El fin del mundo… o eso parece.

Autor@: Gabriel Madirolas

Ilustrador@: Rosa García

Corrector/a: Miguel Ángel Rodrigo

Género: Relato

Este relato es propiedad de Gabriel Madirolas , y su ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El fin del mundo… o eso parece.

Todo ha terminado, y no consigo entender, ni tan siquiera recordar, cómo ha sido posible que sucediera. Juraría que yo era feliz esta mañana, o mejor dicho, ayer por la mañana. Sin embargo estoy aquí sentado, hundido, en una butaca que a cualquiera repelería, a punto de caer en un sueño que no me importaría en absoluto que fuera el último.

Ilustración de Rosa García

Miro por la ventana a través de la fina rendija que dejan mis párpados. Deseo que se cierren para no abrirse más, pero un instinto de supervivencia, del que creía haberme deshecho, los mantiene a una distancia milimétrica el uno del otro. Más allá del cristal se adivinan destellos, y columnas que vagamente identifico como humaredas. No sé que estará pasando ahí fuera. Tampoco sé, ni me importa ya mucho, lo que pase aquí dentro. Tal vez se esté acabando el mundo por fin; ni siquiera voy a conseguir ser original en eso. Mejor así, ayudadme entre todos a eliminar las posibilidades de tener que arrastrarme por la vida si me diera por despertarme mañana, u hoy.

¿Cómo he llegado hasta aquí? No sé si llevo horas o minutos languideciendo en la penumbra, con un ron con limón que he acertado a prepararme tras apagar la tele. Recuerdo borrosamente haber oído hablar de incendios que están arrasando, ¿qué?, ¿la ciudad?, ¿el país?, ¿el mundo? Por lo visto, en las ciudades las hojas de los árboles caen a plomo, como si la vida diera por perdida la batalla de la perpetuación; y estamos a finales de agosto.

Creo que estamos a finales de agosto, aunque dado mi estado de ebriedad, no me extrañaría que estuviésemos en noviembre (y por eso las imágenes de hojas cayendo), o incluso en mayo. Un momento, yo no estoy ebrio. No recuerdo, ni mis tripas recuerdan, haber bebido más que el medio ron que le falta a la copa que reposa muerta de risa a escasos centímetros de mis dedos. No, algo me pasa que no puedo entender. Al llegar a casa, tras visitar el mueble bar y desplomarme en el sillón a contemplar el holocausto, me encontraba sobrio. Sobrio y destrozado, sin vida, como un extraño en mi propio ser. Nunca borracho.

Sé que he abierto sin ningún problema la endiablada cerradura de esta cutre habitación (es verdad, no estoy en mi casa), tras subir por las cutre escaleras, resueltamente, desde mi perfectamente aparcado cutre coche. Esto último no lo sé. Yo ya no tengo coche. Si lo tuviera sería cutre, pero ya ni eso. Tenía uno, creo que ayer tenía uno, pero no sé si lo he vendido, regalado, o ha sido robado por algún ciudadano histérico tratando de huir a no sé dónde.

Es probable entonces que me haya bajado del coche de mi gran y último amigo, lo último que me queda. Lo último que me quedaba. Me vienen flashes de una enorme discusión que manteníamos en su Golf blanco. ¿Golf blanco? Bueno, pongamos que Golf blanco, aunque no sé si queda algo blanco en el mundo. Todo parece cubierto de un velo gris, el velo de la culpa, que todo lo convierte en vergüenza, que todo lo afea, que a mí me ha avergonzado, afeado, anulado.

Mientras me caía un chaparrón de reproches memorizados y repetidos con más energía que convencimiento, yo sólo podía mirar por la ventanilla y preguntarme qué le había pasado a esta ciudad, a esta realidad. El eco machacando que yo había sido un completo desagradecido, que no estuve cuando otros me necesitaron; y yo preguntándome si es la ciudad o soy yo; si es la barbarie y la irracionalidad, o es que he abandonado toda esperanza de apreciar la escasa belleza que el mundo ofrece aún.

