El azul perdido.

Autor: David Gambero

Ilustrador: Mannfred Salmon

Género: Ciencia Ficción

Este relato es propiedad deDavid Gambero, y su ilustración es propiedad de Mannfred Salmon. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El azul perdido.

-¿Primera vez? –preguntó Matthew “Cuatrodedos” a su acompañante nada más abordar la nave de exploración “Auricom”.

Ella asintió al tiempo que se colocaba torpemente en el asiento del copiloto. Caroline Ashby había desarrollado muchas funciones para la Temperley Inc. Y la de astrofísica, aunque no le resultaba desconocida, sí que parecía resultarle incómoda.

-Odio esta compra –fue su respuesta.

Cuatrodedos sonrió para sí. Desde que abandonase la Federación se había dedicado a uno de los nuevos y más prósperos negocios del Universo: la compra-venta de planetas. Pues a aquello se dedicaban en la Temperley. A comprar planetas colonizados y agotados para luego tratar de sacarles un poco más de lo que fuese. Recursos. Tierras. Posiciones estratégicas. Todo valía cuando los colonos ya deseaban echar raíces en otro lado.

-Henry dice que nos ha tocado un planeta inservible.

-Henry es el inservible –gruñó Cuatrodedos al tiempo que seguía comprobando la nave que usarían para el reconocimiento superficial del planeta-. Además este planeta está totalmente fuera de las rutas conocidas. A saber dónde lo habrá comprado…

Entonces una sacudida inesperada zarandeó la nave. Y no sólo la Auricom sino la nave nodriza de la Temperley. Aquello no podía ser puesto que aún no debían abandonar el nodo de salto que les transportaba al sistema donde estaba aquel planeta comprado. Y aún así todos y cada uno de los sistemas electrónicos de la nave se encendieron al unísono. Matthew trató de establecer comunicación con el puente de mando pero entonces una mano invisible y negra destrozó la cubierta que había ante ellos y los arrojó con fuerza a un estómago oscuro y estrellado. El explorador a punto estuvo de perder la consciencia como Caroline por la violencia del golpe pero aún quedaba algo del soldado que había sido en él. Viendo blanco sobre negro encendió los motores mientras la Auricom daba vueltas sin control sobre sí misma, y dio las gracias más sinceras cuando el sistema respondió y los estabilizadores pararon aquel maremagno demencial. Buscó con la mirada la nave de la Temperley y la encontró sobre sí con uno de sus laterales arrugados como una hoja de papel. La suavidad e indolencia de su movimiento le cortaron la respiración. No podían comunicarse con ellos y la nave de la Temperley parecía gravemente dañada. Con un millar de preguntas que amenazaban por desbordarse de la nave un problema mayor atrajo toda su atención. La Auricom también había resultado dañada y probablemente aquellas estrellas indolentes que brillaban a miles de años luz fuesen las últimas que vieran. Buscó una ruta de salvación a toda prisa. Un planeta pequeño y gris cercano al planeta que había adquirido la Temperley fue la respuesta a unas oraciones apresuradas. Dirigió la poca potencia que les quedaba hacia allí y se interesó por una Caroline cuya melena rubia había caído cual cascada escondiendo su rostro. Le hizo a un lado el cabello y le buscó los signos vitales. El pulso respondió al momento. Tranquilo. Regular. Un pulso que le habría cambiado en aquel preciso momento pues el suyo estaba a punto de salirse de la escala. Buscó en los mapas estelares datos de aquella estrella de salvación que crecía ante sus pantallas, pero aquel sector había sido abandonado tanto tiempo atrás que hasta los nombres se había llevado la civilización consigo. Envió un pulso con las coordenadas a la nave de la Temperley e hizo que el único motor de aquella lanzadera se hiciese valer. Mientras buscaba qué equipo de emergencia había en la nave observó cómo la nave de la Temperley encendía motores también y se dirigía hacia la órbita del planeta más lejano. Matthew sonrió aliviado. No trabajaba para gente estúpida al fin y al cabo. Iban a aprovechar la monstruosa fuerza gravitatoria de aquel sistema solar para dar la vuelta y lanzarse impulsado hacia el nodo de salto al tiempo que conseguía un respiro para paliar los daños o pedir auxilio. Bien, pensó Cuatrodedos, por qué lo iban a necesitar.

-¡Mamá! –gritó Caroline cuando volvió en sí.

Matthew suspiró aliviado al tiempo que veía cómo las pupilas plateadas de la muchacha relucían con un brillo inestable. Estaban a pocos minutos de entrar en la atmósfera del planeta y había conseguido despertarla justo antes de un aterrizaje que presumía no iba a ser nada elegante.

-Bienvenida a su día de mierda –le dedicó este -¿Quiere su realidad sola o con leche?

Caroline se sentía totalmente entumecida. Aún así sonrió al saberse viva.

-¿Qué ha pasado?

