El gato negro.

Autor@: Natalia Belo

Ilustrador@: Miguel Carrasco Cerro

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Microrrelato

Este relato es propiedad de Natalia Belo, y su ilustración es propiedad de Miguel Carrasco Cerro. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El gato negro.

Aquella mañana Layza se había quedado dormida en el butacón cochambroso que para nada se integraba en el salón ikeniano que su amiga Patricia había decorado con tanto mimo. El olor a café que entraba a la estancia por la ventana abierta de la terraza le hizo pensar si tal vez no necesitaría ella una mezcla suave para empezar un día que ya había abierto los ojos sin ella.

Mientras la cafetera hacía su trabajo, el contestador hacía lo propio, y reproducía los gritos de su jefa, Eve –o “Eve chaqueta metálica”, como habían decidido bautizarla sus subordinados en la oficina-. Hacía ya varios días que Layza no iba al trabajo. Se sirvió el café recién hecho y volvió al butacón para dedicarse una dosis de sinceridad mañanera:

Eras la lista del grupo, la más guapa…y mira en lo que te has quedado.

Con esa afirmación, se abrió una herida que continuaría supurando más reflexiones sobre sí misma a lo largo de la mañana.

Los únicos corazones que había roto eran los que daban forma a unos bombones de chocolate que nadie le había regalado. Disperso, el humo de lo que habían sido sus recuerdos, marchitaba un corazón del que ya no podían hacerse tripas. El viento ya no susurraba dulce en su oído, roncaba como un viejo fumador de tabaco negro. La luna, que ya no la esperaba para irse a dormir, dibujaba media mueca en un cielo que nunca alcanzaría.

Te das cuenta cuando hasta los gatos negros huyen de ti. Ayer vi uno, uno muy negro. Me miró y hasta juraría que quiso decirme algo, pero no se atrevió, huyó despavorido, como todos. Como todos los gatos negros que me cruzo desde hace años. Son horrorosos y tienen pulgas y, aun así, son ellos los que huyen de mí.

Se preguntaba cómo podía su mente haber viajado tan lejos mientras su cuerpo había permanecido anquilosado, estático en un estado de perenne insatisfacción. Le había pasado lo mismo que al agua de un pequeño estanque artificial, que si no se cambia, si no se mueve, se pudre. Su personalidad nunca había experimentado el menor atisbo de cambio, a pesar de los avisos que su vida no había parado de darle. Primero, perdió a su mejor amiga, por delatarla en un examen en la que la vio copiando al compañero de al lado; Lay no hubiese permitido nunca ser la segunda de la clase. Después abandonó a su novio de toda la vida, porque había conseguido un puesto de trabajo que la colocaba, según ella, en una segunda posición en la pareja. A su madre, a la que simplemente perdió porque nunca le

demostró que la quería, si es que la quería, y si es que Layza podía querer a alguien que no fuese ella misma.

Con los años, fue quedando atrás la brillantez de la que presumía un talento ahora venido a muchísimo menos que poco. Era como si el pelo prematuramente cano hubiese vaticinado un apocalipsis que olía a sepulcro, a hollín y a huesos húmedos. Como si las lentes para su miopía hubieran teñido de un gris aciago los vestidos lilas y amarillos que olían a su madre.

Ciertamente, eso era lo único que recordaba de su madre, su olor. Un olor que impregnaba los vestidos que le planchaba de niña. También recordaba esa calidísima sensación al ponérselos, como que el que vuelve a meterse en la cama ya caliente, después de levantarse a la cocina a por un vaso de agua.

Tenía todo lo necesario para alcanzar el éxito. El problema era el peso muerto de su prepotencia, su soberbia y su narcisismo. Había estado tan centrada en sí misma que había olvidado al resto de la gente. Sus amigos, sus amores, su madre, todas sus relaciones con otros seres humanos. Eso no era para ella, desde luego que no. Lay era demasiado buena para todos aquellos mediocres que solo servían para admirar su éxito desde abajo.

Los gatos negros son de mal agüero… Entonces… ¿De qué agüero tenía que ser ella para que hasta los mininos azabaches huyesen al verla? Estaba condenada a sufrir la venganza que la misma vida había planeado para ella. Porque aquello que estaba a punto de ocurrirle ya pasaba de reprimenda, de castigo, ya era una venganza cruel por un egocentrismo exacerbado que la había conducido a las cavernas más profundas de sí misma. A Layza no le podía haber pasado nada peor que quedarse a solas con Layza porque, así, llegó a conocerse. Y no soportó verse tan de cerca. Se vio tal y como era y casi no podía respirar.

Tenía el pecho oprimido lo que, sumado a un asma crónica y su paquete de rubio diario hizo que se asfixiase lentamente.

Antes de culminar la venganza, la vida pensó que sería aún más cruel dejarla vagar eternamente por un mundo que huyese de ella. Por eso, y desde aquel día, es un gato negro el que duerme en el butacón. Un gato condenado a ser mirado con desdén. Si antes había sido ella la que despreciaba al resto del mundo, ahora iba a ser el mundo el que la despreciase a ella.

Ilustración de Miguel Carrasco Cerro

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Comments
5 Responses to “El gato negro.”
  1. Mariola dice:

    Natalia, ya me gustó mucho este relato cuando lo leí la primera vez, pero con esa estupenda ilustración de Miguel, creo que todavía luce más.
    ¡Lo habéis hecho fenomenal! 🙂

  2. Paloma Muñoz dice:

    Es un relato muy pesimista y esa incursión de un gato negro como un espectador de la ruina de la protagonista me parece sensacional. La ilustración de Miguel Carrasco está sacada -a mi modo de ver- de un comic. Me encantan esos colores azules.
    Felicidades a Natalia y a Miguel.
    Natalia, ya leí tu relato anteriormente y lo he vuelto a leer y deja un sabor amargo, realmente.
    Un saludo, Paloma

  3. nbelo dice:

    Muchas gracias por vuestros comentarios, así da gusto empezar en un proyecto 🙂

  4. Olga Besolí dice:

    Natalia, me ha gustado tu relato. Y tienes razón, a veces, la propia vida puede convertirse en una venganza. Además, me ha asombrado ese final, que aplaudo. En cuanto a la ilustración, decir que me encantan esos tonos azulados que destilan nocturnidad.

    Eso sí, ¿dónde está el butacón cochambroso que para nada se integra en el salón ikeniano? jjeje. Miguel, creo que has mejorado la decoración de la sala del relato, pues ese sillón parece la mar de confortable.

  5. Quien siembra vientos acaba, tarde o temprano, recogiendo tempestades (otra cosa es que quienes no siembren vientos a veces también recojan tempestades…). Real como la vida misma y muy bien relatado. Todos conocemos a alguien así.
    Coincido en que la ilustración parece muy de cómic (y no es una crítica, al contrario) con unos hermosos tonos nocturnos. Aunque tiene razón Olga: el sillón tiene muy buena pinta… :D.

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