Esencias.

Autor@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustrador@: Carolina Cohen Polanco

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo, y su ilustración es propiedad de  Carolina Cohen Polanco. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Esencias.

Rumbo sur suroeste. Destino: la India.

            No iríamos de vacío porque la red de clientes y socios se extendía hasta Bombay. Pero primero tocamos Da Nang y Saigón. Luego, James quiso bordear el golfo de Tailandia hasta Bangkok. No había estado allí desde su primer trabajo como socio del tío Tejón y su amigo Xiu Chi. Y es que aparte de los Jun, del único que nos despedimos fue de él en la última vez en Lantau desde la aciaga noche en que perdimos al tío.

            Xiu Chi fue quien se ocupó de sus exequias y su casa. James había enrolado a Seng, su hijo, el más joven de la tripulación del Old Oak, como agradecimiento a la ayuda que le prestó Chi al embarcarlo él primero en su pequeño mercante que operaba en las costas tailandesas. Seng era tres años mayor que yo y su tarea más exclusiva había sido vigilarme cuando no habían estado el tío Tejón ni el capitán, sobre todo desde que también embarqué. Se había convertido en mi mejor amigo a bordo y ahora era el más triste.

            Pobre Seng. Yo aún le estaba pidiendo perdón por darle esquinazo en Hong Kong aquel terrible día, pero no había podido evitar que él también se sintiera mal y se disculpara mil veces por haberme perdido la pista. James jamás se lo había tenido en cuenta. Después, Seng también se había quejado por no acompañarnos en la búsqueda de Sarah Constable. Estaba seguro de que, de haber ido, Huo no se habría atrevido a tendernos aquella trampa. Pero eso ya no importaba y ahora se sentía muy apenado.

            Xiu Chi nos deseó todos los parabienes y luego nos llevó donde descansaba el tío Tejón. Entonces James y yo nos permitimos compartir por fin un llanto desconsolado por Chang Wei Hu, el hombre que había salvado nuestras vidas y dio la suya también por nosotros. No solo no lo olvidaríamos nunca, sino que ya no dejaríamos de echarlo de menos.

            Después, zarpamos en un día gris y la pena se me fue disipando ante la ilusión por el futuro más inmediato y todos los sitios que veríamos. Me di cuenta de que pese a mi vida poco convencional navegando los últimos tres años por casi todo el mar de China, en realidad no conocía más mundo que el de mis libros.

            Bangkok, la Ciudad de los Ángeles, con sus canales y sus templos me maravilló. Y eso que aún se apreciaban en algunas zonas los estragos de los bombardeos de los aliados en la guerra porque Tailandia pagó cara su alianza con Japón. De allí partimos con un flete de madera con destino a Singapur, la Ciudad de los Leones, que también me gustó mucho. Nos quedamos tres días y al cuarto estibábamos un cargamento de caucho y zarpábamos hacia Ceilán. Y en Colombo, tras pasear por el mercado de Pettah, supe que aquellos olores y colores se me quedarían impregnados para siempre en la piel y la retina, sobre todo cuando después entramos en el mar Arábigo para bordear la costa oeste de la India, donde se multiplicaron en cada puerto que tocamos desde Mangalore hasta Goa.

            Estuvimos cinco días en la bonita ciudad aún bajo dominio portugués, con sus larguísimas playas y su antiguo barrio que me recordó al de Macao. Tuve emociones encontradas al evocar la desafortunada experiencia con los Gonzalves, pero, en especial, por lo que había leído en el diario de James sobre su estancia apenas unos meses antes. Las aumentaron sus palabras de la primera noche atracados, que escuché estremecida por saberlas tan ciertas.

            —Pensé mucho en ti. Estaba muy confundido, sin entender que pudieras mirarme así y…

            Yo le había puesto los dedos sobre los labios.

            —Y han ocurrido muchas cosas después, ¿verdad?

            —Pero no buenas.

            —¿No? ¿Ninguna? —Me había inclinado sobre él, en su litera, donde me dejó quedarme siempre que lo busqué en la larga travesía.

            James había sonreído, me había echado en su pecho y yo me había dormido con el olor único de su piel, que allí parecía saberle a canela y sal al mismo tiempo.

            Pero al marcharnos de Goa el buen ánimo me abandonó durante el último tramo de navegación hasta Bombay. No había querido pensar en la despedida más importante que nos aguardaba: la de la tripulación. Seng me encontró en cubierta el día antes de arribar. Me saludó con una apagada sonrisa y un vistazo al cielo completamente azul.

            —Por fin ha desaparecido la bruma. Hace demasiado calor en este país.

            —¿No te gusta?

            —Oh, sí, mucho, pero… Yi, he hablado con tu padre —dijo con gesto más compungido que grave.