-Versión corta: Estamos jodidos pero vivos –dio este ayudándola a incorporarse un poco hacia delante-. La versión larga incluye muchas caras de miedo mías y palabras inadecuadas para menores de dieciocho años. Pero dejando eso en un aparte nos dirigimos a un planeta a esperar a que nos rescaten…

-¿A qué planeta?

Cuatrodedos se hizo a un lado y tras él una enorme esfera de distintos tonos de gris se hizo imposible de obviar para la astrofísica. Tras ella, juguetón y escurridizo, la sombra del planeta rojo se hizo visible.

-Ese no es el que hemos comprado…

-Es eso o quedarnos aquí varados a jugar a cual de los dos se queda sin oxígeno antes –replicó él-. Y te advierto que aguanto la respiración muy bien.

-¿Crees que vendrán por nosotros? –preguntó Caroline sin poder ocultar su miedo.

-A por mí no van a venir… Pero a por una astrofísica cualificada, diseñadora de rutas espaciales y rubia maciza seguro que vienen –respondió Cuatrodedos enseñando una pequeña pistola láser de baja potencia-. En otro orden de cosas esto es lo único que hay de utilidad además de mi traje completo de exploración. El resto mucho me temo que no lo he cargado pues no esperaba que el nodo de salto nos expulsase como a una mala comida.

-Sólo un hombre encontraría un arma de utilidad en estos momentos –rezongó ella mientras se ajustaba el cinturón de seguridad del asiento- ¿De verdad te parezco atractiva?

-Preocúpate de si se lo pareces a Henry –contestó fijando su atención en los mandos de la Auricom-. Ahora agárrese a lo que sea. Nos vamos de excursión.

La atmósfera les recibió con la hostilidad de alguien no invitado ni esperado. Nave y piloto tuvieron que hacer su mejor esfuerzo por encontrar un precario equilibrio que les permitiera sobrevivir hasta llegar a la superficie. Una superficie que estaba oculta bajo un manto de condensación atmosférica tan espeso como el propio espacio exterior que abandonaban. El motor de la nave dio su último coletazo cuando hizo un agujero en esta atravesándola a toda velocidad. Bajo ellos un enorme mar gris y sin vida se extendía allí donde les llegaba la vista. Por suerte la nave veía más lejos y no tardó en encontrar tierra donde aterrizar. Cuatrodedos se dirigió hacia allí de inmediato a aquel erial que pasaba a toda velocidad bajo ellos.

-¡Hay una cosa que creo que no he comentado, doctora! –gritó el improvisado piloto entre las sacudidas que estaban amenazando con partir la nave en dos.

-¿Qué no tiene retromotores? –preguntó ella con una mirada de abandono-. ¡Si es eso estréllate con dignidad Cuatrodedos!

Hubo más suerte que dignidad en aquel aterrizaje disfrazado de fiasco. El explorador apagó el motor y trató de frenar con los servos de la nave tanto como pudo hasta que no le quedó más que entregarse al suelo. El golpe fue brutal, pero la experiencia y la pericia de este evitaron que fuese definitivo. Con el corazón a flor de piel y la nave detenida y enterrada a medio palmo en la tierra se miraron como si hubiesen descubierto la vida por primera vez.

-Este tipo de cosas se me dan mejor con dos motores y una nave sin tantas lucecitas rojas –afirmó Cuatrodedos al tiempo que ayudaba a desalojar su asiento a Caroline-. ¿Qué quieres hacer ahora?

Esta, jadeante y dolorida, meditó un segundo su respuesta.

-Salgamos a explorar –dijo con seguridad-. Me remordería la conciencia si sobrevivimos a esto y resulta que en este planeta hay Kelium o cualquier otro recurso valioso.

Cuatrodedos sonrió para sí y le pasó el casco del traje de exploración a la astrofísica.

-No… No estoy cualificada para llevar este tipo de trajes…

-Déjese de tonterías, doctora. Si está cualificada para hacer un protocolo de seguridad que nos mande a este agujero está cualificada para llevar un traje de exploración –expuso Cuatrodedos al tiempo que desenroscaba el grueso y reforzado mono naranja que completaba el traje-. Además según los cálculos de la nave el aire ahí fuera es tolerable.

-Pero no respirable a largo plazo.

-Estoy seguro de que he respirado cosas peores –dijo con seguridad el explorador-. Además eres la única cualificada para dictaminar sobre qué nos hemos estrellado por si Henry decide volver a por nosotros…

Cuatrodedos aún notó algo reticente a la astrofísica mientras la ayudaba a enfundarse el traje de exploración que la hacía parecer un muñeco orondo y torpe. Sabía que contra condiciones extremas su biotraje nada podría hacer por protegerlo. Sin embargo aquel aire saturado de dióxido de carbono y algunos gases que seguro se le repetirían en los pulmones durante no le matarían. Diez minutos después y con los rudimentos y bondades del traje de exploración aprendidos por Caroline, salieron de la nave. Fuera, una niebla espesa y fría les recibió con su desagradable abrazo. Cuatrodedos se mareó al instante que tomó la primera bocanada de aire, aunque soportó con estoicismo los primeros pasos antes de detenerse a esperar a Caroline, que avanzaba con paso lento pero con los reflectores de su casco encendidos a máxima potencia dándole un aspecto de luciérnaga enorme.

