El lobo azul.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de  Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El lobo azul.

Ilustración de Paloma Muñoz

El Lobo Azul se mecía intranquilo en las revueltas aguas de la pequeña cala donde descansaba. Sus tripulantes hacía mucho que no gozaban de un instante de descanso sereno. El olor a pescado podrido que había era insoportable y no había forma de librarse de él. Allí donde fueran, donde plegaran velas y echaran anclas, todos los peces morían y sus cadáveres se arremolinaban alrededor de la quilla del casco. Hubo quien lo vio como una fuente de alimento fácil. El resto, los que aún seguían vivos, sabían lo que significaba: Mal agüero. Y todos los marinos sabían de dónde provenía aquella mala suerte que les perseguía. La pisaban a diario. Habían sudado y sangrado sobre ella. Era su hogar y ataúd. Era aquel barco. El Lobo Azul.

-No quedan más sacos… -se oyó quejarse a lo lejos a un marino con la nariz picada por la viruela.

Hubo más de una mirada de circunstancia ante aquella aseveración. Miradas que encendieron susurros. Susurros que trajeron maldiciones. Y maldiciones que murieron cuando las botas del capitán retumbaron en cubierta.

-Haced más –fueron sus únicas palabras antes de que su majestuoso albatros bajase de las nubes y se posase con gallardía sobre su hombro-. Somos hombres de mínimos y es lo mínimo que podemos ofrecerle a nuestros muertos y al dios del mar.

A Robert siempre le impresionaba la figura de su capitán. Alto, imponente y conservando casi todos los dientes, Jonathan “El Noble” Ander gobernaba el Lobo Azul desde hacía dos años. Tiempo en el que un joven soñador, imprudente y con poco seso como Robert, había aprendido a ser marino. Casi a ser un hombre y a duras penas, un pirata. Porque eso eran: Piratas. Un oficio mal visto y vilipendiado. Pero poco importaba la mala reputación a los hombres del Noble… Durante toda su vida habían atraído las malas lenguas. La mar era y sería siempre un lugar de una belleza terrorífica, y ellos preferían ser parte del terror que de la belleza. Rostros marcados y corazones podridos no tenían lugar entre las balandras de los comerciantes o entre las flotas reales.

Pero para Ander no era así. Aquel hombre había nacido entre sábanas de algodón y crecido entre las más distinguidas mentes de la vieja Inglaterra. A veces la vida te alza tan alto sólo para poder darse el gusto de ver cuánto gritas al caer. El Noble había dejado por el camino honor, título y un ojo. En su lugar, ganó respeto. Todo el del Lobo Azul. Lástima que el respeto no diese de comer o atrajese el viento.

-¡Contramaestre! –le gritó el capitán a Robert que, nuevamente, se había quedado hipnotizado mirándolo.

-Sí, mi capitán.

En cuanto se acercó el albatros, se le quedó mirando fijamente a los ojos. Un escalofrío encontró hueco en el alma del muchacho y le arrebató el aliento. Había algo en la mirada de aquella ave que le enfermaba. Era demasiado profunda. Demasiado humana. Y lo peor: Demasiado conocida.

-Avisa a los hombres para que tengan la nave dispuesta. Esta noche, en cuanto salga la luna llena, zarpamos.

Robert ya había previsto aquello y el Lobo Azul se encontraba en las mejores condiciones posibles. Había agua y comida para dos semanas, cuatro si empezaban a racionar desde el primer día, y pólvora y balas suficientes como para abastecer a las veinticuatro piezas por banda que guardaba el navío en su interior. El ánimo general era otro cantar, pero no era aquello lo que le habían preguntado.

-¿Rumbo, señor? –preguntó con un nudo en la garganta.

-Seguiremos el ojo de la luna –le contestó con calma al tiempo que varios marineros se arremolinaban a su alrededor-. Habéis oído bien. Esta noche zarpamos. Vamos a cazar a ese hijo de mala madre de una vez por todas.

De pronto, lo que habían sido cinco hombres se tornaron en veinte. Luego en cuarenta. Y luego toda la tripulación. Robert les vio a todos fatigados. Heridos y remendados. Cubiertos por ropas harapientas y hojas con herrumbre por espadas. Pero eran piratas. Y aquellas palabras bastaban para incendiar sus corazones con la misma fuerza que haría el ron… Si este no se agriase en cuanto los barriles tocaban la cubierta del barco.