            —¿Qué pasa?

            —Nada, es que quería insistirle en acompañaros, y si ahora no puede ser, pues más adelante, cuando llevéis un tiempo en Inglaterra. Sé que nos agradeció que todos estuviéramos dispuestos a llegar hasta allí, y entiendo que no pueda ser por todo el tiempo más que tardaríamos, sino por el que pudiésemos pasar tan lejos sin que él esté seguro de qué hará. Y lo comprendo más para los hombres con familia, pero otros no la tenemos.

            —¿Y tus padres y hermanos?

            —Sabes lo que quiero decir —desvió la mirada y yo asentí sonriendo—. Pues por eso él podría llamarme si necesitara a alguien como yo. Aunque si se incorporase de nuevo a la Armada…

            Era verdad que James podría volver a la Armada. Francis Constable le había dicho que trataría de conseguir que así fuera. James se había negado a pensarlo. Si se había decidido a regresar a Inglaterra, había sido únicamente por sus padres y por mí. Suspiré.

            —Estoy segura de que te llamará si te necesita —dije con un guiño.

            —También le he hablado de ti. —Bajó la cabeza. Por un momento me sorprendí, pero enseguida supe que lo que vi ya lo había imaginado aunque no había querido darle importancia—. Debería haberlo hecho antes porque somos amigos y creo que sabes cuánto te… aprecio.

            Entonces le cogí la mano.

            —Lo sé, y yo también te aprecio y seguro que él te ha dicho que por supuesto cuidarías de mí aún mejor. Pero no debes preocuparte, ¿o es que se te ha ocurrido pensar que dejaremos de ser amigos aunque estemos lejos?

            Lo empeoré, pero al intentar rectificar él habló:

            —No, claro, pero… Bueno, lo entiendo también. No soy muy extraordinario y tú eres única.

            —Seng, por favor…

            —No, al menos habré tenido el valor de decírtelo como a él: que mi… afecto es sincero y lo mantendré. Debes saberlo para que no lo olvides, porque yo no lo haré.

            —Yo tampoco, Seng, créelo.

            —Pues eso me sirve. —y la voz se le recompuso al igual que la sonrisa. Yo se la devolví procurando que no notara lo mal que me sentía y lo mucho que admiré ese valor. También sentí que veía otro momento atrás en el tiempo, pero que permaneció tácito en miradas como aquélla. Con un escalofrío creí ser mi madre cruzándola con unos mudos ojos claros. En otro segundo maldije aquel silencio que ya no se rompió y sus consecuencias, y al siguiente me angustiaba por entender que, de no haberse mantenido, quizás yo no existiría ni tampoco mis sentimientos por esos mismos ojos. ¿Habría sentido ella también la profunda punzada de pesar por no poder ponerse en su lugar? Los de Seng eran oscuros y limpios, y distinguieron mi ausencia—. ¿Estás bien? Has temblado. Vamos dentro.

            —No, no pasa nada. —Y entonces lo abracé, sorprendiéndolo y sintiéndome afortunada por ahuyentar silencios—. Siempre serás el mejor amigo que habré tenido. Eso es lo que no debes olvidar tú. Y te llamaré cuando te necesite, pero prometo no meterte en más aprietos.

            —Pues mientras tanto, ten la mejor vida y sé feliz.

            —Tú también, Seng.

            —Yo siempre estaré a las órdenes de los Lung.

            Esa noche fue la última navegando en el Old Oak. James no me dijo nada porque sus silencios solían expresar millones de palabras.

            Entramos a Bombay por Colaba para ver la Puerta de la India, el magnífico monumento erigido para la visita del rey Jorge V a principios de siglo y por el que —en una simbólica imagen— hacía solo dos años antes habían abandonado el país las tropas británicas después de tanto tiempo y graves conflictos. El lujoso hotel Taj Mahal al fondo también me impresionó. Entonces, uno de los múltiples prácticos del inmenso y congestionado puerto se abarloó al Old Oak para indicarnos que lo siguiéramos. La maniobra habría sido normal de no ser porque pareció haber estado esperándonos especialmente a nosotros.

            Recordé las palabras de Francis Constable a James: «Sea cuando sea, simplemente llegue hasta Bombay y allí no se preocupe por nada más. Si todavía puede creer en la palabra de un hombre, confíe en mí, por favor. Si le fallo, no solo no me lo perdonaré jamás, sino que habré perdido la fe en la justicia y lo más importante, mi honor». De modo que seguimos al práctico hasta un muelle de posiblemente la más lejana sección del gran puerto, atestado de barcos de toda condición y bandera.

