¿La vida es sueño?

Autor@: Daniel Camargo

Ilustrador@: Alex Femenias

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Relato onírico

Este relato es propiedad de Daniel Camargo, y su ilustración es propiedad de Alex Femenias. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿La vida es sueño?

_Bueno Fernández, y este sería su nuevo despacho… ¿Qué tal?  ¿Le parece bien?  ¿Está conforme?

Alberto asiente sonriendo y mira a su alrededor sin poder creerlo. Lo impactan las dimensiones de la oficina,  revestida en madera, con una mesa de reuniones elíptica de caoba, lámparas de diseño, sofá de cuero negro y unas espectaculares vistas de Madrid. Al fin, piensa, después de tantos años en la empresa, su esfuerzo se ve recompensado con el tan ansiado ascenso.  “Alberto Fernández – Director General”, ponía junto a  la puerta, en la flamante chapa de acero inoxidable que había visto como de refilón al entrar.

_ Lo dejo, que tendrá que organizar sus cosas. Recuerde que mañana tenemos Consejo a las doce.  Y por la noche me gustaría que viniera a cenar a mi casa.

Cuando Benavídez sale de “su” despacho ya son las diez en punto, según su Rolex Daytona.

¿Rolex? Alberto no consigue recordar haber comprado uno…  Se sienta en la butaca, muy mullida,  y se reclina mientras lleva las manos a la cabeza y entrelaza los dedos por detrás de la nuca.  Está a punto de apoyar los pies sobre el escritorio, pero se contiene.

Se queda un rato así, mirando el cielo de su ciudad a través del cristal, y disfrutando de ese momento triunfal. Se siente el amo del mundo, como el rubio ese de Titanic. Pero sabe que él no va a terminar hundiéndose con el barco, no. Su empresa es una de las mejores  de España, y acaban de triplicarle el sueldo.  Sonríe mientras su mente divaga. Piensa en cambiar de casa, en aprender a jugar al golf, en cómo estará de buena su futura secretaria, cosas así. Y mientras tanto comprueba, mecánicamente, el contenido de los cajones: una agenda de cuero, un brillante Cross dorado, un pin del PP, un Ipad blanco (¡al fin un Ipad!), una cajita de tarjetas con su nombre, la biografía de Steve Jobs…

Sobre el escritorio, libre de papeles y reluciente, destaca el típico juego ese de las bolitas de metal colgadas que se chocan entre sí. Acerca su mano para tomar la primera bolita de la derecha, alejarla del resto y soltarla, e iniciar así ese simulacro cutre de movimiento perpetuo, cuando escucha sonar el teléfono fijo. Sí, el de su mesa.

_¿Quién me puede llamar aquí? Es todo tan reciente que no creo…

La campanilla continúa sonando insistente, porfiada, recalcitrante. Pero Alberto decide no atender. Que esperen hasta mañana, piensa. Este es el momento de paladear la gloria. Y de cobrar facturas pendientes. Recuerda al imbécil de Ramón, que desde que lo nombraron jefe de ventas lo miraba por encima del hombro, y no hacía más que hablar de su nuevo coche, o de los costosos viajes de vacaciones que hacía con su familia. Ahora, ahora se iba a enterar  ese cretino de quién era él. Y así, poco a poco, acuden a su mente otras alimañas, y va haciendo un repaso mental de futuros cortes de manga o pequeñas venganzas personales, descubriendo las enormes posibilidades potenciales de su nuevo cargo.

Pero está visto que no hay manera de disfrutar plenamente del momento. Algo lo molesta. Otra vez. Es ese teléfono de mierda que vuelve a sonar… ¿quién carajo será?  Alberto lo mira reticente, piensa en arrancar el cable, pero finalmente cede, estira el brazo, y atiende…

_¿Señor Fernández?

_¿Si?

_Escuchemé, caradura, ya son cuatro los meses de alquiler que me debe y no lo pienso aguantar más. O me paga esta misma semana, o lo denuncio. ¿Me entendió,  hijodelagranpú….?

