ANNIHILATION.

Autor@:  Paloma Muñoz

Ilustrador@:   Jesús Rodríguez

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Relato

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz, y su ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez . Quedan reservados todos los derechos de autor.

ANNIHILATION.

El doctor Luke Gross estaba sentado frente a su gran mesa de despacho sosteniendo entre las manos una revista: el primer número de la nueva publicación científica, Amazing Century.

            Sus manos  de dedos largos y delgados apretaban con firmeza la revista y la expresión de su rostro era seria y concentrada. Poseía unos ojos intensamente azules que denotaban una clara mirada de preocupación.

            Al parecer, el descubrimiento de un asteroide procedente de la lejana galaxia Alfa Centauro había levantado una ola de expectación entre la comunidad científica por su enorme tamaño y, según los primeros resultados de las investigaciones, el asteroide se dirigía a la Tierra.

            Los medios de comunicación —siempre tan ocurrentes y sin ningún interés alarmista— habían bautizado la gigantesca roca como Annihilation y, aunque un sesudo grupo de científicos compuesto por el propio doctor Gross y otros colegas matemáticos, astrofísicos, geólogos  y astrónomos habían lanzado un comunicado a nivel mundial  para que no cundiera el pánico, las reacciones del público y la prensa no se habían hecho esperar.

            En la Agencia Interespacial de la Organización de Naciones Terrestres (T.N.O), había un gran movimiento de gente que trabajaba sin apenas descanso para determinar el alcance de ese asteroide, que podría chocar contra la Tierra y hacerla desaparecer en miles de millones de fragmentos en el espacio.

            El doctor Gross leía con atención los artículos publicados  cuando oyó el sonido de su móvil. Era su mujer, Dove White Gross, que lo llamaba para recordarle que tenían un almuerzo.

            La señora Gross no tenía nada que ver con la importante ocupación de su marido como científico jefe de la División de Amenazas Interestelares de la Agencia Interespacial, ya que se dedicaba al diseño y decoración de escaparates. Es decir, era escaparatista, una profesión que le encantaba. La señora Gross siempre tenía presente que «un escaparate debe contar una historia al público que se acerca para contemplarlo».

Cuando el doctor Gross se puso el móvil pegado a la oreja, escuchó la sensual voz de su mujer.

            —Hola, cariño. Ya sabes que nos vemos en La Flor de Cactus, ese restaurante de comida mejicana que tanto te gusta. No tardes, mi amor. Tengo hambre.

            —Procuraré llegar a la hora, cielo. Nos vemos. Un beso.

            Gross sonrió. Sin embargo, el nombre del restaurante mejicano le había hecho recordar algo terrible que le sucedió unos años atrás: un grupo terrorista lo secuestró y lo dejó atado y desnudo a un cactus. Esa terrible experiencia lo había traumatizado y, atendiendo a las recomendaciones de los psiquiatras que lo habían tratado, el doctor Gross debía enfrentarse psicológica y anímicamente a esos aciagos momentos en los que recordaba el sudor de todo su cuerpo a causa del horrible calor y del implacable sol del desierto de Mojave, que se mezclaba con la sangre de las heridas abiertas producidas por los espantosos pinchos del cactus gigante; y lo más estremecedor, la tremenda sed que sintió.

            Por lo tanto, el hecho de ir con su mujer a almorzar a una cantina mejicana cuyo nombre le recordaba lo sucedido, era para él una  especie de terapia de choque que podría hacer que sus pesadillas se vieran disminuidas o desaparecieran para siempre. Y la terapia parecía funcionar porque una cosa no quitaba la otra y la comida que ofrecían en La Flor de Cactus era impresionantemente buena.

            Luke Gross llegó con puntualidad británica al restaurante —no en vano era londinense— y su esposa lo esperaba con una preciosa sonrisa en los labios.  La señora Gross se ajustó sus modernas gafas a la nariz y le tendió las manos, Gross las apretó entre las suyas e inclinándose, la besó en los labios.

