Estrellas.

Autor@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustrador@:  Rafa Mir y Verónica López

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Romántico

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo, y sus ilustraciones son propiedad de Rafa Mir y Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Estrellas.

La primera vez que creí que se acababa el mundo fue al ver aquel tifón.

            Yo tenía cinco años recién cumplidos y vivíamos en Lantau, pero estábamos a punto de marcharnos a Shanghai. Me aterroricé tanto que, durante mucho tiempo después, miré con cautela la más pequeña nube en el cielo y tardé en convencerme de que una simple lluvia no volviera a convertirse en aquella furiosa tormenta que duró tres días y anegó buena parte de la costa. Sobre todo, se me quedó grabado el aullido del viento doblando árboles, azotando casas y derribando las más frágiles, o destrozando como lo hizo las embarcaciones del puerto, que se soltaron de sus amarres y chocaron unas contra otras. Incluso los barcos grandes fueron zarandeados con violencia por aquel turbión de agua y viento que se levantó del mar.

            El tío Tejón, que se sabía —e inventaba— cualquier historia, me contó que aquellos tifones los producían los dragones del agua y del cielo que, aunque eran buenos y sabios, a veces se enfadaban mucho con los hombres de la tierra por ser demasiado malvados y querer siempre llevarse cualquier cosa que perteneciera al mar. Los del agua movían las colas para agitar la superficie y formar remolinos que engulleran los barcos sucios y molestos; y los del cielo soplaban por encima de las nubes para juntarlas y oscurecer el cielo, luego lanzaban los rayos y los truenos eran sus rugidos enfurecidos. Así que dos días después en los que continuó la fuerte lluvia, todavía me pasé horas sin separarme de él ni del capitán y soñando que el cielo negro caía sobre la tierra y la hacía desaparecer. Con el tiempo, mi miedo a las tormentas se transformó en fascinación, sobre todo cuando alguna vez nos sorprendieron navegando. Así, mi idea sobre el fin del mundo también cambió: seguramente sería la Naturaleza la que un día decidiera acabar con todo, ya que era mucho más poderosa que los hombres.

            Unos años más tarde aquella conjetura perdió fuerza: las maldades humanas podían ser igual de poderosas y también oscurecían el cielo con sombras de metal que, por cientos, lo surcaban con zumbidos que descargaban bombas y convertían el horizonte en humo. Así que mi miedo se trasladó primero a aquellos enjambres de aviones japoneses que sobrevolaron Shanghai tantos días, en su siniestro camino hacia el interior del continente, y después a los que aparecieron de todas partes cuando empezó la guerra mundial. Cuando ésta terminó con esas bombas asolando Japón de la manera que lo hicieron, concluí que quizás el mundo no desaparecería por nuestra mano, pero sin duda nosotros sí.

Ilustración de Rafa Mir

            Al mismo tiempo la adolescencia opacaba las sombras de ese mundo porque lo había reducido a un nombre: Huo. El nuevo y arrollador sentimiento que me invadió por él fue más intenso porque lo compartí con el capitán Lung, ya que hasta entonces no se lo había visto por ninguna mujer. Por supuesto que, siendo pequeña, le había preguntado por mi madre y él me había dicho la verdad sobre ella. Yo había pensado que él la seguía echando de menos y no quería encontrar otra mujer, también era solitario y no parecía tener más amigos que el tío Tejón o el primer oficial Ming, pero eso me había entristecido más. Él, con tono entre falsamente hastiado y divertido, contestaba que ya tenía bastante conmigo.

            A veces yo envidiaba a las amigas que hablaban de sus madres, que eran todas las más mejores y más guapas. Luego, sin embargo, advertía que ellas, tras la primera mirada compasiva por que yo hubiese perdido a la mía, me envidiaban por la peculiar familia que tenía. Un padre marino no era muy extraordinario, pero que fuera extranjero sí que lo era y, en ocasiones, no para bien, según veía en algunas de aquellas madres (y la mayoría de los padres), cuyos gestos recelosos pero a la vez llenos de interés por él me resultaban de lo más curioso. El velado rechazo sólo me molestaba cuando implicaba que a esas niñas no las dejaran ir conmigo, pero sobre todo me entristecía y deduje que quizás por eso tampoco el capitán quería tener otra mujer.

            Sin embargo, el hecho de que Huo y yo nos conociésemos desde pequeños y volviéramos a encontrarnos en Sanya sí que despertó todas las envidias de las amigas por sus atenciones hacia mí. Así que cuando el capitán Lung apareció un día acompañado de Li Yuang, me enorgullecí por creer darles una lección a quienes miraban por encima del hombro.

