Flor de novela.

Autor@: Ricardo González

Ilustrador@: Natalia Llorente

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Relato corto

Este relato es propiedad de Ricardo González, y su ilustración es propiedad de Natalia Llorente. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Flor de novela.

Bajar las persianas es como cerrar los párpados, preludio prometedor de una grata modorra. Y llenar la pipa, como cargar un arma que luego ha de disparar sueños. Ritual calmoso y sosegado, la primera tacada se ha de apretar poco, con descuido,  fuerza de niño. La segunda, amorosa y mesurada, fuerza de mujer. La tercera, firme, viril y un poco rabiosa, fuerza de hombre. Al encenderla, la llama desciende una y otra vez al infierno del fondo de la cazoleta al compás de las chupadas. Luego las volutas de humo se retuercen en el cono de luz polvorienta del flexo viejo, como silenciosas brujas venidas al conjuro de los libros.

Porque siempre que retaco la vieja pipa con Flor de Novela, alguien viene a verme. Flor de Novela es el nombre que le he dado a la picadura que yo cuidadosamente preparo, solo para cuando me encierro en mi biblioteca. Estoy seguro de que os gustaría fumar de ella, incluso desearíais conocer el misterio de su composición. Pero no ocurrirá tal, porque yo nunca os lo diré. Jamás seréis partícipes de mi secreto, que es solo mío y no os es dado conocer.

Amo a mis libros, frutos imperecederos de la recolección de toda una vida. Un libro es de esas pocas cosas que se conservan para siempre a pesar de que extraes el néctar de su interior una y otra vez para bebértelo. Los guardo todos, desde niño. Hace años que no acaricio aquella piel de mujer que un día fue mi patria. Por eso a diario me conformo con posar las yemas de unos dedos pálidos y arrugados sobre sus lomos, repasando sus títulos. Continuamente me sumerjo en alguno de ellos, y siempre en sus entrañas blanquinegras descubro algo nuevo. Algo que había pasado por alto en una lectura anterior, como ese árbol, esa casa o ese prado en los que reparas un día desde la ventanilla del tren que tantas veces te ha traído y llevado.

Tal vez, os intrigue cual puede ser el secreto de un anciano que se encierra en su biblioteca casi a oscuras a fumar de una vieja cachimba. No debiera decíroslo, no os importa. Me tacharéis de loco, al menos la mayoría. De entre vosotros, habrá alguno más lúcido que los demás, que acariciará la idea de robármelo y usarlo en su propio beneficio. Querrá ver lo que yo veo. Incluso comerciar con él para amasar dinero. Yo nunca quise hacerlo, porque sé que el dinero es buen siervo pero mal amo, y decidí no perseguirlo en demasía, en la prevención de que se volviera contra mí y pudiera esclavizarme.

Digo, pues, que nada de cuanto acontece al inundar mi biblioteca del aroma de la Flor de Novela debiera contaros. Pero aun así lo haré, pues el hombre que vive sin contradicciones no hace más que empobrecer su espíritu.

El baile de las volutas es efímero e inatrapable, se deshacen en la levedad de lo humoso, extendiendo su mixtura por todos los rincones y alcanzando las estanterías donde mis amigos duermen acomodados. Es entonces cuando, bien de una portada, bien de una ilustración del interior, algún personaje cobra vida y salta a mi mesa, dejando en el papel tan solo su blanca silueta. Adonde puntualmente y sin posibilidad de prórroga alguna, vuelve en cuanto el contenido de la pipa se consume por completo o bien por mi descuido se apaga. Pero por unos minutos puedo gozar de la compañía de aquella pequeña figura. Acostumbran a presentarse en solitario, si bien alguna vez lo han hecho en parejas, siempre saliendo del mismo volumen. Con frecuencia me hablan y yo les hablo también con voz queda, y así puedo saber cosas de ellos que desconocía. Siempre pendiente de que la picadura se consuma lo más lentamente posible, pero sin llegar a apagarse. Nunca sé quien va a aparecer, ni desde qué libro, y esto hace mi experiencia de cada atardecer más imprevisible a la par que obligada. Acudo a mi cita diaria de forma devota y puntual, con la excitación del adolescente que se ha citado con una muchacha.

