El jardín del edén.

Autor@:  Jesús Rodríguez

Ilustrador@: Alex Femenías

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Fantasía

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez, y su ilustración es propiedad de  Alex Femenías. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El jardín del edén.

Seis largas horas de viaje para llegar a…

         −¿Dónde estamos? −preguntó Andrea.

         <<¿Nos hemos perdido? Lo que me faltaba −pensaba Diego−. Seis horas con las ventanillas cerradas pasando un calor de muerte y escuchando “esa cosa” que mi padre llama música y encima ¡nos hemos perdido! Yo me largo>>.

         Diego abrió la puerta del coche y salió sin mediar palabra con sus padres, que le miraban sorprendidos por su reacción.

         Andrea, su hermana, salió tras él y se dirigieron hacia la parte trasera de la gasolinera.

         −¿A dónde creéis que vais? −preguntó su madre enojada.

         Diego, sin darse la vuelta, contestó:

         −¡A estirar un poco las piernas, que ya os valen seis horas de coche sin parar ni para hacer un pis!

          Los dos niños desaparecieron tras la oficina de la gasolinera.

***

         −Diego, ¿qué es eso? −preguntó Andrea. A sus casi siete años traía loco a su hermano, le preguntaba por todo lo que veía.

         −Un seto. ¿Qué te pasa, no lo ves? –respondió Diego en ese tono (no podría ser otro) preadolescente de sus casi doce años.

         −Sí, es un seto –afirmó Andrea−, pero tiene una abertura por la que se puede pasar y detrás se ve otro seto ¿Será un laberinto de setos?

         Diego estaba ocupado buscando dónde hacer un pis y no prestó demasiada atención a su hermana.

         −Déjate de laberintos –le dijo− que ya tenemos bastante con… ¿Andrea? ¿Andrea, dónde estás? ¡Déjate de tonterías, no tiene ninguna gracia!

La pequeña había desaparecido.

         Diego pensó en correr hacia sus padres para avisarles de lo sucedido, pero no lo hizo. Decidido, se adentró en aquel laberinto. Pasados no más de cinco minutos se dio cuenta de que estaba perdido. Asustado ante la situación, comenzó a gritar pidiendo auxilio. Era inútil, no había respuesta.

         Siguió por los pasillos del laberinto hasta que encontró una salida. Miró a derecha e izquierda y no vio más que metros de seto en ambas direcciones. Al frente, y tan lejos que parecía un grano de arroz, se divisaba una casa. Estaba sobre un promontorio y rodeada de grandes árboles, en el centro de un gran bosque. Pensó en dirigirse hacia ella pero quedaba tan lejos que decidió seguir el seto hasta donde se terminara.

         Caminó hasta cansarse y aquel muro verde nunca se acababa. Mirando hacia la casa observó que se mantenía a la misma distancia. El seto formaba un círculo alrededor de ella.

         Le quedaban dos opciones: volver a adentrarse en el laberinto o dirigirse hacia la casa.

         <<¿Qué habrá hecho Andrea? >>, pensaba Diego.

         Alzó la mirada y pudo ver humo que salía del bosque. Se restregó los ojos para poder observar con más nitidez y se percató de que aquellas eran señales de humo. El pasado verano Diego y Andrea habían estado en un campamento y les habían enseñado a hacer señales. Utilizaban el código de los apaches. Aquellas indicaban a Diego el lugar donde se encontraba Andrea.

***

         −¿Hacia dónde te diriges, muchacho? –le preguntó una voz procedente de un árbol.

         −Hacia el centro del bosque, mi hermana está allí y tengo que ir a buscarla, pero… ¿Quién eres, dónde estás? No te veo –preguntó Diego, un tanto asustado.

         −Soy el gorleño que vigila esta entrada del bosque –respondió la voz—. Vivo en este árbol y he dejado que me vieras porque te quiero ayudar. Aquí viven todo tipo de seres, unos buenos y otros malos. Nosotros te ayudaremos a distinguirlos. Los hay muy engañosos y llevan a quien se fía de ellos al laberinto oscuro, nadie puede salir sin la ayuda del granjero que vive en la casa del bosque. Solamente has de pensar en llegar hasta él. Si intentas encontrar a tu hermana antes, podrás caer en las mismas trampas.

