lo pasan de maravilla. Simplemente por eso, aguanto el tirón.

No hacía mucho frío aquella tarde noche, pero el cielo estaba cubierto de nubes amenazadoras. ¡Ojalá que nieve!-  Me dije. La nieve me encanta. ¿Qué es una navidad sin nieve? Pues es una navidad sosa.

Iba a tomar el autobús para ir a mi casa y estaba deseando quitarme la ropa, darme una buena ducha, prepararme una cena y encender la televisión.

Llevaba todo el día fuera de casa y ya llegaba la hora de ponerme cómoda. Era lo que más me importaba.

El portal de mi casa es grande y tiene dos escaleras, una situada a la izquierda y otra a la derecha de la entrada.

El edificio era antiguo y tenía un cuarto para el carbón, lo que conocemos como carbonera, aunque su cometido actual es guardar trastos, muebles viejos o enseres de los vecinos.

Me gusta mi casa y el lugar en el que está; la calle, los edificios colindantes. Es un barrio bonito y agradable en la parte antigua de la ciudad.

Aquella tarde con las luces de las farolas encendidas, una súbita niebla que había aparecido y que parecía moverse alrededor de las luces amarillas y anaranjadas de las farolas de la calle, flotaba en el aire.

El autobús me dejó en la parada de siempre y yo caminé unos cuantos metros hasta llegar a mi calle.

Cuando llegué frente a mi portal, iba a sacar la llave para abrir. El conserje no estaba. Se habría ido a hacer algún recado. Abrí y entré. Me extrañó que estuviera casi a oscuras el cuartito en el que hace su jornada diaria.

Las luces del portal estaban apagadas y sólo una farola al final del patio daba un punto de luz a todo el entorno. Los ascensores estaban junto a las escaleras.

El arbolito navideño lo había puesto el conserje, así como un precioso belén que reposaba sobre una mesa. Todos los años lo hacía, al menos desde que trabajaba en la finca. Pero extrañamente esa tarde estaba apagado, así como las lucecitas del belén.

Por un momento pensé que la luz se había ido, pero la farola aquella estaba encendida y había luces en las ventanas que daban al patio principal.

No, no era la luz. Era como si alguien las hubiera apagado. Entonces escuché un ruido y me volví. El antiguo cuarto de la carbonera estaba medio abierto. No me había dado cuenta de ello hasta que comprobé que de la puerta salía algo parecido a un bulto negro y cuando mis ojos se fijaron con más atención me pareció ver una tela negra y algo blanco que reposaba sobre el color oscuro de lo que parecía ser una gabardina, o una capa, o una prenda similar.

Confieso que me asusté y mi corazón comenzó a latir acelerado.

Pensé:- “¡A ver si va a ser algún drogadicto que se ha metido un chute o algún borracho que está durmiendo la mona ahí! “-

El extraño bulto parecía inmóvil y observé como el aire que entraba desde el patio  hacía que se moviera algo similar a un cabello blanco, blanquísimo. Parecía el pelo de esa persona que estaba ahí acurrucada o tendida sobre el suelo.

Mi impulso fue el de acercarme un poco, con tiento a la figura y preguntar si le ocurría algo. Pero me sentía paralizada. Pude ver lo que parecía una pierna  que se movía  y calzaba botas oscuras.

Iba vestida de una forma poco habitual con una especie de capa que le cubría buena parte del cuerpo. Me acerqué un poco más y me quedé quieta: una mano de largos dedos muy blanca se movía temblorosa.

Di un paso  atrás y abrí la boca para decir algo pero me resultó imposible.  Me había quedado enmudecida.

La mano parecía manchada de un color oscuro. Podía parecer sangre, pero no estaba segura.

Entonces supe que era alguien que se encontraba herido y mi mente comenzó a procesar todo lo que estaba ocurriendo: una persona herida que había encontrado un  refugio en el cuarto de los trastos viejos.

Tenía mi temor y mi reserva para acercarme más, pero sentí algo muy dentro de mí que me impelía a actuar de forma rápida. Y sin pensármelo dos veces hablé.:- “¿Quién es usted? ¿Le ocurre algo? ¿Está enfermo? ¿Necesita ayuda?”

