Derrota.

Autor@: Mariola Díaz Cano

Ilustrador@: José Vicente Santamaría

Corrector/a:  Mariola Díaz Cano

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de Mariola Díaz Cano, y su ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Derrota.

Estaban sobre una de las cajas aún abiertas. Lomo de piel, sin título. ¿Se le habría olvidado guardarlos o los había dejado allí a propósito? Me acerqué, cogí uno, lo abrí. Letra ligera. La suya. Me vino un recuerdo de la infancia: su imagen escribiendo una noche, muy tarde. En aquellos cuadernos negros.

            «No debes, lo sabes todo». Pero…

            No miré fechas ni comienzos o finales, solo párrafos, trozos del alma que ya me había dado.

         «La culpa es mía. “No está fría… Déjame un poco más, por favor…” Y la dejé bañarse demasiado tiempo. Luego le reprocho a Tejón todos los caprichos que le da. Y yo, si soy indulgente, soy más que blando, y si no transijo, soy el peor malvado. ¿Cuánto llevo ya con este lío? Y lo mejor es que el lío crece un poco más cada día. Ahora está en cama. El doctor dice que solo es inflamación de garganta, pero esa medicina sabe a rayos y hacérsela tomar a Yi es meterse en una galerna. Todavía me pregunto de dónde saco esta paciencia. Sin embargo, sé que es únicamente con ella, porque cuando creo que me desespero por lo que pueda pasarle o no puedo darle, siempre la veo en aquel jergón inmundo, con el pelo rapado y apenas un hilo de vida en el cuerpo. Esto es una cosa más de niños, es normal. ¡Pero será la última vez que me dejo engatusar! (Iluso…)»

         «”Escribe sobre dioses o demonios. Conseguirás luz. Unos te la devolverán convertida en soles y a otros los podrás cegar”, me dijo Tejón una vez. Ese chino chiflado tiene sentencias para todo. Le hice caso. Me sirve de poco porque no evita las pesadillas, pero me alivia. Quizá es lo más que puedo esperar.

         Hace tiempo que acepté los malos sueños. Pero cuando se trata de William o Yi… La última vez bebí hasta caerme y mi único recuerdo es su cara con los ojos llenos de miedo. Quiero creer que ella no recordará nada porque solo tiene cuatro años y porque esa cara se convirtió en la mejor razón para no volver a perder el control así. Admito que he bebido después, pero no tanto, y ella ya no me ha visto».

         «Dejo el sur para alejarme de fantasmas y llego a Shanghai para entrar en una guerra. Tendré que fijarme en Valery, que se carcajea ante las soflamas comunistas. “¿Sabes lo que dijo alguien un día, inglés? Pues que esta vida la viven locos y luego la cuentan imbéciles. Por eso estamos condenados a repetir la Historia aunque sea la peor”. Valery también habla con sentencias, pero las suyas son de vodka. Ahora sí que jamás volveré a beber, y menos con él. Pero sabe lo que dice. “Luché contra los fritzs en el Báltico y luego contra el zar con esos mismos camaradas que, nada más vencer, se convirtieron en miles de pequeños zares en cada ciudad y pueblo. Así que me fui, hastiado, y vengo a parar aquí para ver caer a estos idiotas en la misma trampa. En fin, al menos aquí siempre estarán las mujeres más hermosas del mundo. Bien lo sabes tú que le hiciste a una esa muñequita de porcelana. Solamente por el jade de su piel merece la pena cualquier locura”.

         No, yo no hice a esa muñequita, pero supongo que mi locura es peor. Lo que espero es no llegar a perder un ojo, como él en esa pelea de hace una semana. Todavía no sé cómo pude sacarlo vivo de allí, menos mal que ayudó su amigo Lao, que lo sigue a todas partes. Y todo por encapricharse de la dueña del local, que le había ocultado verse con uno de los más importantes jefes de la mafia de la ciudad.

         Me estoy librando de demasiadas, pero estoy reuniendo lo suficiente para hacerme con ese barco que me gusta tanto. Tejón dice que ese ruso loco me está contagiando su insensatez. Es bueno tener una conciencia cerca cuando la tuya apenas funciona».

         Recordé a Valery un momento. Vi claramente su rostro ya tuerto, con el parche que intimidaba más que su colosal envergadura. Quizá porque su mirada añil se le concentró más poderosa y brillante en el ojo que le quedó.

            Valery Bórovich Bieski había sido oficial de la Armada imperial rusa primero y luego del Ejército Rojo. Un día se marchó, desencantado y asqueado por lo que empezó a ver del soñado comunismo que había abrazado con tanta devoción. Había terminado en China, donde se quedó por su única debilidad: las mujeres orientales. Negociaba en cualquier idioma que sonara a dinero y fue quien le dio el primer trabajo a Lung cuando llegamos a Shanghai. También lo acompañó en su primera y última partida de cartas en la que ganó la cantidad que le faltaba para comprar el Old Oak. A mediados de 1939 no le gustó que inquietantes cruces gamadas comenzaran a marchar hacia el este. Así que decidió volver aunque sus antiguos camaradas pudiesen querer fusilarlo.

            Suspiré. No había sido así entonces, pero a finales de 1944, ayudando a un colega amigo y unos compatriotas, sí lo hirieron cuando estaban a las puertas del mar Caspio. Ni él ni Lao lograron cruzarlo.