         −¿Por qué sabes que ella ha entrado en el laberinto oscuro? –le preguntó Diego asustado.

         −Tu hermana –le dijo el gorleño− se adentró en el bosque siguiendo a un pequeño elfo burlón. Pasó por mi lado corriendo y no me dio tiempo a avisarla. Una vez dentro del bosque, ya no podemos hacer nada.

         Diego se adentró con la idea de llegar hasta la casa. El gorleño le había indicado que las señales de humo podrían haber sido hechas por los guerreros del cron; estos habían atrapado a su hermana y la habían hecho dirigirse hacia el laberinto oscuro.

         Los guerreros del cron eran unos seres casi humanos pero de un tamaño diminuto, dominaban a las aves y las utilizaban para desplazarse volando de un lado a otro del bosque. El gorleño le había dicho que se fijara en las aves que le siguieran desde el cielo y en especial si eran cuervos. Los cron le estarían siguiendo para atacarle disparándole con sus dardos cargados con la pócima llamada negavoluntad. Si era alcanzado por estos, sería el fin. Controlarían su voluntad y estaría perdido para siempre.

         El sendero subía lentamente hacia la colina. A derecha e izquierda salían otros caminos exactamente iguales y que también ascendían; cualquiera de ellos le podría hacer creer que le llevaría hasta la casa del granjero, pero solo uno era el bueno. El gorleño le había indicado que siguiera el más empinado; si dudaba, las engañosas criaturas aprovecharían ese momento para confundirle.

         −¿Qué haces, niño? Ese no es el camino, este otro sube mucho más directo –le indicó una extraña criatura que pendía de una rama.

         Diego se paró para decidir. El camino que la criatura le indicaba era el más directo, pero el niño no estaba seguro de si era más pendiente. Miró hacia el árbol donde estaba la criatura y tras ella, un gorleño indicaba el sendero de la izquierda por el que siguió.

         A su alrededor los árboles cada vez eran más grandes, sus ramas impedían ver el cielo formando un túnel por el que transcurría el camino. Diego dudaba de su decisión pero no podía creer que el vigilante de la entrada le hubiera engañado.

         Al final del túnel se veía un claro. Un ruido ensordecedor le hizo mirar atrás. Una nube negra se acercaba. Por sus graznidos pudo adivinar que se trataba de una bandada de cuervos. Se acordó de los guerreros cron y de sus dardos negavoluntad. Corrió sin mirar atrás, los graznidos de las aves cada vez se oían más cerca. Tenía que llegar hasta la salida del túnel. Si lo conseguía, se refugiaría en la casa del granjero.

         Algo le picó repetidas veces en una pierna, los cron le atacaban con sus dardos. Pensó que debería correr aún más para poder llegar a la casa antes de que el veneno le hiciera efecto y negara su voluntad. Al salir del túnel de árboles pudo ver la casa y al granjero que, con un tridente, esparcía hierba seca delante de la entrada del granero. Gritó pidiendo auxilio. El granjero corrió hacia él, le metió en la casa, le arrancó los dardos que tenía clavados en las piernas y le dio un vaso de agua con unas gotas de un líquido verde que le dijo neutralizarían el efecto de la pócima de los cron. El niño se quedó dormido en el camastro donde el granjero le había tendido.

Ilustración de Alex Femenías

         Desde un extremo del bosque, los cron buscaban una posición para poder observar los movimientos del muchacho. Como podían controlar a las aves, una avanzadilla se subía a lomos del gallo del corral y ocultos entre sus plumas avanzaban hacia posiciones más favorables sin ser vistos.

         Los duendes buenos y los gorleños ya habían informado a Sam, el granjero, y mientras esparcía la hierba para cebar a los caballos, preparaba la estrategia de rescate. Precisaría la ayuda no solamente de Diego, sino también de todos los elfos, duendes, gorleños y demás criaturas del bosque. Para mantener a raya a los cron, contaba con el apoyo de los cartufos, seres con apariencia humana, que aún siendo diminutos, eran fuertes y valientes.

***

         Andrea se había sentado sobre la raíz de un gran árbol, estaba triste y sentía miedo. El gorleño de aquel árbol decidió consolarla.

         −Hola, pequeña. ¿Cómo te llamas? −preguntó el gorleño.