Alberto, confuso, aleja el teléfono de su oreja sin llegar a comprender lo que pasa. A pesar de ello, los insultos de su interlocutor se siguen escuchando con nitidez. Intenta analizar la situación pero nota, mientras tanto, cómo “algo” ha cambiado en su despacho. Todo su entorno se ha oscurecido, ahora el espacio le parece bastante más pequeño, y un penetrante olor, mezcla de aceite quemado y sudor, llega a su nariz. Mira a su alrededor y descubre un caos de ropa sucia en las sillas, revistas y periódicos esparcidos por el suelo, botellas vacías, manchas indescifrables en la alfombra…

Ilustración de Alex Femenias

Se pregunta dónde está y duda, hasta que, finalmente, comprende que se halla en la cama de su mísero apartamentito de la calle Arévalo, que se acaba de despertar, que son las siete de la mañana, y que todo lo anterior no había sido más que un sueño.

Su primera sensación es de una enorme decepción. Lo siguiente es la bronca y la habitual angustia matinal. No es la primera vez, no, que le ocurre algo así: una situación largamente deseada, una expectativa cumplida, el triunfo hinchándole el pecho… y el brusco despertar.

Se da cuenta de que aún tiene el teléfono en la mano. Lo cuelga mecánicamente, y se queda mirando a la nada. Uno, cinco, diez minutos.

Decide salir a la calle para despejarse. Salta de la cama y, sin ducharse, se pone los vaqueros, sus raídas All Star, una camisa cualquiera, y se va.  No tiene rumbo fijo, sólo quiere olvidar esa sensación de desencanto. Tal vez tome un café, piensa, y rumbea para la plaza.

Mientras camina por la calle ve pasar un gato por delante de él, un gato común, negro, intrascendente, bastante flaco, como la mayoría de los que hay en el barrio. El gato se para junto a un contenedor de basura y empieza a mordisquear algo oscuro que hay por debajo, pegado a una de las ruedas. Alberto se lo queda mirando, aunque sin saber bien porqué… Hay algo en el gato que le atrae, algo misterioso, aunque se trate de un gato de mierda, de esos callejeros, sucio, y probablemente portador de más de una enfermedad terriblemente contagiosa. Sin embargo se acerca al animal, camina hacia él, como impulsado por algún extraño magnetismo. Y al acercarse descubre lo que el gato estaba mordiendo con insistencia: un objeto negro, aparentemente rectangular,  que está como encajado debajo del plástico gris del contenedor. Parece un maletín, piensa Alberto, que se arrodilla en el suelo, mete la mano en medio de toda la repugnante inmundicia que suele rodear los contenedores, y empieza a tirar de él. Mientras tanto el gato se aleja, habiendo perdido, aparentemente, todo interés en el asunto.

Después de un rato de forcejeo, consigue desencajar el maletín y sacarlo hacia afuera. Es de los caros, marca Piquadro, de cuero negro, bastante sucio pero intacto… y cerrado.  Tiene una cerradura de combinación, de esas con cuatro ruedecitas dentadas y números correlativos. Alberto piensa un rato, duda, mientras trata de evaluar el peso del maletín que, evidentemente, no está vacío.  Y entonces, en un rapto de imaginación, empieza a girar las ruedecitas copiando la combinación que utilizó para la caja fuerte en su última visita al hotel de la playa: 1, 2, 3, 4… Tras un momento de tensa espera, aprieta el pequeño botón dorado y “plin”, el maletín se abre. ¡Bingo!, piensa.  Mira hacia los lados, ansioso, creyéndose el objeto de todas las miradas. Sin embargo la gente, como hipnotizada, sigue caminando mecánicamente por la acera de la avenida sin siquiera percatarse de su presencia.

Entreabre el maletín, muy poco, apenas un centímetro o dos. Lo suficiente para llegar a apreciar el inconfundible color morado de su contenido. ¿Morado?  ¿Billetes de quinientos, acaso?

