El destino era verdad.

Autor@: Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Ilustrador@: Verónica López

Corrector/a: Elsa Martínez

Género: Relato

Este relato es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo Jiménez, y su ilustración es propiedad de  Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El destino era verdad.

«Ven», insistes. Llevas insistiendo desde que has llegado. Ven, vamos, sígueme… ¡Joder! ¿es que no sabes decir otra cosa? Te detienes, te vuelves y me miras. Te pregunto qué miras. «Sígueme», respondes. Qué locura. Vale, genial, sí, está bien, de acuerdo; te sigo, pero no voy a ir contigo, te digo como queriendo avisarte de que no resulto tan dócil, que estoy ahí y que pinto algo; sólo un trecho, ¿entiendes? Y empiezo a caminar detrás de ti. La noche es azul. El sonido del camino es el sonido del camino al pisar las piedras. Cuántas veces lo habré escuchado. Es un sonido que me gusta; así suena la soledad buscada en los senderos de montaña; así suena el silencio que no me asusta. Siempre lo he necesitado; torcer a derecha e izquierda, desoír los consejos de mi brújula, esquivar, romper, fintar. Dejar atrás los muros de humanidad y largarme lejos. Solo. Sólo un camino sin demasiadas opciones y el crujido de la tierra bajo mis pies. Pero ahora estás tú, delante mío, andando despacio, llevándome a no sé dónde. Me detengo. Lo has notado. «Vamos, ven» dices sin dejar de caminar. El caso es, te digo mientras trato de recordar por qué es que no puedo seguirte, que hay algo, continúo diciendo, vacilando, dando una vuelta de más porque me distraigo con la lámpara que sostienes o más bien con su luz que escapa de manera tan extraña como si en vez de luz fuera algodón, pues, el caso es, te decía, te digo, que no puedo seguirte; no recuerdo por qué, pero hay algo que tengo que hacer.  «Tú ven», es todo lo que respondes. Y yo no quiero, pero voy.

Esta mañana, en el espejo, me he quedado absorto contemplando mi rostro. Parecía fijo, inmutable, congeladas sus facciones. Pero no es así, lo sé bien; el tiempo lo cambia. He intentado evocar los otros rostros de mi rostro, los anteriores. Han tenido que ser muchos, tantos que seguramente me haya  dejado la mayoría en la cuneta del recuerdo. Porque los rostros previos, los que ya no podemos confirmar en el espejo, están asociados a recuerdos que lo son por haber sido fotografías: carita de bebé durmiendo en cuna azul y blanca; el entusiasmado soplido sobre las cinco velas de una tarta;  como marinero de agua bendita; de prepubescente saltarín en la función de algún fin de curso; los cinco largos años que hay que aguantarse el acné del primer DNI; entre amigos y fiestas, para el carnet de conducir, las vacaciones, el altar, la foto de perfil… Todos y cada uno rostros míos, sí, pero no todos mis rostros. Trato de imaginar el resto, los rostros perdidos o no registrados. Y así desfilan en mi mente versiones borrosas de cada uno. Mi rostro ante la pantalla del ordenador, en la cola del mercado, al volante; mi rostro a gritos, a lágrimas; mi rostro enfermo, mi rostro dormido. O mi rostro exhalando el éxtasis muy cerca de otro rostro. Nadie tomó fotografías de esos otros rostros míos.

La noche es azul y sigo caminando detrás de ti. Lo hago porque me gusta el sonido de las piedras que piso. Te lo digo. Aseguraría que no hemos dejado de ir en línea recta, pero estoy demasiado concentrado en recordar por qué es que no puedo seguirte. No hace frío o calor ni huele a nada. ¿Vamos a tardar mucho en llegar?, pregunto.  Responden las piedras del suelo, no tú. ¿Y en volver?, dime, ¿cuándo volveremos? Continúas ofreciéndome la espalda. Desnuda hasta el grito. Tintada de azul por la noche. Sobre ella, sobre tu espalda, acostada, una trenza. No veo tus pies al final del vestido. De hecho, el vestido parece no tener final y tú, pareces caminar sobre el aire. Tu andar es etéreo, suave, flotante. También tu piel. La piel que cubre tus tangencias y medias elipses. Me detengo para contemplarte. Tu cuerpo se aleja. «No te detengas. Sígueme», dices en la, cada vez mayor, distancia. Entonces me acuerdo. ¡No puedo! Ahora sé por qué no puedo. Te detienes. Esperas. Ya debe ser la hora, te explico, las pastillas, no puedo saltármelas.

Continúas quieta. Medio vuelta. Mirándome. No sé decir qué dicen tus ojos. Qué cuentan o qué quieren de mí; para mí. Si compasión o rutina o hasta deseo. Tal vez un poco de todo ello. Continúas ahí  y yo me aproximo. Te siento cerca. Respiro hacia ti. ¿No vas a decir nada?, pienso. Una cesta de luz en tu mano y la luz como agua cayendo.  Agrupándose en diminutas nebulosas de algodón que salpican tu órbita. Te revolotean. Cortejándote o protegiéndote. ¿De mí?, pienso. Me hago esclavo de tus labios cerrados y, poco a poco, voy  sintiendo que estoy rendido a ellos. A ti. Perdido. Las pastillas… murmuro. Tú me miras o no dejas de hacerlo. Yo respiro. Sí, para ti ya siempre. Y es entonces que comprendo quién eres.

