20 años no son nada.

Autor@: Jorge Moreno

Ilustrador@: Laura López

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Humor

Este relato es propiedad de Jorge Moreno, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

20 años no son nada.

Hay veces que la vida te sorprende. Cuando parece que has olvidado, que las heridas han curado, que los recuerdos desagradables empiezan a difuminarse en la memoria y empiezas a dudar si son reales, si son tus propios recuerdos o son de otro o, quizá, de una vida anterior, la vida pone algo ante tus ojos que te devuelve tus vivencias, en toda su crudeza y te da la oportunidad de resarcirte de ellas.

Ese día, la vida decidió ponerme delante mi trauma de toda la vida, separado únicamente por una caja registradora. Él era Manuel García, estaba segura. Había cambiado mucho desde la última vez que le vi, cuando teníamos catorce años. En todo era más que entonces. Más alto, más viejo, más calvo, más gordo. Pero estaba segura, era él. La chapita prendida en su pecho, con el nombre de “Manu”, ratificaba mi descubrimiento. Me regocijé por unos momentos en cómo aquel chico que me arruinó la adolescencia había evolucionado, en el transcurso de veinte años, de príncipe azul, de líder de la clase, el más guapo e ideal, a aquel hombre feo, patético y grasiento. Yo también había cambiado. Ya no era aquella niña gordita, con aquellas gafas horrorosas y aquel corrector dental, que no me dejaba pronunciar bien las erres, a la que el último día de clase él devolvió una carta que yo había estado escribiendo durante todo el curso y que al fin me atreví a darle, llena de corazones que sustituían los puntos de las íes. Pero antes de devolvérmela se aseguró de enseñársela a toda la clase, promoviendo sus risas y acompañando su devolución, con palabras como “vaca burra”, “foca monje” y “antes me la corto”. No, a pesar de la humillación que arrastré durante toda la etapa del instituto, salí adelante, juré odio eterno a aquel majadero, me centré en mis estudios, terminé derecho y me asocié a un bufete de prestigio. Mi fuerza de voluntad y la medicina me ayudaron a sustituir mi aparato por unos dientes perfectos, mis gafas desaparecieron gracias a una cirugía ocular. Perdí peso y mi cuerpo floreció esbelto, y el bisturí contorneó y me dotó de lo que no conseguí en mis horas de gimnasio.

Y entonces, veinte años después, convertida en la mujer perfecta y una profesional de éxito, tenía ante mí al tío más bueno del colegio, que me había humillado y despreciado, convertido en una piltrafa y uniformado con una redecilla en el pelo.

Di gracias a la vida y me dispuse a resarcirme, pero cuando iba a abrir la boca para humillarle y hundirle, se me adelantó.

—¿Qué pasa, rubia? ¿Te decides de una vez o necesitas que te ayude con la carta? Es sencillo, puedes elegir hamburguesa o hamburguesa, pero tómate el tiempo que necesites. —Todo ello sin apartar la mirada de mi escote.

¡Sería cretino! Si tenía alguna duda, se acababa de disipar. Su voz ya no era la misma, pero sin duda su estupidez era genuina.

Abrí la boca, pero mi cerebro no la dejó emitir ninguna palabra. Tanto tiempo, tanto odio y tanto daño no podía ser finiquitado de cualquier manera. Necesitaba elaborar un plan que le proporcionara la mayor de las humillaciones y derrotas y que saciara mi sed de venganza por siempre jamás. Y su insistencia en mirar mis pechos me dio la idea para poder hacerlo.

Pedí un menú normal. Y me senté a tomarlo en una mesa desde la que pudiera verle y, sobre todo, él pudiera verme a mí. Comí y le miré, urdiendo cada detalle de los pasos que seguiría.

Al día siguiente volví, elegí un modelo menos provocativo, escondiendo mi cuerpo perfecto para obligarle a mirarme a la cara. Esperé mi turno y tonteé con él. El muy majadero ni siquiera se planteó que nos conocíamos, lo cual facilitaba mis planes.

Los días siguientes investigué sus horarios y le espié para localizar dónde vivía y conocer sus costumbres. A medida que descubría cosas sobre él, disfrutaba cada vez más al saber lo triste y patética que era su vida.

Unas semanas después me hice la encontradiza dos calles antes de que llegara al club que solía visitar puntualmente cada viernes. Le saludé sorprendida y le convencí para que me invitara a tomar algo, él miró con anhelo en la dirección del club al que se dirigía, pero fue fácil disuadirle con el vestido que llevaba, que no había sido elegido al azar.

Un mes después salíamos juntos. Evidentemente yo lo ocultaba de mis conocidos y quedábamos siempre en sitios donde no pudieran encontrarnos mis amistades. El sexo con él era algo repugnante, pero la idea de consumar mi venganza y cerrar los ojos, pensar en Brad Pitt e intentar no respirar, me ayudaban a soportarlo. Incluso una vez estuve a punto de alcanzar el orgasmo con esta técnica de no haber sido por su puntual eyaculación precoz, que por otro lado, si bien ese día concreto fue un inconveniente, suponía un alivio en nuestros encuentros.

El tiempo pasó y conseguí engañarle, hasta el día de hoy en que consumaré mi venganza.

