Fin del mundo.

Autor@: Juan Ramón Lorenzana Fernendez

Ilustrador@:  Enric Valenciano

Corrector/a: Mariola DCA

Género: Drama

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana Fernendez , y su ilustración es propiedad de Enric Valenciano. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Fin del mundo.

Dicen que este año se acaba todo. Las radios y las televisiones lo repiten constantemente: al parecer los mayas lo calcularon hace unos cuantos cientos de años y, según su calendario, el fin del mundo será este dos mil doce. ¡Tonterías! Para mí todo se acabó hace hoy dos años.

Me equivocaba. Me decía a mí mismo que sería cuestión de dejar pasar un poco de tiempo, un mes, quizá dos, o tal vez un año, pero no mucho más. ¡Siempre he sido tan racional! A otros les ocurrió antes que a mí y el mundo siguió girando como siempre, la gente siguió enamorándose y matando, comiendo, yendo al cine y participando en concursos de la tele. Conmigo no podía ser diferente, pero lo fue.

Me equivocaba. Creía que sería un instante y después, nada. Primero se fueron apagando los colores: poco a poco se iba atenuando su intensidad, después fueron desapareciendo los más alegres y vivaces, empezando por tu favorito (el azul), al que no tardó en seguir el verde y el amarillo, hasta que tan solo sobrevivió el negro y una interminable escala de grises. Los olores desaparecieron casi al instante, aunque yo me di cuenta mucho más tarde, cuando al entrar una mañana en la que fue nuestra casa, ya no respiraba tu olor en cada rincón, en cada estancia, en los cajones y armarios, y entre las sábanas de nuestra cama. La comida no sabía a nada, la engullía lo más aprisa posible para que no me dieran arcadas y… nunca nunca lloraba, no porque lo evitara, era simplemente que las lágrimas no podían brotar de un cuerpo tan vacío… tan consumido, agotado y seco.

Después fueron los ansiolíticos y los antidepresivos, los amigos que te dicen que debes salir, conocer gente, pensar en otra cosa. La suegra que no hace más que llorar en cuanto te ve e intenta ayudarte a su manera: que si os hubierais casado antes, que si hubieseis tenido un hijo ahora al menos…

No tardé mucho en esconderme en la casa que había sido nuestro hogar, y solo de allí me logró sacar “otra vez” mi suegra. Un día vino a verme angustiada porque llevaba una semana sin saber nada de mí. Me encontró tumbado en la cama, bajo una infinita capa de mantas; en coma. Me recuperé rápidamente en el hospital. Sólo había sufrido un shock debido a una seria deshidratación que se resolvió en cuanto me enchufaron por la vena unas cuantas botellas de no sé qué disolución.

En el mismo hospital tuve mi primer encuentro con la psiquiatría. El doctor me dio otras pastillas y me recomendó a un psicólogo amigo suyo que, sin duda, me ayudaría mucho a salir de mi estado de total postración, pues según sus mismas palabras, “era una eminencia”. Fui a una docena o dos de sesiones, en las que me impelía a hablar y expresar con total libertad mis sentimientos e ideas. Él, por su parte, escucharía y escribiría sus impresiones en un cuaderno. «Y al final de estas sesiones» me dijo, «tú mismo  darás con la solución a tu problema y te sorprenderás al comprobar que coincide con mis conclusiones». Yo no tenía nada clara su argumentación, pero me pareció oportuno hacerle caso; sin embargo, como a mí no se me ocurría nada que decir y él no paraba de hacerme toda clase de preguntas, y las sesiones se sucedían sin ser yo capaz de encontrar la solución, un día le pedí que me la diera él.