-¿Está seguro que ha respirado cosas peores? –dijo ella comprobando las lecturas de su casco.

-Sinceramente… No –aceptó él mientras rezaba por dejar de ver doble- ¿Algo que destacar?

-Lo esperado –sonó la voz de Caroline a través del altavoz del casco-. Un yermo gris y aburrido… ¡Pero qué!

Cuatrodedos se volvió alarmado pensando que algo le sucedía a la doctora. Pero esta sólo se había quedado perpleja ante una lectura de su casco que no paraba de repetirse.

-Esto debe estar mal…

-¿Qué sucede?

-Litio… Hay un depósito de litio a tres kilómetros al norte. Pero no puede ser… El escáner de profundidad de este traje debe estar averiado.

Matthew no entendía nada. Nunca había escuchado hablar del litio ni tenía ni idea de lo que podía ser. Entonces su pie derecho se removió y encontró algo que si que sabía lo que era.

-Espero que no hayas pensado todavía nombre para bautizar el planeta… No somos los primeros en estar aquí.

El explorador alzó una calavera a la que le faltaba todo el maxilar derecho ante los ojos horrorizados de la astrofísica. Esta ahogó un grito aunque mantuvo una extraña determinación en la mirada.


Ilustración de Mannfred Salmon

-Tenemos que seguir adelante… -musitó esta señalando el norte-. Hay que saber qué es este planeta.

-Bien –asintió Cuatrodedos al tiempo que preparaba su arma-. Asegúrate de lanzar pulsos de exploración cada quince segundos y de avisarme si se mueve algo. Los muertos son como los problemas: nunca vienen solos.

Fue una caminata de las más aterradoras que recordaba haber tenido Caroline mientras que los pálpitos largo tiempo olvidados para Matthew salían de los recuerdos a su realidad. Aquel ambiente no era tan hostil como el de un campo de batalla, pero caminar por él le hacía reavivar una sensación de pérdida similar a cuando su mano no echaba de menos su dedo anular. Pronto encontraron más huellas de civilización. Primero un camino asfaltado. Luego estructuras de edificios arrancados de cuajo. Todo bajo un manto neblinoso bajo el que dormían para siempre centenares de huesos sin historia que contar. Los escáneres no detectaban una huella de ADN descifrable en los huesos dejándoles sin pistas de a qué peregrinación o colonia podían haber pertenecido. Aquello no tenía sentido alguno para ninguno de los dos. Cada mota de polvo que levantaban descubría bajo ella más mano del hombre. Ropas extrañas. Utensilios. De todo… Hasta que llegaron a los pies de una enorme formación de hierro y acero derrotada hacia su derecha que tenía todo el aspecto de monumento tosco y antiguo que se había marchitado junto con el planeta.

-Torre Eiffel –dijo con un hilo de voz Caroline mientras el traductor de su casco desentrañaba el significado de un papel parcialmente abrasado que había encontrado a los pies de esta.

-Más bien lo que queda de ella –dijo Cuatrodedos a quien le empezaban a arder los pulmones y a fallarle las fuerzas. -¿Está por aquí tu depósito de litio?

-Justo bajo ella. Dios… Si tuviésemos un simple equipo de perforación o un par de bots…

-Lo que tienen son un par de horas para volver a la atmósfera –dijo de pronto la voz conocida de Henry, comandante de la Temperley, a través de sus comunicadores-. Veo que no eres capaz de distinguir el rojo del gris, Cuatrodedos…

-Tienes una curiosa forma de preguntar si seguimos vivos Henry –recriminó el explorador a su jefe aunque se sentía aliviado de que siguiesen vivos- ¿Qué ha sucedido?

-Aún no sé lo que nos ha sacado antes de tiempo del nodo de salto pero ha afectado casi exclusivamente a la nave y a todo lo que hiciera pip pip. Es un milagro que sigamos vivos y si queréis poder decir lo mismo más os vale que estéis en órbita pronto porque no tengo frenos ni intención de esperaros.

-¿Y el planeta rojo?

-¡Que le den al planeta rojo! –repuso Henry-. En cuanto me vaya de aquí pienso borrar este nodo de salto de todas las rutas de la compañía. A menos, claro, que haya algo interesante ahí abajo.

-¡No! –gritó Caroline sin querer-. Quiero decir que hasta el momento todo indica que este planeta está muerto…

-Bueno, ya lo decidiré cuando revise los datos del traje de exploración que llevan. Sean puntuales pareja, que aquí no se espera a nadie. Corto y cierro.

Apresuradamente Caroline bloqueó las comunicaciones de golpe alarmando a Matthew. Este no entendía que era lo que estaba pasando, pero estaba claro que no era nada bueno.

-¿Hora de decirme qué está pasando?