            —Vamos a pedir, Luke. Estoy hambrienta, cariño.

            El doctor Gross contempló con adoración a su mujer. Era muy feliz con ella. Se entendían muy bien y en la cama funcionaban estupendamente, además coincidían en cuestiones políticas, así que terminaron casándose. Lógico y normal.

            —Estoy muy preocupado, mi amor —dijo Gross a modo de confidencia a su mujer.

            —El asteroide —contestó certeramente la señora Gross.

            —Sí, cielo mío. El asteroide al que los patosos de la prensa han bautizado como Annihilation. Hay pruebas evidentes de que podría pasar muy cerca de la Tierra y eso causaría catástrofes en algunas partes del planeta.

            —¡Bueno, mientras no caiga aquí! —exclamó la señora Gross tan pancha.

            —¡Pero, Dove, no hablarás en serio! ¡Sería una gran catástrofe!

            En ese momento, un joven camarero mejicano con unas patillas alargadas que casi le llegaban a la boca, apareció sonriente y se dispuso a tomar nota.

            —¿Ya saben lo que van a tomar los señores?

            —Sí. Tomaremos una fajitas con gambas, una ensalada azteca, unos nachos y un arroz a la mexicana. —Gross cerró la carta y miró al camarero.

            —¿Y para beber?

            —Dos cervezas bien frías —dijo sonriente la señora Gross.

            Cuando el camarero se daba la vuelta mientras anotaba el pedido, Gross acarició el rostro de su mujer.

            —¿Has pensado alguna vez, mi amor, cómo te gustaría pasar el último día de tu vida,  “el día del fin del mundo”?

            —La verdad es que no se me ha ocurrido pensarlo nunca… hasta ahora. Pero en cualquier caso, me gustaría pasarlo a tu lado, muy pegadita a ti, cariño.

            Gross sonrió y pareció ilusionarse ante tan halagüeña perspectiva de pasar el último día de su vida junto a la mujer que amaba.

            —¿Recuerdas cuando me secuestraron? Entonces pensé que ese día era el último de mi existencia. Mi mente sólo reproducía tu imagen y aunque pasé una sed mortal con unas heridas que me escocían por todo el cuerpo, un dolor insoportable y una desesperación que estaba acabando conmigo, tu rostro, tu voz, tu sonrisa y tu amor me daban fuerzas para no rendirme y para seguir luchando por mi vida.

            Dove se acercó a su marido y le acarició el  cuello y las mejillas.

            —Te quiero, Luke, y nada en el mundo, ni siquiera ese maldito asteroide, podrá  cambiar lo que siento por ti, cariño.

            El camarero llegó con la primera ronda de platos. Los colocó sobre la mesa e hizo lo mismo con las cervezas. También trajo una jarra de agua fría que, aunque no la habían pedido, era costumbre del restaurante ofrecerla a los clientes. Después de servir los platos elegidos, sonrió a la pareja.

            —Buen provecho, señores —dijo en español.

            Gross contestó igualmente en español:

            —Muchas gracias. Es usted muy amable.

            —Estás preocupado, ¿verdad? —dijo la señora Gross.

            —Sí, cariño. Lo estoy, ya te lo he dicho antes. Estamos haciendo grandes esfuerzos para determinar con la mayor exactitud posible la trayectoria de la roca. Sólo queda rezar para los creyentes y, para los expertos, creer en la certeza de los cálculos sobre la trayectoria del asteroide y su desviación.

            Gross se tocó los gemelos de plata antes de comenzar a comer.

            Dove  suspiró:

            —¿Entonces es posible que el meteorito ese se desvíe?

            —No es un meteorito, cielo. Es un asteroide.

            —¿Y qué diferencia hay? —preguntó la señora Gross, evidentemente muy interesada.

            —Pues la diferencia fundamental es que un asteroide es una gran roca de un tamaño algo menor que un planeta y más grande que un meteorito, y los meteoritos son fragmentos de asteroides o de cometas.