No sé si fue su fuerte acento argentino, o los circunloquios y palabras técnicas que utilizó o, lo más probable, que yo simplemente no le entendiera ya que, para qué nos vamos a engañar, nunca he sido el más listo de la clase. El caso es que me pareció que culpaba de mi estado a mi madre que, según él, había sido en extremo protectora y había castrado mi masculinidad y no sé cuántas cosas más. Le escuché todo lo atentamente que pude y, después, le pagué otros cien euros y me fui. La verdad es que no me atreví a preguntarle qué debía hacer después de esa extraña revelación. Temí que me pidiera que matara a mi madre (psicológicamente, se entiende), y, además de que vive a más de mil kilómetros de distancia, en Palma de Mallorca, con mi hermana mayor, creo que con los ochenta y siete años que tiene, no me cuesta nada dejarla tranquila hasta que llegue su momento final, que ya mucho no puede tardar. Y aún más miedo me daba que el eminente psicólogo me hubiera dicho alguna otra guarrada de esas que no se deben hacer —ni siquiera pensar— con las madres. ¡Hice bien no preguntando!

Hubo después dos o tres psicólogos más, cada uno con sus manías, complejos y obsesiones, tan evidentes que a veces pensé que podían, por una vez, pagarme ellos a mí. Pero no voy a decir que fueron inútiles todas aquellas sesiones. Gracias a ellos casi me convencí de la necesidad de vender el piso que fue nuestro nido, nuestro refugio…, nuestro. Pero al final tampoco me decidí: no me hubiera quedado otro remedio que irme a Mallorca con mi hermana y mi madre, pues tal como está ahora mismo el mercado inmobiliario, tendría que malvenderlo tan sólo para pagar lo que queda de hipoteca. Además, aquello está tan lejos y tú aquí tan sola… Ya sé que tu madre viene a verte todos los días, pero… no es lo mismo.

Uno de aquellos psiquiatras, creo recordar que el único que no era argentino, me recomendó que tuviera relaciones con otras mujeres. Ni se me había pasado por la cabeza, el deseo había sido sin duda lo primero que desapareció en mí, pero hasta ese momento no me había dado cuenta: el deseo de compañía de otro ser humano, de contacto físico, de otra mujer, de vivir. Se lo comenté a mi suegra, no sé por qué, quizá porque era la única persona que venía a verme a nuestra casa. Me dijo que era buena idea, que tenía que reiniciar mi vida, seguir adelante y… se echó a llorar.

Lo intenté. Como no era capaz de salir con amigos e ir a un bar a ver si ligaba, o algo parecido (demasiado esfuerzo), me decidí a empezar con un polvo pagado: las muchas luces del exterior provocaron que mi vista tardara unos minutos en acostumbrase a la oscuridad, salpicada solamente por unas lamparillas en la barra y unas dispersas lucecitas en un techo negro que, quiero suponer, querían imitar un cielo estrellado. ¡No lo conseguían!  Cuando por fin me acostumbré a la semioscuridad, ya tenía a mi lado a una chica de largos cabellos que rozaba sus pechos contra mi brazo mientras me decía si la invitaba a una copa. Nos fuimos directamente a la habitación, ¡para qué perder el tiempo! En cuanto entramos empezó a desnudarse y en seguida terminó, solo tuvo que dejar caer el vestido y quitarse las bragas mientras me decía «lávate en el bidé». Le hice caso aunque yo ya venía duchado de casa —otra cosa no seré, pero limpio sí—, aunque no le iba a poner pegas a la chica, sobre todo porque fue ella quien con sus manos lavó mi pene poniendo en ello todo su empeño.

No pude evitarlo, sé que es una guarrada, pero el vómito me salió de improviso, sin arcadas previas que me advirtieran del peligro. Del bidé pasé a arrodillarme en el váter, donde seguí con las nauseas aunque sólo echaba bilis entreverada con hilillos de sangre. Cuando por fin pude levantarme, la chica ya se había vestido, y un tipo negro que ocupaba toda la anchura y altura de la puerta del aseo, me miraba con una mezcla de pena y desprecio. No me dio una paliza ni me sacó a empellones del más o menos lujoso prostíbulo, sino que esperó pacientemente hasta que me puse los pantalones y recuperé un poco mi dignidad, y después verme pagar los servicios no prestados de aquella chica, me acompañó hasta la puerta.

