No me puedes creer.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@: Rosa García

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Ciencia Ficción

Este relato es propiedad de David Gambero , y su ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

No me puedes creer.

El espectáculo era sobrecogedor. Ni siquiera él podía negarlo. Aunque quizás fuese el que menos tuviese que hacerlo. No todos los días se presencia la extinción de una raza. No todas las vidas pueden provocar el final de un planeta. Y sin embargo, contra todo y contra todos allí estaba. Presenciando el final de los finales. Y casi deleitándose con el mismo.

-Hasta nunca.

Se lo dijo a sí mismo, a la nave y al orbe azul que estallaba en llamas en el gigantesco proyector holográfico de la sala de mandos. La imagen era tan realista que incluso sintió el vanidoso deseo de tocarla con sus manos. Pero se refrenó. La Tierra, la de verdad, estaba ardiendo a miles de kilómetros de distancia. Lo suficientemente lejos como para no poder escuchar los gritos de muerte de sus millones de habitantes. Muertes que eran su responsabilidad.

Ilustración de Rosa García

-Detectada nave desconocida aproximándose a nuestra posición.

La impersonal voz de la inteligencia artificial que dominaba su nave le arrancó de golpe de aquel dulce ensimismamiento. No podía ser. Era imposible. Nadie podía haber escapado de la Tierra. Nadie poseía ese conocimiento. Nadie excepto él. Él y únicamente él debía ser el último descendiente de aquella civilización corrupta y malvada. Y aún así…

-Muéstramela.

Su orden resbaló entre la concisión y la impaciencia. No era propenso a perder el control. Ni a perder. Y, sin embargo, aquella presencia indicaba que había sido derrotado. Que su objetivo final quedaba inconcluso. Mientras el escáner de larga distancia compilaba los datos de la nave desconocida, nacieron en su mente diversas ideas, cada cual más disparatada. Desde la posibilidad de que extraterrestres hubiesen esperado el momento de la destrucción total de la Tierra a intervenir, hasta que algún gobierno estaba preparado de antemano para tal contingencia y había logrado huir antes del desastre total, y ahora iban a reclamar su justa venganza. Imaginó un batallón de naves de batalla alineadas en formación cerrada, dispuestas a lanzar una descarga mortal que acabase con él y todos sus esfuerzos de una vez por todas. Pero en su lugar lo que se materializó fue una única nave. Tenía una forma extraña. Como la de una hormiga sin patas. Pequeña en su cabeza. Enorme y redondeada en su final. Y, aunque distinta por completo de la suya, había algo en su diseño que le resultaba enormemente familiar. Esa curiosidad fue la que contuvo su orden de armar los cañones de plasma y disparar contra ella sin dilación alguna. Pero era un hombre curioso. Inquisitivo. Y sobre todo vengativo. Y ese ardor que le había permitido sufrir lo indecible hasta llegar a ese momento se reavivó con suma facilidad. Con varios gestos en el aire realizó su propio examen de la nave intrusa. La escudriñó como había escudriñado casi todo en su vida. Con tranquilidad y precisión. Sin dejar ningún ángulo a un segundo vistazo. Sin dejar de buscar una explicación a cada pequeño detalle. Pero aquel era un detalle demasiado grande como para que pudiese dar con una razón desde donde se encontraba.

-Señal de comunicación entrante.

Sus cejas se alzaron al unísono al escuchar aquello. No podía creerlo. Había alguien dentro de aquel prodigio capaz de sincronizarse con los algoritmos de datos que él mismo había inventado. Alguien, algo o lo que fuese que, además de sumamente inteligente, deseaba entablar conversación antes que batalla. Rió. Descargó un torrente de risa ahogada y corta cuando su mente le indicó que iba a ser el ser humano con menos derecho a tener contacto con otra vida inteligente la que la tuviera. Que cruel y desconcertante es el destino a veces. E inoportuno.

-¿Puedes procesar lo que dicen? –precisó al momento al ordenador de su nave.

-Afirmativo. Sus códigos de comunicación son idénticos a los nuestros.

-¿Qué son iguales? –preguntó con voz estrangulada al tiempo que un sudor frío comenzaba a perlar su frente.

-No señor. Idénticos. De hecho podían haberme anulado y estar en estos momentos hablando con usted sin que yo hubiese podido hacer nada para impedirlo. Sin embargo, me están requiriendo permiso con fórmulas más que corteses.