-¡Venganza! –surgió entonces un  grito espontáneo. Muchos le siguieron-. ¡Venganza!

Sí. Aquella era una noche para saldar cuentas. Para disipar fantasmas. Para ser piratas. Y eso es lo que serían.

Fue noche de grog. El que preparaban con el agua de sentina y no querían saber qué más, los cocineros del navío. Allí estaba toda la tripulación, en la panza del Lobo, bebiendo para olvidar. Para coger fuerzas. Para ahuyentar sus males. Robert se les unió una vez finalizada su labor para con el capitán.

-¿Asustado, Faluka? –le preguntó nada más llegar Hendrik, uno de los artilleros que más dedos conservaba.

Robert sonrió ante su apodo de pirata. Faluka. Unos decían que significaba pequeño barco en árabe. Otros que era ramera en el dialecto de Barbados.

-Dos años de mala suerte es mucho para no andar asustado, Hendrik –le contestó aceptándole una taza de grog-. Pero si le cogemos, todo acabará, ¿verdad?

-¡Si le hundimos y lo mandamos al fondo del infierno, se acabará! –Gritó tras él Guijarro, un español que sabía hablar mejor cualquier idioma que el suyo propio-. Mientras, es sólo un puñetero barco usurpando nuestro nombre.

Robert alzó su bebida mostrándose conforme. Apenas podía creer que todas las desgracias que les habían acaecido, todos sus males y desdichas, se debieran al nombre de su barco. O más bien, al nombre de otro barco. Al de aquel que se hacía llamar el Santo Rojo. Al de Ewan McClane. Ese pirata gordo, borracho y devoto hasta el extremo que había decidido rebautizar su nuevo barco, capturado a la escolta de unos mercantes españoles, como el Lobo Azul. Desde el mismo día que se presentó en la isla de Tortuga alardeando de su captura, a la tripulación del Lobo Azul original todo le había salido mal. El viento les abandonó cuando eran perseguidos por la Royal Navy y hubieron de escapar tras enseñarles a dos barcos ingleses que les iba a costar más hombres hundirlos de los que se podían permitir. O cuando, en pleno asalto, todos los ganchos de abordaje se rompieron al mismo tiempo.

-Luego vinieron los peces y el mar turbio –recordó otro marinero-. Nos falta únicamente que el sol no de calor.

-Dos barcos con el mismo nombre… -susurró Hendrik apurando su bebida-. Ese jodido irlandés loco… Sabe la mala suerte que trae, y aún así, lo hizo. El capitán debió meterle un tiro cuando lo tuvo delante.

Todos recordaban aquel día. Tras una nueva y desastrosa aventura se encontraron con el Lobo Azul de McClane varado en una bahía. Le habían desarbolado el palo mayor y el menor amenazaba con seguir el mismo camino. Había escapado de una escaramuza a fuerza de remo, valor y cañonazos a quemarropa. El daño estaba marcado a rojo en la cubierta, sobre la que una peculiar nube no dejaba de descargar agua sobre ellos. El capitán Ander aprovechó la ocasión para enfrentar al esquivo pirata como caballeros. Usando la fórmula del parlamento en lugar que la de las armas que es la que demandaba su tripulación.

-Los piratas no se asaltan entre sí. No somos coyotes. Somos lobos.

Aquellas palabras le consiguieron el parlamento deseado. Robert, Hendrik y dos marinos más le acompañaron a la orilla de la playa cercana donde el enorme irlandés, con su cabello en bucles llameando al viento, les esperaba rodeado de los suyos. En sus manos sostenía una Biblia con la misma fiereza que lo hacía con el alfanje.

-¿Ves ese lobo tallado en la proa de nuestro barco? –Le dijo Ander al encararle-. Es un lobo. Azul. ¿No te dice eso nada?

-Que tenéis poca imaginación –replicó el irlandés inflando su potente pecho a grandes bocanadas-. Nuestro navío es el auténtico Lobo Azul de los mares. El vuestro es sólo un cascarón que se mantiene a flote únicamente por la gracia de Dios.

-Mira, irlandés… -Ander estuvo a punto de perder la paciencia, pero se contuvo-. No sé qué te ha dado autoridad para saltarte las leyes del mar. Y más importante aún: la de los piratas. Pero uno no toma el nombre de otro barco a menos que esté hundido. Trae mala suerte para ambos.

-La suerte es para los ignorantes y los descreídos. Los hombres de fe creemos en los designios divinos.

