La última cena.

Autor@: Esperanza Tejera Viera

Ilustrador@:  Marta Herguedas

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Realismo mágico

Este relato es propiedad de Esperanza Tejera Viera, y su ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La última cena.

La comida está prevista desde hace tiempo. Va a tener lugar cerca de fin de año, como un balance de los meses pasados. La casa se ve revolucionada con tantos preparativos. El mujererío saca y pone ollas de la cocina alimentada a leña, que algunos serviciales acercaron para sentirse partícipes del encuentro.

         No se exige puntualidad porque todos tienen sus actividades, diferencias de edad y sobre todo, un mundo interior en el límite con la locura, que hasta hace posible que olviden la cita.

         En el comedor, una mesa preparada para cuatro comensales los espera. Es alta y redonda, la pata central semeja las caderas de una mujer rolliza y termina en una base con cinco dedos con anillos que quieren penetrar en el piso. El mueble de madera, está cubierto por un mantel color oro endurecido por unas pinceladas de clara de huevo y bordado con flores desconocidas para muchos, que tienen cada una seis pétalos de diversos colores.

         Una cortina bordea la amplia ventana; allí lucen exactamente el mismo tipo de flores, acá con fondo verde, donde una multitud de mariposas llegan y se van, dando vida a la habitación. Sobre el aparador reposan una cantidad de cangrejos de variados materiales, con los bordes rayados por otros idénticos, pero que están vivos y se pasean durante casi todo el día.

         En una pared hay un reloj con doce pájaros en el lugar de los números, que abren sus picos cuando el minutero pasa cerca. Dejan el canto completo para cuando llegan las horas justas, formando un pequeño coro, que nadie escucha por tan repetido.

         Desde el techo en el centro del salón, cuelga un artefacto con velas  que permiten formar colores cuando las llamas se mueven al contacto del aire.

         Afuera se ve el camino bien arreglado de acceso a la casa. Eso no impide que en el borde, con agua del último temporal, paseen unos patos con andar tranquilo. Con un movimiento lento de sus alas responden al acecho de una gata con siete gatitos que pretenden asustarlos.

         A pocos metros, unos tilos mezclados con almendros dan a la nochecita un tinte perfumado. La luna asoma y empieza a recorrer tranquila su camino.

         El primero en llegar, quizás porque es el más joven, es Prudencio De la Llosa. De paso rápido, las trenzas de su pelo largo se sacuden al andar y así mezclan los tonos de los lazos que lucen en el extremo. Lleva un traje oscuro, de pantalón ancho, camisa blanca con puntillas, chaquetilla de torero y una corbata con flecos le llega a la cintura. En el brazo izquierdo abraza una guitarra y en el derecho lleva un bolso transparente con partituras.

         Una de las mujeres acerca una botella con vino tinto, vasos y unos platos con quesos, fiambres y mariscos de varias especies. Pone unas servilletas de papel cometa, previamente perforadas con formas de círculos y alas.

         La puerta sigue abierta. Otro invitado llega y se detiene un momento. Dirige su mirada a la habitación y sonríe con placer. Ha pasado allí muchas tardes de cartas, cigarros y aguardiente. Hace muchos años hasta supo traer a alguna moza de la zona para que le diera buena suerte. Pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora ya no tiene tanta fuerza para tanta farra.

         Su nombre es Leocadio Froilán Aranguren, por parte de madre. De su padre poco supo, aunque alguna vez lo encontró en sus recorridos de tropero. Va vestido para la ocasión y especialmente reluce un ancho cinturón del que cuelgan monedas que tintinean a cada paso. Eso le quita un poco de protagonismo a un facón con mango de plata que lo acompaña día y noche.

         Empiezan a llegar con prontitud las bandejas con pollos horneados, costillas de cordero y chorizos picantes. Los dos hombres se miran después del primer saludo y toman sus vasos.

         Unos pasos sentidos con cierto ritmo los obligan a una pausa. El tercer invitado, con una camisa flamenca a lunares, pañuelo al cuello, boina de vasco y unas botas oscuras con espuelas se sienta con un rápido movimiento. Se hace llamar Hermenegildo Arrazcaeta.

         Allí nadie cuestiona la vestimenta de los asistentes, a las mujeres les parece muy normal y siguen dando vueltas para que el servicio sea lo mejor posible.

         El último en llegar es el dueño de casa, no se sabe de dónde e irrumpe y se detiene un momento en el umbral para pasar su mirada por los presentes. No da explicaciones de su tardanza y parece que no le importa si llega tarde porque conoce demasiado a sus invitados y no le van a traer ninguna novedad.

         Viste traje impecable color gris oscuro, corbata a rayas al tono y zapatos  muy lustrados. Parece que llega a una celebración muy importante donde, como anfitrión, debe marcar su elegante presencia. Recorre la habitación. Mueve las manos para que las mariposas vuelen más rápido, mira un momento a los cangrejos y por fin se sienta.

         Pasan unas horas. Las voces de los hombres se superponen a la música discordante de vasos, platos y cubiertos. Las mariposas se paran en las flores cuando oscurece más y los cangrejos están mareados y dejan de rondar.

         Los comensales recrean por turnos sus aventuras. No importa que los otros escuchen. Para cada uno es suficiente que su mundo se extienda alrededor.

         Las mujeres de la cocina reponen la bebida y la comida. Al final sirven unos jarros de café bien cargado con un poco de azúcar, que toman despacio porque sus manos tiemblan por el efecto del alcohol y el peso de los recuerdos. El reloj deja caer los segundos con una lentitud que a todos les parece apresurada.

         Afuera el viento comienza a soplar justo cuando el agua inunda la casa. Es el 21 de diciembre del año 2012.

         El Calendario Maya marca el fin.

Ilustración de Marta Hergueras

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Comments
2 Responses to “La última cena.”
  1. Mariola dice:

    Qué propio es este realismo mágico de vuestra tierra y ricas culturas, Esperanza, y qué especialmente lo sabéis escribir y describir. Y Marta, con su fabulosa ilustración, ha sabido reflejarlo perfectamente. Os felicito. 🙂

    • Esperanza Tejera Viera dice:

      Gracias Mariola. Tú colaboras muy bien con las correcciones.
      Es un trabajo en equipo que resultó muy bueno, (modestia aparte).

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