Nuevo caso para Anselmo Guijarro.

Autor: Ricardo González Filgueira

Ilustradoras: Marta HerguedasLaura López

Género: Relato corto

Este relato es propiedad de Ricardo González Filgueira, y sus ilustraciónes son propiedad de Marta Herguedas y Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nuevo caso para Anselmo Guijarro.

Leí una vez en cierto libro que la casualidad no existe. O tal vez me lo dijo alguien, no lo sé. Supongo que lo que trataban de decirme es que cada uno es dueño de su propio destino. Tengo mis serias dudas. O quizás no.

Ernesto Cantimpalo era un tipo alto, flaco, con nariz aguileña. Tenía la calva más reluciente que yo haya visto nunca y usaba unas gafas de montura cara. Ya le conocía de trabajos anteriores. De hecho siempre me encargaba lo mismo. Vino a verme una tarde gris, y me pilló mirando cosas en internet que no os confesaré. Supongo que estaría mejor ocupándome y preocupándome de aquel montón de facturas que se acumulaban encima de mi mesa desordenada, pero lo cierto es que no me apetecía en aquel momento. Minimicé la pantalla.

– Quiero que vigile a mi mujer. Necesito saber si me está siendo infiel

– Lo hemos hecho en otras ocasiones y el resultado siempre ha sido negativo.

– Insisto en que la investigue de nuevo.

Le expuse mis tarifas y mis condiciones, y recabé cuanta información necesitaba acerca de mi objetivo. Más bien poca cosa, pues ya digo que el trabajo no era nuevo para mí. Me aseguró que el dinero no sería un problema. Quedé en llamarle a medida que fuera obteniendo algo.

Laura  del Soto Harrington era una atractiva mujer que atravesaba la cincuentena, toda ella curvas y elegancia. Primera clase, una real hembra dotada de glamour y magnetismo. Al menos a mí me atrapó desde el primer día en que comencé a seguir sus pasos. Y de eso hacía ya tiempo. Me turné con Lorena para vigilarla y aposté a Sebas frente a su domicilio habitual, un suntuoso y aislado chalet en la Sierra.  Debía tomar nota de sus visitas durante el poco tiempo que mi cliente no estaba allí con ella.

Nada. Compras, peluquería, visita a exposiciones de arte. Un café con su hermana o con alguna amiga. Casi todas las tardes visitaba a su madre en una lujosa residencia de ancianos.

 En una ocasión Lorena la siguió en su visita a un Spa. Se limitó a relajarse de piscina en piscina. Le pregunté por su aspecto en ropa de baño. Me dijo que la había observado incluso en el vestuario.

–          Jefe, no es una talla 36, pero te aseguro que podría volver loco a cualquier hombre al que le gusten un poco jamonas.

Tampoco aquello era nuevo para mí. No había mucho más que indagar.

Tres semanas me parecieron un tiempo prudencial, y un lunes por la mañana cité nuevamente en la oficina a mi cliente. Insistió en vernos en otro sitio y me invitó a comer a Jarvey´s

– Recuerde llevar corbata- me dijo antes de colgar. No hacía falta. Uno puede no ser un exquisito frecuentador de esa clase de lugares, pero tiene su mundo.

El tugurio en cuestión no estaba mal, y la comida no desmerecía. Langosta y Roast Beef.  Dos botellas de vino, blanco con el primero y tinto para el segundo. Que no bajaban de sesenta floros cada una. No quiso que le adelantara nada. Me habló de cosas sin relación con el asunto, irrelevantes por completo. Pero que me dieron muchas pistas para entender quien era Ernesto Cantimpalo.

Tras el postre pasamos a un pequeño salón privado y nos arrellanamos en unos butacones de piel. Sin necesidad de decirle nada, un camarero le sirvió un cognac de nombre francés que yo nunca había oído. Pedí  bourbon sin hielo. Me trajo un Meedley´s doce años y luego cerró la puerta tras de sí dejándonos solos.

Mi cliente encendió un habano

– Puede usted fumar, Guijarro. Aquí no rige la ley antitabaco- exhaló una bocanada de humo- y bien, cuénteme qué ha averiguado.