Alberto no lo puede creer. Vuelve a mirar, y es verdad. Transpira, las manos le tiemblan, y debe hacer un gran esfuerzo para que el maletín no caiga a la calle, abriéndose definitivamente y esparciendo su contenido entre la basura.  Arrimándose un poco más al contenedor, de modo de que su propio cuerpo bloquee la visión desde la acera, abre la tapa unos diez centímetros y mira dentro.  Desplaza los primeros billetes con el dedo índice para comprobar que todos son iguales… Es verdad, es un milagro, y le ha tocado a él.  No hay duda, el maletín está lleno de billetes de quinientos euros!

El olor pestilente de la basura no disminuye su sensación de felicidad. El color y la textura de los billetes lo han conseguido hipnotizar, y esa imagen queda fijada en su retina como un tatuaje, mientras trata de calcular de algún modo cuánta pasta puede haber en el dichoso maletín. Pero en ese momento no tiene la claridad mental suficiente para eso. Tal vez nunca la haya tenido.

Está ansioso. No puede creer que él, precisamente él, sea el  destinatario providencial de semejante fortuna. Piensa en un futuro mejor, viajes alrededor del mundo, un loft en Manhattan, la Harley tan deseada y,  claro,  hermosas mujeres.

Pero se siente intranquilo, y aunque no sabría explicar porqué, a medida que le da vueltas al tema, lo va invadiendo una extraña mezcla de alegría y temor. Está claro, reflexiona, que se trata de una fortuna evidentemente poco limpia, y no precisamente por la proximidad del contenedor. Nadie deja por error algo así en la basura. Esto…, este regalito, seguramente proviene del crimen organizado.  De un ajuste de cuentas.  Alguien, un ladrón o estafador perseguido, no tuvo más remedio que arrojarlo aquí. Tal vez su propietario original ya esté muerto.

A medida que Alberto avanza en el análisis, la alegría y la sorpresa iniciales cambian a preocupación. En un instante, como le pasa a los que van a morir, cruzan por su mente una infinidad de imágenes de ladrones, criminales de todo tipo, mafiosos, narcos, venganzas y asesinatos…  Y en medio de ese aluvión, propio de una película de Scorsese, cree llegar a ver nítidamente cómo su propio meñique es cortado limpiamente con un cuchillo de cocina por un miembro de la Yakuza con su cuerpo totalmente tatuado…

Alberto mira instintivamente su mano, el dedo todavía está ahí, pero comprende que no puede permanecer más tiempo en ese lugar, algún sicario aparecerá en cualquier momento a buscar el maletín. Su vida corre peligro, y debe actuar ya.

Lo cierra y comienza a caminar por la avenida, con paso rápido (correr no haría más que llamar la atención). Gira en la primera bocacalle, mientras disimuladamente intenta limpiar la mugre del maletín con la manga de su camisa.  Pero a medida que se aleja del lugar del hallazgo, la ansiedad lo lleva a acelerar el paso, cada vez más, hasta comenzar a correr, casi con desesperación. No sabe dónde va, pero no le importa. El tema es alejarse de allí lo antes posible.

Alberto corre sin parar, como Forrest Gump, y tras cada zancada su mente va dando forma a la idea de un futuro mejor. Sin deudas, sin agobios, libre al fin. Pero hay momentos malos para la introspección. Tan ciega es su carrera que no advierte que un gato (¿el mismo gato de mierda?), se cruza en su camino haciéndolo trastabillar. Cae aparatosamente, como en cámara lenta, y en su larga caída empuja, arrastra, destroza, el carrito de la compra de una vieja que estaba saliendo  de la panadería.

Cuando la inercia finaliza su trabajo y todo se detiene, Alberto está en el suelo, dolorido y confuso. A su alrededor, como el resultado de una gran onda expansiva, se ven trozos de mollete, algunas verduras,  un yogur de coco reventado, restos de mozzarella, una lata de atún, aceitunas, un bote de ketchup. El gato, indiferente, un poco más allá, olisquea un trozo de secreto ibérico envuelto en papel de estraza. Y la señora (la vieja, bah), que ha resultado milagrosamente ilesa, que aún no ha acabado de comprender la irrupción de Alberto en su vida, pero que está muy, pero muy cabreada, arremete contra él pateándole la espalda con sus zapatones negros, a la vez que lo insulta.

