El profeta.

Autor@: Ricardo González Filgueira

Ilustrador@:  Alex Femenías

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Suspense

Este relato es propiedad de Ricardo González Filgueira, y su ilustración es propiedad de Alex Femenías. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El profeta.

Al Profeta los párpados le pesan de una forma terrible, no cejan en su empeño independiente por cerrarse. En realidad todo él pesa como si habitase un planeta que triplicara la gravedad terrestre. Cada célula de su cuerpo es un clamor por desplomarse allí mismo y dormir. Sumergirse en un sueño oceánico al que solo ponga fin el sueño mismo, cuando por aburrimiento deje de mecerlo en sus olas y lo deposite con líquida suavidad en alguna tranquila playa de la consciencia.

Pero, El Profeta ya ha pasado antes por aquello. No en vano es ya su tercer fin del mundo y sabe de forma precisa lo que debe hacer. Ha estudiado los complejos mecanismos del agonista y su antagonista y, conoce el secreto del veneno y su antídoto. Sabe de la oxycodona y del naloxone. También del flunitrazepam, de la aminofilina y del flumazenilo. De sus dosis y de sus pautas.

El sueño le está vedado por ahora. El Profeta trepa al piso de arriba, aferrado al pasamano, ganando altura a cada peldaño a la manera de un exhausto alpinista. Gira un grifo dorado, llena la bañera y luego trastabilla hasta la habitación. De una pequeña caja extrae una jeringuilla y se inyecta a sí mismo el turbio contenido de una pequeña ampolla marrón. Al instante todo empieza a pesar menos. Vuelve al baño, se despoja de la túnica y se sumerge en el agua fría.

Transcurren un par de horas. El Profeta se siente mejor. Se toma una pequeña pastilla azul, idéntica a la que se administró antes de comenzar la ceremonia. Sus músculos siguen laxos, blandos, como de algodón, pero ahora ya ha pasado el peligro. El Profeta se tumba y descansa.

Cuando El Profeta se levanta es ya mediodía. Se viste con ropa informal y baja al inmenso salón. Hace mucho calor y hay moscas zumbando y posándose en los cuerpos rígidos. Algunos están desnudos, otros no llegaron a despojarse de las inmaculadas túnicas de lino con las que el sueño del Grial los ha atrapado para siempre. El Profeta mira con indiferencia a niños, jóvenes, hombres y mujeres. Su expresión de placidez y abandono es la misma de las otras veces. El fin del mundo es siempre igual.

El Profeta lleva una bolsa de mano, grande y recia. Se acerca al extremo de la estancia donde todos han hecho su ofrenda. La noche anterior han desfilado ceremoniosos hasta el improvisado altar. Han depositado las pertenencias materiales que les ataban a un mundo a punto de expirar. Joyas y dinero se han acumulado formando un túmulo, que ahora El Profeta guarda cuidadosamente.

Todos han bebido después del Grial de La Felicidad Eterna, antes de postrarse a orar. El Profeta también ha bebido de aquel cáliz, pero antes ha tomado sus precauciones. Si todos han despertado en el Mundo Nuevo Prometido pueden esperarle allí. El Profeta está llamado a conducir nuevas almas por aquel sendero. Pero no ahora.

El Profeta arranca el coche y abandona la mansión sin mirar atrás. Cruza la campiña entre prados y choperas, y sale a la autopista. Repasa sus planes. Debe cruzar la frontera en pocas horas. Llegar a Ámsterdam. Comprar una nueva identidad y visitar a un cirujano. Desaparecer, con nuevos documentos y nuevo rostro. Hay una hermosa isla esperándole. Un lugar donde ver pasar la vida emborrachando los sentidos de sol, de mar y de pereza. Salir del letargo solo para gozar de la pasión y del natural voluptuoso de las nativas, para retomar la dulce modorra con la lujuria ya saciada. Así una y otra vez, ciclos que se repiten como espiras de un muelle que se estira en el tiempo.

El Profeta conduce y la tarde se vuelve oscura al otro lado del parabrisas, donde comienzan a estrellarse gruesas gotas de agua. Pocas al principio, hasta que un látigo de luz quiebra el gris del horizonte. Al relámpago le sigue otro, y luego otros más. Ve cómo la tormenta de verano se desencadena en toda su intensidad, tornando la tarde casi en noche. La lluvia se desata violenta y pronto anega el asfalto. Pasan los minutos y el diluvio no quiere amainar. Al Profeta le gustan las tormentas porque todas tienen algo de apocalíptico. Pero aquella le retrasa y eso le molesta. Se impacienta.

Es entonces cuando ve delante unas luces que parecen moverse de su sitio, no están donde deben, van de lado a lado hasta que terminan por cruzarse definitivamente. Un camión ha perdido adherencia, el conductor no logra dominarlo y termina por detenerse cruzándose en la autopista. El Profeta dosifica la frenada, pisa el pedal con suavidad y consigue evitar el impacto por solo unos centímetros. Ha faltado poco, piensa, y entonces ve por el retrovisor unas nuevas luces que crecen y se acercan imparables, y ya no puede pensar en nada más. El coche de El Profeta se convierte en un amasijo de hierros en medio de los dos camiones.

La tormenta amaina, la lluvia cesa y el olor a ozono y a tierra mojada inunda el atardecer. La radial despide un chorro de chispas diabólicas y anaranjadas a la vez que grita su lamento metálico cuando unos bomberos excarcelan al Profeta. Mientras, un gendarme llama a sus superiores. Como si fueran sellos puestos en un sobre negro, la lluvia ha pegado al asfalto docenas de billetes empapados. También hay muchas joyas esparcidas, mezcladas con los fragmentos verdosos del cristal de las lunas. Brillan bajo las luces espasmódicas de la ambulancia, dándole un aire irreal a la escena.

Un juez tiene que determinar qué hacer. ¿Debe ir El Profeta a la cárcel? En realidad ya está allí, aunque oficialmente permanezca en un centro para grandes lesionados medulares. El Profeta es ahora tetrapléjico. Anclado en una silla de ruedas, imposibilitado para moverse ni sentir de su cuello para abajo, su cuerpo es ahora su cárcel, paredes y barrotes de carne y hueso de los que nunca podrá huir. Puede hablar, pero El Profeta se ha sumido en un mutismo inquebrantable. Ansioso e impaciente, se limita a desear con todas sus fuerzas la llegada del fin del mundo.

Ilustración de Alex Femenías

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Comments
5 Responses to “El profeta.”
  1. aurinlopez dice:

    Genial el relato y, como ilustradora, espectacular ilustración, enhorabuena equipo 🙂

  2. Roberto dice:

    Muy bueno y (se agradece) realmente sorprendente, con final moralizante y justo (pero no empalagoso). La ilustración es sencillamente “hermosa”. Genial Ricardo y Alex.

  3. Mariola dice:

    Justicia divina para ese profeta, Ricardo. ¿Cuántos podrá haber más? Y qué ilustración tan estupenda, Alex. Me gusta mucho cómo tratas la luz. Felicitaciones a ambos!

  4. Muchas gracias por los comentarios! :DD Me encantó hacer mi aportación al relato de Ricardo, la narración es excelente, muy visual y esó me ayudó enormemente, cada escena proyectó en mi cabeza una ilustración, lo tuve muy difícil para decidir cual era la más indicada para expresar las emociones que sentí al leer el relato. Genial! 🙂

    • Ricardo dice:

      Gracias, celebro que os haya gustado el texto. La ilustración de Alex es sencillamente perfecta. Te deja pidiendo más, picado de saber cómo hubiera visto otros momentos del relato.
      Ricardo

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