            El capitán había conocido a Yuang en el hospital donde ella trabajaba.

            Como en Shanghai años antes, el Old Oak, con bandera blanca, volvió a cruzarse con los barcos de la Armada imperial japonesa que rodeaban Hainan, transportando desplazados y heridos desde otras islas y entre sus costas. A veces, entre ellos, iban comandos camuflados que se dispersaban al desembarcar o se unían a otros para dar pequeños pero efectivos golpes a las guarniciones japonesas en tierra. Cuando empezaron a llegar las tropas internacionales, el capitán también empezó a trasladar víveres y materiales de construcción exclusivamente para la población civil, sin querer saber nada de las astronómicas cifras que le ofertaron todos por los servicios de aquel barco tan marinero y rápido, perfecto como enlace logístico.

            Las travesías solían ser cortas y en muchas ocasiones él mismo también ayudaba en los traslados al hospital. Allí conoció a Yuang y le gustó al instante, aunque le extrañó que no estuviera casada. Era muy guapa, pero tenía veintiséis años y a esa edad era impensable que una mujer siguiera soltera.

            También era raro que un hombre viudo con una hija no se hubiera vuelto a casar, aunque eso se explicaba otra vez porque el capitán era extranjero y marino, cuya dudosa fama se extendía a todas las nacionalidades; que la suya, además, fuera británica por lo visto era sinónimo de la peor condición atribuible a alguien, e incluso yo, en alguna ocasión, me sorprendí observando si su comportamiento podría ser tan indigno o reprobable como parecían creer los demás. Pero lo más negativo que pude considerar fue que algún día me hubiera alzado una ceja negando por la letra descuidada en mis deberes, o su siempre implacable silencio ante seguir negociándole si podría alargar mi vuelta a casa porque era el cumpleaños de Pu o Xing. Y todo eso me demostraba que no había ninguna diferencia con las quejas similares de mis amigos sobre sus padres. Así que aprendí que esas diferencias las ponían los demás sin razones aparentes.

            Con Yuang tampoco pude pensar como los demás. Muy al contrario: también me gustó enseguida y me alegró que compartiéramos una insólita independencia. Sus padres vivían en la costa norte de Hainan y tenía un hermano mayor combatiendo en el continente, que fue quien, a su regreso, puso el grito en el cielo ante aquella relación. Pero durante el tiempo que estuvo con el capitán, Yuang pareció muy contenta, se llevaba muy bien conmigo y también se mostraba orgullosa de desafiar las férreas convenciones sociales. Incluso sus padres, superado el sobresalto inicial, nos conocieron y verme a mí pareció convencerlos de que las intenciones de aquel inglés eran serias.

            Para mí, pese a todo, esos fueron los mejores días que creí haber vivido nunca y que culminaron el de mi cumpleaños con el beso que me dio Huo; que culminaron y desaparecieron como humo al siguiente cuando me dijo que se marchaba. Así que el mundo también podía acabarse en dos segundos y de la manera más cruel: apenas descubrías el sentimiento más intenso, absorbente y placentero cuando se convertía en el más amargo y doloroso.

            En aquel desconcierto no me di cuenta de mi egoísmo, aunque luego entendí que también formaba parte de ese sentimiento tan fuerte. Por eso, entre las dos extremas emociones seguidas, el gesto circunspecto que mostró el capitán me pareció al principio una única preocupación por mí que me apresuré a quitarle. Sin embargo, yo no le distinguí la niebla en los ojos. Al día siguiente, los míos seguían brillando pero de lágrimas desconsoladas. Él siguió mostrando el mismo gesto grave pero mucho más triste que, de nuevo, no pude imaginar por más motivos que el mío. Me alivió su voz con la frase de que nunca me faltarían sus besos y el paseo que dimos en una de las noches más claras que recuerdo. Fue en un momento caminando cuando se detuvo y, como si me hubiera leído el pensamiento, me dijo:

            —No se acabará.

            —¿El qué? —pregunté todavía entre hipos.

            —El mundo.

            —No sé…

            —De acuerdo. —Se rió y me señaló hacia arriba—. Pero si se acaba, mira… Ellas seguirán ahí, así que seguirá existiendo algo bonito, ¿verdad?

            —Sí —asentí parpadeando y mirando las estrellas titilando en la negrura del cielo.

            —Pues quédate con eso, con lo más bonito.

            —¿Es lo que haces tú?

