Colorín, colorado.

Autor@: Montse Augé

Ilustrador@: Vicente Mateo Serra (Tico)

Corrector/a: Mariola DCA

Género:

Este relato es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra (Tico). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Colorín, colorado.

A través de la ventana de su habitación contemplaba la parte del mundo que eran capaces de retener sus ojos. Sintió algo parecido a la emoción en su interior. Sintió miedo al mismo tiempo. Poseía el presente, pero desconocía el futuro. Volvió a mirar al exterior y se preguntó a quién le llegaría antes el fin: a ella o a él, al mundo.

             Alba miraba fijamente la pantalla del televisor: hacía días que algo grave estaba sucediendo. Sus padres hablaban continuamente en voz baja: le ocultaban algo. Sus rostros reflejaban una evidente preocupación. Estaba claro que no preparaban un viaje sorpresa, ni una fiesta, ni un regalo deseado. No. La estaban intentando proteger de algo, es lo que hacían los mayores, la ignorancia era el mejor remedio contra el dolor. ¿Por qué apagaban el televisor cuando hablaban de aquello? Aquello… No tenía nombre pero había alterado la vida de prácticamente todo el planeta.

            Ahora estaba sola en casa. «Volvemos en una hora». Se sentó en el sillón simulando que leía El principito, regalo de su abuelo. Era su libro preferido del que nunca se separaba: le fascinaba la historia de aquel pequeño príncipe que vivía en un planeta. A ella también le hubiese gustado emprender un viaje para descubrir nuevos planetas, como hacía el protagonista del libro de Saint – Exupéry. Sobre todo le gustaba cuando hablaba de la estupidez de los mayores: al crecer perdían la sabiduría que poseían en la niñez. Bien cierto era, sus padres pensaban que ella vivía en una plácida burbuja de felicidad, ajena a cualquier problema.

            – Las desapariciones se siguen produciendo por todo el planeta. Se ha perdido el rastro de familias enteras. Lo único destacable que ha encontrado la policía en los domicilios de los desaparecidos han sido libros esparcidos por toda la casa. También han empezado a aparecer los primeros cadáveres. La muerte parece ser por causas naturales. No hay signos de violencia…

            Alba escuchaba casi sin pestañear a la locutora. Libros, desapariciones, cadáveres… Daba la impresión de que la gente había huido de sus casas precipitadamente. « ¡No te separes nunca de este libro, Alba, prométemelo!». Las palabras del abuelo cuando le regaló el libro vinieron a su mente en ese momento. Tenía que hablar con él. Tal vez sabía algo más sobre aquel misterio. Él lo sabía todo, era un verdadero pozo de sabiduría, tenía respuestas para todas sus preguntas. El fin de semana lo visitarían como siempre. Vivía con la abuela, en una casa junto al mar, a pocos kilómetros de la suya. Era un placer perderse en su biblioteca y poder contemplar a la vez el mar desde la ventana.

            La historia de los abuelos había empezado ya en su niñez. La casualidad hizo que se sentaran juntos durante una representación teatral de Peter Pan y Wendy. Y hasta hoy siguen sentados juntos, viviendo eternamente en el País de Nunca Jamás,  instalados en una infancia sin fin. Habían mantenido intacta la magia de la niñez, precisamente aquella que tanto gustaba al Principito. Peter Pan y el Principito deberían ser amigos: uno no deseaba crecer para evitar responsabilidades y poder vivir fabulosas aventuras y el otro para conservar la sabia visión del mundo que sólo poseían los niños.

            Casi sin darse cuenta llegó el fin de semana. Antes de salir de casa se quedó mirando fijamente su imagen reflejada en el espejo: sus largos cabellos dorados, aquella dulce expresión de su rostro, sus ojos brillando a través de los cristales de sus gafas. Era la misma de siempre pero sentía una extraña sensación que la inquietaba. Sus padres no supieron que Alba por fin había descubierto el secreto que intentaban ocultar. Tampoco advirtieron el nerviosismo de ella durante el viaje a casa de los abuelos. Necesitaba llegar cuanto antes. Aferrada a su libro intentaba ocultar su ansiedad. Todo parecía tranquilo. «Demasiado tranquilo. Siempre salen a recibirnos». Echaba de menos su saludo junto a su sonrisa desde el porche de la casa.

            – No nos habrán oído, estarán preparando la comida-. Su madre intentó encontrar una explicación lógica, pero su tono de voz indicaba que también pensaba que algo no iba bien. Algo sucedía.

