EL hombre de Tollund.

Autora: Olga Besolí

Ilustradores:  Verónica del Rocío López Pachón y Jordi Ponce Pérez

Género: Relato

Este relato es propiedad de  Olga Besolí, y su ilustraciónes son propiedad de Verónica del Rocío López Pachón y Jordi Ponce Pérez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EL hombre de Tollund.


Ilustración de Verónica López

Los trabajos proseguían. El ruido ensordecedor de la excavadora retumbaba en la cercanía, pero perdía fuerza en la inmensidad amortiguadora del pantano. Una gran mano metálica se introducía en las sucias aguas para sacar paletadas malolientes de material putrefacto del fondo. El paisaje era desolador, o al menos eso le parecía a Svenson. Con los pies hundidos hasta las rodillas en el lodo, removía con su pala de mano la superficie de aquella tonelada recién depositada de fango, tierra y despojos, intentando apartar del resto todos aquellos fragmentos de troncos u otros objetos inservibles y demasiado grandes que, por su gran tamaño, podrían entorpecer la labor del filtrado y extracción de la turba.

Luego, con todos esos desechos, se llenaban grandes sacos que un camión de la empresa transportaba semanalmente al vertedero. Con eso, la compañía aseguraba a la opinión pública que mientras explotaba los recursos naturales del lago se encargaba a su vez de limpiarlo de basura. Con eso, se aseguraba también que se prolongara el contrato y licencia de extracción.

Pero no sólo había despojos, turba y lodo en las profundidades del lago. A veces, paleando sobre aquella informe masa cenagosa, Svenson había encontrado algún fragmento de un material mucho más preciado que la turba, mucho más escaso, y con mucho más valor en el mercado, la hulla.

Cada vez que Svenson daba con un trozo de hulla, se sentía un hombre afortunado. Pero hoy no era uno de esos días. Bajo el cielo gris y calmo del atardecer, la superficie de las aguas yacían inertes y tenebrosas. Svenson las contemplaba, como solía hacer, consciente que llevaban milenios atrapando en su fondo de barro negro las deposiciones y restos de plantas putrefactas que, aprisionadas durante siglos se convertían en turba y que tras un par de milenios se petrificaban en la hulla con la que acostumbraba a llenarse los bolsillos. “Todo esto es un gran cementerio” pensaba para sí mismo, mientras permanecía semiinconsciente con sus botas de goma embarradas. “Y nosotros, los turberos, somos los desenterradores de muertos”. La voz del capataz lo sacó de su ensimismamiento:

-¡Svenson, holgazán!, ¡mueve tu culo y tu pala que no tenemos todo el día!

Reaccionó al instante y tiró con sus manos enguantadas de un pedazo enorme de tela embarrada, gruesa y de gran calibre, que pesaba una barbaridad empapada como estaba y con todas sus fibras untadas de barro espeso. Con pesadez la arrastró hasta meterla dentro del saco. A veces la gente, normalmente los jóvenes descuidados o que acampaban por las cercanías, tiraban despojos a las aguas, por lo que no era raro encontrarse latas de bebida u otros objetos similares a diario. “Un gran cementerio, eso es” seguía pensando Svenson. Y estaba en lo cierto. Los vegetales carbonizados a los que llamaban turba estuvieron una vez vivos. Pero era ahora, cuando yacían muertos en el fondo, que servían a los hombres por su gran inflamabilidad, para mantener las chimeneas y los fuegos de los hogares encendidos durante el duro invierno danés.

Hacía años, cuando inspeccionaron a fondo el lago y encontraron que debajo de las aguas turbias se escondía un completo yacimiento, la empresa minera local se hizo pronto con la exclusiva en su explotación. Día tras día, mientras su propietario iba amasando una pequeña fortuna, las excavadoras arrancaban de las entrañas del lago sus sedimentos, escarbando cada vez más profundo, hurgando cada vez más adentro. Pero la capa de turba parecía no acabar nunca. Apuntaba tener grosor suficiente como para asegurarles a todos trabajo suficiente hasta la llegada de su jubilación. Aunque esa idea no le gustara demasiado a Svenson.

