Aguijón.

Autora: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustradora: Pilar Puyana

Género: Relato negro

Este relato es propiedad de  Mariola Díaz-Cano Arévalo, y su ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Aguijón.

“Probablemente esté muerto cuando leas esto, quizás por tu mano como justa venganza. Pero por eso mismo creo que nos encontraremos y que no podré ni me dejarás explicarme. Lógicamente no te lo reprocharé, mi cinismo no es tan absurdo aunque reconozco que la desmedida confianza en mí mismo siempre ha sido mi mayor fallo. Tampoco podré poner la excusa del escorpión —conoces la fábula, ¿verdad?—, pero es la última o, mejor dicho, la única que tengo. Así que no deberé lamentarlo ni puedo arrepentirme porque nunca me ha importado algo o alguien de verdad. El tiempo tampoco me ha dado esa facultad.

Vaya, James, estar escribiéndote es más que una sorpresa. Tuve que haberme asegurado mejor, pero ¿cómo dudar del lugar oscuro y desierto, tres disparos y el mar? Si no las balas, te mataría el agua negra que te tragó. Eran circunstancias perfectas. Eso y el tiempo que ya llevaba pensándolo, aunque simplemente fue ese momento en el que uno sabe que hará algo definitivo para intentar controlar lo que no puede. Y yo ya no podía controlarte.

Sabías y me habías hablado demasiado, y mi conciencia o mis ambiciones no tenían nada que ver con las tuyas. También eras ingenuo y sincero, y te dabas cuenta de lo peor de quienes tenías alrededor pero te negabas a aceptarlo o te cegaba la fe en encontrar razones. Esas eran tus debilidades. Si me hubieses escuchado un minuto, sólo uno minúsculo escrúpulo de menos, una finísima grieta en tu superficie impoluta, Jamie… Esas grietas son inapreciables o se pueden esconder, seguro que ya lo has aprendido y la, digamos, decepción que yo te supuse ya sólo será una más, aunque indudablemente la más importante. O si hubieras seguido con el trato que hicimos de no inmiscuirnos en los asuntos propios… Pero quisiste ser una conciencia que yo no quería ni te pedí nunca. La amistad también consiste en rechazar lo que no se desea aunque, en mi opinión, es un concepto sobrevalorado. También lo sabes ya porque creo que sólo se te conocen relaciones profesionales y apenas con occidentales. De hecho, te has labrado una reputación digamos cuanto menos… particular, y acepta que también te hayas servido del engaño y la mentira o, si suena demasiado rotundo, de la ambigüedad. Lo entiendo perfectamente, pero en aquellos días… ¡Por Dios, éramos muy jóvenes, se nos presuponía el riesgo, la aventura, el desafío por traspasar las reglas o pisar sus bordes! No quisiste. Pues bien, sólo debías permanecer apartado de mi camino y jamás hubiéramos llegado a aquella noche.

Ahora, fíjate, casi agradezco escribir estas palabras por saber de cierto que estás vivo. No llevo intención de hacerte daño otra vez, pero no puedo jurarlo. En fin, confieso que me asombré al enterarme. Nunca he creído en nada, pero desde luego tu supervivencia fue un milagro, o eso que llaman destino.

Es curioso. Si salgo bien parado del motivo que me lleva a Hong Kong, espero que no leas esta carta y estaré haciendo un imprevisto ejercicio en tu casi olvidada memoria. Pero si no, ahora tendrás en las manos la mejor prueba para condenarme y recuperar tu existencia plenamente. En cualquier caso quedaré impune y, sobre todo, me libraré de este miedo.

Sí, debe de sorprenderte, ¿verdad?, pero sólo conozco el miedo gracias a ti, posiblemente porque también es la única sensación que no se puede controlar más que con sangre fría o poder. Nunca soporté sentirlo, ni entonces ni mucho menos ahora que ya he conseguido más poder del que hubiese imaginado. No sé las razones ya y tampoco importan. Siempre he aceptado cómo soy. La coherencia es más honesta que la hipocresía, aunque sea para la peor alimaña, y yo soy un maestro manejando las dos.