            Cuando nos enteramos, lo lamentamos mucho. También fue la primera vez que supe interpretar la mirada de James: volver a casa. Un sueño que empezaría al día siguiente.

            Sonreí. Seguí.

         «Tengo un barco, William. He podido comprarlo con mucha suerte y trabajo. Quisiera enseñártelo, ir a buscarte para que te vengas, pero no sé dónde estás. Te marchaste sin decirlo…»

         «No me gusta Gonzalves. Es extraordinariamente rico y lo que me propone no puede ser mejor. Entiendo que me esté agradecido, pero no acaba de gustarme. Sigo desconfiando de todos y de todo. No puedo evitarlo ni tampoco quiero.

         Tejón se pasa el día mascullándome que debería aceptar, que socios así no hay muchos, que él puede ocuparse de Yi, que aquí, en Shanghai y pese a todo, estamos bien. Pero he dicho que no. No quiero saber nada de socios de ningún tipo. Tejón también me reprocha eso poniéndose como ejemplo, pero sabe que nuestra sociedad no tiene nada que ver con los negocios. Esta libertad vale más que nada.

         Además, está Sabina Gonzalves, que es mucho más peligrosa que su marido. Y si hay algo que no necesito son mujeres peligrosas porque puedo conseguir a las que deseo sin complicarme la existencia. Otra vez no.

         Pero he aceptado algún trato esporádico, una travesía que pueda interesarme especialmente, aunque no larga. No quiero estar lejos de Yi. Es curioso. Pensaba que me alegraba de verla crecer y volverse más independiente, pero resulta que echo de menos no tenerla alrededor todo el día. La hermana Isabelle dice que es una niña muy despierta, con un don natural para destacar sin proponérselo. Es cierto. Sé bien de quién viene, pero solo puede tener lo mejor».

         «Me duele la pierna. A veces es por algún esfuerzo, un mal movimiento o un cambio de tiempo. Hoy debe de ser por todo eso. Menos mal que tengo una enfermera particular que me ha preguntado qué me pasaba, se lo he dicho y ha ido a buscar el botiquín, ha sacado el alcohol y las vendas, y se me ha puesto enfrente para decirme con mucha seriedad que le indicara dónde me dolía y me estuviera muy quieto para que pudiese curarme. He tenido que reírme y contestarle que no era nada, que solo estaba muy cansado. Pero entonces se ha quedado pensando y luego me ha preguntado si era que me dolía por dentro, y enseguida, con tristeza, ha añadido que si era por dentro, todavía no sabía curarlo pero que puedo dar por seguro que aprenderá muy pronto.

         Esta ha sido la semana de la enfermería desde que se cayó jugando entre los cabos y se hizo un pequeño corte en el brazo. Fue más aparatoso que grave, y lloró más por lamentar la torpeza propia —y desobedecer porque no debe jugar en la cubierta mojada— que por el dolor de las heridas. Sin embargo, la semana pasada fue la de la tienda de ropa después de que le diera por dibujar vestidos, y en la de antes tocó carpintería.

El conflicto está en que todo tendría que ser en un barco, pero razonó entusiasmada: si yo transporto madera, ¿por qué no tener un taller a bordo para construir los muebles durante la travesía y desembarcarlos ya fabricados? O si son telas, ella las cosería y solo habría que vender los vestidos en las tiendas al llegar. Y cuando son alimentos, se podrían cocinar para repartirlos a la gente en el puerto. Hoy ya ha organizado el hospital. “¿Se tarda mucho en aprender a curar por dentro?” ha sido la última pregunta. No le hará falta. Basta con mirarla».

         «30 de marzo. Feliz cumpleaños, madre. La echo tanto de menos… ¿Y cómo puedo pensar en mi padre y no gritarle que venga a buscarme? ¿Por qué sigo teniendo tanto miedo y preguntándome si me perdonarían? Hace mucho tiempo que estoy muerto y me lo he creído.

         Siempre fuiste un cobarde y ahora vives en un sueño, te mueves por impulsos, solamente pensando en el minuto siguiente, nunca más allá, porque eso era lo que hacías antes: esperar, todo pasará, se arreglará, no ocurrirá lo que sabes que va a ocurrir. ¡No! ¡No lo sabía! Simplemente no lo quise ver, confié, y así me lo pagó ese hijo de perra. No es ningún consuelo pensar en venganza. No podría acusarlo ni probar nada, solo aparecer. Sin embargo, entonces sí que no sobreviviría.

         Pero mis padres… ¿Por qué he permitido que crean que estoy muerto, que estén destrozados por haber perdido a los dos únicos hijos que tuvieron? O lo que es peor, que puedan conservar una mínima esperanza sobre mí y yo no puedo hablar, pero estoy aquí, muy lejos, pero vivo, con el corazón que me dieron.

         No tengo nada más de mí mismo y a veces no sé quién soy o en quién me he convertido. Incluso hay días en que no reconozco ni siento mi cuerpo porque lo uso solamente como una máquina que se mueve por inercia. Se me curó, siento el calor y el frío, la sed y el hambre, el deseo y la lujuria cuando tengo a una mujer, pero no son más que instintos ajenos a la voluntad y desaparecen en cuanto los he satisfecho».