Desde que he subido al coche, y los ocupantes de los asientos traseros han comenzado a emitir un torrente de palabras confusas y atropelladas, las frases acusadoras y los comentarios entre el pesimismo y la catástrofe se superponían sin ninguna coherencia. ¿Qué es lo que nos vuelve antinaturales? Algo nos hace convertirnos en lo que más asco nos da; algo nos hace volver sobre lo que sabemos que sólo destruye; algo nos hace envenenar una relación que nos podría dar todo; algo nos hace enturbiar el aire que todo nos da.

Nadie en el asiento de atrás. No había nadie en el asiento de atrás. Ahora me explico la absoluta discrepancia entre los mensajes que me bombardeaban. Mientras desatendía la retahíla de improperios que llevaba años temiendo escuchar, la radio, a un volumen que competía con el de mi amigo, informaba sobre el impacto medioambiental de la absurda guerra que se libraba. Me ha parecido totalmente surrealista estar escuchando un monólogo digno de la telenovela peor escrita y actuada que a uno se le pueda ocurrir, mientras el altavoz iba emitiendo informes que uno nunca esperaría ver salir de otro lugar que no fuera una pantalla de cine o una página de best seller.

Entiendo perfectamente el enfado conmigo en lo referente a la hora a la que le he hecho venirme a buscar. Las cinco de la madrugada es una hora poco divertida; es la hora a la que sólo el amor, o algunas sustancias, pueden proporcionar un contenido que merezca la vigilia. Realmente ha venido a por mí como un rayo. Le he llamado a las tres y media, y ha atravesado la ciudad, y el tramo de carretera, en lo que el minutero completa un semicírculo. Debe de haberse saltado todos los semáforos. Eso, o que realmente no ha venido tan rápido. Es más que probable que yo haya salido, portazo incluido, de casa de mis padres a eso de las dos y media.

Cinco, tres y media, dos y media, soy incapaz de cuadrar los tiempos. Sólo sé que estaba totalmente fuera de mí, saturado de la interacción con mis padres en tan sólo unas horas, más por mi actitud que por la suya. Cuando dejo de ser encantador soy una alimaña. Mi plato preferido es la mano que me da de comer. ¿Qué desea el caballero? Hoy tomaré una de padres. Pero no se preocupe, los cocino yo mismo. Cada vez que se preocupen por mí, lo interpretaré como un reproche. Cada vez les pondré más a prueba. Al final todo explotará, y a las dos o tres de la madrugada me marcharé dando un portazo.

Mejor así. Lo habría hecho otra vez. Tendría la certeza de que me estaba aprovechando de su caridad en vez de disfrutando de su amor. En esos casos me paralizo. ¿Qué puedo hacer? No tengo fuerzas. No tengo ganas. No tengo valor. La misma historia. Me estancaría. Al principio tendría excusa: con un paro del cuarenta por ciento, y perteneciendo a un sector que ya no sirve para nada… Pero al final sería un espectro; un virus; un sumidero. Volverían a surgir los asuntos económicos. Sé que siempre hacen tremendos esfuerzos por no recordarme lo que les hice. Lo que hice con su dinero. Lo que hice con su confianza.

En cualquier caso, no me puedo arrepentir de haberlo intentado. Ha sido lo más valiente que he hecho últimamente. Plantarme en casa de la familia, en un pueblo a veinte kilómetros de la ciudad. Sí, me recibieron con lágrimas. Sí, que no habían sabido nada de mí desde hacía un año. Claro que les dolió todo. Claro que me quieren. Siempre queda la familia. Los amigos pueden dejar de ser los amigos, pero la familia no puede dejar de ser la familia. ¿O sí? ¿Puede tu padre querer, sentir, que no es tu padre? Y mucho peor, ¿puede tu madre?