            —Lo intento.

            —¿Y funciona?

            —Tendrás que comprobarlo.

            Su sinceridad me conmovió tanto como el cariño con que la expresó, y enseguida le contesté:

            —Pues entonces creo que te querré solamente a ti, y lo haría igual aunque no fueras mi padre.

            Había sentido tensarse sus brazos de una manera especial.

            Más tarde supe que también había hablado por él mismo. Esos días, y como había terminado la guerra, Yuang le había anunciado que volvía a su casa. En el hospital ya podían prescindir de personal y su hermano había regresado al tiempo que su padre había caído gravemente enfermo. El capitán se había ofrecido a llevarla pero ella se había negado y había ocultado con una mirada vencida lo que no fue capaz de decir. Él entendió y le ahorró más explicaciones, despidiéndose sin ningún reproche. Yo, sin embargo, me había rebelado, sensible e impresionada por que aquello nos estuviera pasando a la vez.

            —¿Ahora le importa quién eres y lo que piense su familia? ¡Y tú tampoco lo has intentado! ¿Pero por qué?

            Enseguida me había disculpado por mi vehemencia. Algunas cosas sucedían así. Entonces aproveché para pedirle que me llevara con él. Lo ayudaría, era organizada y buena con los números. El capitán accedió: quizás nos vendría bien y podría darme cuenta de que su trabajo era bonito pero también duro y con claroscuros, y en absoluto adecuado para mí. Así, pronto desearía encontrar uno en tierra, como el de enfermera o maestra, ya que me gustaban mucho los niños. Acepté y también juré que no querría nada con chicos en mucho tiempo. Él sólo se había reído.

En aquel momento no me hubiera importado que el mundo estallase en pedazos y comprendí que James —porque quise devolverle su nombre— creyera haberse vuelto loco, pero su locura y sus impulsos significaban mi vida y eso ya no lo podría cambiar. Cuando mi boca le llenó los ojos, se rindió. Cuando me besó como lo hizo y se apartó después, el mundo no había explotado, simplemente había desaparecido, igual que mi aliento y mi voluntad. El intenso estremecimiento también me paralizó y el deseo me abrumó por ser aún más poderoso.

            Recordé cuánto me había asustado la primera vez que lo había sentido por él.

         Fue una mañana como aquélla de hacía poco más de dos años y estábamos allí en casa, pero acababa de entrar el verano. Habíamos regresado de una travesía desde Manila y él se había acatarrado, algo aparentemente normal por el cambio de estación. Pero era muy sensible al frío, aunque yo no sabía por qué tanto, y pese a que no enfermaba a menudo por eso, cuando lo hacía, parecía por algo mucho más serio que un resfriado. La fiebre lo atacaba con virulencia, y la tos y la congestión podían postrarlo en la cama fácilmente una semana, sin fuerzas.

            El tío Tejón siempre había hecho bromas. «De un país tan gris y lluvioso y no aguanta un constipado. Estos ingleses… ». Solía acabar así casi todas las frases y yo, pequeña, había terminado por creer que en Inglaterra nunca había sol.

            Esa mañana era la tercera y aunque la fiebre le había remitido un poco, lo mantenía apagado. Yo había entrado sigilosa para echar un vistazo, y me pareció que dormía tranquilo, de espaldas, pero se había destapado y me acerqué con cuidado. Entonces vi que estaba desnudo y me quedé parada, sintiendo un súbito nerviosismo. Casi a la vez, él se giró quedándose boca arriba. No se despertó y yo seguí sin moverme, mirándolo. Sólo mi cuerpo reaccionó encendiéndose de aquella manera tan sorprendente e incontrolable, con un calor que me subió desde el estómago hasta las mejillas. Ya lo había sentido con Huo, aunque no con esa fuerza.

            Pero aquello era terrible: el hombre dormido estaba enfermo, bordeaba los cuarenta años y… era mi padre. Podía sentir todo el cariño por él y, desde que había crecido, era más consciente de su constante observación, ánimo, ayuda, protección y enseñanza. También de considerarlo distinto a otros, no severo ni con mal carácter —como oía a algunos amigos decir de sus padres— y sí muy especial por educar a una niña con tanta libertad y con un concepto inaudito (y escandaloso) de hacerme sentir y valer igual que los chicos. Pero sentir algo como aquello era inconcebible. Así que el nerviosismo se transformó en una gran angustia, acrecentada por el vértigo ante mi incapacidad de apartar los ojos del cuerpo relajado que, de repente, tenía una forma tan atrayente.