            —¿Y qué es mejor que caiga sobre el planeta? ¿Un asteroide o un meteorito?

            —Preferiría que no cayera nada, pero puestos a elegir, es mejor que caiga un meteorito que un asteroide. El primero puede producir daños diversos pero el segundo puede arrasar el planeta.

            —¡Oh, Dios! —exclamó Dove —. Estoy segura de que el asteroide desviará su ruta y pasará de largo.

            —Eso esperamos todos,  cariño.  Anda, come.

            —¿Y qué efectos causaría un asteroide antes, durante y después de caer a la Tierra?

            —Mira, Dove, que estamos comiendo y quiero relajarme un poco, así que hazme el favor.

            La señora Gross comprendió que se estaba poniendo un poco pesada y optó por hacer caso a su paciente marido y seguir con la ensalada azteca, los nachos,  las fajitas y el arroz a la mexicana.

            —¡Qué rico está todo!, ¿verdad, Luke?

            Gross asintió emitiendo una especie de gruñido o maullido similar al de un gato. De repente le sonó el móvil.

            —¡Joder, no me dejan ni comer tranquilo!

            Gross frunció el entrecejo. Era un gesto que Dove conocía muy bien de su marido y eso evidenciaba un problema.

            —No podré quedarme contigo para tomarnos el café, mi amor. Tengo que regresar a la Agencia.

            —No te preocupes, cariño. Esta noche te prepararé un buen capuchino, espumoso, para que te relamas de gusto y quién sabe, si no estás muy cansado, podemos terminar la velada haciendo el amor frente a nuestra chimenea.

            Gross se mordió los labios y miró a su mujer con los penetrantes ojos azules. Acercándose a ella, le susurró al oído en voz baja:

            —Estoy deseando llegar a casa para tomarme ese capuchino. Sonrió con malicia y le guiñó el ojo.

            —Espero que no sea muy importante.

            —Lo es. Parece que hay nuevos datos acerca de la trayectoria del asteroide.

            Gross terminó uno de los platos y llamó al camarero para pedirle la cuenta.  A los pocos minutos, el camarero la trajo y Gross pagó con su tarjeta de crédito. Los gemelos de plata le relucieron al sol del mediodía.

            En la gran sala de control de la Agencia Interespacial, las pantallas iban suministrando datos acerca de la órbita del asteroide y también se seguían los movimientos de algunos meteoritos detectados en las últimas horas que, según los controladores, no parecían muy amenazadores.

            Gross se situó ante la pantalla principal y su ayudante, una mujer joven casi tan alta como él, de pelo largo, negro y ondulado, se colocó a su lado y le entregó una carpeta de color azul. El doctor Gross observaba al mismo tiempo la pantalla principal y las hojas del informe.

            —Parece que hay novedades —dijo dirigiéndose a su ayudante.

            —Así es, doctor Gross. Según los indicadores exteriores de las sondas de avistamiento emitidas por los satélites  Argos  y Vigilante,  la órbita del Annihilation se mantiene, pero se ha detectado una desviación en las últimas cuatro horas. Parece una desviación mínima pero ahí está.

            La ayudante señaló con su fino dedo rematado por una uña larga y roja hacia la gran pantalla, en concreto a las coordenadas que aparecían reflejadas, comprobándose efectivamente un cambio en las mismas.

            —Es una noticia tranquilizadora, Susan. ¡Ojalá que la trayectoria comience a desviarse en las siguientes horas!

            -¡Ojalá, doctor Gross! —Y lo miró con los ojos muy brillantes.

            Susan se fue a su puesto y Gross continuó de pie leyendo el informe y observado tanto la pantalla principal como las de los monitores.

            La doctora Marina Theodoridis, colega y amiga personal de Gross, apareció por detrás y le dio un toquecito en el hombro.

            —Hola, Marina. Por fin hay una buena noticia.