Alberto finalmente reacciona, toma conciencia de la situación, y mientras trata de defenderse  de las patadas, comienza a tantear desesperado las baldosas buscando el maletín. Estira su brazo hacia atrás y cree tocar algo de cuero. Lo aferra y tira de él, pero inmediatamente comienza a recibir una doble ración de patadas de la vieja, también dueña del bolso que Alberto tiene ahora en sus manos.

_ ¡Ladrón, ladrón! Policía! _ grita la señora, sin dejar de ejercer la agresión física.

Alberto suelta el bolso, se incorpora y se aleja unos pasos.  Mira alrededor, desesperado, buscando “su” fortuna, pero no ve el maletín por ningún lado. No hay nadie cerca, además de la vieja y el gato, que se aleja una vez más. Nadie ha presenciado el incidente. Nadie se lo puede haber llevado. De pronto cae en la cuenta… ¡No por Dios! ¡No, otro sueño, joder!

No queda otra opción. Ha vuelto a soñar. Otra vez se ha repetido el autoengaño. Una vez más lo aparentemente real era falso. Ya le parecía raro a él semejante hallazgo aunque, claro, uno nunca deja de alimentar un rayito de esperanza.

                Alberto sabe, lo admite,  que a veces el límite entre realidad y fantasía resulta algo confuso, borroso. Su vecino Luis, sin ir más lejos, le juraba hace unos meses que había visto a Elvis vivo,  paseando por el Rastro con unas Ray-Ban de aviador y pantalones de camuflaje.  Sin embargo, él cree que su caso supera todos los límites…

                Trata de consolarse. Un mal día lo tiene cualquiera, se dice. Trata de encontrar alguna excusa, pero está a punto de llorar.  No comprende cómo su inconsciente, su propia psique, que ha crecido junto a él, lo pueda engañar con esa facilidad.  Ha visto neurólogos, psicólogos…, incluso ha leído a Punset, sin obtener resultados favorables. Nunca. La sensación de falta de control sobre su vida, de ausencia de rumbo, de fracaso al fin y al cabo, lo inunda por momentos.

Desorientado, decide llamar a su hermano, tratando de buscar algún consejo.

_Vicente, soy yo, Alberto…, me volvió a pasar. Si, hoy.  Dos veces.

                _Vente para casa y hablamos.

                Y aún titubeante, tal vez algo resignado, se dirige a la parada del autobús.

                Cuando media hora más tarde llega a lo de su hermano, una modesta casa suburbana con un escuálido limonero en el jardín delantero, la que abre la puerta es María, su cuñada.

                _Vicente tuvo que salir de urgencia, lo llamó un cliente, pero me dijo que lo esperes, que no va a tardar mucho. Pasa.

                Despeinada, con cara de sueño, como recién levantada, pero hermosa como siempre, lo acompaña hasta el salón. Alberto, avanzando por el pasillo detrás de ella, comprueba cómo  al caminar descalza, sus movimientos son extremadamente sensuales, casi felinos.

                _Siéntate allí, en el sofá. ¿Estás cómodo? ¿Quieres un café?

                _No,  gracias.

                María  se sienta en la otra punta del sofá, y al hacerlo, el albornoz, generoso, deja entrever su turgente anatomía.  Es evidente que debajo no lleva nada, lo que hace que el ritmo cardíaco de Alberto  se acelere. Él nunca la había visto así. No por falta de ganas, obviamente…

                Ella sin embargo, no parece percatarse, o tal vez no le importa. Mientras tanto un rayo de sol casi horizontal que atraviesa la persiana resalta el brillo dorado del  vello de sus piernas.   Unas piernas duras pero suaves, compactas, como de deportista.

                _Así que tienes sueños…¿raros?  Vicente me contó algo.

                _El problema no es que los sueños sean raros. Supongo que todo el mundo sueña cosas así.