La intriga fue devorada por el miedo y la inquietud y, después de mucho miedo, se reencontró con un viejo amigo al que creía desterrado: El horror. Sus códigos, que habían sido fruto del trabajo de toda una vida de ira y odio habían demostrado ser tan eficientes como para que nada ni nadie hubiese interferido con sus planes en la Tierra. Sin embargo allí fuera, en la enormidad del espacio, había sido degradado a uno más. Y uno más en la eternidad equivalía casi a ser nada.

-Bien –trató de recuperar el control al tiempo que ordenaba respiración y pensamientos–. Veo que aún no voy a ser capaz de descansar. Concédeles permiso y ponlos en el monitor secundario.

La Tierra se hundió bajo enormes ondas de estática. No comprendió nada hasta que el indicador de “Voice Only” apareció sobre impresionado en aquellas olas de grises, blancos y negros que se mezclaban sin llegar nunca a formar un todo concreto.

-Tenemos que hablar…

Se quedó sin habla al escuchar aquello. El espacio le hablaba con voz de mujer. Una voz clara y fuerte que únicamente le reveló género, pero no edad o procedencia. Una voz que habría cuadrado en cualquier parte de ese planeta que seguía retorciéndose de agonía a las puertas del olvido. Tomando el mando completo de la nave hizo que la IA tratase de abrir el canal completo. Quería ver a quien se creía con la potestad de hablarle con palabras que rallaban las órdenes. En un parpadeo la computadora le respondió que no le era posible hacerlo. Algo seguía interfiriendo en todas las comunicaciones salientes. Alguien tenía la batuta de aquel concierto y no era él. Eso lo enfureció. No mucho. Lo suficiente como para recordarle tiempos donde la furia era todo lo que comía, bebía y respiraba. Lo suficiente como para querer destruir al instante aquella enorme nave que mancillaba su obra. Pero se contuvo. La curiosidad de nuevo. La venganza siempre.

-¿Quién eres?

-Nadie.

Quería jugar. Con una pregunta y una respuesta él ya lo sabía. Lo mismo que sabía que quería apretar su cuello entre los dedos y verla morir ante sus ojos. Tal vez eso compensaría todos los que no había visto perecer. Sí. Tal vez eso lo aliviase un poco.

-¿Y qué haces en mitad de la vía láctea, Nadie? –decidió seguir el único juego al que jugaría en mucho tiempo.

-Buscarte. Por suerte, hace unos cuantos minutos has facilitado mi tarea.

Una sonrisa de lobo vino a quedarse en su rostro ante aquella alusión. Quedaba claro que aquel encuentro no había sido fortuito. Y él era lo suficientemente inteligente para saber que había gato encerrado tras ello. Y ya era hora de saber de que color era el gato.

-¿Dónde sugieres que nos veamos? –preguntó con los brazos en jarras como si quisiera impedir que la tranquilidad abandonase su atribulado pecho.

-En tu nave.

Aquello le sorprendió y agradeció que la comunicación no le hubiese permitido a aquella desconocida regodearse con su cara de desconcierto.

-¿Por qué en mi nave?

-¿Acaso hay otro lugar cercano donde te sientas seguro?

Tenía razón. Si había que jugar, prefería jugar en casa. En el hogar de titanio que él mismo había construido. Su último refugio. Su única morada.

-Tienes permiso para acoplarte. ¿He de recalcar la obviedad que nada de armas?

-No las necesito.