-¿Es del agrado de vuestro señor que os hayan desarbolado? –Se mofó Ander afianzando su postura-. ¿O que ataquéis y matéis a personas inocentes y honradas?

-Nosotros sólo cumplimos la voluntad de Dios. Y Dios quiere que libremos estas aguas de herejes ingleses.

-Pero señor, ayer atacamos un convoy español… Y ellos son cristianos –replicó uno de los piratas de McClane.

La tripulación de Ander se echó a reír, mas este no lo hizo. En su lugar se colocó de perfil y dejó paseando su mano peligrosamente sobre su cinto, donde dormía su pistola de chispa lista.

-¡Impuros! –Gritó McClane-. ¡Ignorantes que sólo se acuerdan de San Pedro cuando truena! Yo limpiaré el Caribe de su presencia y usaré el oro para construir una iglesia.

-Creo que ya hay algo parecido en Italia… Se llama Vaticano.

-¡Callad! –Gritó fuera de sí el pirata pelirrojo-. Si no fuera porque el parlamento me impide mataros aquí mismo ya os estaría aplicando la extremaunción.

-Hundid vuestro barco, desbautizadlo o lo que os venga en gana, pero no volváis a abordarlo bajo el nombre de Lobo Azul.

-¿Y si no lo hago?

-Entonces, la próxima vez que nos encontremos me aseguraré de llevar dos monedas en el bolsillo para vos.

Aquel fue el final del parlamento y de toda negociación para conseguir el fin pacífico de la maldición. Y desde ese momento, todo infortunio, todo mal augurio posible se cebó con ambas embarcaciones. Hasta que dejó al Lobo Azul del Noble varado a la espera de conseguir fuerzas para una última travesía salvadora. Una que le librase de cuantos males les azotaban.

-¿Y por qué no cambiamos el nombre nosotros?

Aquella pregunta tornó el aire melancólico de la celebración en hostilidad. Todas las miradas se volvieron hacia un grumete que no llevaba más que seis meses en el barco y que sólo había conocido el infortunio y la derrota.

-¿Qué cojones hay en el mascarón de proa, tonto del culo? –le gritó Hendrik.

-Un… ¿Un lobo?

-¡¿Y de qué color?! –gritaron varios de los piratas.

-A… azul –tartamudeó el chico.

Hendrik tiró su taza a un lado, asió al grumete por la solapa de la andrajosa camisa y lo levantó un palmo del suelo casi sin esfuerzo.

-Uno no arranca el mascarón de proa de su embarcación como no se arranca el corazón –le explicó no sin ganas de romperle el cuello por ignorante-. Este barco nació como el Lobo Azul y morirá como tal. Con la bandera pirata ondeando en su mástil y nuestros cuerpos flotando a su alrededor como esos putos peces muertos ¿Entendido?

Le soltó de golpe y el muchacho dio con sus huesos en el suelo. Gateó hasta ponerse a salvo de las miradas asesinas y las risas hasta que Hendrik volvió a su lugar y tomó una nueva bebida que le ofreció Robert.

-Así que no cambiamos el nombre porque no nos sale de los cojones… -inquirió con una media sonrisa el contramaestre.

-No –le devolvió la sonrisa Hendrik-. Porque eso sí que da mala suerte.

Todos se echaron a reír a pleno pulmón sabiendo que podrían ser las últimas carcajadas que se permitieran. De hecho, lo fueron para cuatro marineros. Dos acabaron intoxicados por el grog; uno salió a tomar el aire y cayó por la borda; y el último, sintió una atracción fatal hacia el fuego, por lo que desde ese día le conocieron como el “Arrugado”.

-Pura mala suerte –dijo Robert al capitán cuando le transmitió las noticias antes de zarpar.

-¿Recuerdas cuando luchábamos contra la mala suerte?

Robert asintió con gravedad. Meses de maldiciones y rituales desperdiciados. Todo chamán o curandero de cada isla en la que recalaban creía tener la solución a los problemas de aquel barco maldito. Todos acabaron con el poco oro de la tripulación y la promesa de que volverían a por sus gaznates cuando se hubiesen librado de ese peso.

-Es extraño vivir con el infortunio –siguió Robert mientras observaba la danza entrenada de la tripulación liberando al Lobo Azul de sus ataduras a tierra.

-El mar es un lugar tan complicado como desconocido, Faluka –le dijo el capitán mientras daba de comer a su albatros-. Aquí gobiernan leyes que no han sido plasmadas en palabras. Por eso muchos sentimos fascinación por él. Por el misterio que emana.