            —No te hagas excesivas ilusiones, Luke. Tú sabes como yo que puede haber una nueva desviación a lo largo del día o en los días siguientes, y seguir con la casi seguridad de tener la espada de Damocles sobre nuestras cabezas.

            —Confiemos en que las coordenadas se mantengan y que conforme vayan pasando las horas y el tiempo, la desviación en la trayectoria orbital  del asteroide —me niego a llamarlo Annihilation, ya sabes lo mal que me caen los periodistas—  se vaya alejando cada vez más de la Tierra.

            La doctora  Theodoridis sonrió y le arregló el nudo de la corbata.

            —Hablando de periodistas, nuestro enlace asesor con los medios está aquí. Tienes una rueda de prensa  exactamente… —Theodoridis miró su bonito reloj dorado de pulsera— dentro de una hora.

            El enlace asesor con la prensa era una mujer rubia de unos cuarenta y pocos años, más o menos de la edad de Gross. Era delgada y menuda, y de pequeña estatura, muy elegantemente vestida con traje de chaqueta gris perla y unos zapatos de tacón con plataforma.

            —Hola, doctor Gross. Creo que ya nos conocemos. Soy Evangelina  Morgan. —Le tendió la mano. Gross la estrechó despacio.

            —Sí, la recuerdo, pero hace tiempo que no la veía en el staff de la Agencia.

            —Sí, es cierto. Estuve ocupada con otros asuntos y ahora he regresado. ¿Comenzamos?

            Gross asintió un poco sorprendido. El enlace asesor con la prensa no perdía ni un minuto.

            —Mire, profesor Gross, ¿o prefiere que lo llame doctor? A mí me parece más interesante profesor.

            —Llámeme profesor o doctor. Me encuentro a gusto con cualquiera de los dos términos —sonrió él con los labios apretados.

            —Muy bien. Todo aclarado. Supongo que los periodistas acreditados  en esta rueda de prensa esperan claridad y contundencia a la hora de contestar a las preguntas, así que le sugiero que sea lo más breve posible ya que no disponemos de total seguridad en cuanto a la trayectoria del meteorito.

            —Asteroide, señorita Morgan.

            —Claro, asteroide. Disculpe. Estas son las preguntas más probables que le harán.

            Gross las leyó y asintió.

            —Supongo que alguno tendrá que romper el hielo con la cuestión de la supuesta destrucción de la Tierra, ¿no?

            —Por supuesto. Para eso están informando a través de la rueda de prensa. Pero no podemos permitirnos que nos pisen terreno. Hay que decir la verdad acerca de los últimos datos y ofrecer una imagen de seriedad, confianza y profesionalidad, pero al mismo tiempo dejando entrever que nada es definitivo… aún.

            —Entiendo. De acuerdo. Una pregunta: ¿voy a comparecer yo solo o estará conmigo algún otro colega o representante de la Agencia o de la T.N.O.?

            —Para apoyar sus declaraciones estarán un paso por detrás de usted la doctora Theodoridis y el señor Linnemayer, que es el supervisor jefe de la Agencia Internacional de Satélites Artificiales  I. A. A. S.

            —Muy bien. En estos casos, siempre me gusta saber a quién le doy la espalda. —Se rió y la señorita Morgan lo imitó.

            Antes de comenzar la rueda de prensa en la sala preparada para los eventos informativos, Gross llamó a su mujer para decirle que encendiera la tele, que iba a salir en el programa de noticias 24 Horas ofreciendo la rueda de prensa.

            —Claro que lo haré, cariño. ¡Siempre sales tan guapo en las ruedas de prensa! Procura que se te vean los gemelos, que los luces maravillosamente.

            —¡Eres increíble, mi vida! Hasta en momentos como estos en los que no sabemos aún si nos vamos a quedar aquí o nos vamos a ir a hacer puñetas, tienes sentido del humor.

            —¿Y de qué sirve amargarse antes de tiempo? Ya te dije que el asteroide iba a pasar de largo.