Él solía mirar con desagrado las malolientes aguas, preguntándose qué más podría ocultarse bajo sus profundidades, pero esta vez, a diferencia las anteriores, sintió como un escalofrío le recorría por entero la espalda. La temperatura descendía rápidamente mientras la noche se avecinaba.  Pero no fue el frío lo que le hizo tiritar, al que, como buen danés, estaba más que acostumbrado. Era algo más profundo y enigmático, algo inexplicable. Acababa de presentir lo que él mismo averiguaría a la mañana siguiente: que la turba y la hulla no era lo único muerto que yacía en el fondo del lago.

Pero, de momento, el grito del capataz, hizo parar las máquinas:

-¡Ya está bien por hoy, chicos! Dejadlo todo como está. Seguiremos mañana. No olvidéis recoger todas las herramientas, que ayer alguien no lo hizo y por su culpa hemos perdido un mazo de los buenos. Así que dejadlo todo bien limpio y en su lugar.

La enorme excavadora sacó por última ocasión su enorme brazo del interior del lago. Una tonelada de lodo negro se elevó por encima de las cabezas y, chorreando agua por todos los lados, recorrió balanceándose la distancia que le llevaba hasta el depósito de filtrado. Nadie se fijó en ello, atareados como estaban en recoger sus bártulos y despojarse de sus impermeables, pero de la gran pala llena de barro pendía el cabo de una cuerda, sucia y oscura. Era una gran soga que todavía colgaba alrededor de un cuello.

El material extraído cayo en el depósito y el cordaje fue engullido bajo los demás residuos, mientras el último destello de luz mortecina y grisácea desaparecía por el horizonte, anunciando que caerían la noche y las temperaturas.

Y, por fin, lo esperado: el arropo al calor de la chimenea, la comida caliente de Anika y el descanso reparador tras una jornada más.

La escasa luz de la mañana se filtraba por entre las nubes y se perdía en la tenebrosidad del terreno pantanoso. El frío y la humedad se colaban entre los pliegues del impermeable, traspasando los jerséis de lana. Pronto sería invierno y la superficie del lago se cubriría con una espesa capa de hielo. Entonces se retirarían las máquinas y los hombres. Los primeros hasta que llegaran tiempos más cálidos y los segundos hasta que un nuevo aviso de la compañía terminara con unas obligadas vacaciones invernales. Había sido así durante los seis años que Svenson llevaba trabajando en la compañía y nada apuntaba a que esta vez fuera diferente. Pero esta vez sí sería diferente porque la pala de Svenson tocó algo duro y arrastró con su golpe lo que parecía un cabo suelto.

“Cada día me encuentro con más basura” pensaba para sus adentros. Con las manos heladas bajo los guantes y sin tacto alguno, intentó agarrar la punta de la cuerda y tirar de ella. Pero no pudo. Lo que estaba en el otro extremo yacía sepultado bajo demasiada cantidad fango y tierra.

Svenson cogió su pala y empezó a excavar alrededor de la soga, apartando todo el barro que pudo. Estuvo tratando de desenterrar el cordaje durante más de una hora, esfuerzo que parecía no dar ningún fruto. La maldita cuerda seguía sujeta a algo que impedía que la sacara. Movido por la curiosidad, decidió que no escatimaría esfuerzos para liberarla. Paleo insistentemente hasta que la herramienta dio con algo duro. Entonces la dejó a un lado y empezó a escarbar a dos manos.

-Svenson, eso sí que es trabajar, si señor- dijo el capataz que pasaba por atrás- No sé que demonios te ha dado hoy Anika para desayunar, pero dile de mi parte que por mi ya puede cocinártelo todos los días. ¡Menuda energía!

Entonces, Svenson, por primera vez en su vida, dejó que el pánico se apoderara de el y sintió náuseas. Frente a sus ojos yacía un cadáver, un espantoso cadáver aplastado y ennegrecido, seguramente por haber pasado días hundido entre la turba y el fango. No pudo contener las arcadas y empezó a vomitar. El horrendo cuerpo estaba totalmente desnudo salvo el hecho que llevaba un gorro en la cabeza. Pero lo peor residía en el hecho que todavía llevaba la cuerda con la que había sido estrangulado alrededor del cuello. Svenson reunió el aire suficiente para gritar, llamando desesperadamente al capataz.


Ilustración de Jordi Ponce Pérez

En seguida se pararon todos los trabajos. Vino la policía y el médico forense, y con su habitual lentitud hicieron el levantamiento del cadáver. El primer diagnóstico fue simple: crimen por asfixia y perpetrado muy recientemente, tal como se adivinaba por el buen estado de conservación del cuerpo.