Caroline desvió la mirada que fue a parar a la enorme estructura que tenían frente a ellos. La niebla la envolvía con armonía y se colaba entre sus recovecos mientras que el sol mortecino de lo que parecía un lento atardecer tornaba el cielo de un gris más benevolente.

-Algo que es imposible –susurró ella justo cuando una extraña interferencia irrumpió en su comunicador.

Al momento aquella estática invasora también tomó el comunicador de muñeca de Matthew. Trató de aislar la frecuencia pero no había forma. Fuese lo que fuese lo que la estaba causando utilizaba un sistema que escapaba de su entendimiento.

-Estar aquí… -dijo una voz masculina entre la ruidosa niebla.

Matthew rastreó la fuente de aquellas palabras. Se encontraba justo entre aquellos hierros retorcidos y olvidados. Desoyendo el grito de advertencia de Caroline este salió en su busca. Atravesó las rendijas y se hizo camino a duras penas hasta que encontró lo que no pudo describir más que como un búnker metálico redondeado y hermético. No tenía más de diez metros de diámetro y por más que buscaba no conseguía encontrar una puerta de acceso. Palpó la superficie fría del mismo y una sensación inexplicable le recorrió el cuerpo provocándole una tos incontrolable. Doblado sobre sí mismo sufrió la rebelión de sus pulmones hasta que estos le concedieron un pequeño respiro. Cuando se incorporó un par de ojos tan abiertos como negros le escudriñaban a través del cristal de una rendija que antes no había existido. Sobresaltado retrocedió al tiempo que esgrimía su arma contra aquella mirada prisionera. Otro súbito ruido a su espalda le hizo virarse encañonando a una sorprendida Caroline. El explorador suspiró de alivio e hizo la pistola a un lado.

-No deberíais estar aquí… -repitió la voz que, de nuevo, tomó posesión de sus comunicadores.

-Dígame que no es verdad… -musitó Caroline mientras avanzaba desoyendo los consejos de Cuatrodedos y se aproximaba a la superficie del búnker-. Dígame que nada de esto es real.

-Oh, sí que es real… -musitó aquel desconocido-. Bienvenidos a la Tierra.

Caroline dejó caer los brazos a los lados abatida. Como si aquellas palabras le hubiesen robado algo más que las fuerzas mientras que Cuatrodedos la miraba de hito en hito. Ninguno podía dar crédito a aquella situación. Era totalmente imposible. Aquello no era el sistema solar. Y aún así el corazón de Caroline había comenzado a galopar a la velocidad de la locura. El explorador la vio temblar dentro de un traje que contra su voluntad la sostenía en pié, sufriendo una pesadilla que a Cuatrodedos le estaba alanceando el estómago. Sólo que a él no le atormentaban las mismas sensaciones que a la astrofísica. Había comenzado a encontrarse realmente mal. Y aún así su ordenador le indicaba que debía estar perfectamente.

-¿No es lo que esperaban? –preguntó la voz con una neutralidad casi perfecta.

-¡Cállese! –gritó Caroline llevándose las manos al casco en un vano intento de taparse los oídos- ¡Cállese!

-Lo único que puedo guardar aquí es silencio. Pídeme lo que quieras pero es más que bien recibido hablar con alguien para variar.

Cuatrodedos apretó los dientes y avanzó hasta el búnker golpeándolo con el dorso del puño, justo bajo donde aquellos ojos seguían mirándolos con una expresión petrificada entre la curiosidad y la locura.

-No deberíais estar aquí.

-No… No. Lo que no debería estar aquí es la Tierra, ¿me oyes? –balbuceó Caroline como si despertase de un mal sueño mientras caminaba vacilante hacia el búnker-. Nada de esto puede ser. Eso de ahí no es la torre Eiffel. Y tú… tú no deberías existir.

De pronto Caroline hizo a un lado a Matthew, le arrebató el arma de las manos con una rapidez y decisión que hizo inútiles los esfuerzos del hombre por conservarla y apuntó directamente a la abertura del búnker donde aquellos ojos, ahora bañados de oscuridad, les seguían escudriñando.

-¡Dígame que es una broma! ¡Que todo esto es mentira! –gritó mientras sacudía su cabeza y los datos fantasmales de su casco se desvanecían con el movimiento.

-Claro que miento. Todos mentimos, muchacha –respondió este tras las paredes del búnker sin atisbo de miedo alguno-. El ser humano es especialista en mentiras. Especialmente cuando se trata de perpetrarlas para sí mismo… Pero dígame una cosa. ¿Miente su corazón acaso? ¿Están sus pies pisando una mentira? No, muchacha… Si se viera como yo la veo ahora no se atrevería a decir eso…

La respuesta de Caroline se estrelló en forma de rayos de plasma contra el búnker. La deflagración lanzó a un lado a un desprevenido Cuatrodedos que no podía dar crédito a la acción de la astrofísica. Cayó con un golpe seco al suelo pero se rehizo en seguida solo para ver como una Caroline, que no estaba habituada a las armas de plasma, el retroceso de disparo la había hecho caer de espaldas. Sólo que no había alcanzado el suelo pues los sistemas de estabilización del traje de exploración se habían activado y los pequeños motores de aire comprimido de la espalda evitaban que cayese al suelo. Así que allí estaba aquella mujer, sollozando dentro de una prisión de vida que no dejaba caer un cuerpo que ya lo había hecho un minuto atrás. Cuatrodedos recogió el arma del suelo justo cuando se percató que ni búnker ni extraño habían sufrido daño alguno. El explorador ayudó a volver a la vertical a Caroline que apenas ponía de su parte. Aquella exploración se había convertido en algo que no sabía manejar. Y peor aún es que se estaban quedando sin tiempo.