La forma oscura se movió y su mano blanca también y escuché una voz quejumbrosa de hombre, pero era una voz suave, casi de niño.

“¡Ayúdame por favor!” – Tenía un  acento extraño o al menos eso me pareció y su tono de súplica pude percibirlo también por el gesto de su mano.

Me acerqué y toqué su espalda protegida  por esa capa negra. Llevaba cubierta la cabeza de la que sobresalía el cabello completamente blanco. Era un pelo albino, brillante como la luna en verano. Yo estaba asustada, lo confieso. Pero me había  pedido ayuda. ¿Y si era alguien que se hacía el enfermo o el herido para atacar a la gente al llegar al portal de su casa?

Entonces vi su mano y comprobé que  un reguero de líquido oscuro que era sin duda su sangre, la empapaba.

-¿Quién eres? ¿Estás herido? ¡Voy a llamar a la policía!

-¡No, por favor, no llames a nadie! Tan sólo ayúdame a ponerme de pie.

Me acerqué a él y a pesar de que estaba casi por completo envuelto por su capa, comprobé que su cabello era largo y lacio. Cuando le tomé de los hombros, sentí la fuerza de sus músculos ya que apreté sus brazos.

El hombre se puso de pie poco a poco. Era alto. Me sacaba la cabeza, mediría casi uno noventa y era delgado. Aún no le había visto la cara, su cabello blanco le tapaba prácticamente el rostro entero. Su mano estaba manchada de sangre. Sentí el tacto pegajoso de su sangre oscura y un escalofrío recorrió todo mi ser.

– Hay que avisar a una ambulancia. ¡Estás sangrando por Dios!- Insistí

-¡No! No. No avises a ninguna ambulancia. No puedo quedarme aquí. Necesito un lugar para vendarme la herida y descansar un poco. Tal vez en ese cuarto de abajo.

-Pero, ¿dónde te has herido? ¡Tendría que verte un médico!

-¡Te he dicho que no quiero que avises a nadie! ¡No quiero médicos!

Un golpe de aire hizo que su capa se moviera y pude ver sus ojos. ¡Dios mío, tenían un brillo endemoniado, mucho más que el brillo de los ojos de los gatos en la oscuridad! Di un respingo. Me quedé impresionada. Su cara era completamente blanca, muy angulosa y de pómulos altos, y su boca… ¡Su boca estaba pintada de negro! ¡Como sus labios!

-¿Pero qué… quién eres tú? ¿Es que acaso vienes de una fiesta de disfraces?-  Él me miró suplicante. Sus labios entreabiertos y el fulgor inquietante de sus ojos, hizo que mi corazón se paralizase por unos instantes. Al momento pude sentir un aguijonazo muy dentro de mí que me dolió intensamente.

-¡Por favor! Estoy sangrando. ¡Llévame a un lugar seguro!- Sentí que se derrumbaba en mis brazos. Entonces sin pensarlo, lo ayudé a sostenerse y miré alrededor mío. El ascensor parecía funcionar y le sujeté por la cintura.

-Espero que no sea muy grave. Te llevaré a mi casa e intentaré curarte, pero te advierto que si la cosa se pone fea, llamo a la policía. Aunque tengo un buen bastón para defenderme de tipos chiflados con pintas tan raras como las tuyas.

Me pareció ver un esbozo de sonrisa en su blanco rostro. Jadeó. Sin duda estaba muy dolorido y cada paso que daba debía producirle una gran angustia.

– Si tu herida es grave, tendré que avisar a una ambulancia.

No contestó. Llegamos al ascensor. Abrí la puerta y entramos. Pulsé el botón del número de mi piso y subimos. Respiraba con dificultad y sentí su aliento caliente y el tacto helado de su piel y el de su pelo.

El ascensor tenía unas luces blancas que incidían directamente sobre su cabello aún  cubierto por la capucha. Yo seguía sujetándolo por la cintura y levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los míos. Un  fogonazo de color  ámbar inundó mis ojos y su mirada anaranjada y negra envolvió mi mente como el manto de la noche cubriendo la tierra.