Que vuelvas a ser un cabo suelto me ha producido un gran trastorno, y las únicas consecuencias que me importan son las que me amenazan, aunque tú mejor que nadie comprobaste mi método más eficaz de anularlas. Supongo que esas mismas consecuencias fueron el motivo para crearte una identidad nueva. Así que, ya ves, el miedo es mutuo aunque vuelvas a creerme cínico. Pero reconoceré que admiro lo duro y difícil que debió de ser sacrificarte el nombre y las ganas de venganza porque, con razón, no fue para protegerte tú, sino a los tuyos. Vivir estando muerto, eso sí que es perfecto y no el crimen mejor ideado.

Sin embargo, piénsalo un poco, sé que es retorcido, pero piénsalo: sobrevives y no tienes nada, pero eres prudente, que no cobarde, porque debes creerlo… bien, no, lógicamente no creerás ninguna de mis palabras, pero es totalmente cierto que nunca te consideré cobarde. En fin, consigues construirte otra vida que quizás es mejor. Según sé, vives por y para ti mismo, con tus reglas, con libertad absoluta y sin convenciones sociales ni sus falsedades, con las necesidades cubiertas y los mínimos riesgos, sin las duras imposiciones que conllevaba servir en la Armada. China te gustaba, la forma de negociar, ir de un sitio a otro y conocer a gente. Recuerdo que hablabas de realizar, o intentarlo, un puñado de sueños infantiles de un hermano menor que perdiste.

Eso también te hacía peligroso por vulnerable. Los sentimientos requieren mucha energía y hay que saber dominarlos, y lo has hecho porque me consta que vives libre de ataduras así. Pero no. Me equivoco. Sigues teniendo la única, ¿verdad? Pues esa es la que me ha permitido descubrirte. Te daré más detalles.

Como sabías, mi intención sólo era cumplir las expectativas paternas de llegar a capitán y, después, pedí destino en tierra que me concedieron gracias a mi tío en Whitehall. Pero pronto regresé a Londres para un puesto con él. Fue unos tres o cuatro años después de que te hubieran declarado desaparecido al no encontrar tu cadáver. Al principio barajaron varias hipótesis: desde un ataque en el que te hubieran herido o que hubieras perdido la memoria, hasta la deserción, aunque eso no querían ni pensarlo, sobre todo aquel bueno de Francis Constable. Yo, sinceramente, no había vuelto a pensar en ti: estaba seguro de tu muerte, o de que si alguien hubiese encontrado tu cuerpo, no habría querido meterse en ningún lío. Así que me olvidé, pero supongo que no del todo. La primera vez que se dispara a alguien no se olvida.

Estuve bastante ocupado en fijarme en cómo mi tío manejaba hilos y en hacerme con la hija de uno de sus amigos del Parlamento. Era la mejor, la que más me convenció de las muchas que tanteé. Lo tenía todo: nombre, posición, belleza inmensa, la fabulosa dote del lord que era su padre y una lujuria ilimitada. ¿Qué más podía pedir? Así que me casé con ella.

Después empezaron a correr malos vientos por Europa. Esos alemanes engreídos perdiendo la cabeza por ese fantoche de ridículo bigote que luego a poco nos borra a todos del mapa; y no tuve ninguna intención de verme en una guerra. Mi matrimonio y mi puesto en Whitehall fueron la excusa perfecta, así que seguí en Londres y entré en el servicio de inteligencia. Pero lo que en realidad se convirtió en un verdadero problema fue que Eleanor, mi esposa, no se quedaba embarazada.