La comunicación se cortó tan brusca como había llegado. De pronto sintió una leve sacudida. Apenas perceptible pero sus nervios estaban tan tensos que no le pasó desapercibida. Con un pálpito volvió a tratar de explorar aquella astronave que se acercaba lentamente a la suya. La computadora no tardó demasiado en devolverle sorprendentes ecos de la suya propia. Especificaciones. Materiales. Motor. Diseño. Todo. Un fallo que no sabía si calificar de común o no. Era su primera vez en el espacio. La primera que un ser humano llegaba tan lejos. Que él llegaba tan lejos. Y le enojaba enormemente albergar la duda de no ser el pionero. Se sentía traicionado y humillado por aquella autoritaria voz femenina que, sin escudos y sin miedo, se aproximaba a su encuentro. No necesitó mucho para estar preparado para el mismo. Se colocó el traje espacial reforzado, que le daba aspecto de un blanquecino y reluciente caballero medieval, y tomó dos pistolas de proyectiles para su protección. Una la dejó a la vista, dormitando amenazadora en la pistolera de su cadera. La otra oculta en caso de que la cosa se torciera. Se dio cuenta de cuan ridículo resultaba aquel gesto pues se había prometido a sí mismo no demorar demasiado su final una vez acabado su cometido y, aquella podía ser una excusa como cualquier otra para encontrarse con el final. Sin embargo no quería dejar pasar la oportunidad de saciar su curiosidad, y con un poco de suerte, otros sentimientos menos peregrinos y sí más dañinos. Todo a su alrededor se sacudió con virulencia en el abrazo de metal entre ambas naves. Lógicamente no había diseñado la suya para tal eventualidad. Aún así resistió con entereza. Se puso en marcha mientras el proceso de igualación de presión se llevaba en marcha. Iban a encontrarse en el hangar de carga donde lo poco que había querido salvar de la Tierra descansaba. La esperó con la mano descansando en la empuñadura del arma. Como un viejo cowboy que no sabe que va a bajar de la diligencia recién llegada al pueblo. Y, en cierto sentido, así era.

-Presión igualada –indicó la IA–. Solicitan permiso para abordar la nave ¿He de concedérselo?

-¿Has escaneado qué hay tras la puerta?

-Por supuesto –de haber sido él el ordenador se habría ofendido con la pregunta-. ¿Desea verlo en imagen?

-No. Tan solo dime qué hay en términos sencillos –Quiso conservar aquel último misterio hasta el final.

-Una mujer.

Se mordió la sonrisa ante la respuesta más sencilla y más compleja que había recibido en su vida. Una mujer. Había conocido demasiadas. Y había amado, sufrido e ido demasiado lejos por ellas. Pero aquello era su pasado. Ahora el presente le reclamaba con impaciencia. Dio un paso adelante mientras su mano libre indicaba por gestos que abriese la puerta. Ni ceremonias ni ruidos de película de ciencia ficción siguieron a la apertura lenta y metódica de esta. Con el corazón encogido y la respiración ausente, contempló el rostro que había adoptado el misterio. La identidad de lo imposible. Hubo de reconocer para sí que era una cara agradable aunque pareciera que hubiese desterrado la sonrisa años atrás. Tenía la nariz pequeña, los ojos grandes, verdes y profundos, y el cabello de un rubio apagado recogido con poco esmero. El resto era un secreto bien oculto tras un ingenioso Biotraje que se ceñía a cada curva y recodo del cuerpo de la mujer.

-¿Puedo? –le requirió ella con un leve ademán.

-Adelante, aunque no se sienta como en casa.

Hizo un gesto para corresponder la petición de la mujer que no tardó en ir a su encuentro. Su paso era firme aunque algo torpe. No parecía estar acostumbrada a caminar dentro de aquella piel necesaria para sobrevivir en el espacio. Aquella involuntaria debilidad le hizo sentirse más seguro y relajó instantáneamente el gesto y la mano del arma. La dejó acercarse lo suficiente como para poder contemplarla bien. Le hizo detenerse alzando la mano y esta lo hizo como si ya hubiese esperado aquel ademán. Se contemplaron el uno al otro. Él como si no hubiese visto una mujer en su vida. Ella como si le hubiese visto desde siempre. Así estuvieron hasta que las miradas encontraron la forma de dejar paso a las palabras.

-Bonita nave.

-Gracias –contestó él, el gesto de cortesía con menos entusiasmo que esfuerzo había derrochado en construirla–. Me la hice yo mismo.

-Lo sé.

Él la seguía contemplando. Ya no con los ojos de un hombre. Sino con los de un depredador. Su postura era firme y orgullosa. Sin miedo. Una postura que siempre tenían las personas que le sacaban de quicio. Una postura que estaba seguro que ella no aguantaría cuando llegase el final. Y ya estaba planeándoselo con sumo cuidado.

-Supongo que te lo dirán mucho por ahí pero no tienes para nada el aspecto de una Nadie –le dedicó él con seguridad–. Así que dime preciosa ¿Quién eres en realidad?

-¿Desde cuando le importan a un hombre como tú las etiquetas sociales?