         «Yi tuvo una pesadilla anoche. Fue extraño, pero abrí los ojos poco antes de oírla gritar, y lo hizo tanto y tan fuerte que pensé que era algo más grave. Me costó despertarla y después me miró como si no me conociera. Conseguí que bebiera agua y entonces comenzó a llamarme y tocarme la cara antes de echarse a llorar con mucha angustia. Me quedé a su lado pero no logré que me contara nada, aunque se fue calmando poco a poco y terminó durmiéndose. Yo no, pero tampoco es la primera vez y nunca he sentido cansancio después de esas noches en vela. Al contrario. Me tranquilizo notando cómo el cuerpo parece pesarle más a medida que el sueño la vence. Luego se le ralentiza la respiración y siempre suspira antes de dormirse totalmente. Nunca me molestan ni su calor ni su peso. Simplemente tengo todos los sentidos en ella, con una concentración única que, en lugar de exigirme esfuerzo, me quita cualquier otro pensamiento o preocupación. Quizá no me vuelve el sueño, pero también olvido los que perdí.

         Por la mañana seguíamos en la misma postura, porque Yi siempre se me pega al costado, me rodea el cuello con un brazo y pone la mano sobre el dragón. Muy pequeña, mientras todavía se recuperaba y apenas hablaba, se embobaba mirándolo cuando yo movía la cabeza, y lo tocaba con tiento, creyendo que tenía vida propia. Fue la primera palabra que dijo para dirigirse a mí y no le gusta que me lo tape la barba. Ahora lo difícil es que calle, y lo más desquiciante es cuando mezcla el inglés, el cantonés y el mandarín, que ya domina por el buen oído que tiene, como su madre».

         Al pasar aquella página me encontré el dibujo que nos había hecho Li Ming, quien además del mejor primer oficial también era un magnífico artista. Fue en esa época más o menos, de una travesía en el junco de un amigo suyo que aún navegaba de manera tradicional en aquellos antiguos barcos. Me estremecí al verme en brazos de James, tan pequeña aún. Me emocioné. Ahora esos brazos aún me querían más.

Ilustración de José Vicente Santamaría

         «Nos vamos. Shanghai ya no es una ciudad segura. Los bombardeos son casi continuos y no sé por cuánto tiempo más me valdrá el salvoconducto para franquear el cinturón de destructores japoneses. Ya he ayudado bastante aquí, me he arriesgado demasiado y no soy un soldado, no quiero saber nada de guerras, no me importan, no quiero que me importen. Evacuaremos San Miguel y nos iremos.

         En Hainan las cosas están más tranquilas y es una isla lo suficientemente grande como para moverse alrededor sin que haya muchos problemas, aunque ¿cuánto durará con una nueva guerra en Europa?

         Hace un mes que se marchó Bieski. Tenía razón. Los alemanes han tardado veinte años en querer venganza».       

         «He arribado con solo cuatro hombres como tripulación. A los demás he tenido que dejarlos marchar porque querían combatir contra los japoneses. La suerte es que conservo a los mejores. Fue buena idea que Tejón contactara con ese conocido de Lantau que tiene un socio aquí. Podremos alquilar una casa. Yi necesita seguir yendo a la escuela, tener una vida medio estable, al menos hasta que crezca un poco más».

         «Qué casualidad. Yi ha vuelto eufórica por encontrarse con su amigo Huo. Al parecer, su padre, el coronel Wu, tiene parientes lejanos aquí y, gracias a su posición en el ejército de Chang Kai Chek y a su herida en combate donde perdió un brazo, ha podido trasladar a su familia. Me gustaría saludarlos. Wu Tao no es un exaltado como otros militares, sino un hombre con convicciones claras pero mesuradas. Afortunadamente, la guerra civil está ahora detenida por la lucha común contra los japoneses. En cualquier caso, es una suerte para los niños».

         «No recuerdo cuánto hace que no me gustaba tanto una mujer occidental, pero si no me hubiera llamado la atención Karen Fredikkson, entonces ya sí que podría haberme considerado totalmente vacío».

         ¿Karen? ¿La señorita Fredikkson? Pero si estaba…

            «Está casada con uno de esos tipos que no saben la suerte que tienen, y si lo saben, son idiotas por haber conseguido una mujer así y no besar cada día el suelo que pisa.

         Sven Fredikkson es el miembro más rico de la pequeña comunidad internacional que hay aquí. Comercia con joyas en general y diamantes en particular, en representación de una exclusiva sociedad de joyeros suecos que es proveedora de la Casa Real. Tiene ojo para ello porque ha dado con este mercado que existe aquí desde siempre pero que es desconocido para los occidentales que no se mueven a su nivel. Se ha cuidado bien de guardarse la información y muy poco de su mujer.

         Supongo que Karen debía de llevar mucho tiempo ignorada y aburrida. También supongo que su marido pensaba que podía permitirle trabajar en la escuela sin temer nada, aunque quizá no contara con que ella se convirtiese en una profesora con mucha valía y magnífico trato, además de atraer por su exótica belleza, tan rubia y de ojos color turquesa. Pero lo que no supuse fue que no podría evitar citarme con ella al día siguiente de conocerla. Sin embargo, me he acostumbrado a aprovechar las oportunidades sin pensar mucho en consecuencias o… no, antes las pensaba demasiado y ahora ya no juzgo a nadie».