Pensarás por supuesto que el mundo está mejor sin hijos míos o, más precisamente, sin más hijos míos, pero por lo visto no, y ese es mi mayor asombro. No sólo resucitaste, sino que un día se te ocurrió buscarlo y quedarte con él. Bien, no, debo decir con ella. Pero en aquel momento me pareció una broma pesada que ese asunto volviera a afectarme precisamente por lo contrario. Y sí, recordé a Mai Lin.


Ilustración de Pilar Puyana

Antes he mentido. Si hay algo que no se olvida jamás es haber tenido a una diosa de seda como ella. Ni Eleanor ni ninguna otra habrán logrado acercarse a mil millas de su sombra y su cuerpo de porcelana y olor a jazmines. También recuerdo que te conté los pormenores y me pusiste aquel ceño fruncido, no despreciativo a mi poca caballerosidad, sino triste.

Vamos, James, la caballerosidad es otro concepto vago y mal aplicado con frecuencia. Te lo dije entonces. ¿No lo contarías si hubieras entrado en el cielo? Esa pregunta no es una metáfora para ti. ¿No quisieras gritar a los cuatro vientos esa vuelta de entre los muertos?, ¿acusarme directamente aunque te resultara bastante difícil probarlo? Es increíble que no lo hayas hecho en tantos años. ¿Ves cuál es el poder del miedo y cuánto tengo yo ahora? Aunque no debería porque mira mi inconsciencia al estar escribiéndote y dando esa prueba, mi extraña locura por imaginar, y desear, que me leas. Pero vaya… entiende que es todo un acontecimiento poder dirigirme a quien pensé haber matado, diría incluso que es un honor, una fabulosa segunda oportunidad y, por tanto, un logro más en mi haber. Pero volvamos a Mai Lin. Siempre es hermoso volver a ella, ¿verdad?

Sí, conseguirla fue como entrar en el cielo y pensar que a la vez era el infierno donde querrías arder siempre por el infinito placer obtenido. Mereció la pena todo lo que pagué, aunque fue lo más miserable: que la guardara esa codiciosa familia y aprovechados de su entorno. Esos estúpidos prejuicios, tan fáciles de usar como pretextos… también los conoces, los inventamos nosotros, pero todo el mundo los tiene y, sin embargo, todo se reduce a dinero. Y esos idiotas sólo conseguían que pareciera que la prostituían.

Ella era demasiado perfecta para darse cuenta, o si fue consciente, entonces sí que era una profesional y me engañó a mí o a cualquiera con dinero que se hubiera acercado. Y tú también lo habrías tenido si hubieses participado en algo de lo que te propuse. Pero no hubieras pagado por ella, ¿no lo ves? Además, ahora te lo puedo decir. Entonces no, porque eras previsible pero impetuoso y habrías reaccionado antes o yo tendría que haber improvisado más deprisa. También te miró, y hasta me atrevo a decir que si no hubieras tirado la toalla tan pronto, te me habrías adelantado. Pero sin duda te miró con ganas, y si la hubieses conseguido, seguro que yo no habría tenido nada que hacer. Era muy joven e impresionable y también quería transgredir, pero no debió enamorarse del hombre equivocado. En fin, el resto lo sabes, su embarazo lo complicó todo.

Ya ves, las malditas convenciones. Las he despreciado siempre pero siempre las he seguido porque me han servido para mis ambiciones. Por eso, en un matrimonio como el mío se nos presuponían todos los hijos posibles, pero no venían. Y ya sabes, esos problemas no se nos atribuyen a nosotros por muchos inútiles que haya. Siempre son ellas. Y en mi caso era así realmente, con tan mala suerte además de que Eleanor era tan descarada y salvaje al principio como nerviosa y frustrada después. Así que la convivencia se volvió un caos. Por una parte, yo no quería repudiarla, por más que pudo acusarme en los peores momentos de su desesperación, pero tampoco podía responderle con una prueba de una historia de juventud en China. No me interesaba en absoluto, quizás no tanto por ella como por el nombre de las familias, y además estábamos a las puertas de una guerra. Por otra parte, el divorcio era un escándalo mayor.

