Mi mundo.

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@:  Marta Herguedas

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino, y su ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mi mundo.

Cuando sonó el despertador pensé que me había equivocado al poner la alarma, pues apenas acababa de cerrar los ojos. Pero por desgracia, la alarma estaba bien. Me levanté bostezando, con la cabeza embotada y los ojos pesados. Me fui directamente al cuarto de baño, me lavé la cara y me miré al espejo. Lo que vi allí reflejado no me gustó, mi rostro estaba demacrado y muy flaco (causa del estrés creado en los últimos meses), además, las ojeras me llegaban a los pies. Me lavé los dientes y acabé de peinarme, mis ojos grises estaban descoloridos, vidriosos. Mis ojos siempre habían sido mi orgullo, el brillo y la alegría que desprendían era lo que enamoraba siempre a la gente. En fin, algún día volverían a ser los mismos, ahora tenían que aguantar, aguantar junto con todo mi ser, no me quedaba otra.

Ilustración de Marta Hergueras

Cuando volví a la habitación, Elena y Lucas seguían durmiendo el uno acurrucado en el brazo de la otra, una sonrisa apareció en mi rostro. Que escena más bonita, no había dinero en el mundo que pagara ese pequeño momento de felicidad que sentía cada mañana al mirarles. Ellos lo eran todo para mí. El largo y castaño pelo de Elena rozaba la rolliza mejilla del niño y este, inconsciente, le brindaba una sonrisa en su profundo sueño. Lucas era una calcomanía de Elena, sus ojos eran grandes y verdes, tenía las pestañas larguísimas y su pelo que ahora era rubio seguramente más adelante se le oscurecería alcanzando ese tono castaño-rojizo tan poco habitual que su madre tenía.

Salí del cuarto sin hacer ruido, encendí la tele, era lo primero que hacía cuando me levantaba, pues me daba la sensación de no estar solo, no me gustaba estar solo y, su sonido distante me hacía compañía mientras preparaba el desayuno. Me serví el café y me senté frente a unas humeantes tostadas, abrí mi revista de  motociclismo y me puse a leer como todos los días, con la tele de fondo. Pero hoy algo llamó mi atención, en el noticiario matinal estaban hablando de la Isla y decían que una plenamar había arrasado un pueblecito de la zona sur. Se había tragado una  playa e incluso había levantado el asfalto de varias carreteras paralelas a la orilla, las cuales estaban a unos cien metros del mar.

Decían que la gente estaba muy asustada y que hasta se hablaba del fin del mundo. Cambié el canal, pues este en especial, siempre me pareció muy alarmista, pero no importaba donde fijara el programa, en cada noticiero había más de lo mismo, el mundo se había vuelto loco. Después de pasar por varias cadenas, por fin encontré una que ponía en duda los mitos creados por tanto alarmista, esa plenamar no había sido la primera y los vecinos ya habían denunciado lo poco protegidas que se hallaban sus casas. Era un simple fenómeno natural que tenía lugar allí por algún motivo científico, fuera por ser un punto en el que se concentraban varias corrientes, fuera porque simplemente era un sitio propicio, es decir, que recogía todas las características necesarias para que se provocara esa plenamar. El caso era que como toda buena leyenda urbana empezaron a salir antiguas profecías del año dos mil doce y todas sus catástrofes. La voz de grillo del reloj que cubría mi muñeca me decía que ya era la hora de partir, así que le di al botoncito de apagado y me fui.

Cuando recogí el diario del kiosco todo el mundo parecía hablar de lo mismo, incluso el kiosquero me hizo algún comentario descabellado y estúpido al respecto. De camino al coche sonreí al recordarlo y mientras pasaba junto a la panadería y el tema se repetía pensé que todo el mundo se había centrado en esos canales que solo pretendían asustar y no en el bueno.

De camino al coche un individuo extraño y de ojos desorbitados me roció con una especie de ramillete de romero untado en no quería pensar el qué, mientras me decía unas palabras inteligibles. Después se paró frente a mí y me dijo:

– El fin del mundo a llegado, Dios nos castigó por fin. -Y se fue por donde había venido.

¡Qué loco! Pensé, abrí mi coche y me dirigí hacia la realidad, mi trabajo.