         −Me llamo Andrea −contestó la pequeña al tiempo que saltaba de su asiento mirando a todos lados intentando adivinar de dónde procedía aquella voz−. ¿Dónde estás, quién eres? −le preguntó.

         −Soy un gorleño y vivo en este árbol desde hace más de trescientos años. No sé ayudar a una niña como tú a salir de este oscuro laberinto de senderos y zarzas, pero lo que sí puedo hacer es protegerte de la noche.

         −¿Qué hay en la noche, señores malos que me pueden asustar? −preguntó Andrea.

         −Señores no −respondió el gorleño−, pero hay criaturas muy malas que si te ven, te podrían hacer daño.

         −¿Y cómo me puedes proteger de ellos?

         −Rodea el árbol y verás una grieta suficientemente ancha por la que puedes entrar. Dentro del árbol te puedo proteger porque las fieras no se atreven a entrar.

         Estaba comenzando a oscurecer. El tronco era hueco y su interior estaba seco y caliente, el suelo cubierto de plumón invitaba a acostarse y descansar. En lo alto se veían luces de colores que revoloteaban de un lado a otro. Eran pequeñas hadas que iban entrando por la misma ranura y se posaban en los pequeños salientes. Todas las hadas entraban para protegerse de los peligros de la noche. Se habían situado en la parte superior porque estaban un poco asustadas, no sabían quién era Andrea y tenían un poquito de miedo por si les pudiera hacer daño. Antes de oscurecer comenzaron a entrar todo tipo de pequeños animalitos. Unos conocidos y otros de especies que ni Andrea ni ningún humano había visto antes. Todos estaban en silencio y observaban a la niña, que se había escondido en una esquina bajo una montaña de plumas; se podía ver su cabecita asomando tímidamente para observar a los demás ocupantes de la estancia. Estos la miraban con curiosidad.

         Las hadas contaban las experiencias vividas en el bosque. Un hada buena relataba la historia vivida con un duende gruñón que siempre la estaba chinchando.

         Pensando en su hermano, Andrea se quedó dormida, el relato del hada la había tranquilizado. Ahora estaba segura de que había entrado tras ella en el laberinto de la gasolinera y la rescataría.

***

         Diego estaba ya recuperado de las picaduras causadas por los dardos de los cron y se disponía a comer un plato de sopa caliente que le había ofrecido el granjero. Mientras, pensaba en su hermana Andrea y sufría imaginando lo que la noche en el bosque le depararía.

         El granjero, que adivinó su preocupación, lo tranquilizó diciendo:

         −No te angusties, estará bien.

         −¿Y cómo lo sabes? −preguntó Diego.

         −Lo sé porque aunque esté en lo más profundo del bosque oscuro y rodeada de los más terribles monstruos, siempre habrá un gorleño bueno que la proteja y la cuide. Estoy seguro de que en este momento está descansando en el árbol de ese gorleño, acompañada de hadas buenas que la consolarán.

         Diego se tomó la sopa y aunque su hermana estaba ocupando todos sus pensamientos, no se pudo resistir al cansancio y antes de que Sam apagara la luz, ya se había quedado dormido.

         Los cron habían tocado a retirada, sabían que una vez el granjero había curado de las picaduras de los dardos al muchacho, ya no tenían nada que hacer. Tendrían que esperar al día siguiente para vigilar los pasos de aquellos humanos y ver la forma de atacar.

***

         Al amanecer, Andrea se despertó al ver entrar un rayo de luz por la grieta. El peligro de la noche ya había pasado. Se asomó al exterior y pensó en seguir buscando la salida de aquel laberinto.

         El gorleño, que la vio indecisa, le dijo:

         −Puedes estar tranquila y descansar todo lo que quieras. Mis amigos me han dicho que tu hermano está en casa del granjero y que hoy vendrán a buscarte.

***

         En la granja, a las ocho en punto de la mañana como todos los días, la vaca que Sam tenía en el establo le daba la leche para el desayuno y en el corral las gallinas le ofrecían los huevos frescos para hacerse una buena tortilla. Mientras hervía la leche en una cacerola que colgaba de un gancho. Sam salía al exterior para arrancar el viejo coche que tenía aparcado al lado del establo. Lo hacía todos los días, aunque en realidad nunca iba a ninguna parte. El ruido del viejo motor despertó a Diego, que saltó del camastro dirigiéndose a la ventana para ver lo que estaba pasando.