            Entonces recordé una conversación que había tenido con Yuang sobre aquello a propósito de Huo, y ella me habló con las mismas reacciones. Agradecí saber qué me pasaba, pero mi angustia casi se convirtió en pánico: el instinto no puede controlarse ni medirse, quizá en algunas ocasiones sí pudiera frenarse, pero si se sentía, era inevitable.

Al fin logré moverme para cubrir al capitán. Él se giró un poco y tosió levemente. Enseguida me marché, pero durante los siguientes días no pude mirarlo a la cara más de unos segundos. Todos advirtieron mi huidizo comportamiento pero él no preguntó directamente, sólo vino una noche para decirme que entendía que yo ya tuviera edad suficiente para guardarme mi intimidad, pero estaba seguro de que seguiría contándole cualquier problema que surgiera porque él siempre trataría de ayudarme a resolverlo. Yo apenas había podido balbucir que no se preocupara.

            Cuando se fue a Goa y el tío Tejón me contó nuestra verdad, la tierra se me abrió bajo los pies, pero para hacerme caer en un abismo de liberación y alivio absolutos… durante un momento, el que tardé en darme cuenta de algo mucho más horrible: que era perfectamente posible que el capitán no sólo no sintiera por mí nada más allá del cariño, sino que se escandalizaría si le hablase de aquello. Entonces tuve que pensar que la única manera de evitar todo eso sería poner distancia: dejar de viajar con él, encontrar ese trabajo que él quería para mí e intentar hacer la vida que me deseaba. El dolor fue aún más intenso y el pobre tío Tejón, aunque hubiera sabido cómo podía afectarme conocer mis orígenes, se sintió peor que mal, pero yo sólo pude agradecerle con infinito cariño lo que había hecho por nosotros. Qué poco pudimos hacer ya por él después…

Ahora me arrasaba un torbellino de emociones mientras veía los ojos de agua brillar como nunca. También las manos, grandes, con la piel dura, casi áspera, pero que siempre me habían tocado con suavidad extrema. Y el cuerpo, los brazos fuertes y el pecho con las marcas que le acababa de palpar, un cuerpo al que había acudido tantas veces. Pero en ese momento lo volví a mirar como en aquella mañana, y poder dejar salir el deseo de forma tan clara me asustó; aquellos ojos lo vieron y se retiraron.

            —No, no puedo ser yo, no puedo… —musitaron.

            —¿Y quién habrá mejor que tú? —me oí decir sin saber cómo.

            Entonces desaparecieron todos los fantasmas y yo ya no fui ni una niña, ni una hija, ya no fui el desvalido William ni la etérea Mai Lin ni el maldito Anthony Highmore. No me dolió nada más, ni tampoco sentí ya rabia ni pena, sino un amor sin prejuicios ni edad, sólo con toda la libertad y el deseo.

            Pero a James le costó más.

            —Yi, si sigo con esto…

            Se interrumpió cuando escondí la cara en su cuello, como la noche de mi pesadilla después del desafortunado incidente en Macao, y rocé el dragón primero muy suavemente con los labios y luego entreabriendo la boca para besarlo. Su cuerpo se tensó y los brazos se volvieron tenazas que me aprisionaron la cintura a la vez que dejaba caer la cabeza en mi hombro; pero a pesar de eso, me pareció que se quedaba sin fuerzas. De modo que así se podían dominar las tormentas. Murmuró un no ahogado y yo le hablé igual al oído:

            —Eso es que no te has arrepentido, ¿verdad?

            Entonces volvió a apartarse y me miró muy seriamente. No creí que no hubiera ni rastro de la vulnerabilidad mostrada un segundo antes.

            —De acuerdo —dijo con voz tranquila— tendremos lo que queremos, pero escúchame, Yi, escúchame muy bien porque no deberás olvidarlo: volveré a besarte y acabaremos en el dormitorio. ¿Quieres que me tome venganza? Pues lo haré, haré lo que siento porque ya no recuerdo el tiempo que llevo cansado de pensar y preocuparme. Esa maldita carta me da la última decisión. Así que haremos lo que sentimos o recuperaremos la cordura porque te asustarás demasiado, aunque quien está asustado soy yo. Pero ya me he rendido, hace mucho que lo hice, seguramente desde el día en que vi que me mirabas así y supe que no podría evitarlo. Ahora tú sabrás de qué se trata en realidad y cómo cambiará todo.

            —Ya ha cambiado.