-Supongo que desde que la sociedad ha estallado en mil pedazos –escondió su sorpresa ante la altivez de la mujer y se preparó para seguir adelante–.También soy de los que escoge el momento para el cambio. Y supongo que este es el mío para interesarme por los nombres. Así que, si no te importa, me gustaría saber qué nombre poner a tu recuerdo.

-He tenido muchos…

-¿Y cuál ha sido el que más te ha molestado que te llamasen? –atacó él, que comenzaba a sentirse a gusto en aquel juego.

-Idina.

Soltó aquel dato como si no significase nada para ella. Por eso supo que no le mentía. Extraño. Lo suficiente como para tentarle a seguir un poco más.

-¿Y que haces aquí, Idina? El espacio es bastante vasto como para dar lugar a demasiadas casualidades.

-He venido a matarte –respondió esta con una extraña naturalidad–. Pero no puedes creerme.

-Ya veo. Igual que veo que, por tu aspecto, eres humana.

-A ninguno de los dos se nos debería aplicar ese término. Pero si te refieres a la raíz significativa de este, la respuesta es sí. Nací y viví en la Tierra. La misma que ahora se desgaja ahí fuera gracias a ti.

Escucharlo en palabras de otro le hizo sentir una suerte de extraño orgullo. Sí. Aquella era su obra. Una por la que sentía la misma proporción de orgullo y amargura. Pero no arrepentimiento. No. Eso jamás.

-¿Cómo me has encontrado?

-Sabía donde estabas, pero, como ya te he dicho, no puedes creerme.

-Ya –musitó para sí mientras se rascaba la barbilla.

Ella paseó la mirada por el hangar con una desconcertante familiaridad. Aquel detalle no le pasó desapercibido a él, que seguía estudiándola tan profundamente como trataba de calmar sus ganas de dispararle allí mismo.

-¿Puedo hacerte yo una pregunta? –inquirió ella de repente dándole la espalda.

-Qué clase de anfitrión sería si no lo permitiese…

-Uno armado y sin interés en lo que hago aquí –contestó ella mirando de reojo el arma que pendía de su cinto–. Sin embargo, creo que en el fondo, no eres de ese tipo. ¿Así pues…?

-Di lo que hayas venido a decir.

Podía permitirle eso, pues sabía que sería la última en hacerlo libremente. Ella se removió un poco, incómoda de la prisión de su traje. Fue en ese momento en el que él se percató que había venido sin casco o nada que la protegiese. Se tragó la sonrisa al imaginarse activando su casco y despresurizando la estancia. Verla morir lanzada contra las paredes y luego flotando en el espacio sin vida no sería mal final. Un poco teatral, pero un final con el que poder regodearse el tiempo que le quedase. Si aquella conversación rozaba el aburrimiento lo consideraría seriamente. Aunque el placer de dispararle a bocajarro era uno contra el que se sentía tentado a no luchar.

-He venido a decirte que la nave en la que he venido duermen dos millones de personas que conseguí rescatar antes de que hicieras lo que hiciste –inmediatamente aquello le atrajo como la gravedad a los objetos sujetos a su fuerza–. Quería que supieses que tu plan ha fracasado. No has extinguido ni conseguirás acabar con toda la humanidad. Solamente la has empujado a dar un paso definitivo hacia su expansión. Nada más.

-Muy graciosa –gruñó él desechando aquel farol al instante.

-Esto si puedes creerlo.

Entonces Idina acercó la palma de su mano hacia él, donde pudo contemplar como de un punto del guante se creaba una imagen tridimensional de un espacio enorme, similar al de una colmena. Una colmena donde dormían en lechos criogénicos un sinfín de personas. No podía creerlo. Aquellos lechos eran exactamente como el suyo propio. Como el que había diseñado hasta más allá de la enfermedad y la desesperación. El que le preservaría hasta el final de los tiempos. El que le serviría de descanso eterno en un peregrinaje hasta el infinito. Sin embargo todo el valor de su esfuerzo parecía menguar inmensamente ante la producción en masa. En aquella imagen lo que él había considerado un trono para la posteridad no eran más que pequeñas cápsulas para el descanso de los perezosos. Aquello lo sacó de sus casillas. Su mano actuó bajo tal sentimiento y desenfundó con rapidez. Idina no se inmutó lo más mínimo al ver su vida amenazada por aquel arma que subía y bajaba presa de un pulso inestable y furioso.

