Despertar.

Autor@:  Olga Besolí

Ilustrador@:  Rosa García

Corrector/a:  Elsa Martínez

Género: Fantasía

Este relato es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Despertar.

Despierto poco a poco, lentamente, como si regresase de un dulce sueño de cantos nocturnos y cielo estrellado. Muevo los brazos para incorporarme, mis manos se posan sobre la hojarasca. Pero un destello me ciega y no me permite abrir los párpados. Huele a tierra húmeda, a frutos silvestres y hierba fresca. Entreabro los ojos. Los haces de luz caen verticalmente sobre las copas de unos árboles frondosos y de grandes hojas. Me aparto y busco una zona sombría al lado de un gran roble. Desde allí, la panorámica que se descubre ante mí es impresionante. Grandes masas de líquenes pintan de verde los troncos retorcidos de unos árboles majestuosos, mientras, a su vera, especies vegetales de todo tipo exhiben grandes hojas coloradas que evitan que los rayos solares lleguen hasta el suelo fértil de tierras negruzcas. Este es el bosque de mis sueños. Toda mi vida he querido adentrarme en él y ahora poso mis pies desnudos sobre su manto. Y corro libremente por él, sin descanso, como lo hacía en mis sueños de niña. Me adentro en su espesura sin miedo a desorientarme y perderme, siguiendo el curso las mariposas que vuelan en bandada buscando nuevas flores multicolores, hasta que la visión de algún animal fascinante me despista o una flor de colores turquesa y oro, como esa que se despliega esplendorosa ante mis ojos, reclama mi atención. Entonces acerco mi mano para disfrutar de su tacto.

Ilustración de Rosa García

– Ni lo intentes.

Resuenan detrás de mí un millón de cascabeles que se unen formando estas palabras. Me giro y me sorprendo al ver  a un pequeño ser hecho de humo, semitransparente, cuyos miembros se agrupan y desagrupan en bocanadas.

– La Flor Delta se marchita si la toca un humano y tú no querrás eso, ¿verdad? –me pregunta ese ser con voz acampanada, que se concentra y se expande constantemente.

– ¡No te vayas! –digo desesperada al ver que se deshace para no reaparecer más–. Dime ¿qué… quién eres?

Pero le hablo al aire, mientras doy una vuelta sobre mí misma, intentando ver lo invisible y sin saber hacia dónde dirigir mis palabras. La pequeña entidad nubosa pronto se recompone de nuevo ante mí.

– ¿Quién soy o qué soy? ¿Cuál de las dos quieres saber? –dice en un susurro hecho de campanas tintineantes.

– Las dos –contesto de inmediato.

– Soy Iglu, un Silfo del aire.

– ¡Guau! ¿Y hay más seres como tú en este bosque?

– ¡Por supuesto! –responde él con voz grave de cencerro–. Pero existen muchos más seres que no son como yo. –Y su estrepitosa risa, que se asemeja al sonido de una alarma, estalla y retumba en la distancia. Cuando me doy cuenta ya le he vuelto a perder de vista. Solo su carcajada hecha de timbres sonando cada vez más distantes, me indica que se aleja en alguna dirección incierta.

Perpleja todavía, reemprendo mi curso hacia el corazón del bosque, intrigada por ver qué otras criaturas excepcionales me aguardan. Pronto veo un pequeño anfibio llameante que se desplaza serpenteando lateralmente por el suelo, dejando tras de sí una huella chamuscada que desprende un olor parecido al de la leña consumida al calor de la chimenea. Decido perseguir al sorprendente animal pero, a mis espaldas, un pequeño ser tira de mis faldas. Miro hacia abajo y veo a un diminuto hombre viejo, con la piel oscura y rugosa como la corteza de los árboles más adustos. Tiene forma humana, pero en ningún modo lo es, pues a duras penas me alcanza la rodilla y su cabeza es pequeña como una naranja. Por su culpa he perdido el rastro del animal. Me agacho para verle bien la cara.

– Y tú, ¿qué quieres? –le pregunto de mala gana.

– Avisarte del peligro, so tonta –me contesta él, impertinentemente, mostrando su carácter y aliento agrios.

– ¡Oh, vamos, pero si solo es un bichito de nada! ¿Qué puede hacerme? ¿Morderme?