         «Bien, una muestra más de que todo se queda en la superficie aunque me guste mucho una mujer. Quizá el ejemplo más claro hasta ahora de que ya ni siquiera pienso en encontrarla para mí, y no solamente por Yi. En mi descargo, y también alivio, he logrado dejar de compararlas con su madre y, sobre todo, nunca habré deseado causarles daño. Por eso me he disculpado con Karen: es verdad que su matrimonio naufragó hace tiempo y ella estaría dispuesta a lo que fuera por una nueva vida, pero no he debido dejar que esto fuera a más.

         Es bonito verle la mirada llena de lo que me confiesa que es amor como nunca antes lo había sentido, pero yo simplemente siento que es más una ilusión, el sueño de cambiar su vida porque le fascina la mía; lo que no sabe es que la mía es una doble mentira que jamás podría explicarle bien y ella se merece mucho más. La única que podrá conocer y entender la verdad es Yi, si es que algún día tengo el valor de contársela».

         «Están bombardeando Londres y aquí sigo, bordeando la costa, burlando el bloqueo japonés otra vez, yendo a buscar a Yi, saludando educadamente a Karen, viendo sus ojos empañados y los míos secos. Solo se me humedecen en el agua, en el mar. Yi está aprendiendo a nadar. Es el único momento del día en que no tengo deseo de Karen. Por la noche, Bristol es una enorme diana señalada con una esvástica y William se cae cien veces del árbol porque yo tengo los pies atrapados en la nieve y no puedo correr para sujetarlo. Cuando me despierto, quiero golpearme el hombro, volver a dislocármelo para creerme que lo salvé, esa vez sí…

         No pasará de mañana sin enviarles una señal a mis padres».

         «Karen se marchó la semana pasada. Yi me trajo una nota suya. Regresaban a Suecia, pero no explicaba los motivos. Siento que tampoco me importan.

         Era una nota y casi una súplica también, como si esperase realmente que yo respondiera yendo a buscarla. No pude sentirme peor por más que pensé que ella había entendido que solo habíamos aprovechado el momento para olvidarlo al mismo tiempo. No sé medir sentimientos, y menos los de una mujer. La primera vez era demasiado joven y después no me dio tiempo más que a soñarlos como jamás volveré a hacerlo. Ahora es cuando creo que seguramente no los tuve ni los he tenido. Por eso no sé reconocerlos bien o no quiero.

         Lo lamento mucho, Karen. Me disculpé sinceramente».

            Levanté la vista. Ni lo habría imaginado. Yo tenía once años entonces, pero no paraba de preguntar por mi madre y buscar candidatas no ya para mí, sino también para que quisieran al capitán tanto como yo.

            Karen Fredikkson… Estuve completamente segura de que la cariñosa profesora no olvidaría jamás la luminosa libertad y calidez de los ojos de aquel marino inglés.

            ¿Cómo dejar de leer?

         «Yi ha cumplido hoy trece años pero no puede ser, es decir, lo que no puede ser es que… ¿Ya?

         “¿Cuándo creías que le pasaría? Mi abuela se casó a los quince”. Tejón siempre oportuno…

         ¿Y ahora qué? Hasta hoy he sabido hablarle, he encontrado caminos y respuestas mejores o peores y… Bien, sí, puedo decirlo porque es así: esa niña vive por mí, porque cumplí la promesa que le hice al sueño más hermoso del mundo que fue su madre y, simplemente, en el momento que la encontré y la tuve en los brazos, supe que en realidad yo había sobrevivido para que ella me salvara a mí. Pero ahora siento que quizás empiece a no necesitarme, o que sus dudas sean demasiadas aunque hasta ahora no ha callado una pregunta, con ese carácter que tiene, resuelto y abierto, tan inocente como reflexivo.

         Ahora ¿cómo seguiré? No tengo referencias. Al menos, al final he conseguido aclarar un poco mi confusión.

         En un primer momento, y para los aspectos más… digamos técnicos, recurrí a la señora Jun, nuestra vecina. Se encargó muy amablemente pero con esa mirada compasiva que a veces ponen las mujeres cuando se saben poseedoras de conocimientos que nosotros jamás llegaremos a imaginar y mucho menos a comprender sobre ellas. Le preparó un remedio casero para las dolorosas molestias físicas que tenía Yi mientras hablaba con ella. Pero cuando luego fui a ver a Yi, me sorprendió su gesto apesadumbrado y su pregunta tildada de un débil reproche.

         “¿Para qué la llamaste? Sabía que esto podía pasarme ya, solo que no esperaba que fuera hoy, habría estado preparada. Vaya cumpleaños…”. E inmediatamente cambió el reproche por una excusa. “Me lo explicaron en la escuela, a Xao ya le ha pasado, aunque… Sí, debería habértelo contado, pero es que a lo mejor te daba vergüenza. A todo el mundo le da. También a la señora Jun. ¿Por qué? Se supone que es algo bueno, ¿no?”