            La puerta estaba abierta, como siempre. No se oían ruidos desde el exterior, sólo el rumor lejano de las olas del mar. Alba se giró, deseando verlos llegar de un paseo por la playa. El día era frío y el viento soplaba con violencia, no era el día ideal para pasear. Oyó las voces de sus padres en el interior.

            – Aquí no están. La casa está vacía.

            Alba fue directamente a la habitación de sus abuelos. Encima de la cama había un libro. El favorito del abuelo. Y también de la abuela. Lo habían leído y releído juntos muchísimas veces. Libros y desapariciones. Recordó las palabras que escuchó por la televisión. Sus padres entraron en la habitación: cuando vieron el libro cruzaron una mirada entre ellos y después la miraron a ella.

            – ¿Qué ha pasado? Vosotros lo sabéis, ¿verdad?- preguntó Alba.

            – ¿Nosotros? Los abuelos no están, no pasa nada. Estarán fuera, comprando… No te preocupes.

            – El abuelo no se mueve de casa. Apenas puede andar. Y ahora no me digas que se ha ido de viaje. Él nunca lo abandonaría –.  Alba señaló el libro sobre la cama.

            Sus padres se miraron. Su madre salió de la habitación. El padre de Alba se sentó en la cama, junto al libro. Bajó la cabeza. Parecía cansado, derrotado. La miró y extendió sus manos, buscando las de Alba. Ella se acercó. Se abrazaron en silencio.

            – Papá, ¿estás llorando?

            – No te preocupes. Todo irá bien. Los abuelos están bien, confía en mí.

            – Sé lo que está pasando. El otro día lo vi por la televisión.

            – Sí, algo pasa. Algo pasará. Ya está empezando. Pensaba que tardaría más en llegar hasta nosotros. Pero ha llegado.

            – No te entiendo. ¿Qué ha llegado?

            – El fin, Alba. Nuestro planeta agoniza. El abuelo lo sabía hacía tiempo. Tanto tiempo…Me lo contó cuando yo tenía tu edad. Yo pensaba que era una de sus historias fantásticas. Nunca me lo acabé de creer. Hasta hace poco. Se está cumpliendo del mismo modo en que me lo contó.

            – ¿Una profecía?

            – Bueno, llámalo como quieras. Veo que llevas tu libro. ¿Qué te dijo el abuelo cuando te lo regaló?

            – Que no me separase nunca de él.

            – Los libros siempre han tenido un poder especial sobre el abuelo. Decía que eran nuestro futuro, que algún día dominarían el mundo. Yo me reía y me los imaginaba con brazos y piernas, librando batallas, apoderándose del planeta. Él me acompañaba con sus risas, pero al final siempre notaba aquella seriedad en su rostro. No bromeaba. A mí no me gustaba mucho leer, pero él consiguió que mi primer amor fuese un libro. Y me hizo prometer lo mismo que a ti, que me acompañaría siempre.

            – La historia interminable de  Michael Ende.

            – Sí. El segundo amor fue tu madre. El primer regalo que le hice fue…

            – Un libro, ¿no?

            – Mamá te lo ha contado muchas veces, lo sé. A ella le gustaban también las historias fantásticas.

            – Se sabe de memoria Alicia en el País de las Maravillas.

            – Cuando abrió el regalo y lo vio me di cuenta de que me había equivocado. Ya lo tenía. Lo sacó de su bolso. ¡Cómo nos reímos!

            – ¿Y por qué me cuentas todo esto? Yo sólo quiero saber dónde están mis abuelos.

            – Están aquí- y su padre puso la mano encima del libro.

            Alba lo miró atónita, interrogándole con la mirada.

            – ¿Aquí dónde, papá?

            – Alba, están en su libro. ¿No lo entiendes?

            – Evidentemente no lo entiendo. ¿Quieres hacerme creer que se han metido dentro de un libro?

            Su padre asintió con la mirada. Alba permaneció unos segundos con la vista fija en el libro, intentando comprender, intentando creer. Libros, desapariciones… No podía ser. Su padre se había vuelto loco.

            – Alba…

            Su madre la miraba desde la puerta. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

            – Es cierto, hija. Tu padre te está diciendo la verdad, ya sé que es difícil creerlo. También yo pensé que se había vuelto loco cuando me lo contó. Familias desaparecen en su propia casa, sólo quedan libros. Y aquellas que no pueden cobijarse dentro de algún libro, aquellas que no poseen un libro favorito en el que refugiarse…

            – Aquellas mueren, ¿verdad?- la propia Alba se asustó al escucharse pronunciar aquellas palabras.

            – La vida en la Tierra desaparecerá dentro de poco. Sólo quedarán ellos.