Las malas noticias se extienden tan rápidamente como los virus y la alarma se apoderó de Tollund. Al rumor de que andaba un asesino suelto se juntaron los vientos gélidos del nordeste, que helaron el lago, y se sumaron los intensos interrogatorios policiales a los que sometieron a los habitantes del pueblo, inquietos desde aquel día: si alguien había cometido ese crimen, lo había hecho de forma perfecta, pues las aguas del lago habían borrado toda huella posible de analizar. Tampoco se conocía la identidad del muerto, pues su ficha dental no coincidía con la base de datos de las autoridades. Además, en los últimos meses no se había denunciado desaparición alguna por la zona de ningún hombre de esas características: bajo, de unos cuarenta años de edad y de poco peso, cuarenta y cinco kilos a lo sumo.

La policía supuso enseguida que podía tratarse de un extranjero o un mendigo, lo cual dificultaría la investigación sobremanera. Por otro lado, nadie vio ni sintió nada extraño, ni fue testigo de ningún suceso sospechoso, ni en el pueblo ni en las inmediaciones del lago. Con toda esa suma de desatinos y una absoluta falta de pruebas, la investigación avanzaba lentamente y en ningún sentido, mientras los vientos amainaban y los hielos se derretían.

Con la llegada de las primeras oleadas de buen tiempo, las máquinas que deberían haber reemprendido su labor, seguían paradas bajo el cerco policial. Toda la orilla del lago estaba señalizada como escena del crimen, con las usuales cintas amarillas de “prohibido pasar”. Si la investigación no se cerraba pronto, la empresa extractora perdería un montón de dinero que podrían repercutir en futuros despidos.  Pero ¿Cómo clausurar una investigación si lo único que tenían era un cuerpo? ¿Se habían encontrado con un crimen perfecto? Algún agente empezaba a sospechar que sí, pero solo con la ayuda de Svenson lo averiguaría.

Sucedió que una tarde, cuando parecía que el archivo del asesinato de Tollund iba a engrosar la temida carpeta de “casos sin resolver”, Svenson se dirigió al bar de Moth, donde todas las tardes que siguieron a esa horrible mañana iba a tomar la copa que le hacía olvidar que añoraba extrañamente volver al trabajo, ese que antes tanto aborrecía. Allí se encontró a Erik Dansen, el agente de policía, que de tantos meses de andar preguntando por ahí ya era considerado uno más del pueblo, sentado en la barra tomando su acostumbrado vaso de vodka. Entonces a Svenson se le ocurrió. Quizás ese pedazo de manta que encontró tuviera relación con el asesinato; quizás fuera donde el criminal envolvió el cuerpo. Y así mismo se lo comentó al agente.

Cuando llegaron a las orillas del lago, este se escondía bajo una espesa capa de niebla que no dejaba ver el sol en el cielo. Sin separarse unos de otros, pasaron por debajo de las cintas policiales que acordonaban la zona y Svenson guió a Erik y los demás agentes hacia donde descansaban los sacos de residuos que llevaban seis meses esperando a que el camión los llevara al vertedero.

Tras tres horas de ardua búsqueda uno de los agentes gritó:

– ¡Señor, creo que la he encontrado!

– ¿Es esta la pieza de la que hablaba? – le preguntó Erik acercándole la tela.

– Creo recordar que sí- respondió Svenson-. Bueno, estonces estaba mojada y tenía más peso. Pero sí. Es esa misma.

– Bien, agente Borj, traiga aquí una bolsa de plástico y llévela corriendo a los analistas. A ver si esto nos da por fin una pista y acabamos con esto.

La mañana del jueves de la tercera semana después de aquello, unos hombres bien vestidos se presentaron ante la puerta de Svenson. Preguntaban por el hombre que había encontrado al muerto del lago. Svenson los hizo pasar y escuchó atentamente todo lo que le tenían que contarle aunque, realmente, no podía dar crédito a lo que escuchaba. Se había analizado la tela y era muy vieja, tan vieja como el pueblo. Le habían practicado no sé que prueba del carbono para la datación y su edad era de dos mil cien años. Parecía increíble pero era cierto. Viendo los sorprendentes resultados analizaron del mismo modo el cuerpo, y encontraron que era del periodo de la edad del hierro. Concretamente tenía una antigüedad de dos mil cuatrocientos años. Aún así, la tela y el cuerpo se llevaban tres siglos de diferencia, lo que les daba por pensar que todo el fondo del lago estaría infestado de otros ropajes y otros muertos.