            Yo estaba acostumbrada al aparente caos de los puertos, pero en los de la India ese caos sí parecía real. En aquella extensa bocana el tráfico marítimo me resultó tan incesante como abrumador, solo comparable al del Shanghai desbordado durante la invasión japonesa, aunque allí la presencia de navíos de guerra no era mucha y se concentraba en una zona restringida. No sé por qué me sentí tan intimidada pero un nudo me apretó la garganta tras el atraque. Cuando el Old Oak partiera otra vez, lo haría sin nosotros.

            Apenas colocábamos la pasarela para desembarcar, vimos acercarse a dos agentes aduaneros que flanqueaban a un hombre alto con aire distinguido, de unos cincuenta y algunos años y vestido con un impecable traje. Tenía la mirada translúcida y cuando James apareció, sonrió con afabilidad y se adelantó.

            —¿Capitán James Lung? Mi hermano me dijo que usted no confiaría en nadie que hubiera venido en mi nombre. Soy Robert Constable —y le extendió la mano—. Sea bienvenido a Bombay.

            —Gracias, pero ¿cómo ha sabido que llegábamos?

            —Francis me informó cuando hicieron escala en diciembre. Comentó que posiblemente usted no tardara en regresar a Inglaterra, así que me pidió que estuviera pendiente. Con un hermano vicealmirante y los datos de su barco, nos ha sido relativamente fácil seguirle el rastro en cuanto ha tocado costas indias. Francis me insistió mucho en que me encargara de ustedes personalmente. Estaba agradecido de verdad por su ayuda en la exitosa búsqueda de mi sobrina.

            —Pues le agradezco que haya venido, pero ahora debo ocuparme de la carga que traemos y sus trámites.

            —Por supuesto. Pero no se preocupe por esos trámites porque estos caballeros ya los han resuelto. Yo regresaré esta tarde para llevarlos a la embajada. ¿Le parece a las tres?

            Desde el portalón noté cómo la sincera disposición de Robert Constable hizo vacilar a James de la misma forma que su hermano le había agrietado la dura coraza de protección. Dio el paso nuevamente.

            —De acuerdo. Gracias otra vez.

            Robert era el mediano de los tres hermanos Constable y un alto funcionario del consulado británico. «Con el mayor en la Armada y el pequeño en la RAF, alguno tenía que quedarse en tierra, y desde luego puse mucha de por medio», había comentado jocoso cuando volvió más tarde.

            Llegó a Bombay con su familia en los años veinte. Los problemas con el movimiento de independencia encabezado por su carismático líder, Mahatma Ghandi, habían empeorado después de la segunda guerra mundial hasta las conversaciones de hacía tres años, de las que Robert había sido testigo por su trabajo al servicio de Lord Mountbatten. Cuando la independencia de la India se hizo efectiva, se retiraron las tropas coloniales y la mayoría del funcionariado civil, salvo el oficialmente necesario. Él decidió quedarse. «Este país es un avispero. Demasiadas religiones, lenguas e intereses. Y nosotros, claro. Pero también es mágico. He tratado de hacer mi cometido de la mejor forma en estos difíciles años y tengo una posición que me permite vivir bastante bien». Así que allí seguía.

            —Ocupándome de asuntos parecidos al suyo aunque no tan particulares —había dicho cuando entramos en su despacho.

            James me había llevado. Esos asuntos también eran míos. Robert Constable por supuesto aceptó mi presencia.

            —Siéntense, por favor. Seré breve. Por una parte, mi hermano me contó lo necesario sobre su especial situación legal que deberá resolverse en Londres. Así que desde aquí actuaremos como con todo ciudadano británico con un problema con su documentación, proporcionándosela de nuevo con independencia de la que poseen del gobierno chino. Por otra, las indicaciones más personales son asegurarle también el desplazamiento a Inglaterra desde aquí, como él le sugirió. De modo que en una semana, saldrán en un vuelo a Estambul y desde allí tomarán otro hasta Londres. —Entonces Robert alzó una mano ante el gesto de James—. He contactado ya con mi hermano y ahora él le dirá personalmente que no ponga esa cara.

            Y descolgando un teléfono a su izquierda, establecía una conferencia con Londres y le extendía el auricular a James. Yo lo observé sonreír, expresar un único saludo y luego ir asintiendo con aquel brillo en sus ojos que nunca le había visto tan de seguido, igual que las emociones tan intensificadas que ahora mostraba tan plenamente. Acababa con una afirmación y un nuevo agradecimiento.

            —Pues ya lo ha oído —dijo Robert al colgar—. Así que tómese el tiempo que necesite con los asuntos de su barco y volveré a por ustedes cuando me digan.