Por tanto, llegamos a un acuerdo: seguiríamos juntos pero haríamos nuestras vidas por separado. Y si te digo la verdad, creo que es el estado ideal. No nos interferimos, sólo nos utilizamos. Eleanor lo ha entendido y aceptado, así que sí que estamos hechos el uno para el otro. La única condición fue olvidarnos de hijos o, en el caso de que pudiera haberlos fuera del matrimonio, no serían reconocidos. Me pareció bien, aunque hace tiempo que aprendí a controlar ese espinoso tema. Simplemente nunca me resultó oportuno.

No obstante, a raíz de eso, sentí una curiosidad que, más que nada, era incómoda. Había hecho muchos contactos, sobre todo durante la guerra, y no me resultó difícil recuperarlos y ampliarlos. Así supe de la temprana muerte de Mai Lin. Al principio creí que había sido por haber querido tener al niño. ¿Por qué se empeñaría? Se jugó la carrera y la reputación, aunque probablemente quiso demostrarles a todos aquellos parásitos —y seguro que también a mí— que ella estaba por encima de cualquier control o despecho. Tenía clase para eso y más. Pero también, al parecer, se jugó la salud.

Cuando quise saber del niño, me informaron de que había sido una niña y entendí que la familia se habría deshecho de ella sin dudarlo. Ahí se perdió la pista. Esa gente es única para ocultar secretos o destruirlos. Y después de ¿cuántos?, ¿diecinueve, veinte años?, había muchas lagunas y falsos rastros. Además, mis pesquisas tuvieron que ser muy indirectas, por no hablar de caras; pero cuando ya iba a interrumpirlas, mis contactos encontraron a un pariente de alguien del servicio de la familia, que dio el nombre de un orfanato perdido cerca ya de Guangzhou. La suerte quiso que uno de los responsables de entonces aún siguiera trabajando allí, y aunque primero dijo no recordar mucho, recobró rápidamente la memoria gracias a un generoso donativo para la ruinosa institución.

Contó que un día había aparecido un hombre occidental, con acento inglés, joven pero de aspecto duro, que buscaba a una niña blanca con rasgos orientales. Era la única que había y no le impidieron llevársela puesto que ya la habían desahuciado, aislada con más niños enfermos por una epidemia. Por lo visto, sólo quedaban ella y otro pero ya estaban moribundos, así que no pensaron que la urgencia del hombre por sacarla de allí fuera a servir de algo. Así que se marchó con ella y no volvieron a saber nada más, ni tampoco nadie después había venido para interesarse sobre aquello hasta ese momento.

Evidentemente me intrigó lo del occidental con acento inglés aunque ni en sueños hubiera imaginado que fueses tú. Pero, claro, entonces la curiosidad se hizo mayor y quise averiguar quién más habría podido saber de esa niña precisamente y además llevársela. Estaba seguro de que el asunto de Mai Lin había quedado entre nosotros y, a no ser que tú lo hubieses comentado antes con alguien para cubrirte las espaldas porque en realidad no hubieras sido tan ingenuo, no podía pensar en nadie dentro de la Armada. Entonces me preocupé más porque, fuera, se me perdían las posibilidades.

Me tranquilizó un poco que, en estos años, si mi nombre hubiera salido a la luz por aquello, nunca me habían chantajeado. La clave estaba en la niña y, desde que su familia la había hecho desaparecer, todo apuntaba a mi entorno. Tendría que seguir por colegas que se habían quedado allí de servicio y, si no, ampliar la búsqueda entre el personal civil. Ya no era curiosidad sino mucho interés y algo parecido a una imposible sospecha.

Así que consulté roles antiguos y actuales. Aparecieron nombres pero eran demasiados y no había conexiones claras. Entonces, a la vez, llegó la información pedida a la prefectura de Hong Kong sobre el nuevo control tras la guerra de nuestro tráfico marítimo en la zona, el de la Armada y la flota civil. Y ahí surgió el dato.

