El mejor regalo.

Autor@: Jesús Rodríguez

Ilustrador@:  Rafa Mir

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Relato

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez, y su ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El mejor regalo.

Sale de casa. Su mochila, su bastón y su perro. ¿Por qué lo hace? Vaga sin rumbo por las calles, recorre grandes distancias, siempre ocurre lo mismo… Llora. Todos los días regresa triste, cabizbajo, un día tras otro… Monotonía.

                —¿Quiere que le acompañe? —preguntó David cuando el anciano salía de su casa.

                —¿Por qué quieres acompañar a un viejo? ¿O quizá lo que quieres es jugar con mi perro?

                —No, quiero acompañarle porque siempre está solo y regresa muy triste. ¿Qué pasa?  ¿Va en busca de alguien y nunca lo encuentra?

                David es un niño de doce años, alto para su edad y delgado, muy delgado. Siempre con su media melena rubia alborotada, sus ojos pardos de pícara mirada y su tez morena. Un modernito de los que, se piensa, sujetan los pantalones con las rodillas y no llevan la cara llena de piercings porque no lo permiten las normas de su casa.

                Hacía ya un tiempo que se había detenido en observar a su anciano vecino. Anciano para él, ya que Don Bernardo no tiene más de sesenta años. Posiblemente lo que le hace parecer mayor es su triste soledad. Vive solo desde que su mujer falleció, no tiene hijos ni familiares directos que le visiten. Está solo, realmente muy solo. Viste siempre la misma ropa, o por no complicarse escogiendo, se ha comprado varios pantalones, camisas y chaquetas iguales. Es como un uniforme muy particular. Pantalón negro de tergal, camisa de cuadros blancos y azules que no pega nada con sus pantalones y mucho menos con la chaqueta de punto verde que la cubre, pero en fin, así es don Bernardo.

                Los dos se encaminaron hacia… cualquiera sabe, don Bernardo siempre sale sin rumbo.

                —¿Dónde vamos? —preguntó David colocándose delante de Bernardo caminando marcha atrás.

                —¿Hacia dónde te gustaría? —indagó Bernardo en busca del interés del muchacho.

                —Yo no sé lo que suele hacer usted, pero supongo que irá algún lugar.

                —Nunca voy hacia ningún sitio —contestó Bernardo, claramente apenado.

                —¿Y por qué no? —se extrañó David.

                —Porque no tengo a nadie a quien visitar —aclaró Bernardo, afligido— y desde que se murió mi mujer y hasta hoy, tampoco tuve a nadie a quien llevar a ninguna parte.

                —¡Pues ahora me tiene a mí! —expuso  el muchacho con tal entusiasmo que parecía haber dado con la solución a todos los problemas y las tristezas de aquel buen hombre.

                —Por cierto —preguntó David, extrañado—, si no va a ninguna parte, ¿por qué carga todos los días con esa mochila a la espalda?  ¿Qué lleva en ella?

                El rostro de Bernardo se iluminó, aquella perpetua tristeza se disipaba por momentos.

                —La cargo en espera de que alguien como tú me pregunte lo que me has preguntado.

                David, aturdido por la extraña contestación, preguntó:

                —¿Se refiere a qué lleva en ella o a por qué la lleva?

                Por primera vez en varios años la cara de Bernardo esbozó una amplia sonrisa al contestar:

                —La acarreo para guardar todo lo necesario para llevar a quien me quiera acompañar, a cualquier sitio que este pueda imaginar.

                —¿Qué es? ¿Una mochila mágica? –Los ojos de David se mostraban tan abiertos como su boca. Se quedó paralizado por la emoción mirando fijamente a Bernardo en espera de la ansiada contestación.

                —Sí —respondió aquel hombre directamente y sin miramientos—, es mágica y de ella sale tanta magia como tu imaginación pueda crear.

                Durante un rato el muchacho se quedó callado, inmóvil, pensativo.

                —¡Ya sé a dónde podemos ir!  —gritó entusiasmado. No se podía creer lo que le estaba sucediendo, por fin podría hacerlo.