-Y por las oportunidades de negocio.

-Desvalijar a los españoles siempre fue mi medio de vida –le recordó Ander-. Cuando uno acepta ser corsario reniega de su lugar en tierra.

-¿El exilio por la vieja Inglaterra? Dígame capitán, ¿valió la pena?

-¿Servir a la corona inglesa como corsario? No –dijo al tiempo que se colocaba al pie del castillo de popa-. Poder limpiarme el culo con la patente de corso cuando esa vieja gorda nos dio la espalda a mí y a diez capitanes más por firmar esa ridícula paz… Eso sí que valió la pena. Por primera vez me sentí libre. Yo, Hendrik y la mitad de los rufianes que llamas hermanos, Faluka. Y desde entonces peleamos por esa libertad y nos la ganamos con la sangre y el oro de otros.

Robert no dijo nada. Conocía la historia del capitán sin detalles. De corsario afamado a renegado. A paria. A pirata. Decenas de historias similares llenaban casi todos los barcos piratas del mar Caribe. Él, al menos, consiguió recalar en uno que todavía conservaba pizcas de honor y no tenía la barbarie por bandera. La suya era la enseña negra. La calavera con el reloj de arena. Tiempo de piratas. Tiempo de libertad y una vida mejor. Eso fue lo que le dieron en el Lobo Azul y, mataría por conservarlo.

-¡Levad el ancla y arriad la mayor! –Gritó el capitán-. ¡Vamos de caza! ¡El lobo está hambriento!

Los vítores llegaron hasta la mismísima luna llena que se alzaba en el cielo. En su centro, si se tenía buena vista, se podía distinguir un pequeño hueco de negrura. Un ojo. Una señal a seguir. De nuevo el albatros alzó el vuelo y encabezó la navegada. Dejaron atrás la bahía que habían llenado de peces muertos. Quedaba poco para que la tierra de la exigua isla que les servía de escondite desapareciera de su vista, cuando una voz corrió de boca en boca por todo el barco. Ya estaban preparados para ella.

-¡Deriva a babor!

Cuando la voz llegó al timonel, Ander se aferró a un cabo. Robert hizo otro tanto, pues ya sabía lo que sucedía cada vez que no tenían tierra a la vista. El tirón no se hizo esperar y el barco, inexplicablemente, se venció a babor como si le hubiese alcanzado una ola invisible. Gritos y maldiciones recibieron el vapuleo que el timonel trataba de compensar como podía, forzando a un lobo herido que se negaba a navegar en línea recta.

-¡Tenemos capitán, hija de puta! –gritaban siempre los marineros.

Un barco no navega recto sin capitán. Eso decían las leyendas. Y eso parecía creer el océano, pues cada vez que el Lobo perdía de vista la tierra, se escoraba a babor. Sólo había una forma de detener aquello. Ander le dio un toque en el hombro al timonel que soltó la rueda de mando y ocupó su lugar. Aferró con fiereza aquella inexplicable fuerza que hacía girar el timón hacia un lugar antinatural y se mantuvo firme. Robert, por su parte, corrió hasta la bodega de artilleros de babor donde Hendrik tenía un cañón preparado. Le habían quitado las calzas y entre tres lo sujetaban cual perro rabioso.

-¡Listo! –gritó el contramaestre.

No hizo falta más. La chispa prendió el cañón y un ensordecedor trueno liberó una bala que fue a perderse en la noche. De pronto, el barco volvió a su estado natural. Como si aquel manotazo de fuego, aquel grito de atención, hubiese obtenido respuesta. El Lobo tenía capitán y nombre. Y nadie iba a renunciar a ninguno de los dos. Mientras la alegría corría por lo tablones sobre sus cabezas, Hendrik selló la boca del cañón.

-¡Espero que no se os olvide, perros inútiles! –Les gritó al resto de artilleros-. ¡Que nadie se acerque a este cañón pase lo que pase hasta que volvamos a ver tierra!

Todos asintieron. Robert incluido. Aquella señal era para advertir a quien quiera que fuese que el capitán estaba a los mandos y vivo. Repetirla quería decir algo que nadie de los presentes quería siquiera imaginar…

-Vuelvo junto al capitán –les informó Robert-. No sé cuánto navegaremos en la oscuridad, pero dice que para el amanecer le habremos encontrado.