Un marino que, aunque con muy poca frecuencia, tocaba Hong Kong con un mercante con bandera de conveniencia. No comerciaba con occidentales, su tripulación era sólo china y, al parecer, tenía una hija, blanca pero de rasgos chinos. La coincidencia de que se llamara James podría ser sólo eso ya que no cuadraba la descripción física adjunta en el informe, pero era lógico, no sólo por los años pasados, sino por el interés en mantenerte irreconocible. Entonces revisé los registros especiales. También encontré a un tal James Lung. Cuando investigué más a fondo a tu familia en Bristol y descubrí aquel casi imperceptible aumento de rentas de origen desconocido, sí que empecé a asustarme. Todo encajaba pero era imposible. De modo que quise tener la prueba más certera: hace dos meses me llegaron las fotografías.

Dios santo… Eras tú, un fantasma completamente transformado, pero tú sin duda. Volví a recrear el momento un millón de veces, pero no encontraba explicación. Te vi caer y hundirte al agua con tres balas en el cuerpo. Me admití un fallo y quizás se pueda sobrevivir a dos disparos, pero el agua te remataría. Estaba totalmente seguro. No conté con que el destino se puso de tu lado.

Y después, sólo tú hubieras actuado así. Por Mai Lin, por supuesto, aunque quizás también por mí. No sólo buscas y encuentras a esa niña, si no que le salvas la vida in extremis y te la quedas. Es una clase de venganza también. A Mai Lin le cobras su ceguera y a mí mi supuesto crimen perfecto. No está mal. Y no sé si la chica ya conoce la verdad, pero si es así, imagino su rencor más que justificado. No la culpo y aún menos si sólo es la mitad de bella que su madre. Además, estarás de acuerdo en que, en esta historia, la única víctima real fue Mai Lin y por ella… sí, sólo tú podías haberlo hecho todo para resarcirte por no intentarlo en su momento.

Bien, James, nos acercamos a Hong Kong. Supondrás que retomé antiguos negocios. Los tengo en muchos sitios, pero los de aquí siempre me han proporcionado los mayores beneficios. Sin embargo, últimamente se me han complicado y me veo obligado a intervenir en persona. Pero desde luego mi mayor interés es encontrarte. He dado con otro nombre conectado a ti, un amigo o socio, creo, y espero que coopere para localizarte.

Por último, ya ves que esta carta lleva mi nombre y mi sello oficial para que, si llega a tus manos, hagas uso de ella como mejor te parezca. Suena a declaración testamentaria, ¿verdad? Bueno, ya puse al principio que es probable que lo sea. No me absuelve pero tampoco lo pretendo.

En cuanto a la chica, lo único que puedo decirle es que no estaba en mis planes pero que, aunque no fuera con amor —porque quizás ya nací sin él—, sí la hice con el mayor deseo que inspirara una mujer alguna vez.

Vaya, ¿cómo puedo acabar? Lo dejaré en un hasta pronto…

Anthony David Highmore.”

El sol entraba a raudales por la ventana de mi dormitorio. Me sentí desorientada unos instantes pero enseguida sonreí. Habíamos vuelto a casa después de mucho tiempo y los últimos meses más intensos y peligrosos que recordaba.

Arribamos la tarde anterior y el Old Oak se quedó atracado en el muelle más alejado del puerto, con la mínima tripulación de guardia. Habíamos desembarcado a la hermana Isabelle con Xue y los niños en Shantou, la última escala tras una travesía lenta con mal tiempo. Allí había una prefectura francesa y las habían acogido. Nos despedimos con pena porque no supimos si volveríamos a vernos, pero trataríamos de mantener el contacto.

Entonces borré la sonrisa. El tío Tejón. Ya no estaba. Ni allí ni en Lantau, donde siguió conservando la vivienda de su familia y yo pasé mis primeros años con él y el capitán Lung. Así que íbamos y veníamos, sobre todo al establecernos en Sanya cuando dejamos Shanghai la primera vez.