                Alberto duda sobre hasta qué punto profundizar en el análisis. Hasta dónde darle a ella más datos de los estrictamente necesarios. Mientras tanto, su mente no consigue despegarse de la visión del cuerpo de su cuñada. Sus ojos, enormes, lo observan con curiosidad y algo de malicia. O al menos eso cree él.

                 _La cuestión es no poder distinguir bien entre lo que son sueños y lo que es realidad. Eso es lo que me preocupa. Me pregunto cómo puede ser que un sueño, que no es más que un invento de mi propia mente, pueda originar percepciones tan fuertes, que llegan a engañar a todos mis sentidos.

                _ Ahá _responde ella mientras se va desplazando en el sofá, acercándose a él,

                _ ¿Y qué sueñas? ¿cosas pecaminosas? ¿Soñaste alguna vez conmigo?

                Alberto traga saliva y no consigue articular una respuesta coherente, mientras ve cómo ella se le aproxima, juguetona y provocadora.

                _ A ver, a ver, vamos a jugar a los sueños, ¿vale?_ dice ella con fingida inocencia. Hagamos de cuenta que yo soy la enfermera y tú estás saliendo de la anestesia…

                El momento es tenso, pero prometedor. La proximidad absolutamente perturbadora de María, no lo deja pensar con claridad. Las hormonas se imponen por goleada a las neuronas.

                De pronto él consigue capturar un segundo de lucidez. Es un sueño,  evidentemente es  otro sueño, piensa.  No puede ser realidad que María, justamente María, se me ofrezca de este modo.

                No volverá a caer en esa trampa. De ninguna manera. Alberto respira hondo, y mira rápidamente a su alrededor tratando de descubrir algo fuera de contexto, algún contorno borroso, lo que sea para poder confirmar que se trata de otro engaño de su mente. Toca la tela del sofá, y nota la textura en sus dedos. Todo es tan real.  Además  ese perfume, como de cítricos, tan penetrante e hipnótico.  Como si de un sabueso Bloodhound se tratara, intenta atesorar ese aroma para poder recordarlo en un futuro. No sabe si alguna vez se llegará a repetir una oportunidad igual.

                Alberto siempre tuvo ganas de apretar a su cuñada. Siempre la había visto como muy… apetecible, aunque claro, jamás se le había pasado por la cabeza proponerle nada. Al fin y al cabo es su cuñada. Pero ahora que ella ha asumido claramente la iniciativa, y se muestra así, voluptuosa y decidida, estando los dos solos…

                Ella continúa con su maniobra de aproximación en el sofá mientras, como fondo, se oye una extraña letanía que Alberto cree reconocer.  ¿Son los vecinos? ¿Es María que tararea? ¿Es un gemido?  Coño, ¿qué canción era esa? Le recuerda vagamente a algo, pero su mente  en plena ebullición, bombardeada por mil pensamientos y sensaciones, oscilante entre la culpa y el placer, no puede procesar ya más datos.

                Vacila entre actuar o no actuar, entre seguirle la corriente o no. ¡Es la mujer de su hermano!  Pero… ¿y si finalmente se tratara de otra ensoñación? En ese caso no hay culpa ¿no? Plantearse esa opción lo libera, en principio, de toda responsabilidad, aunque la duda continúa penetrando en su cerebro como una termita, y lo carcome por dentro.

                Mientras piensa en todo eso, retrocede instintivamente ante el empuje inexorable de María, recostándose cada vez más en el sofá, y pasando a una posición casi horizontal. Las expertas manos de ella recorren su cuerpo, centímetro a centímetro, y Alberto, ya definitivamente superado por los acontecimientos, decide no oponer más resistencia. Debería haberse duchado esta mañana, pero a esta altura de las cosas, ya da igual.