          Salió de la casa para dirigirse hacia donde estaba Sam.

         −Sam, ¿me vas a ayudar a rescatar a mi hermana? –preguntó impaciente.

         −Claro que sí, pero ¿quién te ha dicho que alguien la tiene retenida? Es probable que solamente esté perdida en el laberinto oscuro.

         Los cron conocían a la perfección el laberinto, lo sobrevolaban todos los días a lomos de los cuervos, y desde las alturas podían distinguir todas las salidas y ver a las criaturas que se encontraban perdidas.

         Aquella mañana sobrevolaban el laberinto en busca de la hermana del humano que los había conseguido burlar la tarde anterior. Tenían órdenes de llevarla a la guarida.

         En la granja se reunían Sam el granjero, Diego, el alcalde del poblado de los cartufos y la capitana del escuadrón de las torcaces. Un elfo y un duende del bosque llamaron a la puerta del granjero, querían participar en el rescate, estaban cansados de perder a sus familiares en las incursiones que los cron hacían en su zona del bosque. Llegaban volando sobre los cuervos y disparaban sus dardos negando la voluntad de aquellos que eran alcanzados. A estos se los llevaban a la zona oscura del bosque y los ponían a trabajar para ellos haciendo todo tipo de maldades.

         −Queremos ayudar –decían−. De paso rescataremos a nuestros compañeros y acabaremos con esos malvados cron.

         El granjero y los demás se plantearon más seriamente la misión. Ya no se trataba solamente de rescatar a la pequeña Andrea. Ahora la misión era liberar al bosque de los malvados cron. El bosque volvería a ser un lugar feliz donde todos vivirían en armonía. Recordaban que antes de que esos seres malos aparecieran, el laberinto que ahora es la zona oscura era un lugar de juegos lleno de luz donde todos disfrutaban perdiéndose por sus senderos. Los gorleños no estaban siempre en sus árboles, salían y corrían jugando tras los más pequeños, que disfrutaban riéndose de sus extravagantes movimientos. Los árboles dejaban entrar el sol, soltaban parte de sus hojas y, con estas, el viento hacía mullidos lechos en las orillas de los caminos donde todos se podían tumbar a descansar. Había un roble muy grande que tenía más de treinta metros de altura. Desde una de las ramas que se alargaba llegando al centro de la poza del río, los pequeños se tiraban para bañarse en sus cálidas y cristalinas aguas. Vivían en un laberinto feliz del que nunca querían salir.

El granjero miró por la ventana y vio su coche. Pensó en los años que había pasado en la granja antes de que los cron aparecieran. En aquellos años no se planteaba arrancarlo, no tenía la más mínima intención de salir de su paraíso. Sin embargo, ahora lo arrancaba todos los días pensando en que lo podría necesitar.

         Sam se dio la vuelta mirando hacia los demás que esperaban sus órdenes. Había sido sargento del ejército y aunque lo tenía olvidado… “las incursiones en tiempo de guerra precisan de decisiones estratégicas”.

         Sam y Diego se internaron en el bosque montando los caballos que el granjero guardaba en su establo. Un humano montado sobre un caballo se convertía en una criatura terrorífica para los cron. Nunca se habían atrevido a atacar al granjero, que siempre que iba al bosque, lo hacía a lomos de su caballo.

         Los cartufos salieron volando a lomos de las torcaces. Su misión, despistar a los cron haciéndolos apartarse del laberinto oscuro. Los condujeron hacia la otra zona del bosque donde los elfos buenos y los duendes los atraparon con las redes de seda tejidas por las mujeres del poblado de los cartufos. Las hadas dejaron pasar a las torcaces y al acercarse los cron montados a lomos de sus cuervos, volaron subiendo las redes, los cuervos se estrellaron contra ellas cayendo al suelo enredados en estas y los elfos y duendes las amarraron formando una gran bolsa en la que quedaron encerrados. La primera fase del plan se había realizado con éxito.

         Un grupo de cartufos acompañados por algunos elfos y duendes se quedaron vigilando a los cron. El resto se dirigieron hacia la entrada del laberinto oscuro donde deberían reunirse con los demás.