Yo me había quedado con él en Lantau cuando el capitán viajó a la India. Le costaba andar por haber enfermado de los huesos y por eso no quiso acompañarme para recibir al capitán. Sólo pasó una hora. Lo más triste fue pensar que habían imaginado su violenta muerte. Los graves acontecimientos seguidos desde entonces nos habían mantenido con un escudo que ahora sentí desplomarse. Y entonces supe de verdad cuánto lo echaríamos de menos, pero desaté el nudo en la garganta. No permitiría que se nublara aquel esplendoroso primer día de nuevo en casa. Así que me levanté recuperando el ánimo.

La casa todavía olía al incienso que la señora Jun, la vecina, había puesto el día anterior. Los Jun se ocupaban de echar un vistazo en nuestras largas ausencias. El capitán les había enviado un cable desde Shantou y fue el señor Jun quien nos recibió cuando aparecimos a última hora de la tarde. También fue él quien nos entregó el correo que había llegado en esos meses al apartado del capitán en la oficina postal. Los sobres se habían quedado desparramados en la mesa al regreso de la cena a la que nos invitaron los afectuosos Jun, muy apenados por la pérdida del tío Tejón.

Al entrar en la salita la sonrisa se me apagó otra vez.

Sentado en una butaca, el capitán sujetaba unos papeles con la vista perdida en el ventanal enfrente, por donde el radiante sol inundaba la estancia y calentaba el entarimado del suelo. Tenía el pelo mojado y se había afeitado pero estaba medio vestido y descalzo. Tardó unos segundos en reaccionar al oírme y quiso plegar los papeles, pero al instante suspiraba y los dejaba despacio sobre la mesa. Entonces sí giró la cabeza. Sus ojos estaban vidriosos.

— ¿Qué pasa? —pregunté acercándome.

— ¿No hay un buenos días? —Trató de sonreír.

— ¿Qué es?

— Anda, vístete y desayunemos. Después…

Pero yo ya había cogido aquellos folios. Él no me lo impidió y se quedó en silencio, observándome. Yo leí todo, hasta la nota adjunta aparte: “Estaba en el traje de ese ladrón. La dejo en el Mokai, donde tienes más contactos que yo para hacerte llegar cualquier cosa. Algún día deberías explicarme cómo lo has conseguido, aunque ahora ya sé por qué y no espero que vuelvas. Ah, y sí, ese canalla pagó una fortuna por localizarte, pero mereció la pena para cazarlo a él por los grandes prejuicios que nos estaba causando. Todos los Tíos lamentan lo de Tejón, pero ya está vengado. Te desean lo mejor a ti y a tu perla”. Firmaba Chen Xian.

Cuando acabé, los dejé en la mesa, le dije al capitán que estaba bien, que enseguida volvía, y regresé a mi cuarto.

Allí entorné la puerta y me miré al espejo colgado al lado. Me desnudé. Mi madre quiso devolverme el reflejo pero se lo negué. Era yo quien tenía aquella frente alta, el pelo negro cayéndome por la espalda hasta la cintura, los oscuros ojos almendrados, la nariz pequeña y la boca redonda de labios rosados, el cuello fino, los pechos con grandes pezones marrones, el vientre plano, las caderas ligeramente anchas y los muslos firmes, toda la piel de seda, también la más íntima. Entonces, el aguijón tenía que estar dentro.

Era muy joven e impresionable y también quería transgredir, pero no debió enamorarse del hombre equivocado…

Me cubrí y regresé a la salita. Canalla, miserable y asesino. Anthony Highmore no pagó por sus víctimas y buscarse la muerte no fue ningún castigo. Maldito fuera siempre ya. Pero entonces me di cuenta. El veneno… Y me quedé parada en el umbral. Sólo acerté a distinguir cómo el capitán se levantaba y venía hacia mí inmediatamente antes de que se me emborronara su cara. No sé cuánto tiempo me tuvo abrazada pero el calor de su cuerpo y el del sol lograron tranquilizarme poco a poco. Cuando recuperé la serenidad, me aparté y me abrí la fina bata.

