Paciencia: voy a cargarme a mi marido.

Autora: Paloma Muñoz

Ilustrador: Daniel Camargo

Género: Relato de humor negro

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz, y su ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Paciencia: voy a cargarme a mi marido.

Cometer el crimen perfecto puede ser fácil. Pero para poder tener éxito hay que ser paciente y no tener prisa alguna.

Me llamo Celia y voy a contar la experiencia más alucinante y gratificante que he tenido en mi vida – a parte de mi intensa relación con mi amante- que fue cargarme a mi marido.

Quería cargármelo porque era insoportable.

Era un pelmazo, un aburrido y un cretino que no pensaba más que en el puñetero fútbol, sus amigotes,  sus cervezas,  sus chistes guarros y su conversación poco ingeniosa.

Un día conocí al verdadero hombre de mi vida y fue por pura casualidad porque  nos golpeamos la frente cuando fui a coger el bolígrafo que se me había caído al suelo y se agachó caballerosamente para recogerlo.

Acababa de sentarse al lado y el choque fue involuntario. Cuando le vi  aquellos ojos tan increíblemente azules, en ese momento, en ese preciso momento, decidí matar a mi marido.

Me sonrió y se disculpó. Yo me puse nerviosa. Le sonreí y también le pedí disculpas. Poseía una voz dulce y una sonrisa encantadora. Instintivamente intenté tapar mi anillo de casada. No sé si se dio cuenta.

Mi atractivo compañero de seminario se llamaba Damon y nos presentamos mientras nos reponíamos del coscorrón que nos dimos. Nos  sonreímos al mismo tiempo y yo comencé a sentir un sospechoso hormigueo por las piernas y un poco más arriba.

Después, durante toda esa tarde que duró el seminario de historia  en el que se analizaba la civilización persa y que se titulaba Persia: El esplendor y el lujo oriental,   intercambiamos opiniones sobre los temas que exponían los expertos y en el descanso, fuimos  a tomarnos unos cafés.

Mientras lo miraba, lo escuchaba y lo estudiaba, estaba ideando la forma del deshacerme del plasta repugnante de mi marido.

Por supuesto que quedamos a la salida para  tomarnos una copita. Lo cierto es que lo necesitábamos tanto él como yo porque el seminario había sido muy intenso y muy provechoso debido a las magníficas preguntas y contestaciones que se hicieron en el debate posterior.

El corazón me latía desenfrenado. No sabía qué hacer para calmarme, así que procuré atender a las explicaciones de un experto en arte persa que contaba cosas maravillosas sobre las alfombras y los gatos persas a modo de anécdota.

Damon -yo sabía que a él le ocurría lo mismo-  intentaba atender a lo que se decía en la sala, pero de vez en cuando yo  veía de reojo cómo se daba suaves golpecitos en la rodilla con aquellos largos dedos. Estaba un pelín nervioso.

No llevaba anillo de casado, pero claro eso no significaba nada porque yo estaba casada, lo llevaba y me había quedado completamente impresionada  por él.

Además -y lo digo con todas las de la ley-  me dediqué a evocar aquellas historias y escenas de películas en las que la mujer mata al marido y se sale con la suya.

También me acordé de un truculento cómic en el cual la protagonista, una mujer guapa, se deshacía del asqueroso marido que tenía, troceándolo en la bañera y después quemaba los miembros cercenados en un gran horno.

Cuando nos despedimos, nos pusimos de acuerdo para  vernos en el próximo seminario que se trataba de El arte, la ciencia, la poesía y la música en la Persia Aqueménida.

No cabe duda de que tanto a Damon como a mí nos ponían mucho los asuntos persas.

De repente me puse a pensar en la reencarnación y me dio por imaginarme como una chica del harén de Jerjes I de la que el rey no tenía ni idea de que existiera.

Todo hay que decirlo: el rey Jerjes de Persia poseía en mi imaginación el rostro y la traza del actor británico Luke Goss en la película “Una noche con  el rey” y, claro, así era muy fácil reencarnarse en una muchacha que -se supone-  iba a ser muy afortunada cuando el rey le echara la fiera vista y le pusiera sus reales zarpas encima.

En ese sentido: creía en la reencarnación.

Pero volvamos a la realidad, y la realidad más inmediata era librarme de mi marido.

Durante bastante tiempo  estuve pensando seriamente en la forma de hacerlo sin dejar rastro.

No paraba de reproducir en mi mente las escenas del comic aquel en el que la mujer le clava un cortaúñas  -¿o una lima?- en un ojo al impresentable de su marido mientras ella está en la bañera y  él la observa importunándola, entonces, la chica muy cabreada, agarra el cortaúñas o la lima y se lo clava. El tipo se tambalea, golpeándose  la nuca contra el borde de una mesita o del bidé, de tal forma, que el hombre se queda tieso al instante.