                —Tranquilo, tranquilo —le atajó Bernardo antes de que se hiciera falsas ilusiones—,  no se trata de ir de viaje a ninguna parte, o al menos, no físicamente.

                —¿Entonces cómo? —preguntó el muchacho, un tanto desilusionado.

                «¿Cómo se lo puedo exponer?»,  se preguntó Bernardo, con los brazos cruzados y una mano en la barbilla.

                —La forma de viajar —contestó— no es fácil de explicar con palabras. Tendrás que experimentarlo para lograr entenderlo.

                —¡Pues no perdamos tiempo y sea como sea,  hagámoslo!  —afirmó David con todo el entusiasmo recuperado.

                —Vamos hacia el parque y allí te daré lo que traigo en la mochila —le indicó Bernardo en tono misterioso.

                David caminaba tras aquel hombre sin perder de vista ni por un instante la mochila. ¿Qué sería aquello tan mágico y misterioso? La impaciencia le hizo acercarse e intentar hurgar en esta. Bernardo se dio la vuelta, muy serio le miró y le dijo:

—Todo a su tiempo, David, todo a su tiempo.

                Llegaron al parque y se encaminaron hacia una zona de pradera con árboles centenarios. Era un lugar muy tranquilo y a aquella hora de la tarde había muy poca gente. Se sentaron en el suelo y Bernardo procedió a abrir la mochila.

                —¿Qué hay dentro? ¡Enséñemelo!

                La  impaciencia hizo a David ponerse en pie y dar vueltas alrededor de Bernardo. Este le mandó sentarse y tranquilizarse, le aclaró que de otra forma sería imposible conseguir nada. El joven se sentó, pero su pierna izquierda no dejaba de moverse. Bernardo metió la mano en la mochila y muy lentamente, pero sin pausa, fue sacando lo que en ella traía.

                —¿Esto qué es, una broma? ¿Me está tomando el pelo o qué? —gruñó David, visiblemente enfadado—. ¡Increíble! ¡Tanto rollo y al final lo que trae es una almohada!

                —Cierto que es una almohada —Bernardo contuvo al enojado muchacho—, pero no es una almohada cualquiera, es mágica.

                David, incrédulo, le contestó:

                —Bueno, ande, ¿y qué hace para ser mágica?

                Bernardo, hombre paciente, le explicó:

                —Como ya te he dicho, hay que probar para entender, con palabras no se puede explicar. Túmbate en el suelo y abrázate a ella. No temas, sencillamente deja que te duerma, que yo velaré tu sueño.

                David accedió a la petición de Bernardo, no entendía lo que este pretendía, pero de todas formas…

                —¡Despierta, muchacho! ¡Si me descuido te quedas dormido el día entero! ¡No perdamos más tiempo, que tenemos muchas cosas que hacer!

                —¿Muchas cosas que hacer? ¿Qué cosas? —preguntó David, que se encontraba totalmente desorientado.

                —Tú sabrás. Se supone que tú eras el que quería ir a no sé qué sitio y hacer no sé qué cosas, así que, adelante, ¿qué quieres que hagamos?

                David no se podía creer lo que estaba sucediendo. No se había “llegado a dormir” y aquel viejo loco ya le estaba despertando dando saltos de alegría y animándole a hacer cualquier cosa que deseara. En ese mismo instante pensó: «Yo me voy para mi casa, este señor sin duda está completamente chiflado».

No había pasado ni un segundo cuando se vio delante de la puerta de su casa.

                —¿Como he llegado hasta aquí? —se preguntó David, asustado.

                La voz de Bernardo susurró a su espalda:

                —Ya te he dicho que podrías ir a donde quisieras y si has querido ir a tu casa, aquí estás.

                David ya no estaba asustado, estaba fascinado. Se dio cuenta de que todo era cierto, podía viajar por el mundo de los sueños y hacer todos los suyos realidad. Su compañero de viaje le enseñaría y juntos vivirían una gran aventura.

***

Ilustración de Rafa Mir

                —Lo primero que quiero es ir al Caribe y capitanear un barco pirata —gritó David a los cuatro vientos.