— ¿Pero qué…?

Se interrumpió más asustado cuando le cogí una mano y me la puse sobre el pecho izquierdo.

— ¿Está aquí? Mírame. Tú sí lo ves, sabes que lo tengo. Si me lo arrancas, no te podré herir, pero… no, ya lo he hecho, ¿verdad? Por eso me tienes miedo.

Entonces su gesto alarmado se relajó, comprendiendo, y los ojos se le licuaron derramándose por mi cuerpo. Yo le supliqué:

— Contéstame, por favor…

— No puedo, Yi, no hay palabras.

La voz le tembló y yo le apreté más la mano para que no la apartase.

— Pues entonces busca el aguijón y quítamelo. Lo encontrarás. Pero necesito debértelo. Si no, tuviste que dejarme morir. Entonces él sí hubiera cometido el crimen perfecto.

— No me debes nada…

— Sí, y por eso tampoco estoy equivocada, así que ¡no me rechaces, por favor! ¡No llevo tu sangre y no la quiero! ¡Llevo tu corazón! ¡Si me lo arrancas, también te lo arrancarás tú!

Volví a echarme a llorar y sus palabras me acariciaron el pelo.

— ¿Cómo voy a hacer eso? ¿No lo entiendes? Mírame tú ahora. —Me retiró la mano del pecho y me alzó la barbilla, sonriendo—. Así no hay condiciones, y tú tendrás tu vida y volverás a mí siempre que quieras o me necesites.

— Es ella entonces… Me parezco demasiado y… —Probé a usar el veneno—. Claro, ya te habías quitado el corazón para no sentir más. Sí que eres cobarde y también cruel, porque me lo das y me enseñas a confiar y a quererte, me sigues salvando la vida una y otra vez, pero tú no te fías de nadie, te niegas lo que das y ahora me lo quieres negar a mí.

Funcionó.

            — Entonces me equivoqué —el capitán frunció el ceño— porque también te he dado todos los caprichos y te he consentido aún más.

— ¿Como esto o es otra lección que debo aprender?

— No, ya no hay más lecciones —suspiró—. Sólo se trata de que te he criado, te he visto crecer, Yi… Te he tenido en los brazos tantas veces que ya no las recuerdo, ni tampoco puedo contar los besos, ni las caricias, ni los arrullos. Y todo eso ya no sería igual ni podría reclamarlo, ni me lo pedirías porque ya habría cambiado sin remedio.

— Pero no sería peor.

— Es verdad. Podría ser lo mejor, lo más hermoso, porque tú lo eres —y volvió a mirarme sin pudor—, pero también sería lo más difícil.

— ¿Y cuántas cosas difíciles hemos pasado ya? ¿No podríamos con ésta?

Me rozó la mejilla suavemente con los dedos.

— Desde luego tienes todas las respuestas.

Me atreví a mirarlo también sin pudor y, aunque no lo fuera, no pude evitar sentirme responsable de todas las heridas en su cuerpo, desde la piel arrugada del dragón rampante en su cuello hasta la marca pálida en su costado, la que había en su pierna y la última, la aún rosada cicatriz del hombro por la bala que se lo atravesó.

— También tengo que ver con esto —murmuré, tocándosela levemente —, pero ¿ves?, lo superaste, eres más fuerte que mi veneno. Lo que temes es que yo también pudiera traicionarte, soy una maldición de dos fantasmas que lo hicieron, pero entonces debiste seguir ocultándome la verdad o no haberte quedado conmigo.

Entonces se le oscureció la mirada y fue como si también el sol se volviera gris.