Ilustración de Verónica López

Seguimos andando. No ha hecho falta que me digas nada, que me ordenes «Ven» o  «Sígueme». Y te lo digo. Intuyo que sonríes pero no puedo asegurarlo. Había oído hablar de ti antes. Había leído mucho sobre cómo eras y cómo lo hacías. Desde luego, no te pareces a lo que me habían hecho creer. ¿Puedo llevar un libro conmigo?, te pregunto por probar, sin albergar esperanza alguna. «No». Lo suponía. Y tu cuerpo de diosa se sigue alejando envuelto en vapor. Y cada vez me atraes más. Supongo que ése es el truco; porque hay truco, ¿verdad?; si no, nadie andaría este camino. Me sorprende mi propia calma, si es que se le puede llamar así: calma. En todo caso la lógica dice que debería estar aterrado. Nada más lejos. Lujuria y deseo son mis guardianes; tu hechizo, mi prisión. Así me siento, creo. Tú andas flotando. Mi imaginación vuela andando; desnuda tus hombros y me imagina imaginando tu vestido caer con la densidad de un gas. Despierto sueño que pienso tu pecho y tu vientre y tu sexo. Y no me atrevo a fabular darte la vuelta y enfrentar la hermosura infinita de tu rostro, porque me da miedo robarte un beso. ¿Sabes?, te pregunto, podría enamorarme de ti. Tu cuello se tensa. Y un instante. «Hazlo», dicen sin voz tus labios. No juegues conmigo, hace un rato que sé quién eres. «Sé que lo sabes». Ah, sabes que lo sé; bien; entonces dímelo tú, ¿quién eres? «Una mantis». No. Niego en voz alta y me río. ¡Maldita sea! Te he reconocido, sí, a pesar de que hayas cambiado la túnica negra por el vestido blanco, la guadaña por la lámpara. Ya no van a regalarme otro día esas pastillas, ¿no es cierto?, tan cierto como que tú eres la misma Muerte y has venido para llevarme. «Y ¿podrías?», me preguntas. ¿Qué?, ¿qué dices?, ¿si podría qué? «Enamorarte de mí». No lo sé, ¿acaso puede alguien? «¿Te atraigo?». Como nunca nadie me había atraído. En el horizonte la noche azul se hace más clara.  Parece ese horizonte el final del camino. Una salida a ningún sitio. «¿Qué libro habrías elegido?». Me desconciertas. No lo sé, te digo, alguno apropiado para la ocasión, supongo. Lo pienso. Ya lo tengo. Y te cuento: Del inconveniente de haber nacido. «Ciorán». Sí, Ciorán. Qué te parece, ¿es lo bastante apropiado? «No», niegas. ¿Por? «No hay tiempo». Tiene gracia, ¿es que acaso hay mucho que hacer allí? «El tiempo ha dejado de existir desde que nos hemos encontrado». Ah. Y sólo digo “Ah” y entiendo que esto va muy en serio. Que estoy fuera del tiempo. Siempre me han atraído irremediablemente las mujeres complicadas, digo con voz trémula que pretende resultar cómica, y comprometidas, añado con idéntica intención. No te ríes, es lógico. Y caminamos hacia la luz.

¿Qué es la vida?, te pregunto. «Una pausa en la eternidad. La excepción de un camino». Siempre pensé que la vida era un camino de caminos vivos, capaces de cruzarse y alejarse entre sí. Un laberinto. «No puedes definir la vida como un camino de caminos vivos. No vivos precisamente. Pues ¿qué son caminos vivos? Caminos dotados del beneficio de la vida. Y ¿qué es la vida, según tú? Un camino de caminos vivos. ¿Lo ves?, no puedes explicar algo finito con una lógica que no tiene fin». Comprendo. Entonces, si los caminos no están vivos, todo está escrito. Determinado. El destino era verdad. «Algo así. Para vosotros, la vida es un laberinto, en eso aciertas. Pero yo, desde aquí, lo entiendo más como un entramado de un solo recorrido y una única salida; para cada cual, un camino prescrito, aunque parezca cierta esa percepción de poder elegir mientras se anda». Me alegro de no haberlo sabido hasta ahora. Suspiro. Pienso. Continúo deseándote. Se me ha ocurrido otro libro. «¿Cuál?» En busca del tiempo perdido. «Proust». Sí, Proust; respondo. Pero esta vez no pregunto si es adecuado para llevarlo allí, hasta donde tú me llevas.