                Los labios de ella, carnosos y húmedos, se aproximan lentamente a los suyos, mientras el perfume, destinado a vencer cualquier atisbo de autocontrol, es cada vez más intenso y se introduce en sus fosas nasales como un bisturí.  Las venas de su cuello están tensas como las cuerdas de un remolcador.  Alberto siente la consistente redondez de sus senos en el pecho mientras la pelvis de María presiona su masculinidad. Con la cara de ella a unos diez centímetros de su nariz, y ya jadeando, admite que esto ya no puede ser una ilusión, y  definitivamente excitado la abraza apasionadamente, apretándola contra su cuerpo.

                Su sexo está a punto de explotar. Imposible ya de dominar, y como si tuviera vida propia, lucha desesperadamente  por rasgar la tela del vaquero.  Alberto dirige su mano hacia la bragueta para liberarlo de esa insoportable tensión, cuando en ese momento, precisamente en ese momento, escucha una voz familiar que viene desde la puerta.

                _¿Alberto? ¿Estás ahí?

                ¡Es Vicente!  Su hermano…

                Alberto se incorpora de un salto y, ya sentado pero aún confuso y jadeante, consigue distinguir la figura de Edema, la asistenta de su hermano, un auténtico tapir malayo si la comparamos con la belleza felina de María. Una gorda sebosa con bigote, algún que otro grano en la cara y pelos como de estropajo, que lo mira con asco y lo señala con su índice acusador mientras sostiene la fregona con la otra mano.

                _¡Señor, señor! El guarro ese me quiso meter mano…

                Mientras tanto continua sonando en la radio la voz de… Bisbal  ¡Era Bisbal!

                Alberto no lo puede soportar, su cabeza está a punto de estallar. No, no puede ser, otra vez un sueño!  Lo sabía, en el fondo lo sabía… pero se dejó llevar.

                Aún desorientado, comprende que no puede quedarse ni un segundo más allí. Se levanta abruptamente del sofá y huye del salón como despedido por una catapulta. Atraviesa el pasillo corriendo y sale de la casa avergonzado sin siquiera despedirse de su hermano.  No mira hacia atrás. Sólo quiere huir, correr para siempre… otra vez más.

                Al salir a la calle el aire frío de la mañana le da en la cara y lo despeja.  Sencillamente no puede creer lo que ha pasado. Pero corre. Poco a poco, el cansancio le hace bajar el ritmo de la huída. Y entonces camina. Camina  sin rumbo, buscando reorganizar sus ideas. Aún le duran la excitación, la humillación, y el cabreo.

                Tengo que hacer algo al respecto, piensa. No es normal vivir en el límite entre la realidad y la fantasía. Está visto que no puede controlar la conflictiva relación entre lo real y lo virtual, o como coño se llame el mundo de los sueños. Una vez más, se enfrasca en los mismos pensamientos de siempre.

                Y entonces, de pronto, al levantar la vista, ve venir hacia él por el centro de la acera a una odalisca. Una morena espectacular, semidesnuda, y muy apetecible, que sólo está cubierta por una túnica translúcida y que, insinuante, le sonríe mientras hace gestos lascivos con las manos. A medida que se le acerca, nota cómo emana de ella un aroma muy sensual, afrodisíaco, algo así como almizcle, tal vez con unas notas de madera y lima.

                Alberto se detiene y la mira, la observa detenidamente. Pero cansado, humillado, abrumado por las evidencias, decide ignorarla. Se da media vuelta y, como si fuera el portero de un equipo que acaba de perder por goleada, se mete por la boca del Metro con la cabeza gacha. Y corre.

                Corre escaleras abajo, huyendo de sí mismo, sin llegar a ver el enorme cartel publicitario junto al acceso, en el que un señor calvo, vestido de negro, lo mira fijamente y lo señala con el dedo mientras sonríe.

                Esa cara me suena… ¿no es el tío del anuncio de Loterías?

                Y entonces desperté.