-Caroline –trató con suavidad que volviese en sí la astrofísica-. Por favor, deja de llorar. Esto no puede ser la Tierra.  Tú sabes cómo es. Cielo y mares azules. Las ciudades flotantes… Pero esto no es más que un erial gris y seco.

-La Tierra, pues… -interrumpió el habitante del búnker.

-¡Métete la lengua en el culo! –le gritó de vuelta Cuatrodedos -¡Eres un jodido loco prisionero! ¡No sabes lo que estás diciendo!

Una risa seca inundó ambos comunicadores. Matthew se sintió tentado a silenciarlo pero entonces Caroline recuperó las fuerzas justas para no necesitar el brazo del hombre para sostenerla.

-¿No sé qué es lo que digo? ¿Y qué os dice a vosotros el planeta?

-Me dice que es la Tierra –balbuceó Caroline que había dejado de llorar pero no de sufrir-. Cada dato que cruzo de este lugar con los registros de la Tierra coincide a la perfección. Masa. Gravedad. Superficie. Recursos…

-Sólo has encontrado litio, Caroline.

-Y sólo lo había en la Tierra… De hecho era de las pocas cosas que no habíamos agotado antes de lanzarnos en el peregrinaje de la Federación…

Cuatrodedos había escuchado y visto la recreación de aquella historia en infinidad de holovideos. Un planeta Tierra que brillaba con cegadora intensidad estaba amenazado por consumirse demasiado deprisa si no se hacía nada al respecto. Entonces comenzó la investigación de los nodos de salto para hacerse al único sitio que podía albergar a la raza humana: el espacio. Costó años y un trabajo inconmensurable pero finalmente el ser humano pudo alcanzar las estrellas. Mucho se ganó y se perdió con aquello. Pero desde luego la Tierra no había sido una de aquellas cosas.

-Todo lo que sabe o cree saber es mentira, soldado. Los colores abandonaron la Tierra mucho antes que usted naciese –intervino la voz-. Sólo un recuerdo conveniente de un pasado que no puede volver permaneció.

-¡No! –bramó Caroline apartando a un lado a Cuatrodedos- ¡La Tierra no puede haber acabado así!

-¿Y cómo lo sabe? ¿Acaso alguna vez la pisó? ¿Acaso alguien de sus conocidos estuvo allí alguna vez? Yo responderé por usted: no.

-Le juro que como no se callé… -un acceso de violenta tos impidió a Cuatrodedos seguir con la amenaza. Aquel oxígeno viciado le estaba rompiendo en dos- Mierda…

Caroline no entendía cómo aquel hombre se marchitaba ante sus ojos, pero no podía prestarle la atención debida. Su mente sólo trabajaba ya en una única dirección.

-¿Quién es usted? –preguntó la astrofísica al tiempo que le tendía una mano al soldado que este rechazó con demasiada brusquedad.

-Robert Albright.

-Robert Albright  fue uno de los inventores de los nodos de salto –dijo ella al instante.

-De nada –fue su contestación que dejó atónita a Caroline.

Sin embargo la astrofísica no podía concebir aquello. Robert Albright había sido uno de los científicos más brillantes de la Tierra. El hombre que había conseguido domeñar las rutas estelares y acercar distancias imposibles gracias a los nodos de salto. Sus avances prácticamente habían salvado a la raza humana de la extinción.

-¿Aún siguen llamándome criminal? –inquirió este por primera vez con genuina curiosidad.

-No puede ser el tipo que destruyó Marte –masculló Cuatrodedos cuando consiguió dominar su irregular respiración-. Esto es una locura…

Entonces la astrofísica miró al cielo conteniendo el aliento. La figura del planeta rojo que había comprado la Temperley apenas era visible tras aquel manto de niebla perpetúa. Pero allí estaba. Sostenido del cielo como una verdad incómoda. Musitó un comando al ordenador del traje de exploración y este terminó de encajar una pieza más de aquel imposible rompecabezas.

-Hemos comprado Marte –susurró ella al tiempo que la risa de Robert volvía a salpicar sus comunicadores-. Es verdad… Todo es verdad.