«¿Recuerdas algo o a alguien de tu vida?». No, estoy en blanco. O puede que en negro, no sabría decirte. Vuelvo a intuir una sonrisa tuya. Pero vuelve a ser sólo eso, una intuición. «Tranquilo. El tránsito agota los recuerdos». Gracias. Por tranquilizarme, digo. «No hay de qué». ¿Siempre te tomas tantas molestias?, quiero decir, al principio apenas has abierto la boca, en cambio, cuando te he dicho qué sentía por ti, eso ha cambiado. Te has abierto,  te has interesado y hasta me has dejado jugar a seducirte. Lo has hecho. ¿Siempre es así? ¿Hablas con toda la gente a la que te llevas? «No». Mientes. «No miento». Ya. «Apenas hablo con nadie. Ya sabes quién soy». Lo sé. Y podría. «¿El que?» Enamorarme de ti. Poco a poco el final se acerca, haciendo blanca la noche azul. La luz de tu lámpara se apaga y ahora es de mí de donde empiezan a escapar pequeños haces. Diminutas esferas de luz que se desprenden de la materia que me forma, de lo que soy o de lo que fui. Y voy dejando de serlo. Me miras. Miras cómo me oscurezco. Y una lágrima tuya me cubre de miedo porque no sé qué significa. Ahora es cuando debería ver pasar la vida en un segundo; todos mis rostros a la vez: los registrados y los que se perdieron. Pero sólo veo uno, un sólo rostro, el mismo que vi esta mañana y que es mi único recuerdo. Un rostro que se ha detenido. Ya no conoceré su muda en otros rostros más envejecidos. Aquí termino. Entonces te vuelves. Desnuda. Bañada en luz. Tus brazos me apresan, tus muslos me acogen, tu cuerpo me absorbe. «Bésame». Y mi luz estalla. Se dispersa. Es nada. Me siento extinguir. Si pudiese recordar algo de este no-tiempo, lo último que recordaría es como, dulcemente, besé a la muerte en los labios.

«La muerte era desafío. La muerta era un intento de comunicarse, ya que la gente siente la imposibilidad de llegar al centro que, místicamente, se les escapa […]. Había una abrazo en la muerte».

Virgina Woolf, La señora Dalloway.

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez

Navàs, 3, 4, 6, 14, 15, 16 de septiembre de 2012

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Comments
8 Responses to “El destino era verdad.”
  1. Sí, señor. No hay laberinto más grande e inescrutable para las cobayas que lo recorremos que la misma vida. Es lo malo de no poder ver el asunto a vista de pájaro. ¡Ojalá el final sea tan sensual/sexual como propones! De no saber que es el fin, casi dan ganas de que llegue cuanto antes…
    Estaba yo con el intríngulis de conocer tu otra ilustración, Vek, porque no era posible que en tan poco tiempo hubieses hecho algo tan imaginativo como lo mío. Pero me rindo ante la evidencia. De poder elegir, no sabría con cuál de las dos quedarme. ¡Qué fácil es trabajar contigo!

  2. Paloma Muñoz dice:

    El final de la vida siendo apresado, absorbido y besado por la dama del farol a modo de “mantis religiosa” no está nada mal. Supongo que si fuera una mujer quién escribiera esta historia también sentiría un gusto especial en acabar así.
    Verónica, una maravillosa iulstración. Eres una crack. Felicidades al equipo.

  3. tico dice:

    Ohh!! que fantásticos trabajos!! (nunca mejor dicho) ¿Qué puedo decir de tu ilustración, Vek, que no haya descrito Miguel Ángel en su relato? La ha clavado. Es maravillosa. De las tuyas es de las que más me gustan. No se me ocurre otra descripción para definirla que no esté en el relato. Tu ilustración es su relato y viceversa. Un gran relato Miguel Ángel, pues no lo haces mal eh? jeje y con la dificultad y el mérito añadido de haberte basado en la ilustración. Chapeau!!

  4. Rafa Mir dice:

    Hipnótico el relato, te va haciendo caminar por el laberinto siguiéndola, intentando descifrar su secreto… y preciosa la ilustración. Ya no es ninguna sorpresa, viniendo de Vek…

  5. Muchas gracias!! Miguel Ángel que es un crack y hace que resalte más aún mi ilustración con su trabajo, es una maravilla!

  6. Bonito y fantástico relato, como alguien ha dicho por arriba, te va a trapando.
    En cuanto a la ilustración, me gusta mucho el juego de luces y de color, la encuentro extremadamente sugerente.
    Felicidades a los dos.

  7. Mariola dice:

    Extraordinario relato, Miguel Ángel! Desde luego eres un poeta con MAYÚSCULAS! Siempre me he quitado el sombrero con tus historias y tu manera de escribir, pero ya es que te hago la reverencia total.
    De Verónica qué voy a decir… Otra de sus bellísimas ilustraciones que solo podía inspirar un texto tan excepcional como este.

    Mis más sinceras felicitaciones a los dos! 😀

  8. montseauge dice:

    Me has dejado alucinando Miguel Angel con este relato tan poético, sobrecogedor , escrito con ese estilo del que eres dueño y con el que creas joyas literarias como ésta. La ilustración que ha inspirado el relato comparte esa poesía y transmite una atmósfera de magia que hace que no te canses de contemplarla.
    ¡Enhorabuena genios!

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