Svenson no entendió aquello, ni porqué ese cadáver se había mantenido perfecto.

– Eso es por la composición ácida de las aguas del lago, donde la reacción química del musgo esphagnum al descomponerse hace que actúe como un conservante, -le dijo uno de esos señores impecablemente vestidos de negro-. De la misma forma que ha estado convirtiendo los restos vegetales en turba y hulla, han mantenido el cadáver incorrupto, aunque aplastado, por el peso del lodo del lago. Este, en su momento actuó como arenas movedizas que engulleron el cuerpo y lo conservaron a través del tiempo. ¿Lo entiende ahora, señor Svenson?

– Así que ¿han venido ustedes de la capital para contarme solo eso?

– No exactamente –le respondió el mismo- Venimos a comunicarle tres cosas. La primera es que todas las gentes de Tollund pueden estar tranquilas de nuevo, porque no hay ningún asesino suelto. Al menos en el tiempo actual. Si lo hubo, hace miles de años que anda muerto. Las autoridades ya están cerrando el caso, aunque este sea el más extraño en el que la policía danesa haya intervenido, porque aunque exista el cuerpo de un ahorcado, y haya constancia de que ha habido un delito de asesinato, no se puede llevar a juicio.

– ¿Y las otras?

– La segunda es que ya podrán todos ustedes a volver a sus trabajos en cuanto la empresa de extracción se ponga en marcha de nuevo, aunque tendrán que hacerlo con una condición que les marcará su capataz pero que yo le adelanto: deberán fijarse y tener cuidado por si encuentran otros cuerpos y, en ese caso, comunicárnoslo directa e inmediatamente.

– ¿Y ustedes son?

– El centro de recuperación y clasificación histórica. Pero no se preocupe, que ya le hemos dado todas las instrucciones a su superior.

– ¿Y entonces, porqué hablan conmigo?

– Porque usted, amigo mío, y esta es la tercera noticia, ha dado sin querer con un descubrimiento arqueológico de vital importancia. Así que, como manda la tradición, tiene usted el derecho de ponerle un nombre a su hallazgo. Piense que por ese nombre se le conocerá para toda la posteridad y, tan pronto como acabemos con todos los análisis que precisamos para nuestro estudio, el cuerpo permanecerá expuesto en el museo Silkeborg.

– Pues entonces, que se llame el hombre de Tollund, por toda la revuelta que ha armado en el pueblo durante los últimos meses.

– Si ese es el nombre escogido, de acuerdo.

En ese preciso día de verano del año 1957, el pequeño pueblo de Tollund ganó dos habitantes. Uno de ellos llegó a ser tan famoso que su nombre recorrería los dos hemisferios, aunque su cuerpo muerto permanecería por siempre bajo una urna de cristal en la sala de un museo. Era “El hombre de Tollund” una momia de los pantanos daneses descubierta por un turbero.

Y el otro, mucho más anónimo, sería el agente Erik Dansen, que se quedaría a pasar el resto de sus días en aquel pueblo.

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Comments
4 Responses to “EL hombre de Tollund.”
  1. olgabesoli dice:

    Ya estamos otra vez y, bueno… para todos aquellos incrédulos que piensen que esto nunca podría suceder, les animo a que pongan en el google el título de este relato… a ver que ocurre.

    Verónica, Jordi: Gracias. Vuestras ideas como vuestras ilustraciones siempre son geniales. Siempre es un placer trabajar con vosotros.

  2. Gracias chicos!! A final a quedado genial el relato. Lo que no entiendo es porque mi ilustración aparece con los colores alterados xD, un misterio. De todas formas subi la ilustración en mi blog http://vekfly.blogspot.com para que se viera como es realmente, supongo que serán los formatos de la página. Ha sido un placer volver a coincidir con vosotros ^^

  3. Jordi Ponce dice:

    Gracias Olga, como siempre trabajar contigo es un gustazo!!! la próxima convocatoria no estare, espero que para la siguiente pueda, temas de trabajo.

  4. Estupendo relato Olga, y sorprendente!! me picaba la curiosidad por tu comentario y ahora ue lo he leído me parece increíble. Has sabido recrear la historia a la perfección, muy bien narrado.
    Y de las ilustraciones decir que me encantan las dos, cada una con su estilo, se ajustan muy bien al relato. Las dos son muy buenas.
    Buen trabajo.

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