            Dos días después Robert Constable nos invitó a su casa. Nos había ofrecido alojamiento allí, pero James había querido permanecer en el Old Oak y yo también quise seguir haciendo mi trabajo hasta el momento de despedirnos. Pero aceptamos aquella invitación a cenar y vino a recogernos el mismo chófer de la embajada. La casa de los Constable era una de las varias que la rodeaban, en el barrio del Fuerte, y tenía un pequeño jardín delante.

            Robert se admiró mucho al verme con uno de mis más bonitos quipaos de color rojo y mi pelo en un recogido. Al igual que a su hermano, también le había resultado llamativo que yo me considerara un tripulante más.

            —Sin duda que ha educado usted a su hija con insólita libertad y los resultados son inmejorables —le dijo a James cuando entramos—. Ojalá yo pudiese convencer a mi esposa para que la mía fuese más independiente, pero me temo no llegar a lograrlo nunca.

            —A veces son las circunstancias —contestó él— y yo me temo que las mías han sido excepcionales.

            —Bueno, yo espero que con su presencia, hoy pueda conseguir algo. Alice se impresionó mucho con el relato sobre el rescate de su prima y está deseando conocerlos.

            Nos llevó hasta un gran salón con una mesa exquisitamente preparada para cenar y nos presentó a su esposa Elizabeth, una mujer muy delgada, elegantemente vestida, con pelo dorado y ojos color miel, que nos saludó con una sonrisa que sin embargo no ocultó un gesto distante.

            Como contraste, el entusiasmo de Alice Constable fue genuino y rápidamente quiso preguntarnos por todo. Tenía diecinueve años, pero por su aspecto y maneras parecía más joven, una niña mimada que posiblemente no había querido ser. Por último, apareció Edward, el hijo mayor, que se disculpó con fingido embarazo por su retraso. Tenía veinticuatro años y era un espejo de su padre, con quien compartía la mirada y el porte de los Constable, pero como comprobamos también pronto, el carácter era el materno mientras que el de Alice era igual al de Robert. Tuve una incómoda sensación ante la mirada que me dedicó y que ya no me apartó en toda la noche. Edward traía a su prometida, la hija de uno de los banqueros más importantes de Bombay. Se casarían en breve y el ajetreo de los preparativos había sido la causa de la tardanza.

            Robert Constable fue un magnífico anfitrión y la cena transcurrió agradablemente. Yo había estado nerviosa: la última velada parecida terminó muy mal. Aunque era una tontería, me tranquilizó no haber soñado con búhos. En realidad, era solo la falta de costumbre a esa vida social tan especialmente británica. Y aunque lo supiera por James, él tampoco había frecuentado mucho un ambiente como aquél. Sin embargo, Robert actuó como si nos conociera de siempre y Alice era tan espontánea y curiosa por todo que también ayudó a no sentirnos como peces fuera del agua. «Porque quizás ya nos hemos convertido en eso», me había susurrado James al sentarnos, haciéndome sonreír. Estaba especialmente atractivo y su dragón asomaba por el cuello de la camisa blanca bajo la chaqueta del traje atrayendo todas las miradas. Alice, ignorando una mirada reprobatoria de su madre, le preguntó por él y James le contestó sin ningún problema, y también respondió con una media sonrisa a un más capcioso Edward sobre si su tío Francis lo había contratado como mercenario.

            —Solo soy un marino mercante que conoce bien las costas del mar de China. Tu tío había oído hablar de mí por ser inglés, nada más.

            —¿Pero no arriesgó mucho llevando a su hija? Me refiero a que sabían que habría peligro y de hecho resultó usted herido —intervino Elizabeth, con cierto deje crítico que no me gustó.

            —Señora Constable, él no quiso que fuese pero yo creí poder ayudar —respondí directamente—. Y lo hice, aunque sin duda lo que más lamenté fue esa herida.

            —Oh, mamá, si pensáramos en las veces que podemos estar en peligro voluntaria o involuntariamente, nunca saldríamos de casa, ¿no? —dijo Alice antes de dirigirme una cálida sonrisa—. Yo creo que fuiste muy valiente y usted también, señor Lung.

            —Desde luego tu prima te contagió su inconsciencia, pero ahora nos faltaba esto —comentó Elizabeth.

            —Querida, esta vez estás en minoría —dijo Robert oportunamente—. Me parece que todos alabamos la valerosa acción aunque fuera arriesgada.

            —Y la inconsciencia es un concepto bastante relativo —dijo entonces James, manteniendo la desdeñosa mirada de Elizabeth antes de añadir—: Por mi experiencia, la consciencia en actos o palabras suele ser más peligrosa y dañina.

            —Pero la inconsciencia suele denotar estupidez —contestó ella—, y no me gustaría que mi hija la desarrollara. Ni tampoco el descaro.