         Me quedé mudo y ella siguió: “No te preocupes. No voy a tenerles miedo a los chicos, aunque ya sé lo que pueden hacer algunos, pero son más tontos que peligrosos”. Se calló ante la cara que debí de poner y añadió enseguida: “Bueno, tú no, ni el tío Tejón, ni los demás, pero vosotros no sois chicos”. Sentí un irónico consuelo y ella continuó: “Pero hay cosas que no entiendo bien. ¿Por qué deberás tener mucho cuidado conmigo y por qué deberé obedecerte ya siempre? ¿Es que no lo hago? ¿Y cómo no te cuidaré cuando seas mayor o si no me caso? Le he dicho que, aunque tenga veinte maridos, a ti te cuidaré siempre”.

         He hablado con la señora Jun. También hay cosas que solo sabemos nosotros sobre ellas y no entenderían.

         De todas formas ahora sí empieza el lío, James».

         «Estoy ayudando a trasladar heridos desde el continente hasta el norte de la isla. Los japoneses se marcharon el año pasado, después de que los norteamericanos les declararan la guerra tras el bombardeo de sus bases en Pearl Harbour.

         Me gusta este trabajo. Pagan bien los fletes de material de construcción y, además, traigo a estos chicos. Tampoco me importaría mandar algún día un buque hospital mejor que un barco de guerra, pero ese es otro sueño mucho más imposible que el de la boca de coral que me ha besado esta tarde rozándome tanto el corazón.       Se llama Yuang. Es de una belleza casi intoxicante, también inteligente y extraordinaria como enfermera, pero sobre todo es independiente y muy dulce. No le asusta que le lleve diez años, tampoco que sea marino y extranjero, ni que haya una niña por medio. Es muy extraño que una mujer así no esté casada, pero no parecen importarle las suspicacias y habladurías. Solo dice abiertamente que aún no ha encontrado al hombre que quiere, y ese quiero ser yo».

         «Huo trae a Yi a casa todos los días, ella está en las nubes y nunca me ha hecho tantas zalamerías para un quipao nuevo o media hora más de paseo. Vaya, vaya…

         Yo llevo a Yuang a su casa, estoy en las nubes y también me he metido en su hermosísimo cuerpo.

         Lo de Yi es normal. Lo mío casi no puedo creerlo».

«La guerra ha terminado en Europa. Mis padres están bien. Al final tendré que agradecerle a ese mafioso de Chen Xian ese contacto en Londres, pero él también me debe más de un favor. Sin embargo, cuando debería estar más que seguro de amar a Yuang, siento que no sé si lo nuestro funciona de verdad. Y no es por la sorpresa y el recelo comprensible de sus padres que ella supo disiparles, aunque fue Yi quien los conquistó. Pero hay algo… no sé. Entiendo los prejuicios, yo también los tengo, sobre todo cuando pueden destruir sentimientos. Sin embargo, creo tener la fuerza para aceptarlos y desde luego para que no le hayan afectado a Yi. Por eso me siento tan mal. No dudo de lo extraordinaria que es Yuang, ni de su amor, pero me exijo verle esa misma fuerza y… no puedo. Seguramente el fallo es mío».

«¿Por qué no puedo equivocarme? ¡No quiero que lo lamente ni verla llorar! ¡Si no me deja, no puedo luchar por ella! ¿Pero por qué me ha sido tan fácil no pedirle más explicaciones?, ¿de verdad ha sido esto otra ilusión, otro sueño? ¡Maldita sea! ¿Qué hago mal? ¿Qué?»

«Y ahora esto.

Ayer caminaba por el cielo, el mejor cumpleaños de su vida, su primer beso, tan guapa como estaba. Hace tanto que superó a su madre en belleza y dulzura… En fin, que yo ya estaba dispuesto a hablar con Huo, que es serio, pero dieciocho años son dieciocho años en cualquier hombre del mundo, de toda raza y condición. No podrá ser. Al coronel Wu lo llaman para volver a la cúpula militar y el chico quiere alistarse.

Yi nunca había llorado tanto y yo no tengo más consuelo que mis abrazos. Me ha pedido que la lleve conmigo, que trabajará como uno más. No he podido decirle que no. ¿Por qué ha crecido? He querido que mirásemos las estrellas, como en los veranos cuando, echados sobre las estachas de proa, las buscábamos en el cielo y no había nada más perfecto y bonito.

No, ella no puede sufrir por amor, todavía no, nunca. Tendrás más sueños, Yi. Se te cumplirán, preciosa, a ti sí. Ya lo verás».

         «He estado enfermo. Los catarros que me devuelven bajo el agua podrida que tanto tragué. Pero después de recuperarme, he visto que Yi se ha preocupado demasiado, aunque sabe que no es nada grave, eso o que le ha ocurrido algo. Está muy distante y apenas me mira a los ojos. Lo único que se me ocurre es que me oyera hablar en sueños y temo lo que pude decir. Tejón me ha asegurado que no pero que sería mejor que empezase a pensar en hablar con ella. Tiene razón».

«Llevo diez días en Goa. Ya tengo el encargo de Gonzalves y una valiosa estiba de maderas nobles.

Debería haberme marchado ya porque las cosas tampoco están bien por aquí. Pero necesito pensar más.