Recé todo lo que sabía para que no se desmayara en medio del pasillo. Afortunadamente, pude llegar ante la puerta de mi piso y abrí el bolso como pude para extraer la llave. No la encontraba. ¡Dios si la llevaba en la mano mientras sujetaba al extraño tipo de la capa y el pelo albino!

Abrí la puerta y entramos. Cerré y dudé si echar la llave. No lo hice, por si tenía que salir corriendo de mi propia casa.

Él se apoyó en un sofá que tengo frente a la televisión. Le ayudé a sentarse y coloqué mi bolso sobre un mueblecito que había a la entrada. Las llaves las introduje en el bolsillo de mi abrigo.

Iba a dar la luz pero con un movimiento de su blanca mano, me lo impidió.:- Por favor, si no te importa no des las luces. Tal vez alguna que no sea muy potente.

-¿Es que te molesta la luz? ¡Oye! ¿No serás un vampiro por casualidad?

Me eche a reír. Mis nervios me estaban traicionando. No era para menos. Estaba frente a un tipo vestido todo de negro, con una capa, un cabello  como la nieve, el rostro blanco como sus manos y unos ojos como nunca había visto en mi vida.

-No soy un vampiro. Soy un elfo.- Contestó sofocado

-¿Qué has dicho? ¿Un elfo? Oye, el disfraz que llevas es alucinante, pero esto ya está llegando demasiado lejos.

-Necesito lavarme la herida y un vendaje. Por favor, cuando tenga  la herida vendada, me marcharé y no te  molestaré más. Te lo juro.

Me acerqué a él despacio. Estaba nerviosa. ¡Cómo para no estarlo! Lo que me estaba sucediendo no pasaba todos los días. Vi como la sangre empapaba su ropa. Él hizo un gesto de dolor cuando se apretó el costado izquierdo.

-¿Estás herido en el costado? ¿Qué tipo de herida es?

-Un pinchazo. Me hirieron con una navaja o con un cuchillo. No lo sé.

-Espero que no sea muy profundo. Será mejor que vengas a mi cuarto. Allí podré ver mejor la herida, pero yo no soy enfermera y no sabría si…

– No te preocupes. Con limpiar la herida y poner un vendaje fuerte podré caminar mejor y salir de tu casa.- Me interrumpió.

No dije nada. Le ayudé a erguirse y le llevé hacia mi habitación. Abrí la puerta y le quité la capa de los hombros, dejándola sobre el respaldo de una sillita. Le moví suavemente para que se inclinara despacio y se tumbara sobre la cama y vi que llevaba una preciosa faja como de seda roja anudada a su cintura. Con un rápido movimiento de sus elegantes dedos deshizo el nudo y abrió la botonadura de color plateado que iba desde el cuello hasta la cintura.

La herida sangraba porque había una gran mancha en la parte inferior de su costado izquierdo.

La preciosa blusa de color granate también estaba abrochada por botones de plata. -¡Dios que disfraz más absolutamente alucinante! -¿Quién te ha hecho esto?

El albino respiró con dificultad y desgarró la camisa o blusa dejando ver su herida alargada por la que manaba una sangre de un color rojo muy oscuro.

-Unos hombres que me rodearon. Supongo que para robarme.

-¿Dónde vives?

Me miró con unos ojos de color anaranjado y negro que se me quedaron grabados  en el corazón. Una sonrisa cansada  curvó sus labios.

– Vivo en el mundo subterráneo. No puedo salir a la luz del día.

Fui al cuarto de baño a buscar unas vendas, unos apósitos, un desinfectante, unas tijeras y esparadrapo para sujetar el vendaje.

-Déjame que lo limpie en condiciones. Para eso tengo que encender la luz de la habitación.

-¿No puedes hacerlo con la lamparita que tienes en esa mesilla?- Me señaló la lámpara de noche.

-Está bien. Me apañaré con esa luz. Espera voy a por agua.