– ¡Humanos! Os creéis que lo sabéis todo, ¿no?

Pienso que no es bueno entrar en una discusión con un ser extraño del que no sé nada, así que me niego a caer en su provocación.

– ¡Que no! ¡No me refiero a la salamandra de fuego! –sigue hablando él, indiferente a mi silencio–. Ella es absolutamente inofensiva. Bueno, si la tocas te llevarás una buena quemadura, nada importante comparado con…

– ¿Con qué? –le corto impaciente.

– Con el peligro que entraña acercarte al río y que te vean las ondinas.

– ¿Ondinas?

– Sí, ondinas. Las ninfas del agua. Las sirenas de agua dulce, para que me entiendas.

– ¡Sirenas! ¿Hay sirenas aquí?

– No tan deprisa. Ellas no son como vosotros las pintáis. En realidad, son seres terribles, de naturaleza maléfica, y si te ven querrán, de seguro, llevarte con ellas.

– ¿Adónde?

– Bajo las aguas. Te ahogarán antes que te des cuenta.

– Puedo correr el riesgo –le digo altiva.

– No se trata de un riesgo, ni una posibilidad. Es una certeza.

– ¿Y por qué debería creerte?

– Porque soy un elemental de la tierra, un elfo, y los humanos estáis bajo mi protección, sobretodo cuando entráis en nuestros lares. Así que dime, niña boba ¿piensas hacer caso de lo que te digo o, como la mayor parte de los de tu especie, vas a cometer alguna estupidez que va a acabar en desastre?

– Pues no sé. Ya veremos –le respondo orgullosa–. De momento, lárgate de mi vista y déjame en paz.

No quiero seguir hablando con él: me pone de mal humor. Minutos después, estando sola de nuevo, todavía me siento irritada con ese diminuto y despreciable ser al que me hubiera gustado darle un buen puntapié. Camino deprisa sin poner atención a mi rumbo, hasta que el sonido del agua burbujeante llega a mis oídos, mezclado con un canto que me recuerda a algo que quizás he soñado y me trae a la memoria imágenes de estrellas titilantes sobre un cielo nocturno. Nunca he visto ninguna sirena. Tal vez si me acerco sigilosamente, las plantas me darán cobijo y podré observarla de lejos, sin que se entere de mi presencia.

Pronto distingo unos cabellos ondulados, largos, con reflejos dorados. Me acerco un poco más y allí, detrás de las rocas que parten el curso del río en dos, veo a una de ellas de espaldas. Pillándome desprevenida, la ondina se gira y sus ojos color violeta se clavan en mí y arrancan un agudo chillido de mi garganta.

******

Me despierto sudorosa y temblando. Me incorporo rápidamente. El corazón me late con fuerza. Ante mí, el mortecino sol del amanecer alumbra pálidamente el mar, produciendo destellantes salpicaduras anaranjadas sobre su superficie. Todavía pueden verse las principales estrellas, con su brillo amortiguado por la luz del día naciente. Tengo el cuerpo entumecido y siento los miembros fríos como si hubiese pasado mucho tiempo tendida sobre la arena húmeda, aunque sé a ciencia cierta que sólo han sido unas pocas horas. No en vano esta ha sido la noche más corta del año. Aún así, no he debido despertarme tan de madrugada; ellas todavía siguen durmiendo. Debería descansar un poco más, pero estoy inquieta y no me rindo al sueño. Tampoco me apetece arrebatar a mis compañeras de los brazos de Morfeo tan pronto. Esperaré a que recobren la consciencia de forma natural, dejando que sus sueños se desvanezcan por sí solos, para no romper su hechizo.

Yo también creo haber estado inmersa en un sueño maravilloso. Rememoro el olor profundo a tierra mojada, perteneciente a algún lugar recóndito que, en estos momentos, soy incapaz de vislumbrar. ¿He tenido éxito en traspasar el umbral hacia el otro mundo? La verdad es que no alcanzo a recordar. De ser así, debería haberme traído alguna prueba física del otro lado, pero mis manos están vacías. Sólo me he llevado conmigo la extraña sensación de que viví algo intenso, maravilloso y terrible a la vez, y que me quedó un asunto pendiente, algo de vital importancia, que no atino a rememorar. Desde la consciencia de la vigilia lo onírico nunca adquiere un sentido claro. Permanezco un rato así, inerte, concentrada en recordar, hasta que me doy cuenta de lo inútil que es mi esfuerzo: mientras los minutos vayan pasando, más lejana será la sensación y más se perderá irremisiblemente toda esperanza de visualizar lo sucedido mientras dormía. ¡Que curiosos son los sueños que tan pronto como los dejas atrás, se olvidan!