-Teníamos que asegurarnos que podría hacerse –dijo Robert con una voz que parecía estar a un mundo de recuerdos de allí-. Tenía que saber si podía salvar lo más importante en caso de necesidad. Jamás imaginé que pasaría esto…

Fue en ese momento cuando Cuatrodedos pegó su rostro a aquel indestructible vidrio que le separaba de la presencia de Robert. La ira que emanaban sus ojos amedrentó a aquel hombre que retrocedió arrepentido.

-¡Les mató! –gritó el soldado- ¡Cien mil millones de personas! ¡Usted destruyó el primer planeta terraformado de la Federación! ¡Usted inició la Primera Guerra del Destierro! ¡Por su culpa dejamos de avanzar al unísono como raza y nos dispersamos por el universo en una jodida carrera que no podíamos ganar! ¿Cómo pudo hacerlo?

Caroline no podía dejar de mirar Marte. De mirar como algo tan grande había desaparecido de la noche en la mañana en una tormenta estelar sin dejar rastro. Todo el mundo creyó que había sido un ataque de una de las muchas facciones que amenazaban con escindirse de la Federación y por culpa de aquello comenzó una guerra fratricida que sólo consiguió la pérdida de incontables vidas y la segregación de la humanidad en pos de un espacio tranquilo. Si era verdad que aquel hombre había hecho aquello se encontraban ante el mayor criminal de la historia de la humanidad.

-¿Cómo lo hizo? –preguntó Caroline.

-Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, muchacha. Quería salvar la Tierra de… de esto que ahora pisáis. Con la Federación y sus miras puestas en el espacio esta temía que, con sus recursos desperdigados, alguien utilizase aquella debilidad para tomar la Tierra. Así que requirieron mi colaboración para un nuevo proyecto de nodo de salto mayor y más seguro que permitiese trasladar enormes flotas a través de un solo agujero negro. Me dieron recursos ilimitados convenciéndome que todo se hacía por el bien de la humanidad. Acepté. Así las mejores mentes del momento nos pusimos manos a la obra. Pero por desgracia las mejores mentes no siempre son las mejores personas y todo acabó saliendo mal. El nodo que creamos se volvió inestable. Hambriento. Perdimos el control del mismo y me quedó una solución que tomar: Perder la Tierra o perder Marte. La historia sabe que decisión tomé…

-Usted y su equipo desaparecieron aquel día… La investigación nunca dejó claro si fue el único responsable.

-Si ha de ponerle nombre a la pérdida de vidas de todo un planeta ese debe ser el mío. Nadie de la superficie había sobrevivido cuando el universo nos expulsó a este extremo de la galaxia. Había matado a todo un planeta y sólo yo y los que me acompañaban en el módulo del nodo de salto sobrevivimos. Y no sólo habíamos trasladado a un planeta de un lugar a otro…

-También habían bloqueado el nodo de salto que iba a la Tierra –completó Caroline.

-¿Qué? –le gritó Cuatrodedos- ¿De qué estás hablando?

-No se pueden establecer dos nodos de salto a menos de medio año luz de distancia si no se quiere correr el riesgo de crear una discordancia dimensional…

-Demasiado joven y demasiado inteligente, muchacha. Y demasiado desafortunada por haber acabado aquí.

Una señal luminosa se encendió en el traje de Cuatrodedos y al segundo en el de Caroline. El tiempo para la recogida de la nave de Henry se estaba acabando.

-Eso no explica por qué está aquí la Tierra… Y por qué sigue habiendo una Tierra idéntica a la que conocíamos en el sistema solar.

Entonces Cuatrodedos lo vio claro. Tan claro como la sangre que escupió en un nuevo acceso de tos y que ocultó a Caroline cuya estupefacción ayudó a tal fin.

-Eso no es ningún búnker, ¿verdad? –preguntó a Robert-. Es una prisión. Los que iban con usted trataron de volver a través del nodo que usted creó… Sólo que sabían que volvería a suceder lo mismo. Aunque esta vez no había un Marte que absorber… Sería la Tierra.

-¡Traté de impedirlo! –gritó Robert y se le escuchó golpear de rabia en el interior del búnker-. Pero a veces un solo hombre no es más que eso…

-Sin embargo de alguna manera lograron estabilizarlo, o de lo contrario no habríamos acabado nosotros aquí…- argumentó la astrofísica.

-Me temo que sí… Para la desgracia del universo no trabajaba con personas faltas de inteligencia o escrúpulos. Usaron la Tierra como si fuese el propio nodo y escaparon a través del mismo de vuelta al sistema solar…

Un silencio pesado que ni la estática consiguió llenar inundó todo a su alrededor. Aquello era demasiado para procesar. Era, simplemente, demasiado. Y aún así había sucedido.

-Así que le dejaron a usted aquí confinado para que no destapase el pastel.

-Atrapado, sólo y condenado para mucho tiempo, soldado. Dentro del planeta que quería salvar y que acabé destrozando. El maldito nodo trastocó mi tiempo y el de la Tierra. Ahora ambos estamos moribundos pero no sabemos cómo morirnos.