-Si se lo ha dicho el pájaro, entonces confío en él –le contestó Hendrik mientras se limpiaba el sudor-. Dios quiera que no se equivoque…

-¿El pájaro? –Preguntó inquietado Robert-. ¿Te refieres al albatros?

Un silencio sepulcral, que dejó espacio hasta al más leve quejido de la nave, hizo estremecer a Robert.

-¿No sabes lo que les pasa a los que la diñan y quedan flotando para que se los coman las alimañas, verdad?

-No…

-Pues si te caes al mar, procura agarrarte a algo que te lleve al fondo y quédate ahí. Es mejor un alma en el infierno que una eternidad atrapado entre los dos azules –le confesó Hendrik-. O si no, pregúntate por qué nadie quería ser contramaestre hasta que apareciste tú aquí.

Aquello hizo palidecer a Robert. No podía ser. Pero después de todo lo que les estaba pasando, ¿podría ser que un alma a la deriva hubiese recalado en un albatros?

-No pienses en ello –le dijo una voz fría a su espalda-. Concéntrate en el alba. Ahí está nuestra venganza, Faluka. Ahí está nuestro destino, si es que todavía queremos tener uno.

El chico, que había subido a cubierta cargando con aquellas tribulaciones, se volvió para encontrarse con su capitán revisando una de sus dos pistolas de chispa que guardaba en el cinto.

-No puede ser cierto…

-A veces pienso que sí –dijo Ander al tiempo que le ponía la mano en el hombro-. Y a veces le veo meter el pico en mi mierda antes de que pueda lanzarla al mar. Pero por las dudas, haz caso a Hendrik.

Con aquella inquietud y una calma tensa, navegaron a merced de los vientos nocturnos. No hubo marino que no hiciera acopio de todo su material de asalto o rezase al dios en el que creyese. Los pechos estaban llenos de estampas de santos, los filos de las espadas de besos. Los corazones llenos de odio y miedo. Odio contra aquel loco pelirrojo inconsciente. Miedo, porque si le encontraban y acababan con él, aquel infortunio no les abandonara.

-¡Barco a la vista!

Todos corrieron por la cubierta al escuchar la voz de alarma. Apelotonados sin orden, trataban de vislumbrar lo que anunciaba el español, que ocupaba el puesto de vigía. Robert resistió la tentación de unirse a ellos y aguardó junto a su capitán mientras soplaba la punta de su arcabuz y comprobaba que tenía la mecha de su muñeca lista para prender. Descubrió la figura del albatros sobrevolando tras de sí.

-No es él –musitó el capitán-. Eso es una carraca, no un bergantín pirata.

Robert lo confirmó cuando el contorno de la nave fue tomando forma. Tres palos de velamen rectangulares. Dos puentes de mando sobre un inmenso castillo de popa y un calado tan espeso que haría difícil que sus cañones lo horadaran. Era un monstruo lento que, seguramente, cargaría al menos el doble de piezas de artillería que el Lobo Azul. No era su objetivo. Pero era un objetivo y ellos piratas. Así pues, había sólo una única pregunta para el capitán.

-¿Arriamos la bandera, mi capitán?

Venganza o piratería. Pudiera ser que nunca encontraran al Lobo de aquel maldito irlandés. Podría incluso haberse hundido. Ander, en secreto, se había informado de sus rutas de abastecimiento y por eso esperaba encontrarlo en aquellas aguas. Pero su información era vieja y todos querían y necesitaban una victoria. Tal vez la venganza pudiera esperar. La liberación posponerse. Pero el oro no esperaba a nadie. Maldijo al destino y se maldijo a sí mismo antes de gritar la orden que su corazón le dictaba.

-¡Dejadles ver quienes somos! –Gritó mientras desenvainaba-. ¡Arriad la calavera!

El comportamiento perezoso de la carraca cambió al momento que la bandera negra ondeó sobre el pabellón del Lobo Azul. Piratas. Y el Noble conocía su oficio. Quedaba saber si el capitán de aquella enorme nave conocía el suyo.

-¡Quince grados a estribor! –Le gritó al timonel mientras su albatros volaba ligeramente escorado a la derecha-. ¡Está a punto de amanecer y el viento va a cambiar! ¡Aprovechémoslo! ¡A toda vela!

No hizo falta más para que marineros se tornaran en piratas. Hombres malditos a combatir. A robar. Y, aunque era bastante improbable, violar.