         Sam y Diego bajaron de sus monturas y se dispusieron a adentrarse en el laberinto en busca de Andrea. Diego le preguntó a Sam cómo harían para no perderse y este le contestó que todos los elfos, duendes, hadas y cartufos entrarían con ellos. Uno a uno se irían quedando en cada cruce de caminos y de esta forma no solamente evitarían repetir caminos, sino que sabrían volver por sus propios pasos. Los gorleños, que eran sus amigos, también los ayudarían y las torcaces informarían desde el aire. El plan era perfecto, nada podría fallar.

         Antes de que les diese tiempo a organizar todo, llegaron las torcaces que portaban a los héroes que acababan de apresar a los cron.

         −Misión cumplida, señor –informó orgulloso el alcalde de los cartufos que había comandado el escuadrón−. Todos los cron han sido capturados.

         −Sin el acoso de esos malditos nuestra misión será más sencilla –afirmó Sam mientras ordenaba en fila a los más de cien valientes dispuestos a rescatar a la niña y recuperar su paraíso para siempre.

         Cada recodo del laberinto parecía ser el lugar donde encontrarían a Andrea, pero pasaban las horas y la pequeña no aparecía. Ya no quedaba ningún rincón en el que no hubieran estado y aunque ella se moviera, alguno de los vigilantes de las esquinas la debería de haber visto. Decidieron volver por sus propios pasos recogiendo a los vigilantes hasta salir nuevamente al exterior. Una vez allí…

         −¡Los cron se la han llevado a su guarida! –gritó Diego−. ¡No es posible que haya desaparecido!

         −Puede que tengas razón –afirmó Sam−. Los interrogaremos y torturaremos si es necesario hasta que nos digan que han hecho con ella.

         Se dirigieron a la zona del bosque donde los habían apresado.

         Al llegar, se sorprendieron al observar que los habían liberado y todos reunidos en un corro hablaban y reían.

         −¿Qué ha sucedido? ¿Por qué los habéis soltado? –preguntó Sam, que no podía dar crédito a sus ojos.

         −Tranquilos, no pasa nada –se apresuró a aclarar Ron (el jefe de los cartufos encargados de la vigilancia)−. Ya no son cron, se encontraban  bajo el efecto de su propia pócima. Nos han contado que la fiera Corrupia los tenía sometidos negando su voluntad. Los primeros cron eran duendes buenos que la fiera había atrapado y obligado a atacar a todos los demás habitantes del bosque. Por esto, cada vez que hacían una incursión en nuestro poblado y apresaban a alguno de los nuestros lo convertían en uno de ellos y era sumado a su ejército. Los mantenía con su voluntad anulada alimentándolos con la pócima secreta. Al atraparlos con las redes no han podido cumplir las órdenes de la fiera. Cada cuatro horas tenían que tomar su medicina y, al no hacerlo, los efectos han desaparecido.

         −¿Si vuelven a ser buenos, nos dirán donde tienen retenida a mi hermana? –preguntó Diego ilusionado.

         −Sin duda –respondió Ron−, pregúntaselo tú mismo.

         Uno de los cron escuchó la petición del pequeño y se dispuso a contestar:

         −A tu hermana la tiene en su guarida la fiera Corrupia. Es la primera humana que ha conseguido apresar y la quiere para ella. No ha negado su voluntad y por eso no la puede dejar salir de la cueva, si lo hiciera se escaparía y la tendría que perseguir y posiblemente matar. Nadie sabe muy bien cómo es, no deja que nadie la vea. Se dice que es muy fea, que tiene cuerpo de humano pero mucho más grande y encorvado, y su cabeza no es como la de los humanos. También se dice que tiene siete caras de dientes. Yo tampoco la he visto, pero sí he sentido su aliento caliente en mi nuca cuando se acercaba para ordenar alguna fechoría.

         −¡A mí no me da miedo! –afirmó Diego levantándose de un salto−. ¡Dime dónde está su guarida! ¡La mataré!