Encendí un cigarrillo y luego le expuse lo que había. Nada, al igual que las otras veces. No pareció sorprendido, más bien contrariado. Meditó unos instantes y me apuntó con el puro.

– Guijarro, sé que usted tiene sus contactos. Necesito que alguien haga cierto trabajo. Cobrará mucho dinero por ello y usted también por buscar a la persona adecuada – dio una larga chupada al habano y entornó los ojos- le diré lo que debe hacerse…

Mentiría si dijera que me sorprendió. Es algo más usual de lo que se piensa. Un tipo se casa con una mujer atractiva y rica por herencia. Adquiere una posición y un tren de vida con el que nunca había soñado. O sí.  Descorchar el champagne en vez de ver cómo se le han terminado las burbujas es el sueño de casi todos. Pero hay hombres y mujeres para quienes perseguir ese sueño es lo único que da sentido a la vida. Como un perro tras una liebre. Ya sea con la locura de un galgo o con la tenacidad de un sabueso. Muchos lo consiguen. E incluso algunos, una vez lo han alcanzado, no saben pararse ahí.


Ilustración de Laura López

No me lo dijo, pero conozco esa historia. Vieja como el mundo, aunque ahora lo llamen la crisis de los cuarenta, o de los cincuenta. O el último tren, o el derecho a ser feliz, o como se quiera. Al descubrimiento de la grasa abdominal y la alopecia le sigue el vértigo del tiempo ido, que da paso al deseo irrefrenable de rejuvenecer. Y siempre hay otra mujer dispuesta a poner su juventud y su turgencia al servicio de su propio sueño. El hombre tiene la edad de la mujer que ama, piensa Romeo, y además se lo cree. En esta tesitura la legítima, que primero fue el trampolín, ahora estorba. Si no se puede plantear un divorcio ventajoso se decide eliminarla para disfrutar de la lozanía sin renunciar al dinero. Y ahí entraba yo. Debía buscar y contratar la mano ejecutora, por supuesto a cambio de una cantidad jugosa.

 El matrimonio no tenía hijos. El personal de servicio abandonaba la casa a media tarde, cuando solía llegar mi cliente de su partida de golf vespertina. La mujer siempre llegaba en su coche un poco más tarde, tras visitar a su madre. Los días de semana cenaban juntos y solos. Pero aquel viernes había una entrega de trofeos y una cena solo para hombres en el Club de Golf. Ella estaría sola en casa y mi cliente rodeado de amigos con una inmejorable coartada. Debía parecer un robo con violencia. El asesino entraría en el chalet y obligaría a la mujer a abrirle la caja fuerte antes de eliminarla. El sabría cómo hacerlo. En el interior hallaría una suma importante, su pago como sicario. Un trabajo para un profesional que debía desaparecer sin dejar rastro. Sin errores.

La simple revelación de aquellos planes era de por sí una encerrona de la que yo no podía evadirme sin consecuencias. Negarme al encargo y salir de allí sabiendo todo aquello me convertía en una bomba de relojería, un peligro que sería prioritario eliminar.

Apuré el bourbon y acepté el trabajo.

El miércoles llamé a mi cliente.

– Todo está dispuesto. Tan solo una cosa. Mi parte debe ser entregada mañana por la mañana o todo será abortado

– ¿Porqué?

– Nuestro hombre me conoce a mí, pero no me relaciona con usted. Si algo sale mal, más vale que yo me quite de la circulación cuanto antes y con los riñones cubiertos. De lo contrario peligro yo y también usted. Es mi última palabra. O se hace así o no se hará- se hizo un largo silencio al otro lado de la línea.

– Está bien, Guijarro, así se hará. Pero no me la intente jugar. Tengo medios para hacerle encontrar y devolverme esa cantidad con unos intereses que pueden ser muy dolorosos.- el tipo comenzaba a mostrar su verdadera cara.

– Descuide, no hará ninguna falta. Todo saldrá bien. Es una simple precaución.

A la mañana siguiente recibí un paquete por mensajería. Dentro de una inocente caja de bombones, estaba todo el dinero. Llamé a Sebas:

– Tengo trabajo para ti esta tarde.