            —Cierto, pero para eso está la confianza que tenga usted en ella. Es difícil porque siempre queremos estar pendientes, ¿verdad? —James sonrió abiertamente—. Pero le aseguro que si se la demuestra, ella le responderá igual, como Yi a mí, y aunque sea con ese descaro.

            Elizabeth ya no respondió. Fue Robert quien, cuando nos marchábamos, nos detuvo un momento.

            —Por favor, disculpe si los comentarios de mi esposa han podido contrariarlo. Temo que no se haya adaptado a estar aquí pese a los años, y siempre que coincide con quienes regresan a Inglaterra se muestra disgustada.

            Pero James solamente insistió en agradecerle la invitación y Robert me pidió que aceptara la proposición de Alice para enseñarme la ciudad con más detenimiento al día siguiente. Edward nos acompañaría porque debía hacer gestiones de su trabajo también en la embajada. Yo pretexté tener que terminar el mío, pero James me animó a ir.

            —¿Por qué me has obligado a aceptar?

            —¿Cuándo te he obligado yo a algo?

            —Alice es muy agradable pero Edward y su madre no me han gustado, ni a ti tampoco.

            —¿También te he hecho tan desconfiada además de descarada?

            —Pero eso sí te gusta.

            James se rió en la penumbra del camarote mientras me acoplaba a su costado. Nos quedaban dos días en el Old Oak porque queríamos desembarcar antes para no prolongar la despedida. Una mañana nos ocurrió tener la sensación de que cuando dejáramos de respirar el aire de sus mamparos, cámaras y pañoles, quizás nos asfixiaríamos con los intensos olores de aquel país, o con los nuevos, o con los del pasado.

Por primera vez los ojos de James habían temblado por miedo al porvenir. Yo había querido quitárselo con besos que necesitaba más que el aire de ninguna parte, pero sabía que eso aún le preocupaba más y que cuanto más me daba, más me los buscaba. «Dios… Intentar no amarte solamente me hace amarte más», me había susurrado una de esas noches, echado sobre mí, con sus dedos delineándome el cuerpo, trazando un camino imaginario de donde decía no poder salirse nunca ni perderse. «Porque es el laberinto perfecto, sin principio ni final, con los desniveles más hermosos». Y me había rodeado los pechos y el pubis con los labios. «Sí, el camino a lo esencial». Después, todas las sombras siempre las extinguía la luz de sus ojos.

Ilustración de Carolina Cohen Polanco

—Como ahora —evoqué en voz alta.

            —¿Qué?

            —Que sí, que soy descarada.

            Se rió otra vez apretándome más contra él.

            La visita por Bombay me fascinó por el impactante contraste entre la opulencia y la pobreza más extremas, pero también por la sonrisa perenne y la belleza incomparable de sus habitantes. Olores, colores, sabores, sonidos de lenguas y música, caos y orden al mismo tiempo. Allí parecían infinitos.

            Alice también hablaba con admiración y compartía la diplomática postura de su padre sobre la independencia del pueblo indio. Pero Edward solo mostraba interés en mantener la posición social y mejorarla con su matrimonio con la hija de aquel importante banquero.

            —Pero no la ama, yo lo sé —me dijo Alice cuando él se quedaba en la puerta de un comercio de telas donde entramos—. Te darías cuenta de que apenas sí sabe hablar aunque sea tan guapa. Y no es por timidez, es que no la sacarás nunca de su ropa o la inmensidad de las tierras de su familia en Surrey. Pero para mi madre es ideal: hija única con esa dote, la excusa perfecta para regresar a Inglaterra, porque su padre quiere enviarla allí cuando se case. Mi hermano tendrá un puesto en la central del banco en Londres. Bueno, pues aquí nos quedaríamos mi padre y yo. A mí sí me gusta su trabajo —había concluido con una mezcla de desdén y determinación.

            —Pues hazlo —comenté sin pensar y me apresuré a precisar—: Quiero decir que podrías hacerlo, ¿no? Como secretaria o ayudante.

            —¿Como tú con tu padre?

            —Algo así —sonreí ante su gesto sorprendido, pero ella terminó frunciendo el ceño.

            —No, para mi madre eso sería impensable. También espera que me case bien y cuanto antes.

            —Claro, eso también, ¿por qué no?

            Me había mirado con mayor interés, pero ya no dijo nada más aunque pareció quedarse meditando en ello el resto del tiempo.