                —¡Malditos rufianes! –vociferó el contramaestre, un hombre fuerte, gordo y barbudo—. ¡Cazad esas velas! ¿No veis que el viento ha rolado y este cascarón pierde velocidad? ¿Qué queréis, que nos alcancen esos sucios ingleses? ¡Capitán! —volvió a gritar—, ¿ordena mantener el rumbo hacia la Martinique?

                David no sabía qué decir, realmente acababa de llegar y todo le cogía de sorpresa. Bernardo le sacó del atolladero diciendo:

                —¿Qué os sucede, panda de mal nacidos? ¿Es que vuestro capitán tiene que dar las órdenes dos veces? ¡Mantened el rumbo y el barco a máxima velocidad! ¡Si esos ingleses nos alcanzan, pagaréis con vuestras vidas y no serán ellos quienes os maten, lo haré yo mismo con mi espada!

                -¿Llevamos a bordo un tesoro? –preguntó David a Bernardo.

                —No lo sé, muchacho —contestó el viejo—, es tu sueño.

                A David, tras este sencillo comentario, se le abrieron los ojos. Desenvainó su espada y alzándola al cielo con furia gritó:

                —¡Nunca permitiremos que esos perros nos den caza! ¡Contramaestre, diez grados a estribor! ¡Apartémonos de nuestro rumbo hasta perderlos de vista! ¿Pretendéis indicarles nuestro destino?

***

                —¡Sheriff, sheriff! ¿Está el sheriff? –preguntaba alarmado un muchacho.

                —Sí —contestó Bernardo—. ¿Qué ha sucedido? Más te vale que no sea una de vuestras tonterías, sabes que al sheriff no le gusta que interrumpan su siesta.

                —¿Qué voces son esas? –La voz del sheriff provenía del fondo de la oficina. Este acababa de ser despertado de su siesta y se levantaba de uno de los camastros de la celda—. ¡Espero que sea algo importante lo que te trae aquí! ¡Vamos, muchacho, suéltalo ya!

                —Tres forajidos acaban de asaltar el banco –anunció el muchacho, visiblemente asustado—. Dispararon al cajero y se llevaron todo el dinero que había llegado para pagar a los mineros.

                —¡Contesta rápido, muchacho! –le ordenó David mientras abrochaba  los pantalones, se calzaba las botas y ajustaba las cartucheras—. ¿Por dónde se han ido?

                —Se dirigían hacia el camino del río.

                —¡Malditos rufianes! Sin duda pretenden cruzar la frontera antes de que les demos alcance.

                David, como sheriff de aquel pueblo, tenía que tomar rápidas decisiones.

                —¡Bernardo! –ordenó— ¡Llama a cuantos hombres puedas, que preparen caballos de refresco y se reúnan en la plaza! ¡No hay tiempo que perder!

 ***

                —Nave estelar Roning llamando a base espacial.

                —Adelante, Roning, aquí base espacial Actium.

                —Solicito permiso para ensamblaje en hangar diecisiete.

                —Permiso concedido. Comandante David, preséntese en el puesto de mando al finalizar la maniobra.

                —Recibido. Procedemos con la maniobra de aproximación.

                La nave estelar Roning, procedente de la galaxia Cuartide, traía información de suma importancia sobre el planeta  bautizado con el nombre de Césped. El comandante David había sido el encargado de tomar muestras con el fin de determinar si se daban las condiciones necesarias para la vida. Llevaban vagando por el espacio más de 2000 años y precisaban encontrar un planeta en el que poder establecer una colonia.

                —Adelante, comandante. —David fue recibido por el presidente de la llamada nación estelar—. ¿Trae buenas noticias sobre Césped?

                —Señor –comenzó a relatar—, el planeta parece reunir las condiciones idóneas para la vida de nuestra especie, pero hay un problema.

                —¿De qué se trata? —preguntó intrigado el presidente.

                —Pues verá —contestó David, un tanto consternado—, la especie dominante  que habita en ese planeta es extremadamente agresiva. Es primitiva y no maneja armas conocidas, pero tiene una realmente temible.

                —¿Cuál es ese arma tan sofisticada y a su vez primitiva? —preguntó el presidente—. No me tenga en vilo.