Quizá alguna de ellas tenga más éxito que yo y, cuando despierte, pueda contarnos sus hazañas del otro lado. Si no, nuestro ritual mágico en esta noche de San Juan habrá sido un completo fracaso. Pero aún es pronto para llegar a ninguna conclusión. De momento solo cabe esperar.

Observo como ellas duermen tan intensamente que parece que sus cuerpos no contengan vida alguna. Tres bellas ninfas que me imagino flotando pálidas a mi lado sobre un mar que nos envuelve, como Ofelia en su mortuorio lecho acuático, llevada por los vientos.

La idílica imagen es borrada de cuajo por una súbita brisa que se levanta y desdibuja nuestro círculo mágico. Una oleada de molesta arena asciende en un repentino torbellino.  Nuestros enseres se tambalean, cayendo y rodando, entre los restos de las velas consumidas, convertidas ahora en pegotes cerúleos que forman extraños dibujos sobre el suelo arenoso. Siete velas de los siete colores del arco iris. ¡Que distintas se veían mientras se consumían bajo la luz de la luna, con el susurro del oleaje coreando nuestros cantos ancestrales! ¡Que inmensas eran sus mechas ardientes mientras simbolizaban ese portal mágico que pretendíamos cruzar!

Intento recolocar todos nuestros objetos sagrados que ahora parecen simples bártulos, baratijas mecidas por el viento: el plato vacío que por suerte no se ha roto y que contuvo los inciensos con los que Emma aromatizó la velada, y que debe descansar donde lo hace ella, al oeste, allí donde rige el elemento aire; el tiesto con mi preciosa planta de verbena, que el viento ha volcado y que ahora sostengo entre mis manos, sana y salva en mi lado del círculo, el extremo norte, atalaya de la madre tierra; y el hornillo de aceite que trajo Rosa y que vuelvo a depositar a su lado, en el este, allí donde debe estar el elemento fuego y cuyo contenido, por suerte, agotamos durante el transcurso del ritual. Pero la copa rebosante de pura agua de lluvia ha volcado abruptamente y se ha resquebrajado, derramando la totalidad de su contenido sobre la arena, que lo ha absorbido en un segundo.

Al instante, una nube negruzca atraviesa el cielo mientras restablezco los fragmentos de cristal ante Gina, que ahora se agita en sueños, en el extremo sur del círculo. El tiempo apacible se vuelve repentinamente desasosegado y una punzada en mi estómago señala un mal presagio proveniente del elemento acuoso. El agua sagrada y bendecida se ha derramado. Alzo la mirada en dirección al inmenso mar y veo como un gigante muro de agua salina y espumosa, de varios metros de altura, se abalanza sobre nosotras en forma de ola rompiente, acompañada de un rugido que parece proceder de las entrañas de la tierra.

******

Ilustración de Rosa García

Me siento medio adormecida y me noto incorpórea, pero aliviada y tranquila. Soy consciente que he tenido una terrible pesadilla. Un sueño de muerte. Como cuando uno cae al pozo y despierta justo en el instante que va a estrellarse contra el fondo. Solo que esta vez no recobré la lucidez a tiempo y me hundí. Recuerdo la sensación de ahogo y de zarandeo. Y esa humedad terrible. Y tras ella, la calmada visión de ese cuerpo azulado flotando a la  deriva, bellamente mecido por el viento. Pero esa no puedo ser yo, no soy yo. No. Esa sobre las aguas me resulta demasiado lejana, demasiado insignificante. La siento tan extraña como el recuerdo de un sueño olvidado. Y yo, ahora, no estoy soñando, aunque tampoco pueda ratificar que estoy del todo despierta. No puedo abrir y cerrar los ojos; no me veo las manos; no noto un solo músculo aunque lo intente. No parezco tener control alguno sobre mi cuerpo. ¿Será que mi mente se ha despertado mientras mi cuerpo sigue dormido? ¿O tal vez me encuentre varada en algún lugar impreciso, a medio camino entre el sueño y la vigilia? ¿Es este un lugar entre los mundos?  Porque me noto como flotando entre la nada de una oscuridad silenciosa y vacía que, sin embargo, me resulta familiar. Tengo la extraña certeza de que he estado con anterioridad aquí, que, en cierto modo, tenía que alcanzar este lugar pero que voy hacía otro lado; que este es solo un lugar de tránsito, un oscuro y solitario túnel de paso. Y allí, al fondo del túnel, veo finalmente una luz blanca que resplandece inmensamente. A ella me dirijo. Ese es mi destino. Cuando llegue a ella, despertaré.