Porque te has vuelto loco, James, ahora sí es cierto, de otra forma no se puede entender que hayas permitido esto. Y si no estás loco, es mucho peor, porque entonces te has convertido en un canalla y un pervertido; lo primero ya lo podías ser en mayor o menor medida, pero lo segundo… lo segundo es demasiado grave.

La locura es mi mayor excusa o, más bien, la única que tengo, aunque le haya echado engañosas cortinas de sarcasmo y escepticismo, de falsa valentía y peligroso equilibrio por los límites de la ley y la moral; u otras menos abstractas de opio, alcohol e instintos más que bajos. Pero tendría que haber sabido que, tarde o temprano, ella las descubriría, porque en eso, y maldito sea para siempre, se parece a su padre.

Las pesadillas de tragedias, miedos o maldiciones no son nada comparadas con este sueño o ensueño de no saber distinguir lo que siento de lo que soy. Han sido muchas miradas de mujer y de ella conozco todas, pero ¿esa también?

¿De veras la he seducido? No puedo creerme capaz de haberlo hecho con voluntad. La he criado, la… quiero como a nada y también… sí, también la he tratado mil veces como a William, como a un niño, un amigo más mientras iba creciendo; y estos años que ha trabajado en el barco me ha demostrado con creces la inteligencia, la disposición, toda la valía que tiene. Pero lo más importante es que si yo estoy confundido… ¡para ella soy su padre! ¿Qué ha visto? ¿Qué he hecho, que he dicho para que pueda sentir algo más que…? Es una chiquilla y una mujer a la vez… Por Dios, estoy tan cansado de todo…

Cuando regrese, ya conocerá la verdad y seguro que seguiré sin saber qué decirle. Pero ¿cómo huir de mi propia vida? Porque eso es lo que es ella, una vida que ya no quiero que me quiten aunque fuera engendrada por un sueño perfecto y la peor pesadilla. Yi, mi preciosa Yi, te he querido proteger de todo y ¿no podré de mí mismo? ¿Tendré que vivir en un constante duermevela para no hacerte daño?»

Cerré el cuaderno. Los dejé como los había encontrado. Pasé el resto del día terminando de prepararlo todo, sin dejar de temblar. James llegó al anochecer, feliz, nervioso, decidido. Al verme la cara se alarmó. Sonreí.

—No es nada.

Se acercó, me alzó la barbilla.

—Un palabra y nos quedamos, Yi.

Negué insistentemente.

­—Claro que nos vamos.

Apenas una hora después nos acostábamos. Se durmió como un niño.

—Eso es —le musité sobre el pelo—. Ahora seré yo quien vele tus sueños.

 

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Junio 2012

 

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Comments
35 Responses to “Derrota.”
  1. Mariola dice:

    Muchísimas gracias a José Vicente por su fabulosa ilustración. La verdad es que me ha permitido entrenarme para la siguiente convocatoria, porque el párrafo sobre ella está escrito posteriormente y en exclusiva. Ha sido un placer trabajar con otro gran artista como todos los que han ilustrado esta historia que ya está próxima a su fin.
    Espero que os siga gustando. 😀

    • Mariola, darte las gracias por tu excelente colaboración. Tu historia está llena de luz, aventura y sobre todo mucha humanidad. Ha sido un placer trabajar contigo en esta mi primera colaboración con todos vosotros, espero no sea la última. Sé, que mi ilustración es la más clásica de la convocatoria, pero me pareció que el tema lo merecía y la verdad es que leyéndote, me resulto muy fácil transportarme a los lugares que se narran. Y sí, para los que puedan ver cierta influencia y nostalgia del cine de los años 40/50, les diré que sí, me ha influenciado mucho esta época de grandes películas. Hasta la próxima, que yo repito. Buen verano a todos.

  2. Fernando dice:

    Muy bueno. Enhorabuena a ambos.El texto te atrapa y la imagen es como me lo estaba imaginando.

  3. tico dice:

    Como siempre Mariola muy buen relato y muy bien escrito aunque echo en falta un poco de acción ¡¡que son las aventuras del capitán Lung!!! ah se refiere a las aventuras amorosas 🙂

    Jose Vicente aunque el estilo de la ilustración no es el que más me agrade reconozco que la ilustración es buena. Noto alguna zona más trabajada que otra, por ejemplo, la cara y el brazo del capitán, pero me imagino que será por falta tiempo porque has demostrado que lo haces muy bien.

    Buen trabajo el de ambos.

    • Mariola dice:

      Ay, Tico. Si es que tocaba un impasse, jejejeje! Y me apetecía “meterme” en la piel del capitán… Ya veremos qué pasa en la próxima… 😉

    • Tico, efectivamente el tiempo jugaba en contra y sinceramente el brazo derecho de Lum no está totalmente terminado. Supongo que me deje atrapar por la atmosfera poética descrita por Mariola mientras pintaba el barco y luego tuve que correr un poco. Gracias por tu instructivo comentario, me ha hecho reflexionar sobre el proceso de la ilustración. Nos vemos.

  4. montseauge dice:

    ¡Qué bien escribes Mariola! De nuevo has sabido adaptar el tema a tu historia que has logrado mantener convocatoria tras convocatoria, algo difícil. Me ha gustado mucho la composición del relato, ha sido como una pausa en el camino para leer esos cuadernos que guardaban tantas historias y secretos.¡Excelente!
    José Vicente, la ilustración también estupenda, en consonancia total con el relato, muy vital,transmite ese lazo de amor que los une. Enhorabuena por vuestro trabajo!!!