Fui a la cocina y cogí lo primero que vi: un cazo para calentar leche y lo llené de agua no muy fría ni tampoco ardiendo. Tomé un paño limpio y corriendo llegué a mi cuarto. El albino estaba tumbado reposando su cabeza sobre la almohada y su cabello blanco esparcido alrededor de sus sienes. Se incorporó al verme pero le puse una mano en el hombro para que continuara en la misma posición.

-Gracias por ayudarme. No lo olvidaré nunca.

Yo intenté sonreír. Por dentro estaba como un flan y tenía que controlar mi pulso para no lastimarle al limpiar su herida. Sabía que me miraba con sus ojos raros, casi demoniacos. No podría decir o expresar con claridad mi emoción al tener sobre mi cama a alguien como él.

-Creo que no parece muy grave. Al menos parece que no sangra más. Te has librado de una buena. Te podían  haber hecho mucho daño. Voy a limpiar la herida  todo lo que pueda y espero que se contenga la sangre. Ahora estate quieto por favor. ¿Te duele?

Él asintió con la cabeza y pareció sonreírme. Yo suspiré profundamente.

-¿Cómo te atacaron esos tipos?

-Me siguieron y me rodearon. Yo intenté defenderme pero eran cuatro o cinco. No estoy seguro. Comenzaron a empujarme  y a insultarme  y yo les devolví los empujones. Me revolví y agarré a uno por el cuello. Uno de ellos me golpeó en la espalda con algo pesado y me tambaleé.  Entonces alguien me clavó algo punzante, un cuchillo o una navaja. No lo sé. Caí al suelo y salieron corriendo.

-¿Y dónde ocurrió?

-No muy lejos de aquí.

-¿Qué hacías? ¿Buscabas a alguien?

-En realidad no. Tan sólo…

Calló. Me miró con los ojos tristes. El ámbar se había diluido en sus córneas y los ojos eran negros con unos puntos en el iris de color azul y de plata en el centro.

-¿Tan sólo?-  Le pregunté,  intentando darle algo de confianza.

-Tan sólo deseaba ver de cerca cómo celebran los humanos esas fiestas que  llamáis navidades. Eso es todo.

-¿Cómo has llegado hasta el portal?

-Apoyándome en las paredes. Buscando la parte trasera de los edificios para evitar que la gente me viera. Conseguí entrar porque la puerta estaba abierta. Tal vez alguien la dejó entreabierta y al no encontrar a nadie, busqué un lugar para cobijarme y encontré ese cuarto. Cuando llegaste, estaba intentando salir de allí. Era consciente de que no podía quedarme por más tiempo.

Respiró y sus costillas se movieron. Era delgado pero estaba bien musculado. Su cuerpo blanco era fibroso y su cintura estaba manchada de sangre. Limpié la piel al borde del pantalón. Extendí el desinfectante sobre la herida y desenrollé el vendaje.  Le ayudé a que levantara la cintura para vendarle y di varias veces la vuelta para asegurarme de que la herida estaba bien cubierta y sujeta. Puse el esparadrapo con precisión. Cuando terminé, le quité la casaca y la cinta roja  y las puse junto a la capa, después tomé una manta y se la eché sobre el cuerpo.

La calefacción estaba encendida. Noté calor en la habitación. Yo también me sentía acalorada y tenía unas ganas enormes de tomarme una buena copa de coñac o de güisqui.

-Te dejaré que descanses. La luz de la lámpara la mantendré encendida. Voy a prepararme algo para beber. Supongo que tú no bebes, que los… ¿elfos? no beben.- Me eché a reír. El me miró  casi cerrando los ojos. Parecía cansado, muy cansado y yo me sentía excitada, muy excitada.

Cuando  me volví para mirarlo, le pregunté.:- ¿Cuál es tu nombre?-

Pero había cerrado los ojos y se había quedado dormido.

Fui hacia mi bolso y saqué el móvil. Estuve tentada de llamar a la policía, pero algo me impedía hacerlo.