-No parece que haya mujeres a bordo –gruñó el timonel escudriñando por encima del timón de espadilla-. Ese tipo de bichos sólo lleva una cosa…

-El oro del rey –susurró codicioso Robert.

Y en cuanto se acercaron un poco más, los colores de un rey en desgracia se hicieron patentes. El rey de España. Sonrisas inglesas corrieron de boca en boca. Los españoles no eran los mejores marinos, ni tenían los mejores barcos o capitanes. Pero tampoco eran los peores, y tenían el defecto de no saber rendirse, por lo que aquello sólo se dirimiría a fuerza de pólvora y sangre.

-¡Timonel, ponnos a navegar de bolina! –ordenó el capitán.

-¿Contra el viento? –Repuso Robert preocupado–. Nuestra mejor virtud es la velocidad…

-Nuestra mejor virtud es ser piratas, Faluka –replicó Ander-. Las carracas son torpes contra el viento. Y si ese tipo es como todos los españoles, confío en que copie cada uno de nuestros movimientos.

Lo hizo. En cuanto el Lobo se puso a crujir tras encarar al viento, la enorme nao hizo otro tanto. Mas la distancia se recortaba y pronto estarían a tiro de la artillería.

-¡Armad las piezas de estribor! –Gritaba Hendrik desde su posición a los hombres-. ¡Preparad las balas de larga distancia! ¡Vamos a arañarle la panza a ese bastardo!

Sabían que sólo conseguirían eso desde lejos. Aquella nave requeriría de mucha más munición de la que el Lobo albergaba para doblegarla. Pero no de hombres. Y con eso contaba toda la tripulación mientras lanzaban miradas de reojo a sus armas.

-Diez minutos para alcance de cañón –indicó Robert a su capitán en cubierta-. Una hora, hora y media a lo sumo para poder verles el blanco de los ojos.

-¿Alguna señal de rendición?

Todos los que estaban al alcance de las palabras de su capitán se echaron a reír. Incluido el propio Ander.

-¡Velas rojas! –Gritó entonces el vigía quebrando el buen humor prematuro-. ¡Son las velas rojas del Lobo Azul!

Al momento todos buscaron lo que había anticipado el español de vista de águila. Y no dieron crédito. En la lejanía, acercándose a la proa de la carraca, el navío del Santo Rojo sobre la cual se cernía una extraña e inmensa nube negra que no dejaba de descargar agua sobre ella. No podían tener más suerte. O menos. Todos sabían que no podrían con dos naves a la vez. Ahora sí que era el botín o la venganza, pues la vida siempre estuvo en juego.

-¿Qué hacemos capitán?

El Noble obvió las palabras acuciantes de Robert y miró al cielo, en busca de consejo y un amigo. Entonces, descubrió que volando sobre la estela del propio barco, el albatros aleteaba portando un pez muerto. Ander tragó saliva al ver su futuro y el de sus hombres tan claramente escrito.

-¡Algún día hay que morir! –Exclamó-. Estoy hasta los cojones de vivir bajo una sombra que no proyecto. Estoy hasta los huevos de perder. ¡Estoy hasta los mismísimos huevos!

Todos le miraron sorprendidos. Aquello no era propio de su capitán. Pero sí de un pirata con sangre en las venas. De un hombre que tiene al mar por patria y a la muerte por bandera.

-¡Estamos hasta los huevos! –gritó entonces alguien a viva voz.

-¡Hasta los huevos! –secundó el grito otro.

El grito se hizo uno y todos los pulmones exhalaron aquella maldición. Aquella intención. Pronto hasta el último de ellos se había desahogado. Les habían dicho al destino como se sentían. Y lo que harían.

-¡Todo a babor! ¡Timonel, coja el viento de través! ¡Vamos a por ellos!

-¿A por quién capitán? –se le ocurrió preguntar al contramaestre.

La mirada gélida y llena de odio de su capitán fue su respuesta. Contra todos. Contra el mundo. Contra el destino.

Fue una carrera frenética. La carraca pareció detenerse al verse acosada por dos frentes. Mientras, los navíos piratas volaban sobre la espuma al encuentro de la presa. Las manos se descarnaron tirando de cabos. De forzar velas y corazones. Pero cuando el sol ya abandonaba el mar, nadie era capaz de discernir quién llegaría antes al encuentro del mercante. Este, viéndose acorralado, hizo lo único posible: giró lentamente y quedó apuntado a estribor al Lobo Azul y a babor al Lobo del Santo Rojo. No se iban a rendir. Iban a morir matando. A las tripulaciones no les impresionó. Ni cuando las primeras andanadas lejanas bañaron la cubierta. Aquello tenía que terminar y la carraca no lo iba a impedir.