         −Sin duda eres un niño muy valiente, pero para enfrentarse a la fiera Corrupia hay que estar muy preparado. No es fácil llegar a su escondrijo y mucho menos sorprenderla –le explicó el cron−. En el camino hacia la cueva hay criaturas malignas que no dudarán en matarnos a todos antes de que logremos llegar. Estos solamente salen por la noche, pero es casi imposible llegar a la entrada antes del oscurecer. Nosotros llegábamos porque íbamos volando en línea recta, pero pasar caminando todo el laberinto sin perderse puede llevar más de doce horas. Dentro de la cueva las criaturas ya no te han de preocupar porque no pueden pasar el umbral de la entrada. Una vez allí te quedaría lo peor. La fiera Corrupia, con un solo giro de su cabeza, te podría clavar cientos de dientes por todo el cuerpo.

         −Iremos todos –dijo Sam−. Ahora sabemos que nuestros enemigos no son los cron. Si queremos recuperar nuestro paraíso, nuestro jardín del edén, tendremos que matar a la fiera.

         −Dinos. ¿Dónde tiene su guarida la fiera Corrupia?

         −¿Os acordáis del gran árbol que hay al lado de la poza donde os solíais bañar? Ahí es donde comienza el sendero del laberinto oscuro y en el centro de este es donde está la guarida. La entrada a la cueva de la bestia se identifica por dos árboles que entrelazan sus gruesas ramas formando un gran arco. Es ahí donde hay que llegar antes del oscurecer.

         No había tiempo que perder. Sam y Diego comenzaron a preparar todo para el día siguiente. Ron iría por el aire con las torcaces y acompañado por sus amigos los cartufos. Por tierra y a caballo mientras las sendas lo permitieran, irían Sam y Diego. La suerte estaba echada, solamente había dos opciones: matar a la fiera Corrupia o quedar para siempre sin voluntad y a las órdenes de la bestia.

         Al amanecer se pusieron en camino. Desde el aire, el escuadrón de torcaces dirigido por los cron marcaba la dirección hacia la que debían  dirigirse. Las horas pasaban y las sendas del laberinto, a cada paso, se hacían más tenebrosas y angostas. Eran las cuatro de la tarde y ya llevaban más de dos horas a pie. Al anochecer desembocaron en un ancho camino; al fondo, dos árboles majestuosos con sus ramas entrelazadas indicaban la entrada. Ya no les quedaba tiempo, en solo unos minutos la penumbra de la noche soltaría a las fieras. Los dos corrían hacia la entrada cuando de pronto y a sus espaldas, sintieron los pasos de animales que los perseguían. No miraron atrás.

Diego sintió que algo le sujetaba la pierna, de un tirón se zafó y siguió corriendo. Sam, que iba delante, ya estaba a salvo, pero él aun no había llegado. Un respingo de terror recorrió todo su cuerpo al sentir el aliento de una bestia en su cuello, el sonido de dentelladas lanzadas al viento, y los rugidos sanguinarios de aquel animal lo paralizaron cuando solamente le quedaba un metro para pasar entre los árboles donde aquellos animales ya no le podrían atacar. Las bestias saltaron sobre él pero desaparecieron antes de conseguir alcanzarle. Sam había salido en su auxilio, le cogió del brazo y de un tirón le hizo salvar el metro que separaba la vida de la muerte.

         Diego comenzó a sentir el dolor del zarpazo en su pierna. Sam arrancó la manga de su camisa y se lo vendó. No había tiempo para contemplaciones, lo más peligroso estaba por llegar.

         Se adentraron sigilosamente en la cueva. Según iban avanzando se escuchaba un extraño ruido procedente del fondo de la guarida. De pronto, un terrible rugido seguido de una potente voz les dijo:

         −¡¿Quién se atreve a interrumpir mi descanso?! ¡Aún no es la hora!

         La fiera pensaba que se trataba de alguno de sus fieles que, confundido, había anticipado la hora de la toma de la pócima. Esto les daba la posibilidad de acercarse sin ser atacados

         −¡Cómo os atrevéis a mirarme! −gritó la fiera− ¡Nadie puede ver mi rostro!

         Era cierto, la fiera Corrupia tenía siete caras de dientes y su cuerpo era semejante al de un humano pero mucho más corpulento y encorvado.

         Diego no sentía miedo, estaba dispuesto a enfrentarse y avanzó hacia ella. La fiera se abalanzó sobre ellos rugiendo. Los cientos de dientes de sus siete caras castañeteaban y parecían salir disparados como balas. Sam se adelantó frenando a Diego y poniéndose delante de él. Sacó un cuchillo de plata impregnado de una sustancia venenosa que pensaba paralizaría a la fiera y la retó. Cuando estaba a punto de clavarle el cuchillo, la voz de Andrea frenó a la bestia y a Sam.