            El doctor Gross compareció ante los periodistas, acompañado por la doctora Theodoridis y por el señor Linnemayer después de ser presentados ante los medios por la profesional señorita Morgan.

            —Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos como científicos y al mismo tiempo estamos colaborando con las centrales espaciales y astrofísicas de todo el mundo, tanto en Europa como en China, en Australia, en Japón y en la Antártida. Por lo que estamos comprobando, es un hecho evidente que la trayectoria del asteroide puede verse desviada lo suficiente para no acercarse peligrosamente a nuestro planeta e incluso para evitar que algún trozo de roca que pueda desprenderse caiga sobre la Tierra.

            —¿De qué porcentaje de seguridad estamos hablando, doctor Gross?

            Era la pregunta de una periodista bastante cañera y pesada del  Global Gazette llamada Sheena Fox, que siempre iba por delante de lo que el informante iba a aclarar.

            —Estamos hablando, señorita Fox, de un porcentaje de aproximadamente un 70 por ciento, lo cual es bastante alto, muy alto para considerar que el asteroide no dañaría ni al planeta ni a su atmósfera.

            —¿Entonces por qué tanta alarma? Todo el mundo está muy preocupado y en todas partes hay una evidente psicosis de que se acerca el fin del mundo.

            —Yo creo que eso se lo tendría que preguntar a usted misma o a sus compañeros de profesión que han bautizado al asteroide con el poético y tranquilizador nombre de Annihilation.

            —Si eso ha sido de esa forma es porque ustedes los científicos han sido los primeros alarmistas y…

            Evangelina Morgan interrumpió a la periodista.

            —Bueno, señoras y señores, creo que debemos volver a la cuestión técnica, si les parece bien, y dejar al doctor Gross las explicaciones que sean más sencillas para que todos ustedes entiendan de qué se trata cuando se habla de órbitas de asteroides y coordenadas espacio-temporales. Siguiente pregunta.

            —Sí, por favor. Soy Christian Ronald, del Star News and Informations,  y  pregunto al doctor Gross si las últimas noticias sobre el asteroide  y su trayectoria pueden clarificar en qué parte del mundo se sentiría su paso cuando eso suceda.

            —Bueno, según los cálculos y las coordenadas que manejamos, el asteroide pasaría cerca del océano Pacífico, aunque a una distancia lo suficientemente amplia como para no producir apenas cambios en los cursos de las mareas y el oleaje.

            —Y si eso es así, ¿no se debería trasladar a la población de las costas del Pacífico aun sabiendo que no se provocarían inundaciones o tsunamis?

            —Estamos seguros de que, si se mantienen las mismas coordenadas y la medida matemática de la desviación continúa como hasta ahora, no será necesario ningún traslado de población.

            —Doctor Gross, a veces las matemáticas pueden fallar.

            El doctor Gross miró al periodista con una evidente cara de cabreo, pero como tenía que parecer y aparecer ante los medios, cordial y dispuesto a aclarar todas las dudas que surgieran durante la rueda de prensa, se tuvo que contener.

            -No las matemáticas y los cálculos que manejamos mi equipo y yo mismo. Bueno, señoras y señores, si no tienen más preguntas…

            -Aún no he terminado, doctor Gross.

            El periodista estaba de pie, muy tieso y rígido como un palo. Parecía que tenía muchas ganas de que todo el mundo lo viera perfectamente bien.

            —Adelante. —Intentó sonreír Gross.

            —Doctor, estamos hablando de fallos y está muy seguro de sus cálculos junto con su equipo, pero hace unos años usted sufrió una terrible experiencia cuando fue secuestrado por los terroristas  de  La Unión de los Musulmanes Anti Occidentales, Los Hijos de Alá. ¿Es posible pensar que su trabajo pueda verse afectado por tan tremenda circunstancia?

            La señorita Morgan se hizo con el micrófono aupándose un poco debido a su escasa estatura, y eso que llevaba unos tacones de plataformas descomunales.