    • Mariola dice:

      Muchas gracias, Montse. De verdad que sois vosotros quienes me animáis a continuar esta historia (y las que vengan). Trataré de que os sigan gustando.

  5. olgabesoli dice:

    Al contrario de Tico, creo que las aventuras amorosas del capitan Lung son tan emocionantes como las navales. ¡Preciosa historia, Mariola! Qué lástima que nos digas que ya se acaba…

    Y respecto a la ilustración, me gusta esos aires a postal clásica o retrato pintado a mano que tan bien ha sabido aprovechar Mariola en ese párrafo.

    Gracias a los dos porque, a partir de este momento, veré al capitún Lung con mejores ojos, por la sensibilidad que transmite en sus diarios y por su parecido a Leonardo di Caprio de la imagen.

    Buen trabajo y espero que el capitán siga unas convocatorias más.

    • Mariola dice:

      ¿Verdad que es clavadito a Di Caprio? ¡Ja, ja, ja! Ya se lo dije a José Vicente, aunque MI capitán no se parece en nada a él, pero… sí que ha coincidido con él en el cine (en dos pelis, jejejeje, ahí va una pista). A ver si conseguís descubrirlo un día de estos. 😉
      Ah, y bueno, sí, cada vez queda menos para un final (todo en esta perra vida se acaba), pero… “not yet” (esto también es una pista para los más cinéfilos que ven pelis en v.o.).

    • Cuando leí la historia, el momento en que Lum tenía en sus brazos a Yi me pareció muy humano, pero luego cuando leí el detalle del dragón en el cuello, la atmosfera que lo envolvía, la época en que discurre, ya me decidí por la escena de los dos en cubierta transmitiendo el gran amor que hay entre los dos en ese preciso instante en que ella juega con su cuello/dragón. Gracias.

  6. Cuando te leo, Mariola, no puedo dejar de pensar en Corto Maltés, en “55 días en Pekín”, en “Callejón Sangriento” (para los más jóvenes aclararé que es de John Wayne) y en otras muchas del mismo estilo de las que ahora mismo no me acuerdo. Mi cabeza viaja inconscientemente al mundo que has creado, con sonidos, olores, sabores, colores y sentimientos que te atrapan durante el tiempo que dura la lectura, y creo que es lo máximo a lo que podemos aspirar los que pretendemos hilar palabras con acierto.
    La ilustración, José, es muy marinera y muy “sudesteasiática”: el diseño del barco, la luz y el color… (claro que quizás ayuda un poco también el hermoso rostro de ojos rasgados de la pequeña), pero convendrás conmigo en que Mariola te lo puso “a huevo” ¿eh? ;D

    • Mariola dice:

      Ay, Roberto, me parece que te has pasado veinte pueblos… Acercarme a Corto Maltés, 55 día en Pekín o…, por Dios, la maravillosa Callejón sangriento son palabras MAYORES. No, no, ni hablar, eso es mucho pa mí. Pero bueno, te aceptaré tus halagos y te los agradezco aún más. Yo creo que a lo máximo que podemos aspirar los que tratamos de juntar palabras con un pelín de acierto es a entretener con lo que se nos ocurre. Si lo estoy consiguiendo con esta historia aunque sólo sea por un ratito, ya me doy más que satisfecha. 🙂

    • Efectivamente Roberto, los ojos rasgados y la perfecta descripción de Mariola ayudan. Sin ello, no habría imaginado la escena. Y eso es mucho para poder empezar a pintar. Gracias por tus palabras.

  7. tico dice:

    No sé si saldrá repetido este comentario pero ya que lo escribí el otro día y no lo veo lo repito:
    “Es cierto Olga, a mí me encantan las historias de Mariola pero ante el escenario que nos plantea, tan bien descrito, narrado, y con tantos detalles (de los personajes, históricos, etc) no he podido evitar que la imaginación se me dispare en busca de acción, pero esto no quiere decir que no me guste la historia eh?. La idea del diario del capitán, que lee Yi y sabe ahora lo que pensaba de ella con respecto a su “asunto” del capítulo anterior (aún no me lo he podido quitar de la cabeza), pero ahora que lo sabe, qué pasará? Bueno, ya lo dejas ver en las últimas líneas Mariola. Ya tengo ganas de leer la siguiente.
    Por cierto destaco estas frases que me han encantado, entre otras: “Solamente por el jade de su piel merece la pena cualquier locura” y «Está casada con uno de esos tipos que no saben la suerte que tienen, y si lo saben, son idiotas por haber conseguido una mujer así y no besar cada día el suelo que pisa.”

  8. caliopecrowe dice:

    Mariola, como siempre de diez . Gracias por hacernos viajar siempre con tus escritos y por hacer que nos metamos en la piel de hombres valientes y mujeres con toda la fuerza del mundo, tu toledana siempre.Nos vemos pronto, ¡¡Besos sister!!!!

    • Mariola dice:

      Ayss, pues creo que ya te respondí pero no salió el comentario. Te lo repito: gracias a vosotros y a ti en especial porque me conoces de varios años y sabes que escribir me sale del corazón y vosotros sois una parte muy pero que muy especial de esa inspiración. Nos vemos. ¡Más besos, guapa!