            Alba acercó la mano al libro que yacía sobre la cama. Temblaba. Finalmente lo cogió. Se disponía a abrirlo.

            – No podrás abrirlo. Cuando alguien consigue entrar en el libro, pasa a convertirse en uno de sus personajes, para siempre. Nadie más podrá poseerlo. Nunca más. Es lo que te sucederá si intentas habitar un libro en el que ya ha conseguido entrar alguien. Por eso debes darte prisa en ser el primero. Los abuelos han tenido suerte. Han conseguido entrar a la vez en su libro. La propia naturaleza se ha vuelto en contra del hombre, le arrebata lo que le dio. Se ha sentido traicionada. Pero ella es más poderosa. El hombre lo olvidó.

            – Los árboles también amenazaban el planeta del principito. Es curioso. Hubiesen acabado con la rosa, el amor del principito. Tenía que protegerla de cualquier mal. Entonces tenía razón: los niños son sabios, en cambio los adultos no, aunque nos lo quieran hacer creer.

            Alba suspiró. Miro de nuevo a través de la ventana con el libro entre sus manos.

            El viaje de vuelta fue triste y sin palabras. Parecía que aquel pacto de silencio era un homenaje hacia sus abuelos: los tres los recordaban y ya empezaban a sentir su vacío. Alba tenía muchas preguntas por hacer, pero no era el momento adecuado. Esperaría a que estuviesen de nuevo en casa.

            La entrada en la ciudad fue igual de silenciosa: apenas circulaban coches, las calles estaban prácticamente desiertas, sin señales de actividad humana. Desde el coche observaban aquel panorama sobrecogedor.

            -¡Dios mío!

            La madre de Alba observaba aterrorizada a través de la ventanilla del coche. Su padre había ralentizado la marcha, casi sin darse cuenta. Las librerías por las que pasaban habían sido destruidas, saqueadas. El aspecto de la biblioteca era igualmente lamentable: los libros destrozados se acumulaban en la escalera de entrada.

            – Ya no hay marcha atrás. La gente ya ha empezado a sentir la necesidad de refugiarse en un libro, ha comprendido que es la única salvación, tal como dijo el abuelo. Pero no todos serán afortunados. La suerte está echada.

            – ¿Por qué?- Alba estrechó el libro de El Principito contra su pecho, parecía querer protegerlo de cualquier peligro.

            – No se puede improvisar en un día el amor, y menos el amor a la lectura.

            – Sí, papá. Puede producirse un flechazo, como con las personas ¿no? A mí me pasó con El principito.

            – Pero el tiempo ya se ha acabado.

            La última frase cayó sobre ellos como una losa, aplastando cualquier esperanza, cualquier vía de salida a aquel destino inevitable y tan difícil de creer. Alba se decidió finalmente a hacer aquella pregunta que había quedado suspendida en sus labios desde que abandonaron la casa de sus abuelos.

            –  ¿Cuánto tiempo nos queda a nosotros, papá?

            Su padre se giró y la miró dulcemente.

            – No te preocupes, tesoro. Confía en mí. Pronto llegaremos a casa.

            El silencio siguió siendo su compañero. Incluso en el edificio donde estaba la casa de Alba. Allí también había pasado… aquello. Se sintieron a salvo cuando finalmente entraron en casa. Al cerrar la puerta el olor de su hogar les hizo sentir a la vez una mezcla de alivio y tristeza. Alba recordó entonces a su amigo literario, su principito: él regresaba al final a su planeta, pero aquel regreso simbolizaba la muerte. Tal vez si ella conseguía entrar en el libro podría cambiar el final, ¿por qué no? Sería un nuevo personaje, viviría en ese mundo… ¿Qué le sucedería entre las páginas del libro? Alba se sorprendió ensimismada en estos pensamientos, le parecía una locura lo que estaba pensando, totalmente increíble. Aquella historia era muy difícil de creer. Pero si su padre y su madre, que eran personas mayores, se la creían, tal vez fuese verdad. ¿O tal vez era otra de sus mentiras? La tristeza de sus padres no era fingida, nunca los había visto así. Papá se convertiría también como Bastian, el protagonista de La historia interminable, en otro personaje de su libro. ¿Era casualidad que hubiese elegido un libro en el que un humano pasa a ser personaje de un libro? Algo tuvo que ver el abuelo en esa elección, seguro. Y mamá  quién sabe si acabaría siendo la mejor amiga de Alicia.

            Unas lágrimas escaparon de los ojos de Alba. Cayeron sobre las hojas del libro. Miró de nuevo hacia el exterior. Todo seguía igual.