            Cuando regresamos al anochecer, les agradecí el paseo y el almuerzo al que nos había invitado Edward, que quiso llevarme al puerto. No evité un reparo ante la molesta sensación de haber estado siendo observada constantemente por aquellos ojos translúcidos que si en su tío Francis o en su padre lucían limpios, en Edward tenían un fondo inquietante. Pero negarme habría sido descortés. A la entrada de los muelles detuvo el coche y, solícito, se bajó para abrirme la puerta, pero cuando me ayudaba a salir, me retuvo cogiéndome la mano.

            —Conocerte ha sido un inesperado placer—dijo en un tono suave y apretándomela.

            —Eres muy amable —dije también suavemente pero tensando el brazo.

            —Podría serlo mucho más, sobre todo con chicas con una vida tan interesante navegando como un marinero. No lo pareces en absoluto, tan bonita y exótica. —Se me acercó más.

            —Sí, pero las apariencias pueden engañar y te agradecería que me soltaras —dije tranquila, aunque miré a mi oscuro alrededor.

            —Eh, seguro que estás muy acostumbrada a los hombres —siseó entonces.

            —A los que saben comportarse, sí.

            —¿Es que estoy haciendo algo incorrecto?

            —¿Quieres hacerlo?

Se rió.

            —Sí, lo mejor es que hablas así de bien. ¿Es esa mezcla? En realidad, soy como tu padre, también me gustan las mezclas y la tuya es extraordinaria.

            Entonces se me puso a unos centímetros de la cara y pude sentir su aliento casi en la boca que retiré.

            —¿Yi? ¿Eres tú?

            Edward se apartó liberándome al instante cuando ambos miramos hacia la voz en cantonés. Seng se acercaba con paso tranquilo pero firme.

            —Estaba de guardia y he visto el coche. —Tenía un gesto muy serio.

            —Sí. El señor Constable se despedía. —Y dirigiéndome a Edward le dije en inglés—. Muchas gracias otra vez… Ah, y algo más: nunca vuelvas a compararte con mi padre.

            Y pasando por delante de él, sonreí a Seng y nos alejamos. El coche derrapó tras arrancar. No se me ocurrió decirle nada a James porque pensé que todavía podía haber reacciones que no quería verle. Tampoco vi ya más a Edward Constable.

            Li Ming, Zhong, Lao, Wang el cocinero… Los abracé a todos con un cariño y gratitud que jamás podría devolverles. James ya se había despedido y permaneció apartado con el gesto más que abatido. Junto con Tejón, aquellos leales hombres habían sido lo más parecido a una familia durante más de diez años. James había dispuesto que Ming se quedara al mando del Old Oak. No variarían las rutas ni los negocios y lo más importante era que nos fuera bien, sobre todo a James después de tanto tiempo lejos de su hogar.

Cuando me despedí de Seng, lo besé nuevamente recordándole sus palabras pero él ya no pudo hablarme. Al desembarcar, no quise mirar atrás por miedo a no ser capaz de continuar. James tampoco lo hizo y nos metimos en el coche que nos envió Robert Constable y que nos llevó, por cortesía de la embajada, al hotel Taj Mahal. Y esta vez Robert no permitió que nos negáramos.

Al entrar en la habitación y dejar el equipaje en el suelo alfombrado, me aproximé al ventanal del balcón que miraba a la Puerta de la India y el mar, como si desde allí pudiese ver al Old Oak cuando pasara. Cuando me giré suspirando, James se había sentado al borde de la cama y abría una carpeta que le había entregado Robert. De ahí, sacó unos documentos: los pasaportes. Me senté a su lado. Él me dio uno, pero me estremecí más al verle los ojos fijos en el suyo donde un nombre por fin también salía del fondo del mar.

James Thomas Bates, nacido en Bristol el día de Navidad de 1906, regresaba a la vida quizás porque el espíritu del capitán Lung quería quedarse en su barco. El primero no había llegado a tener nada y el segundo ahora le cedía el laberinto de dos existencias entre las que me mecía yo.

No sé cuánto tiempo estuvimos en silencio hasta que apoyé la cabeza en su hombro y le dije:

—No eres ninguno de ellos. Simplemente eres tú.

—Sí, ahora lo sé —contestó con la voz tan rota y grave y miró alrededor—. Ahora que no estoy en ningún sitio y no tengo más que esas maletas y a ti.

—Tienes lo que eres y eso, para mí, es todo.

            No salimos de aquella habitación en un día. Quiso perderse en mi laberinto y me pidió que yo también fuese siempre solo Yi y que cada vez que dudáramos en la nueva vida que venía, recordáramos aquel momento que ya siempre sería nuestro. Yo únicamente obedecí a mi padre, me reí y lloré con mi amigo y amé el cuerpo que contenía mi corazón. Y él, los tres, todos, me hablaron y me amaron como nunca transformándome en las esencias que nos rodeaban.