***

                David no sabía cómo hacer, se había perdido en sus propios sueños mezclando sus deseos sin orden ni sentido.

                Bernardo decidió tomar cartas en el asunto, no estaba dispuesto a vagar de sueño en sueño sin rumbo fijo. Con mucha suavidad, cogió la almohada que abrazaba David y la guardó en la mochila; a continuación, dándole un suave toque en el hombro, lo despertó.

David despertó muy alterado preguntando:

                —¿Qué ha pasado? ¿Dónde hemos estado? ¿Cómo es posible que todo haya sido  tan real?

                —¡Tranquilízate! – ordenó Bernardo en tono fuerte y tajante. (Para alguien que hubiera hecho el servicio militar, habría sonado como una orden directa de su sargento). David reaccionó quedando serio y callado de inmediato—. ¡De esta forma —prosiguió el abuelo— no se puede hacer nada! ¡Está muy bien que tengas muchas ganas de experimentar cosas nuevas, pero has de llevar un orden o me volverás loco! ¡No se puede saltar de un sitio a otro sin control! ¡POR DIOS, SI COMIENZAS UN SUEÑO O UNA AVENTURA, ACÁBALA!

                David estaba realmente asustado ante la reacción de Bernardo, se quedó meditando durante unos minutos sin decir nada. Al mismo tiempo Bernardo se iba calmando.

Todavía un poquito asustado, David le dijo:

                —Tiene razón, le pido perdón y le aseguro que no volverá a ocurrir.

                —No te preocupes —respondió el abuelo—, y discúlpame tú, quizás debería de habértelo dicho antes.

                Se hizo un silencio que duró unos instantes hasta que Bernardo le preguntó:

                —¿Quieres otra vez la almohada?

                —No sé —contestó David un tanto desconcertado—. Tengo miedo de no poder controlarlo y además no sé exactamente lo que quiero soñar en este momento.

                —No tienes que pensar nada —le tranquilizó Bernardo—. Deja que sea la propia almohada la que te indique el camino, ella descubrirá tu sueño más deseado y te encaminará hacia él. Toma la almohada y confía en mí.

***

                Desde hacía algún tiempo lo que más preocupaba a David era la tristeza que leía día tras día en la cara de su vecino Bernardo.

                Los pantalones sujetos por las rodillas, la cara sin piercings por la norma, la preadolescencia latente y muchas cosas propias de la edad pero también… un corazón muy grande.

                —Tendréis que ir a comprar los regalos —recordó David a la señora Vázquez—. El cumpleaños es mañana.

                —Tranquilo, hombre, tranquilo, que todo saldrá bien, solamente falta el mío —comentó la señora de Vázquez—. Los de Pablo  y Jorge ya se los hemos comprado ayer.

                Pablo tenía siete años y Jorge… Jorge solamente cinco, pero revolvía como tres de seis. Laura, la señora Vázquez, era una mujer de su casa, cariñosa y muy atenta con su marido, que la correspondía. Sus hijos eran los que daban sentido a sus vidas. Con sus cosas, sus peleas, sus disgustos y sus alegrías. Bernardo Vázquez se sentía muy feliz de tener una familia tan maravillosa como aquélla.

                A las dos del mediodía, David llamaba a la puerta de la familia Vázquez, Bernardo le abrió y le hizo pasar.

                —Bienvenido a nuestra casa, querido amigo. Pasa, pasa, no te quedes en la puerta.

                —Gracias, Bernardo. Te he traído un pequeño obsequio por tu cumpleaños.

                —No tenías que haberte molestado.

                —Al contrario, estoy  contento de hacerlo.

                —Eres un buen chico, todos estamos muy contentos de tenerte por amigo y vecino pero… ¿dónde está ese regalo?

                David sonrió y aprovechó la ocasión para responder a Bernardo con la misma contestación que este le había dado en el parque cuando quiso saber lo que había en la mochila.

                —¿No me has dicho en alguna ocasión que no me impaciente? Pues todo a su tiempo, Bernardo, todo a su tiempo.