— Lo único que temo es que posiblemente me volví loco hace mucho, Yi. Sí, todavía me pregunto por qué me quedé contigo pero, a la vez, siempre me contesto lo mismo: serías la única razón para poder comprender y, sobre todo, para no destruirme escondiéndome u odiando. Yo me convertiría en quien soy y tú serías quien pusiera el límite en las dos fronteras y no dejaría que James Thomas Bates desapareciera de verdad. Pero ahora ya no puedo atarte más a mí, no así. No sabes cómo puede ser y no voy a enseñártelo.

— No quieres.

— Tampoco.

— Entonces temes tu propia traición y eres un mentiroso.

Hubo un silencio que espesó el aura que lo envolvía.

— Así que vas en serio.

— Yo no me engaño a mí misma.

— ¿Ya te crees suficientemente madura?

— ¿No lo soy?

— ¿Me lo quieres demostrar?

— ¿Quién provoca a quién ahora?

— Maldita sea —siseó en un gesto de rabia rendida—. Claro que te malcrié. Siempre queriendo salirte con la tuya.

— No, sólo dime que no te confundes, que me ves a mí… Yo sólo te conozco a ti.

Sus ojos recuperaron aquella luz única. Luego dijo sin voz:

— Me arrepentiré de esto…

— Pues cúlpame ya siempre. Esa será tu venganza.

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Comments
12 Responses to “Aguijón.”
  1. Mariola dice:

    Qué pasada! Muchísimas gracias a Pilar por haber colaborado conmigo y hacerme esa maravillosa ilustración, que contrasta tan estupendamente con el tono del relato. Ese aire clásico me ha parecido genial. 🙂
    Y ya de antemano, gracias a todos por si seguís leyendo esta historia. 😉

  2. Pilar dice:

    Gracias a ti Mariola, por estas palabras maravillosas.

  3. thaliell dice:

    La confesión de un crimen y el deseo de ser descubierto. La envidia de la vida de un ex-compañero, ex-amigo; por llevar una vida mediocre, sin “amor —porque quizás ya nací sin él—”. Carta de despedida.
    Y ese final tan sensual, apasionado (que contrasta con la carta) y necesario desde mi punto de vista.
    Mariola no se te resiste nada jaja

    Pilar me gusta mucho tu ilustración, el recuerdo de una Mai Lin, delicada, preciosa, sobre un cartón viejo, roto.

    Enhorabuena por este “crimen” a ambas!

    • Mariola dice:

      Thaliell, muchísimas gracias. Espero que se me siga sin resistir esta historia, jejejejeje!

      • thaliell dice:

        Jaja Mariola, soy Natalia, que no sé porqué me ha cogido el nick del correo.
        Yo también espero que no se te resista y consiga sobrevivir al fin del mundo!!

  4. caliopecrowe dice:

    CHAPEAU MARIOLA, BRAVO SIEMPRE. YA SABES QUE SOY TU FAN NÚMERO 1, PERO NO PUEDO DECIR OTRA COSA QUE BRAVO, Y BRAVO POR PILAR, ESTUPENDA ILUSTRACIÓN.
    BESOS.

  5. Roberto dice:

    Absolutamente embriagadora. Es como si hablases de personajes que conocemos de toda la vida, y la manera en la que vas tejiendo sus historias es fantástica…

  6. Mariola dice:

    Muchas gracias de nuevo a todos, que por fin se han cargado los comentarios y los he podido leer. 🙂

  7. montseauge dice:

    Me maravilla la capacidad que tienes de seguir con tu historia amoldándola a cada uno de los temas propuestos, es extraordinario. Bellísimo relato, lleno de sentimientos, de amor, odio, envidias…Enhorabuena!!

    Pilar, la ilustración es igual de bella que el relato, delicada y llena de sensibilidad. Felicidades a las dos por este magnífico trabajo!

  8. Mariola dice:

    Muchas gracias, Montse. Sigo encantada con que os guste esta historia. 🙂

  9. Ruben tomas dice:

    Sigue as. Me ha encantado.

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