            —Sí, pero ahora lo hará como no has imaginado y si dejas que vuelva a tocarte como deseas, no habrá vuelta atrás.

            —Lo sé.

            —Entonces escucha esto —y me cogió la cara con las manos—: yo no te tendré miedo, pero eres tú la que jamás debe sentirlo por mí, ¿lo entiendes? Y sobre todo, que pase lo que pase, ahora sí que serás igual que yo, ya no estaré por encima, ya no podré hablarte como lo he estado haciendo y no me lo permitirás.

            —¿Cómo podría no permitirte…?

            —Podrás. De eso se trata, Yi. Tienes poco más de veinte años, pero hace mucho que eres toda una mujer tan hermosa por dentro como por fuera y tienes fuerza para desafiarme a mí y a cualquiera. Ahora deberás aprender a usarla cuando las cosas se pongan difíciles, y es verdad que ya hemos pasado por muchas, pero probablemente seamos nosotros quienes las compliquemos, sobre todo por la media vida que nos llevamos.

            —No ocurrirá.

            —No, preciosa, no digas eso porque ninguno lo sabemos, pero lo que sí debes saber —y es lo que no puedes olvidar nunca—, es que yo voy a quererte siempre. Ahora nos dejaremos llevar, haremos esta locura, pero por mi vida, que eres tú, siempre voy a quererte y siempre me tendrás. Dime que lo entiendes.

            —No hables más, no…

            —Yi, por favor, dímelo.

            El nudo en la garganta me asfixió y sólo pude asentir.

            —Dímelo, cariño… tengo que oírlo —insistió con los ojos encharcados también y apretándome las mejillas.

            —Lo entiendo —musité. Entonces retiró las manos pero yo se las agarré por las muñecas—. Bésame, por favor, y tampoco dejes de hacerlo.

            Pero en vez de eso, se dejó caer de rodillas y se abrazó a mi cintura para restregar la cara sobre mi vientre. Su aliento me bajó hasta la ingle y sentí que las piernas me temblaron, pero sólo pude acariciarle el pelo aún mojado y apretarle más la cabeza. Después me besó el ombligo y cuando volvió a ponerse de pie, también me había mojado los pechos con su boca y yo creí que me caía para darme cuenta de que simplemente me había cogido en brazos y me sacaba de la salita.

            Entonces comprendí, como castigo a esa falsa arrogancia y desafío tan propios de la juventud, que, aunque hubiese imaginado aquel amor tan físico, apenas sabía nada de él. Pensar que no podría controlarlo y perder el aplomo fue sólo el principio. Pero después hubo una única frase que me exhaló en la nuca cuando volvió a aprisionarme entre sus brazos y piernas, después de sentarse detrás de mí y echarme sobre su pecho. «Sólo tienes que hacer lo que sientas. No hay nada más.» Cuando sus manos dejaron de acariciarme los pechos y bajaron por mi vientre hasta el inmenso calor entre mis piernas para quedarse allí, simplemente sentí que me deshacía, aunque mi cuerpo no hubiese parado de temblar cuando me lo abrieron sus dedos.

A partir de ahí, desapareció el tiempo.

Ilustración de Rafa Mir

Sé que el sol siguió entrando por la ventana de mi cuarto aunque su luz fue cambiando poco a poco. Tampoco sentí hambre ni frío, pero si fue así, sé que nos levantamos, que había comida, la cocinamos y comimos para regresar otra vez a la cama; y que si tuvimos frío, nos echamos las mantas por encima sólo para volver a destaparnos enseguida. Sé que hablamos en susurros, pero también que en el silencio nos dijimos mucho más. Y lo más increíble de todo fue que aquel hombre no sólo podía ser aún más cariñoso, sino que también era más que apasionado.

Cuando, en un momento, fui consciente de su boca hundida entre mis piernas, supe que ahora sí desaparecía el mundo, mi mundo. Y el suyo lo hizo cuando mis manos y mis labios le dieron el mismo final. Ahora habría que construir uno nuevo, pero seguiría siendo nuestro.

Ilustración de Verónica López

Mariola Díaz-Cano Arévalo

28 de abril, 2012

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Comments
11 Responses to “Estrellas.”
  1. Mariola dice:

    Bueno, pues una vez más, dar todas las gracias del mundo a mis ilustradores, Rafa Mir y Verónica López, porque ha sido un verdadero placer trabajar con ellos. También de nuevo una vez más, creo que está siendo un privilegio contar con tantos artistazos gráficos que están dando tantas y tan personales imágenes a esta novelita que ya está tomando forma de novelón, jajajajaja. Rafa y Verónica han puesto en esta ocasión un toque elegante, bello y sensual a sus ilustraciones como yo pretendí darle a este episodio, pero creo que todavía lo han enriquecido mucho, mucho más, así que estoy más que encantada. Ojalá nos encontremos de nuevo.
    Gracias también a todos por haber hecho que siga esta historia, que sí que espero ya terminar a final de año.