         −¡No les hagas daño! –le dijo a la fiera Corrupia−. Son mi hermano y el granjero que vienen a buscarme, ya te había dicho que vendrían. No les tengas miedo –prosiguió−, no vienen para matarte como sucedió en tu pueblo. Ya no tendrás que esconderte más. Yo les explicaré lo que te ha sucedido y verás cómo te aceptan como uno más entre los habitantes del bosque.

         Entonces Andrea comenzó a relatar la historia de la fiera.

         −En el pueblo en el que nació la trataban como a un monstruo. De pequeña la insultaban y no querían jugar con ella. Ella no sabía lo que sucedía hasta que un día se vio reflejada en el agua de una fuente. Se asustó tanto que se fue a su casa y se escondió. Los vecinos se presentaron armados con palos y escopetas, querían matarla. Se tuvo que ir muy lejos. Desde entonces, vive escondida y con miedo a que la persigan y la maten.

         »Ella no es mala. Todo lo que hace es porque no ha conocido otra forma de vida. Hace daño a los demás porque es lo que a ella le hacían, pero si la aceptáis como es, descubriréis que es buena y que tiene mucha necesidad de cariño porque nunca nadie se lo ha dado.

         Mientras Andrea relataba la historia, iban saliendo de la penumbra de la cueva y acercándose los cartufos, los duendes, los elfos y las hadas. Ahora que habían escuchado la verdadera historia de la fiera Corrupia todos querían ser sus amigos.

         Desde aquel día no hubo más maldad en el bosque. El ansiado jardín volvió a florecer y en los corazones de todos los habitantes del bosque se abrió un huequecito para su nueva amiga la fiera Corrupia.

         Todo el bosque se convirtió en un extraordinario jardín del edén del que ninguna criatura quería salir. Antes temían perderse en el laberinto oscuro, ahora no querían salir del laberinto de luz. Sam dejó de arrancar su coche por las mañanas, ya no lo necesitaría. Diego y Andrea pasaron unos inolvidables días en compañía de sus nuevos amigos. Se bañaron en la poza saltando desde el gran árbol. Jugaron con los cartufos, hadas, duendes y elfos. Se divirtieron con las historias de los gorleños y se rieron con sus andares.

***

         Desde la casa del granjero se podía ver el laberinto por el que habían entrado desde la gasolinera. Al estar tan altos pudieron ver el camino a seguir, lo memorizaron para no perderse y se encaminaron hacia él.

         Ya en la gasolinera Diego consultó su reloj. Habían pasado menos de cinco minutos.

         Al llegar al coche sus padres les dijeron que ya sabían hacia dónde tenían que ir. En menos de una hora estarían en el camping del lago.

         −Papá −preguntó Andrea−, ¿el próximo año podemos venir otra vez aquí de vacaciones?

         −No lo sé, hija −respondió su padre sorprendido−, aún no hemos visto ni siquiera el sitio.

         −Es igual, papá −aseguró la pequeña−. Si tú lo has escogido, seguro que estará bien.

       −Yo también quiero volver aquí de vacaciones –apuntó Diego−, pero una cosa, con la condición de que no pares ni para hacer un pis hasta llegar a esta gasolinera.

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Comments
9 Responses to “El jardín del edén.”
  1. jesusrodred dice:

    Quiero comentar la ilustración de Alex: ¡SENCILLAMENTE ESPECTACULAR! Los personajes que ha creado a los que he puesto el nombre de “cron”, son los que cualquier niño imaginaría al leer un cuento. Pequeños, pero fuertes y ágiles guerreros.
    El gallo del corral con los cron a sus espaldas: qué mejor forma de camuflarse para poder espiar a los humanos. También me hizo pensar en el control que estos pequeños guerreros ejercen sobre las aves. De aquí, salen los jinetes aéreos montados en sus cuervos y el escuadrón de torcaces.
    El coche representa esa necesidad, o no, de salir de su jardín del edén.
    Cada pequeño detalle de esta fabulosa ilustración creo que se refleja en el relato. Si nos fijamos, al fondo, muy lejos entre el coche y la casa, se puede incluso ver la gasolinera.