Así, he conocido a algunos de los héroes de mi infancia, y también a otros que me acompañaron a lo largo de muchas horas y páginas de mi madurez. He departido con Marie Curie y con Hernán Cortés. Con Sandokán y su lugarteniente Yáñez. Con Robin Hood y con Ivanhoe. Con Miguel Strogoff y con los hijos de Grant. Con Quintín Duward, Rob Roy y El Coyote. Con El Gran Cazador de la Pradera y con Tartarín de Tarascón. También con Sam Spade y con Philip Marlowe. Colmillo Blanco no era más que un perro y se limitó a deambular por mi escritorio, pero la visita de Lucky Luke y Jolly Jumper fue en extremo jovial. La Dama del Hielo no se dignó ni a mirarme, y el Cosechador de Estrellas no era más que un calamar por mucho aire que se diera, aunque hizo oscilar intranquila la indigente luz de la bombilla.

Ilustración de Natalia Llorente

Sería incapaz de nombrar a todos cuantos a lo largo de estos meses he visto aparecer, y otra larga lista atañe a quienes aún no han comparecido. Ansío saber de Don Quijote, de Búfalo Bill y del Cid Campeador, también de Astérix, de Lorenzo o de Plinio y Don Lotario. De Los Cinco o de Guillermo el Travieso, entre otros muchos. Por no hablar de las vestales que habitan en mi pequeña colección de novela erótica, ninguna de las cuales se ha dignado aun a honrarme con su visita y su contemplación.

Pero ayer, quien salió de la tapa de un viejo libro en francés fue el condenado arlequín. Un libro grande y delgado, de tapas muy duras, cuyo origen no alcanzo a recordar. No saltó al verde de mi tapete, como los demás. Al contrario, comenzó a ejecutar cabriolas desquiciadas por toda la biblioteca, a la par que la inundaba de una risa estridente y ofensiva que trufaba de su parla gabacha. Saltaba pasmoso en acrobacias y volteretas, y los rombos de su estúpido corpiño parecían girar como los colores de un caleidoscopio. Irreverente y grotesco, no tardó en incomodarme y hacer que deseara verlo volver a la estantería para colarse, plano e insustancial, a la portada de donde se había escapado. Dispuse, pues, la pipa en el cenicero, sin hacer amago de darle tiro, al objeto de que se apagara y le obligara a retornar al lugar de donde no debiera haber salido.

Mas no ocurrió tal. Cuando toda la picadura se hubo consumido se tornó más circunspecto y sosegado, pero no hizo amago de volver a su sitio. Extrañado y a la vez molesto por ello, me levanté y extraje de su anaquel  L´Arlequin Pilon, de Yves de Mounchet, y lo llevé hasta mi mesa. Allí estaba, en la portada de estilo naif, su blanca silueta en medio de un prado salpicado de flores. Reprimí un primer impulso de hojear el interior, profusamente ilustrado, al asaltarme la idea de que conforme el arlequín parecía inmune al apagarse de la pipa, otros como él podían saltar de sus páginas.

Pasaron así unos instantes incómodos. Acrecentaba mi rabia más el hecho de no saber qué determinación tomar con él, que la propia presencia de mi visitante. Quien, ahora mudo y quieto, se había por fin subido a la mesa. Contemplaba su propia silueta en la tapa del libro como un lobo miraría un montón de zanahorias.

 Alargué rápida mi mano y la cerré firme en torno a su cintura. Brazos, piernas y cabeza comenzaron a agitarse frenéticos, a la vez que profería palabras diversas, de las que cochon, pédé o bâtard acaso fuesen las más lindas. Por fortuna, dotado como estaba de una agilidad prodigiosa, era a su vez liviano, conformado de aire y papel. Tenía muy poca fuerza, que tal parecía que se le fuera toda en insultarme.