  2. Roberto dice:

    Bueno, bueno… género ¿romántico?, pero tirando un poco a “pornete” ;D.

    Se nota un montón que te gusta el género. Desnudas los sentimientos más íntimos de cada personaje como si estuvieses en un confesionario. Lo más fácil es describir aquello que se ve, el exterior de personas y cosas; la dificultad está en construir su vida interior, con sus dudas y sus miedos, y eso tú, Mariola, lo haces a la perfección.

    • Mariola dice:

      Jajajajaja! Ays, Roberto, no has leído mis momentos “pornetes” de verdad ;-D (igual te paso alguno de matute un día de estos y después seguimos hablando, XDDDD!)
      No, en serio, es que con el tema tan proclive al mal rollo, la denuncia verde habitual y apocalipsis de lo más variado, me pareció que había que poner la “carne en el asador” antes de acabar con el mundo, ¿no? Además, con todas las penurias que han pasado el capitán y Yi…
      En fin, sí, me gusta el género (y los generadores ;-D), y si de verdad te parece que construyo buenos interiores, pues también te lo agradezco de verdad. La cuestión es que guste esa manera de construirlos.
      Gracias de nuevo. 🙂

  3. Juan Ramón dice:

    ¡Cómo se ha puesto mi Mariola! Se nota que te gusta lo que te gusta, y también creo que te reprimes un poco al escribir, ¡suéltate el pelo!, haznos gemir y suspirar, envuélvenos en una atmósfera de sensualidad y amor desatado. Te acuerdad de aquella canción que decía algo así: Lo estás haciendo muy bien, muy bien…

    • Mariola dice:

      Juan Ramón, muchas gracias por tus cariñosas palabras :-). Me alegra ese ánimo que me das, pero te aseguro que no lo necesito, jajajajaja, ni que me reprimo en “calenturas”. Como a Roberto, te digo que no conoces mis momentos más “hot” y que quizás suba por ahí para haceros gemir y suspirar (y quién sabe qué más cosas) como clamas. Sólo me atengo al tono que, en general, lleva esta historia. Y además, no me negarás la maravillosa sensualidad que hay en las ilustraciones de Rafa y Verónica. Siempre se dice que una imagen vale más que mil palabras.
      En fin, ya me pensaré pasaros esas cositas, ya que aflora este sector más… digamos, ávido de sensaciones calientes, jejejejeje. 😉

  4. tico dice:

    Menudo relatazo para empezar el día 🙂 Excelente Mariola, como siempre, opino lo mismo que Roberto. No sólo las historias son buenas y la manera de contarlas, también te curras los personajes y su perfil psicológico. La forma cómo está narrado ¿sabes a qué me ha recordado? A la peli El nombre de la Rosa, cuando Adso, ya mayor, va contando la historia junto a Guillermo de Baskerville al que admira, como Yi al capitán, aunque no creo que acabasen en la cama jeje. No sé, el tono me lo ha recordado.
    Magnificas ilustraciones de Rafa y Verónica para poner la guinda.

    • Mariola dice:

      Muchas gracias, Tico. Me halaga sobremanera que te haya podido recordar a El nombre de la rosa, aunque sea la película. Viene de uno de los libros más excepcionales que he leído alguna vez, así que es fabuloso que el tono y la forma te hayan sonado a él. Te lo agradezco de verdad.

  5. olgabesoli dice:

    Estaba esperando a ver que sucedía con el capitan Lung y ese fin del mundo y, como siempre, me has sorprendido. Excelente relato, como todos los tuyos, y muy buenas ilustraciones. Sobretodo, me encanta el paisaje con los aviones surcando el cielo de Rafa Mir. Felicidades a los tres.

  6. montseauge dice:

    De nuevo vuelves a saber encajar magistralmente la historia dentro del tema de la convocatoria. RElato bellísimo, lleno de sensualidad y con unos personajes cada vez más ricos en matices. Enhorabuena!! Las ilustraciones de Rafa y Verónica reafirman esa sensualidad que recorren todo el relato, bellísimas. Felicidades por vuestro trabajo!!

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