    En fin, QUE CON UNA ILUSTRACIÓN ASÍ, ESCRIBE CUALQUIERA.

    Gracias Alex. Se cómo estabas de ocupado con tu trabajo y aún y así, lo has hecho posible.

    • Muchas gracias a ti, Jesús, por convertir mi ilustración en un relato tan lleno de magia y fantasía. Has captado con tus palabras cada una de mis pinceladas.
      Cuando me vino a la cabeza la idea de la ilustración eran solo vagas imágenes sin nombre, sensaciones, ideas… Yo estoy acostumbrado a montarme mis películas, o montar las películas de otros en mi cabeza y sacarlas a modo de ilustración, para mí realizar el trabajo al revés y empezar con la ilustración fue un poco frustrante al principio, no conseguía centrarme y una vez me centré no conseguía encontrar la luz mágica que quería representar.
      Me impresionó como completaste el puzzle, como entendiste la idea y la convertiste en un relato hecho como un anillo al dedo. Me encanta la profundidad que has dado a los seres del bosque, y la figura del viejo… era un detalle que hice y no sabía como enfocarlo en la ilustración, hasta que ví como lo describiste a modo de faro en la lejanía, , eso hizo que se me erizaran los pelos como escarpias!!! El aire que respira a aventura fantástica me hechizó sin duda alguna.

      Mil gracias a ti, por realizar semejante relato desde mi ilustración!!
      Un placer haber compartido esta convocatoría contigo, Jesús, espero coincidir muchas más veces contigo!

      • jesusrodred dice:

        Esta inyección de… puf. me ha dado fuerzas para animarme a dar las últimas pinceladas al cuento que quiero en la calle en Diciembre. ¡TENGO LAS PILAS A TOPE!

  2. Gorleños, fieras corrupias.. Poco a poco vas encajando todas las piezas de ese mundo que vive en tu imaginación, un mundo en el que los niños pueden vivir aventuras como las que leíamos cuando nosotros éramos de su tamaño. La historia tiene los ingredientes necesarios para que el niño al que se la leas no te deje respirar hasta que la acabes.

    Alex, se me agotan los adjetivos (positivos) para tus trabajos.

  3. Paloma Muñoz dice:

    Pues efectivamente como comentáis con una ilustración tan alucinantemente fantástica se puede escribir un relato tan alucinamtemente original y entretenido. Como me gustas mucho las hi9strias de los elfos de los bosques, los duendes, las hadas y todo tipo de seres fantásticos he disfrutado de lo lindo.
    Muchas gracias por el relato, Jesús y por la magnífica ilustración, Alex. Un támdem único.

    • jesusrodred dice:

      Gracias Paloma. ¡Ah! una cosa que te cuento muy en bajito, para ti y para mi. <>. Y sí, <>.

    • jesusrodred dice:

      Gracias Paloma. ¡Ah! una cosa que te cuento muy en bajito, para ti y para mi. Nunca dejes que se vaya la niña. Esa pequeña que te hace disfrutar de las fantasías. Y sí, la ilustración hizo que todo resultara muy fácil.

  4. “Fantastico” cuento el que has escrito Jesús. Me ha hecho regresar a mi niñez nuevamente, cuando he leído “fiera corrupia”, he flipado…, no sé los años que hacía que no escuchaba estas palabras. Recuerdo que mi madre en alguna ocasión me decía “ que viene la fiera corrupia y se te llevará…”. Pero me hacía gracia, no me daba miedo, como cuando alguna vez los mayores decía aquello de que “ se te va a llevar el hombre del saco”, eso sí daba miedo.
    “La fiera corrupia”, para mí siempre ha sido entrañable.
    He disfrutado leyéndolo y cuando estas relatando el origen de la “Fiera” me ha venido a la mente la escena final de la película Frankenstein en la que el “monstruo” es acosado y perseguido hasta el molino que posteriormente incendian la masa ignorante del pueblo.
    Bueno esto forma parte de mis paranoias.
    Alex, una caña la ilustración. Una ventana abierta a un mundo desconocido lleno de magia.
    Felicidades a los dos.

    • jesusrodred dice:

      Gracias José Vicente. me alegra haber despertado en ti al enano (en edad) que todos llevamos dentro. “Me llena de orgullo y satisfacción,,,” jejejeje

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