Al final del hilo me encontrarás.

Autor@: Juan Ramón Lorenzana Fernández

Ilustrador@: Marta Herguedas

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Drama

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana Fernández, y su ilustración es propiedad de  Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Al final del hilo me encontrarás.

Ilustración de Marta Hergueras

No creas todo lo que te cuentan, sobre todo si te has enamorado de tu profesor de griego.

Estaba desnuda junto a la ventana, y él me decía que no me moviera. Yo le obedecí.

Dos o tres minutos estuve mirando las luces de la ciudad, los coches que pasaban, dos o tres aviones que surcaban el cielo y… la luna llena que por entera me bañaba. Tenía miedo (creo), porque me temblaba todo el cuerpo, y, aunque intentaba portarme bien y no hacer el más mínimo gesto, a veces las rodillas me flaqueaban, el cuello se arqueaba, espasmos en el vientre me advertían… que él pronto llegaría.

Lo sentí antes de que me tocara; quizá fuera su olor, los pesados pasos en el entarimado, su aliento en mi despejada nuca o… quizás mis muslos, por los que ahora corría el deseo que mi sexo derramaba. Me mordió en el cuello y me hizo daño, pero no suficiente como para, agarrándole por el pelo, impedirle que me soltara. Sus manos acudieron a mis pechos y… me preguntó mi nombre.

El primer día de clase fue… sorprendente. Esperaba mucho de aquel profesor que, con aire cansado, entró en la clase y se colocó dando la espalda a la pizarra para mirarnos durante más de diez minutos sin decir ni media palabra. En ese tiempo fue como si su cuerpo se achicara, sus facciones se desdibujaron hasta casi hacer desaparecer sus ojos, nariz y boca. Los hombros caídos, los brazos abandonados a su suerte a ambos lados de un cuerpo que parecía exhausto, y, cuando el silencio se convirtió en estruendoso murmullo, comenzó a llorar.

Poco a poco los alumnos se fueron marchando del aula sin que él hiciera el menor gesto por huir de allí, por esconderse, por limpiarse las lágrimas que a duras penas conseguían saltar las arrugas de su cara, por… Y de repente dijo: “Hoy hablaremos del mito de Ariadna”. Los cinco alumnos que todavía quedábamos en la clase nos miramos entre confundidos y asombrados. Cuarenta y cinco minutos más tarde se marchó sin decir adiós, hasta mañana o cualquier otra cosa.

Lo seguí precipitadamente en cuanto salió del aula. Rondaba los cincuenta años, aunque parecía que tenía unos cuantos miles más. Yo conocía su historia; todo lo que él había escrito sobre la Grecia mitológica y los filósofos presocráticos: Mileto, Aristóteles, Heráclito y Parménides;  sobre los sofistas y Sócrates; sobre Platón y la filosofía helenística; sobre los peripatéticos, escépticos, cínicos, epicúreos y estoicos. Me tenía rendida, desde hacía mucho tiempo, a su conocimiento, ingenio y destreza.

Eminente y prestigioso maestro, era respetado por sus iguales a pesar de su juventud; pues, al parecer, para ganarse algo de consideración en ese mundo, es necesario ser casi tan viejo como los personajes y textos objeto de estudio. Pero él consiguió saltar esa barrera impuesta por la endogámica élite académica gracias al éxito de publicaciones como “Pitágoras: La Filosofía Matemática”. Cuando digo “éxito”, me refiero entre los círculos académicos de prestigiosas universidades extranjeras. Y esa combinación mágica de extranjera y universidad fue la llave que le abrió las puertas a la cátedra de Filosofía. Inmediatamente después llegó el escándalo con la publicación de “Desde la Grecia clásica al clásico griego”, libro que le trajo fortuna y fama entre el público general no especializado en estos temas, debido a lo escandaloso que, para muchos, supuso la mezcla de sexualidad y filosofía en el tratamiento de marmóreos personajes históricos como Aristóteles, Sócrates, etc. Y, cuando parecía tenerlo todo, que tanto honores como dinero y fama no le eran esquivos, la “Desgracia” se presentó como siempre generosa para hundir su afilada daga en el corazón del ilustre profesor.