Ilustración de Rafa Mir

                Pablo y Jorge jugaban delante de la chimenea revolcándose sobre la alfombra del salón. El viejo mastín que, tumbado, parecía formar parte de esta, les gruñía solicitando un poquito de tranquilidad. Laura se esmeraba en la cocina preparando los canapés y las chucherías que, por ser un día especial, deleitarían el paladar de los más pequeños. Bernardo preparaba un refresco de cola para su joven amigo mientras este disfrutaba  de aquel momento. La televisión estaba apagada y, en su lugar, una música suave que provenía del cuarto de al lado acompañaba la escena creando un ambiente realmente entrañable.

                El fuego del hogar, que centelleaba con sus luces rojas y azules, calentaba la estancia donde toda la familia cantaba al unísono el cumpleaños feliz más hermoso que se podría escuchar. No era un cumpleaños cualquiera, era el cumpleaños de Bernardo. El hombre que había ofrecido sus sueños a un muchacho de doce años renunciando a su felicidad, estaba recibiendo de este el mejor regalo que nadie le habría podido ofrecer.

 ***

                —¿Por qué lo has hecho? —preguntó Bernardo llorando de felicidad.

—No importa —respondió David—. Solamente sé que nunca más te veré regresando triste a tu casa.

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Comments
12 Responses to “El mejor regalo.”
  1. Olga Besolí dice:

    Enternecedor cuento y ilustraciones que transmiten una gran calidez. Pero lo más importante de todo:¡Quiero una almohada de esas!

    • taranusavela@gmail.com dice:

      Gracias Olga. Si me queda alguna en el almacen… Mejor mira en tu trastero, en aquel cofre en el que guardas tus más bonitos recuerdos. Puedes volver ha hacerlos realidad y darles el final feliz más intenso que seas capaz de imaginar. Te aseguro que todos tenemos una. A, también funciona con el osito que achuchabas de pequeña.

      • Jesús Rodríguez dice:

        ¡Soy Jesús, que no he sabido ponerlo!

      • Jesús Rodríguez dice:

        Gracias Olga. Si me queda alguna en el almacén… Mejor mira en tu trastero, en aquel cofre en el que guardas tus más bonitos recuerdos. Puedes volver ha hacerlos realidad y darles el final feliz más intenso que seas capaz de imaginar. Todos tenemos una y si no la encuentras, también funciona con el osito que achuchabas de pequeña.

      • Olga Besolí dice:

        Je, je… lo tendré en cuenta. Saludos.

  2. Es la tercera vez que intento dejar un comentario en la página.

    Como iba diciendo, tu relato, Jesús, me traslada a aquellos años de mi niñez en los que los abuelos eran el centro de gravedad alrededor del que giraba la familia. Un tierno relato de alguien que sigue viendo la vida con los ojos de un niño.

    Las ilustraciones son cálidas y algodonosas, muy apropiadas para este texto.

    • laberinros dice:

      Precioso relato Jorge y que decir de las calidísimas ilustraciones de Rafa. Genial trabajo, compañeros.

  3. un relato enternecedor y muy bien acompañado por las ilustraciones, me ha gustado mucho! Un mundo de sueños al precio de una almohada, que más se puede pedir? Buen trabajo!

  4. Paloma Muñoz dice:

    Pues a i me ha gustado mucho la frase: ¡Por Dios, si has empezado un sueño o una aventura. acábala! Si señor, estoy completamente de acuerdo contigo. Una historia muy original.
    Las ilustraciones muy tiernas y bonitas. Un afectuoso saludo a Rafa Mir

  5. tico dice:

    Historia original, divertida y entrañable donde relato e ilustraciones encajan a la perfección. Buenos trabajos.

  6. Mariola dice:

    La ternura y sensibilidad con las que escribes cuentos es tu marca de la casa, Jesús. Si además, te los ilustran como lo hace Rafa, con esos trazos tan suaves, pasteles y difuminados, así os ha salido tan estupendamente.
    Una almohada con todos los sueños… ¡Qué mejor sitio!
    Ya disfruté y ahora lo hago doblemente al ver los dibujos de Rafa.
    Enhorabuena por el trabajazo. 😀

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