-Van a asomarse por babor –adelantó el joven Robert-. Con el sol a sus espaldas y para evitar las andanadas de la carraca. Ese irlandés no es estúpido.

-Entonces es hora de dejar de jugar contra la mala suerte… Y jugar con ella.

Aquellas palabras parecieron despertar algo en el Noble que salió a toda prisa hacia la escalera que llevaba a las bodegas. Robert reaccionó y ordenó mantener el rumbo. Lo sabio era que ellos entraran por estribor y afrontar así sólo una lluvia de proyectiles.

-¡No! –Gritó entonces el capitán volviendo a su puesto-. ¡Seguid de frente!

Aquello no tenía sentido a menos que quisiera estrellarse contra el enorme navío español. Pero nadie discutió. Todos los corazones estaban ciegos por el combate inminente. Robert, sin embargo, mostró cordura.

-¡Vamos a matarnos, capitán! ¡Tenemos que ponernos a distancia de cañón!

-Estaremos a distancia de disparo, Faluka –le contestó con sonrisa diabólica en su rostro-. Si no hay suerte, lo estaremos.

-¿Qué?

-Coge a tus arcabuceros y apóstate en la baranda de estribor. Tendrás tu oportunidad…

Obedeció. Contra la razón, lo hizo. Mientras se preguntaba qué oportunidad sería, casi podía oler la orina de los españoles y la sangre de los piratas de las velas rojas. Iban directos contra el casco de la carraca mientras el otro Lobo Azul se abría para poder descargar la fiereza de su artillería contra los españoles. Robert y sus hombres se acurrucaron bajo la baranda buscando protección. Entonces, cuando todo estaba perdido, una sombra de albatros ensombreció el sol un segundo.

-¡Hendrik, ahora! –tronó el Noble.

El sonido de cañón era inconfundible para Robert. De pronto el Lobo, que iba en rumbo de colisión, se escoró hacia babor abruptamente, cambiando de trayectoria. Se colocaron entre la carraca y el pirata de velas rojas ante la sorpresa de todos. El resto fue acallado por un centenar de cañones disparados al unísono. La sangre manchó la cubierta de muerte y el Lobo sangró astillas allí donde la artillería de la carraca le impactaba. Las balas de la nave de McClane ni les rozaron. Pasaron a través de su cubierta dañando doblemente a la carraca española.

-¡Ahora, Faluka! –gritó entonces Ander.

El muchacho y sus hombres se alzaron justo cuando las primeras gotas de lluvia empezaban a bañar su barco y se encontraron casi cara a cara con los arcabuceros del otro Lobo Azul, comandado por McClane, que vestía un hábito negro y sostenía un pequeño cañón entre sus enormes brazos. No daban crédito a la maniobra que acababa de acometer el barco del Noble. Pero la sorpresa había sido general y Robert no estaba preparado. Alzó su arcabuz para al menos poder descargarlo, cuando algo cayó sobre él del cielo. Un rayo plateado. Un albatros. Sus miradas se cruzaron un instante. Un latido. Robert creyó ver lo imposible en ellos justo cuando los arcabuces se aprestaron a cantar. Los del Lobo de velas rojas estaban demasiado mojados para disparar. Los de Robert y los suyos no. Todo pasó en un suspiro. Lo que tardó el viento en alejarles. Lo que tardó el destino en alojar la bala del arcabuz de Robert en el pecho del desconcertado Santo rojo. Le vio caer de espaldas junto a la mayoría de sus hombres. Fue un tiro de suerte. Improbable. Pero le había dado. Entonces el Lobo Azul sin capitán se tambaleó y viró a estribor de manera fortuita e imposible. Ya no tenían capitán. Y así acabó yendo de bruces contra la carraca a la que alanceó con toda su fuerza, y se alojó en su panza mientras que el Lobo Azul de Ander pasaba bajo la última andanada de artillería de la carraca.

Cuando los gritos y cañones dejaron de sonar y el caos dio paso a la cordura, estaban alejados de las dos naves envueltas en un abrazo mortal. El ruido de armas y gritos de dolor sonaba lejano. Ajeno. Ander y sus hombres observaban el espectáculo desde la cubierta. Robert no miraba. Sólo tenía ojos para su mano herida. La que le había dañado el albatros que ahora yacía muerto a sus pies.