Ilustración de Rosa García

-Si es verdad… -se detuvo al ser consciente por primera vez que aquella posibilidad podía ser real–. Si de verdad has tenido la audacia y el valor de hacerlo, acabas de cometer un error gravísimo porque voy a matarte y luego voy a lanzar al sol esa maldita nave tuya.

-Lo harías. Estoy segura que lo harías y sería poca cosa para el hombre que destruyó la Tierra.

-¡Lo haré! ¡Te juro que lo haré y disfrutaré con ello! –la amenazó de acto y palabra-. ¡Les despertaré antes de hacerlo! ¡Les obligaré a ser conscientes de su destrucción mientras tu cadáver preside la escena!

-No. No lo harás. No puedes creerme, pero no vas a tener esa oportunidad.

-No entiendo de que hablas –el gatillo ya había recorrido la mitad del camino–. Pero no necesito entenderlo. Lo único que necesito es pegarte un tiro.

Pero aunque la amenaza era más que real Idina no se inmutó lo más mínimo. De hecho lo miró con pena, como si él mismo fuese la víctima y no ella. Como si el que estuviese indefenso y en territorio hostil fuese él. Aquello lo enfureció aún más.

-Sí que lo necesitas –le interrumpió ella encarándosele con un gesto entre el valor y la inconsciencia-. Toda tu vida has necesitado entender lo que sucedía a tu alrededor. La misma vida que has desperdiciado buscando, peleando, perdiendo…

Hablaba como si le conociera. No. Había en sus palabras algo más que comprensión. Había compasión. Entendimiento. Empatía. Era como si ella hubiese recorrido su camino junto a él. Pero eso no era verdad. Él sabía que no. Sabía que de haber tenido a alguien a su lado… de haber estado para él en los momentos más críticos de su vida, quizás todo aquello no habría sucedido. Y en la Tierra seguirían aplaudiendo las nuevas posibilidades de expansión de esta. Celebrando la nueva oportunidad que lo que su mente había creado daría a la humanidad. Pero no había sido así. La Tierra todavía ardía en algún lugar fuera de aquella nave. Y con ella todo lo esta le había negado.

-No debieron haberte hecho lo que te hicieron –continuó Idina acercándose más y más–. No tenían motivos y aun así lo hicieron.

-¡Tú no sabes lo que me hicieron! –le gritó agitando el arma tratando que amedrentarla. Aunque al único al que amedrentó fue a él mismo.

-Te equivocas. Lo sé todo. He visto cada movimiento en el tablero de tu futuro hasta la posición en la que te encuentras ahora. He visto miles de vidas ir y venir. Brillar y apagarse. Y la tuya era de las más brillantes. La tuya era excepcional…

-Eso es imposible… -balbuceó él mientras le ponía el arma en el pecho a la mujer. Un pequeño golpe metálico hizo la amenaza más real aun. Y, sin embargo, el único al que devoraba el pánico era a él mismo.

-También lo eran los viajes espaciales y mira donde estamos. Si hay una persona que no puede hablar de imposibles eres tú.

-¡Cállate! –Su dedo deseaba cada vez más acabar aquella conversación–. Eres una maldita estúpida que ha venido a morir a esta nave y que únicamente dice sinsentidos.

Idina sonrió. Aquel gesto pareció transformarla. Era como si aquella leve demostración de sentimientos la hubiese tornado en otra persona. Una que no correspondía a las palabras y mirada que tenía ante él.

-Eso no puedo discutírtelo. Soy una estúpida. Una desdichada sin valor. Una inútil. Pero también sé que soy la única persona a la que escucharías en estos momentos. La única a la que no matarías en el mismo instante que apareciese ante ti. Y por ello estoy aquí. Porque, al igual que tú, he aceptado mi papel en este juego. He tardado toda una vida en hacerlo. He luchado contra él. Y casi me consumo al hacerlo. Pero ahora estoy aquí. Ante ti. Ante un planeta que arde y su verdugo. Ante ti…Robert.

Su nombre. Aquel nombre que el mundo y él mismo habían olvidado renació en aquellos labios. Y sus fuerzas flaquearon devoradas por su miedo. Por una verdad olvidada.

-¿De qué papel hablas? –preguntó Robert entonces, cuando su voz y arma vacilaban. Cuando la debilidad le comenzaba a arrebatar todo lo que era.