            Alba observó cómo sus padres se dirigían al salón, cogidos de la mano, con sus libros. Ella los siguió. Se sentaron en el sofá, como cuando los tres veían películas delante del televisor. Le hicieron un hueco en medio de ellos y Alba se sentó, sintiendo aquel calor que siempre la había reconfortado, aquella seguridad que le daban cuando estaban cerca: nada malo le podía suceder. Y ahora tampoco iban a permitir que nada la lastimase. Sin mirarse tan siquiera se dieron las manos, dejando fluir a través de ellos los recuerdos de un pasado feliz, de atardeceres en la playa, de risas, de inocentes mentiras… de aquel mundo que llegaba a su fin.

            Y en ese mismo momento, por todo el planeta Tierra, abandonando aquel mundo que tanto les había dado y al que tanto le habían quitado, millones de personas empezaban el mismo ritual que la familia de Alba. Mientras unos conseguían la salvación, otros agonizaban desesperados y emprendían aquel último viaje sin retorno, sabiendo el nombre del lugar al que iban y del que ya era imposible volver. Alguien pensó que no sólo era la Tierra la que se vengaba, también los libros, enojados por no haber sido leídos. Ellos eran ahora la única salvación.

            El salón de la familia de Alba estaba vacío. Encima del sofá  había ahora tres  libros: donde antes había estado sentado su padre se hallaba ahora La historiainterminable, el lugar de su madre lo ocupaba Alicia en el país de las maravillas y entre ellos  El principito. En una casa cerca de la playa yacía sobre una cama  Peter Pan y Wendy. La vecina del cuarto consiguió zambullirse junto con su última conquista en  La isla del tesoro. Finalmente encontró a alguien tan aventurero como ella. La mejor amiga de Alba logró adentrarse en el interior del libro igual que los protagonistas de su historia favorita cruzaban el armario y se internaban en el fabuloso mundo de  Las crónicas de Narnia. Los  cuerpos de sus padres yacían sin vida en su habitación.

            “Colorín, colorado, este mundo se ha acabado”. Alba cerró el libro. Le había atraído desde un principio aquella historia en la que la protagonista se llamaba como ella, Alba. Nunca había creído en las simples coincidencias: creía en la magia. Y aquel encuentro entre ellas había sido, sin duda, mágico.  Se había identificado de inmediato con  aquella joven lectora, sintiéndose  atrapada por aquel relato fascinante que la había hecho perderse entre las páginas del libro. Miraba de nuevo por la ventana, pensaba si tal vez aquella historia fantástica  que acababa de leer sucedería realmente algún día. ¿Qué libro elegiría ella?

            Katherina se enredó entre sus piernas, maullando y reclamando su atención. Alba la acarició y la tomó en sus brazos. Sus largos cabellos negros se confundían con el lomo también negro y aterciopelado de la gata. «No sería mala idea decidirse por algún título», tendría que estar preparada. Volvió la vista al libro que tenía entre sus manos: El fin del mundo.

Ilustración de Vicente Mateo Serra (Tico)

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Comments
10 Responses to “Colorín, colorado.”
  1. Natalia dice:

    Montse, me ha encantado!! Es un cuento precioso, aunque algo inquietante. Aún no tengo un claro favorito, hay tantos… tendré que decidirme no vaya a acabarse el mundo pronto.
    Tico, esas dos protas fundidas en una me gustan mucho. El “adorno” encima del hombro derecho es una referencia al cuento favorito de Alba? No sé si tiene algún significado, pero le da un toque mágico a la ilustración, muy bueno.
    Felicidades a ambos por el trabajo que habeis hecho (de nuevo)

  2. Mariola dice:

    Ya te lo comenté, Montse. Ojalá el fin del mundo nos hiciera meternos en un libro. Habría tantos y tan bonitos (o no). Un cuento precioso, sin duda, que Tico te ha ilustrado a la perfección. Vaya pareja que os habéis juntado! Enhorabuena total!