Lo coloqué en el inmaculado nicho del que había saltado y comencé a apretarlo para que allí se inmovilizara otra vez. Tras unos segundos, pareció al fin atrapado en su cárcel de cartón. Me incorporaba para devolver el libro a su sitio, cuando le vi sacar una mano y luego el brazo. Lo presioné con los dedos y fue entonces una pierna la que apareció, luego la otra. Comenzó así una exasperante secuencia en la que cabeza y extremidades pugnaban alternativamente por escaparse de su aplanado presidio, que yo hacía volver paciente a su sitio. Mas la paciencia es como la castidad, ambas desaparecen cuando se las tienta demasiado, y aquel condenado arlequín comenzó a terminar con la mía. Sentí apretarse mis labios y agitarse mi respiración. Tras un largo minuto de contienda, me sorprendí descalzo y asestándole golpes con la suela de una de mis zapatillas. Cada vez más fuertes. Cada vez más rabiosos, hasta ver como al fin dejaba de moverse. El efímero soplo de vida le abandonaba, y volvía a ser aquello que su destino le había deparado. Una figura coloreada, tonos pastel en la fachada olvidada de un libro viejo.

Fue entonces cuando mi hija entró, alarmada por el fragor de mi empeño. Su voz restalló profanando mi templo de madera y de papel. Tras rápidos pasos levantó los párpados de mi sueño, la luz del atardecer hendió el misterio de mi penumbra y violentó mi sahumerio con su abrir compulso de ventanas.

 Mas lo peor fue verla arrebatarme mi bolsa de Flor de Novela.

 Yo la miraba, parpadeando por encima de mis gafas, con el hálito entrecortado, abriendo y cerrando la boca como pez arrojado a la cubierta. Preso de iracundo temblor,  tan solo atinaba a liberar mi enfado asestando de vez en vez un nuevo mandoble de mi pantufla al condenado arlequín, ya definitivamente inanimado, por causante de mi desgracia.

No deseo aburriros con lo que vino a continuación. Hube de pedir perdón por ningún pecado, y manifestar propósito de enmienda por conducta que ni por asomo pienso enmendar. Porque ni a hombre perjudico, ni a mujer ofendo ni a joven escandalizo cuando enciendo mi vieja pipa.

Debo pues comenzar a salir de nuevo al campo. Buscaré entre los robles las flores pardo-púrpuras que delatan la presencia de una de mis amigas, y recolectaré cuidadoso sus hojas ovales brevemente pecioladas, ligeramente tomentosas. Y también su raíz gruesa y carnosa. En los bordes de los caminos hallaré a otra de ellas, y guardaré las sumidades floridas, blancas y solitarias, y también sus grandes hojas. Toparé con la tercera en las cercanías de una escombrera, y la conoceré por sus pétalos ocre-amarillentos surcados de venas violeta. Me los quedaré junto con los cinco vellosos dientes que componen su cáliz y las hojas que dispuestas a modo de roseta se extienden a ras de tierra. No es de vuestra incumbencia el delicado tratamiento al que someteré cada parte de mi valioso tesoro vegetal, ni las precisas proporciones en las que han de ser combinadas con un especial tabaco del cual tampoco os daré noticia alguna.

De esta manera, cuando la luna alcance la fase concreta en la que debe ser preparada, dispondré para mi solaz de una buena cantidad de Flor de Novela con la que retacar mi vieja pipa. Aún tengo pendiente departir con Robinson Crusoe, con D´Artagnan, con Jhon Silver o con el Comisario Clyde Blaisedell. Con Alatriste y con Daniel el Mochuelo. Con Phyleas Fogg y con el Corsario Negro. Y con muchos más que se atropellan en mi memoria, junto a otros tantos que ahora no acuden a ella.