Idina le bajó el arma con suavidad. No encontró resistencia alguna y aun así no se la arrebató. En su lugar volvió a accionar otro mecanismo en su guante y de pronto toda la estancia fue devorada por una imagen holográfica de la Tierra. No la que ya había perecido, sino la Tierra. Una llena de vida. Azul y verde. Llena de gente y esperanza. De pronto, miles de personas, etéreas y de todos los credos y razas, comenzaron a caminar por el enorme hangar. Ajenos a todo les atravesaban mientras sus caminos se entrecruzaban. Algunos reían. Otros lloraban. Pero todos seguían adelante. Desapareciendo en el espacio y volviendo a aparecer nuevas imágenes.

-Todos estos destinos… -comenzó a relatar Idina-. Hubiese cambiado mi destino por cualquiera de los suyos. Poder labrarme el mío propio. Pero no pude pues a veces el destino elige por uno. Y es cuando luchar contra él se vuelve totalmente inútil –las imágenes seguían fluyendo atrapando a Robert sin que pudiese entender nada de aquello hasta que la mirada de Idina se tornó oscura y le atrapó-. No has sido tú el que has acabado con la humanidad. Siento decepcionarte si eso te hacía sentir especial, pero he sido yo.

Ahora si que no pudo refrenarse y fue él el que estalló en carcajadas. Se dobló sobre sí mismo sin control y se regodeó en su propio humor. Por fin quedaba claro. Aquella tal Idina estaba loca de remate. El último bastión de la humanidad era aquella penosa hembra trastornada. No se lo podía creer. No solo había logrado su propósito y venganza, sino que había logrado algo más que ni él mismo se había propuesto. Aquello le hizo sentir mucho mejor. Tanto que pensó en dejarla vivir. En dejar que su locura acabase contra cualquier sol cercano. Sin embargo, cuando consiguió alzarse nuevamente la mirada dura de ella seguía allí. Mirándolo sin miedo. Sí. Debía estar loca para no tenerle miedo.

-¿Y cómo has acabado con la humanidad, si puede saberse?

Idina dudó. Por primera vez desde que había pisado aquella nave la duda asomó antes que sus palabras. Era como si articular la siguiente frase fuese un acto titánico difícil de realizar. Robert no lo entendió. Y ella sabía que no podía entenderlo.

-Porque estoy maldita. No sé de donde viene pero poseo del don de la clarividencia. Puedo ver los sucesos más horribles que le van a pasar a la humanidad… -su voz decayó unos instantes junto con su cabeza–. Pero no puedo hacer nada para detenerlos porque nadie puede creerme.

Entonces fue algo lo que cambió en el interior de Robert al escuchar aquella confesión. Era como si hubiese abierto los ojos después de haberse esforzado en tenerlos cerrados mucho tiempo. Era como si la luz le molestase y su cerebro anduviese con pereza y descoordinación.

– Sólo estás diciendo tonterías…

-Es la misma respuesta que he recibido toda mi vida. Cada vez que trataba de advertir a alguien de lo que le iba a ocurrir este nunca me creía. Era como si no me escuchase. Como si yo no existiese. Como si mis palabras no pudiesen ser oídas.

-¿Y qué? Si yo hubiese sido tú, me hubiese olvidado de los demás y hubiese tratado de cambiar las cosas yo mismo. No se puede confiar en la gente, Idina. A veces no se puede confiar ni en uno mismo. Pero al final del día y cuando más lo necesitas, sólo puedes fiarte del tipo que vive en el espejo…

Ella le sonrió con franqueza aunque Robert no entendió aquel gesto. Ni siquiera entendía muy bien por qué había hablado de aquella manera. Como si lo que le decía le importase.

-Tampoco funciona así. Nunca puedo hacer nada para cambiar lo que va a suceder. Tan sólo consumirme en el conocimiento de este y en el remordimiento de no poder hacer nada.

-¿Pretendes que sienta pena por ti?

-No pretendo nada. Tú sabes quien eres y yo sé quien soy. Ambos lo hemos aprendido por las malas y hemos acabado donde menos lo esperábamos.

-Y dime, ¿qué es lo que pretendes conseguir con todo esto? Porque sabes que no vas a salir con vida de esta nave.

Entonces la estancia tembló como si hubiese estornudado. Ambos se tambalearon buscando un equilibrio que encontraron el uno en el otro. Se quedaron enzarzados en una mirada extraña sin saber qué hacer o qué decir. Fue cuando la calma volvió cuando Robert, tratando de recobrar lo que era, la soltó. Aunque no lo hizo con maldad. Más bien con desgana.