Cuatrodedos no podía imaginarse la deuda temporal que había contraído aquel hombre o cuanto tiempo llevaría allí dentro cuando colocó su mano ensangrentada y manchó el cristal de aquel búnker con ella. Sentía las fuerzas abandonarle de manera inexplicable pero estaba demasiado cerca del final como para detenerse aunque le costase la vida.

-¿Quién fue? –preguntó con un hilo de voz- ¿Quiénes eran los que le ayudaron en su investigación?

Entonces la mirada de Robert esquivó el rostro del explorador y fue directamente al pecho del traje de Caroline. Ninguno necesitó más. Todo estaba demasiado claro ya.

-No… -retrocedió espantada Caroline-. No pueden haber sido ellos.

La astrofísica comenzó a correr torpemente entre los escombros de aquello que antaño fuese la torre Eiffel. Temperley. Habían sido ellos. Con la ayuda de la Federación habían comprado un planeta igual a la Tierra y de alguna manera lo habían sustituido por el original aprovechando los conflictos estelares y aquel hambriento nodo. Y el resultado había sido perfecto. Un crimen perfecto del que ella, aún sin serlo, se sentía culpable sólo por portar aquel emblema en su pecho. Fuera de sí no supo detener su torpe huida hasta que la silueta de la Auricom se recortó en el horizonte. Sin embargo no era lo único que había ante ella.

-No sabes correr dentro de ese trasto –le dijo Cuatrodedos con una sonrisa cansada-. Cualquiera te podría haber alcanzado.

El hombre sostenía la pistola de plasma de manera descuidada y la balanceaba junto a su cadera. Algo en aquella postura puso aún más nerviosa a la astrofísica que se quedó clavada en el sitio de puro terror.

-Qué… ¿qué vas a hacer? –balbuceó ella.

A paso lento y fatigoso el explorador se acercó a ella mientras tecleaba algo en el panel de muñeca de su biotraje. De pronto el casco de exploración de Caroline hizo un ruido extraño que esta no supo reconocer. Cerró los ojos a la espera de lo peor pero nada sucedió. Cuando reunió valor para volver a abrirlos Cuatrodedos estaba ante ella.

-He bloqueado los cierres de tu traje, Caroline –le dijo este-. Lo siento muchísimo…

-¿Qué? ¿Por qué?

-Para que no cojas un resfriado –contestó este justo cuando le sacudía un nuevo acceso de tos.

Caroline no entendía nada. Nunca había oído aquella palabra ni sabía qué significaba. El ordenador del traje la sacó de su ignorancia justo cuando Cuatrodedos dominaba aquella tos tan dañina.

-No… No puedes estar así por un resfriado…

-Llevamos demasiado tiempo en el espacio. Tanto que nuestros cuerpos se han olvidado de protegernos contra las cosas más insignificantes… como este jodido resfriado –le explicó él-. Robert me ha contado lo que me pasaba. ¿Qué te parece? Los de la Temperley y los que fuesen todavía tuvieron la decencia de aislarlo de las enfermedades nativas de la Tierra para que estas no lo matasen… Tanto mirar hacia delante, tanto alcanzar las estrellas que nos olvidamos de mirar atrás y aprender de los que nos precedieron.

-No… -trató de decir algo Caroline pero las palabras no consiguieron pasar de ahí.

Cuatrodedos negó con la cabeza. Se sentía contento que el azar le hubiese permitido cederle el traje a la astrofísica. Al menos ella tendría una oportunidad.

-¡No! –gritó de pronto Caroline y comenzó a tirar de su casco de manera frenética- ¡No voy a dejarte aquí! ¡No puedes morir por mi culpa! ¡No puedes!

Él entonces se abalanzó hacia ella y la cogió de las manos para que se detuviese. Sabía que no podía vencer al cierre sin su código, pero sí hacerse daño. Hacer daño a ambos. Las lágrimas de la mujer salpicaron toda la superficie del casco volviendo borrosos los datos que se reflejaban en su interior. Cuatrodedos trató de sonreírle para que se calmara pero hacía demasiado tiempo que se le había olvidado cómo hacerlo de manera apropiada.

-¡Suéltame! ¡No puedes hacerme esto! –gritó ella al tiempo que sentía como se sofocaba.

De pronto lo entendió… El suministro de aire de su casco había sido interrumpido. De repente todo se volvió borroso a su alrededor. Todo comenzó a desvanecerse excepto aquel dolor que le mordía el alma. Aquella sensación inexplicable de culpabilidad y remordimientos.

Despertó dentro de la Auricom. Ya no llevaba el traje de exploración y un manto estrellado bañaba la cabina de una nave que abandonaba la atmósfera gris del planeta. Miró a su lado pero no encontró a Cuatrodedos por ningún lado. El piloto automático gobernaba su vida en esos momentos.

-Perdóname, Caroline.

La voz de Cuatrodedos inundó la cabina. La astrofísica buscó la procedencia de la comunicación y casi se le traba el corazón al descubrir que procedía de aquella Tierra que dejaba tras de sí.

-¿Por qué? –preguntó entre nuevas e incipientes lágrimas.