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Comments
7 Responses to “Flor de novela.”
  1. montseauge dice:

    Enhorabuena Ricardo por este mágico relato, me ha gustado muchísimo, tanto por la historia por cómo está escrito. Una idea estupenda mezclar los sueños con los libros y usar esos fantásticos personajes literarios. El protagonista magistralmente caracterizado.¡Felicidades!

    Natalia, tu ilustración es maravillosa, es mágica realmente, con ese protagonista tan entrañable y esa pipa humeante tan especial. El blanco y el negro usados te han quedado perfectos, parece una fotografía. ¡Enhorabuena a los dos por vuestro trabajo!

  2. tico dice:

    Pues aquí está el arlequín comentando el relato, ¿pensabais que os ibais a librar tan fácilmente de mí? Pues no es así. Empezaré por el relato: fantástico, me ha gustado mucho, una buena historia. Me ha gustado mucho tu forma de escribir.
    Natalia, buena y entrañable ilustración del prota y su templo literario. Ya te dije que debías haber usado un cortaúñas pero aparte de eso está muy bien aunque yo no hubiera elegido esa escena, de todas formas enhorabuena y ánimo para la siguiente que si lees esto antes de mañana aún estás a tiempo de apuntarte.

  3. Mariola dice:

    Vamos a ver. De Natalia Llorente conozco su trabajo por haber coincidido con ella y esta ilustración es una muestra más de su saber hacer y su arte,o sea, fabulosa. Pero a ti, Ricardo, es la primera vez que te leo y me quedo con la boca abierta.

    ¡Vaya relato tan bueno, tan bien escrito y tan evocador! Tienes mucha elegancia y manejas las descripciones con maestría de la buena. Me ha encantado. ¡Y esa referencia al gran jefe de la GMT Plinio y don Lotario me ha llegado al alma entre tantos ilustres personajes literarios! Por ser manchega y por haber vivido mi primera infancia en Tomelloso. Plinio es uno de mis más adorados héroes.

    Te felicito sinceramente y espero seguir leyéndote cosas tan buenas. 😀

    • Ricardo dice:

      Gracias por los elogios, celebro que os guste. Natalia dió muy bien con el espíritu del relato, supo tratar muy bien la luz recreando la penumbra que yo había imaginado al escribir, así como la expresión del protagonista.

      Ricardo

  4. olgabesoli dice:

    Me ha encantado vuestro trabajo. La ilustración es excelente, y ratifica la imagen que te haces del protagonista mientras lees el relato. Creo que en blanco y negro es muy acertado, pues me pasa todavía mejor ese aire a antiguo que tiene el señor y sus libros.

    Y bueno, Ricardo, excelente historia, y muy bien narrada. Me gusta ese repaso a todos esos personajes que, de una forma u otra, han hecho mella en todos nosotros. Y el protagonista, con su reverencia por los libros, y su espacio semioscuro, me recordó al señor Koreander y su tienda de libros en La historia Interminable. La verdad que genial.

    Por otro lado… ya me husmeaba yo que en esa pipa habían yerbas que no eran solo tabaco…

  5. ¡Qué bonita ilustración! Ideal para acompañar este texto de fumetas. Ahora entiendo yo, Ricardo, tanta imaginación y tanta inventiva. Como los clásicos con su absenta y otras cosas por el estilo. Pero ¿qué ejemplo estamos dando a nuestros niños?, ¿sabías que te pueden descalificar por doping? ;D
    PD. antes de deshacerte del material ¡pásame un poco!, que quiero cocinar textos tan hermosos como los tuyos.

  6. Muy bueno el relato, me encanta tu forma de escribir y de narrar la historia, además me he disfrutado con la historia del anciano y la Flor de Novela, aunque me dió pena por el pobre arlequín, desterrado de nuevo a su mundo bidimensional… la ilustración me ha gustado, se me hace un poquito raro el contraste entre el fondo, el anciano y el humo, pero en general la encuentro muy acertada. Mis felicitaciones a ambos por el trabajo!!

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