-¿Qué diablos ha sido eso? –preguntó Robert a la IA de la nave mirando hacia arriba, como si esta fuese un ser superior.

-La nave desconocida acaba de desacoplarse sin previo aviso –respondió aquella voz electrónica-. Estimando los daños causados en el casco…

-¿Qué?

Robert no daba crédito a lo que escuchaba. Pero sí a lo que sentía en sus entrañas. La furia volvió por el mismo camino que se había escondido y volvió a encañonar a la mujer. Ya no sentía reparos en mancharse de sangre. De hecho lo deseaba.

-¿Qué has hecho?

-Lo que tu nave ha dicho –contestó ella con tranquilidad.

-¿Cómo?

No la había visto accionar nada ni comunicarse con su nave de modo alguno. Y sabía que la comunicación telepática era imposible, pues era lo único que no había podido desentrañar él mismo. Su único fallo. Uno menor e innecesario. Pero que escocía como una vieja herida y en ese momento dolía como una reciente.

-No te alteres. Ya sabía que esto iba a pasar y por ello di las órdenes oportunas de alejarnos.

-¿Qué diablos es lo que pretendes?

-Redimirme por un pecado no cometido, supongo. Estoy cansada de vivir sabiendo lo que no puedo detener. Sintiéndome el objeto de una broma cósmica que no entiendo. He sabido desde siempre lo que ibas a hacerle a la Tierra. He seguido cada movimiento tuyo antes siquiera que lo hicieses. Pero no he podido detenerte. Y créeme que lo he intentado. Lo he perdido todo en ello. Pero no podía. Y cuando llegué a esa conclusión decidí hacer que si podía hacer: fabricar el siguiente paso del destino. Y eso es precisamente lo que estoy haciendo.

Deseó no entender lo que le decía. Seguir creyendo que la locura era lo que la movía. Pero sabía que decía la verdad. De algún modo lo sabía. Y eso removió las brasas de su rabia. Pero también le retuvo. Había cometido el pecado más imperdonable de todos los tiempos. Pero ella había tenido que vivir sabiéndolo sin poder hacer nada al respecto. De pronto, se sintió demasiado cercano a aquella mirada profunda, triste y verde que le enfrentaba sin miedo.

-Tu nave… Tu nave es mi nave…

-Tus diseños e ideas. Los mismos que yo veía cada noche, cada día. Los mismos que tú ni siquiera habías inventado yo ya los tenía en mi interior. Por eso, mientras tú crecías en el odio y la venganza yo preparaba mi futuro. He dirigido tu esfuerzo en mi beneficio. En beneficio de una humanidad que nos dio de lado.

-¿Por qué? –Robert no lo entendía y quería tirarse de los cabellos por ello-. ¿Por qué lo hiciste?

-Esperaba que este momento me lo dijese. Pero si te soy sincera no lo está haciendo. Lo único que siento es un miedo tan nuevo y espantoso que estoy tentada a pedirte que me pegues un tiro en este momento.

-Pero…

-Estoy harta. Harta de no poder vivir en paz. De no poder hacer ningún bien. Así que decidí hacer lo único que sí que podía: sacrificar mi vida para que la humanidad no acabase donde mi mente me decía que iba a hacerlo. Lo siento. Te he jodido el plan. Pero alégrate, tú has hecho más que yo para que eso sucediese.

Lo entendió. En el mismo momento que ella retrocedía un poco y comenzaban a caer sus lágrimas, lo entendió. Claro como la luz del sol. Terrible como un planeta que estalla. Lo entendió.

-Yo… Yo no quería esto.

-Ninguno de los dos lo quería. Pero prefiero que ambos ganemos algo a que todos perdamos.

-¿Eso es todo? ¿Eso es a lo que has venido? ¿A decirme que he fracasado? ¿A burlarte de mí en persona como el mundo se burló de ti?

-No –le dijo sin ocultar la tristeza que ya la embargaba–. He venido a decirte que la humanidad seguirá adelante. Pero que tú y yo no lo haremos.

-No te creo.