OLGA BESOLÍ

Junio 2012

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Comments
13 Responses to “Despertar.”
  1. Olga Besolí dice:

    Bueno, ya estamos aquí otra vez. Pero, antes de nada, quiero dar las gracias a Rosa García por las geniales ilustraciones que ha realizado del relato. ¡Ha sido un placer trabajar contigo!

    • laberinros dice:

      Pues para mi mas placer trabajar contigo. Genial y muy inspirador tu relato, Olga. Salieron solas, hice los bocetos en la primera lectura, como ya te dije. Un abrazo enorme.

    • Jesús Rodríguez dice:

      Me ha gustado mucho tu relato pero… dejaré pasar unos días y en el momento adecuado lo relere otra vez. Creo que me ha quedado algo en el tintero. Es profundo y quiero disfrutar más de los detalles.

      • olgabesoli dice:

        Gracia,s Jesús, por tu comentario. Bueno, ja me dirás si después de esa segunda lectura sigue gustándote. Espero que sí.

  2. tico dice:

    Genial y mágico el relato Olga, me ha encantado, y tu forma de escribir me gusta mucho. Además eres muy versátil, recuerdo tus tres últimos relatos: El hombre de Tollund, Regeneración y éste, a cual más diferente, pero muy buenos los tres.
    Y Rosa, estupendas tus ilustraciones, un día te dije que me gustaba mucho cuando las hacías en b/n y sin embargo lo que destacaría esta vez son los colores. Te han quedado muy bien.
    Buen trabajo de ambas.

    • rosag2 dice:

      Bueno, Tico, muchas gracias por la parte que me toca y también agradecer a Olga el escribir este magnífico relato que me toco el alma desde el primer momento.

      • olgabesoli dice:

        Gracias Rosa. La verdad que ha sido un buen equipo. A ver si coincidimos en otra.

      • laberinros dice:

        Ya sabes Olga, que fue un placer trabajar en tu equipo. Esperemos que se repita. Muchos abazos.

    • olgabesoli dice:

      Tico, con comentarios como el tuyo, una coge energías y ganas para seguir sacando tiempo a otras cosas para escribir en el ezine.

      Y encima has dado en el clavo con lo de “versatil”. No es que lo haga a posta, es que busco siempre el punto de mira desde el que se puede narrar mejor cada uno de los relatos, priorizando la historia por encima del estilo. Por eso cada una va “a su rollo”. ¡Que le vamos a hacer!

      ¡Gracias por tu comentario!

  3. Estoy contigo, Olga. Yo también priorizo la historia por encima de la forma de contarla. No es que con eso sea mejor o peor que los demás, es que es mi forma de escribir. ¿Podría hacerlo de otra forma si fuese necesario? Puede ser, pero no sería auténtico, no sería yo. Por eso admiro profundamente a quienes, como tú, intentan salirse de la senda trillada y arriesgar dejándose llevar. Un excelente relato en el que las ilustraciones son un hermoso apéndice del mismo.

  4. Me ha alucinado el relato, el mundo mágico que en él describes, sus criaturas, el salto entre lo real y lo onírico, muy bueno!
    Igualmente opino sobre tus ilustraciones, Rosa, me han parecido geniales creo que han captado las palabras de Olga a la perfección!
    Genial trabajo, equipo!

    • laberinros dice:

      Gracias Alex, este trabajo ha sido muy inspirador y gratificante, como ya le he comunicado s Olga anteriormente.

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