DANIEL CAMARGO

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Comments
14 Responses to “¿La vida es sueño?”
  1. tico dice:

    ¡Qué pesadilla de vida! Nunca mejor dicho. Buen relato Daniel, con una narración muy fluida y unos toques de humor hábilmente colocados. Un muy buen argumento para, en este caso un relato, pero también para una serie o una peli. Me ha encantado lo de Elvis, esa sería mi ilustración :), lo de Bisbal, etc. Por un momento he pensado que el tal Vicente era yo y que estabas escribiendo la vida de los trillizos pero en seguida me he dado cuenta que estaba soñando. Continua escribiendo que lo haces muy bien.
    Alex, una ilustración muy buena, como en ti es habitual. Es buena tanto técnica como conceptualmente.
    Me gusta vuestro trabajo.

    • Gracias Tico! Esto es un laaaargo aprendizaje. Digamos que estoy de pretemporada, y como todos sabemos los partidos de verano “cuestan” un poco. Pero me divierte intentarlo y los comentarios de amigos como tú dando ánimos ayudan a seguir… Un abrazo.

  2. muchas gracias por tu comentario, Tico! me alegro que te haya gustado, desde luego ilustrar a Daniel es un auténtico gustazo, disfruto como un niño imaginándome sus historias y poniéndoles cara!

    • Tu sí que eres bueno, Alex!! He tenido la enorme suerte de que tu ilustraras mis dos incursiones en el mundo del relato… Y digamos que yo disfruto como un abuelo viendo tus imágenes (hasta llego a babearme). Ahora, que me vuelvo a “cambiar de lado” seguiré expectante tus próximos dibujos. Ah, y la portada es también estupenda!! Un abrazo.

  3. montseauge dice:

    Yo juro que ya había dejado un comentario, ahora no está. Repetimos. Te decía Daniel que no dejes de escribir, que lo haces de maravilla, con una soltura increíble. Seduces al lector que se sumerge sin resistencia en el relato, deseando que no llegue el final. La historia es genial, con esa mezcla de angustia y esos toques de humor entrelazados. Buenísimo!!!

    Alex, tu ilustración igual de estupenda que el relato, me gusta muchísimo, los colores y lograr unir los dos mundos del personajes, el del sueño y el de la realidad.¡Fantástico y enhorabuena por vuestro trabajo en equipo!Bs

    • Gracias Montse. Aunque algún día tal vez deje de publicar mis “cosas”, te garantizo que no dejaré de escribir. Y siempre me tomaré el atrevimiento de pedirte tu opinión (lo siento).
      Ahora toca dibujar… Un beso!

  4. Tengo que reconocer que el tercer sueño me ha puesto… ¡Jesús, qué realismo! Alex, cada vez me gusta más tu espectacular estilo tan de comic.

  5. muchas gracias por vuestros comentarios, Montse y Roberto! Estoy encantado por vuestras palabras y ver que os ha gustado el trabajo! 🙂

  6. Llorenç Solaz dice:

    Muy bueno Daniel, He sido incapaz de no terminarlo de una, aunque tenía prisa. Pero a mi también me has hecho soñar.

  7. Ochi dice:

    Muy bueno Dani, me enganchó, lo peor lo de la gorda sebosa, felicitaciones al dibujante.

  8. Jesús Rodríguez dice:

    Si tienes tiempo para lo del doblete no dejes de escribir. Yo tengo la ilustración que me has hecho como pantalla de inicio en mi ordenata (el fogón de la paellera y la cacerola con la “súper nube”). Escribes tan bien como ilustras. “No me he estrellado contra ningún párrafo”, es fluido y fácil de leer.
    Me ha gustado tanto el texto como la ilustración.
    Sinceramente muy buena Alex. Ya he demostrado (pausa para pensar) <> que lo que digo es directo y sincero.

    • Gracias Jesús. Te agradezco mucho tus palabras. Uno es muy autocrítico, y a veces duda (una cosa es escribir, que me divierte un montón, y otra “torturar” al lector). Valoro tu opinión, porque también valoro mucho tus textos, y me da ánimo y alegría. Seguiremos aprendiendo… Un abrazo.

      • jesús Rodríguez dice:

        Sabias palabras “seguiremos aprendiendo”. El que piensa que lo sabe todo, es el mayor ignorante.

  9. Muchas gracias por vuestros comentarios, Ochi y Jesús!

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