Tan sólo llevaba tres meses de casado cuando su esposa murió, o quizá sería mejor decir que apareció sujeta por el cuello al extremo de una cuerda mientras el otro extremo estaba firmemente atado a una viga maestra de la bonita casa que su esposo había comprado para vivir con ella el amor de su recientemente estrenado matrimonio. Todo fueron condolencias, pésames, abrazos y lágrimas para el joven profesor trágica e inesperadamente enviudado hasta que, pasados unos días del doloroso suceso, llegó el informe del médico forense que, con toda rotundidad, calificaba la muerte no como suicidio, como todo el mundo había supuesto, sino como “HOMICIDIO”. Al parecer, en el cuello de la desafortunada víctima aparecieron dos marcas de sendas estrangulaciones de su frágil cuello. La primera, la que le produjo la muerte, con pequeños hematomas en toda la periferia. Por encima de esta, una segunda y más profunda abrasión sin ningún hematoma, señal inequívoca, según el forense, de que la víctima ya estaba muerta cuando fue ahorcada.

El joven profesor de griego fue condenado a veinte años de cárcel, aunque sólo cumplió diez. La causa de su anticipada excarcelación no fue la buena conducta, que la tuvo, ni que su abogado reclamara un nuevo juicio o una revisión de la sentencia, que ni lo hubo ni la pidió. Simplemente fue que apareció el verdadero asesino. Y digo apareció, porque no fue la “hábil” labor policial la que logró sacar a la luz la verdadera identidad del asesino, sino un sacerdote, que de improviso se presentó ante la policía para hacer una declaración, por mandato de un hombre, que le contó el pecado que cometió hacía diez años, él creía por amor, y sólo ahora, que la muerte lo tenía agarrado por el pecho con un cáncer de pulmón, reconocía que sólo fue por celos, odio y rencor. Y así lo contó:

“Tres años juntos, a hurtadillas compartiendo besos, caricias, confidencias y amor. Ella profesora de literatura e hija de un famoso escritor, yo, un simple operario encargado del mantenimiento de las instalaciones de la universidad. Nos conocimos cuando se estropeó el aire acondicionado de su despacho y… surgió el amor. Pero llegó él, con sus aires de superioridad y su verbo fácil, y le habló de todos esos griegos con sus ininteligibles divagaciones sobre la vida, el ser y todas esas paparruchas. De improviso un día me dijo que lo nuestro se había acabado, que había estado bien pero que todo empieza y acaba y que surgen, casi a diario, nuevos caminos en la vida que uno ha de tomar si no quiere empobrecerse y… no sé cuantas tonterías más. A la semana siguiente supe de su inminente boda con el eminente profesor. Creí morir, pero no fue así. Viví rodeado de fantasmas que me escupían su ponzoñosa verdad: ¡Eres poca cosa para ella! ¡Se ha reído de ti! ¡Sólo has sido un entretenimiento para ella! ¡Pero tú quién te creías! ¡Ahora le besa a él!, ¡abre sus piernas para él!, ¡se arquea y gime con él! Y no lo pude soportar. Sabía que estaba sola en su casa y no me fue difícil entrar sin ser visto. Después… después intentó suplicar, sus ojos me miraban sin creer lo que pasaba; incluso más tarde, cuando su cuerpo lacio ya no protestaba, sus ojos continuaban mirándome sin entender nada; incluso ahora, siento que me mira esperando una respuesta que… pronto llegará”.