            —Creo que nos estamos desviando del asunto. El doctor Gross está perfectamente  capacitado  para desarrollar su cometido con toda la profesionalidad y la fiabilidad que ha demostrado como director de la Agencia de Amenazas Interestelares. Sacar a relucir en esta sala la desgraciada circunstancia de su secuestro es, cuanto menos, inadmisible.

            —Gracias, señorita Morgan, pero voy a contestar al señor Ronald.

            Gross la miró y comprobó que le llegaba casi por el sobaco.

            —Mire, señor Ronald, efectivamente sufrí mucho durante mi secuestro y los psiquiatras me están tratando. Los resultados de los análisis y las pruebas a las que me someto son muy positivos, por no decir óptimos. Creo que desempeño mi función al cien por cien de mis capacidades, así que se lo repito: mi equipo y yo estamos sobradamente cualificados  para hacer nuestro trabajo con un margen de error mínimo.

            —Sí, pero existe el error mínimo. —El periodista seguía a lo suyo.

            Gross pasó de él olímpicamente.

            -Una última pregunta —solicitó Evangelina Morgan.

            -Sí, doctor Gross. —Era la voz de una mujer madura de cabello ondulado y canoso y grandes gafas con montura de concha—. Soy Helen Thatcher, del Sunday News, y me gustaría preguntar si el fin del mundo está próximo a juzgar por la posibilidad de que un asteroide o cuerpo astral se dirija hacia la Tierra no ahora, sino dentro de unos años, unas décadas o quizás el próximo siglo.

            La profundidad de la pregunta de la señorita Thatcher dejó un poco en suspenso la privilegiada mente del doctor Gross.

            -Señorita Thatcher, esa pregunta se la han hecho los científicos cientos y miles de veces, y no sólo los de ahora, sino los de hace cientos de años y los que están por venir, porque la Tierra aún tiene cuerda para rato. Así que, a lo mejor, lo que hay que plantearse es si la amenaza puede venir desde fuera o por el contrario desde el propio planeta si seguimos tratándolo como hasta ahora.

            Los comentarios sobre la declaración ecologista de Gross al finalizar la rueda de prensa continuaban en los corrillos entre los periodistas. Gross salió junto con Linnemayer y Theodoridis, precedidos por Evangelina Morgan, con una rotunda expresión de satisfacción porque Gross había conseguido plenamente los objetivos de la reunión informativa.

            El doctor Gross se sentía cansado y pensó en su mujer y en ese capuchino que le esperaba cuando terminara la jornada, si es que no había ningún problema que resolver y que requiriera su presencia en la gran sala de control.

            Caminó hacia su despacho situado en la antepenúltima planta del gran edificio de la Agencia Interespacial y entró cerrando la puerta. Se deshizo el nudo de la corbata y se sentó. Tomó su móvil y marcó el número de su casa mientras contemplaba las magníficas vistas al puente, al río, a los rascacielos, al gran parque, y un inmenso horizonte que se extendía azul y límpido ante sus ojos cansados y algo enrojecidos, y volvió a pensar en Dove y en el mundo en el que le había tocado vivir. Se sintió afortunado por tener un trabajo que amaba y por el que había luchado y se había esforzado durante mucho tiempo, y por tener una mujer como ella. No todos los hombres eran o tenían tanta suerte como él.

            Sonrió cuando sonó la acariciadora voz de su mujer.

            —Hola, cariño —dijo en voz baja—. ¿Me has visto en la rueda de prensa?

            -Sí, mi amor. Te he visto y he disfrutado muchísimo viendo lo bien que lo haces todo y cómo que te explicas. Tus contestaciones a las preguntas, tu aplomo cuando ese mamón de periodista sacó a relucir lo de tu secuestro, tu forma de contestarle, de acercarte al micrófono, tu manera de apoyar las manos en el atril, cómo sujetas el micro y cómo se te han visto tus preciosos gemelos de plata. ¡Has estado sensacional! Eres el científico más guapo y más sexy del mundo.