Allí está, en el altar, al final del pasillo, mirándome con cara de lerdo. Con su patética barriga y sus escasos pelos que bordean su calva, aplastados, haciéndome dudar de si ha elegido ponerse gomina para la ocasión o son sus habituales restos de las hamburguesas. Me regocijo de cómo le he engañado para convencerle de que quería casarme con él y celebrar una gran boda, con toda su familia, incluso la lejana, y todos sus amigos, incluso los que tan solo eran conocidos del ascensor de su casa.

Avanzo hacia él y noto las miradas de sus familiares y amigos y me parece oír el murmullo interrogándose sobre cómo habrá podido conseguir una mujer como yo. Y sonrío porque sé que mi venganza será perfecta, colosal, la madre de todas las venganzas. Y entre todos ellos no hay nadie que me conozca, porque me aseguré desde el primer día en crear mi personaje, huérfana de padre y madre y huérfana de amigos e incluso de mascotas, aunque tampoco se mostró preocupado por ello, parecía que mirándome el culo cualquier cosa que le dijera era lo más normal del mundo.

Alcanzo el altar y recibo con asco su beso en mi mejilla, pero con la tranquilidad de saber que será el último. Y ese pensamiento me hace sonreír, con una risa que él nunca antes había visto y noto que se siente extraño, parece nervioso y eso me gusta. Miro a sus invitados y no puedo evitar que mi cara se ilumine y alcanzar las orejas con las comisuras de mis labios. Es el momento, le miro a él y me dispongo a infringirle la mayor y más dolorosa humillación de su vida. Me tomo un segundo y abro la boca.

—¿Lucía? Eres tú, ¿verdad? —me interrumpe el cura.

Me giro enojada, molesta porque haya interrumpido mi momento de gloria y dispuesta a hacerle callar.

—Te quieres ca… Ma… Ma… ¿Manu?

—¡Te acuerdas de mí! ¡Cómo has cambiado! Estás impresionante.

En cambio él sigue igual que hace veinte años, tan guapo e ideal, solo que con casulla. Dejo caer mi cuerpo y me quedo sentada.

—Me alegro de verte, ¿sabes? Desde el colegio he pensado mucho en ti, en lo mal que me porté contigo, y he vivido con la espinita de no haberme podido disculpar.

—Pero, pero… —Esto no puede ser posible. Miro al otro Manu, al primero, al objeto de mi venganza y le grito indignada—: ¿Pero tú no eras Manuel García?

—Claro, cariñito, Manuel García Hernández de toda la vida. ¿Pero qué te pasa?

—Anda, ¡qué curioso! Si yo soy Manuel García Fernández —dice el cura—. Encantado.

Miro a mi grasiento novio y al adonis hecho cura y no les encuentro el más mínimo parecido, salvo que los odio con toda mi alma.

—Bueno, ¿qué, me perdonas? —dice el cura.

—Bueno, ¿qué, nos casamos? —dice el otro.

Guardo dentro de mí las lágrimas, recojo la cola de mi vestido y me alejo del altar corriendo, pero muy digna, bamboleando mi cuerpo y sin soltar palabra.

—Vamos, cariño, no te pongas así —grita el marido frustrado—, nos casamos y, si quieres, piensa en él mientras lo hacemos, que ya sabes que tardo poquito.

Ilustración de Laura López

Las carcajadas de los invitados se clavan en mí, al igual que sus miradas, y ya no puedo retener las lágrimas, pero me detengo y dirijo una mirada a los dos Manus, para grabar bien sus rostros en mi memoria, porque sé que, algún día, aunque pasen veinte años, la vida me sorprenderá y pondrá ante mí la oportunidad de vengarme de ellos.

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Comments
3 Responses to “20 años no son nada.”
  1. Mariola dice:

    Jorge, me divirtió mucho este relato cuando me lo pasaste y ahora, releyéndolo, he vuelto a sonreír. El equívoco vengativo es muy bueno y también me gusta mucho cómo tratas el paso del tiempo.
    También me ha llamado la atención que tú y Ricardo habéis coincidido un poco en el tema de los reencuentros, y además os han ilustrado los mismos trazos tan chulos de Laura. Así que enhorabuena por el acierto y el buen trabajo. 🙂

  2. Paloma Muñoz dice:

    Muy bueno Jorge. Una historia de humor de las que a mi me gustan y que desgraciadamente hay pocas. Me ha recordado a una película que ví hace muchos años y que trataba del calvario de una pñobre chica gordita y poco agraciada que las pasaba muy putas en el instituto con los perros de los compis humillándola consantemente hasta que ella se venga de todos. Bueno más o menos es el mismo tema pero el equívoco final es muy soprendente y de agradecer por la originalidad.
    La ilustración de Laura es estupenda. La expresión de Lucía con un mosqueo impresionante es fantástica.
    Una congratulation con mayúsculas a los dos.
    Un afectuoso saludo,
    Paloma

  3. ¡Aaaaaaay, que me parto! Como siga vengándose así de todos los Manus con los que se cruce… a muchos les va a dar una alegría al cuerpo. Laura lo recoge a la perfección en la ilustración: las caras de los participantes de la boda valen más que mil palabras.

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