  9. nuria dice:

    Mi querida Mariola, ¿tu sabes lo difícil que es expresar esos “trozos del alma” de un hombre como el Capitan Lung? Ni te imaginas cómo has diseccionado el alma de un hombre y como me ha llegado hasta el corazón. Esta última entrega no es que me haya gustado, simplemente me ha apasionado. Gracias por tanto…….y ya me tienes esperando la siguiente entrada.
    Qué grande eres!!!

    • Mariola dice:

      Tú sí que eres Hadley… digo Grande, ¡jajajajaja! Y más gracias por tus palabras. Ah, y por lo que dices de ser difícil lo de expresar trozos de alma de un hombre… igual es que ¡fui uno en una vida anterior ;-)! No sé, no sé, eso lo pueden decir mejor ellos. 🙂

  10. vaya, realmente me tengo que poner a leer desde la primera convocatoria, veo que me encuentro ante una historia con mucho jugo y con esta entrega me he enganchado. He disfrutado de cada lugar que has descrito, viviendo esta aventura marinera como cuando era un niño. Además, la ilustración para mi es perfecta, creo que da en el clavo en un momento muy emotivo, creo que es tal y como debería ser y verlo plasmado es todo un 10. Mi enhorabuena a los dos por semejante pieza!

  11. Jesús Rodríguez dice:

    Llego un poquito tarde, porque no te había leído.
    Llego un poquito tarde, no porque no haya querido.

    Te dicen tantas cosas, que no me quedan palabras.
    Te dicen tantas buenas… que ya te contaré cuando le pongas el punto y final al capitán lung. Jejeje.

    Si lo das por terminado, no lo habré comentado.
    pero sí podré decir, que lo he considerado.

    Cojo todos los comentarios que te han hecho, porque todos son sinceros, los meto en mi batidora y te los entrego.

    Sobre la ilustración ¿Qué puedo decir? Llevo más de treinta años navegando a vela y viviendo mis propias aventuras. Al ver la ilustración me apeteció pedir permiso para subir a bordo.

    • Mariola dice:

      Jesús, ¡qué bonito!, ¡una crítica en verso! ¡Muchas gracias! Y más por hacer tuyos todos los comentarios y entregármelos. Pero sobre todo, ¿de verdad navegas a vela? Por favor, por favor, déjame entonces pedirte consejo o aclararme las dudas que puedan surgirme. Debería haberlo sabido antes. Habríamos hecho un trato: mis correcciones por tu pericia náutica y sobre todo por las tuyas, si es que has podido ver errores en algo que haya escrito sobre ello. Normalmente no me meto en camisa de once varas, porque aunque conozco un poco el tema, en absoluto me atrevo al manejo de los que sois de mar.
      Si la ilustración de José Vicente te ha gustado y has querido subirte a bordo, espero que las historias también sepan poder transportaros a los que conocéis de verdad ese mundo.
      En fin, ya te lo diré a la próxima.
      Muchas gracias de nuevo. 😀

      • Jesús Rodríguez dice:

        Tengo barco y si quieres podría enseñarte a navegar (Solamente tendrías que venir a Asturias y en concreto a la Ría de Villaviciosa). Soy entrenador de vela de la Federación Española y he sacado a más niños al agua que el “Capitán Trueno”. jejeje.

        Te lo repaso pero en principio no he chocado contra nada. Es que últimamente no tengo mucho presupuesto para el chapista. XD

        Roberto, no me he olvidado. Tenemos pendiente la salida con tus niños. <>. 🙂

      • Jesús Rodríguez dice:

        Si en la próxima saliera como tema el viento, conocerías la estrecha relación entre el mar, los barcos y el travieso viento.

    • Jesús, gracias por tus palabras. Me da gozo saber que he sido capaz de transmitirte salir con tu barco, y más de un hombre de la mar como tú. Pero la verdad, el relato también cuenta. Gracias de nuevo.

  12. jesús Rodríguez dice:

    Comentarios náuticos:

    Hacer tomar a Yi su medicina es como meterse en una “galerna”. Buenísimo. Se abre todo un mundo de sensaciones extremas.

    “Esta libertad vale más que nada”. Entre los hombres de mar y tratándose de medias en negocios náuticos, las únicas aceptables son las de las mujeres y en invierno.

    Como ya te había comentado… ¡no tengo que ir al chapista!

    • Mariola dice:

      Jesús, muchas gracias por tus comentarios. Conque instructor de vela, qué bonito! Ays, yo sólo llego a competencia de marinero y cursos de contra incendios y supervivencia en el mar. Tomo nota porque tampoco conozco Asturias.
      Me gusta mucho la palabra “galerna” y también “derrota” en su acepción náutica. Espero que me sigas comentando cosas y ya te preguntaré. 🙂

      • Jesús Rodríguez dice:

        “Derrota”. Gran palabra, da sentido y rumbo a tu vida. (Marca el camino que se ha de seguir).

  13. Luis M. Casani dice:

    La verdad, es que el dibujo le da un toque más cercano a la historia, puedes dar expresion a su cara segun avanza la historia y te hace más conmplice de sus circunstancias. Me ha gustado el trabajo de los dos.

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