            Una sonrisa abierta y franca se dibujó en el rostro de Gross al escuchar a Dove.

            —Estoy deseando llegar a casa, ponerme cómodo y tomarme ese capuchino que me vas a preparar. Te necesito, cariño, te necesito. Está siendo un día muy largo.

            Se hizo un silencio entre ambos que a veces era relajante o tranquilizador sabiendo que estaban uno junto al otro aunque les separaran kilómetros de distancia. Sabían que se tenían mutuamente y que si al final el dichoso asteroide rozara la Tierra y todo se derrumbara, al menos estarían juntos. Juntos para toda la eternidad.

            —Te quiero, cariño. —Gross lo dijo emocionado.

            —Yo también te quiero, mi amor. —Dove suspiró.

            Gross apartó el móvil y lo depositó sobre la mesa. Se desabrochó los puños de la camisa y observó las cicatrices producidas por las heridas de los pinchos del cactus en el que estuvo atado hasta que lo rescataron. Sintió un escalofrío que convulsionó todo el cuerpo. Sintió que se ahogaba. Fue hasta el cuarto de baño a beber agua y a refrescarse la cara. Se miró al espejo y se vio extraño. Tenía la sensación de que no se reconocía a sí mismo. Unos suaves golpes en la puerta le devolvieron a la realidad. Abrió y encontró a su amiga, la doctora Theodoridis.

            —¿Es un buen momento, Luke?

            —Sí, sí, claro. Siéntate. ¿Quieres tomar algo?

            —Me apetece un poco de whisky. ¿Me acompañas? Creo que nos lo merecemos.

            Gross preparó dos vasos de whisky sin hielo y brindó con Theodoridis.

            —Por nosotros y por este final de día o de jornada.

            Gross levantó el vaso y lo chocó despacio con el de la doctora.

            —Deberías irte a casa con tu mujer. Yo me quedaré un poco más. Tengo que  terminar unos informes.

            —Si quieres, te echo una mano.

            —No, no es necesario. Quería decirte que has estado estupendo en la rueda de prensa. Siento que hayan tenido que peguntarte por lo de tu secuestro. ¡Son unos carroñeros de mierda! Me alegro de que estés conmigo, Luke. Es un placer y un  privilegio trabajar a tu lado.

            —El privilegio y el placer es mío, doctora. No te preocupes por lo del secuestro. Siempre me preguntarán sobre eso. Lo tengo asumido. Sólo deseo que esto acabe pronto y que podamos tener la seguridad de que el Annihilation se olvida de nosotros y pasa de largo.

            —No se atreverá a presentarse sobre nuestro planeta sin haber sido invitado. —La doctora Theodoridis se rió de su ocurrencia, Gross también.

            —Bueno, me voy a lo mío y tú regresa a casa. Si hay alguna novedad te llamaré.

            —Gracias. Te acompaño a la puerta.

            —Luke… —Marina Theodoridis puso una mano sobre el pecho de Gross—. Sabes que el peligro no ha desaparecido. No ha remitido del todo.

            —Lo sé, Marina, lo sé. Pero ahora no podemos hacer más que esperar y si hubiera un movimiento que indicara lo contrario, movilizaríamos todas las armas de los satélites de todo el mundo para hacer estallar a ese mal bicho.

            La doctora se alejó por el pasillo circular y Gross le  dio un sorbo al whisky y se abrochó de nuevo los puños; comprobó que los gemelos que tanto le gustaban a su mujer estaban en su sitio, se colocó la americana y tomó las llaves de su coche junto con su móvil. La acreditación la llevaba colgada del cuello.

            El doctor Gross llegó a su casa, un bonito dúplex con jardín, situado en lo alto de una zona residencial de la ciudad con vistas a la desembocadura del río. Dejó el coche en el garaje y entró en la casa a través de una puerta que comunicaba directamente con el vestíbulo.