– Bien, jefe

Al atardecer del jueves Sebas aflojó las bombillas de las luces de freno de su coche y siguió discretamente a la mujer en su recorrido de vuelta a casa. Tras tomar la carretera comarcal la rebasó en una recta y se colocó por delante. Entonces, justo antes de entrar en una rotonda, Sebas frenó con toda la brusquedad de la que fue capaz. Ella no pudo reaccionar a tiempo y se le echó encima sin remedio.

Sebas llamó a la Guardia Civil de Tráfico. Llegaron dos motoristas. Luego un furgón de atestados y una ambulancia, que se los llevó a los dos. A Sebas le hicieron una radiografía de la zona cervical y a ella la atendieron de las quemaduras en manos y rostro producidas por el airbag.

No consiguió hablar con su marido por más que lo intentó. Fue su hermana quien acudió a buscarla y se la llevó a casa ya de madrugada. Al llegar sufrió una crisis de histeria.

Según recogió el sumario, el cadáver presentaba tres impactos de bala. El primero fué en la rodilla. Seguramente se hizo para conminar al hombre a que condujera al ladrón hasta el lugar donde guardaba el dinero y le abriera la caja fuerte. Los otros dos, en el pecho y en la frente. Se utilizó un revolver, con lo que no aparecieron casquillos de bala que permitieran seguir el rastro del arma. Ni huellas ni otro tipo de pistas. Todo tenía el sello de un profesional. Por supuesto, la policía interrogó a la esposa, que nada les pudo decir porque nada sabía. Había escapado de morir junto a su marido de forma milagrosa, a causa de un  accidente de tráfico.

Han pasado unos meses desde todo aquello y Sebas ya no lleva el collarín. De Miroslav no volví a tener noticia alguna, cosa que me alegra.  Es peligroso, una mala bestia sin piedad ni remordimientos, a quien le da igual un jueves que un viernes y un hombre que una mujer. Pero no tiene un pelo de tonto. Puso tierra de por medio y es seguro que no piensa volver.

En cuanto a mí, las facturas de encima de mi mesa desaparecieron, y con ellas muchas de mis preocupaciones. La verdad es que no voy mucho por la oficina últimamente. Me planteo dejar que Sebas y Lorena sigan llevando la agencia solos. Yo estoy muy ocupado. Mantengo un apasionado idilio con una viuda, toda ella curvas y elegancia. Una real hembra dotada de glamour y magnetismo. Nuestro romance arranca ya desde los primeros tiempos en que su difunto esposo me encargara seguirla. Y desde que ella ha enviudado podemos permitirnos pasar más tiempo juntos. Me desvivo por procurarle mis más solícitos cuidados.

Además, me he empeñado en mejorar mi handicap.


Ilustración de Marta Herguedas

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Comments
4 Responses to “Nuevo caso para Anselmo Guijarro.”
  1. INMA OSTOS dice:

    Muy bueno, me ha mantenido intrigada hasta el final.¡que sinvergüenza el detective,seguro que desde que la vio lo tenia todo planeado! Por cierto Laura,ya sabes lo que pienso de tus ilustraciones así que no voy a gastar saliva,eres un genio,y me sorprende que aunque los relatos sean diferentes incluso a tu estilo ,siempre sabes como hacer que encaje en el mundo del escritor y además que se vislumbre claramente tu marca. un abrazo a losados. ¡Buen equipo!

  2. aurinlopez dice:

    Muchas gracias Inma, luego te pago, jejejejeje TU SI QUE VALES !!

    • Ricardo González dice:

      Muchas gracias a mis dos ilustradoras. Es la primera vez que veo un texto mío ilustrado y me ha gustado y hecho ilusión. Y repito el agradecimiento para Laura y su paciencia para enseñar al que no sabe.
      Inma, Anselmo Guijarro es un tanto cínico y un poco desastre y bala perdida. Juerguista y mujeriego, anda siempre a salto de mata. Así queda reflejado en algún otro relato que ha protagonizado. Pero el auténtico sinvergüenza era el marido…

  3. Roberto dice:

    Muy bueno, Ricardo, al más puro estilo Mike “tomaré nota” Hammer, o al de Luz de Luna Willis. ¡Madre mía, qué mayor soy!

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