Las alarmas de la nave se encendieron en ese momento como un torrente de luz cegadora que hicieron desaparecer todos aquellos fantasmas etéreos. Como si estos hubiesen vuelto a su lugar. Al sitio al que realmente pertenecían. Al lecho criogénico de la nave de Idina. Robert recibió informes de su IA que bramaban algo sobre impactos inminentes y la imposibilidad de esquivarlos. Incrédulo la miró buscando una respuesta. Una explicación. Algo que le dijese qué estaba pasando. Ella simplemente le miró. Con compasión. Con ternura. Con un amor que nadie le había dado jamás.

-Te dije cuando nos vimos a qué había venido –el impacto era inminente. Ahora lo veía. Ahora lo sabía. Y era el único que tenía miedo por ello, pues Idina solamente cerró los ojos y le enseñó el semblante de alguien que estaba en paz consigo mismo. Alguien que no sería él. Y entonces se lo susurró. Una vez más. Una última vez–. No podías creerme…

David Gambero 2012

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Comments
6 Responses to “No me puedes creer.”
  1. Mariola dice:

    Vaya, Daniel, otra vez por esos espacios siderales creando el fin del mundo a dos manos. Qué tour de force entre Robert e Indina y qué desconcierto final. Lo que más me ha gustado ha sido la posibilidad de tener al responsable del fin y poder darle su merecido a costa de un sacrificio, y los fantásticos diálogos entre los personajes.
    Mientras leía me han venido a la cabeza imágenes de muchas pelis, desde 2001 (aunque no me gusta nada), hasta Galáctica y, en cierto modo, Alien, jejejejeje. Si hasta también he visto a Darth Vader volviendo del lado oscuro para salvar a Luke de las garras del Emperador y sacrificarse por él y las naves rebeldes a punto de ser derrotadas totalmente por los destructores imperiales en El retorno del Jedi (soy friki starwars desde los siete años en que vi la primera!). Fíjate qué malamente se pueden poner las cabezas algunas veces, jajajaja!
    Te felicito de nuevo porque siempre que leo tus relatos, encuentro cosas que me deslumbran, pero seguramente por encima de todas, está tu estilo tan personal.
    Las ilustraciones de Rosa son simplemente geniales, con ese toque de comic vanguardista en esos tonos grises.
    Enhorabuena a los dos. 🙂

  2. rosag2 dice:

    Gracias por los comentarios, Mariola. Además, agradecer a David por haber escrito un relato tan inspirador. Pues para mi ha sido un placer ilustrarlo y además bastante fácil, ya que mientras empezaba a leerlo, me venían las imágenes a la mente. De hecho, tenía varias ilustraciones pensadas, pero por falta de tiempo ha sido imposible llevarlas a cabo. Espero haber estado a la altura del mágnífico relato con las ilustraciones.

  3. tico dice:

    Más ciencia ficción de la buena David, excelente relato, como siempre. Sabía yo que no me ibas a defraudar, sólo te pongo un pero, aunque es de coña, cuando la nave de desacopla y los dos protagonistas se enzarzan en un abrazo… es muy peliculero!!! jajaja pero está genial todo.
    Para los siguientes relatos te lanzo el reto de que hagas la historia en la que Cuatrodedos (otro de tus personajes, al que tan bien conozco) pasa a llamarse así, es decir, cuando pierde el dedo. Bueno ahí queda eso 🙂
    Magníficas ilustraciones Rosa, yo también tuve la suerte de ilustrar un relato de David y me pasó como a ti: que tenía muchas pensadas, claro, son tan largos 🙂 y nos regala tan buenas escenas.

  4. Roberto dice:

    Muy ingenioso, David. La destrucción del mundo es tan sólo un telón de fondo para el desconcertante encuentro entre el verdugo definitivo y su última víctima. Claro que las cosas no son siempre lo que parecen… La ilustración me gusta mucho, tan de quirófano. Me recuerda al 2001 de Kubrick

  5. montseauge dice:

    Lo que sí me puedo creer es que eres un genio David y que tienes un don especial para escribir y regalarnos relatos como éste. Me ha gustado mucho, has hecho que me sumerja de lleno en su lectura. Enhorabuena genio!!Rosa, tus ilustraciones son fantásticas, totalmente unidas al relato y a lo que transmite. Felicidades!!

    • rosag2 dice:

      “Thank you very much”, Montse, por tu comentario. Ha sido un placer ilustrar una historia tan bien narrada e interesante. Este David, se sale.
      Un abrazo.

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