La noticia de su excarcelación y la causa de la misma saltó a los medios de comunicación, que se echaban las manos a la cabeza ante la tragedia personal y el fracaso del sistema policial y judicial. Por supuesto, no criticaron su propia actitud en aquellos momentos en los que exigían a los tribunales una sentencia ejemplarizante ante el continuo goteo de casos de violencia contra la mujer. Tampoco se celebró ningún acto de reconocimiento o desagravio tras su vuelta a la universidad. Pero no era de extrañar, ninguno de sus “colegas” estuvo a su lado cuando el mundo se hundió bajo sus pies; de hecho, muchos rencores que esperaban ovillados en oscuros rincones de envidiosos corazones, aprovecharon la oportunidad para salir a la luz disfrazados de justicieros oradores, cuando no heroicos salvadores de honras, dignidades y derechos. Ni los que hablaron, ni los que callaron; tampoco los que se hicieron a un lado, ni los que en primera fila gritaron; ni siquiera los que fingieron no conocerlo o los que realmente mintieron. Ninguno, ninguno de ellos fue a recibirlo cuando llegó a su aula de la universidad después de diez años de difamante reclusión.

No caminaba solo, arrastraba consigo su pesada sombra, que al llegar a la iluminada entrada de su casa también lo abandonó; y en ese preciso instante él se volvió, me miró, y sin mediar palabra alguna, de nuevo comenzó su perezoso caminar, dejando tras de sí una inabarcable tristeza, y la puerta abierta.

Sus suaves y temblorosas manos sujetan mis pechos como si tuvieran miedo de romperlos, y debo ayudarlo con las mías para que apriete y dé satisfacción a mi deseo. Siento su trémulo sexo, su respiración entrecortada, cómo me huele, y…, apoyando su frente en mi espalda, parece llorar. Es justo en ese momento cuando siento el deslizar rasposo de la cuerda por mi cuello y… ¡Tengo tanto miedo…! Mis ganas de gritar se asfixian sin llegar a ver jamás, cómo ahora son mis lágrimas las que no paran de brotar y se deslizan hasta la cuerda que, como serpiente, ahora sisea por mis brazos haciendo un nudo aquí y allá, para acabar en un lazo firmemente apretado a mi espalda. Deja caer pesadamente al suelo el resto de la áspera soga y en un desesperado y último intento, consigo suplicar un <<¡por favor!>>. Y me pregunta nuevamente mi nombre, y yo, que no puedo moverme, ni gritar, ni parar de temblar, se me escapa de la garganta un quejido, con forma de mujer, que parece brotar de lo más profundo de la tierra y que resuena en mi cabeza con los fonemas del nombre de una mujer ahorcada: A-R-I-A-D-N-A.

Ahora es él el que dice “Ariadna” una y otra vez. Lo dice cuando sus besos amargos besan mi boca. Lo dice después de lamer entretenido cada uno de mis ojos, besar mi barbilla y morderme las orejas. Lo dice sonriendo después de lamer mi nariz y… rozando sus labios con los míos, decir muy despacio “¡cuánto te he echado de menos, Ariadna, Ariadna, Ariadna!”. Y repite su nombre, que ahora es el mío, cuando me coge en sus brazos, y ya en la cama, esconde sus besos entre mis piernas. Me convierto en una muñeca de trapo, después en una figura de porcelana, más tarde en una cajita de música que él hace sonar a su antojo. No tengo voluntad, ni deseo de terminar. Siento dentro de mí cómo su deseo se derrama, mientras su boca, confundida con la mía, me repite una vez más: “Ariadna, Ariadna. Ariadna, te quiero contar que he pasado algún tiempo enfadado contigo. Me tienes que reconocer que no está bien desaparecer así de repente sin decir dónde vas o qué vas a hacer, o al menos dejando una nota diciendo cuándo vas a volver. Pero no quiero perder el tiempo con eso; además, enseguida me di cuenta de que no podía encerrarte entre mis brazos y que debía dejarte volar libre, pues estaba seguro, que un día regresarías. Y ahora que he conseguido escapar de ese laberinto de cemento y de metal, no te volveré a perder nunca jamás; he hecho un ovillo bien grande que nunca se acabará y que no me dejará perderte, ni a ti olvidar.