Quizá debería haber llamado a mis amigos; o no sé si llamarlos ex-amigos. La verdad es que pienso que nunca me esforcé demasiado por mantenerlos. Dicen que los verdaderos amigos son capaces de esperarte cinco años, y cinco años son los que han pasado. Pero no estoy seguro de que ellos se sintieran siempre tenidos en cuenta. No sé, quizás fui soberbio, quizás lo contrario; nunca me paré a planteármelo.

Una esposa no espera cinco años. Estoy seguro de que la mía no esperaba ni un mes. Lo peor es pensar que me culpara por lo sucedido. Como ya no podría llevarla a sitios, ni conciertos, ni teatros, ni viajes, habría dejado de ser interesante para ella. Decidí que si no era capaz de amarme a pesar de todo, no quería vivir con ella. Mejor conseguir que me odiara de verdad. Un día desaparecería, y no sabría si se había marchado o tenía algo que ver con la guerra que estaba a punto de desatarse.

Sé que estaba muy disgustada. Nos teníamos que mudar, seguramente a la típica zona de bloques feos, donde no habría ni un parque y sólo árboles chuchurríos por la calle. Ni siquiera podíamos salvar de nuestra inminentemente antigua casa las obras de arte, ni mi colección de miniaturas de catedrales y edificios famosos. ¿Quién puede querer algo así con la que está cayendo? Qué pena de piso; tan céntrico; tan soleado; tan sereno.

Yo me he culpado porque me echaran del trabajo, a pesar de estar claro que se ha debido al crack de la economía mundial. Si tan sólo me hubiera quedado algunos días a hacer unas horas extra. Si hubiera asistido a aquel viaje de empresa. Si hubiera, y si no hubiera, no habría sido totalmente inviable mantenerlo.

Ilustración de Rosa García

Qué día más extraño. Me había despertado con una sonrisa. Había soñado que alguien me contaba un chiste hilarante. Al abrir los ojos, vi en penumbra a la mujer que amaba. La abracé. La besé. La tapé bien. Hasta hoy, hasta ayer, cada mañana era como el principio del mundo… o eso parecía.


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Comments
4 Responses to “El fin del mundo… o eso parece.”
  1. montseauge dice:

    ¡Bienvenido Gabriel y enhorabuena por tu estreno! Me ha gustado muchísimo tu relato, toda una reflexión sobre la vida, intenso. Me has tenido enganchada al texto que he leído casi sin pestañear.¡Felicidades!
    Tus ilustraciones fantásticas Rosa, ilustrando el principio y el fin del relato. Me ha gustado mucho el uso del negro, gris y blanco y esas pinceladas de rojo.¡Enhorabuena a los dos!

  2. tico dice:

    Hola Gabriel, excelente narración, me ha encantado como escribes, una grata sorpresa. El relato tiene un tono depresivo, de arrepentimiento, muy bien conseguido. El protagonista, sumido en el alcohol, sabe que su vida está arruinada, vuelta con sus padres, sin amigos, sin curro, casi sin mujer: el fin del mundo, el fin de una vida. No tengo muy claro si es sólo un sueño, ya me lo dirás. De todas formas me alegro de haberte leído, y espero poder seguir haciéndolo en la siguiente convocatoria.
    Rosa, me gustan tus ilustraciones, sobre todo la primera, ya te dije que me gusta cuando las haces en casi b/n, parece que me hayas complacido 🙂
    Enhorabuena por vuestros trabajos.

  3. rosag2 dice:

    Gracias Montse y Tico, por vuestros comentarios. Un placer ilustrar a Gabriel. Con su narrativa
    intensa, consiguió que la esencia del personaje surgiese facilmente en mi imaginación. Gracias Gabriel por escribir así.

  4. Mariola dice:

    ¡Gabriel, vaya estreno! Qué relato tan envolvente y tan bien escrito. Tienes un estilo directo, conciso pero claro e incisivo, y la reflexión vital del protagonista está magníficamente expresada. Te felicito sinceramente porque has sido todo un descubrimiento. No así Rosa, cuyo trabajo por aquí es sobradamente conocido y estupendo, aunque sí que es siempre también una sorpresa.

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