  3. Qué hermosa historia, y que magnífica ilustración!
    Darle la vuelta a un tema de tanta “mala onda” potencial, como claramente es el “finde”, que dispara automáticamente (al menos en mi cabeza) imágenes de destrucción, gente huyendo, tragedias personales o familiares (tal vez por la influencia de tantas películas), y llegar a convertirlo en algo deseable, como lo es el llegar a integrarte en tu libro preferido y pasar a formar parte de él para siempre, me parece una idea genial.
    Si existe el paraíso, no debería ser algo muy distinto de esto, no? Otra cosa es que nos cueste llegar a elegir cuál sería ese libro…, pero seguro es mucho mejor eso que estar entre nubes tocando un arpa, mientras nos mira un triángulo con un ojo en el centro.
    Y todo muy bien contado, con ritmo, oficio, delicadeza y un evidente cariño por la protagonista (una tal Alba, no?). La ilustración, como todas las de Tico aúna inspiración y transpiración. Una gran idea (que incluye un 2X1 de “ Albas”, un gato, una “falda/alfombra”que me recuerda sospechosamente a la capa del Principito, y conforma un círculo, que es… ¿el mundo que se nos acaba?), y la perfección en el detalle de siempre.
    Me lo pasé muy bien gracias a vosotros. ¡Un abrazo !

  4. Roberto dice:

    Pues si tuviese que ser, yo me quedaría con el mundo de “El Señor de los Anillos”… hermoso cuento y mágica ilustración.

  5. montseauge dice:

    Natalia, Daniel ,Mariola y Roberto, muchísimas gracias por vuestros comentarios y por haberos leído el relato, ése es el mejor premio de todos. Está escrito con mucho cariño y realmente ha sido un trabajo en equipo ya que Tico me hizo muchas sugerancias para el relato. ES que además de ilustrar genialmente también escribe muy bien. La ilustración me dejó boquiabierta cuando la vi, una maravilla, me alegro de que a vosotros también os haya gustado. Un abrazo y gracias de nuevo.

  6. tico dice:

    Natalia, Mariola, Daniel, Roberto, muchas gracias por vuestros comentarios por la parte que me toca. Me alegro que os haya gustado. Natalia y Daniel, efectivamente, es el traje del Principito y como bien dices, Daniel, una tal Alba que espero que haya quedado reconocible porque es lo que más me costó. Lo que dices del círculo/fin del mundo no lo había pensado pero me parece muy buena idea, por qué no? Gracias nuevamente y sobretodo a Montse porque siempre es un placer trabajar con una amiga, me lo he pasado estupendamente con tu relato, tanto mientras lo elaborabas como cuando tenía que ilustrarlo y es una pena que no te sigas apuntándo y nos prives de tu talento. Venga, ánimate.

  7. ¡Bueno, bueno! Qué placer retomar los comentarios con esta maravilla de equipo. ¿Por dónde empiezo? Relato, ilustración… Pues es difícil porque, al menos para mí, aquí hay un todo, señores. Una sinergia de dos, un universo pequeñito (o enorme, más bien) donde Montse nos recuerda que, si éste se acaba, hay otros mundos. Me dio mucha pena terminar de leerlo, por aquello de volver a la realidad ésta en que uno sólo habita un libro cuando lo lee.
    Atención, spoiler!!: Montse, la idea de que los libros nos atrapen más allá de la metáfora, es sencillamente brutal. Cuando lo leíamos (pues no lo leí solo jeje) me quedé de piedra al entender qué pasaba, qué fin del mundo nos estabas contando. Hay algo terrorífico en él, porque un fin del mundo siempre es terrible. ¡Muy terrible! Pero has conseguido darle el sabor dulce de las historias bonitas. De nuevo, un regalo. Y un mensaje: un libro: un mundo, una vida, un principio.
    Por ello, ¡gracias Montse!
    Tico sabe hacer que las palabras se vuelvan de colores. Recoges el testigo del texto de Montse como si fuera tu propio texto. Fantástico el detalle de que la mano de pasar página sea la de El Principito. Dos historias, ficción y realidad, mezclándose en una (de eso sabes un rato. eh?). Por ello, también a ti gracias.

    Sí. A los dos gracias. Por la calidad del trabajo, por el cariño que respira. Por recordarnos que hay hábitos asequibles y sencillos que nos salvan de perdernos en nosotros mismos, de nuestros fines de mundo particulares.

    Y personalmente, qué puedo deciros más, que me he sentido tan familiar entre la protagonista y su gatita, que no pienso parar de leerlo una y otra vez!!! 😛

    Marramiauuu y muchas muchas gracias, you’re the best!!!

  8. rosag2 dice:

    Precioso relato, Montse, ya sabes que me encantan tus relatos, como el que tuve el honor de ilustrar: ¿Navidad?. Y la ilustración de Tico, es perfecta para el relato. Mis felicitaciones a los dos.

  9. Miguel Ángel muchas gracias por tus palabras, ya te lo dije en persona, pero bueno para que quede por escrito te lo vuelvo a decir. Me encanta la frase “que las palabras se vuelvan de colores”, si es que eres un crack hasta comentando.
    Y gracias también a ti Rosa.

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