Realmente estaba herido y yo lo había ayudado. La sangre, su sangre no era roja como la de los humanos, sino de un rojo oscuro, muy oscuro y su piel y su cabello era blancos, muy blancos y él me parecía atractivo, muy atractivo, con un atractivo feroz y turbador por inusual y amedrentador.

Si me lo hubiera encontrado en la calle a medio oscuras o en una calleja entre cartones, cubos de basura, gatos maullando y niebla, hubiera salido corriendo, pero al tenerlo sobre mi propia cama, dormido y vendado, no parecía tan siniestro ni tan tenebroso.

De repente me acordé de la cámara de fotos que tenía  guardada en algún cajón del cuarto de estar y también recordé que mi móvil tenía cámara, así que  lo saqué del bolso y me dirigí a la habitación.

Iba a disparar para sacar la foto de ese extraño tipo dormido, pero me contuve. Pensé que no estaba bien hacer una cosa así a alguien herido que dormía probablemente  rendido de cansancio y de dolor.

¿Pero…y si le hacía una foto y no salía en la imagen? ¡Como  los vampiros! Pensé  y me reí. Procuré bajar la voz.

Estuve mirando la puerta de mi habitación que la había dejado entreabierta. Me senté. Me encendí un cigarrillo y me serví un buen coñac.  Lo necesitaba. Tanto el cigarrillo como el coñac eran una buena compañía en unos momentos excepcionales  como eran aquellos.

De repente me entró la curiosidad lógica de alguien que está junto a un ser extraordinario y que tiene la oportunidad de saber algo más de esa inquietante presencia.

Fui hacia la habitación y él continuaba dormido. Me acerqué a la silla en la que reposaba su capa, su cinta y su casaca negra, preciosa, con uno dibujos bordados sumamente originales.

-¡Dios que look tan original lucía ese tipo! -Pensé.

Sin duda sería uno de esos frikis que se creen que son algún personaje de alguna película de aventuras fantásticas o algún superhéroe de comic o algo por el estilo.

Me pregunté: – “¿De qué fiesta habría salido?” O si lo había hecho del algún manicomio, porque claro, podría ser que ese tipo fuera un  perturbado disfrazado del príncipe Nuada Silverlance de la película Hellboy II.

Recordé esa película y desde luego él era clavado al personaje. O a mí me pareció que estaba sacado de esa película. Lo curioso es que al principio como me quedé tan impresionada, no lo recordé de lo alucinada estaba. Pero después, mi cerebro procesó la información que tenía guardada sobre él y salió al exterior.

-¡Menos mal que era viernes!-  Y que no tenía que madrugar, pensando que tenía toda la noche por delante. Salí de mi cuarto y me senté.

Terminé de fumarme el cigarrillo y le di otro buen lingotazo al coñac.

Me levanté y me acerqué despacio a la habitación procurando no hacer ruido. Él seguía dormido. Entré. Tan sólo deseaba contemplarlo. Sus ojos almendrados estaban cerrados y dormía como un niño. Percibí su respiración más tranquila y sus labios brillaban. Las pestañas negras apenas se movían y las venas de sus sienes latían. Alrededor de sus ojos se veía con claridad una sombra oscura.

Con un cierto reparo toqué su frente. Estaba caliente y mis dedos se posaron sobre su cuello, largo y delgado. Tenía los huesos pronunciados. Me acerqué a su rostro y me fijé con más detalle en él. Su cabello había dejado al descubierto sus orejas ¡Eran unas orejas puntiagudas como las que lucen los elfos en las historias de hadas de los bosques!

Desde luego el maquillaje que llevaba era absolutamente fascinante. (Seguía pensando que se trataba de un disfraz).Toqué  la piel de sus mejillas estando segura de que algún resto de pintura blanca se quedaría adherida a mis uñas, pero no fue así.  Mis nervios se desataron.

Acaricié su pelo blanco y me di cuenta de que las puntas de ese pelo eran de un tono  pajizo.  El tacto era muy suave y frío, casi helado. Sentí un temblor muy pronunciado y mi vello se erizó por todo mi cuerpo.