            —¿Te asusta volar? —le pregunté al siguiente amanecer.

            —No, ¿por qué? Llevo media vida sin poner los pies en la tierra.

            El día que Robert Constable y Alice nos llevaron al aeropuerto el húmedo calor de Bombay sirvió de filtro para matizar la emoción. Ahora los vientos y las corrientes no tendría forma, aunque las derrotas del cielo también están marcadas, y yo no sé si estaba más excitada por poder acercarme un poquito a las estrellas que por la travesía a otro mundo.

            Nos despedimos de ellos verdaderamente agradecidos y Robert entregó a James más cartas y documentos para su hermano. Alice nos deseó buena suerte y Robert nos acompañó hasta la misma aduana, donde se aseguró de que no hubiera ningún problema. Ya en tierra de nadie y con una sensación extraña al no poder dirigir el rumbo con nuestras manos, decidimos desaparecer en aquella marea de pasajeros, europeos en su gran mayoría.

            Después, el cielo no se apagó y no pude ver más estrellas que el sol entre nubes de sueño y silencio. Volar fue otra inmensa experiencia que compartí con James, aunque tal vez fue un sueño de verdad. Pero todo fue quedando atrás: la India, la guerra, los búhos, el coral, el bambú, China.

            —Te traeré aquí, te lo prometo —me dijo cuando cruzábamos la zona de tránsito en el aeropuerto de la milenaria ciudad de Estambul para enlazar el vuelo a Inglaterra. Ningún retraso, ninguna dificultad, ninguna duda. Como si lleváramos una brújula dentro del cuerpo. James sabría guiarse hasta sin tiempo—. Verás el Mediterráneo, te lo enseñaré también. —Y poco a poco se fue haciendo más niño y yo dejé volver a William.

            No sé si fue por la mañana o por la tarde cuando el cielo quiso abrir en vano las densas nubes que vi debajo. El brazo de James me rodeaba los hombros y su mirada perdida también era gris.

            —Quizás tengas frío —le oí besándome el pelo antes del suspiro irónico pero teñido de emoción, con el corazón saliéndole por la boca, y el mío con él—. Llueve sobre Londres. Qué raro…

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Septiembre 2012

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Comments
18 Responses to “Esencias.”
  1. jesusrodred dice:

    ¿Y ya está? ¡El barco es su vida, es su libertad, es su…! ¿por qué vivir otra vida? ¿van a regresar? ¿su tripulación les va a esperar y juntos vivirán más aventuras? ¡Dinos algo, no puedes dejarnos así! jejeje… <>. O… ¿no se ha acabado? XD

    • jesusrodred dice:

      (Se me ha borrado entre signos ) No me hagas caso, es que las cosas buenas no queremos que se acaben

    • Mariola dice:

      Ah, Jesús, no sé si has leído los anteriores relatos. Si no es así, te recomiendo que los leas para saber las razones del capitán para querer volver a su casa. Los encuentras aquí o mi web. Por si te ha gustado esta historia. Y no, no se ha acabado ;-), pero sólo queda una más…
      Gracias por tus palabras. 🙂

  2. Mariola dice:

    Bueno, pues quisiera dar las gracias a Carolina Cohen por la especial ilustración que me ha hecho y que me inspiró al instante para la escena que escribí. Además, por su diseño tan exótico, me venía muy bien poner un fondo tan fascinante como la India.
    Por cierto, quisiera hacer una mención también muy especial a mi madrastra (que no es la de Blancanieves!), ya que hace tiempo estuvo en la India (Bombay, Madrás, Goa, Agra…) y me dio sus impresiones de primera mano sobre ese país tan fascinante. Ahora, este invento tan maravilloso que es internet y sus Google maps y sus street view nos acercan el mundo a golpe de click. No es igual pero sigue siendo un pequeño milagro.
    Una vez más, encantada de seguir aquí y ojalá os vuelva a gustar esta historia. Me parece que ya sólo queda una más… 🙂

  3. Paloma Muñoz dice:

    ¡Anda Mariola! Ni tenía ni idea de que tu madrastra había estado en la India, Jar que alucinante. Aunque leyhendo tu historia cualquiera podría pensar que has sido tú misma la que ha viajado por esas costas lejanas.
    La última historia del capitán Lung, en Londres tiene que ser sonada. ¿Prometido?
    Mis más sinceras congratulations para Mariolita divina y para Carolina con su ilustración exótico- laberíntica-originalísima.
    Un abrazo para las dos.

  4. ¡Ay, Edward, Edward! ¡Picarón! ¿No ves que estamos todos de bajón y de despedidas? Tienes el don de la oportunidad, chico… ¡Hala!, a pudrirte con la hija del banquero.
    La verdad es que da pena cuando una aventura se acaba, y eso es señal de que ha sido entretenida.
    Carolina, muy buena la idea de la mujer laberinto. Ahora entiendo lo que Tico contaba acerca de la coincidencia.