No entiendo lo que me pasó: podría decirme a mí mismo que aún te guardo respeto, o algo así, pero no conseguiría convencerme. Sabías que me gustaban mucho las mujeres, mucho. Digo más, creo que mi personalidad y autoestima se han construido basándose en lo que yo creo que ellas piensan de mí, y por eso, con cierta regularidad necesitaba convencerme otra vez de que les gustaba, que me deseaban; y qué mejor manera de comprobarlo que llevándomelas a la cama. Pero cuando te conocí prometí que serías la última, que no necesitaba ninguna otra, y lo dije de verdad. En no menos de tres ocasiones te fui infiel, nada serio, sólo que surgía una oportunidad que me decía que no podía dejar pasar, y no la dejaba. No voy a negar que sentía arañazos en el corazón (llámalos remordimientos), pero apenas me duraban dos o tres días. Me convencía de que cada uno es como es, que un despiste lo tiene cualquiera y… hasta la próxima.

Hoy es veintiuno de septiembre del dos mil doce. Se oyen chistes sobre el fin del mundo, dicen que algunos venden sus propiedades y se esconden en refugios, pero la mayoría sigue su vida como si nada. ¡Tonterías! El MUNDO se terminó hace hoy dos años y desde entonces todo está muriendo poco a poco, pero nadie excepto yo parece darse cuenta.

Te he traído unas flores: la chica de la floristería me ha dicho que son muy bonitas y huelen muy bien. ¡No sé!

He sorprendido a tu madre limpiando la lápida, nunca me había visto aquí. Me ha dejado a solas contigo, pero la oigo llorar a mis espaldas, escondida entre los sauces.

No dejaré pasar otros dos años sin venir a verte, te lo prometo. Mañana volveré con flores nuevas, a no ser que el SOL definitivamente se apague y tan solo permanezca tu recuerdo.

Ilustración de Enric Valenciano

FIN

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Comments
5 Responses to “Fin del mundo.”
  1. Roberto dice:

    Genial, Loren. Siento un poco de envidia de la manera en la que escribes. Me imagino que eso va en lo de tener un alma de poeta: escribes como si hubieses vivido lo que cuentas, otros lo hacemos como si nos lo hubiesen contado.

    • Juan Ramón dice:

      Muchas gracias Roberto. ¡Sabes que te quieroooo!
      ¿Quién no ha sentido alguna vez el dolor de la pérdida?, ¿quién no ha visto con su propia alma, como el mundo se derrumba dejándole perdido en la oscuridad sin nada donde asirse? Hay algo de mí en ese relato, no sé cuanto, pero algo.

  2. Mariola dice:

    Juan Ramón, te lo comenté cuando corregí este relato pero ahora lo hago públicamente: me emocionó mucho y lo sigue haciendo. También te dije que a mí se me ganaba al instante con un buena historia de amor y grandes dosis de drama, así que este relato sólo podía llegarme. Y estoy totalmente de acuerdo también con la opinión de Roberto, que creo que te conoce. Si añadimos ese toque tan sencillo pero tan expresivo de la ilustración de Enric, con el que tengo la suerte de haber trabajado, pues tenemos un trabajo magnífico.
    Enhorabuena a los dos. 🙂

    • Juan Ramón dice:

      Gracias Mariola. Tú si que me has ganado. Nuestro encuentros y desencuentro me han encantado y hecho como si te conociera desde hace mucho tiempo. Espero que podamos trabajar juntos muy pronto !Tengo tantas cosas que contarte¡ A poco que te dejes te voy a dar mucho trabajo y… Te prometo no parar de discutir.

      • Mariola dice:

        Jajajaja! Cuando quieras y como quieras. Para mí también seguirá siendo entretenido. Y no hemos tenido desencuentros, jejejeje, sólo diferencia de opiniones, que es lo que enriquece la existencia. Y claro que coincidiremos: en cuanto me vuelvas a mandar tu siguiente relato (o lo que quieras). Encantada de seguirte. 🙂

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