Notaba como mi corazón aceleraba su ritmo. ¿Y si fuera lo que decía que era? ¡Pero si esos seres sólo existen en la imaginación de los contadores de cuentos!

Me acerqué a su boca y cerré los ojos, aspirando lo que podría decir que era su aroma, un olor extraño que no reconocía. Sus labios eran delgados y bien formados, sensuales.

Dejándome llevar por una irresistible mezcla de curiosidad y fascinación, rocé mis labios con los suyos y tuve que asirme al borde de la cama para no tambalearme de lo que experimenté al besarlos.

No podría describir mis sensaciones y la incontenible emoción que afloró  cuando tuve la certeza de que era quien era realmente.

Él era un ser real, que vivía en un mundo subterráneo y que había sido herido por unos energúmenos. Podían haberlo matado, pero había logrado llegar a mi portal y cobijarse en ese cuarto. -¡Dios mío aún estando herido y dormido impresionas!- Dije en voz muy baja.

Había registrado sus ropas y no había encontrado ningún documento, nada que me dijera quién era, qué  domicilio tenía. ¡Nada!

Su respiración parecía normal, quizá algo débil, pero yo ya no me fijaba en esos detalles sino que estaba pendiente de su boca, de sus ojos cerrados, de su rostro y de su elegante cuerpo. Acaricié una de sus manos. Estaba manchada de sangre. La limpié con el paño y entonces abrió los ojos.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir


Sus ojos de ámbar me miraron interrogándome. Cuando intentó incorporarse yo le ayudé.  Nos miramos a los ojos.

Mis ojos brillaban  por la intensa fuerza que desprendían los suyos. Esos ojos no humanos envolvieron los míos y sentí como si mi cuerpo flotara en un universo de color naranja, azul profundo, negro, violáceo, plata y ámbar.

Al cabo de unos minutos, absolutamente fascinada por su mirada, bajé la vista y me fijé en que llevaba colgado del cuello un amuleto que parecía una piedra, una piedra de un cristal raro, extraño, poco visto.

Con algo de esfuerzo, se la quitó y me la ofreció con sus manos casi suplicantes.

Ilustración de Benjamín Llanos

Ilustración de Benjamín Llanos


– Quédate con esto. Es la única forma de pagarte lo que has hecho por mí. No puedo quedarme hasta que amanezca. La luz del sol me está prohibida. Intentaré llegar a mi mundo subterráneo, pero te juro que volveré a verte. Sólo tienes que acercar esa piedra a tu corazón y yo sabré que me esperas.

-¡No puedes irte aún! ¡Estás herido! Deberías descansar unas horas más. Yo te avisaré antes de que salga el sol.

Él me tomó de las manos y se las llevó a los labios. Yo dejándome llevar por mis emociones y mi turbación besé sus labios y él me devolvió el beso.

Me sentí mareada. El contacto de sus labios y de su boca, era una sensación absolutamente desconocida para mí. Ningún hombre en el mundo me había besado como él lo hizo aquella noche.

Tambaleándose un poco,  consiguió ponerse de pie y me abrazó. Su abrazo era fuerte y tierno a la vez. Era protector y delicioso. Miró por encima de mi cabeza y sonrió. Acarició mi rostro con sus manos y se apartó de mí para colocarse su atuendo.

Le ayudé a abrocharse la camisa y esa especie de casaca, y me volvió a sonreír con sus labios oscuros. Até su cintura con esa banda ancha de color carmesí y él hizo de nuevo unos movimientos con los dedos para anudarla. Después se colocó despacio la capa.

Me miró como si deseara con toda su alma guardar en su memoria todos los detalles de mi rostro y de mi cuerpo.

-Recuerda lo que te he dicho. Si lo deseas, volverás a verme. Yo lo deseo con todo mi corazón.

-¿No quieres que te acompañe?

Negó con la cabeza.:- Debo ir solo. Prefiero que te quedes en tu casa.

-Pero… ¡no estás en condiciones aún de salir solo! Podrían meterse contigo.