Desesperada,  no sabe qué hacer hasta que de repente se le ocurre trocearlo con la sierra  eléctrica que tiene guardada en el cuarto de las herramientas.

Demasiado ruidoso, demasiado asqueroso, pero efectivo.

Sí, muy efectivo porque no quedaría ni una pizquita  del cuerpo  si me decidía por ese método, a golpe de sierra y si encima para llevar mejor el ritmo, ponía una música acorde con la acción que llevaba a cabo, como por ejemplo una marcha militar, mejor que mejor.

El horno era la salvación. Sería mi salvación. Ya se sabe: el fuego que todo lo devora y todo lo consume.

“Cenizas a las cenizas” y “polvo eres y en polvo te convertirás” y esas cosas.

Después mucho plástico, bayeta, agua, desinfectante y paciencia, mucha paciencia.

Pero lo cierto es que no sabía cómo iba a salir bien del atolladero.

Suspiré pensando en Damon. ¡Pobre hombre! No tenía ni idea de lo que yo iba a hacer. Tampoco sabía que estaba casada. Se lo había ocultado. Tal vez por la acuciante necesidad de liarme con él lo antes posible.

Busqué aquel comic. No recordaba el título, ni el autor, ni la editorial, ni nada.  Como estaba dándole vueltas a lo de la bañera, pensé en meter un aparato eléctrico en el agua para que  mi marido se quedara achicharrado mientras se daba un relajante baño, un sábado por la noche cuando muchos vecinos se van a cenar y no hay nadie que llame  para estropearte el pasodoble.

-¡Oh qué accidente más terrible señor inspector! ¡Se enredó con el cable de la radio y se le cayó encima mientras se enjabonaba! ¡Glubssssssss! ¡Buaaaaaaaaaaa!-

También contemplé la posibilidad de darle matarile con un eficaz veneno, de esos que a veces aparecen en las historias de Hercules Poirot. Un veneno  que no deja rastro.

Pero era consciente de que planear el crimen perfecto era un proceso lento y que, una vez que inicias el camino, no puedes volverte atrás.

Sí, para mí, lo importante era deshacerme del cuerpo y,  en vez de fuego podría utilizar un buen balde o un cubo grande lleno de ácido. El ácido lo corroe todo, se lo come todo y no deja ni una uña,  aunque tendría que hacerme con una buena cantidad para meter su cuerpo  y eso podría ser muy peligroso; mientras que descuartizarlo era -o me parecía- menos complicado, y quemarlo después me garantizaba que no saldría lesionada.

No tardé mucho en caer rendida en los brazos de Damon.

Nunca en mi vida me he sentido tan feliz. Damon me daba todo lo que una mujer puede desear en un hombre: amor, pasión, lujuria, ternura, comprensión, diversión, complicidad, protección,  y viví  mi aventura amorosa con una ilusión y una intensidad tal que a veces se me olvidaba que tenía que matar a mi marido.

No sé si alguna vez él llegó a pensar el muy estúpido, que yo estaba viéndome con otro.

No sé si llegó a sospechar algo. Probablemente él había tonteado con alguna  por ahí. Lo cierto es que no me importaba lo más mínimo porque mi único deseo era quitármelo de la vista lo antes posible y para siempre y así poder vivir mi amor a tope con Damon.

Lo cierto es que tuve suerte. Sí, lo admito. Suerte porque cuando le dije a Damon que tenía un marido repelente al que odiaba con todas mis fuerzas,  se quedó de piedra y me preguntó por qué no me había separado de él. Yo le contesté, algo triste y con resignación,  que esas cosas pasan a menudo. Terminas por tener una tirria mortal a alguien que comparte su vida -se supone que lo hace- contigo, pero luego todo resulta tan aburrido y odioso a la vez que ni siquiera te planteas abandonarlo  e intentar comenzar de nuevo para poder llevar una vida más agradable.

Todo acaba en inercia y también acaba por inercia y esa inercia y la aparición de un hombre maravilloso, hicieron que me decidiera a cometer un acto brutal contra un ser humano, aunque  me costara reconocer que el hombre con el que me había casado perteneciera a esa categoría.

Venenos, electrocución, descuartizamientos, cubos con ácido, hornos crematorios. Parecía el catálogo del museo de los horrores.

 Damon  me notaba inquieta y, aunque entre sus brazos me quedaba dormida plácidamente, él percibía que me ocurría algo, pero cómo le iba a soltar:

– Cariño, he decidido matar al capullo de mi marido. Así podremos estar juntos  para siempre. Forever and ever.-

He meditado mucho sobre esto. Mucho, mucho, de verdad, y al final no me atreví a matar a mi marido. No tuve valor. No fui capaz.