Durante todo el camino y sin saber por qué, empecé a pensar en el tipo loco y en lo que significaba el fin del mundo, qué poder tenían las palabras y qué curiosas eran. La gente veía el fin del mundo como la desaparición de todo bicho viviente de la faz de la tierra. Confundían mundo con planeta, para mí, sin embargo, la tierra era un planeta aunque de forma general se le atribuyese el nombre de mundo. Y mundo eran las personas que me rodeaban y a las que quería, mi familia, mis amigos, etc. Pensé en Elena y deseé que no se encontrara con ese hombre. Desde que tuvimos a Lucas, Elena no había sido la misma, hubo una complicación en el parto, casi murió, y desde entonces se había vuelto extremadamente paranoica con ese tipo de cosas, le daba terror todo. Tal era su terror que no se podía quedar sola porque lo pasaba realmente mal y, siempre estaba presta a hacer alguna locura. Vivir con ella se había convertido en un tormento, todo debía ser extremadamente seguro, huía de todo lo que le pudiera hacer daño. Incluso que se colara una abeja en casa le suponía un trauma, porque ¿qué pasaría si le picase en la garganta?

Los médicos decían que era una especie extraña de depresión postparto, unida a alguna especie de enajenación mental temporal, pero el caso es que Lucas tenía casi un año y ella iba empeorando, sobre todo en estos últimos meses y, yo no sabía qué hacer. Le quería con toda mi alma y era un hombre paciente y luchador, pero ¿hasta cuándo duraría mi energía? De todas maneras hoy no me tenía que preocupar, era lunes, su madre se quedaría todo el día en casa hasta que yo llegase. El problema lo tendría el martes, pues mi madre no podía venir, tendría que buscar alguna persona que le hiciera compañía durante algunas horas, esta noche me encargaría.

– Buenas Carlos, ¿qué tal estás? -la voz de Sergio, el guarda de seguridad, me sobresaltó. Ya había llegado al trabajo y apenas me había dado cuenta.

– Buenas Sergio, ¿me abres?

– Pues no, creo que hoy estás de suerte, se ha roto el autómata de tu línea así que os estamos mandando a todos a casa. Mira el lado positivo, en vez de tener la tarde libre tendréis todo el día.

– ¿Cómo que la tarde libre? ¡Si es lunes y hasta el martes no vengo de mañanas!

– Por Dios, Carlos, ¿en qué día vives? Hoy es martes.

Algo estalló en mi cabeza y un miedo atroz se apoderó de mi cuerpo, dejé hablando a Sergio mientras cogía el móvil y llamaba a casa, tal vez Elena aún no se hubiera despertado. Pero nadie descolgó el aparato al otro lado, me asusté aún más mientras la ansiedad invadía cada poro de mi piel.

– Carlos, ¿estás bien? -me preguntó Sergio, pero apenas balbuceé unas palabras y volé con el coche. Mientras conducía y aunque sé que no se debe hacer, llamé a nuestra vecina que además era una gran amiga.

– Marta, buenos días, soy Carlos, ¿está Elena contigo?

– No, ¿qué pasa?

– Se ha quedado sola, me confundí, no sé cómo pudo pasar… -le dije atropelladamente, pero Marta debió de notar la angustia en mi voz pues me entendió. Y para dejarme tranquilo, antes de colgar me prometió que bajaría enseguida a buscarla.

A los cinco minutos me llamó, me dijo que había hablado con el panadero, Elena había estado comprando pan. Y también un tipo extraño que hablaba sobre el fin del mundo, el panadero le dijo que Elena enloqueció al oírle y que cogió a Lucas balbuciendo algo así como que lo iba a llevar a un sitio seguro. Marta la buscó por el barrio pero no la encontró, su voz sonaba derrotada, lloraba al otro lado, se disculpaba por no saber dónde hallarla. La tranquilicé, yo sí sabía dónde encontrarla aunque no fuese el sitio más seguro en estos momentos, llevaba una semana lloviendo y el río estaba muy crecido. Elena no lo sabía, pero el camino que llevaba a ese lugar  que ella creía seguro)nuestra cabaña del monte), estaba inundado y no se podía vadear.