-Procuraré tener más cuidado. Agudizaré mi vista y dejaré aflorar mis instintos que son más intensos que los de los humanos.

Antes de salir por la puerta volvió a mirarme y yo me estremecí por enésima vez.

-Gracias con todo mi corazón por haberme ayudado a reponerme y por haberme ofrecido tu hospitalidad. ¡Ojalá pudiera quedarme contigo!

Apreté con fuerza la piedra contra mi corazón y vi como su figura alta y elegante cubierta por la capa negra caminaba hacia las escaleras despacio, intentando mantenerse erguido.

Su cabello blanco sobresalía de la capucha y se movía por la corriente que se había levantado en el pasillo.

Se volvió para despedirse de mí con su mirada de ámbar. Me sonrió y pude ver como sus labios se movían como si me dijeran algo.

Después me di cuenta de que yo no sabía su nombre, ni él, el mío.

Fuera, nevaba. Una navidad con nieve. Una verdadera navidad. La que él deseaba contemplar, viendo a los humanos pararse frente a los escaparates de las tiendas,  de las pastelerías, familias, padres, madres, hijos, abuelos, nietos, parejas, amigos.

Las luces brillaban en la calle.

Su piedra, la piedra que me había regalado también brillaba en un increíble torrente de chispas de múltiples colores.

En el fondo del cristal de ese amuleto, vi unos ojos de color de ámbar que me miraban como ningún hombre en el mundo lo había hecho nunca y como jamás nadie lo haría.

Paloma Muñoz

Madrid,  14 de noviembre de 2011

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Comments
7 Responses to “Unos ojos de ámbar”
  1. Mariola dice:

    Vaya, vaya, vaya con este encuentro navideño con ese “supuesto” imitador del príncipe Nuada… XDDDD! No diré nada más que luego todo se sabe, jejejejeje! Te ha salido bordado, Palomilla. Como siempre.
    Y qué decir de las fantásticas ilustraciones! Equipazo completo!
    Un beso!

  2. rosa dice:

    Paloma, se me han quedado los ojos como platos. Qué bien te ha salido. Es interesante y bonito y me ha tenido todo el tiempo en suspenso… me empezaba a imaginar de donde venía el personaje cuando lo has nombrado así que lo he disfrutado de lo lindo. De las ilustraciones sólo he podido ver la primera -que esta estupenda- pero la otra no me funciona. Muchos besos, guapa, y gracias. Tu siempre haciéndonos disfrutar.

  3. Montse Augé dice:

    Enhorabuena Paloma, me ha gustado mucho tu historia y ese misterioso personaje, me ha parecido muy original. La verdad es que me lo he leído…sin darme cuenta, me ha enganchado desde el principio.

    Las ilustraciones también son estupendas, de estilos totalmente distintos pero muy buenas las dos. Enhorabuena al equipo!!

  4. PALOMA MUÑOZ dice:

    Gracias a Mariola y a Montse por sus comentarios, me alegro de que os haya enganchado mi cuento navideño con ese encuentro tan especial.
    Quiero agradecer las ilustraciones tan distintas y fantánsticas de Benjamín Llanos y de Rafa Mir.
    Un saludo.

  5. nuria dice:

    Me ha gustado mucho, me ha parecido muy bueno porque por el comienzo ni te imaginas cómo se va a desarrollar la historia.
    Y qué historia llena de imaginación élfica que tanta falta hace. Me parece una historia tremendamente original llena de magia, misterio y sentimiento.
    Enhorabuena Paloma!!!! y vivan los elfos así de guapos!!!!!

  6. PALOMA MUÑOZ dice:

    Hola Nuria, muchas gracias por tu comentario. Tienes muy buen gusto, como yo, por esos seres de fantasía que encima son guapos, sexys, misteriosos y provocadores y a lo mejor hasta llevan gemelos.
    Un abrazo,
    Paloma

  7. PALOMA ÑUÑOZ dice:

    Muchas gracias retardadas por los comentarios: Mariola, Rosa, Montse y Nuria. Sois estupendas.
    Y un saludo para mis dos ilustradores. Besos

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