Así que, como quién no quiere la cosa, me lié la manta a la cabeza y pensé:- “¡Bueno que salga el sol por Antequera!”-

De modo que un buen día cuando tenía a mi marido frente al televisor con los calcetines quitados y sudados, tirados de cualquier manera sobre el sofá, las patatas fritas manchando la tapicería, las colillas de los cigarrillos sobre la mesita, las latas de cervezas esparcidas y arrugadas  sobre la alfombra, con el volumen de la tele puesto a tope, esperando para ver el partido de fútbol en el que su equipo del alma se jugaba pasar a los cuartos de final de la Gran Copa, le dije:

-Tengo un amante. Lo tengo desde hace algún tiempo. Estoy loca por él y me voy a ir con él. Haz lo que te dé la gana. Quédate con la puñetera casa. Quédate con todo. No quiero nada. Sólo estar con él y vivir mi vida lejos de ti y de todo el mugriento y cutre mundo que representas para mí. ¡Vete a la mierda, mamón!-

Mi marido se quedó con la boca abierta, mirándome con cara de alucinado. Las patatas le caían por la boca y en una mano sujetaba el mando de la tele y en el otro una patata frita gorda y redonda.

Entonces comenzó a reírse como un poseso.

-¿Qué tienes un amante y te vas a ir con él? ¡Jajajajaaaaaaaaaa! ¡Nena!, ¿es que estás ensayando una obra teatro? ¿Me tomas el pelo o qué?-

-¿Qué te tomo el pelo? ¡Damon, ven, amor mío!- Chasqué los dedos

 Damon apareció tras de mí y me rodeó con los brazos, me besó  el cuello y me  apretó la cintura contra su cadera.

Mi marido abrió los ojos como si viera una aparición.

-No es una broma.- dijo Damon con un tono de voz bajo y envolvente.

-Ya lo ves. No es ninguna broma. Pensaba matarte, trocearte, hacerte desaparecer  con ácido, tirar tu radio encendida a la bañera para que te frieras o inyectarte algún veneno. Pero son demasiadas molestias.


Ilustración de Daniel Camargo

Mi marido intentó levantarse pero no pudo. De repente se echó las manos a la garganta. Parecía que no podía respirar. Me pregunté si le había dado un ataque cardíaco.  Comenzó a toser, a ponerse rojo, muy rojo. Se le desorbitaron los ojos, lanzó varios bufidos seguidos y se derrumbó en el sofá.

Estaba muerto: se había atragantado con una patata frita.

Ya veis.  Después de comerme tanto la cabeza pensando en la forma de matarlo, el muy subnormal  la palma por una patata frita.

Por fin me cargué a mi marido… involuntariamente.

El crimen perfecto. Mi crimen perfecto.

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Comments
8 Responses to “Paciencia: voy a cargarme a mi marido.”
  1. Mariola dice:

    Yo es que lo de la patata frita no lo supero… JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! Qué buen rato, guapa! Entre Jerjes, el amante lukegossiano y ese marido perro, menudo desparrame! Y qué buen reflejo de todo en la ilustración de Camargo!
    Enhorabuena a los dos. 😉

  2. INMA OSTOS dice:

    je,je,je.. ¡me encanta! ha sido muy divertido y creo que a muchas también les ha pasado por la cabeza, si no a las propias mujeres a las amigas de esta. Yo te pongo un 11, y la ilustración me encanta por que solo con verla te puedes imaginar de que irá el relato y te engancha. Un abrazo al equipo.

  3. PALOMA ÑUÑOZ dice:

    Muchas gracias por vuestros comentarios. Lo principal es divertirse y tomar las cosas con humor, aunque se trate de humor negro. Gracias a Mariola y a Inma. Y gracias por supuesto a Daniel. tu ilustración es alucinante y mola cantidad. Besos

  4. pilar dice:

    amiga que suerte la tuya te envidio

  5. Paloma Muñoz dice:

    Mariola, disculpa por no haber puesto en el relato tu nombre como correctora. He vuelto a leer la historia de Celia, Damon y el marido asqueroso yh me he descojonado en tres tiempo. ¡¡¡Jajajaja!!11 Es que veo escena por escena. deberían hacer una peli de la historia. Seria un descojone.

  6. miri dice:

    Jajajajaja muy divertida la historia hubo un tiempo q asi estube yo asta q me desise de el pero no asi jajajaja le pedi el divorcio y adios chico aburrido

  7. petraperez dice:

    Dichosa que no tenias hijos. mi hijo ama a su padre y yo lo detesto…

  8. Mai dice:

    Un final inesperado. Me gustó.

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