“Te tengo que contar que tengo planes, y en todos estás tú, pero, principiemos por el final. Dime otra vez tu nombre, que me gusta escuchar cómo suena en tu boca la conjugación del verbo amar”.

Recuerdo que hasta seis veces le dije el nombre que yo era para él y… nada más. No sé en qué momento me quedé dormida, tan sólo sé que desperté, estiré brazos y piernas, me rasqué la nariz y… me sentí feliz: la luz del sol entraba alegre por la ventana excitando un universo de diminutos planetas brillantes, una pareja de verderones coqueteaba sobre el tallo seco de una orquídea, una sombra se balanceaba levemente sobre la pared donde estaba situado el cabecero de mi cama… Sólo tuve que darme media vuelta para verlo allí perfectamente vestido con su aburrido y encantador traje gris.

FIN

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Comments
10 Responses to “Al final del hilo me encontrarás.”
  1. Paloma Muñoz dice:

    ¡Dios con lo que fascinan las historias de la mitología griega !y Juan Ramón escribiendo un relato de amor-pasión utilizando la historia del hilo de Ariadma como analogía.
    Me ha gustado muchísimo. Felicidades y felicidades igualmente a Marta de cuya ilustración, Juan Ramón ha escrito una historia tan intensa y fascinante.

    • Juan Ramón dice:

      Gracias Paloma. Temía, y aún temo, que la historia me hubiera salido un poco enrevesada, quizá demasiado personal o con ideas de mi mundo un tanto paranoico. Pero si te ha gustado a ti, aunque sólo sea a ti, me doy por satisfecho.
      Un saludo y hasta pronto

  2. Así me gusta, revisando a los clásicos. Quien no conoce la historia está condenado a repetirla, y quien la conoce está deseando que se repita. Tranquilo, Loren, que de las paranoias se alimentan las historias que más me gusta leer y la “endogámica élite académica” da para muchos e interesantes capítulos. Bien hecho y muy, muy intenso. Te mueves como pez en el agua en los parajes tórridos. Quizás por tu deformación poética ;D.

    Marta, me gusta mucho tu estilo. Decírtelo es volver a repetir una y otra vez lo mismo. Pero me imagino que si son halagos uno no se cansa de oírlos.

  3. Mariola dice:

    Juan Ramón, que tus paranoias te duren per saecula saeculorum… Y además ahora revisas los mitos clásicos con tu personal y tan especial manera de escribir, hablar y expresar el amor. Así que, por favor, no dejes de tenerlas y continua deleitándonos con tu don, porque es único.
    De Marta ¿qué puedo decir? Que me sigue sorprendiendo tu estilo y en esta ilustración en particular me admira la forma de mezclar esos tonos que le has dado. Y nunca mejor dicho, Juan Ramón la ha aprovechado estupendamente tejiendo su laberíntica historia de sentimientos encontrados.
    Enhorabuena de verdad. ¡Fantástico trabajo! 😀

  4. montseauge dice:

    Qué fantástica historia utilizando el mito clásico de Ariadna, el laberinto por excelencia. Me encanta ese tono poético y me atrapado la historia. La ilustración de Marta con ese hilo infinito me ha gustado mucho.¡Felicidades a los dos!

    • Juan Ramón dice:

      Muchas gracias, Montse. Espero que te sigan gustando las historias que están por venir. Hasta pronto.

  5. Olga Besolí dice:

    ¡Ufff! Y yo que creí que ella amanecería muerta… fascinante. Esa sensación de peligro + pasión que me ha transmitido tu relato me ha llenado. Y me gusta mucho la disposición de los tonos y colores de la ilustración de Marta, que dan esa luz con claroscuros que parecen tener movimiento. Buen trabajo de los dos.

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