-Porque nada podías hacer por mí y porque es la única manera de sacar algo bueno de todo esto –contestó el explorador con voz ahogada-. Alguien debe hacer algo al respecto…

-¿Yo? ¡Sólo soy una astrofísica, Cuatrodedos! ¿Qué pretendes que haga yo?

-Descubrir la verdad. Estoy seguro de que alguien introdujo los datos del nodo de salto a Marte de manera deliberada y los alteró para provocar el accidente. Alguien quería que la Tierra fuese hallada. Tienes que encontrar a ese alguien. Tienes que averiguar qué hay detrás de todo esto.

– ¿Y qué pasa contigo?

-Si hubiese subido contigo me hubiesen puesto en cuarentena nada más llegar y lo que resultaría peor aún: habrían enviado más equipos de investigación al planeta para utilizar este maldito virus como arma biológica. Ya conoces cual es la política de beneficios de la Temperley. Y prefiero diñarla antes que darles esa jodida satisfacción –la tos volvió a interrumpir a Matthew-. Además sabes perfectamente que Henry nunca hubiese enviado un equipo de rescate a por mí. Sin embargo si hubieses sido tú la que te hubieses quedado cabía la posibilidad de que lo hubiese hecho. Y si ese idiota no tiene ni idea de nada de esto intuyo que pocos en la Temperley sabrán la verdad. Y los que lo sepan querrán tapar este asunto cuanto antes. Por eso los datos, el traje de exploración y la verdad se quedan conmigo aquí abajo…

-Volveré… -susurró Caroline entre lágrimas-. Volveré a por ti.

-Vuelve por algo que lo merezca, Caroline. Vuelve por la Tierra y por la verdad. Robert te ayudará cuando lo hagas. Yo le haré compañía el tiempo que me quede…

-¡No te atrevas a morirte! –le gritó ella cuando la comunicación se desvanecía- ¡Cómo te mueras, yo…!

-Caroline… En mi vida he hecho pocas cosas decentes. Ni trabajar en la Temperley ha sido una de ellas. Así que, por una vez, déjame hacer una. Sólo una… Haz tú lo propio.

La comunicación se perdió justo cuando dentro del alcance del radar de la Auricom la figura maltrecha de la nave de la Temperley apareció. Sin embargo Caroline no tenía más ojos que para aquel planeta gris y marchito donde sabía quedaba un hombre que había dado lo poco que tenía por una justicia que nadie había pedido. Una que ella pediría. Costase lo que costase.

David Gambero 2012

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Comments
3 Responses to “El azul perdido.”
  1. Mariola dice:

    David, me vuelvo a quitar el sombrero… Me lo quité con el Howling Christmas y ahora añado una reverencia. Qué final… Fabuloso, y todo el tono del relato. Por momentos me ha parecido que iba a surgir por ahí una Nostromo o, si me apuras, una Enterprise con un capitán Kirk que deshiciera el entuerto de esta historia, ;-), pero el caso es que me ha gustado mucho. Enhorabuena, y también a Salmon por su ilustración. 🙂

  2. Qué gozada leer tus relatos David, versión completa, de principio a fin, y saltando de nodo en nodo con un ojo en el espacio y otro en tierra firme, o no tan firme. Me encanta el universo que has creado que te sirve como telón de fondo para tus relatos. Ahora un kelium, después un Temperley, en otro momento una deuda temporal, etc. Figuras y recursos que has creado y que administras con maestría, usando sólo algunos cuando el relato lo requiere y guardando otros para futuros escritos. Esto es genial

    Advierto que a partir de aquí hay spoilers para que abandonen mi comentario aquellos que aún no han leído el relato.

    En la primera parte del relato me costó un poco entrar por ser la parte donde presentas a los personajes, sus conflictos, las relaciones entre ellos. Después llega el momento del “accidente”, a partir de aquí el relato se pone tan emocionante que es difícil dejar de él si no es porque mi entorno no me dejaba concentrarme. Después llegamos a la Tierra y descubrimos el crimen perfecto, menudo crimen, de proporciones gigantescas. Esto es un crimen y lo demás son tonterías. Genial lo de la Torre Eiffel, no sé si es una referencia a El planeta de lo Simios con la estatua de la libertad, pero es una gran idea. También el viaje por el espacio y acabar en la Tierra me recordó a Funcación y Tierra de Asimov. No es igual, claro, pero me lo recordó. No sé si los has leído pero te recomiendo todos los libros de Fundación. Y por último, el final, buenísimo, digno de un final de película de Hollywood, con sus oscars y todo. Y qué decir del prota, mi alter ego, que acaba “palmolive”, como no. Un tiro en la cabeza o un resfriado el caso es palmarla pero eso sí como un héroe. Eso lo engrancede y a ti también por escribir un relato tan bueno nuevamente. Enhorabuena David, te sales.

    Felicitar a Salmon también porque me gusta mucho tu ilustración en b/n, cosa que me encanta y también el aire comiquero que le has dado. También felicidades.

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