  5. nurilau dice:

    Ay querida Mariola si te digo que me ha encantado, me quedo corta, si te digo que he disfrutado creo que aún me quedo corta, pero si te digo que he llegado a paladear todas las esencias del Yi y del capitán Lung creo que me acerco más a lo que he sentido.
    Gracias por esta historia tan bien escrita, tan maravillosa y tan llena de emoción y sentimientos, gracias por esta historia de amor, gracias…..por ese capitá Lung….gracias

    • Mariola dice:

      Mil veces más, gracias a vosotros por ser unos lectores tan agradecidos, je, je, je. Como siempre, me alegro un montón de que te siga gustando, Nurilauuu! ;-D

  6. Mariola disculpa por llegar el último, pero estaba recargando pilas.
    Me ha encantado, sigues manteniendo el interés en la historia, todo un logro.
    Nos vemos las caras (nuevamente y por suerte) en la portada de la última edición del año. Todo un honor y un reto.
    Sólo te diré que trataré de que sea “escalofriante”.
    Un abrazo.

    • Mariola dice:

      Nada de disculparte, José Vicente. Lo primero son las pilas. Me alegro de que te haya gustado igual que me están encantando las entradas de tu blog sobre la ilustración que me hiciste. Muchísimas gracias. Y sí, ya nos vemos las caras, a ver qué nos sale esta vez! Otro abrazo.

  7. Olga Besolí dice:

    Me temo que la última en poner los comentarios, esta vez, soy yo. Por falta de tiempo puedo leer solo un relato o dos cada cuanto, así que voy más lenta que los caracoles. Pero así va mi comentario:

    Precioso. Como siempre. Tampoco me hago la idea de que esto se termina, ¡que pena! aunque veo que estás cerrando la trama de una manera magistral, rememorando detalles de convocatorias anteriores: el buho nocturno, el bosque de bambú, el fondo del mar… el dragón (si no recuerdo mal ¿no fue esa la primera aventura del Capitán lung? ¿no nació gracias a ese tatuaje?

    Reconozco que es muy difícil llevar una historia a través de tantas y tan variadas convocatorias con tanta solidez como has hecho tú. Incluso en esta que es al revés y has sabido sacar lo mejor de esa, como han dicho bien mis compañeros, “exótica” y laberíntica mujer que ha dibujado Carolina.

    Y bueno, ahora a esperar esa venganza prometida.

    • Mariola dice:

      Olga, muchísimas gracias por tus palabras, pero no te apenes, todavía queda un último relato y… quizás un bonus track, jajajaja, ;-). Y sí, el capitán Lung nació en la segunda convocatoria, la de los dragones, por eso se llama así y porque lo primero que vi de él fue ese tatuaje.
      Lo dicho, muy agradecida a tan buenos lectores como vosotros.

  8. tico dice:

    Otro gran relato Mariola, me ha gustado mucho, como todos los que escribes. Me encanta tu forma de narrar, ya te lo dije una vez pero lo repito, me recuerda muchísimo a la narración de Adso de Melk en El nombre de la Rosa, en ambos casos el narrador “idolatra” al personaje principal, pero también me recuerda en la entonación y la forma de contarlo, aunque he decir que tengo más presente la narración de la peli aunque imagino que el libro no variará mucho, no lo recuerdo tanto. En fin ¡Qué bien lo haces! 🙂 Me he quedado con la intriga de qué le ocurrirá a James y Yi en Inglaterra, y como soy un privilegiado voy a salir de dudas ahora mismo jeje

    • tico dice:

      Me he dejado la ilustración, perdón Carolina, me gusta mucho, es muy delicada y hemos coincidido no sólo en hacer un laberinto en el cuerpo de una mujer sino también en que la mujer es oriental.

    • Mariola dice:

      Gracias una vez más, Tico. La comparación con la pluma de Umberto Eco es de más, jajajaja, pero se agradece. Y sí, eres privilegiado por leer el último capítulo, pero quizás es el más “tranquilo” de todos. De todas formas, me parece que la privilegiada seré yo por que me lo ilustres. 😉

  9. montseauge dice:

    Mariola, es extraordinaria tu capacidad de adaptar y continuar la historia con el tema de cada convocatoria. Yo espero con ansia cada “capítulo ” nuevo, nos han atrapado tus estupendos personajes, tan sólidos y tan logrados. La ilustración que ha inspirado el relato desprende sensualidad, poderosamente sugerente. ¡Enhorabuena por vuestro trabajo!

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