Aceleré en dirección a nuestro refugio de montaña, por suerte quedaba cerca de mi trabajo, apenas a quince minutos. No tardé en divisar el coche, había patinado en el barro y caído en  el río. No veía a Elena, solo una enorme crecida que aullaba y movía peligrosamente el coche intentando tragárselo.

-¡Dios! -grité al vacío. Y allí, ante mis ojos, se encontraba el fin del mundo del que tanto habló ese extraño personaje. El fin de mi mundo, con Elena inconsciente sobre el volante y Lucas inmóvil en su sillita. Medio coche estaba en el agua, la otra mitad resistía en la superficie, pero no sería por mucho tiempo. Frené en seco y salté del vehículo, en la furgoneta solo tenía una cuerda de montaña, pensé en atarla a ambos coches pero si el río conseguía mover el Ford fiesta de Elena y lo metía en el río, con la fuerza que llevaba estaríamos perdidos. La única solución era atarla a mi cintura e intentar sacarlos uno a uno. Até la cuerda a una argolla que tenia mi furgoneta en la parte delantera, además rodeé un árbol e hice un nudo, después corrí hacia el coche con el corazón latiendo a cien por hora. No quería pensar en si estaban vivos o muertos, intentaba centrarme en sacarles, en traerles conmigo de nuevo. Conforme abrí la puerta del Ford fiesta el coche chirrió y se movió casi medio metro adentro, a escasos centímetros de la fuerte corriente, sólo tenía unos segundos y tenía que decidir, no me iba dar tiempo a sacar a uno de ellos y volver por el otro.

¡Maldita sea! -mascullé mientras mis ojos iban de uno a otro. Lucas tenía los ojos cerrados pero su pecho subía y bajaba, estaba dormido, ni siquiera se había enterado. En su boca colgaba ladeado un chupete-. ¡Esta Elena, siempre con el puñetero chupete! -dije en voz alta. Odiaba que se lo pusiera y ella lo sabía, aunque claro está, no era el momento apropiado para eso. Me sentí culpable por haber dejado mi cabeza divagar aunque solo fuera durante un segundo, así que me acerqué a Elena y busqué su pulso, vivía también.

¿Y qué se supone que debía hacer ahora? Y peor aún, ¿quién era yo para decidir quién moría y quién vivía? Mi corazón se rompió por el dolor, ¿que podía hacer, salvar una vida que acababa de empezar o salvar al amor de mi vida, mi media naranja, mi mundo? Hiciera lo que hiciera iba a estar mal, e iba a cargar con ello toda mi vida. ¡No, definitivamente no podía! Prefería quedarme junto a ellos y dejar de sentir, elegía no sufrir.

De repente el niño abrió los ojos y me dedicó una sonrisa. Carlos, hay esperanza, me dije, e hice lo que creí oportuno mientras la corriente empujaba al coche algunos centímetros más. No sabía si aquello funcionaría, pero rápidamente desaté la cuerda que tenía amarrada a la cintura, desanclé la silla del bebé y la até a ella como pude. Abrí la ventana del niño con sumo cuidado, saqué la silla al exterior y la dejé resbalar por el portón. Inmediatamente salté al lado de Elena y desanclé el cinturón de seguridad. La cogí por la cintura, el coche se estremeció de nuevo y esta vez no fueron solo unos centímetros. Abrí entonces la puerta de una patada, pues el agua la había entornado de nuevo, y con un impulso desesperado me lancé al vacío. El coche cedió y se hundió en las frías aguas arropado por la fuerte corriente y, a pesar de estar a unos metros de la orilla y ser dos personas, la corriente nos arrastró como si fuésemos un barco de papel. Gracias a Dios había un árbol a nuestra izquierda que nos detuvo.

Intentaba hacer pie, pero el agua nos golpeaba con tanta fuerza que tuve que dar unas cuantas patadas hasta que mi punta se ancló en el lecho del río y pude impulsarme de espaldas y saltar. Al cabo de tres impulsos más, mi espalda chocó contra las piedras de la orilla. Me quedé lo que me parecieron minutos sin poder respirar, pero tenía que reaccionar. Aun tenía que sacar a  Lucas, si es que mi alocado plan había funcionado y el niño no había sido arrastrado junto al coche, el cual ya había perdido de vista. Me levanté entumecido y sin ni siquiera comprobar si Elena seguía respirando me lancé como un poseso en busca de la cuerda, la encontré y seguí la trayectoria con la mirada. ¡Horror! La silla estaba boca abajo y lo que en primer lugar, al comprobar que la cuerda tiraba de algo, me había aliviado, ahora se convirtió en la más terrible de las angustias mientras en mi cabeza resonaba la voz de aquel loco:

“Ha llegado el fin del mundo, el fin del mundo…”

Desde luego, para mí sí había llegado de verdad. Tiré con todas mis fuerzas, mientras de mi garganta salía un rugido desesperado. Tiré con una fuerza sobrehumana, pues el río no quería soltar su presa, hasta que conseguí acercarlo a la orilla. El niño estaba lívido. Lo saqué como pude de la silla, le quité el chupete que increíblemente aún llevaba y le había hecho unas marcas horrorosas y moradas en los contornos de la boca. Efectivamente, Lucas no respiraba, chillé, grité, lloré, pero mis manos sabias no pararon, buscaron algún objeto dentro de su cavidad bucal y al no encontrarlo empecé con la reanimación. Suerte que hacía menos de una semana que habíamos recibido los cursos en la empresa y pusieron bastante empeño en saber hacérselo a los niños. Estaba asustado, muy asustado, ni siquiera sabía si había llegado a tiempo, pero la desesperación me hacía moverme cual autómata. Lloraba desconsoladamente, mi niño no, mi mundo no, no quiero que sea el fin… De repente, a la cuarta compresión, de la boca del niño salió un chorro de agua, tosió y se puso a llorar. Lo abracé tan fuerte que no sé cómo no lo volví a dejar sin aliento. Unas manos se posaron en mi hombro y una voz sosegada me dijo:

-Tranquilo, ya está, yo me encargo, lo ha hecho muy bien.

Después, todo pasó muy rápido. Me arrebataron al niño, y en aquel momento las fuerzas me fallaron, no quería que se lo llevaran e iba a decirlo. Pero de mi boca no surgió ningún sonido, al contrario, solo me llegaba el sabor amargo y salado de las lágrimas. Alguien me tapó con una manta y me dijo que Elena estaba bien, me contó que una persona nos vio y había llamado, y que esa misma persona se encargó de comprobar si Elena estaba bien mientras yo atendía al niño. Me dijeron que lo que a mí me parecieron horas lo había hecho en escasos minutos, pues la persona que me auxilio no le dio tiempo a hacer más, decía que mi velocidad no era humana. ¡Lo que puede llegar a hacer la adrenalina!

En fin, el caso es que todo salió bien. Al tercer día de visitar a Elena, la cual después de esto había caído en picado, yo estaba feliz pero a la vez desolado. Elena no había muerto, pero mi mundo había llegado a su fin, ya jamás la iba a recuperar. No hablaba, se mantenía distante y con la mirada perdida, lo habíamos intentado todo pero nada resultaba. Hoy me decidí a hablarle del accidente, aunque encarecidamente nos habían prohibido hacerlo por si esto la traumatizaba aun más, pero ella debía saberlo, debía saber que gracias a ella Lucas vivía.

Resulta que gracias a que el chupete había hecho una especie de ventosa con su pequeña nariz y su boca, se había evitado que el chorro de agua que le dio durante esos segundos en la cara inundara sus pulmones, lo cual no nos hubiese dado  posibilidad alguna de salvarle la vida. Abrí la boca para intentar hablar, pero ella se giró, me la tapó con su delicada mano y mirándome con esos ojos verdes me dijo:

– Se acabó, ya no habrá más miedo.

Y después el silencio nos envolvió, quedamos uno acurrucado en el regazo del otro, yo llorando mientras ella acariciaba mi cabeza.

Jamás nadie entenderá todo lo que significaron para mí esas escasas palabras, todo lo que dijo, todo lo que detrás escondían…


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Comments
One Response to “Mi mundo.”
  1. Mariola dice:

    ¡Inmaculada, qué relato tan estupendo! He estado en tensión todo el tiempo, pensando en cómo resolverías una situación tan desesperada e imaginándome el fin del mundo total como ese pobre Carlos hubiera perdido a su familia. Y como también me ha descolocado tanto la ilustración de Marta… Vaya pareja! Enhorabuena a las dos! 🙂

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