            Dove estaba sentada frente al ventanal trabajando en su nuevo diseño de escaparate para unos grandes almacenes. Las luces del puente, del paseo y de los edificios se veían desde los cristales y la señora Gross perfilaba unos bocetos. Sintió el suave sonido de unas pisadas. Era su marido que, sonriente, se acercó a ella y la abrazó por la espalda.

            En el confortable estudio se escuchaba la portentosa y envolvente voz de Tony Hadley, cantante de Spandau Ballet, que interpretaba I´ll fly for you.

            —Ya estoy en casa, cariño. Ummm, una de mis canciones favoritas. —Besó a su mujer en la frente y le rozó con los dedos el borde de los labios.

            —El café está preparado. —Dove dejó su cuaderno sobre la mesa de trabajo y le rodeó el cuello con los brazos—. Te ayudo a quitarte la corbata. Ven, ponte cómodo. Cuando hayamos tomado nuestros capuchinos, te enseño lo que estoy preparando para la temporada primavera-verano en los almacenes Good Sales.

            Gross dejó la corbata y la americana sobre una silla y se sentó junto a su mujer en el sofá frente a la chimenea.  Ella preparó los cafés y los tomaron tranquilamente sin comentar nada, hasta que Dove rompió el silencio.

            —¿Estás muy cansado?

            —Un poco, pero ahora me encuentro más relajado. Haces muy bien el capuchino. Está muy bueno.

            —Gracias, cariño. —Dove reclinó la cabeza sobre el hombro de Gross.

            Cuando terminaron sus cafés, Dove le acercó los bocetos que estaba haciendo.

            —Mira, Luke, el asteroide me ha inspirado.

            En el boceto se veían unos maniquíes masculinos y femeninos  con la ropa interior puesta mirando con expresión de asombro hacia una ventana a través de la cual se recortaba una masa luminosa que cubría buena parte del cielo.

            Dove miró a su marido con expresión risueña.

            —El mensaje podría ser el siguiente: “Disfruta de tu ropa interior de la marca… lo antes posible”.

            Gross se quedó con una cara de alucinado impresionante. Su mujer tenía un curioso sentido del humor. No sabía qué decir. Miró a Dove e intentó sonreír. No sabía si le había hecho gracia la inspiración de su mujer o si le había sentado como una patada en el culo. Carraspeó:

            —Creo que te has pasado un poquito, nena.

            —Y yo creo que se van a vender de maravilla los sujetadores, las bragas y los calzoncillos.

—¿Estás segura?

Dove sonrió y abrazó a su marido. Ambos se dirigieron a la ventana. Ya había anochecido y las estrellas relucían con un fulgor intenso. Los ojos de Luke Gross también brillaron y suspiró. De nuevo se hizo un silencio entre ellos. Esta vez fue Gross quien lo interrumpió.

Ilustración de Jesús Rodríguez

—Puede que tengas razón. Quién sabe si el Annihilation no es más que una historia para contar junto a una chimenea. Pero de cualquier manera, de lo que sí estoy seguro es   de   que el día del fin del mundo quiero pasarlo a tu lado.

Dove sonrió, se acurrucó entre los brazos de Luke y susurró:

            —Yo también estoy segura de eso, Luke.

Madrid, 11 de febrero

Paloma Muñoz

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Comments
2 Responses to “ANNIHILATION.”
  1. Mariola dice:

    Ejem, ejem, ejem… No dudo de que ese doctor Gross logrará desviar ese meteorito y todos los que se le pongan por delante (y que su amante esposa permanecerá a su lado per saecula saeculorum). El remate lo pone esa fabulosa ilustración que ha hecho Jesús Rodriguez. Estupendos los dos! 😉

  2. Paloma Muñoz dice:

    Muchas gracias Mariolita divina por el único comentario que ha aparecido en mi historia del pobre doctor Gross. Doy las gracias -aunque sea después de unos cuantos meses- a Jesús Rodríguez por su ilustración tan alucinante.
    Un afectuoso saludo, Paloma

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