-Está… ¿está muerto? –preguntó Hendrik con voz trémula.

-Si no lo está, no tardará en estarlo –contestó Ander mientras se agachaba para recoger el cadáver de su mascota-. Buen trabajo, viejo amigo.

-He… he tenido suerte –fue lo único que Robert pudo balbucear-. Ni siquiera estaba apuntando. Pero entonces el albatros se me echó encima y disparé por reflejo.

-Suerte… Hacía mucho que no teníamos suerte, chico.

De pronto un albatros, como salido de la nada, se posó sobre el timón del Lobo. Su pico era de un rojo intenso y su mirada destilaba un odio infinito.

-Te advertí que no jugaras con la suerte –susurró el Noble mientras sus hombres estallaban en vítores de alegría-. Disfruta de tu suerte, bastardo.

En la distancia, un enorme crujido hizo que unas velas rojas fuesen engullidas por inmenso azul. Muchos de los piratas dijeron que les pareció el gemido lastimero de un lobo. Pero todos sabían que el único lobo que quedaba seguía navegando. Y lo seguiría haciendo hasta que la suerte les abandonase.

                                                                                                                                             David Gambero 2012

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Comments
5 Responses to “El lobo azul.”
  1. olgabesoli dice:

    David, tu relato me recuerda muchísimo, a las películas de “Piratas del Caribe” con esos piratas a medio camino entre fieros y cómicos. Me encanta. Y Paloma, tu ilustración no se queda atrás, con ese pirata con un cierto parecido al clásico “Erold Flyn”. Me lo he pasado en grande viendo vuestro trabajo.

  2. Mariola dice:

    A ver, Gambero, yo me puse a tus pies hace mucho y… ahí sigo, pero ahora, después de leer este último relato, creo que ya casi me arrastro cual gusano.
    Barcos y capitanes piratas de por medio… El ACABOSE, colega, el auténtico acabose para mi existencia, ¡jajajajaj!
    ¡Vaya relato bueno! Has dado una bordada impecable, llena de clasicismo y modernismo a la vez (que piratas ingleses juren como buenos españoles con los cojones siempre en la boca es un punto total, ;-D). Y además de narrar estupendamente las escenas de lucha, creas unos personajes maravillosos en la línea más típica e inolvidable de los que amamos el género desde que tenemos uso de razón. Eso sí, si te tengo que poner un pero es sólo quizás por un detalle: ¿querías “arriar” o “izar” la bandera cuando el capitán quiere que los vean? ;-). La diferencia es importante, jejejeje. Salvo ese apunte, mi más rendida admiración, una vez más, ante tu maestría.
    Y de la ilustración de Paloma qué decir… Ya la conozco de sobra para saber que se las gasta a lo grande y lo ha demostrado.
    O sea, ¡un diez para ambos!

  3. Paloma Muñoz dice:

    Un diez para David es poco. Las histgorias de piratas molan cantidad y es verdad que me recuerda a Piratas del Caribe (confieso que no aguanto el personaje de Johnny Deep y que no he visto las pelis salvo en la publicidad y alguna escena y poco más, así que tampoco me hagáis mucho caso), pero más, mucho más me recuerda la historia de piratas a los clásicos de siempre y en cuanto a m i ilustración, os confieso que el pirata divino de la muerte, me ha salido un poco seriote, Efrrol Flynn saldría con esa cara de cachondo guasón.
    Muchas gracias por vuestros comentarios.
    Mariola, voy a por tu historia, prenda que no he podido leerla antes.
    Besos

  4. Ricardo dice:

    Vaya, he vuelto a ser un chavalín de doce años devorador de Salgari, aquel que se merendó “El Corsario Negro” en tres tardes. Ya no recuerdo la portada de aquella vieja edición , pero la genial ilustración de Paloma le hubiera caído perfecta. Me ha encantado vuestro trabajo, enhorabuena a los dos.
    Ricardo

  5. Trepidante relato donde los haya. Original por la idea de la maldición, totalmente clásico por la forma de narrarlo. Plagado de términos marineros, se puede oler la sal del mar…
    Al pirata de la ilustración no le falta detalle: pañuelo anudado, parche, arete, perilla, la silueta de un barco pirata a sus espaldas y una fiera mirada en su ojo sano que da pavor…

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